jueves, 20 de julio de 2017

Dalí post mortem


Mañana se abrirá, o quizás no, la cripta en la que reposan los restos de Salvador Dalí. El pintor planeó su futuro como había planeado su vida, entre delirios y dólares, y así seguimos. Una hija suya, que pocas dudas parece que hay de que lo sea, pese a las teorías que algunos defienden del temor a la vagina (pero claro, hay vaginas y vaginas y momentos y momentos) que manifestó el pintor desde su juventud, será la que obligue a abrir ese espacio del inframundo por el que saldrán rinocerontes, masturbadores, penes, bigotes retorcidos, hormigas y bogavantes telefónicos.
Abrir esa caja de Pandora vuelve a convocarnos ante el artista singular, ante el provocador, ante el surrealismo llevado hasta el exceso. "El surrealismo soy yo", dijo Dalí al llegar a los Estados Unidos, y es cierto que en pocos creadores ese movimiento se puede calibrar en una medida tan descomunal como en el pintor de Figueras. Él, que hasta pintó su entierro y que diseñó su propio recinto post mortem en el Museo Teatro Salvador Dalí de su localidad natal, haciéndose sepultar en una cripta bajo una losa de 1,5 toneladas que será la que haya que remover para acceder a sus restos y elaborar el análisis de ADN que una magistrada ha ordenado realizar. Tanto la Fundación Dalí como el Ayuntamiento de Figueras se resisten a esa apertura alegando lo complejo de la obra a realizar en un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural. De ahí que es difícil saber qué pasará mañana, pero eso, a estas alturas, casi es lo de menos.
Dalí sigue generando ruido. Durante toda su vida el alboroto le persiguió y, tras su muerte, tanto por su pintura como por sus actos, lo sigue haciendo. A Dalí donde hay que desenterrarlo es en el Museo Reina Sofía a través de sus cuadros, pararse ante ellos, adentrarse en sus límites ilimitados, en sus escenas provocadoras, delirantes, pero pictóricamente maravillosas. Allí está Dalí y estará siempre sin necesidad de remover losas. Sus obsesiones, sus fragilidades, sus pasiones y sus miserias están en una pintura que se instala en lo surreal, pero que se nutre de su entorno catalán, de las rocas de Cap de Creus desnaturalizadas y conformando su figuración onírica. Esos cuadros, con permiso de los relojes blandos del MOMA, son la mejor pintura de Dalí, la que se parió desde la originalidad y el atrevimiento, también desde una inspiración alentada por un espacio y unas amistades que poco a poco fue devorando por su ego, una pintura que precedió al Avida Dollars en que él mismo se convirtió, en genial denominación de André Bretón para referirse a su avidez por el dólar.
Ese Dalí del Reina Sofía es el que realmente merece la pena. Pocos pintores pueden fracturar un momento del arte de manera tan intensa como lo hizo él y pocos lo pueden defender con una cantidad de obras tan importante como la que se articula en este espacio en el que Dalí pasa de lo real a lo onírico, y en donde articula su método paranoico-crítico, a partir del cual surge uno de nuestros grandes pintores.
Ahora la vida, esa vida con la que tanto jugó el de Figueras, quiere volver a situarlo en el tablero, volver a lanzar los dados para que comprobemos si aquel miedo cerval de Dalí por el coño es cuestión de mitologías o martirologios, también de estudiosos que hablan del poder castrador de su padre, quien inoculó al joven Dalí el pánico por contraer la sífilis, dedicándose éste, durante toda su vida, a prácticas sexuales de lo más variado, ayudado por Gala, que sí sabía lo que tenía entre las piernas, para goce propio y ajeno. Lo que sí haría a Dalí recomponer todos sus huesos y eclosionar desde uno de los huevos que coronan su edificio funerario sería el saber que, de comprobarse esa paternidad suya fechada en un encuentro amoroso en Cadaqués con una asistenta en 1955, su hija podría reclamar hasta el 25% del patrimonio del pintor que tuvo a bien donar al Estado. Unas piezas, en torno a 4.000, que en el año 1984 fueron tasadas en más de 5.000 millones de pesetas, lo que hoy en día se multiplicaría, dando lugar a una cantidad desorbitada que haría palidecer al Avida Dollars transformado en Avida Euros.
Las horas y los humanos decidirán qué es lo que pasa con el ADN de Dalí. Paradójicamente, con lo que le interesaba a él la ciencia, serán la ciencia y los avances en el estudio de la genética los que tengan la última palabra sobre el futuro de su pintura. Un futuro que ya quedó inscrito en nuestra historia y que ahora cuelga de esa surrealista Sala 205 del Reina Sofía, donde está lo mejor de Dalí y casi lo único que nos debe importar de una vida con demasiadas sombras, demasiadas locuras y demasiados excesos para tener que sumarle ahora un padre más.





Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 19/07/2017

viernes, 14 de julio de 2017

«La vida es un reportaje que no se acaba nunca»

 Será mañana a las doce, en el Centro Social del Mar de Bueu, y bajo la organización de la Librería Miranda, cuando Juan Cruz reflexione sobre la vida y el periodismo, caras de una existencia que a veces recibe duros golpes. De eso se habla y se escribe en ‘Un golpe de vida’.



ES parte esencial del periodismo cultural de este país. En sus reportajes y preguntas se han explicado cientos de los mejores escritores del mundo a lo largo de casi cinco décadas de periodismo. Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), acaba de recibir el Premio de Honor de la Asociación de la Prensa de Madrid en reconocimiento a su trayectoria profesional. Ahora presenta ‘Un golpe de vida’ (Alfaguara), una radiografía íntima, pero también del país en que nos encontramos. Un texto con un pie en el periodismo y otro en la vida, y en el medio alguien al que esta vez le ha dolido escribir. 
¿Qué puede esperar el lector de un libro en el que su autor escribe: «Este libro es lo más verdadero que he escrito en mi vida. Lo que más me ha dolido escribir»?
Cuando yo escribí este libro estaba en una situación humana tan dura que todo lo que escribía entonces estaba marcado por esa situación. Me sentí muy solo. El dolor de los demás te lleva a una soledad muy grande. No es una frase, es la muestra de una herida. El dolor de mi hermana no se me olvida nunca, ni un día, ni la incertidumbre que había sobre mi hija. Esos dos hechos que marcan el libro son para mí inolvidables a cada instante y eso me ha hecho la persona que soy ahora.
¿En qué momento fue usted consciente de la necesidad de escribir este libro?
En Perugia, en un castillo que, como se cuenta en el libro, fue donde se empezó a escribir lo que quería ser un libro sobre cómo a mí me había hecho un ser humano el periodismo. Y la verdad es que cuando estaba empezando recibí noticias duras de la vida, y ahí entró esa vida, y entró como un golpe. El libro ya se hizo otro. Este libro hubiera sido como ‘Egos revueltos’ o como ‘Especies en extinción’, referido al periodismo. 
¿Usted ha hecho del periodismo una manera de vivir?
El periodismo es mi vida. Yo desde que me levanto hasta que me acuesto estoy pendiente del periódico (Juan Cruz trabaja en El País desde su fundación en 1976) y no sé si esto es saludable. Es como una enfermedad venial, algo que te queda de la infancia o como el asma. Creo que el periodismo está siendo suplantado por artes que no tienen que ver con la linotipia, que es rabiosamente humana, sino con los algoritmos. Le decía hace unos días a mi primer director en Alfaguara, Emiliano Martínez, que hablaba de los algoritmos y de la edición literaria, que sólo una cosa que empieza por ‘algo’ es importante y es... algodón.
Usted todavía, tras tantos años en ejercicio, sigue transmitiendo la ilusión por el periodismo. ¿Cuál es la medicina para preservar esa ilusión?
Creer que la vida es un reportaje que no se acaba nunca. A mí cuando me piden que haga un reportaje, aunque sea un reportaje banal, me entra un entusiasmo inmediato, como si me estuvieran encargando que haga un avión. El encargo más importante para mí, aparte de la entrevista que hago siempre con gusto, es el reportaje. Soy feliz haciendo reportajes.
En el libro hay una frase maravillosa: ‘Periodismo es lo que pasa. Literatura lo que me pasa’. Explíqueme que hay detrás de esa frase.
Yo no soy un escritor cuando estoy en el periódico. Yo soy un escritor cuando voy en un tren de noche, y no entiendo lo que pasa, entonces escribo. Hubiera resuelto todos mis libros en cuatro o cinco poemas, pero me pongo a escribir y surgen asociaciones de ideas, hechos que han ocurrido y que son para mí importantes y regresan mientras leo. Mi literatura tiene que ver con la palabra yo, pero no es sobre yo, es contra yo. No soy una persona que se cree pagada de si misma, creo que la mayor parte de las cosas que hago, incluso trabajar, es porque no estoy seguro de estar haciéndolo bien.
¿Qué le debe aportar el periodismo a la sociedad? ¿Y ese aporte lo está viendo en nuestro país?
Para mí el periodismo debiera aportarle a la sociedad el sosiego de la veracidad. Nos estamos alejando de ello, por la influencia de la política, de las redes sociales, y también por la influencia de los periodistas que han creído que todo se puede decir sin haberlo confirmado, simplemente porque otro también lo va a decir.
¿Las redes sociales deshacen más que hacen?
Yo creo eso también. Las redes sociales son un instrumento para comunicar. Igual que el tren te lleva, pero si tú no vas de pasajero el tren no te lleva. Tú mandas una carta pero si va vacía no comunicas nada, pero el instrumento de comunicación funciona. Twitter, que es lo que más uso, es una caja que puede estar llena de virtudes... y de mierda.
¿Tras toda la vida preguntando quedan aún preguntas por hacer?
Sí, quedan todas las preguntas. Me acuerdo de un grafiti que vio Jorge Enrique Adoum, un poeta ecuatoriano, y que me lo contó Benedetti. Ahora muchos lo narran como si fuera de otros, y decía: «Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas». La pregunta, Ramón, siempre es inédita, tanto como la respuesta.
Usted que ha entrevistado a los más grandes escritores de las últimas décadas. ¿Cuál de ellos le ha impactado más por su personalidad, más allá de su obra literaria?
Tengo una larga serie de ellos. Nunca lo nombro, pero Le Clézio es formidable. Mario Vargas Llosa, es extraordinariamente auténtico, no dice nada que no esté pensando, y no es nada políticamente correcto, lleva hablando a favor del divorcio, del aborto o de los homosexuales desde siempre, no se guarda nada sobre aquello que tú le preguntes, a no ser que no sepa. Juan Carlos Onetti era maravilloso. Me gustó mucho el pintor Francis Bacon, era un ‘destroyer’, y Rulfo, es que son muchos.
Esta quizás sea la pregunta más difícil de responder para alguien que ha leído tanto. ¿Qué tres libros no se cansaría nunca de leer?
(Sorprendentemente rápido en su respuesta) ‘El extranjero’ de Albert Camus, ‘Tres tristes tigres’ de Guillermo Cabrera Infante y ‘El pez en el agua’ de Mario Vargas Llosa.
Si antes hablábamos de lo que le debería aportar el periodismo a la sociedad, ¿Qué le aportan los libros al ser humano?
El sueño de otros. La aventura ajena. Las dudas del prójimo. Cada libro es un soplo de vitalidad, una apelación a la tolerancia, un río de agua de todos los colores.
Regresemos para terminar a ‘Un golpe de vida’, un texto en el que usted no renuncia a radiografiar lo que sucede en nuestra sociedad. ¿Cómo siente Juan Cruz esta España que nos toca vivir hoy?
Creo que es una España rota por la banalidad, sometida a tópicos que son herederos de la banalización creciente de la política. Se ve en los debates parlamentarios, en el trabajo público de los políticos y de muchos periodistas. Configuran un momento extraordinariamente bajo que se transparenta en la conversación de la gente. Creo que la conversación no está a la altura del problema.

Suena un móvil al otro lado del teléfono, es la llamada del periodismo. Juan Cruz cierra una entrevista, otra más, antes de despedirse de ésta en la que él mismo es el protagonista, eso sí, antes de agradecer, con ese dulce soniquete canario que brinca siempre entre sus palabras, como el imperturbable rastro de la infancia, la atención prestada a su libro. Un libro de vida y periodismo escrito a partes iguales, como se escribe la vida de Juan Cruz.


Publicado en Diario de Pontevedra 14/07/2017

Un sorriso no peito

Presentación en Pontevedra de '22 Segundos' (David Freire)

UNHA VEZ máis, a literatura afonda alí onde á vida lle custa explicarse. De novo a palabra impresa enche de claridade ese espazo que na realidade amósase entre a dúbida e o descoñecemento de gran parte da sociedade, dunha ignorancia que leva á falta de comprensión e á insolidaridade de quen se ve alleo a unhas circunstancias tan íntimas e cheas de sentimentos e sensibilidades.
A literatura non debía permanecer máis tempo allea a un proceso, o da transexualidade, que está a provocar en moitos rapaces e rapazas unha complexa relación co seu contorno. Familia, centros escolares, veciñanza... son os espazos de convivencia nos que rachar os cristais nos que un ve reflectido aquilo que non é, desexando ser o que realmente é, outra persoa. Así é como se sobe un ousado chanzo da man de Eva Mejuto, que, con '22 segundos', editada en Xerais, asenta os alicerces desta problemática dunha maneira sinxela pero moi efectiva, a través dunha historia chea de momentos sinceros, conmovedores en ocasións, e nos que, axudándose de pílulas de humor, unha rapaza séntese atrapada nun corpo, pero tamén en toda unha serie de compoñentes sociais que non teñen que ver co que ela sente. A autora rodea á protagonista da súa familia, unha nai e un avó que son quen de entender e apoiar as súas aspiracións, e tamén dos rapaces e rapazas dun colexio no que é vista cunha lupa, vivindo situacións como a chegada do amor ou a relación cos médicos e terapeutas que levan a cabo ese proceso de transición, conformando un libro que pretende acadar "unha ollada crítica e aberta sobre o mundo", segundo comenta a autora. E iso é o que cada vez custa máis neste mundo, ter esa sensación de rachar os valos que tantas veces acernan as vidas de moitas persoas que non teñen a posibilidade de loitar polo seu futuro. O recoñecemento desa loita ou a concienciación sobre esa realidade que moitas veces ten consecuencias tráxicas en modo de suicidios ou do bullying, cada vez máis presente nos nosos colexios, está detrás da orixe deste texto, que se converterá en toda unha historia de vida, de medos que se van superando, de barreiras que se erguen, de aloumiños entre seres humanos nos que, ao fin e ao cabo, atopamos explicación a todo o que somos. Somos caricia.
Se algo nos amosou esta sociedade nos últimos tempos é a súa capacidade de cambio, a apertura en moitos aspectos, sendo un deles o da sexualidade, abofé un dos que rexistraban un maior atraso, de aí a velocidade dos cambios, converténdose o que foi un tabú permanente, e grazas á loita de moitos colectivos ao longo dos últimos anos, nunha visibilización necesaria e imprescindíbel para entendernos un pouco mellor, que é do que se trata. Do entendemento aliméntanse os espazos de convivencia que toda sociedade ten que ser quen de xerar, e para iso, se non sabemos o que somos, é moi complexo o avance que chegará de acadar o orgullo xeral a través do orgullo propio.
Vén de celebrarse en Pontevedra o FLOP (Free Life Orgullo Pontevedra) que, dentro das súas actividades, acolleu a presentación desta publicación. Alí, xunto ao editor do libro, Manuel Bragado, e a autora, estiveron dous mozos transexuais, Marcos Ceive e Éric Dopazo. A experiencia do primeiro deles é a que serve de sustento real a esta historia, na que Eva Mejuto acerta sobre todo no ton que latexa en toda ela, isto é, afastándose de dramatismos ou leccións, repousando nunha vida que se pode case tocar, existencias que un ten moi preto e que moitas veces non é quen de detectar. Nenas que non queren coletas, rapazas que queren xogar ao fútbol, mozas que non gustan de ir vestidas como bonecas... pequenos detalles que neste relato achégante moito ao que se conta dentro dunha sociedade na que Eva Mejuto, ademais das cuestións propias do asunto cerna do relato, tampouco esquiva outras como a falla de investimentos nas bibliotecas para seguir medrando nos seus fondos ou o caso das preferentes, que tan presente está aínda na nosa sociedade. Esa mesma sociedade é a que ten que buscar respostas ás demandas da poboación dende as administracións, e así é como acollemos con optimismo, á espera do seu axeitado desenvolvemento, a nova de que Galicia disporá dunha unidade de referencia para a atención á transexualidade en menores e dun observatorio contra a discriminación das persoas LGTBI que terá sede en Compostela.
Eva Mejuto escribe no final do libro, volvendo a unhas palabras dun dos personaxes máis marabillosos do mesmo, o avó do protagonista, que "o que non se di é coma se non existise". O certo é que xa é hora de existir e de converter esa cicatriz no peito nun sorriso de esperanza, dignidade e orgullo.



Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 12/07/2017


lunes, 10 de julio de 2017

O milagre da pólvora


A editora Chan da Pólvora vén de cumprir un ano de vida. Un ano que serve para reafirmar un proxecto cultural de creación multidisciplinar que dialoga cunha sociedade que precisa deste tipo de iniciativas para coñecerse mellor a si mesma, isto é, para explicarse.



VÉN DE cumprir un ano o milagre da pólvora que non ten que ver cos chineses senón cos habitantes dese país da poesía que cada vez axita, coa forza dun vento maior, a súa bandeira en Galicia. Un país de poetas cada vez más afoutos que se fixeron fortes nun espazo da compostelá rúa de San Pedro para levar a cabo un soño, unha ilusión tan tola como que a poesía fose visíbel entre a nosa sociedade e, máis aínda, que servise como plataforma cultural, case de resistencia.
Certo é que a poesía deambula sempre polos vieiros da resistencia, isto é, ao moverse por uns camiños nada cómodos, entre a escaseza de lectores e a descofianza de moitos outros, pero unha iniciativa como esta de Chan da Pólvora é precisamente a proba da necesidade deses soños, desas resistencias precisas para xerar espazos no gume da sociedade nos que soster o traballo de moita xente que non tería a posibilidade de amosar o seu traballo noutras editoriais, con miras e percepcións ben diferentes das que xorden deste colectivo que fixo inzar a poesía na procura dun milagre. E ese milagre materializouse xa ao longo de todo un ano, ano no que entre a chea de actividades promovidas dende ese espazo dirixidas á promoción, tanto da lectura como da escrita, ata a presentación de libros ou diálogos cos autores sobresae a publicación de diferentes textos imperdíbeis xa para o noso sistema literario.
Dende 'Querido Eduardo. Cartas de Suárez Picallo a Blanco Amor' ata 'Camuflaxe' de Lupe Gómez, pasando por 'Suicidas' de Fran Cortegoso e 'Urania' de Chus Pato, temos un póker poético que fala precisamento diso, da necesidade da poesía en toda a sociedade, das oportunidades que precisan os nosos autores, e do tempo que vivimos, no que creadores e artistas xa están cansos de agardar ou de cobixarse baixo un cómodo sistema institucional co que non sempren concordan. Así, ao non precisar dese acubillo, a súa maior liberdade rexístrase neses libros fermosamente editados que teñen moito desa idea libertaria de ilusións que voan entre as palabras inscritas neses volumes, poesía envolta nun pano de sofisticación necesaria, en absoluto superficial, para xuntarse a tentar explicar ao ser humano. Individualidades existenciais que se abren ao colectivo, tantas veces ausente, pero que nesta vez respaldou propostas e actividades, converténdose no axente preciso para ser o sustento dese traballo.
Vexo comprar poemarios, vexo unha fermosa axenda de actos ao longo do ano, vexo proxectos novos, vexo ilusións, vexo paredes que se cubren, vexo compromiso e vexo creadores que se pousan nese Chan da Pólvora como aquel espazo insular ao que se asomaron unha xeración de soñadores para albiscar, sobre ese illote, onde o horizonte volve a ser gume entre o real e o irreal, entre o tanxible e o intanxible, acadando unha vitoria reafirmada ao cumprirse o primeiro ano de todo. Alicia Fernández, Gonzalo Hermo, Eduard Velasco, Antón Lopo e Manolo Martínez, impulsores deste proxecto seguen, con cada libro que sacan do prelo, promovendo novos horizontes, novas achegas que, sobre todo, teñen o valor engadido de que a cultura prenda nas fendas da sociedade, da rúa de San Pedro cara o mundo, sen fronteiras nin condicións, simplemente a necesidade de falar dende o seu eu cara unha sociedade que se está amosando como a interlocutora precisa ante todos estes proxectos.
Cun ano cumprido as expectativas non poden ser mellores, cada actividade, cada proxecto, cada persoa que entra nesa tenda, convértese nun afoutado chanzo do que todos temos que sentirmos orgullosos xa que fala tamén dun proceso de muda dentro da propia sociedade, da necesidade de buscar novos vieiros, respostas fronte as dúbidas, pero sobre todo da capacidade dunha nova xeración por explorarse a si mesma, sen prexuízos, ollando en fite a aquilo que os rodea e que tantas veces os xulgou con anterioridade. Agora todos estes libros que xa comezan a ser un monllo son a mellor presentación de moito do feito ao longo destes meses, pero tamén deben ser o pulo preciso para seguir movendo esa bandeira dun novo país, dun país de esperanzas que xa son realidades dende o milagre da Pólvora.




Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 2/07/2017

viernes, 7 de julio de 2017

Aurora, una vida para adentro


Aurora Bernárdez, una «mujer hecha de papel», como ella misma se definía, una mujer ausente del resto del mundo tras la alargadísima sombra de su pareja, Julio Cortázar. Un libro que recoge poemas, relatos breves, anotaciones y una larga entrevista se encarga, felizmente, de recuperar a esta mujer que decidió «vivir para adentro», mientras el creador de ‘Rayuela’ «vivía para afuera». Una decisión de la que nunca se arrepintió, ni cuando el escritor la abandonó por la fotógrafa Carol Dunlop. Ella siguió allí, resistente, consciente de un papel difícil de entender pero que nadie debería juzgar cuando ni ella misma lo había hecho.
El libro de Aurora’, editado por Alfaguara, confirma el talento del que todos los que conocieron a Aurora Bernárdez eran conscientes. Una muller brillante, inteligentísima, traductora para la UNESCO, así como de innumerables textos de los mejores escritores: Flaubert, Valéry, Faulkner, Calvino, Gore Vidal... sólo por citar algunos de los que ella traspasó al francés, al italiano o al castellano, lengua que conoció en segundo lugar, ya que su primer idioma fue el gallego, al pasar su primera infancia en Lugo. Después Buenos Aires, la Universidad, Cortázar y París. La felicidad en un apartamento en el que freían bifes a escondidas mientras Cortázar escribía ‘Rayuela’. París a los pies de una pareja brillante con la literatura como permanente alimento, como unión con el universo de la cultura que gravitaba sobre la capital francesa. Pero Aurora Bernárdez se movía permanentemente con el freno de mano puesto, siempre uno o varios pasos atrás del genio con el que compartía el mundo, el mundo de ambos. Mientras ella era la primera en leer los libros de Cortázar sus escritos se guardaban en cajones como ataúdes, en cuadernos repletos de palabras que surgían de un interior que necesitaba escribir, vincularse con el exterior a través de la palabra, ella, que vivía siempre interpretando las palabras de los demás. Sus palabras se fueron tiñendo del amargor de la soledad en una condena que anunciaba el anonimato al que se vieron sometidas durante muchos, demasiados años.
Ahora parte de esas palabras llegan a nosotros de la mano de Philippe Fénelon para descubrir a una mujer escritora. Sí, otra mujer escritora Javier Marías, y espero que ni te moleste ni te indigne el que la leamos. Incluso el que que seamos capaces de decidir si nos gusta o no nos gusta. Visto lo que se encierra en este libro está claro que Aurora Bernárdez no es Cortázar, ni Onetti, ni Vargas Llosa; como Gloria Fuertes, tras su necesaria e iluminadora recuperación, no es Emily Dickinson o Wislawa Szymborska, para la tranquilidad del orbe literario y su testosterona de fin de semana. Pero si algo muestran ambos casos es la obligación que tenemos de rescatar a estas mujeres, de poner en circulación su obra, de conocerla y, como en el caso de ambas, disfrutarlas. El canon lo dejamos en manos de los ilustrados de este país que se consideran parte de una cruzada que, desgraciadamente, demasiadas veces lo hace desde el desprecio y la displicencia.
Los poemas y relatos de Aurora Bernárdez muestran su manejo de la lengua, su capacidad para evocar sensaciones, para calibrar la vida de una manera tan sencilla como efectiva. La memoria, el paso del tiempo, y como éste afecta a la mujer, o el carácter argentino, genialmente reflejado a través de la «traición sexual, la venalidad política y el fútbol», conviven con el amor por la cultura, por los libros, por la pintura, por los viajes, y todo ello se comunica con inteligencia y una gran dosis de humor, caminos que casi siempre van de la mano.
Desde Galicia son especialmente vibrantes los textos en los que recuerda la tierra de sus padres, donde pasó unos años de su vida de los que siempre guardó un feliz recuerdo reavivado al pisarla junto a Cortázar. El Miño verde, Redondela o Santiago de Compostela marcaron un viaje en el que entre las callejuelas que rodean al Apóstol Aurora Bernárdez sació su hambre de nostalgia. «Hambre de pulpo, de sardinas asadas», los sabores de la infancia que entre las piedras milenarias se convirtieron al instante en «un sentimiento de paz y de armonía». Este viaje de 1956 se prolongó un año después, cuando por motivos de trabajo, desde Portugal, ambos se acercaron durante unas jornadas de paseos entre pinos y cruceiros a Lourido, en Nigrán, como recoge Francisco X. Fernández Naval en ‘O soño galego de Julio Cortázar’ y convirtió en imágenes, de manera fascinante, Juan de la Colina, con motivo del centenario del nacimiento del escritor. A Galicia donó Aurora Bernárdez un tesoro fotográfico de la vida de ambos depositado en el CGAI, una vida que de su mano fluye por fin en un libro, el libro de Aurora Bernárdez.




Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 5/07/2017
Fotografía. Aurora Bernárdez en Lourido (Nigrán) en 1957. Fondo CGAI

martes, 4 de julio de 2017

O tempo enmascarado

O novo poemario de Cesáreo Sánchez Iglesias convócanos a través das capacidades fabulosas da música a unha viaxe pola memoria e os sentimientos dende unha linguaxe expansiva, chea de significados que fan dos seus poemas horizontes de exploración individual e colectiva



ENMASCARA CESÁREO Sánchez Iglesias o tempo coa súa venturosa poesía, unha poesía que se escoita, que se ule, que se pode case que acariñar en cada páxina que un pasa desde este poemario recén saído do prelo de Kalandraka e incluído dentro da colección Tambo. Emerxe así, nesta poética sensorial, unha festa dos sentidos que en cada liña vai a máis ao tempo que serve para balizar a memoria, para asulagar a nosa lectura cunha chea de percepcións que o poeta coloca ante nós para actuar como unha fervenza de palabras, enchoupándonos deste xeito cuns poemas amplos, nos que as sensacións e mesmo as experiencias do poeta inclúense nun tempo que se fai memoria a cada verso para conducirmos por ela, como a terra precisa na que abrollar todas esas palabras.
Tempo transfigurado propón unha nova achega de Cesáreo Sánchez Iglesias a esa poesía súa na que as palabras estarícanse moito máis aló do que semella se só nos detemos na súa grafía. O poeta constrúe o seu traballo dende unha palabra que se enche de simboloxías que acadan a apertura dunha serie de portas que fan que nos seus versos non haxa unha única dirección pola que movernos. Animais, flores, ventos, noites ou días xorden dende algo que medra para ser moito máis que simples palabras precisas para a narración. Cada unha delas elas asume diferentes posibilidades que fan destes poemas cruces de camiños xigantescos sobre as necesidades do propio verso e que nos van conducir cara uns horizontes nos que albiscar non só a exploración que pretende o poeta cara a súa intimidade, senón que colectiviza ese sentimento para facer deste camiñar un acto colectivo.
A esta percepción do individual e do grupal teríamos que engadirlle un ingrediente esencial neste poemario como é a música, outra poética, eminentemente sonora, pero que se inclúe xa non só a partir da propia sonoridade que ofrece unha escrita estudiada ao límite, senón na cita a un músico que entre paréntese pecha cada verso en cadansúa páxina. Esa simple xeito de nominalización é quen de modificar a nosa percepción do poema, aquela que foi ao longo da lectura ao toparnos con este nome propio deixa de ser para explorar esa hibridación da palabra coa música, aquí proposta por músicos de tan diferente pelaxe como Schumann, John Cage, Vivaldi, Xoan Montes ou Frank Zapa por nomear algún deles que no índice do libro aparecen xunto á referencia a unha composición musical que complementa o verso. Esta fértil maridaxe é unha interesante hibridación músico literaria e que segue con esa idea proposta anteriormente neste comentario de estar ante uns versos de longo percorrido, que se botan a un horizonte case inalcanzable pola chea de posibilidades que cada poema ofrece.

Versos de presenzas pero tamén de ausencias, en moitos deles rastrexamos unha pegada que comeza a anidar no tempo. Como de xeito brillante se di na lapela do libro, estamos a falar de "un volume de aceptación de orfandades", "unha aprendizaxe da soidade". Ambas cuestións deixan un pouso de melancolía nesta fervenza de sentimentos que e ve acompañada de silencios, recordos, soños, amores caídos, xemidos, voces. Transfigúrase así o tempo e os arrecendos xogan coas soidades nunha sorte de danza que querer seguir escoitando a mesma música, aquela que un día marcou unha felicidade agora murcha pero na que é precisa a resistencia. Moitos destes poemas son poemas de resistencia dende ese estado de plenitude que o tempo adicouse a esmagar de vagariño. Dende a memoria e a palabra ese acto de resistencia convértese nun acto de honestidade con un mesmo, pero que nos vai servir a todos para afrontar ese camiñar cara unha liña na que descubrir e descubrirmos. "A nube sen memoria oculta a mañá/ onde só o poema chega, téndeme a mao, treme".



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 25/06/2017

viernes, 30 de junio de 2017

Novos cinemas, novas esperanzas

Presentación a estudantes dun filme dentro do Festival

A segunda edición do Festival Internacional Novos Cinemas de Pontevedra volve amosar como o cine é unha das artes con máis posibilidades para reflectir a conduta humana pero, sobre todo, para ser quen de amosala aos demais e, a partir desa situación, facernos pensar. Si, xa sabemos que poucos retos hai hoxe en día máis arriscados cós de facer pensar ás persoas inmersas nesta sociedade cada vez máis dirixida, con cada vez menos oportunidades para facer da individualidade e da capacidade de soñar, imaxinar ou pensar, unha das armas que máis deberiamos potenciar para facilitar o desenvolvemento do ser humano. Pero de cando en vez danse esta especie de milagres, de aventuras que xorden do empuxe de persoas que ven a vida a través de fotogramas, como Daniel Froiz, Ángel Santos e Suso Novás, que sustentan este Festival de Novos Cinemas, de novas ilusións ao fin e ao cabo, e grazas ao apoio de moitas institucións administrativas e culturais.
Así é como Pontevedra se converterá ata o domingo nunha festa do cine, pero do cine entendido máis alá da súa vertente espectacular, coa que certamente tamén naceu como arte, subliñando as súas compoñentes máis artísticas e culturais. E para iso a organización procura unha sorte de pureza fílmica a partir da escolla dos primeiros traballos de diferentes directores de todo o mundo que a longo destes días amosarán as súas obras, pero que tamén formarán parte dunha paisaxe de recoñecemento do cinema como canle de expresión do ser humano, como elo entre persoas chegadas de todo o mundo, como vencello entre os creadores e o seu público. É por iso que ao longo desta semana sucédense unha chea de milagres que, como en ‘La rosa púrpura del Cairo’, farán que as distancias entre a pantalla e a realidade se esnaquicen, para que todos os valores que se pechan nesas proxeccións se espallen entre as pedras desta Pontevedra que non deixa de tirar da cultura (vimos de pechar tres días marabillosos adicados a festexar os libros na rúa) como alicerce da colectividade, como construción da cidade.
Xunto á retrospectiva adicada ao director homenaxeado no festival, Matías Piñeiro, e a proxección de corenta películas, nove delas dentro da sección oficial a concurso, as pantallas converteranse en obradoiros, en proxeccións baixo as estrelas, en encontros fóra das salas de cine, en clases maxistrais, en intercambio de experiencias, en solidariedade a pé de terra. En definitiva, trátase de alentar un foro no que falar de cine pero, ademais diso, para falar de nós mesmos. E se de algo se poden sentir ben orgullosos os seus organizadores é da aposta polo cinema que transcende á propia proxección e se converte, ao longo de todo o ano, e non só nesta semana na que se concentran moitas actividades, nun proxecto cultural, social e didáctico a través do traballo con escolares. Nenos e nenas aos que nas súas aulas se lles ensina o que hai detrás desta linguaxe das imaxes e das ilusións, pero tamén cun meritorio labor dirixido a estudantes máis mozos aos que os novos sistemas actuais de visibilización do cine os están afastando constantemente, non só da pantalla grande, senón dun cine dirixido a eles, as persoas, enchendo as carteleiras e as canles televisivas dun cine baleiro, isto é, tamén,  traballar cuns estudantes aos que non se lles acaba de amosar o cine inserido nos seus plans de estudo como arte e como ferramenta con infindas posibilidades, xa non só para o seu estudo, senón para o seu emprego como análise do que acontece e aconteceu na nosa sociedade ao longo da historia. Poñer a estes mozos ante unha pantalla na que aparezan filmes de Jean-Luc Godard, José Luis Guerin ou Ermanno Olmi, como así se fixo, é un reduto da esperanza.
Vivimos en Galicia un efervescente momento no noso cinema (sobre todo pola permanente escaseza de recursos), e non só dende a produción, senón tamén dende moitos aspectos que se moven ao seu arredor e que son necesarios para xerar o hábitat preciso para seguir medrando. A unha chea de novos directores ben cargadiños de talento como Óliver Laxe, Lois Patiño, Ángel Santos, Xurxo Chirro, Anxos Fazáns, Diana Toucedo... (e perdón por aqueles dos que me esquezo) súmanselle iniciativas xa imprescindíbeis como todo o que hai detrás do proxecto Numax en Compostela ou este Festival de Novos Cinemas que vén completar a oferta doutros festivais e encontros con máis tradición, pero o bo de todo isto é entender como cada iniciativa acada un espazo propio dentro desta cadea de afouteza que xorde arredor do cinema.
Agora toca encher as salas, facer que o festival forme parte de todos nós e nós del, e sentir que o cine pode ser a mellor ferramenta para tentar comprendermos, un chisco, como somos.



Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 28/06/2017
Fotografía. Javier Cervera-Mercadillo


Giacometti, brando e eterno

Unha exposición na Tate Modern de Londres descubre o interese dun nome clave na escultura do século XX polos materiais aparentemente máis fráxiles. Unha brandura que grazas a súa xenialidade convértese en eterna a través da súa achega sobre a figura humana.


Poucas obras fixeron dende a escultura unha reflexión tan fascinante coma perturbadora, o que alimentou o interese do público por unha obra na que se aprecia ese gume da xenialidade capaz de construír un universo singular que hoxe en día arrasa nas subastas de arte. Ese universo é o que protagoniza a maior retrospectiva da obra de Alberto Giacometti en vinte anos, enchendo varias salas da Tate Modern con máis de 250 obras, moitas delas inéditas, e nas que toman un destacado protagonismo escaiolas, cadernos e debuxos, isto é, obras nas que a súa condición de febleza, que xorde deses materiais e soportes, e que claramente contrastan coa importante obra en bronce do escultor suízo, dándolle a esta mostra un carácter de descuberta, de análise dunha parte do seu traballo, non de todo analizado, que é o que está detrás da proposta da dirección da institución británica.
É paradóxico como Londres se achega nesta mostra ao ser humano, como no medio do fanatismo e o medo que se vive na cidade estas semanas xorde un espazo como este para entender, non só as posibilidades de creación do ser humano, senón a marabilla que é integrar na arte diferentes sensibilidades procedentes de culturas ben diferentes. Nas pezas de Giacometti o home móvese dentro dese existencialismo necesario tras a deriva moral que xorde da Segunda Guerra Mundial, do nazismo, da dor e da perda, e todo iso plásmase nas súas figuras que teñen moito de inspiración nas culturas primitivas, daquela arte exipcia que engaiolou a un mozo de vinte anos que paseaba polo Louvre coa boca aberta. A aquel París chegou Alberto Giacometti a integrarse naquela paixase irrepetíbel dos anos vinte, adentrándose no surrealismo cunhas esculturas con movemento, pero tamén a coñecer o amor, o amor da súa muller Annette, que tantas veces lle serviu de modelo nun taller, que, como o de todos estes creadores, converteuse nun recinto mítico.
Dese estudio xorden moitas das pezas que se amosan nesta exposición nas que, fronte aos seus bronces, moito máis coñecidos, reclaman un lugar na historia pezas en escaiola e xeso, que amosan un paso máis nesa sensación liviá de toda a súa traxectoria, unha fraxilidade que deixa a figura humana no esencial, no que se recoñece a pegada do escultor, dese artista que con cada peza se medía ao propio ser humano e a súa realidade, a un tempo de angustia e desacougo, con Sartre invadindo París e a filosofía coas súas ideas fundamentais no século XX, as mesmas que semellan prenderse da materia que Giacometti amoreaba sobre os finos arames nas que esa materia semella levedar.
Pero xunto a esa profundidade da materia, asoma outra percepción no traballo de Alberto Giacometti que o achega máis as rúas, á vida cotiá e á propia condición humana chea de incertezas. Alberto Giacometti coñeceu nese París da bohemia a unha prostituta, Caroline, da que deseguida queda engaiolado converténdoa en amante e modelo ata o final dos seus días. Esa historia é recollida nun pequeno gran libro, publicado o pasado ano, de Franck Maubert, ‘La última modelo’ editado por Acantilado, nel se relata no só como foi a súa historia, senón a loita do artista no estudo por achegarse a reflectir o ser humano, como esa modelo pasaba horas e horas mirando cara un artista que se amosaba incapaz de reflectila, de acadar o que el consideraba debía protagonizar o seu retrato. Un deses retratos colga das paredes desta exposición, é a presenza daquela muller que reviviu ao artista e ao home, que se entregou a el e cuxa memoria mantivo no seu interior ata o fin dos seus días, como se recolle nese libro.
Aquel home que semellaba dormir todos os días co traxe que levaba posto, tamén se movía polo mundo co pó pegado a súa chaqueta dese xeso que no estudio conformou parte da súa obra máis vencellada á vida do que podamos pensar. Na mostra tamén atopamos un can en bronce que seduciu mesmo a Marlene Dietrich que tentou ter unha aventura con Giacometti, el rexeitouna porque estaba con Caroline, a muller de longo pescozo e as mans cruzadas sobre as pernas, cuxo retrato forma parte tamén desta mostra, como as súas impoñentes mulleres de Venecia nas que o material semella que vai esmorecer pero en cambio, o milagre da arte, volve a dotar a esas figuras dunha eternidade engaiolante. Vaian a Londres, móvanse entre as esculturas de Giacometti e lean o libro de Maubert, a súa condición humana verase fortalecida.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 18/06/2017

viernes, 23 de junio de 2017

Negar como afirmación



Qué difícil es empezar a escribir de Sabina cuando escribir de Sabina es escribir de uno mismo. De años pegados a sus discos, de bandas sonoras que durante décadas se han ido sedimentando entre las arrugas con que la piel marca las horas, de idas y venidas a conciertos que fueron o que quisieron ser, de lecturas cómplices, de desvelos y de sobresaltos, de amigos comunes, de geografías de mujer y de delirium tremens. Cada uno de sus trabajos es como un anillo en el interior de un árbol, la muesca de una época, el sonido de un viaje, el ruido de una caricia, el acuse de recibo de la vida, las mudanzas de un interior sin muebles que transportar, el bálsamo ante la intemperie, en definitiva, el aderezo ideal para el mejunje de la vida, tan bonita y tan perra.
Todo eso y más, mucho más, es lo que se recupera al leer la monumental biografía firmada por Julio Valdeón, ‘Sabina. Sol y sombra’ (Editorial Efe Eme), en la que sucede algo semejante a lo que nos pasa con las canciones de Sabina, que uno se busca y se explica a sí mismo a través del minucioso recorrido que el autor realiza por canciones, amigos, enemigos, giras, poemas, amores, ciudades..., en definitiva, todo el ecosistema del planeta Sabina. Y es que Joaquín Sabina tiene mucho de eso, de gigante planeta con satélites orbitando a su alrededor, entre ellos irreductibles como los Pancho Varona o Antonio García de Diego, y otros que entran y salen, estrellas fugaces que desprenden un brillo cegador, pero que luego caen en el olvido. No esperen una hagiografía del cantante, Julio Valdeón si algo consigue, además de emplear un lúcido estilo narrativo con momentos de gran literatura, es no dejarse llevar por el carisma del cantante, eludiendo el panegírico, dudando de algunos discos y de muchas canciones, de numerosas compañías y, en definitiva, poniendo las sombras en su sitio, que es justo al lado del sol.
Pocas veces se puede calibrar de manera tan precisa al autor de ‘Princesa’ como a través de estas 500 páginas y 19 capítulos, retruécano que nos lleva al ocho mil sabiniano, al Everest en pleno Tirso de Molina en que se convirtió aquel ‘19 días y 500 noches’. Allí arriba Sabina, con el oxígeno justo, miró hacia atrás, a Úbeda, a Londres, a la Mandrágora, se reflejó en los ojos de un Krahe ante el que todavía se pregunta tras escribir cada canción ¿si le gustará a Krahe?, a los primeros discos, al amor por la palabra que poco a poco ha ido inundando sus músicas en ese complejo equilibrio en el que se ha venido moviendo quien siempre quiso ser escritor de una novela que nadie leería y ahora se ve metido a cantante de unas canciones que todos quieren hacer suyas. Pero también miró hacia delante, hacia este ahora en el que se presenta con un nuevo puñado de canciones en el que se niega todo para afirmarse como llevaba tiempo sin hacerlo. Un trabajo luminoso que espanta los nubarrones que comenzaron a cercar la cúspide tras el marichalazo y el peso de aquello que puede semejar insuperable. Una travesía por el desierto en la que Sabina, con cada vez más agua, lijó la voz, se confirmó poeta y necesitó de una logia de escritores, de veranos en Rota, de que le esperáramos «allá donde se escriben las canciones», como le regaló su Luis García Montero en una canción inmensa, ‘Nube negra’, perteneciente a un disco no bien querido por el respetable, pero que esta biografía respalda de una manera reconfortante para quien se acurrucó en él demasiadas veces. Un  ‘Alivio de luto’ que poco a poco se ha ido haciendo arco iris en sucesivos trabajos llenos de palabras cada vez más hermosas, más líricas, cada vez más Benjamín y menos Joaquín, al que solo le faltaba un pellizco en forma de guitarra, una descarga eléctrica suspirando por agitar a un Dorian Grey.
Y eso llegó Leiva y mandó parar. Sabina descubrió que los relojes ya no necesitaban dar las diez para casi todo y demostró a esta ‘Mater España’ de «fibra óptica y ladillas» que Sabina cuando niega es para vestirse de purísima y oro, para ceñir los alamares ante quienes le citan constantemente con sus pitones astillados por el rencor y la cicatería necesaria para dudarle el trono de la canción de este país. Hablamos de letras y músicas inmarchitables que transitan por estilos de lo más dispares, de aquí y de allá, de una América Latina que, como sucede con la sangre tomasista, corre por sus venas para transustanciarla en rimas y sones que no han hecho más que engrandecer una colosal obra que se planta hoy en Madrid, donde todo empieza y todo acaba, para abrir gira en serio. Dos tardes allí donde regresa siempre el fugitivo, o mejor dicho, donde, entre caballos de cartón, libros míticos, bombines, gatos y tequilas se agiganta Joaquín Sabina. Lo hará con todo el papel vendido, pero volverá a medirse con Madrid el 18 de julio en plena gira estival. Madrid, con su 18 de julio, con su 14 de abril, con nosotros. Allí le veremos.




Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 21/06/2017
Fotografía. Joaquín Sabina en su concierto de Madrid. (J. Martín)

miércoles, 21 de junio de 2017

Aprender a levarte dentro


O poemario de Miriam Ferradáns sae do prelo de Espiral Maior para enchernos de silencio, para calibrarnos fronte a dor e a ausencia, para respirar o fume no que se converte a memoria, en definitiva, para enfrontarnos a unha poesía tinxida dun corazón en alerta.



CRISTAIS CRAVADOS nos pés. Un rastro de dor convertido en poemario. Un desfiladeiro de sentimentos trazados dende un silencio que todo o invade. Nese desfiladeiro, nese silencio, emerxe a palabra para darlle forma ao desacougo, para clarexar a memoria cando se volve amarela e tentar así facela pureza, convertela en consolo.
A casa como un lugar escuro é a primeira advertencia que nos fai Miriam Ferradáns na primeira liña do primeiro poema do poemario ‘Nomes de fume’, que acadou o XXIX Premio Nacional de Poesía Xosé María Pérez Parallé e que prologa, como unha lumieira, Dores Tembrás. Mulleres pertencentes a unha poesía galega que ventea como hai moito tempo non viamos. Nomes de xente nova, homes, pero tamén moitas mulleres que non dubidan en mirar en fite a súa contorna, en expresar a súa íntima experiencia, incapaz de conterse no seu interior, para inzar no papel. Poetas, editoriais e moitas outras iniciativas arredor da poesía, estanlle dando un pulo a esta escrita que nos fai sentir moi ben, porque hai poucas manifestacións artísticas tan necesarias para o ser humano, ao tempo que tan precisas, nesa loita permanente que consiste en transcribir todo ese territorio espiñoso dos sentimentos no que se vai volvendo a vida.
Miriam Ferradáns dános toda unha lección de como moverse por esas roseiras, de suave recendo, pero cheas de espiñas. Aromas e feridas despréndense destas páxinas nas que sempre se mantén un corazón alerta. A ferida na pel, a dor na alma, e o silencio, por un lado e por outro. Un silencio invasivo, unha angustia inevitábel. A congoxa que xorde desa casa convertida nun «inventario de perdas», como ben atina a calificar a prologuista do libro. A perda trala morte convértese en fume, o rastro que se esvae entre as nosas mans, ante os nosos propios ollos, o símbolo dunha fugacidade que amosa a nosa febleza fronte a vida, o noso desamparo ante a derrota e e esa ausencia que chega para ser cinza, dor e fume. Tres estadios dende os que definirnos a nós mesmos, dende os que poñernos a proba, e para iso Miriam Ferradáns emprega unha linguaxe tan certeira como dolorosa. O gume polo que estarricar a dor, o gume dende o que acariñar a nosa pel, sempre a rentes da ferida. Unha linguaxe sintética, sen adobíos nin distraccións, convertidas en ventos que desfarían o fume, cando este esvae vagariño, sen présa, marcando o seu propio ritmo, ese mesmo que calibra a nosa descuberta, que nos envolve a través dunha linguaxe que nos abruma pola súa eficacia, pola súa capacidade para conter, para contermos.
Dúas cuestións no remate da análise, o tacto e máis a tribo. O tacto co que comezamos este texto, o corpo como contacto coa realidade, a pel como sintaxe que relaciona todo aquilo que existe, todo aquilo que nun mesmo plano atinxe a unha mesma situación, neste caso a da perda. E o tacto como prohibición, xa que a través del agroma a memoria, a capacidade de manter en pé o que xa é derrota, o contacto coa posibilidade de ferir. Os versos van arrolándose entre si, o murmurio inscríbese nese silencio que xa é mármore, frío e enfermizo, unha superficie de diagnose. A autopsia de nós mesmos, e alí ao noso arredor, a tribo, o conxunto fronte ao eu, a ollada que rodea á casa. «Na casa as portas non se poden fechar/ por iso vivimos de costas», escribe a poeta establecendo unha fronteira de traxes negros, de loitos fincados na terra como única posibilidade, como única reacción.
Soamente queda un oco para a esperanza, un ar calmo que nos chega da man da beleza. «Como podemos sobrevivir sen a beleza?». É o berro que racha todo ese indómito silencio, a fenda no mármore, o lugar no que o fume pode ter sentido, como memoria, pero tamén como permanencia, como loita fronte ao esquecemento. Aprender a levarte dentro. A primeira lección.




Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 11/06/2017

martes, 20 de junio de 2017

O aloumiño da literatura

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura. Poucas veces a literatura amosou dun xeito tan decidido e en tan poucas horas, ese papel de fío arame polo que conducirmos pola vida. A homenaxe a Miguel Suárez Abel e a designación de Mª Victoria Moreno como protagonista na celebración do Día das Letras Galegas 2018, sitúaos xuntos, de novo, coa literatura como acougo.

Miguel Suárez Abel adícalle un aloumiño a Mª Victoria Moreno
en 2004 (Manuel Fernández-Valdés)

Quixo a literatura brincar co destino. Moverse nel para que nos deramos conta da súa inmensidade. Inmensidade como xeradora de afectos, de beizóns cara o ser humano que se deixa acubillar baixo as súas alas, pero inmensidade tamén como acougo, como espazo dende o que calibrar, dende a palabra, o que uns e outros fan e fixeron.
Se o pasado mércores asistimos á homenaxe adicada polo Ateneo de Pontevedra a Miguel Suárez Abel polo seu recente pasamento; o sábado, a Real Academia Galega decidía adicarlle a María Victoria Moreno o Días das Letras Galegas en 2018. Xúntanse así dous seres marabillosos e inesquecíbeis para Pontevedra, e fano coa literatura como punto de equilibrio entre a mágoa e a coraxe dos que senten que os dous eran demasiado novos para deixarnos orfos das súas bondades, e a ledicia de ver como ambos xa son semente. Ese inzo que agroma do recoñecemento da colectividade, dunha sociedade na que ambos botaron unha chea de palabras na terra para que, como paxariños, foramos todos bicando eses grans que tan ben nos fan. Os grans da literatura, pero tamén os do compromiso co ser humano, coa lingua e a merecente aposta pola mocidade. Eles que foron sementadores tamén coincidiron niso, en endereitar a esas plantiñas novas coas que tantas veces se atoparon nos seus centros de traballo. Dende a orientación escolar e a psicoloxía dun; ou dende a pura ensinanza, da outra, quizais os seus mellores libros foron os que escribiron en cada un de tantos rapaces aos que lles adicaron o seu tempo e sabedoría. Todos eses libros non os poderemos ler, nin se puideron ler na homenaxe a Miguel Suárez Abel, tampouco se poderán ler ao longo do ano que vén, e que xirará arredor da figura de María Victoria Moreno. Porén, esas liñas serán nas que se escriba parte do noso futuro, xa que son liñas de vida escritas alí onde tiñan unha función imprescindíbel de cara a un futuro no que ambos confiaban e que escribían ao tempo que desenvolvían a súa traxectoria literaria, pero todas, unhas e outras, dentro dun mesmo compromiso.
Dese xeito construiron pontes entre eles e os seus lectores, tamén cos seus colegas e coa veciñanza. Dous escritores que empregaron a literatura para comunicar pero tamén para comunicarnos entre todos. Cada libro foi unha mensaxe, unha botella botada ao océano, a esa inmensidade da literatura cos fixo cómplices entre eles, tanto que ao final foron aloumiño entre ambos. A man que Miguel Suárez Abel lle pasou pola meixela a María Victoria Moreno cando esta presentou no ano 2004 o seu ‘Diario da luz e a sombra’ é o que mellor os pode reflectir a ambos subidos a ese arame que penduraba, por un lado da literatura e, polo outro, da vida. O equilibro entre a luz e a sombra, a dor e a esperanza. María Victoria recollía nese volume os momentos vividos baixo a enfermidade e Miguel Suárez Abel, axeno ao futuro, facía dese aloumiño o relato dunha amizade, dunha complicidade chea de azos que agora desfila ante nós en tempos estraños, nos que a tristura e a felicidade puxéronse nunha báscula para que a suxeitemos coas nosas febles mans.
É este un cóctel no que a literatura se move moi ben. Referímonos á literatura como explicación da vida e, polo tanto, como territorio no que manexar ambas compoñentes dun xeito como poucas disciplinas artísticas son quen de acadar. Amais, un e outro nunca evitaron mergullarse nese debate, facendo dos seus libros un compás co que tentar movernos naquilo que acontece ao noso arredor, tarefa nunca sinxela pero eles dous abrollaron novos camiños polos que movermos hoxe. Botarse aos seus libros e descubrir as incertezas da vida, rir e chorar, agarrarse o peito como conseguiu Fina Casalderrey e Xaime Toxo escenificando nesa homenaxe un fragmento dunha obra inédita de Miguel Suárez Abel chamada ‘Si, Carmen’; pero tamén supón dar un paso cara adiante como cando María Victoria Moreno turrou porque a literatura xuvenil ocupase o lugar que ben merece na literatura, ombreiro con ombreiro, con esa literatura que algúns entenden case como única, que é a adicada a adultos. María Victoría Moreno borrou esas fronteiras, e moveuse pola literatura sen medo e coas fortes ás das súas mulleres impoñendo os seus voos nas narracións. Collan outra vez esa ‘Anagnórise’ entre as mans e atoparán un novo mundo en construcción na nosa escrita, un derrubar fronteiras coa muller como forza motriz. Por fin!
Os dous viñeron a dar a Pontevedra o que abofé entenderon, como entendemos todos, que foi unha beizón para eles e para a cidade a que tanto se ligaron nunha simbiose xa eterna. Aquí tamén se atoparon coa ‘pupa cabrona’, como lle contou María Victoria Moreno a María Varela nunha entrevista nestas páxinas. Pero alí, nesa lameira, tamén tiraron da literatura para suxeitarse á vida, e tamén suxeitarnos a nós. Miguel Suárez Abel empregou a enfermidade como argumento de moitos dos seus artigos, unha das súas grandes facianas literarias, como suliñou de xeito atinado Víctor Freixanes nese acto; e María Victoria Moreno, amais dese libro xa citado, non deixou que o cancro apagase as moitas luces que aínda tiña por acender.
As ilusións por riba das rendicións. Ambos foron exemplo de amor e compromiso co ser humano, facéndoo a través da escrita, desa literatura que tomou forma de aloumiño xuntándoos naquel día no Café Moderno no que triunfou a vida.



Publicado no Diario de Pontevedra 19/06/2017
Fotografía. Manuel Fernández -Valdés.