viernes, 26 de mayo de 2017

Claribel y la alegría


Se apellida Alegría y hace poemas entre plantas que riega desde la sencillez y la contundencia de su escritura, a la que todavía se dedica con sus 93 años. La poesía suele ser silencio, «una manera de estar solo», como afirmó desde su compleja lucidez Fernando Pessoa. Claribel Alegría, nicaragüense, ha ido conformando su poesía desde que conoció a Juan Ramón Jiménez. También desde que, con 14 años, se echó a las manos las ‘Cartas a un joven poeta’ de Rilke, y entonces fue la poesía la que la agarró a ella.
Ahora llega el gran reconocimiento, más allá de la edición de sus poemas, que lo debe ser todo para el poeta. La concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana reivindica a esta mujer, la sexta que logra el premio frente a veinte hombres que lo han conseguido desde su creación, en 1992, lo que la sitúa como a una reina de la poesía, mucho más conocida en Sudamérica que en España. Antes de la poesía la mujer. Antes del verso la mirada frente a la vida que la sobresaltó en su infancia salvadoreña cuando asistió al asesinato de más de 30.000 indígenas. El dolor y la incomprensión del ser humano se quedaron dentro. Luego Estados Unidos y Juan Ramón Jiménez, que la acogió como discípula. España y el regreso a su Nicaragua para constituirse, junto a quien logró este mismo premio en 2012, Ernesto Cardenal, como una voz poética surgida del pueblo: «mujeres y niños recibiendo escupidas en su cara», «no soporto el relincho de los heraldos electrónicos ni el tatuaje de fuego», «campesinos con las manos atadas». Hace 20 años falleció su marido, y la soledad se hizo combustión desde la poesía, el amor que estaba y se fue se quedó en el verso, que se convirtió en salvación de aquel mundo que era amor y ahora espacio para buscarse. ‘Pasos inciertos’ (1948-2015) es la antología, prologada por Benjamín Prado, que su editor en España Chus Visor puso en el mercado para contener a la poeta que, como la vegetación que tanto ama, no deja de prolongarse en el tiempo y en el papel. El verde se hace tinta y en esta tinta nos encontramos a Nicaragua, el amor, la vida, la muerte, la esperanza y todo, como el propio editor escribió en El Mundo, tras la designación de Claribel Alegría, desde «la desnudez, la desornamentación, la profundidad que parte desde la sinceridad y el sentimiento». Y es que moverse por esas páginas es descubrir la propia esencia de la poesía, aquella que se cierra al vacío en unas pocas líneas pero que cuando se abre deja escapar una asombrosa fertilidad de contenidos que se mueven entre la luz y la sombra humana, pero siempre con un puntito de redención, de «salvación desde la poesía», como ella misma apunta que fue la poesía en diferentes momentos de su vida. «...yo descubro el sol/todos los días/y entre valles volcanes y despojos de guerra avizoro la tierra prometida». No es fácil para una mujer encontrar esa tierra prometida de la poesía, pero ella descubrió el sol cada día, su voz de mujer se abrió paso, como desgraciadamente les tocó y toca a las mujeres, desde más abajo que sus colegas hombres, pero la raíz era firme y el crecimiento imparable. Su voz se colocó al lado de Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Gioconda Belli, Ida Vitale o Piedad Bonnett, entre otras, para, desde aquel territorio, gritar en el verso su condición de poetas y de mujeres que miran al mundo y que ustedes pueden descubrir, conocer y finalmente gozar en un imprescindible volumen que dos grandes poetas, jóvenes y briosas, como Raquel Lanseros y Ana Merino, han coordinado también en Visor, bajo el título ‘Poesía soy yo’.
Esa mirada ha sido felizmente reconocida, lo que no debe hacernos olvidar el arrinconamiento y el olvido. Un olvido contra el que siempre lucha el poeta, sabedor del poder cauterizador de la palabra, de su efecto regenerador en el alma y que, como un injerto, se sitúa en nosotros para ser brote, para ser futuro. Y es que cuando para Claribel Alegría el futuro se acorta de manera irremisible, ella misma no ceja en su perenne rebeldía, en hacer de la poesía, de la lectura y de sus plantas, armas de resistencia para seguir honrando a su apellido, para hacer de la felicidad el escritorio desde el que seguir consumiendo las horas, desde el que conocerse, porque hasta el final seguimos descubriéndonos.
«Salí a buscarte/atravesé valles/y montañas/surqué mares lejanos/le pregunté a las nubes/y al viento/inútil todo/inútil/dentro de mí estabas». ‘Salí a buscarte’ es precisamente uno de esos poemas de condensación extrema en el que finalmente descubrimos que nuestro interior es el gran hallazgo. Una intimidad que ha sido registrada desde la poesía, esa que ahora viene de honrar a una poeta, a una mujer heroica, resistente y sencilla.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 24/05/2017.
Fotografía Jorge Torres.


jueves, 25 de mayo de 2017

El grito como palabra

Rue Saint-Antoine nº 170
Poesía. La presentación en la tarde de hoy en la Casa das Campás del nuevo poemario de Manuel Pérez Lourido nos cita con una poesía que domestica el grito a través de la palabra. Que pone la caricia sobre una escritura que se adentra en el ser humano para medirlo ante el abismo, pero también para proponer un desfiladero hacia la esperanza.


Leo la poesía de Manuel Pérez Lourido como una especie de paréntesis. Un descanso en medio de la agonía del día a día, de las absurdas noticias que nos asaltan y que consiguen preocuparnos e inquietarnos, tenernos agazapados frente a tantos medios de poder, frente a tantas mediocridades. Políticos incapaces de honrar esa palabra que define su labor desde los tiempos de la Grecia clásica, de seres humanos cada vez más inhumanos y de un planeta que tiende irremisiblemente a la agonía. La poesía de MPL nos dirige a ese espacio de intimidad que surge de la propia intimidad del poeta, de un escritor a tiempo parcial que pasa muchas horas frente a sus alumnos viendo un futuro que sólo en la mirada de esos niños pudiera tener algún sentido. Pero también se adivinan las nubes negras, todo eso que vamos arremolinando unos y otros y que en algún momento será tormenta. Es, por lo tanto, su poesía el rayo que antecede al trueno, ese destello de luz que nos deja paralizados, en este caso frente a un conjunto de poemas que, sin sentido de grupo, sí que se van arrimando unos a otros en una necesidad, la de hacer de esa intimidad del autor una manera de enfrentarse al mundo, de posicionarse ante él, de irlo alumbrando como aquel hombre que entró en la caverna con una tea en la mano. Luz en la oscuridad. Palabra en el ruido. 
Cada página que pasamos, cada poemas que leemos, cada línea por la que nos movemos, nos acerca más a nosotros mismos. Es la capacidad de la poesía para exigirle a la realidad, para, no sólo intuirla, sino para intentar comprenderla. Con lo difícil que es. Hace unas páginas MPL le respondía a mi compañera Belén López que él «Sentía la poesía como una terapia», la avezada periodista ya tenía su titular y el poeta la excusa para seguir entendiendo la poesía. Una excusa que le lleva a hacer del verso una especie de pértiga para que la utilicemos como los equilibristas sobre el alambre, una manera de buscar la verticalidad cuando nuestro suelo se tambalea, cuando la inercia de los tiempos nos sitúa una y otra vez ante un abismo que finalmente se ve sustituido por la esperanza. «¿Qué puede hacer un hombre/sino albergar esperanza?». Poco más que apuntar. El hombre como esperanza de sí mismo, el poeta evitando el descalabro, eludiendo la penumbra.
Es la necesidad de la esperanza, a partir de la palabra o del amor. Complementos idóneos en la vida de cada uno de nosotros, asideros desde los que hacernos fuertes. Muros de piedra en los que apoyarnos para contener lo que la vida nos echa encima, poco a poco o de manera abrupta. Y es que ‘Después daré un grito’ (Editorial Discursiva), nombre del poemario, es también un diapasón de toda una vida. Los años que se suman, las canas que asoman ante el espejo, las arrugas que nos hacen aproximarnos a ese mismo espejo a leer en ellas. Lo que no duda en hacer el poeta a riesgo de encontrarse con todo aquello a lo que solemos volverle la vista. Los momentos amargos, las pérdidas, el dolor, la ausencia, la jodida ausencia. Todo eso también es poema, y rima con sonrisa y esperanza, como nuestra existencia. Luces y sombras a empujones día tras día. «Cuando la tibia mano del tiempo/empieza a hacerte sangre en las mejillas/es quizás el momento idóneo/ para recordar cuál es tu patria», escribe MPL, dejando suspendido, entre poema y poema, este rastro que seguir, esa huella sobre la que poner nuestra pie. Es cuando se erige la memoria cuando los blancos del papel envuelven lo escrito, esa memoria irrenunciable que da sentido a lo realmente importante, a aquello que se conserva, a aquello que pensábamos olvidado pero que de repente se acciona como tras activar un resorte impensable. Resorte en forma de piel, de aroma, de sabor, de viaje o, como no, de escritura. Una depuración neuronal que MPL traslada a sus versos. Desterradas las grandes metáforas, sin sentido la ampulosidad gramatical. Todo va tendiendo a una simplificación que hace trascender la pureza de lo íntimo, aquello que para ser descrito simplemente necesita de un ejercicio de honestidad. Y si algo tiene todo este poemario es honradez, es decir, palabras desde la que intentar trasladar una autonomía personal frente al colectivo, sin pretensiones ni confusiones para agradar a los demás, simplemente para escribir poesía.
En la Casa das Campás a las 20.00 horas MPL presentará el poemario y junto a él un buen amigo y creador, Mario Iglesias, que también ha participado de la confección del libro con el diseño de la portada y una serie de ilustraciones que salpican los versos. Pequeños apuntes que sintetizan estos versos que se convierten en el previo al grito, en la palabra a punto de ser altavoz de un hombre que en una habitación numerada quiso medirse con la vida. Verso a verso. Palabra a palabra. Grito a grito.



Publicado en Diario de Pontevedra 15/05/2017


miércoles, 24 de mayo de 2017

Valente en galego


A publicación pola editorial Ouvirmos da poesía en galego de José Ángel Valente enfróntanos a unha poesía con fondas raíces no cancioneiro medieval galego, pero que tamén se achega á vangarda dos nosos poetas para erixirse coa habitual afouteza do escritor ourensán.


TRADUTOR de idiomas como o francés, italiano, inglés ou alemán en organismos como a Organización Mundial da Saúde ou a Unesco, labor que ía en paralelo coas súas achegas poéticas, José Ángel Valente non renunciou ao galego para escribir a súa poesía. Ben certo que en cantidade inmensamente menor ao castelán, idioma que, seguindo as directrices de Rafael Dieste, foi o que o escolleu a el para escribir a súa obra. Datos como este e outros moitos ben interesantes son os que flanquean a compilación da súa poesía en galego, editada polo director da cátedra José Ángel Valente de Poesía e Estética da Universidade de Santiago de Compostela, Claudio Rodríguez Fer. Un traballo cheo de ledicia polo que ten de acubillarse na voz dun dos mellores poetas da historia, e por comprobar como o galego non lle resultaba alleo.
Un galego que podemos entender como a famosa paxariña da Cantiga CIII de Afonso X O Sabio, na que se fixou o poeta ourensán, se pousamos a nosa mirada naquela primeira poesía case que contestataria co franquismo ao publicala en galego en 1947 no compostelán diario La Noche. Aquel poema era un horizonte atlántico do finis terrae que falaba dese mar no que todo remata, pero no que sen embargo todo comeza. Ese azul, eses ollos romeiros, esa boca chea de sal durmiu como o San Ero trescentos anos ata que o cantar da paxariña espertou o santo. Así foi cando José Ángel Valente voltou a atoparse escribindo en galego inspirado polo Día das Letras Galegas adicado o rei escritor no que participou cunha conferencia en 1980. Un ano despois Ediciós do Castro publicaba Sete cántigas de alén que tería sucesivas ampliacións no seu número nos anos 1987, 1989 e 1996 con prólogos do tamén poeta Claudio Rodríguez Fer, primeira autoridade ao respecto da súa obra.
Agora a editorial Ouvirmos achéganos todo ese cancioneiro, porque así o temos que entender, e no que se inclúe algunha sorpresa a maiores, como unha nova poesía, Na mar de Vigo, que nos volve mergullar no noso mar, nesa ría de Vigo na que o poeta descubriu a catarse de enfrontarse ao mar por primeira vez. Nesa poesía volve a asomar a paxariña, convertida na memoria daquel neno cuxos ollos se prolongaron polo horizonte infindo. Alí tiña que ser, onde Galicia fixo da súa literatura medieval envexa doutras literaturas, onde os Mendinho, Johan de Cangas e Martín Códax, fundaron unha lírica de seu que lle interesou moito a José Ángel Valente para case refundala dende unha óptica de modernidade. É aí cando asoman polasCantigas de alén de Valente os nomes dos Manoel Antonio, Luis Pimentel ou Rafael Dieste, pero tamén outros nomes que pon sobre a mesa no exemplar prólogo desta edición Rodríguez Fer, como Halley, Blok ou Beckett.
O certo é o gozoso da lectura deste poemario, a súa edición en Galicia, o poder pasar as páxinas independentes das escolmas de José Ángel Valente como a monumental Poesía completa feita por Galaxia Gutenberg, na que estas Cantigas de alén eran case un apéndice no estertor do remate da vida. O tempo, a memoria, os seráns, as luces, a seitura, as verbas, os camiños, o aire ou os beizos dotan o poemario dunha fonda galeguidade, dun latexo que engaiola o lector pese a non manexar as moitas e moi cultas compoñentes que un poeta da calidade e coñecementos de José Ángel Valente podía integrar nas súas composicións. Pero todo este poemario está vivo, tan vivo, que todo iso se disolve entre as brumas, entre a radical afouteza dos textos que compoñen a terceira parte do poemario no que o autor escribe dos recordos da infancia, dos roxos acollidos no mosteiro de Oseira, dos mortos nas cunetas, da "soidade no ar", pero tamén do "alén das máscaras", ou da "tristura morna". Palabras escritas lonxe de Galicia, pero palabras que nunca estiveron tan cerca da cerna desta terra na que naceu un poeta universal.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 14/05/2016

martes, 23 de mayo de 2017

Emperatriz de un mundo de color

Carmen Romero se convirtió en uno de los personajes más populares de Pontevedra hasta su retiro en un geriátrico en el que falleció a los 91 años. 



EL INTERMINABLE listado de títulos nobiliarios que repartía por la ciudad, así como su estrafalaria indumentaria, configuraron en esta mujer uno de esos personajes que toda ciudad debe tener como reflejo de su singularidad. Personajes que identifican a un territorio en el que la proximidad física y sentimental logra que hagamos cotidiano lo que en cualquier otro sitio sería una especie de desvarío colectivo.
Pontevedra siempre ha sido muy dada a este tipo de personas y situaciones, fíjense la que hemos liado con un loro parlanchín, pero para los que tenemos recuerdo de esta ciudad desde los años ochenta si había un personaje que llamaba la atención era el de esta mujer ensortijada, de amplias y coloridas pamelas, que caminaba por la ciudad arrastrando sus marquesados, ducados y virreinatos. Esa era la imagen de las décadas finales de su vida, en las que la mente se echó al monte quizás para aliviar las heridas que la muerte de sus padres, los desengaños amorosos o la pérdida de sus últimos familiares, en definitiva, el peso que la soledad deja en el ser humano, habían abierto.
Pero la conocida como ‘Emperatriz’ tenía un nombre, Mª del Carmen Romero Veiga y era Doctora y Licenciada en Filosofía y Letras e Historia. Dos carreras, una vasta cultura y el conocimiento de numerosos países. Es posible que muchos no lo sepan pero fue docente en el Instituto, una de las primeras mujeres conductoras de la ciudad al volante de su 600 y redactora de Diario de Pontevedra en la década de los sesenta, cuando la cabecera de la capital volvió a imprimirse. En ella firmaba como Maricarmen y sus artículos no eran nada despreciables, es más, vistos y leídos hoy en día tienen un enorme valor como registro del pulso de la ciudad, no sólo desde una serie de artículos sobre calles de Pontevedra, sino, y estos eran los más interesantes, desde aquellos en los que se aproximaba al mundo laboral de la mujer. Reportajes sobre dependientas de comercio, operarias en fábricas o la mujer en el deporte, permitían y permiten conocer cómo las mujeres se adentraban en diferentes ámbitos laborales y sus condiciones de vida fusionaban el aspecto familiar con el laboral. Ese trabajo, en el que se destilan muchos componentes reivindicativos sobre la situación de la mujer, tanto desde las preguntas propias como desde ciertos comentarios que se insertaban, hacen de este trabajo una labor a reivindicar, como así se hizo dentro del proyecto local ‘Do gris ao violeta’ en el que se recuperaba la memoria de muchas mujeres a través de sus resistencias y de sus obras.
Al Diario de Pontevedra volvía no pocas veces a relatar sus azares vitales, junto a Chiño y Conchita pasaba horas y horas, en las que desde Ceilán a Seixo, daba cuenta de sus dominios. Ya eran los tiempos del personaje más que de la persona, de las manías persecutorias y los delirios de grandeza encarnados en aquella mujer que deambulaba por Pontevedra, presa de sí misma, objeto, a buen seguro, de miserables chanzas que no tenían cabida en sus reinos. De él nos contaba a todos, especialmente a Rafa Pintos, con el que compartió muchos momentos inolvidables que la rescataban de la soledad, y de ese mundo pensaba cuando se sentaba en la Alameda, sola, como en un día de 2008 en la que el fotógrafo Antonio Costa la captó como tantas veces la habíamos visto, tal y como la recordaremos siempre, entre los colores de un mundo que le falló.


Publicado en Diario de Pontevedra 23/05/2017
Fotografía gentileza de Antonio Costa

lunes, 22 de mayo de 2017

Volverei!

Os premiados na Gala do Libro (Alba Sotelo)


Horas despois da celebración da Gala do Libro Galego e non resultando gañador do premio a mellor xornalista cultural ao que era un dos nominados, pois xa podo dicir un par de cousiñas:
A primeira é agradecer de todo corazón a todas as persoas que votaron por min para que resultara finalista, foi unha gran e feliz sorpresa sentir que hai alguén ao outro lado da páxina e xuntarme con xente que tanto admiro polo seu traballo como Susana Pedreira Buján Ana Romaní Xiana Arias Rego e o Zigzag Diario
A segunda é amosar a miña alegría por varios premiados aos que teño en moita estima polo seu traballo e dos que me gabo da súa amizade. Nomes como os de Ledicia CostasMercedes Queixas ZasXosé Monteagudo ou a Libraría Paz déronme unha ledicia inmensa.
A terceira é que debemos estar moi orgullosos do moito talento que hai entre os diferentes axentes culturais que fornecen a industrial cultural galega, como ben apuntou Xosé Ballesteros, de xeito tan repetitivo coma necesario, no seu discurso. Premiados e non premiados enchen as nosas vidas de traballos marabillosos que amosan intelixencia e esforzo a partes iguais.
A cuarta é felicitar a Editores, escritores e libreiros pola unión exhibida nunha gala organizada de xeito exemplar.
E a quinta, que como dicía aquel, volverei!

miércoles, 17 de mayo de 2017

Afouteza. Onte, hoxe, mañá.


Poucas veces soou tanto unha palabra en Galicia como a pasada semana, con esa afouteza elixida como símbolo de resistencia pola afección do Celta. Afouteza soando dende a rúa do Príncipe ata os platós de televisións madrileños ou no mesmísimo Old Trafford. A cidade de Vigo enchoupada en carteis e bandeirolas coa palabra máxica, políticos facendo dese impacto público ingrediente dos seus discursos, cativos nos colexios coa boca chea de afouteza... En definitiva, a lingua galega como parte dunha identidade de dentro e de fóra que é quen de invadir a toda a nosa sociedade.
No Día das Letras Galegas, un dos poucos do ano nos que se pensa sobre o noso idioma e as súas posibilidades, urxencias e derivas, un non pode deixar de envidiar o fútbol pola capacidade que ten de infiltrarse na sociedade, de asolagar territorios que van dende o físico ata as sensacións máis primarias do ser humano, o que me leva a pensar en por que non tomalo de modelo, na súa vertente da difusión masiva, como mostra de parte do camiño que as institucións responsábeis deberían afrontar para poñer en valor o galego, non tanto o dirixido ás elites como o do día a día, un labor que é como regar un xardín no que enxergar palabras no léxico da xente de a pé (cantos non saberían da existencia desa fermosa palabra ata que Celta e Manchester cruzaron os seus camiños), tamén a visualización diaria do emprego do galego con orgullo, sen medos, sen vergoñas. Ver esa palabra pendurada polas rúas e prazas da cidade máis grande de Galicia ou protagonizando grandes titulares nos medios de comunicación é a proba do necesario dese investimento, do retorno que tería nunha poboación desorientada co uso do galego e á que pouco se lle axuda para reafirmarse dende o seu emprego fronte á apisoadora do castelán.
Quixo o destino que outra apisoadora atracase neste día en Vigo. O partido aprazado polo temporal ante o Real Madrid terá hoxe a súa resolución e tamén a da propia Liga. Aquela suspensión amosou unha certa afouteza antes de que o propio Celta se abrazase a esa palabra semanas despois, fronte ao autoritarismo que amosaron o equipo branco e o seu presidente, Florentino Pérez, que xa tiña unha das súas brigadas de obras e contratas preparada para ensinarnos aos galegos cómo se arranxaba en poucas horas o problema das cubertas de Balaídos. O Celta resistiu, non escoitou os cantos de serea dende a capital, e abofé que esa resistencia fronte á prepotencia sumarase hoxe no céspede ás ganas dos xogadores de agradecerlle á súa afección o fermosísimo exemplo que deron tras o partido do Manchester, que supuxo a su eliminación da Europa League, pero que renovou o compromiso de xogadores e club con esa palabra galega como fío.
Hoxe volverá ser un día de afouteza, como o foi onte fronte o equipo de Mourinho, pero como tamén o debería ser mañá para unha lingua á que hai que axudar para que se converta en semente. Todos os cartos (desgraciadamente nisto hai moito de investimento económico, ademais de sensibilidade a aplicar na sociedade e no sistema educativo) empregados dende Vigo para simbolizar nunha soa palabra o sentimento celeste serviron como poucas medidas adoptadas ata agora para xuntar aos seareiros co seu equipo, e tamén un pouquiño ao resto da sociedade co galego. Unha iniciativa que tería que motivar a reacción das institucións encargadas de coidar do noso idioma. A propia Real Academia Galega ten a proba dese éxito na súa páxina web, ao ser a palabra afouteza a que lidera a listaxe das máis consultadas no seu dicionario dixital, o que tamén debería motivar ao Goberno da Xunta de cara a facer unha aposta máis decidida polo emprego do galego dende aquelas canles  que son as que lle fan chegar o que acontece na sociedade aos cidadáns. Dende a escola á edición de libros, pasando polos medios de comunicación, o deporte, a empresa... pero sobre todo hai que pousarse nas rúas e beirarrúas, por onde pisa a xente do común, cun fomento máis imaxinativo do que se ten feito ata o momento, sempre demasiado institucional e afastado do pobo, o que podería acadar uns resultados mellores.
Se unha soa palabra fixo o que fixo dende o fútbol, canto se podería facer ao longo de todo un territorio cunha boa campaña de visibilidade do idioma? Unha afouteza que se tería que trasladar a toda Galicia como evidencia do compromiso dos seus gobernantes co galego. Lingua que ten que ser un xeito de respirar e que nestes momentos precisa de respiración asistida. Uns novos folgos que o fútbol semellou atopar de xeito inesperado a través da imaxe, da afouteza necesaria, onte, hoxe e mañá, para o Celta, pero tamén para a lingua galega.



Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 17/05/2017
Fotografía: Futura sede del Celta en la calle Príncipe. (R. Sazor)

Entre o vento ferido e o gato Samuel caeu unha mazá



Aínda non sei se é certo ou é un deses contos que tan ben narraba o bo de Carlos Casares. Conto amargo e cheo de tristura, e ese non era o seu estilo, o del era o conto que xorde do máis sinxelo, do casual, daquilo ao que ninguén lle daba importancia, entón el era quen de artellar un relato co que enseguida te sentías cómplice. Pouco importaba se falaba dunha mazá, do seu gato Samuel, dos seus treneciños ou da súa colección de aparellos de fotografar. A súa capacidade para facer grande o máis pequeño é o meu xuízo o máis engaiolante da súa produción literaria e, máis aínda, da súa articulística, da que no noso país era, sen dúbida algunha, o mellor.

Este principiño da literatura –a súa colección de edicións en diferentes linguas dese fetiche seu que era O Principiño de Saint-Exupery é extraordinaria- marchou na noite, no medio dun vento ferido e sen facer barullo, despois dunha xuntanza con moitos dos seus amigos e abofé, despois dunha tertulia da que non imos ter ningunha crónica. Con nós quedará sempre o recordó da súa humana timidez que me fai lembrar cando me acheguei a el na Facultade de Xeografía e Historia para felicítalo polos seus escritos e como baixou a cabeza rexeitando o agasallo do que logo se gababa diante da folla. Seguramente collería de mellor agrado unha bolsa cun molete de pan. E tamén debor recordar, no nome dun grupo de rapaces recén licenciados en Arte a súa inmensa xenerosidade ao apostar por todos eles dende a Editorial Galaxia, e así facer realidade a creación dunha revista crítica artística chamada Interesarte, algo que para os que comezamos no eido da reflexión artística nunca será de todo agradecido.


Publicado no Diario de Pontevedra o 11/03/2002. Un día despois do funeral de Carlos Casares.

martes, 16 de mayo de 2017

A arca de Barceló

A Universidade de Salamanca celebra os seus 800 anos de historia cunha ampla exposición plantexada por Miquel Barceló. Diferentes espazos da cidade amósanse modificados pola suntuosidade e trascendencia duns traballos que enguedellan tradición e modernidade



PRIMEIRO UN logotipo, despois unha exposición, e por último un doutoramento honoris causa. Tres fitos que marcarán o ano para o artista Miquel Barceló, pero tamén para a universidade máis antiga de España, a de Salamanca. A institución académica, cerna da vida da propia cidade, achégase ao maxín do artista que mellor sabe actualizar o feito histórico e antropolóxico da nosa arte e da nosa cultura. O seu interese polas culturas primitivas, dende as pinturas rupestres, ata o traballo con materiais básicos como o barro, pasando polo mundo do touro e por outros rexistros simbólicos que foron balizando a nosa paisaxe cultural ao longo dos séculos, e a súa adaptación a unha linguaxe da modernidade, converten a Barceló non só nunha estrela mediática do ámbito artístico, senón nun dos nosos máis singulares creadores.
Non temos máis que achegarnos á capela do Colegio del Arzobispo Fonseca e mergullarnos nese impresionante lenzo de seis por catro metros cheo de froitos carnais e sensuais, pero tamén de flores cheas de inocencia. Elementos orgánicos que semellan estar flotando nunha sorte de líquido amniótico, nun baleiro incomprensíbel á vez que emocionante para calibrar a súa magnitude. Esa peza, que é a que nomea ao conxunto da mostra, El Arca de Noé, chega á exposición procedente do seu estudo de París. Nunca exposta antes é unha das moitas pezas inéditas, case a metade dos oitenta traballos que compoñen a exposición, e que se reparten en diferentes puntos da cidade. Espazos e ambientes de fonda raigame renacentista, de liñas sereas e equilibradas. Toda unha mesura construtiva e de pensamento que estala fonte á heteroxeneidade das formas e das propostas de Barceló que sempre amosan un punto de desafío co espectador e coa súa contorna. Un senso lúdico da arte que fía o seu traballo con valores da arte máis primitiva, unha explosión de emocións, a plasmación do irracional ou a recuperación dunha inspiración que medra dende o xesto, dende a evidencia do artista sobre a materia, converténdose esta en parte esencial do traballo do artista.
Pinturas, esculturas en bronce ou en cerámica, obra gráfica, performances... todo o universo Barceló desenvolverase ao longo dos meses que van dende maio a ata o un de outubro, cando se peche a exposición e o artista sexa nomeado doutor honoris causa pola Universidade de Salamanca, na que é a súa primeira exposición en España dende 2010. Pezas que entran en conflito coa serenidade do espazos nos que se inxiren, non hai máis que fixarse nese Gran elefant dret apoiado sobre a súa trompa que, no medio da Plaza Mayor, bota un chorro de fume ao marcar o reloxo da praza as horas. De novo o sentido lúdico da arte, a chiscadela co espectador que xa de antemán asegura a ese elefante como o rei das fotografías do verán en Salamanca. Pero é que todo iso muda cando entramos no Patio de Escuelas da universidade e nos movemos entre a obra 14 allumettes. Un bosque de mistos feito en bronce, pezas dunha tonelada cada unha que amosan a súa propia destrución. O paso do lume pola existencia e como deixa a súa pegada sobre o seu propio corpo.

Lume, materia, auga, fume, liña, pegada... ingredientes que se van sedimentando a medida que imos percorrendo as diferentes obras. Os orixinais das míticas acuarelas que ilustraron en 2003 A Divina Comedia; as esculturas da Hospedería de Fonseca: cabezas de animais, cabalos, touros, cabras, todas elas debedoras da arte que máis impresiona a Barceló, a das catedrais prehistóricas de Chauvet e Altamira; e os testos xigantes que moldean unhas orellas que se dobran cara adiante no Palacio de Anaya. Esceas do surreal que tamén teñen cabida neste universo máxico de infindas posibilidades expresivas e interpretativas pero que, sobre todo, aluden ás emocións, a calibrar unha percepción dos obxectos e das obras de arte que nos conducen por moitos séculos, incluso máis aló deses oito que celebra a Universidade de Salamanca, xerme de tantas ideas e que agora acolle a todo un xerador de pensamento. Un ser subido a unha arca artística, pero tamén de redención humana a través dos sentidos.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 7/05/2017

viernes, 12 de mayo de 2017

Freo ao eucalipto


UN GOBERNO que frea a expansión do eucalipto no seu territorio. Un Goberno que impedirá a plantación de eucaliptos ata o ano 2030. Un Goberno que tentará substituír a que se converteu na maior especie da súa superficie forestal por especies como o piñeiro, a sobreira ou o carballo. Ese Goberno non é o galego. É o Goberno de Portugal. Que fermoso tería sido (que tamén o é, pero bueno) este primeiro parágrafo se non me referira ao país veciño e si ao noso. Pero non, aquí seguimos asistindo a unha cada vez maior superficie forestal adicada á que algúns concellos, como o de Poio, co apoio unánime de toda a Corporación, xa teñen calificado como especie invasora, mentres outros moitos miran cara outro lado. Certo é que o tema das palabras e as declaracións queda moi ben nos artigos, pero o que se precisa son medidas reguladoras adicadas á protección do noso patrimonio forestal, e refírome, claro está, ás especies autóctonas propias da nosa terra, construtoras da nosa paisaxe e da nosa identidade común.
A masiva presenza do eucalipto, tan dependente da especulación económica do bosque, deixa de lado outro tipo de riqueza contida nas nosas fragas ou nas superficies de cultivo que están sendo progresivamente abandonadas polos agricultores, co perigo de verse invadidas polo eucalipto. A ausencia de confianza no que o noso patrimonio natural pode ofrecer á sociedade está detrás desta falla de medidas que fagan recuperar moito do que xa se perdeu en favor desta colonización, que levou a que, dende 1980, en Galicia se pasara dunha superficie de 141.000 hectáreas ás 248.168 hectáreas de eucaliptais só nas provincias de A Coruña, Lugo e Pontevedra, o que vén significar case unha cuarta parte da superficie arborada da comunidade. Outros datos amplían esa superficie a máis de 370.000 hectáreas. En definitiva, demasiados eucaliptos para unha terra que dispón dunha variedade de árbores abraiante capaz de compoñer escenarios prodixiosos afastados da uniformidade que esta especie achega ás nosas paisaxes. Esta perda da biodiversidade incide tamén nun maior risco de incendios forestais, na seca dos acuíferos e na progresiva erosión dos montes, converténdose así o eucalipto nunha contaminación forestal coa que esta sociedade debería loitar dende tódolos frentes posíbeis para deter o seu avance, tal e como vén de facer Portugal a partir das decisións do seu Goberno en base a unha demanda da sociedade.
Recupero unhas palabras do prestixioso naturista Joaquín Araújo, autor de numerosos libros sobre bosques, que foron pronunciadas en Pontevedra nunhas xornadas sobre montes veciñais: "O eucalipto é unha metáfora da suciedade social". Nesa metáfora andamos hoxe, ruborizados tamén cando escoitamos como dende certos púlpitos as industrias que consomen este tipo de árbores (é a única xustificación para a súa permanencia) dan leccións de xestión da natureza, de sustentabilidade, de investimentos en aparentes cuestións ecolóxicas ou noutros sectores cidadáns empregados como cortina de fume ante os seus feitos, cando elas mesmas son a orixe da perversidade do sistema, ao facer do consumo desa madeira o motor económico que esmaga moitas das nosas capacidades de desenvolvemento. Iniciativas privadas que deberían ter o seu freo dende a xestión pública preocupada, ou así debería ser, por loitar por un dos nosos maiores tesouros, eses bosques que levan aquí moitos máis anos que nós e que merecen o noso respecto e compromiso. Aí teñen o éxito que supuxo o freo ás intencións para deforestar a Fraga de Catasós, en Lalín, e colocar entre os seus carballos e castiñeiros centenarios unha liña de alta tensión. Unha situación que semellaba irreversíbel, pero a loita veciñal e o posterior apoio das autoridades locais impuxéronse aos intereses especulativos. Outro exemplo, a corta por parte da Deputación de Pontevedra dos 333 eucaliptos presentes no recinto do Castelo de Soutomaior, entendida como "un grave perigo medioambiental". Exemplos que deberían terse en conta no resto de Galicia para frear ese eucaliptizar ao que semella que estamos abocados.
A principios de ano falábase de que a Xunta de Galicia, en pleno proceso de desenvolvemento da Lei de Montes, ultimaba un decreto que por vez primeira prohibiría en Galicia as plantacións de eucaliptos en determinadas zonas, pero fuxindo dunha prohibición en todo o territorio ou en calquera circunstancia. Isto é un pasiño, que aínda nin se chegou a dar e que, comparado co pulo de Portugal na súa Estratégia Nacional para a Floresta, fala do pouco interese por resolver esta gravísima situación dun país nun claro deterioro medioambiental.

Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 10/05/2017
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo

miércoles, 10 de mayo de 2017

Algo que ver, algo que esconder

Rue Saint-Antoine nº170
Arte. A Fundación RAC acolle ata o 20 de maio o traballo de Irma Álvarez-Laviada, unha exploración dende a creación ao propio entorno do artista entendido como inspiración, como xerador de formas e a maneira de conceptualizar un discurso artístico que atopa alí onde semella que non hai nada, onde só asoma a angustia do baleiro.


Cando un percorre as diferentes obras que compoñen a exposición de Irma Álvarez-Laviada atópase con elementos que coñece, aínda que descontextualizados. Son materiais que forman parte doutras realidades: madeiras, cartóns, texturas, embalaxes... formas recuperadas do traballo cotiá do artista no estudo. Traballo pero non traballo, xa que estes materiais xorden dese outro discurso invisíbel da creación, o dos materiais que envolven, protexen e, ao fin e ao cabo, ocultan ás propias obras de arte. A nosa protagonista fíxase nesa outra realidade e renova o compromiso que ten todo artista con aquilo que os demais non vemos ou desprezamos. Irma Álvarez-Laviada artella así un discurso artístico propio, que medra dende esa reapropiación dos materiais, a partir de como o que semella esgotado, baleiro e sen futuro, pode rexenerarse dende o acto creativo ‘per se’, con todas as posibilidades desa arte que ata só uns minutos antes servía de refuxio e protección. Aquilo que se precisaba para negar agora é o que se precisa para sumar, para facer arte.
Atopámonos deste xeito cunha artista que pousa a súa mirada nesas contornas da realidade. Desa realidade única en que se converte o estudo ou o taller para cada creador. Un pode tentar imaxinar a Írma Álvarez-Laviada mirando cara o que rodeaba as súas obras de hai un tempo. A toda esa morea de refugallos que protexen unha obra de arte e que a artista redime en novas aventuras artísticas. Series de cartóns coloreados, fragmentos dunha pintura que se alinean ao longo dunha parede, cun xogo de multiplicidades xeométricas cara fóra, pero tamén cara ao seu interior, onde esas xeometrías son unha acotación do que se pode prolongar ata o infinito; espumas convertidas en cadros nos que a súa tactilidade amosa unha faciana máis que interesante, sobre todo cando se xoga co contraste do branco e o negro; caixas e fragmentos de caixas que retoman unha xeometría que non só evoca a escultura minimalista máis clásica, senón que o é, xa que para esta mostra retoma os seus postulados de complicidade co espazo, de xogo coa esquina da sala, prolongándose pola parede dialogando con outra peza que se atopa sobre o chan. Nese diálogo seguramente sexa onde se comproba de xeito más potente esa nova vida, ese estar como obra dende que unha creadora se fixa nela para propoñernos esta catarsis do artístico.
Moi interesantes son tamén os seus xogos a partir do traballo cos cartóns. Pregos, formas, acumulacións... Qué fermosa esa peza que nos saúda a entrada obrigándonos a achegarnos a ela, a mirar a través da súa profundidade. Tamén as fotografías dos palés que temos na sala inferior da Fundación RAC xeran esa sensación de recuperación, de obrigarnos a mirar as cousas doutra maneira a como acostumamos, a recoñecer formas minimalistas nun proceso casual pero que, co xiro que lles outorga a artista, forman xa parte do proceso creativo.

Ver e esconder son verbos enfrontados que aquí reúnense non só como fondo conceptual de todas as obras senón  sendo parte do propio título da mostra, ‘Algo que ver, algo que esconder’. Un nomear no que se agocha ese interese de Irma Álvarez-Laviada por facer desa especie de baleiro o eixo da súa creación artística, afastándose da pintura coa que se iniciara na arte, adentrándose nun terreo de exploración que cada vez amosa unas conquistas más valentes, exitosas e proveitosas.
Cada vez que a Fundación RAC abre as súas portas con algunha proposta expositiva dámonos conta da necesidade deste espazo en Pontevedra. Unha instalación perfecta na que acoller creadores e obras sempre ben escollidas, cun obxectivo claro e definido. Apostas moi interesantes que semellan non ter acomodo nin nesta cidade nin noutros espazos de Galicia. As últimas exposicións estanse centrando nalgo que sempre estivo na cerna da creación desta fundación, o de pousar a mirada sobre creadores que están comezando a madurar o seu traballo. As exposicións de Damián Uceda, Marcos Covelo, Enrique Lista ou Pablo Vence así o afirman e, si miramos cara o futuro, vemos como esa aposta polo talento de creadores emerxentes continúa con nomes procedentes de Sudamérica onde se está a rexistrar un momento cheo de novas achegas no terreo da plástica. Deste xeito nos próximos meses veremos nas salas da Fundación RAC a obra de Héctor Zamora (México), Rosendo Cid (Galicia), Sandra Gamarra (Perú), David Zink Yi (Perú) e Amalia Pi (Arxentina).


Publicado no Diario de Pontevedra 8/05/2017. Fotografías: Javier Cervera-Mercadillo


lunes, 8 de mayo de 2017

No remate da tinta

Isaac Xubín vén de acadar o premio Nacional da Crítica pola súa novela 'Non hai outro camiño', un galardón que coicide coa saída do prelo do poemario gañador do V Premio Manuel Lueiro Rey, merecementos que confirman a súa leda diversidade no terreo da escrita



NO REMATE da tinta rexistramos o baleiro. O medo que pode amosar calquera escritor á hora de sentir que non ten nada que contar ou, peor aínda, ter que contar pero coa eiva de non atopar o camiño para facelo, para rexistrar, no gume da palabra, a incertidume dese tránsito do real á escrita. Porque ao fin e ao cabo todo este poemario é unha escolla por facer das súas páxinas compás, un percorrido polo cerimonial da vida, dende o que achegarse a novas realidades, a novos corpos, a novas necesidades. Isto é, trabar a permanencia na tribo. O plantexar dos límites do ser fronte á comunidade. 
Isaac Xubín artella con A cadencia da fractura (editorial Xerais), un poemario inxerido de referencias a autores das máis diversas linguas. Unha torre de Babel dende a que propoñer un discurso da percepción que acubilla en cada poema un rexistro diferente do home. Baleiros que se enchen, cotobelos que sangran, bibliotecas como berce, o miolo branco acabado de facer... sensacións que a viaxe da nosa existencia estableceu como partes da navegación. Palabras e vibracións enguedelladas cunha fonda mestría, coa abraiante percepción por parte do lector de achegarse a unha terra por descubrir na exploración dun territorio de léxico amplo que fai da liña do horizonte arame sobre o que moverse.
Unha fronteira na que plantexar a fuxida dende o cruzar dos ríos como correntes de vida que atravesar para ver as flores ao outro lado. Unha rexeneración do cotiá na que Isaac Xubín agroma o seu eu na colleita dunha existencia tinxida da experiencia, de dores e descubertas, de liturxias e de liberdades na procura dun mesmo. Do irrenunciábel sentir do ser humano como feito que sucumbe nas ondas da memoria. Liñas dun sismógrafo que miden, que cotexan, que rexistran latexos que nestas páxinas teñen como balanza a palabra. Alí onde todo cabe, onde todo atopa a cerna da súa intensidade máxima na procura desa fractura na que quedamos espidos: "Ese punto en que rompemos o equilibrio e realmente decidimos se seremos quen ou non", esta frase, parte do derradeiro poema do libro, abre a fenda para situar todo o lido con anterioridade, sublimado neste intre como o sentido máximo da viaxe, a comprensión consciente dos nosos movementos ao longo do camiño que será a que nos leve á ponderación dos nosos seguintes pasos. 
O poemario vén de acadar o premio Manuel Lueiro Rey, nome de poeta que tamén camiñou no arame do equilibrio humano, e que ademais do seu valor per se vén confirmar a afouteza da creación literaria de Isaac Xubín. A súa primeira novela, Non hai outro camiño, acadou o premio da Crítica e, na próxima Gala do Libro Galego, tamén está nominado á mellor novela, ao tempo que o autor concorre con outra nominación á mellor tradución, coa realizada de A boca pobre de Flann O'Brienn, compoñendo así unha das personalidades máis interesantes da nosa paisaxe literaria polos diferentes territorios nos que se move Isaac Xubín e sempre cun alto nivel de esixencia.

Retornemos á poesía, "as cousas todas que levamos dentro" e que serve de maceira pola que gabear para probar os froitos do que somos. Sabores, tensións, olfactos que nos falan, certamente da nosa esencia, daquilo en que nos convertemos ao longo do tempo, dende o berce ata a nosa morte, no camiñar polo territorio da vida no que sempre queda lugar para o achádego, para esa descuberta que nos faga entender o que somos. Precisamente para iso é para o que mellor serve a poesía, sempre na procura da tensión precisa para tentar que o noso paso sobre esa fractura deixe o pouso preciso na fenda íntima á que tanto custa asomarse. A mesma que Isaac Xubín sutura dende a poesía, dende a diversidade da acción terapéutica da palabra.

Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 30/04/2017

viernes, 5 de mayo de 2017

Pólvora e magnolias


No mundo da arte hai exposicións necesarias e outras imprescidíbeis. A centrada na obra de Ánxel Huete, ‘Unha revisión crítica’, e que se pode ver no MARCO de Vigo é unha destas últimas. Imprescindíbel polo que ten de aproximación dende a atinada construción dun discurso crítico sobre toda unha traxectoria artística; imprescindíbel pola acción de redescuberta dun deses nomes que non proliferan nas exposicións nin nas mostras colectivas, resgardándose da intemperie na execución mental dunha obra cunha fonda carga teórica que precisa do pouso necesario para agromar no lenzo, e imprescindíbel polo que ten de agradecemento ou tributo a un creador da sociedade na que se desenvolve e que sempre tarda de máis en chegar, cando chega.
Sumémoslle a isto a publicación de ‘As artes da vida de Ánxel Huete’, escrito por Xosé María Álvarez Cáccamo e que acaba de saír do prelo de Laiovento para completar esa necesaria revisión da obra do pintor ourensán, aínda que afincado na ría de Vigo, nesa Vilaboa que se ergue fronte á Illa de San Simón. Paraíso de inspiracións, pero tamén de memoria e compromiso co ser humano. Nese ecosistema xorde a obra de Ánxel Huete, tamén o libro de Álvarez Cáccamo, veciño e amigo, que nos ofrece un relato que os que manexamos manuais de arte agradecemos pola forma na que fuxe da panoplia teórica e explica toda unha obra a través de facer da vida arte, isto é, de achegarse aos vieiros aos que a vida nos obriga como instrucións da alma e da mente, experiencias de todo tipo que van sedimentando, neste caso, na pintura. Porque a pintura, como experiencia vital, tanto medra dende a observación dun cadro de Rothko como sentado fronte á enseada de San Simón cunha cunca de viño na man. Consegue Álvarez Cáccamo, a través dese compás de viaxes, coñecementos, amizades e propostas artísticas, darlle o equilibrio necesario á pintura de Ánxel Huete, o latexo quente dunha pintura que non é sinxela para o espectador, ata fría en ocasións, pero que nin precisa non selo nin é o que tenta evitar un creador en continuo diálogo coas posibilidades dese medio como xeito de expresión, como análise da realidade e tamén como rebeldía obrigada para desembocar na precisa dose de beleza. ‘Pólvora e magnolias’, poderiamos dicir, se nos acubillamos no poemario do seu amigo Méndez Ferrín, versos nos que se viu reflectido o pintor dende aquel 1976 que xa vai quedando tan lonxe de todo.
As salas do MARCO, baixo o intelixente comisariado de Agar Ledo, xeran un palíndromo polo que transitar, un ir e vir no que recoñecer e recoñecerse nunha pintura con escasa pegada da realidade. Un terreo da abstracción abeirado en escasos recursos, a práctica negación da forma, pero no que unha fonda conceptualización das necesidades da pintura leva a eses cadros a converterse en poesía. Unha codificación que ten moito de simbólica, de territorio xeneroso para a memoria, para unha trascendencia dialéctica visual na que atrapar ao espectador fronte a esas superficies monocromas. Aqueles derradeiros setentas, nos que se esmagaban as sombras do franquismo, e os oitenta, que abrían as portas a unha nova percepción da realidade, asentaron unha pintura que agromou no relato xeracional de Atlántica, na que un conxunto de creadores gritaron dende o finis terrae para achegarse ao discurso mundial da pintura. Cada un ao seu xeito, cada un coas súas capacidades, pero intuíndose o berro grupal para marcar un territorio que precisaba ser ademais de estar. Chegaron os noventa e algúns rematabamos de estudar Historia da Arte cando se produciu un deses fitos que trascenden ás aulas e que, como se apalpa ao longo do ensaio de Álvarez Cáccamo, libérannos do rigor intelectual para pegarse á pel e non deixar a un da mesma maneira que antes de terse producido. En 1997 Ánxel Huete realiza unha intervención no Dobre Espazo do CGAC. A sensación de entrar naquel espazo mantense aínda afouta en min, recoñecendo a capacidade da pintura para modificar percepcións, para invadir paredes e miradas sen a necesidade da tradución do lenzo. Pintura sobre a parede nun baleiro negro que todo o engole e ante o que aínda fregamos os ollos cando o lembramos. Aquela etapa, a chamada ‘Pintura de albanel’, sintetizou opcións para sincerar unha pintura que xa só xiraba de xeito simbólico sobre si mesma. Estratos superpostos que sedimentan a memoria e nos que a presenza e a ausencia érguense como símbolos e como ética dunha pintura que se afunde no seu tempo, nos seus tempos, e na vida dun pintor que nestes días temos convertida en exposición pero tamén en libro. Dobre vía para achegarse a un ser imprescindíbel, Ánxel Huete.


Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 3/05/2017
Fotografía: Museo MARCO


martes, 2 de mayo de 2017

Descubrir a vida despois da morte

Rue Saint-Antoine nº 170
Fotografía. Ata o 5 de maio na Sala Nemonon de Pontevedra podémonos asomar ao fascinante percorrido que plantexa a fotografía de Juan de la Sota. Un percorrido que mira á beleza que se agocha cando semella que todo está baleiro e que xorde dun proxecto vital que lle pon imaxe as palabras da escritora peruana de orixe nipona L. Nosigura.



De la sota resona en Pontevedra como un apelido mítico. Como un resorte do mellor que pode dar esta terra no ámbito da cultura. Pendurado do apelido do seu pai arquitecto, Alejandro de la Sota (unha pegada da que é moi complicado afastarse) Juan de la Sota amosa tamén a súa creatividade dende outro ámbito, o da fotografía, pero unha fotografía que ten moito de pictórica, compoñéndose así unha mirada de confluencias entre ambas disciplinas que pon ante nós unha coleción de imaxes nas que sempre hai moito máis do que nos pode ofrecer unha mirada apresurada. Sempre nas fotografías de Juan de la Sota existe algo máis, unha forza casi segreda que emerxe por algún recuncho para plantexar unha nova existencia, unha nova realidade que xorde dun proceso anterior, dunha vida esgotada que, de xeito abraiante, rexenérase cara o futuro.
No ano 1978 Juan de la Sota amosa na madrileña galería Juana Mordó a súa primeira exposición de pintura, tamén a última. A partir de aí as súas inquedanzas derivan cara a fotografía, cara esa captura do real ao que hoxe en día lle damos tan pouca importancia dotados, como todos estamos, de teléfonos capaces de facer fotografías, cando menos dunha gran calidade técnica. Un rexistro do cotiá que nada ten que ver coa pausa na mirada proposta por Juan de la Sota, con ese achegarse ás diferentes realidades que o rodean para facer delas rexistro: dende a captura dun grupo de flores caídas no chan, dun conxunto de peixes na caixa dunha lonxa, dun insecto ou dun grupo de follas arroladas polo vento nunha árbore... instantes que non terían máis significado de non ser pola suxeita desa fotografía, pola mirada que converte o intrascendente nalgo eterno e cunha fonda carga estética na que se contén unha chea de sensacións que recuperan a beleza onde todo semellaba derrota.
Naquela exposición de pintura Juan de la Sota  coñece a unha escritora peruana de orixe xaponesa, L. Nosigura. Unha conversa e unha similitude de intereses na creación, trabaron unha amizade na que ela poría as palabras e Juan de la Sota as imaxes. ‘Un conto chino en Xapón’, é o enunciado da exposición, pero tamén o marco establecido dende entón entre ambos para establecer unha conxunción de sensibilidades, de miradas transparentes que se suxeitan no aire e que se pousan na terra, como as pegadas dun paxaro en forma de palabras que deixan o seu rastro de memoria e experiencia.
Cando accedemos ao espacio que a Sala Nemonon dispón para acoller as fotografías de Juan de la Sota atopámonos cun retrato desa escritora. Fronte a ela unha imaxe do chan dun bosque no que se amorean follas secas caídas das árbores, pequenos talos que xa perderon a súa función orixinal, seguro que tamén algún insecto, que converteu ese fragmento de natureza no seu hábitat. Percibimos a humidade, tamén adiviñamos a presenza do fin da vida, dunha morte inevitábel rexida polo paso do tempo e, sen embargo, se nos fixamos nese espazo da perda, atopámonos cun brote verde. Un milagre no nacemento da vida que xorde alí onde esta xa estaba abocada ao remate. Un xesto de esperanza onde xa non se contaba con ela e que acciona os mecanismos da beleza dunha fotografía chea de recursos pictóricos, de barrocas fugas e de planos que se suceden dende a calidade fotográfica e da súa reprodución física.
Moi ligado ás filosofías orientais Juan de la Sota observa o seu traballo dende unha liturxia case zen, a de achegarse a súa contorna coa sensación de concederlle importancia ao que realmente é importante, e isto converte a súa posición fronte á arte nun espazo de coñecemento persoal, tamén nunha feliz redimensión deste mundo tan tolo no que nos movemos. Unha asunción da vida que emprega todo canto está nas súas mans para un mellor coñecemento do eu. Reflectirse no ollo dun peixe acubillado nunha caixa, ou observar durante uns instantes os bordes murchos dunhas camelias deitadas ao chou sobre a terra, convértense en toda unha lección de vida e no arrinque dun proceso de autocoñecemento tan inesperado como imprecisábel nas súas consecuencias.
Ao fondo da sala de exposicións dúas caixas de madeira acollen unha chea de fotografías. Poñemos as luvas e manexamos eses materiais que é manexar outras moitas vidas de seres que forman parte da natureza, pero mesmo tamén de seres humanos. Caixas nas que se contén unha chea de miradas que agora se volven contra nós. Mover estas fotografías é pasalas páxinas de décadas de traballo, de décadas de miradas, de achádegos e de instantes felices compostos por fotografías que tentan explicar a un mesmo. Quen sabe se volveremos a ter máis? Se Juan de la Sota voltará a expoñer neste universo de esgotadoras imaxes, de mensaxes visuais que saturan as nosas retinas sen apenas contidos e dunha inmediatez que remata en si mesma. Pero o feito feito está e as fotografías de Juan de la Sota están pensadas para manter no tempo eses instantes, facer das lágrimas na chuvia unha lagoa na que reflectirse sen medo a sentirse defraudados, porque nelas está a sinceridade do mundo. A capacidade da natureza para facer de si mesma emoción, para converter aquela primeira fotografía na mellor de todas, na que reside unha pureza inalcanzábel ao longo de toda unha carreira. Villa Pilar, a que fora sede do Colexio de Arquitectos, e agora estudo do arquitecto Mauro Lomba, acolle ao fillo do noso gran arquitecto, a un fotógrafo que fai da vida toda unha descuberta.








Publicado no Diario de Pontevedra 1/05/2017
Fotografías: David Freire


viernes, 28 de abril de 2017

Humores


SI LA RECIENTE concesión del premio Cervantes a Eduardo Mendoza se entiende en una necesaria clave de reivindicación del humor como parte de la literatura, otros humores ensombrecen nuestras perspectivas literarias, nuestros deseos, quizás demasiado elevados, para este mundo de afilados dientes, en torno a que nuestros hijos configuren un ámbito de vida mejor que el nuestro. Y es que esos humores corpóreos se nos agitan al ver como la interminable y extenuante reforma educativa plantea la desaparición de la asignatura de Literatura Universal, dejando de ser una materia optativa en segundo de bachillerato y desterrándola de la selectividad. ¡Ahí es nada!
Cuando Eduardo Mendoza, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares pronunciando su discurso de aceptación, afirma que "el humor lo impregna todo y todo lo transforma", evidentemente no incluía a los redactores de esta reforma canalla que cada paso que realiza cercena en mayor medida todo lo que tenga que ver con las humanidades. Aquellos legisladores (¡qué grande les queda el término!) que durante años o décadas y desde diferentes colores políticos han ido esquilmando las Humanidades de los planes educativos en sus más amplias variedades, desde los estudios de Latín y Griego, pasando por la Filosofía, hasta desembocar en la Literatura, no hacen más que promocionar una educación utilitarista y desenfrenada, encaminada, primero a que los informes Pisa les den la palmadita en la espalda a los gestores educativos, y después a colocar en el mercado autómatas de generar economía. Poco entienden aquello que tan bien ha expresado recientemente Carlos Mayoral en un artículo en El Español: "Olvidan que del instituto ha de salir un individuo, no un objeto estrictamente profesional". Cada vez más nuestros estudios se abocan a un escenario mercantilista, a la creación de engranajes para alimentar unos sistemas de producción en los que el pensamiento y toda capacidad de alentar el raciocinio en función de la comprensión y asimilación de lo pensado o escrito por los demás se entiende como un pesado y hasta peligroso lastre que portar. Nunca entenderán, o de hacerlo y no aplicarlo simplemente merecerían el destierro, la utilidad y las capacidades que en el ser humano despiertan todas esas materias, todas esas asignaturas que, como pocas, conforman lo que debe ser o aquello que se entiende como un ser humano, como un elemento que forma parte de una colectividad a la que debe aportar mucho más que su presencia egoísta e insolidaria en un sistema de mercado que depura todo aquello que no le puede ser útil, cuando sí lo es para la persona.
Y es que ni el mal humor se nos puede pasar por mucho que Eduardo Mendoza rastree su buen humor a lo largo de las páginas de El Quijote. Un humor que también participa de su literatura, como tantas veces, y por supuesto ante la concesión de este premio, menospreciada por lo que tiene a veces de aparente intrascendencia, de ejercicio literario para la infantería lectora y no para las élites que siempre parecen ser las que con su bendición deben aclamar a los premiados. Eduardo Mendoza ha escrito tres o cuatro libros imprescindibles en nuestro discurso literario, ya de por sí merecedores de este galardón, y en torno a ellos ha generado también una literatura más ligada a la comicidad y en la que la trascendencia, ansiada por tantos, no abruma a unos lectores en ocasiones temerosos de ciertos libros, a los que precisamente cada vez más se les están hurtando las herramientas para medirse con ellos.
Precisamente ante este paisaje, cada vez más yermo, que se erige ante nosotros, Eduardo Mendoza discrepa del propio Don Quijote "cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros". ¡Vaya pájaros!, Heraldos negros que sobrevuelan sobre los despojos que esta sociedad ha ido depositando en sus márgenes. ¡Cuídate, España, de tu propia España!, tituló César Vallejo, y en eso seguimos. Lacerándonos constantemente, alfombrando el territorio para los Trump, Le Pen... frutos del desencanto y la frustración ante los que tanto tiene que ver la ausencia de referentes, de lecturas, de bellezas contenidas en obras artísticas de cualquier tipo, en el descubrimiento de la genialidad, en el placer y en el disfrute, que hasta eso nos quieren negar, en definitiva, en coartar una parte esencial de nuestra condición humana.
Eduardo Mendoza seguirá con "sus labores", ¡bendito sea!, mientras, ministros y ministriles continuarán enfrascados en su cruzada para deterioro, no solo de un sistema educativo, sino de todo un país que cada vez estará de peor humor.



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 26/04/2017