viernes, 28 de abril de 2017

Humores


SI LA RECIENTE concesión del premio Cervantes a Eduardo Mendoza se entiende en una necesaria clave de reivindicación del humor como parte de la literatura, otros humores ensombrecen nuestras perspectivas literarias, nuestros deseos, quizás demasiado elevados, para este mundo de afilados dientes, en torno a que nuestros hijos configuren un ámbito de vida mejor que el nuestro. Y es que esos humores corpóreos se nos agitan al ver como la interminable y extenuante reforma educativa plantea la desaparición de la asignatura de Literatura Universal, dejando de ser una materia optativa en segundo de bachillerato y desterrándola de la selectividad. ¡Ahí es nada!
Cuando Eduardo Mendoza, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares pronunciando su discurso de aceptación, afirma que "el humor lo impregna todo y todo lo transforma", evidentemente no incluía a los redactores de esta reforma canalla que cada paso que realiza cercena en mayor medida todo lo que tenga que ver con las humanidades. Aquellos legisladores (¡qué grande les queda el término!) que durante años o décadas y desde diferentes colores políticos han ido esquilmando las Humanidades de los planes educativos en sus más amplias variedades, desde los estudios de Latín y Griego, pasando por la Filosofía, hasta desembocar en la Literatura, no hacen más que promocionar una educación utilitarista y desenfrenada, encaminada, primero a que los informes Pisa les den la palmadita en la espalda a los gestores educativos, y después a colocar en el mercado autómatas de generar economía. Poco entienden aquello que tan bien ha expresado recientemente Carlos Mayoral en un artículo en El Español: "Olvidan que del instituto ha de salir un individuo, no un objeto estrictamente profesional". Cada vez más nuestros estudios se abocan a un escenario mercantilista, a la creación de engranajes para alimentar unos sistemas de producción en los que el pensamiento y toda capacidad de alentar el raciocinio en función de la comprensión y asimilación de lo pensado o escrito por los demás se entiende como un pesado y hasta peligroso lastre que portar. Nunca entenderán, o de hacerlo y no aplicarlo simplemente merecerían el destierro, la utilidad y las capacidades que en el ser humano despiertan todas esas materias, todas esas asignaturas que, como pocas, conforman lo que debe ser o aquello que se entiende como un ser humano, como un elemento que forma parte de una colectividad a la que debe aportar mucho más que su presencia egoísta e insolidaria en un sistema de mercado que depura todo aquello que no le puede ser útil, cuando sí lo es para la persona.
Y es que ni el mal humor se nos puede pasar por mucho que Eduardo Mendoza rastree su buen humor a lo largo de las páginas de El Quijote. Un humor que también participa de su literatura, como tantas veces, y por supuesto ante la concesión de este premio, menospreciada por lo que tiene a veces de aparente intrascendencia, de ejercicio literario para la infantería lectora y no para las élites que siempre parecen ser las que con su bendición deben aclamar a los premiados. Eduardo Mendoza ha escrito tres o cuatro libros imprescindibles en nuestro discurso literario, ya de por sí merecedores de este galardón, y en torno a ellos ha generado también una literatura más ligada a la comicidad y en la que la trascendencia, ansiada por tantos, no abruma a unos lectores en ocasiones temerosos de ciertos libros, a los que precisamente cada vez más se les están hurtando las herramientas para medirse con ellos.
Precisamente ante este paisaje, cada vez más yermo, que se erige ante nosotros, Eduardo Mendoza discrepa del propio Don Quijote "cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros". ¡Vaya pájaros!, Heraldos negros que sobrevuelan sobre los despojos que esta sociedad ha ido depositando en sus márgenes. ¡Cuídate, España, de tu propia España!, tituló César Vallejo, y en eso seguimos. Lacerándonos constantemente, alfombrando el territorio para los Trump, Le Pen... frutos del desencanto y la frustración ante los que tanto tiene que ver la ausencia de referentes, de lecturas, de bellezas contenidas en obras artísticas de cualquier tipo, en el descubrimiento de la genialidad, en el placer y en el disfrute, que hasta eso nos quieren negar, en definitiva, en coartar una parte esencial de nuestra condición humana.
Eduardo Mendoza seguirá con "sus labores", ¡bendito sea!, mientras, ministros y ministriles continuarán enfrascados en su cruzada para deterioro, no solo de un sistema educativo, sino de todo un país que cada vez estará de peor humor.



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 26/04/2017

miércoles, 26 de abril de 2017

La risa como arma


75 años después de su estreno, y en medio de un permanente debate sobre el humor y sus límites a la hora de radiografiar a la sociedad. 'Ser o no ser' de Ernst Lubitsch mantiene intacta su frescura y es un ejemplo de la imparable fuerza de la risa para desarmar al ser humano.



EN MARZO DE 1942 se estrenaba en los cines de Estados Unidos 'Ser o no ser'. Desde 1933 el nazismo gobernaba Alemania. Nacido en Berlín, con treinta años, en 1922, Ernst Lubitsch es un judío que llega a Hollywood para continuar una prometedora carrera en el mundo del cine. En 1939 se declara la Segunda Guerra Mundial. Pues con todos estos paréntesis que encierran tantas cuestiones nos encontramos con el estreno de una película en la que cual todo está en su interior. Un director con los medios necesarios para desarrollar un inmenso talento, una ideología que condenó al mundo a años de desolación y barbarie y un conflicto militar que condicionó la vida de millones de seres humanos. Pero Hollywood tenía que seguir produciendo sueños, historias con las que entretener a una sociedad que en ese año 1942 entraba formalmente en guerra. Una de esas historias, quizás una de las más brillantes y comprometidas, es la realizada por uno de esos nombres irrepetibles de la historia del cine. El autor de películas tan maravillosas como 'La octava mujer de Barbazul', 'Ninotchka' o 'El bazar de las sorpresas', todas ellas pertenecientes a la gloriosa estirpe de las comedias sofisticadas en las que el humor es un inteligente ingrediente que transforma nuestras percepciones sobre las relaciones entre los seres humanos, se adentraba con Ser o no ser en un territorio escabroso, como lo era el del nazismo y, sobremanera, en un momento de extrema tensión, desactivado permanentemente con su característico "toque Lubitsch".
Una parodia teatral sobre Hitler titulada ‘Gestapo’ no parece una buena idea para representar por una compañía polaca en agosto de 1939. Un mes después el ejército de Hitler invade Polonia y los actores de esa compañía de teatro deberán llevar sus papeles fuera del escenario para salvar sus vidas. El teatro baja de las tablas, o la vida sube a ellas. Lubitsch, con otro de sus juegos endiablados, vincula ambas representaciones girando permanentemente alrededor de dos cuestiones. Su admiración por Shakespeare y la importancia de la risa. "No debe burlarse de la risa", dice uno de los actores en un momento determinado. Y es que la risa lo es todo, quizás lo que más nervioso pone al poder, por aquello que tiene de desafío, de falta de sumisión ante el que lo ejerce, algo que ya desde la 'Poética' de Aristóteles, texto fundacional de la comedia en el mundo del arte, ha puesto nerviosa a mucha gente.
Los dobles sentidos de los diálogos, los giros sexuales que se ocultan bajo muchos de ellos o un guion ajustado con una precisión extrema provocan la continua crítica del director a la disciplina militar sobre la razón y todo ello a través de recursos como la imitación o la repetición, la burla constante a la maquinaria de poder, a los recursos de los mandos para funcionar en tiempos de guerra. Y frente a esa representación la otra, la del mundo de los actores, a los que el propio Lubitsch disecciona a través de su sátira sobre la vanidad que suele ser habitual en ellos.
Setenta y cinco años después de su estreno 'Ser o no ser' continúa siendo toda una lección, ya no solo cinematográfica (guión, actores, dirección, puesta en escena, ritmo) sino que lo es por el empleo del humor en un contexto determinado. Reírse del nazismo, reírse del mismísimo Hitler, convertir el horror en risa es el gran mérito de una película que no pierde un ápice de corrosión a su alrededor y, hoy en día, con este país alarmado por sentencias judiciales relacionadas con el empleo del humor en las redes sociales o las dirigidas a representantes políticos, no deja de ser el ejemplo perfecto para legitimar la risa como arma, mostrando cómo nos podemos reír de todo, pero que esto depende de cómo se haga, y eso significa poner mucho por parte de quien lo hace.
Ser o no ser se estrenó en España en 1970, el mejor síntoma de lo incómoda que podía ser esa película durante el franquismo, también de que sus cargas de profundidad permanecían todavía activadas y que asomarse a esa representación era entender que la risa lo puede todo.


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 16/04/2017


martes, 25 de abril de 2017

La España vacía de Sergio del Molino

«Lugares donde el bar abre como servicio comunitario unas pocas horas a la semana, donde no hay cobertura de móvil y donde el alcalde vive en una ciudad a cien kilómetros y sólo ejerce como tal un rato los viernes por la tarde. Pueblos que en invierno sólo están habitados por dos o tres ancianos que pasan los días pegados al brasero y llaman a la Guardia Civil en cuanto asoma un extraño. Pueblos a punto de desaparecer...» ('La España vacía'. Sergio del Molino)

Literatura. La presencia hoy en Pontevedra de Sergio del Molino nos sitúa ante uno de los libros de la temporada en el territorio peninsular. Y digo territorio porque esa es la clave de un texto que realiza una radiografía del despoblamiento de una parte de España, lo que ha condicionado muchas, demasiadas, situaciones de nuestra vida.



Al otro lado del teléfono Sergio del Molino contesta a bordo de un coche que se mueve prolongando una interminable promoción literaria por la periferia de Madrid. Espacio abonado de nuevas promociones de viviendas que han acogido a miles de emigrantes del rural a la ciudad, en un proceso que ha modificado no sólo la imagen física de un país partido en dos, el de los pueblos abandonados y semiderruidos; y el de las urbes, siempre deseosas de acoger población a la que amamantar.
Sergio del Molino ha hecho un alto en su novelística para adentrarse en el ensayo con ‘La España vacía’ (Editorial Turner). Una pirueta que quizás no haya sido tan imprevisible, ya que este texto surge de la propia historia de su abuelo como arranque de un relato convertido en un fenómeno editorial que nos coloca ante un espejo. «Si hay un detonante que motiva la creación del libro está en mi novela anterior, ‘Lo que a nadie le importa’, en esa paradoja del personaje de José Molina, mi abuelo, y de cómo se enraíza en un lugar que está desapareciendo y con el que no ha tenido ninguna relación a parte de su nacimiento. Cuando se jubila decide hacerse campesino de ese lugar. Se compra una casa y se origina una nueva identidad. Esa construcción desde la ficción podía convertirse en un ensayo ante la posibilidad de que a miles de españoles les habría pasado lo mismo», afirma Sergio del Molino, que buscaba, a lo largo de una hibridación del ensayo, ofrecer una perspectiva del flaneur o del diletante sobre un país siempre tan lleno de brillantes expertos en casi todo.
La España vacía’ se ha convertido en un boom literario, una especie de milagro escasamente visto antes en nuestras letras ensayísticas. Las últimas cifras sitúan en 10 las ediciones publicadas y en 60.000 los lectores de un libro señalado como Libro del año por numerosos medios periodísticos, pero sobre todo, y este es su gran alcance, por tratarse de un libro que ha propiciado una reflexión general en torno a su contenido, llegando a convocar, para el análisis, en un mismo fin de semana al suplemento cultural Babelia y al programa televisivo de Jordi Évole, ‘Salvados’, en ese abandono de numerosos territorios, a lo que Sergio del Molino nos dice: «Creo que el propio libro lleva una semilla de su maldición, en el sentido de que exploro otras obras anteriores de Julio Llamazares o de José Luis Cuerda, en donde explico la relación íntima del público con ellas a partir de cómo ellos han cartografiado un territorio fuera del discurso cultural dominante del momento. Son obras a la contra, en las que el autor siente una necesidad muy íntima, probablemente compartida por otra mucha gente, y ahí se explica su éxito. Mucha gente ha encontrado en él un refugio, al hablar de una realidad que forma parte de su propia vida y ha sido eludida del sistema cultural. Es curioso que durante los encuentros con los lectores los turnos de pregunta se conviertan en una terapia de grupo. Cada uno cuenta su relación con su pueblo y parece que sacas algo que estaba mucho tiempo escondido pero que el libro ha sabido articular y funciona en función de eso». Un debate que permitirá entendernos a nosotros mismos y a un país que el propio Sergio del Molino no ve como un país tan raro o extraño como nos lo pueda parecer, su rareza es que «no habla tanto de sí mismo como lo hacen otros», afirma el autor tras regresar de Francia, un país en plena campaña electoral y en el que constantemente se plantea su posición en relación con el mundo.
 A la espera de la publicación en septiembre de una nueva novela, hoy, a las 20.00 horas en la Librería Cronopios Sergio del Molino compartirá este largo proceso que supone pensar y escribir sobre una realidad con quienes acudan a escuchar a quien tantas horas ha dedicado a radiografiar ese proceso de décadas vivido en este país y que afecta a más cuestiones que al simple abandono de territorios. Desde nuestro sistema económico al electoral, muchas situaciones diarias derivan de esta situación. Y ¿cómo sería España de no haberse producido ese desequilibrio? Lo que a priori podría ser una pregunta que desafiase a la imaginación de Sergio del Molino, éste la resuelve de la siguiente manera: «No hay mucho que imaginar. Sería Francia, que es lo que la clase ilustrada y progresista en este país ha tenido como modelo. Se puede leer la historia de España como un intento fallido por convertirse en Francia. Si tuviéramos una población mucho más uniforme, con un campo vivo y con un peso político real y una sociedad bien estructurada en ese sentido, pues sería...Francia».



Publicado en Diario de Pontevedra 24/04/2017

Más sobre 'La España vacía':
http://ramonrozas.blogspot.com.es/2016/07/vacios-en-la-piel.html

viernes, 21 de abril de 2017

As batallas das Ardenas

Un instante da Amstel Gold Race
Xa sei que esta é unha mala semana para non falar de fútbol, para seguir enchendo o ego e a vaidade das superpotencias do balón ante as que se axeonlla todo o orbe deportivo, dende seguidores ata os medios de comunicación. Pero é que en abril, e de xeito máis concreto nesta semana, cando se corren as tres carreiras das Ardenas, outro deporte vive unha das súas semanas máis descomunais, amosando, unha vez máis, como o ciclismo é unha disclipina diferente a calquera outra.
Abril é o mes das clásicas do Norte de Europa, carreiras dun día que cruzan territorios onde o ciclismo é unha especie de relixión, nas que os días de carreira convértense nunha festa deportiva, pero tamén social, e nas que, sobre todo, idolátrase ao corredor como parte dun deporte cheo de dureza, esforzos e sacrificios como poucos. Os cartos e as mareantes, e tantas veces vergoñosas, cifras económicas que se moven noutros deportes quedan á beira da estrada, pero tamén das corredoiras, dos tramos de pavés ou de pendentes de máis dun vinte por cento de desnivel. E é que estes territorios convértense nun ingrediente diferenciador destas carreiras dun só día. Distancias de máis de douscentos quilómetros de lonxitude que se corren a unha velocidade de vertixe sobre superficies do máis diversas e que fan que o espectáculo medre ao tempo que o fan a dureza e a complexidade das mesmas. Ver aos corredores pasando polas marxes dunha corredoira, tentando esquivar os cantos de pedra que forman a estrada e as herbas que medran nas cunetas, é parte das estampas que definen estas carreiras, ás que as veces e de xeito bastante frecuente se lles engade outra convidada, a lama. Entón, as facianas e os corpos dos ciclistas ao remate das mesmas deixan imaxes que doen só con velas e que poñen aos guapiños do fútbol, sempre preocupados das cámaras, en moi mal lugar. 
Para os que non pasamos do ciclismo nunha sala de spinning e vendo como rematamos tras 45 minutos de exercicio, só imaxinar o que se debe pasar ao longo das seis horas e media que necesitou o pasado domingo o gañador da Amstel Gold Race, Philippe Gilbert, para cubrir os 246 quilómetros da primera das tres probas que se disputan nas Ardenas ao longo deste mes, xa fai tremer o corpo. Hoxe toca a segunda, a Flecha Valona, onde reina o español Alejandro Valverde ao vencer xa en catro edicións e presentarse como favorito para acadar un quinto triunfo. Estamos ante carreiras que son monumentos do ciclismo, algunhas delas con máis de cen anos de historia e historias, porque se algo xorde nestas probas son as historias que se lle van apegando a cada unha delas ata convertelas en percorridos míticos. Catro delas xa son coñecidas así, como Monumentos, como a única que se celebra fóra desa xeografía, a Milán-San Remo, ou o Tour de Flandes, a París-Roubaix e a Lieja-Bastoña-Lieja. Esta última proba, que se celebrará o vindeiro domingo, pecha o Tríptico das Ardenas. Tres carreiras que sitúan o ciclismo no cume do deporte e ás que esta semana lles toca competir coa atención máxima que se lle presta ás eliminatorias da Champions ou o Clásico Real Madrid-Barcelona, que se xogará o domingo coa Liga en xogo. Dous deportes aos que o calendario quixo poñer a carón e nos que a loita mediática xa se da por perdida por parte dos ciclistas, pero no que o valor que se contén na pureza do deporte manterase irredutíbel polas estradas dunhas Ardenas ás que a historia converteu nun dos escenarios máis sanguentos da Segunda Guerra Mundial e que agora asisten a outro tipo de batallas, de estratexias dende os coches dos directores ciclistas, pero sobre todo, de deportistas acoplados ás súas máquinas compoñendo un todo movido por unhas pernas de ferro e un corazón a proba de bombas. Un esforzo extremo que nos reconcilia co deporte, cun deporte que, tras sufrir momentos moi duros por culpa dos tramposos que ían precisamente contra toda esa historia de décadas de suor, suxéitase ao seu fiel compromiso coa súa longa crónica de dureza para reivindicarse.
Ao longo destes días ten ben con que facelo, tres carreiras de máis de 200 quilómetros, cheas de muros con brutais porcentaxes de desnivel e co desexo máximo dos seus participantes por gañar, co que iso implica en canto a velocidades e loitas entre todos eles. Gañar algunha destas probas é pasar a formar parte da historia, poñer o seu nome ao lado dos máis grandes do ciclismo, como Merckx, Hinault, Boonen, Cancellara ou Gilbert. Especialistas de onte e de hoxe neste tipo de probas e cuns ingresos moi inferiores aos dos grandes futbolistas, un desequilibrio que ninguén máis cós afeccionados pode chegar a corrixir. Lémbrense deles esta semana!


Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 21/04/2017


martes, 18 de abril de 2017

Cuando la tierra es palabra


La conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Rulfo llena de reediciones de sus obras, homenajes y diferentes actividades alrededor de su figura este año. Una persona esquiva y condenada a la fama por apenas dos libros, ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’, dos textos fundacionales de una nueva narrativa que derivó en lo que sería el Boom Latinoamericano. Su escritura, seca y descarnada, se hundía en las polvorientas tierras mexicanas para componer un escenario en el cual situar a unos personajes que se mimetizaban con él, abocándonos a una crónica humana desoladora.


LEER A JUAN RULFO es leer un territorio. Una identidad reseca de aire viejo con pueblos que saben a desdicha y en los que calibrar a un ser humano con su piel ajada por el sol es medirlo desde el contacto con sus vecinos y ese entorno con un peso devastador. La literatura del escritor mexicano se condensa en dos títulos mayores de la historia de la literatura en castellano, dos obras en las que esa síntesis de una geografía pegada a la piel de sus protagonistas nos da, como pocas veces, una dimensión del hombre que destierra la indiferencia y emociona a cualquier lector. Los relatos incluidos en ‘El llano en llamas’ (1953) y esa obra cumbre, ‘Pedro Páramo’ (1955), singularizan a un autor poco pródigo en la escritura, y que derivó su labor creativa por disciplinas como la fotografía —dejó un legado de seis mil negativos—, y de nuevo con esa sensación de registrar una tierra, de convertirla en latir humano y en camino por donde discurrir todos unos personajes trazados de manera firme, en los que parece que escuchemos sus monólogos, en los que su manera de hablar nos vincula a su entorno y a una identidad que está muy presente en cada línea de su escritura. Una identidad establecida por el mito y la violencia, por la muerte casi como deidad en un ámbito mestizo, marcado también por la dominación de una persona, por el cacique como aglutinador de poder y desencadenante del conflicto.
Cuando la periodista y escritora Elena Poniatowska tras entrevistar a Juan Rulfo en 1954 dice que «oyó la voz de los que cultivan un pedazo de tierra seco y ardiente como un comal, áspero y duro como pellejo de vaca», se aproximaba bastante a los fines narrativos del autor. Una entrevista que se produce entre la publicación de esos dos libros, pero ya eran muchos los años en los que el escritor, nacido en Jalisco en 1917, llevaba publicando cuentos en diferentes revistas mexicanas a la vez que iba dándole forma a su ‘Pedro Páramo’. En los dos años siguientes escribió el que sería su tercer libro, ‘El gallo de oro’ que no fue publicado hasta 1980, seis años antes de su muerte en Ciudad de México. Un silencio en la escritura que se sustituyó por una intensa labor como fotógrafo y con numerosos viajes por diferentes territorios. Pero aquellas dos obras ya estaban escritas, y eso era todo lo que debía aportar al mundo de la literatura. Dos obras que significaron en cuanto a premios el premio Nacional de las Letras (1970) y el premio Príncipe de Asturias (1983), pero su significado fue mucho más allá, convirtiéndose en un ancho camino para una nueva literatura, como si ese territorio fuese el tránsito de lo faulkneriano, desde Yoknapatawpha hasta el Macondo de García Márquez, esto es, el desfiladero por el que la novela, anclada en el siglo XIX, se desmontaba en pedazos para resituarse como una nueva manera de narrar. Nacía así la nueva novela latinoamericana y el Boom estaba realmente preparado para explotar.
Si algo llama realmente la atención en la vida de Juan Rulfo es ese silencio sobrevenido tras dos libros escritos más de treinta años antes de su muerte, y hasta ese final, nada. Es entonces cuando debemos sujetarnos a sus palabras, a sus conferencias ante un público frente al que cada vez más se iba convirtiendo en el propio mito de su literatura, algo que le provocaba auténtico pánico dentro de su carácter reservado y huidizo. En cierta ocasión, durante una de esas charlas en la Universidad Central de Venezuela, Juan Rulfo enmarca ese silencio en la muerte de un tío suyo, el tío Celerino, quien le suministraba todas esas historias entre la realidad y la leyenda, junto al cual había visitado muchos pueblos y conocido muchos relatos. Pueblos que se convirtieron en uno, en ese Comala asentado ya en una de las capitales de la historia de la literatura mundial.
Llegar a Comala es uno de los inicios más antológicos de cualquier libro. Volver a a leer esas páginas —se dice que con que se hubieran conservado solo las ocho primeras páginas Juan Rulfo ya habría pasado a la historia— es una experiencia estremecedora. Cada palabra en su justo lugar, la aproximación a una historia que se va a abrir pero también a otra anterior, la configuración de un escenario que «está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno». La entrada en un lugar en el que «todo parece estar a la espera de algo» y, a partir de ahí, pisadas huecas, puertas desportilladas... un pueblo en el que buscar a un padre como una esperanza, como «quien busca la infancia y solo encuentra decepción y desengaño». Él, que había perdido al suyo de niño. Envuelto en polvo y calor, la búsqueda, como tantas veces en la literatura, no es más que la búsqueda de uno mismo, un jugar con el destino demasiadas veces cayendo en las casillas equivocadas. Sudor, estertores, sangre... un combinado que se adereza con la forma de contar con las cosas, esa es siempre la diferencia, la distancia con lo anterior, la puerta que se abre a un mundo que parece alejado del resto. Todo está allí contenido, en aquellas voces surgidas de un interior humano que es también el interior de la corteza terrestre. Una narrativa que se asienta en la oralidad de los territorios, en el aspecto chamánico de la invocación. Almas pasadas que conceden una energía telúrica a un momento que se convierte en relato. Machos, hijos abandonados, mujeres repudiadas... elementos de una cultura atrasada en un tiempo en el que como él mismo escribe se está a la espera de un algo que nunca llegará, sin denuncia pública más allá del llanto o el rencor individual. La lágrima en la tierra seca, es decir, el olvido. Para construir esa realidad Juan Rulfo escribió diferentes relatos en los que muchos se movían sobre esas mismas tierras. Diecisiete textos que confluyeron en ‘El llano en llamas’ como un ensayo general para el acto central.
Cuenta García Márquez como Álvaro Mutis subió a zancadas los siete pisos de su casa con un paquete de libros bajo el brazo, lo abrió y tomó el más pequeño y corto de ellos y, mientras lo agitaba, le decía: « ¡Lea esta vaina, carajo, para que aprenda!». Era ‘Pedro Páramo’, el texto que se convirtió en el impedimento para que el autor de ‘Cien años de soledad’ pudiera dormir aquella misma noche hasta terminar una segunda lectura del libro. «Nunca, desde la noche tremenda en que leí ‘La metamorfosis’ de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante», escribe García Márquez en un artículo publicado en 1980 en la revista mexicana Proceso con motivo del Homenaje Nacional dedicado a Juan Rulfo y que la editorial RM y la Fundación Juan Rulfo incluyeron en una edición de 2011 de sus dos libros referenciales.
Esa misma editorial es la que tomará un papel activo dentro de pocas semanas cuando con motivo de esa celebración del centenario de su nacimiento, el 16 de mayo, se publicarán nuevas reediciones de sus tres obras editadas, por separado y también en un único volumen con numeroso material sobre su vida. Desde hace unas semanas también ha dado comienzo en la Universidad Autónoma una serie de conferencias a cargo de diferentes escritores sobre su aportación literaria, del mismo modo la Casa de América en Madrid desarrolla un amplio programa de actividades y desde el mes de junio hasta septiembre la Biblioteca Nacional exhibirán una muestra bibliográfica, mientras en México, en el Museo de Puebla, se aproximarán con una exposición a su importante trabajo fotográfico.
Si algún sentido tienen este tipo de celebraciones es el de darte de bruces o bien con lo nunca has visto antes o con el caminar por donde alguna vez ya has estado. Lo primero, en este caso, es pura envidia; lo segundo, es el pellizco de lo eterno, el renovar los votos que una vez se hicieron ante una página, ante un libro, ante un territorio hecho palabra al tiempo que intentas tomar aire fresco y te sacudes el polvo de la cara.



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 9/04/2017


domingo, 16 de abril de 2017

Hojas de Whitman




Walt Whitman. El fundador de la poesía norteamericana, el autor que independizó a los Estados Unidos de la poesía romántica que desde Europa se diseminaba por todo el mundo. Él mando parar y observó una nueva realidad, la de un país que nacía, que emergía desde un vacío en el que se precisaba articular un relato, y si Melville, Hawthorne, Poe o Twain estaban para novelarlo, él y sus ‘Hojas de hierba’, junto a otra gigante, Emily Dickinson, lo estaban para rimarlo. Para hacer poesía desde un yo que se descubría frente a la colectividad, desde un yo con deseos de vivir, de gozar la existencia de la manera más plena posible, sin cortafuegos, con total libertad.
Hace unos meses el mundo literario se sobresaltó con una noticia en la que se hablaba del descubrimiento de una novela de Walt Whitman a cargo de un estudiante que, tirando de uno de esos impredecibles hilos que toda investigación deja, llegó hasta una publicación en prensa en diferentes capítulos y que ahora, reunidos, configuran la novela ‘Vida y aventuras de Jack Engle’. La primera de la que se tiene conocimiento del inmenso poeta, hecho que le concede la máxima importancia posible al hallazgo, pero es que su lectura sube otro escalón de emoción con lo que en ella hay escrito, en una redacción que, por las fechas de publicación de sus obras, debió de ser simultánea a ‘Hojas de hierba’, con lo cual se pueden vislumbrar algunos de los senderos a transitar en su poesía. Un proceso milagroso, que va desde su descubrimiento, 165 años después de su publicación en el semanario Sunday Dispatch de Nueva York, hasta lo que se aventura de su enérgica poesía y con una inesperada derivada en Galicia al ser ésta la tierra en la que se ha editado la novela en castellano. El olfato y el interés de la coruñesa Ediciones del Viento, de la mano de su editor Eduardo Riestra, ha sido quien se ha movido de manera veloz para hacer que ese libro cruce el Atlántico y ponga la atención de la literatura en castellano en ese modesto pero valeroso sello editorial que lleva ya varios años dejando patente su buen tino a la hora de publicar.
Transitar por estos capítulos nos aproximan, en primer lugar, a las novelas por entregas, algo muy típico del siglo XIX, folletines que enganchaban a los lectores al consumo de prensa a través de un relato publicado durante varias semanas. Y si bien es cierto que hay ingredientes de ese género, con asesinato incluido, Walt Whitman, por elevación, llega a todo aquello que le interesa en estos momentos mostrar, como es el nacimiento de una urbe como Nueva York, la vida de una especie de pícaro dickensiano y su lucha por sobrevivir, así como por hacer de la vida aprendizaje dentro de un despacho de abogados, y junto a temas que nos vinculan directamente con su poesía: la condición humana, lo efímero de la vida, el amor heterosexual y homosexual... precisamente las cargas que detonaron la poesía del momento y que le convirtieron en un proscrito por parte de una sociedad timorata, escandalizada por una poesía que, lejos de cantarle a las flores o al paso de las nubes, hacía del ser humano paisaje que explorar: «Yo había recibido también la identidad por medio de mi cuerpo,/Lo que yo era, sabía que lo era por mi cuerpo,/y lo que habría de ser sabía que lo sería por mi cuerpo». Y a partir de ahí el resto, es decir, la realidad más próxima y después el mundo capaz de contenerse en un poema.
Eduardo Riestra completa la edición de ‘Vida y aventuras de Jack Engle’ con la traducción de Miguel Temprano y el indispensable prólogo de Manuel Vilas, poeta también de tronío que en enero ha publicado ‘América’, un libro que antecede el triunfo de Donald Trump a base de mirar con los ojos de la poesía a una sociedad que, justamente nace en los tiempos de Whitman, y cuya importancia, tanto en lo poético como en la configuración de un nuevo universo, se plasma en la visita que Manuel Vilas realiza al cementerio en el que yace el poeta. Una visita que parangona ambos libros gracias a un capítulo, el XIX, en el que Whitman recorre las lápidas de un cementerio. Y es que Whitman y los cementerios son casi un género en sí mismo. La muerte como madre: «Ven, muerte hermosa y consoladora,/Ondula alrededor del mundo, llega serena, llega/De día, de noche, para todos,/Tarde o temprano, muerte delicada», escribe en ‘Hojas de hierba’, pero que en ese mencionado capítulo XIX se convierte en prosa y, como en ninguna otra parte de la novela, anuncia la llegada alborozada de su poesía: «La hierba larga y lacia me rozaba la cara. Sobre mí se alzaba el verdor, con toques marrones, de los árboles que se nutrían de la decadencia de los cuerpos humanos».



Publicado en Diario de Pontevedra
y El Progreso de Lugo 12/04/2017

martes, 11 de abril de 2017

A emoción da palabra sobre a pedra

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura. O Festival Internacional de Poesía Pontepoética sumou, ás súas habituais emocións, o son da poesía xogando coa pedra. O cómo a palabra acariña o paso do tempo e cómo os privilexiados asistentes sentiron a pel tremer cando esas palabras se fundiron co pouso da historia, nun recinto con infindas posibilidades aínda por explorar.


FORON OS POETAS. Foron eles os que unha vez máis conmoveron ás pedras, os que converteron o silencio en alborozo, os que dende a capacidade inquebrantábel da palabra beliscaron a pel dos que se achegaron ás ruinas de San Domingos para gozar dun deses eventos que quedarán na lembranza, cando a poesía abriu as fiestras do tempo.
Cando en agosto de 2008 Carlos Oroza deixou a súa chamánica pegada entre esas mesmas pedras con un recital inesquecíbel, a poesía descubriu o potencial desta arquitectura para aumentar as emocións antes escritas. Un altavoz co que o tempo nos agasallou pero ao que aínda non se lle sacou toda a súa rendabilidade como escenario para diferentes manifestacións culturais. Foron os poetas os que dentro da primeira xornada do Festival de Poesía Pontepoética sentiron o acubillo dun espazo máxico, inesperado e sorprendente. Nese berce da historia as diferentes linguas que alí soaron, dende o galego ao islandés, pasando polo español, catalán ou polaco, arrolaron entre sartegos e oxivas os seus versos para medirse co mundo. Case nada, pero aí é onde se mide a poesía, dende o eu cara a súa contorna, entendida sempre como desculpa para mirar máis aló. Porque a poesía tende á expansión, a abranguer moito máis do que ten ao seu arredor.
Cando os poetas da primeira xornada de Pontepoética se puxeron ante o micrófono, abriron os seus poemarios e comezaron a recitar, escenario e palabra formaron un todo que deixa o listón moi alto de cara a sucesivas edicións deste festival que da man do Concello de Pontevedra e o Ateneo de Pontevedra convértese nun milagre da palabra que agroma primavera tras primavera. Beizóns a Yolanda Castaño por argallar algo tan fermoso, parabéns a todos os que puxan por un festival xa consolidado e grazas aos que permitiron abrir estas ruinas do Museo de Pontevedra, para acubillar a poesía. Para facela inzar entre os silencios da historia e para que un poeta arxentino sentise a presenza dos seus antepasados a través da emoción ou para que unha nai tente o que é a sucesiva separación dun fillo dende o mesmo parto.
Tanto Andrés Neuman como Berta Dávila fixeron das súas poesías unha única voz da experiencia, unha redimensión da súa intimidade exposta ante os demais a través dese fío arame que todo o soporta como é a palabra. A polaca Grazyna Wojcieszko colleu o relevo para enfrontarmos a outra sonoridade, a un eco diferente entre a pedra pero no que tamén se percibía esa intencionalidade por achegarse ao que nos rodea. Antón Lopo, fixo resoar aquelas voces de Carlos Oroza que quedaron penduradas desas pedras. A súa interpretación, o carácter performático do seu traballo, sitúao nesa poesía que xorde da oralidade, do mutante da memoria que fuxe do papel para cinguirse á vida. Mireia Calafell, Cesáreo Sánchez e Sijón, puxeron o remate a unha xornada inaugural que xa sempre quedará fixada na nosa mente como a do día no que a poesía, como enredadeira, agromou por un chan e unhas paredes das que penso non vai querer fuxir máis.
Pero a poesía seguiu e o Teatro Principal converteuse de novo na cova na que seguir ondeando esa bandeira que case semella unha bandeira pirata, polo que ten de desafío á sociedade. Facer poesía hoxe é aventurarse ante o imprevisíbel, moverse por mares embravecidos non sempre correspondidos, pero Pontevedra sempre foi bo porto de abrigo, e agora, dende Pontepoética, converteuse en porto da poesía no que cada primavera abarloan os máis fermosos navíos e que dende este ano ten  na súa causa as pedras dominicas, resistentes a tremores de terra, tamén ao desprezo do home que case as derruba, pero agora si respectadas como parte de nós mesmos. Ogallá cheguen moitos máis recitais, ogallá haxa máis concertos que fagan que palabra e música invadan ese espazo único para convidar ao público a enchouparse de cultura. Pontepoética acadou un chanzo máis, un elo nunha cadea de palabras e emocións á que agora hai que sumarlle a pedra, a nosa pedra.



Publicado no Diario de Pontevedra 10/04/2017
Fotografía. Rafa Fariña

lunes, 10 de abril de 2017

Ollar o horror






OITENTA ANOS ollando o horror. Interpretándoo como peza artística xurdida da dor. Unha achega de Picasso que estivo pechado nun estudo durante un mes traballando arreo tras ver na prensa como as bombas arrasaban a localidade de Gernika. Unha cruel inspiración para achegarse á alma doente do seu país. Un collage da ignominia e da barbarie encargado pola República para amosar a loita e o sufrimento dun pobo.
É curioso ver como os peores tempos do ser humano poden xerar obras de arte. Como o artista, cabalgando sobre o seu maxín, atopa beleza onde só hai espazo para a mágoa e a desolación. Ese enorme lenzo en branco e negro cumpre oitenta anos, vintecinco da súa instalación no Museo Reina Sofía. Dende hoxe unha gran exposición ao seu arredor volverá convocarnos fronte a pincelada da dor, o gume da mesquindade dende o que se desenvolve toda unha serie de figuras que nos levan a enfrontarnos directamente cos diferentes aspectos da guerra, e todo iso sen poñernos ante exércitos ou uniformes. Esa é a súa gran virtude, a de amosar a guerra como un grande espectáculo da desolación humana, onde non hai máis símbolos có dos berros que xorden de cada unha desas figuras. Picasso fuxía desas dialécticas simbólicas de atoparlle sentido a todo, cando precisamente aquí do que se fala é do contrario, da falta de sentido dunha guerra. Componse así un gran berro contra a violencia, contra a capacidade do home para danarse a si mesmo sen reparar nas consecuencias duns actos cargados das cegas arelas de poder.
Ese berro estourou nun estudo de París poucos meses despois de que unha delegación do Goberno da República formada por Josep Renau, Juan Larrea, José Bergamín e Max Aub lle fixera en xaneiro o encargo de reflectir nunha obra, para o Pabellón Español da Exposición Internacional de París dese ano, o que estaba a acontecer en España. O 26 de abril de 1937 a Lexión Condor bombardea Gernika, a localidade símbolo dos foros vascos, e Picasso ve na prensa, tras moitas dúbidas para elixir o tema dese mural, o motivo do seu cadro. Aquelas fotografías en branco e negro enguedéllanse cun proceso que se estaba levando a cabo nas súas formas, as mesmas que ían levedando dende varios anos antes, relaxando o seu cubismo e compoñendo unha nova figuración que facía da loita beleza-monstrosidade a cerna da súa pintura. Nesta exposición, que leva por título ‘Piedade e terror en Picasso: o camiño ao Guernica’, tendo ben claro o punto final o que se fai é achegarse a ese tránsito formal dos anos previos, cando Picasso experimentaba unha nova linguaxe. Esas pezas son a antesala desta diagnose da incivilización á que un, poucas veces das que vai a Madrid, se pode resistir a contemplar. Unha especie de expiación de nós mesmos fronte ao que podemos chegar a facer.
Gran parte das salas de exposicións do Reina Sofía artéllanse en función desta peza. Chegar á mítica sala 206 é enfrontarse a unha multitude agolpada ante unhas cordas que impiden o paso, liñas que marcan a distancia precisa para enfrontarse ao horror que cuspe o cadro. Como se se precisasen uns poucos metros para non verse envoltos na desesperación. Ao seu arredor outras pezas preparan o desenlace; alí temos a dous dos nosos, a Maruja Mallo co seu ‘Antro de fósiles’ e a Arturo Souto con ‘Verdugos e vítimas’. Satélites que gravitan arredor do gran planeta, alí onde nunca tiñamos que habitar pero onde non nos quedou outra que penar a nosa fraxilidade como especie. Achegarse a esta exposición, que estará aberta ata o 4 de setembro, convértese case nunha obriga desta sociedade para decatarnos dos nosos erros, pero sobre todo para manter viva aquela radicalidade dun artista que non precisaba de cores para berrar, nin de óleo vermello para facer do sangue exclamación. A súa contundencia xorde do propio silencio da cor, do hermetismo duns grises que median entre o branco e o negro para servir de desacougo ante o arrepío.
Poucos cadros agochan tras a súa vida tantas historias. A historia do Guernica vai máis aló da súa concepción e desenvólvense no seu tránsito por diferentes países como complicidade fronte á guerra. A súa marcha ao MOMA, o seu regreso en corentena ata que en España triunfase a democracia, a súa saúde e a idoneidade do seu emprazamento, que aínda hoxe segue a encher páxinas de prensa. O Guernica, ao final, converteuse naquilo do que fuxía Picasso, nun símbolo que vai máis aló dunha guerra, nun símbolo dun país que, como aquel ‘Duelo a Garrotazos’ de Goya, nos pon nos estremos do enfrontamento, afastados de calquera empresa común e sempre turrando en diferentes direccións. O noso fatal destino, dentro e fora do cadro.





Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 5/04/2017









Máis sobre o Guernica:
http://ramonrozas.blogspot.com.es/2016/12/cuando-el-horror-es-emocion.html

sábado, 8 de abril de 2017

Engurras no verso


'Na casa da avoa' é un emocionante e íntimo percorrido poético asinado por Marta Dacosta no que a muller se erixe como piar dun mundo de silencios que reclama, dende o verso, o seu desexo de rebelión para berrar dende o creativo a necesidade da voz en feminino



"ESCRIBIR DENDE un xénero excluído e dende unha lingua minorizada", é a posición asumida dende a responsabilidade da escolla feita que plantexou a inesquecíbel Begoña Caamaño ao longo da súa vida. Un compromiso que introduce, non só un dos poemas máis firmes deste poemario de Marta Dacosta Na casa da avoa (editorial Galaxia), senón que ese contrato está detrás de todo un mollo de poemas asinado dende a necesidade de facer desa voz feminina sustento da memoria, dende o familiar ata o social, dende o íntimo ata o público. Os poemas de Marta Dacosta son todos eles compromisos co seu eu, con esa parte que todos nós temos aloxada na memoria e ata na alma, xurdida das entrañas que son as que lle outorgan a tinta precisa á poeta para escribir estas poesías de fondo alento, inzadas de emoción e respecto cara unha figura, a da avoa que, como un gran piar, suxeita todo o universo familiar. Unha subida ao faiado da memoria para atopar nesas gabetas abisais todo un feixe de sensacións que lembran a esa figura totémica, ao tempo que se amosa como un espello para que a muller de hoxe faga daquela forza resistencia primeiro, e despois pulo para activar, de xeito definitivo, o seu papel na sociedade en igualdade de condicións co home. Non dubida a poeta en mergullar a esa figura familiar nos mitos femininos gregos, nunha continuidade chea da afouteza precisa para seguir tanteándose a si mesma. Marta Dacosta emprega como compás unha linguaxe afiada e cortante en ocasións, que noutras convértese en aloumiño sobre a pel chea de engurras. Engurras no verso sobre o que acada movernos a poeta para entender como a vida se enchoupa nesa xeografía táctil, nese tremer axitado polo contacto: "A muller do poema /sabe da fame/ e da soidade/ porque fixo o milagre de multiplicar o pan/ e o peixe/ en cada prato que colocou na mesa/ porque contou os nós das redes/ para enganar o tempo das ausencias/ o tempo que se detiña/ insoportábel/(...)". Aquel "corpo de pel deshidratada" é agora inspiración desbocada, fervenza coa que acadar, dende a súa escuma, un axitar de palabras dende as que reflectir o hoxe, a paisaxe que permanece intacta nese eu inagotábel.
Cando a poesía se move nesa leira do eu é quen de agromar cunha forza infrecuente, do mesmo xeito que é capaz de converter os silencios da casa, os silencios de avoa e nai en voz rotunda, en luz acesa que destrúe a sombra. Raios de luz que fan da gaiola do pasado unha lumieira da que seguir tirando. Tecer e destecer o fío da memoria, o ronsel polo que camiñar para tentar enterdermos hoxe o que somos. As lendas e as serpes, o corpo que mudou, un camiñar do tempo que semella de vagar pero que cando un senta fronte a el é un lóstrego convertido en tensión. Un chimpo dende unha ponte no que a aterraxe é o de menos, sendo esa distancia o pasaporte cara o verso: "Sentir que o tempo nos pertence/ que podemos ser nenas/ e non virxes casadeiras/ que podemos ser mozas/ en non un enxoval de terras/ que podemos ser mulleres/ e non covas fecundas/ que podemos ser vellas sen ocultarnos a todos/(...)". Un tempo que xa se moveu ben despacio ata o de agora como para seguir manténdoo con ese ritmo nunha sociedade que quere impoñerlle aínda á muller esa cadencia ancestral para que siga sen saír dela, acomodada aos propósitos dos homes.
É tempo de destecer e María Dacosta escolle o verso como ferramenta, tamén como diagnose duns tempos nos que cada vez temos menos referentes, menos ancoraxes a un pasado convertido en engurras que é onde á fin e ao cabo se vai sedimentando a sinceridade e o sentimento. As dúas ferramentas que ten a memoria para converter esas engurras en desfiladeiro que atravesar ou, desta volta, en verso que debullar.




Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 2/04/2017

miércoles, 5 de abril de 2017

Un cadro que é un mundo

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura. Agasallada o sábado na súa vila natal de Viveiro, Maruja Mallo, a muller á que a Real Academia Galega de Belas Artes adica todo un ano de actividades, conformou, ao longo da súa vida, unha traxectoria que sitúa a súa pintura no máis alto da nosa arte. O Museo de Pontevedra custodia un único cadro seu, pero un cadro que é todo un mundo.


Hai cadros que xustifican a visita a un Museo, cadros que lle dan sentido a toda unha colección, cadros sen os que a súa presencia converteríase en eivas para coñecer a nosa pintura. Con só colocarse uns segundos fronte ao cadro de Maruja Mallo (Viveiro, 1902-Madrid, 1995), ‘Cabeza de negra’ que colga dunha das paredes do Sexto Edificio do Museo de Pontevedra, un pouco bota de menos a presenza de máis pezas da artista galega, e entende como un único cadro pode reflectir toda a pintura dunha artista. Esa mirada de muller que te suxeita pola lapela e case te ergue do chan ponte fronte a unha artista que, a estas alturas da súa traxectoria, en 1946, estaba en pleno apoxeo da súa pintura e que se atopaba en Sudamérica tras fuxir da Guerra Civil descubrindo un novo mundo que pintar, un novo territorio de razas, cores e texturas cos que darlle un novo pulo a unha pintura que viña de facer dos esqueletes e cementerios o chanzo posterior as verbenas, isto é, o tránsito da ledicia que se esgotaba cos felices anos vinte e as sombras que comezaban a intuírse na atmosfera política e social de España.
O 9 de febreiro de 1937 Maruja Mallo chega ao porto de Bos Aires procedente de Lisboa, no comezo dun longo exilio que rematará en 1961. Un mundo quedaba na península, o do horror e a morte de moitos dos seus amigos cos que compuxo unha das paisaxes creativas máis importantes de España, a dunha modernidade e unha vangarda que loitaba por achegarse á Europa, por quitarlle a este país esa cobertura rancia que o condeou durante tanto tempo ao atraso. Ela, muller, fixo de Madrid un campo aberto para explorar a súa liberdade persoal. Estudante de Belas Artes, amante de poetas como Alberti ou Miguel Hernández, trangresora, desafiante, enérxica. A ela se achegaron Ramón Gómez de la Serna e Ortega e Gasset admirados polo seu talento e o seu xeito de medirse con aquela España. Pois todo iso quedou nun baúl baixo as bombas e a fame e ela chegou a un territorio calmo que deseguida a conquistou grazas ao ambiente cultural de Bos Aires, a presencia de Pablo Neruda ao cal foi a visitar para mergullarse en poesía e en algas, pero tamén unha luminosidade e unha terra cunha forza da natureza e da sensualidade dos corpos nunca vista antes.
A súa pintura dos anos corenta e cincuenta abandona aquela realidade social previa e mergúllase en motivos naturais, cunchas, estrelas de mar ou rostros de indíxenas dende un punto de vista de fonda raigame xeométrica, claramente debedora doutro pintor sudamericano que xa coñecera en Europa, Torres García. Esa vitalidade do novo territorio trasládase a unhas pinturas cheas de beleza, de proporción, de harmonía e equilibrio. Entre 1941 e 1944 pasa os veráns en Punta del Este, pinta as súas famosas máscaras. Un paso previo aos seus retratos de mulleres realizados entre 1946 e 1951, toda unha toma de conciencia en feminino da muller e os potenciais do que eran unhas novas etnias para ela que se podían entender como novas facianas para un novo mundo. Figuras de fronte ou de perfil que fuxen da súa condición de retrato para entenderse como facianas dunha raza.
O 5 de maio de 2000 aparece anotado no libro ‘75 obras para 75 anos’ do Museo de Pontevedra como a data de entrada nos fondos do Museo de Pontevedra desta ‘Cabeza de negra’, que se firma en 1946 e cunhas medidas de 56,5x46,5 cm. Un óleo sobre lenzo que formou parte dunha compra efectuada na viguesa Galería Montenegro xunto coa ‘Señora do abanico’ de Isaac Díaz Pardo e da que se sabe que pasou por terras mexicanas antes de chegar a Galicia. O cadro, con toda esa forza magnética que xorde da súa mirada, da textura da súa pel, dos grosos beizos vermellos, estivo dende a súa chegada e ata a posta en funcionamento do edificio que o acollle no despacho do director do Museo, Carlos Valle Pérez, quen cada día tiña diante súa unha peza extraordinaria coa que medirse xornada tras xornada e que agora é un baleiro insustiuíbel, que só se pode minguar co a visita ao seu lugar na sala de exposicións dentro do discurso pictórico das vangardas artísticas.
A importancia desta peza queda ben en evidencia ao ser a imaxe escollida para as capas do monumental catálogo que en 2009 reflectiu unha das mellores exposicións sobre a súa obra, a realizada pola Fundación CaixaGalicia en Vigo. Este ano, no que a Real Academia Galega de Belas Artes a elexiu para honrala, poñerse ante esta ‘Cabeza de negra’ é enfrontarse a todo un mundo, físico, pero tamén pictórico.

Algas e Neruda
Maruja Mallo e Neruda retomaron o seu contacto fronte ao Pacífico que chegaba aos pés da Isla Negra: «É posible que as fotografías de Mallo e Neruda na costa se sacaran cerca da casa deste en Isla Negra, na provincia de Valparaíso. Probablemente Maruja aloxouse na casa de Pablo e Delia del Carril, a súa esposa, as tirara, xa que ambas coñecíanse das ‘festas salvaxes’ de Madrid». (‘Maruja Mallo’. S. Mangini).


Publicado no Diario de Pontevedra 3/04/2017