jueves, 17 de agosto de 2017

Pontevedra en fiestas


Se alborota la ciudad en esta semana de bullicio, alegría y diversión. Es el jaleo de sus fiestas, el romper con los hábitos diarios, el conseguir durante unos días eludir esas agotadoras realidades que nos acosan durante el resto del año. Pontevedra organiza sus fiestas entre sus tradiciones y los nuevos hábitos que hoy en día se imponen en una ciudad especialmente pensada para hacerla escenario de la diversión, hábitat del buen vivir y respiradero de ilusiones.
Con las fiestas de la Peregrina siempre pasa lo mismo, unos se ponen de un lado de la cuerda a tirar de ella y otros desde el otro hacen lo mismo. Un vano gasto de fuerzas que, sobre todo desde la esfera política, deja variopintas situaciones, algunas con un cierto punto cómico, pero que por las fechas asumimos con buen humor. Ahí tienen por ejemplo a Jacobo Moreira presentando un cartel de las fiestas con casitas y logo pepero. Todavía me pregunto qué le llevó al edil del Partido Popular a frenarse ahí y, además de posar con el autor del cartel, hacerlo acompañado de una ristra de bellas y simpáticas jóvenes pontevedresas que podrían competir por ser reinas de las fiestas, o porque no hacerlo con un pregonero de abolengo y sustanciales méritos que nos permitiese, cuatro días después de escuchar el pregón de las fiestas, no seguir preguntando quien era la pregonera de este año. Y es que esta ciudad es así, un continuo tira y afloja entre el ayer y el hoy en la que engrasar ambas dimensiones parece una empresa de una enorme complicación.
Hemos visto un pseudocartel que carece de sentido alguno, escuchado un pregón que poco tiene que ver con lo que debe ser un pregón, pero estamos en fiestas y lo uno y lo otro se borrarán como las lágrimas bajo la lluvia mientras la ciudad hace de sus calles el auténtico ring en el que batirse con la fiesta. Las calles llenas de gente son el mejor barómetro para saber que a esta ciudad lo que le importa es pasarlo bien, que perdona todo y que Pontevedra donde se hace fuerte es en sus calles, compartiendo la felicidad de poder disfrutar del paraíso en el que nos ha tocado vivir. Pero Pontevedra también tiene su historia como sustento del hoy y en sus fiestas deben permanecer todavía imágenes como la procesión de la virgen, su ofrenda floral, los fuegos artificiales, su comida de Amigos de Pontevedra, la batalla de flores, sus gigantes y cabezudos, sus conciertos (actúe quien actúe), sus peñas taurinas (las de la plaza, claro) y los propios toros. Todo ello gustará más o menos, participaremos mucho, poco o nada, nos representará en mayor o menor medida, pero es lo que nos ha ido configurando como comunidad. De lo que no se dan cuenta muchos es que todo eso, a lo que tantos le conceden una inusitada importancia, palidece al lado de lo que de verdad da sentido a esta ciudad. A las cañas con los amigos en el Parvadas, en el Americano o en la de Petete, a los lazos de yema de Solla, a los niños chocándole la palma de la mano a los cabezudos, a Rafa Pintos con su sombrero de copa, a la Peña de la Once trabajando a destajo, a tener que ir por las plazas de la Verdura, la Leña o Méndez Núñez y cumplir treinta minutos de paseo hasta encontrar un sitio en el que poder sentarse, a cruzar Michelena esquivando los coches de pedales, a sacar un número para poder cenar en El Pitillo, a los partidos de fútbol en Curros Enríquez, a los turistas que se preguntan ante la estatua de Valle-Inclán si en realidad era tan poquita cosa, a no olvidar nunca a Sonia Iglesias, a girar la cabeza cuando escuchas la voz de Meli Fandiño dándote ganas de contarle lo de la calle Lepanto a ver si ella lo arregla.
En definitiva, Pontevedra donde se la juega es en la distancia corta, en ese escenario de vida en que se ha convertido en los últimos años y en el que durante estos días hemos asistido a secuencias que hablan de su potencial. El ‘Festival de Jazz’, ‘Aquí cántase’ o ‘Itineranta’ son geniales prolongaciones de la fiesta en que se convierten estos meses y que explotará definitivamente en la ‘Feira Franca’, allí donde todos, los de un lado y otro de la cuerda, se sientan en una misma mesa para lograr la apacible identidad de una aldea gala en el fin del verano. Pero si recuerdan bien en ese banquete el pobre bardo acaba siempre amordazado y atado a un árbol, y ahí sí que les dejo libertad total para que aten al suyo. Mientras se lo piensan acaben bien estas fiestas, las fiestas de una ciudad para todos.



Publicado en Diario de Pontevedra 16/08/2017
Fotografía: Rafa Fariña

jueves, 10 de agosto de 2017

El paseíllo pontevedrés de Rafael Alberti

Noventa años después de aquella cita se mantiene como uno de los hechos más curiosos y singulares de la historia de la ciudad

Rafael Alberti en la plaza de toros
de Pontevedra en 1993 (Rafa)

Nuestra ciudad está repleta de historia y de historias. De relatos que fueron poco a poco conformando una identidad común. En esa identidad la plaza de toros de Pontevedra también ha jugado un importante papel ya que sobre su arena y en sus tendidos se han sucedido infinidad de anécdotas. Quizás una de las más importantes, tanto por el hecho en sí, como por la calidad de su protagonista, sea la que tuvo lugar un verano de hace noventa años, cuando Rafael Alberti, el poeta que en aquellos años todavía no mecía al viento su cabellera blanca y que ya había logrado el Premio Nacional de Literatura por ‘Marinero en tierra’, realizó el paseíllo vestido de luces en la cuadrilla de Ignacio Sánchez Mejías.
«Me he enterado que Alberti anda con gitanos, banderilleros y otras gentes de mal vivir. ¡Está perdido!», comentó Juan Ramón Jiménez cuando llegó a sus oídos las amistades del poeta gaditano. Un poeta amante de los toros que siempre tuvo la ilusión de formar parte de ese mundo. Esa ilusión se cumplió en Pontevedra pero sólo duró unas horas ya que al término de la misma y sin haber puesto el pie fuera del callejón decidió que la fiereza del papel en blanco era más compatible con él que aquel «ciego rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero», como él mismo lo definió, al recrear aquel episodio pontevedrés en la primera parte de sus memorias ‘La arboleda perdida’.
Ignacio Sánchez Mejías también abandonó los ruedos tras la tarde pontevedresa, aunque años más tarde regresaría en los ruedos para encontrar allí la muerte. Él fue quien porfió en que Rafael Alberti se vistiese con un horroroso traje naranja y negro, un traje de luto que conservaba Sánchez Mejías de la muerte de Joselito, su cuñado. Una tentativa anterior casi lograr sacar a Alberti al ruedo en Badajoz, pero finalmente la insistencia de Sánchez Mejías logró que Alberti hiciera el paseíllo en Pontevedra, en presencia del gran cronista taurino José María Cossío y un público, llegado de toda Galicia y el norte de Portugal que llenaba los tendidos al filo de las cinco y media de aquel 3 de julio de 1927. La Banda de Música de Marín marcó el anuncio de ese paseíllo entre cuyos componentes iba el poeta, al que pocos reconocerían de aquella guisa. Fue el principio y final de la carrera taurina de Rafael Alberti: «Menos mal que aquel público gallego no era de esos que piden ‘hule’, como el andaluz o el madrileño, y pude pasar desapercibido, dentro del callejón, durante toda la lídia».
Para bien de la poesía el autor de ‘Sobre los ángeles’ renunció a los riesgos del toreo para protagonizar aquel mismo año, tan sólo unos pocos meses después, una iniciativa financiada por el propio Sánchez Mejías, torero ilustrado, participando del mítico homenaje a Góngora que en Sevilla sirvió para conceder carta de identidad a la Generación del 27.En ‘Aquel momento luminoso’ como lo definió hace pocas fechas Antonio Lucas en un especial de El Mundo sobre esa Edad de Plata, no duden que entre los Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Federico García Lorca o Gerardo Diego, Rafael Alberti relataría su ‘gesta’ taurina pontevedresa.
Aquel paseíllo no cayó en el olvido y tuvo un emocionado recuerdo en 1993, cuando otro Sánchez Mejías, no torero pero sí cirujano, el pontevedrés doctor José Luis Barros Malvar, insistió para que Rafael Alberti regresase a aquel tiempo, al coso de su San Roque querido para pisar la arena de A Moureira, para fijar los pies en el centro del albero e instrumentar aquel pase que nunca se llegó a dar. Un pase que nunca salió de un callejón lleno de sonetos, de raspaduras de vidrio, de galopes, y cometas de oro. Poesías que encontraron un paño diferente al de la franela para ser dibujadas en el aire. Aquel día de verano de 1927 Alberti hizo de Pontevedra la posibilidad de cumplir una ilusión, pero como tantas veces la realidad eligió su propio camino dejando, en este caso, una historia que no se volvió a repetir en ningún otro lugar del mundo.



Publicado en Diario de Pontevedra 10/08/2017


miércoles, 9 de agosto de 2017

M.+Pintura=Pontevedra


Un sumatorio preside o estudo de Manuel Moldes. Misterio+Luz= Pintura. Un sagrado frontispicio que semella lembrarlle constantemente ao creador cal é o segredo desa disciplina artística. Percorrer a exposición que baixo o título de ‘Pontevedra Suite’ se amosa no Museo de Pontevedra é converter esa operación noutra que sume ao pintor coa pintura para así obter como resultado Pontevedra. E é que ese é o pano de fondo que suxeita unha espectacular mostra que xira arredor deses fíos invisíbeis cos que as cidades envolven aos seus habitantes. A proposta, dende o plantexamento dos comisarios, Ángel Cerviño e Alberto González Alegre, é unha feliz achega a un tempo moi determinado na produción de Manuel Moldes. Catro anos na década dos oitenta nos que baixo unha produción febril o pintor acubillouse baixo os monfortinos da Ferraría, o estanque das Palmeiras ou ao longo do río Lérez, isto é, fixo de Pontevedra o berce dunha pintura que, xunto coa doutros colegas, fixo estourar toda unha tradición creativa demasiado vencellada ao pasado.
Pontevedra emerxe deste xeito como o lugar no que estar, pero tamén o lugar no que sentir, o espazo da memoria fornecido co camiñar diario, co trato coa veciñanza e, sobre todo, a mantenza dun tempo que esmorece ante o que se entende como unha presunta evolución da sociedade. Pontevedra é capital, pero tamén é pobo, e dese híbrido xorde un ámbito singular, no que personaxes, historias e imaxes redimensionan un espazo físico nun parnaso mítico. Aí é cara onde nos sinala Moldes cos seus pinceis na evocación dun Macondo ás orelas do Lérez no que mergullarnos cadro a cadro, nunha sucesión de fragmentos pictóricos fronte aos que un estremece polo que neles se contén, que non é nin máis nin menos que a propia cidade de Pontevedra. Símbolos, facianas, recunchos, lendas, mitos...todo conflúe nuns lenzos que dende a figuración configuran un itinerario que fai tremer o corpo a quen leva un rato ante unhas pezas nas que se sente a esta cidade como parte de cada un.
Poucas veces unha vila pode atoparse reflectida dun xeito tan intenso como nas tres salas dun Museo de Pontevedra que con exposicións como esta incrementan tamén a súa condición de espazo lexendario no eido cultural da cidade. Todas esas figuras actúan como tótems que balizan unha vida. Seres que xorden do maxín dun pintor que xerou unha nova realidade no seu estudo, alí onde se albiscaba o misterio, alí onde se estudaba a luz, alí onde se paría a pintura. Cada cadro un mundo, e todos estes mundos xuntos son un universo entre pontes e carballos, entres coitelos, cuncas e moletes. Entre cidades que durmen e outras que traballan, entre avós e equipos de fútbol invencíbeis, entre heroicos canteiros, camelias e naos, e entre todo iso temos as miradas, as miradas da cidade que mira á súa xente.
E se falamos de miradas nesta exposición poucas agochan tanto sobre Moldes como as súas mozas. ‘As mozas de Pontevedra’ son o equilibrio xusto que precisaba unha nova pintura. O apego a súa propia tradición dende a modernidade picassiana inxerida nun espazo local no que facer convivir o panteísmo do rural de carballos, arquitecturas e vales xunto á Galicia urbana, a das mulleres que se amosan fronte ao público, sen temores, xestionando os seus propios corpos ante as miradas do espectador. O monfortino, a muller vestida de galega coa pose do monumento dos Heroes de Ponte Sampaio, o león que pecha a Alameda ou as camelias, resitúan toda esa pintura no ámbito local, nun espazo xa universalizado. Miralas a elas é mirar a toda unha sociedade, á muller doente, á inspiración, o traballo, o desexo, o cotiá. Mulleres que miran tamén a ese rapaz dos recados que se converteu en pintor, nun soñador de historias que foron antes sementadas ao longo de moitos séculos e ás que honra coa súa recuperación como sustrato común dunha identidade que agora é toda unha declaración de amor. A Bella Helenes e Teucro bailando xuntos  baixo os sons dun cincel picando na pedra, os ecos dos goles de Pasarón, o murmurio da corrente do Lérez, os foguetes dunhas festas de A Peregrina que xa están a piques de comezar e que non pensaron ter mellor complemento que este agasallo de historias feitas pintura dunha cidade incomparábel.

Publicado no Diario de Pontevedra 9/08/2017. (A exposición 'Pontevedra suite' poderá verse no Museo de Pontevedra ata o 17 de setembro)


jueves, 3 de agosto de 2017

Dous libros


Chegaron xuntos da man. Metidos no mesmo paquetiño procedente da editorial Xerais como un máis dos seus abeizoados envíos. Eran dous libros que se presentaron ante min en xuño de 2016. Non fixeron moito ruido e pousáronse xunto ao meu ordenador sen reclamar a súa lectura. As veces penso nos libros como en compañeiros dunha vida na que eles mesmos son os que reclaman os seus tempos de lectura. O deles aínda non chegara.
Galería de saldos’ de Diego Giráldez e ‘ O espello do mundo’ de Ramón Nicolás, acubilláronse nos andeis da miña biblioteca case sen darme conta. Un día, sen máis, decidiron liscar do xornal e buscar un fogar. Chegaron á miña casa xunto a moitos outros libros e fixéronse un oco, de novo sen buscar o protagonismo, como se soubesen que a súa lectura podía esperar, que as súas palabras e as súas historias non ían fuxir de entre as súas capas, e é que a literatura e a maxia dos libros se contra algo é quen de loitar é contra o tempo, resistirse ao seu paso e non asustarse ante o camiñar dos días.
Pasou un ano e aqueles dous libros comezaron a bulir. Unha especie de vibración chegábame dende aquel andel no que os dous seguían xuntos un ano despois. Un ulular de sereas fíxome, durante varias veces, mirar cara aqueles dous libros que agora si querían que os lese. Collínos do seu lugar e fóronse achegando a min. Eu víaos felices, sabían que en canto rematara os libros que tiña pendentes de ler por traballo, chegaría a súa quenda e o faría en tempo de lecer. Nun verán que ía ser o seu.
Tocaba ir ata Madrid. Dous días cheos de músicas, ledicias, complicidades e caricias que comezaron subido a un avión con ‘Galería de saldos’, un libro de relatos escrito por un colega Licenciado en Historia da Arte. Naquel avión pensei de novo en cómo o destino daquel libro chegara ás miñas mans, un destino que non era outro que facer mellor aquela viaxe, entreterme durante as case dúas horas de ida e volta e tamén descubrir a escrita de Diego Giráldez. Xa ven que tiña moito que facer aquel libro a tantos miles de metros de altura e sen data de caducidade. Os libros forman parte das nosas vidas e a súa lectura intégrase nos nosos momentos de xeito antolladizo, pero un pode enguedellar dende o recordo cada lectura cun instante concreto das nosas vidas.
Volvamos a eses relatos de Diego Giráldez. Irónicos, retranqueiros, tamén cun puntiño de amargura que é como se escribe a vida. Dende o sorriso e a mágoa, dende a luz e a sombra. E así cada un deles, orixinalmente escritos e vencellados a unha obra de arte móvese por eses territorios nos que nos movemos os seres humanos e que por moito que os vexamos dende ás alturas, como parte dun formigueiro, non deixa de pertencer ao que nós mesmos somos.
Pasaron varios días e xa en terra, o sol fíxose un oco nos días de xullo empurrándonos á praia e alí foi onde ‘O espello do mundo’ de Ramón Nicolás cumpriría o seu contrato con este lector. E o certo é que despois da súa lectura un está completamente seguro de que este libro escribiuse para que Ramón Rozas o lera nunha praia da ría de Pontevedra. Nin nun día de outono nin nun de inverno, nin sentado nunha cadeira no salón mentres a chuvia golpea os cristais dunha fiestra, senón sobre a area e fronte ao mar. Alí ese espello que creou o meu admirado mestre na crítica literaria, Ramón Nicolás, brillaba como en ningún outro sitio e a súa enigmática historia sobre freiras, conventos e segredos rachaba anos de esquecemento e de descoñecemento para alumear aquilo para o que a literatura está sempre obrigada, xunto a outras cuestións, que é entreter. O libro pasou nun suspiro e un pensa en tantos meses xunto a el para logo pasar todo nun par de xornadas. Pero ambas foron inesquecíbeis como aquela dobre viaxe en avión, como ingredientes dun verán de 2017 no que dous libros pasaron xa a formar parte da miña vida.
Os dous voltaron aos andeis. Agora noutro lugar, xa que como se fosen enredadeiras os libros buscan o lugar axeitado dentro do seu hábitat en cada momento das súas vidas. Hai andeis por editoriais, outros por autores, outros por temáticas, outros polos libros aos que un regresa unha e outra vez, outro dos libros que se aman... en definitiva, un marabilloso microcosmos feito de libros sen o que un fogar non se podería entender. Aínda que xa pasou un ano dende a súa publicación botarse a ler ‘Galería de saldos’ ou ‘O espello do mundo’ é unha recomendación que lles fago nestes días de verán, dun verán no que eses dous libros quixeron que eu os lese en diferentes situacións, tempo despois da súa publicación, o que me serviu para comprobar que os libros teñen vida propia e que só hai que fixarse neles cun pouco de amor para tentar comprender das súas necesidades.



Publicado no Diario de Pontevedra 2/08/2017


martes, 1 de agosto de 2017

Un novo illote no océano

Vanesa Santiago entra no océano galego da escrita con 'A vida sinxela de Marcelo Firmamento', una fermosísima historia de mares e navegacións que vén de acadar o Premio Illa Nova de Narrativa 2017

SEN DÚBIDA que alguén que nace cando as ondas do mar bican o seu berce está chamado a ter unha vida moi especial. Do resto xa se se encarga a literatura e, neste caso, unha nova escritora, Vanesa Santiago (Fontán, Sada; 1983), da que se nota que a súa formación en Biblioteconomía e o seu traballo en bibliotecas levouna a enchouparse das historias co mar foise encargando, marexada tras marexada, de colocar nos andeis.
Unha nova voz, un novo illote no noso océano literario tan ben surtido de travesías, de escumas salgadas, de lendas a carón da costa, de relatos que fixeron do mundo unha parte do noso, desta Galicia de mar e que polo mar se construiu a si mesma. A vida sinxela de Marcelo Firmamento (Editorial Galaxia) é, ante todo, un libro de aventuras e dende esa faciana, amósase marabillosamente ben escrito por alguén tan nova. A autora non nos aburre en ningún momento, cada episodio, cada acontecemento na vida deste Marcelo é un gozo do literario que nos leva a lembrar outras historias coas que fornecemos o noso maxín de lecturas, coas que medramos como nenos e que xa non nos deixaron, afortunadamente, nunca máis.
Atopámonos en Sada, na década dos corenta, tempos complicados nunha Galicia na que a Guerra Civil viña de rematar, ou mellor dito, que comezaba a deixar a súa pegada en milleiros de persoas. Comezan as preguntas arredor dese neno, Marcelo Firmamento, que busca respostas, que sobe a un barco e navega polo mundo. Viaxes que como toda viaxe ten partes de realidade e de fantasía, de historias que veñen e van, de acontecementos máxicos xunto a outros reais e que te beliscan a pel. De voces baixas. Historias que nos van levar a navegar, porque un lendo este libro sente que a bordo desas viaxes un tamén navega, que forma parte dunha aventura chea de fazañas e descubertas para tentar descubrir a un mesmo. «En cada mariñeiro dorme un ser mitolóxico». Qué gran verdade di este libro cheo de verdades. Un dos nosos tesouros son os mariñeiros, eles aprovisionáronnos non só de produtos do mar, senón de historias e de relatos que forman parte de nós mesmos. Eles, seres mitolóxicos entón, pousaron en terra as súas fazañas e as fixeron humanas para que nós as sentísemos como nosas lonxe das súas naves, das súas noites estreladas, das acometidas do mar. Nós, na terra, temos as súas historias como novas peles que mudar. Lendas que nos van facendo medrar como veciños dunha comunidade pero sobre todo como seres humanos.
Alén das sereas, alén das baleas, alén do amor que serve para o real e para a imaxinación, alén de todo iso estamos nós, seres e lectores que somos felices cando topamos con relatos de liberdade como estes, con escritos que nos levan a sentir máis de cerca o que é noso: o mar, e todo o que o habita. Un mar que podía apelidarse Galicia, xa que hai de nós en tódolos mares. Así este libro tamén é un relato dos que marcharon, dos que saíron e non voltaron aínda que os nosos portos sempre serán os seus. Dende eses portos os vimos marchar, sabendo que non voltarían, pero todos sabemos que non acabaron de marchar. Que algo deles quedou aquí e a partir diso é dende o que Vanesa Santiago non se esquece dos que marcharon. Unha loábel homenaxe aos que foron polo mar, aos que se cruzaron coa balea, os que escoitaron ás sereas, formando entre todos unha cosmogonía mariña baixo o firmamento.

Mar e firmamento como capas dun libro cheo de crebas que neste caso son as palabras que foi poñendo no seu lugar Vanesa Santiago, para escribir un libro, si; para gañar un premio, tamén; pero sobre todo para poñerlle un nome a un novo illote no océano que dende estes días verá como medran nel as narracións que lle darán afouteza á súa escrita. Cando dentro duns meses volva a publicarse outro libro asinado por ela sempre lembraremos estas historias de mar, porque na auga temos a nosa orixe, e alí explicámonos como especie, porén queda a explicación da nosa intelixencia e aí a mellor xustificación e pousar a ollada no horizonte. Onte todo remata, onde todo comeza.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 23/07/2017

sábado, 29 de julio de 2017

Afouteza poética


A poesía en Galicia asiste a un bulideiro momento cheo dun futuro que xa é presente grazas a novos e afoutados nomes.



Outro 25 de xullo. Outro día para mirar cara nós mesmos. Para contemplármonos e tentar ver que podemos poñer de novo sobre a balanza. A min gustaríame adicarlle unhas liñas á poesía. As palabras que fan equilibrios polas ringleiras da páxina coas que os nosos creadores/as fan unha radiografía de si mesmos a partir da súa relación coa súa contorna.
Se durante moito tempo a poesía asistiu a súa propia marxinalidade, os últimos tempos ofrécennos unha chea de síntomas que falan dun fervedoiro ao seu arredor. Un pulo que tamén se rexistra a nivel peninsular, abofé alentado pola relación das novas tecnoloxías e as redes sociais coa escrita. A capacidade de recoller nunhas poucas palabras unha reflexión vital, a mensaxe condensada nunhas poucas palabras, o sentimento en pírulas que viaxa ata os lugares máis insospeitados. Si, todo iso é a poesía hoxe. Unha intelixente, nova e salientábel poeta, Elvira Sastre, tamén ten reflexionado sobre este pulo da poesía hoxe, e identifica esa nova realidade das redes sociais co xurdimento dunha morea de novos nomes que chegan a novos públicos, que renovan aos lectores de poesía, e que, sobre todo, fan unha poesía vencellada ao tempo e ao instante concreto que nos tocou vivir. Ao mellor nada novo en relación ao pasado, que dun xeito ou outro tivo os seus momentos de esplendor poético, pero a nosa realidade hoxe defínese en parte deste xeito.
Galicia é poesía de seu. Dende o azul do océano ata os verdes dos seus vales. Miles de cores, de chuvias e de aires, pero tamén de miradas e sentimentos acariñados pola sensación de vivir nun lugar especial. Un territorio afeito a querelo a través da palabra, un espazo que compuxo a súa lingua a través daquelas poesías que medraron na cerna da ría de Vigo. Aqueles trovadores ven renovadas hoxe as súas palabras a través de novos poetas. De mozos e mozas que apostaron por esta forma de linguaxe para achegarse ao mundo, un degoiro cada vez máis complexo.
E se hai poesías e poetas ten que existir unha fenda pola que achegarse aos lectores, editoriais ou proxectos que visibilizan ese pulo cunha maior cantidade de números publicados que poñen en circulación o escrito, o sentido. Tamén co xurdir doutros territorios para a poesía impensábeis fai tan só uns poucos anos e que agora xa son un alicerce imprescindíbel para tentar calibrar o que acontece arredor do verso. Aí é obrigado falar de Chan da Pólvora. Ecosistema poético que dende Compostela alborexa ao mundo para que o galego repenique en forma de verso. Da man de Antón Lopo acubillou a unha chea de novos nomes que entraron por ese desfiladeiro, supoño que dende a perplexidade do descoñecido, pero que co paso dos meses, a editora ven de cumprir un ano, séntense parte dun dos acontecementos literarios máis felices na nosa escrito dende hai tempo. E como termómetro desa alta temperatura poética é moi acaída a presentación do pasado venres no mesmo espazo da editora dun novo volumen da súa producción, o quinto, que condensa en trece poetas que rondan os trinta anos esa nova situación da poesía en Galicia. ‘Antoloxía da poesía próxima’ é unha travesía da man de Alicia Fernández, Andrea Nunes, Berta Dávila, Lara Dopazo, Oriana Méndez, Celia Parra, Xabier Xil, Gonzalo Hermo, Samuel Solleiro, Ismael Ramos, Francisco Cortegoso, Jesús Castro e Antón Blanco, nunha selección de María Xosé Nogueira que é ben representativa desas novas voces que tamén teñen prolongación máis alá de Chan da Pólvora. Outro espazo que agromou a esta nova xeración é outra editora, Apiario, con Dores Tembrás e Antía Otero que como abellas enchen de mel as colmeas nas que que traballan outra morea de nomes: Afra Torrado, Alba Cid, Celia Parra, Ismael Ramos ou Tamara Andrés, por citar só algún deles. Tamén poetas novos que recollen premios que non fan máis que gabar o seu destino de creadores como Antía Otero, gañadora do Premio de Poesía da Gala do Libro Galego con ‘O cuarto das abellas’ (Xerais), ou Miriam Ferradáns, que acadou o Premio Nacional de Poesía XoseMaría Pérez Parallé con ‘Nomes de fume’ (Espiral Maior) ou Isaac Xubín conquistando o Lueiro Rey con ‘A cadencia da fractura’ (Xerais).
E xunto co prelo os recitáis, os espazos que levan a poesía a pé de rúa sacándoa dos papeis e poñéndoa na boca dos poetas que é onde a poesía toma a súa condición orixinal, onde amosa a súa contundencia fronte ao espectador. O vigués PoemaRía ou a pontevedresa PontePoética son dous dos respiradoiros que viñeron a completar a outros destes espazos con máis tradición pero que reflicten esa cohabitación do novo co tradicional, que é algo que tamén se ten como achega destes novos nomes, o seu pulo renovador e inspirador aos que durante décadas levaron a poesía como bandeira vital. Os valentes que cruzaron o deserto para chegar ata aquí, para achegarse a un oasis inesperado pero cheo de felicidade e ledicia para unha terra que precisa da poesía como respiración, como xeito de darlle sentido a un espazo sentimental como poucos que, dende a súa natureza incomparábel, tamén entra nas nosas vilas, nunha simbiose territorial á que tamén lle da resposta esta nova poesía. Como a tantas outras cousas, porque a poesía é a resposta a nós mesmos.



Publicado no Especial do Día de Galicia. 25/07/2017. Diario de Pontevedra/El Progreso/La Región/Atlántico

viernes, 28 de julio de 2017

Un ‘Cristal’ no que reflectirse


Foi un 25 de xullo pero de 1932 cando a pontevedresa revista ‘Cristal’ saiu á luz, isto é, cando do prelo da imprenta Antúnez, no número seis da rúa da Oliva, a modernidade quixo ser revista baixo unha cabeceira xa mítica para a nosa literatura.
Como antes o foron ‘Alfar’ na Coruña (1923), ‘Ronsel’ en Lugo (1924) ou ‘Gallo’ en Granada (1928), un grupo de mozos quixeron, fai oitenta e cinco anos, cabalgar sobre esa luminosidade cultural e chea de esperanza pola renovación do país que se vivía naqueles primeiros anos trinta. “Esto es Cristal, y es un un grupo de artistas, lleno de la ansiedad y el colorido fuerte y puro de la savia joven, quien lo lanza en un renacer de clarines de espiritualidad, despegándose del ambiente mohoso de política que enturbia las horas, como un cohete, a vendimiar luces en la concavidad terciopelada de una noche vernal”. Isto é o que se podía ler naquela primeira editorial de presentación da revista adicada, nas súas oito páxinas, á Compostela do Apóstolo que celebraba unha identidade, pero tamén o respecto pola cultura, e a necesidade que se tiña dela como bandeira dun territorio cheo de eivas pero que precisaba, ademais do pan, dos libros como chanzos para o seu progreso.
Naquel primeiro número, co deseño na capa do que logo sería o gran arquitecto, Alejandro de la Sota, citáronse nomes como Noriega Varela, Paszkiewicz, Juan Bautista Andrade, Otero Pedrayo, Luis Amado Carballo, Álvaro de las Casas, Juan Ramón Jiménez, Nóvoa Gil e Juana de Ibarbourou.Poesía en castelán e en galego, baixo o acubillo dos promotores dun ‘Cristal’ no que reflectirse unha mocidade bulideira, con gañas de amosar as súas posibilidades nunha cidade que vivía un esplendor cheo de nomes senlleiros como Castelao, Bóveda, Losada Diéguez ou Filgueira Valverde, tamén de iniciativas sobranceiras como a fundación da Coral Polifónica, a do Museo de Pontevedra ou da Misión Biolóxica. Aqueles promotores foron José Mª Álvarez Blázquez, Juan Vidal Martínez e Antonio Díaz Herrera, a dirección literaria dos dez números dos que se compuxo este soño. Porque estas revistas xurdiron como os soños dunha mocidade que necesitaba explorar as súas arelas de creatividade. Con escasos medios, sen apenas posibilidade de futuro, estas revistas espalláronse por moitas das capitais da península recollendo a semente da Edade da Plata, é dicir, daquela Xeración do 27 da que se cumpren neste ano noventa da súa mítica reunión sevillana. Nela simbolízase un estado de ánimo a través das súas figuras e, sobre todo, dunhas palabras que atronaron por tódolos cantos do mundo e ás que se sumaron moitos outros como os nosos protagonistas pontevedreses.
E se algo é o 27 é Lorca, e Lorca bendeciu ‘Cristal’, e Lorca escribiu en ‘Cristal’, e Lorca visitou, catro meses despois da saída do primeiro número, aquel desván do Hotel Méndez Núñez, na actual praza de San Xosé, xusto fronte ao Café Moderno, ata onde aqueles mozos levaron ao seu ídolo para poñerlle un papel diante, pero sobre todo para calmar a faciana de vergoña que tiñan ante o gran poeta tras ensinarlle un lugar tan ruín para artellar unha revista. Pero o autor de ‘Poeta en Nova York’ sacou do apuro a aqueles avergoñados lembrándolles a revista que el mesmo creara en Granada catro anos antes, a revista ‘Gallo’, e que non tivera mellor acubillo. Deixáramos a Lorca cun papel fronte a el no Café Moderno, alí, sobre unha daquelas mesas de mármore a súa pluma non tardou en facerse un soneto publicado no número do mes seguinte.
‘Cristal’, polo tanto, é unha daquelas iniciativas que fixeron do anos trinta, antes do oprobio da Guerra Civil, unha sementeira inmarcescible. Os anos de escuridade, de dores cravados na alma, de lousas e cunetas aínda, aínda, aínda hoxe vergoñentas, non foron quen de facer esquecer aquelas iniciativas. Tras o arrebato gongorino dos grandes poetas do 27 foron agromando outras iniciativas que quixeron facer das letras ser, das palabras expresión artística ou, como diría Jorge Guillén, unha “adhesión a la vida”. E é que se algo se pode aínda poupar fronte a un número calquera da revista ‘Cristal’ é esa necesidade de vida, esa obriga, xa non fisiolóxica senón moral de aproveitar a vida, de gozala en tódalas súas posibilidades, pero sobre todo, argallando un cóctel entre o culto e o popular. “Cristal tiende, dentro de la exquisitez de su contenido, a ser eminentemente popular. El vino de Chipre al alcance de todos los labios”. Así remataba aquela primeira editorial publicada o Día de Galicia de 1932 na que o que se quería saborear era algo tan sinxelo como o que tamén deixou escrito Jorge Guillén no seu poema ‘Más allá’: “Ser, nada más. Y basta./Es la absoluta dicha”.




Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 26/07/2017

Luis Gordillo. Confesión xeral

Referencia da pintura en España, a intelixente aproximación proposta dende o CGAC á figura de Luis Gordillo abarca toda a súa dimensión como creador. Sen acotacións temporais a obra de arte enténdese como un proxecto global cheo de referencias entre as diferentes etapas.


BAIXO O comisariado de Juan Antonio Álvarez Reyes e Santiago Olmo o máis complexo á hora de artellar unha exposición arredor de Luis Gordillo, sobranceira figura da nosa pintura, é o modo de amosala, pero sobre todo de reflexionar sobre a súa obra a partir da composición da mostra. De poucos pintores se ten escrito tanto, como de Luis Gordillo, de poucos tamén se ten exposto tanto como arredor do seu traballo, por iso, á hora de facer unha exposición hoxe o máis importante non é o feito de amosar a súa obra, senón as conclusións que nos pode deixar o seu visionado e o contacto coas pezas expostas.
A planta primeira, a planta baixa e o dobre espazo do Centro Galego de Arte Contemporáneo énchense do universo plantexado pola pintura de Luis Gordillo. Énchense dunha comprensión total da súa obra que nos leva a percorrer o seu traballo dende a década dos anos cincuenta ata os nosos días. Autor dunha obra única, moi difícil de incluir en istmos ou correntes pictóricas, o labor de Luis Gordillo amósase nesta mostra cunha intención globalizadora, isto é, diluíndo fronteiras temporais ou etapas creativas e recuperando aquelas estratexias de representación que se mantiveron como alicerce de toda a súa pintura. O diálogo entre as obras, e entre esas obras e o espectador conflúe nesa organicidade do discurso, nese senso arquitectónico dunha obra xerada dende o rigor e a consistencia dunha aposta irrenunciábel pola liberación dunha pintura á que se suxeitaron posteriormente, nos anos oitenta, toda unha corrente de pintores que lexitimaron un discurso pictórico propio que, con figuración ou sen ela, plantexaron un necesario debate dende o visual para acadar un rescate das posibilidades da pintura tras o letargo do franquismo.
Luis Gordillo estaba tras todos eles como unha sorte de rede ante as piruetas. O evidente goce pictórico da súa obra enguedéllase coa súa capacidade analítica da pintura, plantexada dende unha permanente contradición entre xeometría, abstracción, tonos e planos que conflúen nunha simboloxía que enche de posibilidades a súa pintura. As deformacións, as duplicacións, as manchas, limitan cunha sorte de surrealismo ou de pintura psicolóxica que tende pontes á iconografía pop. Todo irase complicando coas transferencias procedentes doutras técnicas artísticas: fotografías, colaxes, debuxos... para xerar así un espazo propio, de rebelións e liberacións que loitan contra si mesmas pero tamén coa propia identidade da pintura. Un dos comisarios da mostra é o propio director do CGAC que no texto curatorial plantéxanos a cerna da exposición: «Entre as distintas series establécense relacións de filiación e diálogo, e entre as distintas épocas establécense en cambio friccións paradoxais e violentas que se recompoñen en sorprendentes diálogos». Isto é realmente interesante, sendo o que xustifica a exposición, a análise de recursos que se moven entre as obras, afastándose do momento en que son concebidas pero que, cando se observan dende esa temporalidade, amosan unha distorsión que non é tal. É un pouco como se as obras fuxisen do seu carácter cronolóxico, refuxiándose na súa propia concepción, sendo partes dun proxecto de autor que non precisa do aserto temporal.

Esa situación é a que fai de Luis Gordillo unha especie única, un creador de seu, este tipo de artista non se ven influidos, eles son os que inflúen. Pero isto, que sería o lóxico cando un creador está nos momentos finais da súa traxectoria, no caso que nos ocupa xa se produce dende as súas primeiras inquedanzas pictóricas, facendo en numerosas ocasións da súa pintura un camiño aberto en diferentes direccións polas que moitos foron camiñando a risco de enfrontarse ás complexidades da súa obra, que as hai e moitas. Pero ese tamén é o reto da pintura, o de suxerir e xerar problemas aos demais, o de propoñer territorios indómitos cos que desafiar aos demais e de paso á propia pintura. Esta ‘Confesión xeral’ que aquí se plantexa pon de relevo moitos destes desafíos dende alguén do que tanto se dixo que xa o que nos queda é ver, e aquí hai moito que ver.

Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda 16/07/2017. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo

jueves, 20 de julio de 2017

Dalí post mortem


Mañana se abrirá, o quizás no, la cripta en la que reposan los restos de Salvador Dalí. El pintor planeó su futuro como había planeado su vida, entre delirios y dólares, y así seguimos. Una hija suya, que pocas dudas parece que hay de que lo sea, pese a las teorías que algunos defienden del temor a la vagina (pero claro, hay vaginas y vaginas y momentos y momentos) que manifestó el pintor desde su juventud, será la que obligue a abrir ese espacio del inframundo por el que saldrán rinocerontes, masturbadores, penes, bigotes retorcidos, hormigas y bogavantes telefónicos.
Abrir esa caja de Pandora vuelve a convocarnos ante el artista singular, ante el provocador, ante el surrealismo llevado hasta el exceso. "El surrealismo soy yo", dijo Dalí al llegar a los Estados Unidos, y es cierto que en pocos creadores ese movimiento se puede calibrar en una medida tan descomunal como en el pintor de Figueras. Él, que hasta pintó su entierro y que diseñó su propio recinto post mortem en el Museo Teatro Salvador Dalí de su localidad natal, haciéndose sepultar en una cripta bajo una losa de 1,5 toneladas que será la que haya que remover para acceder a sus restos y elaborar el análisis de ADN que una magistrada ha ordenado realizar. Tanto la Fundación Dalí como el Ayuntamiento de Figueras se resisten a esa apertura alegando lo complejo de la obra a realizar en un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural. De ahí que es difícil saber qué pasará mañana, pero eso, a estas alturas, casi es lo de menos.
Dalí sigue generando ruido. Durante toda su vida el alboroto le persiguió y, tras su muerte, tanto por su pintura como por sus actos, lo sigue haciendo. A Dalí donde hay que desenterrarlo es en el Museo Reina Sofía a través de sus cuadros, pararse ante ellos, adentrarse en sus límites ilimitados, en sus escenas provocadoras, delirantes, pero pictóricamente maravillosas. Allí está Dalí y estará siempre sin necesidad de remover losas. Sus obsesiones, sus fragilidades, sus pasiones y sus miserias están en una pintura que se instala en lo surreal, pero que se nutre de su entorno catalán, de las rocas de Cap de Creus desnaturalizadas y conformando su figuración onírica. Esos cuadros, con permiso de los relojes blandos del MOMA, son la mejor pintura de Dalí, la que se parió desde la originalidad y el atrevimiento, también desde una inspiración alentada por un espacio y unas amistades que poco a poco fue devorando por su ego, una pintura que precedió al Avida Dollars en que él mismo se convirtió, en genial denominación de André Bretón para referirse a su avidez por el dólar.
Ese Dalí del Reina Sofía es el que realmente merece la pena. Pocos pintores pueden fracturar un momento del arte de manera tan intensa como lo hizo él y pocos lo pueden defender con una cantidad de obras tan importante como la que se articula en este espacio en el que Dalí pasa de lo real a lo onírico, y en donde articula su método paranoico-crítico, a partir del cual surge uno de nuestros grandes pintores.
Ahora la vida, esa vida con la que tanto jugó el de Figueras, quiere volver a situarlo en el tablero, volver a lanzar los dados para que comprobemos si aquel miedo cerval de Dalí por el coño es cuestión de mitologías o martirologios, también de estudiosos que hablan del poder castrador de su padre, quien inoculó al joven Dalí el pánico por contraer la sífilis, dedicándose éste, durante toda su vida, a prácticas sexuales de lo más variado, ayudado por Gala, que sí sabía lo que tenía entre las piernas, para goce propio y ajeno. Lo que sí haría a Dalí recomponer todos sus huesos y eclosionar desde uno de los huevos que coronan su edificio funerario sería el saber que, de comprobarse esa paternidad suya fechada en un encuentro amoroso en Cadaqués con una asistenta en 1955, su hija podría reclamar hasta el 25% del patrimonio del pintor que tuvo a bien donar al Estado. Unas piezas, en torno a 4.000, que en el año 1984 fueron tasadas en más de 5.000 millones de pesetas, lo que hoy en día se multiplicaría, dando lugar a una cantidad desorbitada que haría palidecer al Avida Dollars transformado en Avida Euros.
Las horas y los humanos decidirán qué es lo que pasa con el ADN de Dalí. Paradójicamente, con lo que le interesaba a él la ciencia, serán la ciencia y los avances en el estudio de la genética los que tengan la última palabra sobre el futuro de su pintura. Un futuro que ya quedó inscrito en nuestra historia y que ahora cuelga de esa surrealista Sala 205 del Reina Sofía, donde está lo mejor de Dalí y casi lo único que nos debe importar de una vida con demasiadas sombras, demasiadas locuras y demasiados excesos para tener que sumarle ahora un padre más.





Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 19/07/2017

viernes, 14 de julio de 2017

«La vida es un reportaje que no se acaba nunca»

 Será mañana a las doce, en el Centro Social del Mar de Bueu, y bajo la organización de la Librería Miranda, cuando Juan Cruz reflexione sobre la vida y el periodismo, caras de una existencia que a veces recibe duros golpes. De eso se habla y se escribe en ‘Un golpe de vida’.



ES parte esencial del periodismo cultural de este país. En sus reportajes y preguntas se han explicado cientos de los mejores escritores del mundo a lo largo de casi cinco décadas de periodismo. Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), acaba de recibir el Premio de Honor de la Asociación de la Prensa de Madrid en reconocimiento a su trayectoria profesional. Ahora presenta ‘Un golpe de vida’ (Alfaguara), una radiografía íntima, pero también del país en que nos encontramos. Un texto con un pie en el periodismo y otro en la vida, y en el medio alguien al que esta vez le ha dolido escribir. 
¿Qué puede esperar el lector de un libro en el que su autor escribe: «Este libro es lo más verdadero que he escrito en mi vida. Lo que más me ha dolido escribir»?
Cuando yo escribí este libro estaba en una situación humana tan dura que todo lo que escribía entonces estaba marcado por esa situación. Me sentí muy solo. El dolor de los demás te lleva a una soledad muy grande. No es una frase, es la muestra de una herida. El dolor de mi hermana no se me olvida nunca, ni un día, ni la incertidumbre que había sobre mi hija. Esos dos hechos que marcan el libro son para mí inolvidables a cada instante y eso me ha hecho la persona que soy ahora.
¿En qué momento fue usted consciente de la necesidad de escribir este libro?
En Perugia, en un castillo que, como se cuenta en el libro, fue donde se empezó a escribir lo que quería ser un libro sobre cómo a mí me había hecho un ser humano el periodismo. Y la verdad es que cuando estaba empezando recibí noticias duras de la vida, y ahí entró esa vida, y entró como un golpe. El libro ya se hizo otro. Este libro hubiera sido como ‘Egos revueltos’ o como ‘Especies en extinción’, referido al periodismo. 
¿Usted ha hecho del periodismo una manera de vivir?
El periodismo es mi vida. Yo desde que me levanto hasta que me acuesto estoy pendiente del periódico (Juan Cruz trabaja en El País desde su fundación en 1976) y no sé si esto es saludable. Es como una enfermedad venial, algo que te queda de la infancia o como el asma. Creo que el periodismo está siendo suplantado por artes que no tienen que ver con la linotipia, que es rabiosamente humana, sino con los algoritmos. Le decía hace unos días a mi primer director en Alfaguara, Emiliano Martínez, que hablaba de los algoritmos y de la edición literaria, que sólo una cosa que empieza por ‘algo’ es importante y es... algodón.
Usted todavía, tras tantos años en ejercicio, sigue transmitiendo la ilusión por el periodismo. ¿Cuál es la medicina para preservar esa ilusión?
Creer que la vida es un reportaje que no se acaba nunca. A mí cuando me piden que haga un reportaje, aunque sea un reportaje banal, me entra un entusiasmo inmediato, como si me estuvieran encargando que haga un avión. El encargo más importante para mí, aparte de la entrevista que hago siempre con gusto, es el reportaje. Soy feliz haciendo reportajes.
En el libro hay una frase maravillosa: ‘Periodismo es lo que pasa. Literatura lo que me pasa’. Explíqueme que hay detrás de esa frase.
Yo no soy un escritor cuando estoy en el periódico. Yo soy un escritor cuando voy en un tren de noche, y no entiendo lo que pasa, entonces escribo. Hubiera resuelto todos mis libros en cuatro o cinco poemas, pero me pongo a escribir y surgen asociaciones de ideas, hechos que han ocurrido y que son para mí importantes y regresan mientras leo. Mi literatura tiene que ver con la palabra yo, pero no es sobre yo, es contra yo. No soy una persona que se cree pagada de si misma, creo que la mayor parte de las cosas que hago, incluso trabajar, es porque no estoy seguro de estar haciéndolo bien.
¿Qué le debe aportar el periodismo a la sociedad? ¿Y ese aporte lo está viendo en nuestro país?
Para mí el periodismo debiera aportarle a la sociedad el sosiego de la veracidad. Nos estamos alejando de ello, por la influencia de la política, de las redes sociales, y también por la influencia de los periodistas que han creído que todo se puede decir sin haberlo confirmado, simplemente porque otro también lo va a decir.
¿Las redes sociales deshacen más que hacen?
Yo creo eso también. Las redes sociales son un instrumento para comunicar. Igual que el tren te lleva, pero si tú no vas de pasajero el tren no te lleva. Tú mandas una carta pero si va vacía no comunicas nada, pero el instrumento de comunicación funciona. Twitter, que es lo que más uso, es una caja que puede estar llena de virtudes... y de mierda.
¿Tras toda la vida preguntando quedan aún preguntas por hacer?
Sí, quedan todas las preguntas. Me acuerdo de un grafiti que vio Jorge Enrique Adoum, un poeta ecuatoriano, y que me lo contó Benedetti. Ahora muchos lo narran como si fuera de otros, y decía: «Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas». La pregunta, Ramón, siempre es inédita, tanto como la respuesta.
Usted que ha entrevistado a los más grandes escritores de las últimas décadas. ¿Cuál de ellos le ha impactado más por su personalidad, más allá de su obra literaria?
Tengo una larga serie de ellos. Nunca lo nombro, pero Le Clézio es formidable. Mario Vargas Llosa, es extraordinariamente auténtico, no dice nada que no esté pensando, y no es nada políticamente correcto, lleva hablando a favor del divorcio, del aborto o de los homosexuales desde siempre, no se guarda nada sobre aquello que tú le preguntes, a no ser que no sepa. Juan Carlos Onetti era maravilloso. Me gustó mucho el pintor Francis Bacon, era un ‘destroyer’, y Rulfo, es que son muchos.
Esta quizás sea la pregunta más difícil de responder para alguien que ha leído tanto. ¿Qué tres libros no se cansaría nunca de leer?
(Sorprendentemente rápido en su respuesta) ‘El extranjero’ de Albert Camus, ‘Tres tristes tigres’ de Guillermo Cabrera Infante y ‘El pez en el agua’ de Mario Vargas Llosa.
Si antes hablábamos de lo que le debería aportar el periodismo a la sociedad, ¿Qué le aportan los libros al ser humano?
El sueño de otros. La aventura ajena. Las dudas del prójimo. Cada libro es un soplo de vitalidad, una apelación a la tolerancia, un río de agua de todos los colores.
Regresemos para terminar a ‘Un golpe de vida’, un texto en el que usted no renuncia a radiografiar lo que sucede en nuestra sociedad. ¿Cómo siente Juan Cruz esta España que nos toca vivir hoy?
Creo que es una España rota por la banalidad, sometida a tópicos que son herederos de la banalización creciente de la política. Se ve en los debates parlamentarios, en el trabajo público de los políticos y de muchos periodistas. Configuran un momento extraordinariamente bajo que se transparenta en la conversación de la gente. Creo que la conversación no está a la altura del problema.

Suena un móvil al otro lado del teléfono, es la llamada del periodismo. Juan Cruz cierra una entrevista, otra más, antes de despedirse de ésta en la que él mismo es el protagonista, eso sí, antes de agradecer, con ese dulce soniquete canario que brinca siempre entre sus palabras, como el imperturbable rastro de la infancia, la atención prestada a su libro. Un libro de vida y periodismo escrito a partes iguales, como se escribe la vida de Juan Cruz.


Publicado en Diario de Pontevedra 14/07/2017

Un sorriso no peito

Presentación en Pontevedra de '22 Segundos' (David Freire)

UNHA VEZ máis, a literatura afonda alí onde á vida lle custa explicarse. De novo a palabra impresa enche de claridade ese espazo que na realidade amósase entre a dúbida e o descoñecemento de gran parte da sociedade, dunha ignorancia que leva á falta de comprensión e á insolidaridade de quen se ve alleo a unhas circunstancias tan íntimas e cheas de sentimentos e sensibilidades.
A literatura non debía permanecer máis tempo allea a un proceso, o da transexualidade, que está a provocar en moitos rapaces e rapazas unha complexa relación co seu contorno. Familia, centros escolares, veciñanza... son os espazos de convivencia nos que rachar os cristais nos que un ve reflectido aquilo que non é, desexando ser o que realmente é, outra persoa. Así é como se sobe un ousado chanzo da man de Eva Mejuto, que, con '22 segundos', editada en Xerais, asenta os alicerces desta problemática dunha maneira sinxela pero moi efectiva, a través dunha historia chea de momentos sinceros, conmovedores en ocasións, e nos que, axudándose de pílulas de humor, unha rapaza séntese atrapada nun corpo, pero tamén en toda unha serie de compoñentes sociais que non teñen que ver co que ela sente. A autora rodea á protagonista da súa familia, unha nai e un avó que son quen de entender e apoiar as súas aspiracións, e tamén dos rapaces e rapazas dun colexio no que é vista cunha lupa, vivindo situacións como a chegada do amor ou a relación cos médicos e terapeutas que levan a cabo ese proceso de transición, conformando un libro que pretende acadar "unha ollada crítica e aberta sobre o mundo", segundo comenta a autora. E iso é o que cada vez custa máis neste mundo, ter esa sensación de rachar os valos que tantas veces acernan as vidas de moitas persoas que non teñen a posibilidade de loitar polo seu futuro. O recoñecemento desa loita ou a concienciación sobre esa realidade que moitas veces ten consecuencias tráxicas en modo de suicidios ou do bullying, cada vez máis presente nos nosos colexios, está detrás da orixe deste texto, que se converterá en toda unha historia de vida, de medos que se van superando, de barreiras que se erguen, de aloumiños entre seres humanos nos que, ao fin e ao cabo, atopamos explicación a todo o que somos. Somos caricia.
Se algo nos amosou esta sociedade nos últimos tempos é a súa capacidade de cambio, a apertura en moitos aspectos, sendo un deles o da sexualidade, abofé un dos que rexistraban un maior atraso, de aí a velocidade dos cambios, converténdose o que foi un tabú permanente, e grazas á loita de moitos colectivos ao longo dos últimos anos, nunha visibilización necesaria e imprescindíbel para entendernos un pouco mellor, que é do que se trata. Do entendemento aliméntanse os espazos de convivencia que toda sociedade ten que ser quen de xerar, e para iso, se non sabemos o que somos, é moi complexo o avance que chegará de acadar o orgullo xeral a través do orgullo propio.
Vén de celebrarse en Pontevedra o FLOP (Free Life Orgullo Pontevedra) que, dentro das súas actividades, acolleu a presentación desta publicación. Alí, xunto ao editor do libro, Manuel Bragado, e a autora, estiveron dous mozos transexuais, Marcos Ceive e Éric Dopazo. A experiencia do primeiro deles é a que serve de sustento real a esta historia, na que Eva Mejuto acerta sobre todo no ton que latexa en toda ela, isto é, afastándose de dramatismos ou leccións, repousando nunha vida que se pode case tocar, existencias que un ten moi preto e que moitas veces non é quen de detectar. Nenas que non queren coletas, rapazas que queren xogar ao fútbol, mozas que non gustan de ir vestidas como bonecas... pequenos detalles que neste relato achégante moito ao que se conta dentro dunha sociedade na que Eva Mejuto, ademais das cuestións propias do asunto cerna do relato, tampouco esquiva outras como a falla de investimentos nas bibliotecas para seguir medrando nos seus fondos ou o caso das preferentes, que tan presente está aínda na nosa sociedade. Esa mesma sociedade é a que ten que buscar respostas ás demandas da poboación dende as administracións, e así é como acollemos con optimismo, á espera do seu axeitado desenvolvemento, a nova de que Galicia disporá dunha unidade de referencia para a atención á transexualidade en menores e dun observatorio contra a discriminación das persoas LGTBI que terá sede en Compostela.
Eva Mejuto escribe no final do libro, volvendo a unhas palabras dun dos personaxes máis marabillosos do mesmo, o avó do protagonista, que "o que non se di é coma se non existise". O certo é que xa é hora de existir e de converter esa cicatriz no peito nun sorriso de esperanza, dignidade e orgullo.



Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 12/07/2017