lunes, 29 de agosto de 2016

Poesía en la playa


Nos faltaba la poesía en esta serie de verano. De textos, personas y vidas encerradas en un libro recomendado para gestionar el estío. Con el verano ya avanzado y el aire cargado nunca está de más la brisa que concede la poesía. Una de mis manías veraniegas es la de ver que títulos lee la gente en la playa, qué títulos son con los que uno decide compartir sus horas de relax y como gran metáfora de las listas de lecturas en este país la poesía siempre está ausente. Yo les recomiendo no solo que lean poesía, sino que la lean en la playa, que hundan sus pies en la arena y ante el océano (y para esto vale cualquiera) y sus horizontes insondables naveguen por esas palabras precisas que se contienen en un poemario, por esa capacidad de la palabra poética para contener la realidad y hacer una relectura de ella condensada en su fuerza radical.
No es la primera vez, ni será la última, que les cito a Luis García Montero y una frase que dejó suspendida en una tarde pontevedresa hablando de la poesía a la que definía como “un ajuste de cuentas con la realidad”. Una frase a partir de la cual se puede construir todo un universo creativo como el que nos propone Raquel Lanseros, ¿no la conocen?, yo hasta hace un tiempo tampoco y no saben la alegría que les proporcionará esta situación, la del descubrimiento, la del hallazgo de una especie de milagro en la interpretación de nuestro entorno que, al fin y al cabo, es a lo que aspira cualquier creador.
“La poesía es azul aunque a veces se vista de luto”, afirma Raquel Lanseros en el comienzo de un espectacular poema dedicado a Antonio Machado incluido en ‘Esta momentánea eternidad’ (Editorial Visor), el libro en el que se contiene la poesía escrita hasta este momento por esta mujer capaz de mirar a los ojos directamente al mar, a ese azul que simboliza la vitalidad de la poesía, su capacidad para evidenciar un acto de amor como es el de traducir con palabras (“cada letra es un pez en el océano…”) un mundo tantas veces inhóspito para el ser humano. Lejos de renunciar a la batalla Raquel Lanseros redimensiona su propia obra a partir de ese diálogo con la memoria, el pasado y el presente, con el tiempo como diapasón de una escritura que, más allá del ajuste de cuentas, se dedica a domesticar a esa realidad, a ponerle la mano sobre el lomo para con un guante de seda, calmar a la bestia. En esa bestia que supone lo vivido, hay lugar para los demonios, los miedos y las frustraciones (“los ideales convertidos en ceniza”) pero también para la luz, para la caricia y la sonrisa. Caras de una misma moneda que se hecha al aire por la poeta para darle sentido al momento convertido en eterno desde la palabra, “las palabras son un modo cercano de intemperie”. Alguien que escribe esto tiene muy claro a lo que aspira, más allá de la conmoción, del escalofrío de la línea, hay un espacio abisal en el que sumergirse no es sencillo pero del que una vez fuera hay que sentirse orgulloso.
Esas idas y venidas, esas entradas a la sima son las que se concitan a lo largo de todo este poemario al que como les digo le sienta muy bien la lectura desde la arena y la brisa salada. Leer poesía tiene siempre algo de redención con uno mismo y también de íntima conexión con el exterior, ya que entre ambos sectores, el íntimo y el público, es entre los que como el equilibrista se conduce la poesía. Su milagro, el de condensar el tiempo, las experiencias, las lecturas, los viajes, los roces, los apuntes de un tiempo que es poema: “Aunque he cambiado mucho de color/sigo siendo camaleón/y no rama”. Ese tiempo que nos lleva a la poesía azul, pero que estos días pasados comprobamos como podía ser luto, días en los que recuperamos la tragedia lorquiana de una vida que también fue poesía, y esa poesía es la que sobrevive hoy a la ignominia y al llanto.
Agosto también quiere ser poesía, no solo novelas negras ni relatos frugales, ni siquiera esos poemarios que se colocan como poesías en los listados de ventas de poesía en los números uno. La poesía real, la que pesa, es la que sirve para mirarnos a nosotros mismos, para calibrarnos en la domesticación de la mirada o de esta momentánea eternidad.


Encerrado en un libro IX. Publicado en Diario de Pontevedra 27/08/2016

domingo, 21 de agosto de 2016

Juntos

Julio Cortázar y Carol Dunlop

Ha sido mi acompañante durante gran parte de este verano. Un libro en el medio de otros libros. Textos refrescantes y alborotados que se iban mezclando con otras lecturas. ‘Los autonautas de la cosmopista’ se convirtió en un aliviadero entre diferentes relatos más o menos agradecidos, pero el universo Cortázar siempre estaba ahí. En ese texto, el último publicado por el autor, en el que se narra el viaje por una autopista entre París y Marsella acompañado de su última esposa, la fotógrafa Carol Dunlop, uno se liberaba, al igual que hacen sus protagonistas, de las lecturas más incómodas, mientras ellos lo hacían de la cotidianeidad, más aún cuando presagiaban que todo estaba llegando a su fin. «Llevar a cabo este viaje era probarnos que teníamos armas contra lo tenebroso», dice Cortázar.
El 23 de mayo de 1982 arrancaba ese trayecto experimental. En noviembre de ese mismo año Carol murió mientras Cortázar lo haría en febrero de 1984, atendido, como lo estuvo casi siempre que se dejó, por la inmensa Aurora Bernárdez, la que fue su primera esposa y siempre, la que lo amó en todo momento y la que veló por su legado (cediendo a Galicia parte de su colección fotográfica).
Esta locura quijotesca adentró en una autopista a ambos a bordo de una Volkswagen roja, humanizada con el nombre de Fafner, un ‘dragón wagneriano’ desde el que enfrentarse a todo lo que sucedía en ese deambular del que no se podía salir hasta su remate y en el que se debía parar en dos áreas de descanso cada día, según el férreo reglamento establecido antes de la partida. El cuaderno de bitácora se convertirá en este libro, mezcla de lo alegre y lo conmovedor que se encierra en toda su obra. Como todo caminar es símbolo de vida, de encuentros y desencuentros, de monstruos que nos amenazan, de cronopios que aparecen, de miedos y alegrías, de amores incontrolados, de complicidades, de caricias, de sombras bajo las que instalar una oficina en la que ponerse a escribir, de fotografías incapaces de contener toda la vida que se desborda de ellas, en definitiva, un libro sorprendente para alguien que se acercaba a los setenta años y con el que no hacía más que requebrar la realidad en una partida condenada a perderse de antemano. Distorsionar ese universo de lo real a partir de un texto que no le pierde la mirada a lo que sucede en el mundo (Guerra de las Malvinas) pero que decide construir el suyo propio entre camiones, divagaciones «científicas», cartas misteriosas, habitaciones de moteles y sobre todo, paradas siempre imprevisibles junto al trazado de esa autopista.
Un texto repleto de fotografías, de dibujos (realizados por el propio hijo de Carol Dunlop) inciden en ese permanente hálito de vida que se esconde tras cada una de las páginas y en las que uno se sumerge con cierta precaución ante su desparpajo, pero que, llegado al final, se hace breve por todo ese caudal de imaginación que se encierra en esta gran rayuela de saltos a un lado y a otro, en el que Cortázar veía mucho más de lo que vería cualquier mortal, más aún cualquier usuario de una autopista ideada para hacer de un viaje algo fugaz, un medio, más que un fin en si mismo. Cortázar y Dunlop hacen, por lo tanto, de este viaje un fin en sí mismo. Una experiencia única que convirtió a este Lobo y a esta Osita en dos animales libres, en dos seres que respiraron la fragancia que surge de la «interminable fiesta de la vida». Es por ello que este libro más que encerrar a dos personas heridas, encierra todo un espíritu libertario, una genial apuesta por la existencia de la que línea tras línea se extrae alguna enseñanza. Pocos libros más precisos para un verano, para indagar también en nosotros mismos sobre en qué convertimos nuestras vacaciones, tantas veces exageradas en sus pretensiones, cuando simplemente se necesita tiempo para uno mismo, para compartir, para vivir y para ello muchas veces tenemos el paraíso bien cerca de nuestros hogares.
La muerte de Carol Dunlop convirtió al libro, publicado sólo unos meses después, en toda una carta de amor, un amor que circulaba en un dragón rojo dejando el rastro de una relación entre dos seres humanos que se necesitaban mutuamente, tal y como nosotros necesitamos libros como éste, libros de Julio Cortázar, libros que te harán vivir y sentir.




Encerrado en un libro VIII. Publicado en Diario de Pontevedra 20/08/2016

sábado, 13 de agosto de 2016

Gentes de Pontevedra

Parrita mostrando uno de los carteles de
su colección en 1997 (Miguel Vidal)

Estos días buscando datos sobre la historia de la Plaza de Toros de Pontevedra, o  sobre lo que es lo mismo, una parte muy importante de nuestra ciudad, me he visto obligado a echar mano del libro Historia de la Plaza de Toros de Pontevedra (1892-1988) que escribió, me imagino que tras muchas horas de esfuerzo en archivos y bibliotecas, el inolvidable Enrique Parra Ferradáns, ‘Parrita’.
Yo no sé realmente que es más importante, si el libro o el propio Parrita, uno de esos personajes que van sedimentando en una ciudad, y que, de manera callada y constante, trabajan en su oficio y en sus pasiones para que la vida, su vida y las de los demás, sean un poquito mejores. Parrita lo hizo, como operador de cine, como cartelista, primero en el Victoria, luego en el Malvar. Él dibujaba aquellos sueños cinematográficos que nos invitaban a los pontevedreses a entrar en una sala de cine. Su destreza a la hora de llevar a cabo esos carteles tuvo también en la escritura otro punto de su relato vital, sustentado en este libro bíblico sobre los toros en Pontevedra. Un libro que necesita una reedición, y hasta una ampliación. No sé quién la hará, ni quien tendrá el acierto y también el valor de sobreponerse a la moda del antitaurinismo militante de hoy en día para poner en circulación un libro tan necesario sobre parte de nuestra historia local. Como parte de nuestra cultura y nuestro patrimonio. Palabras, cultura y patrimonio, que se emplean en muchos casos alegremente, sin ni tan siquiera buscar en el diccionario cuál es su significado.
Mucho de la historia de las ciudades se construye en gran medida a partir de sus personajes, nombres que se van fundiendo entre nuestras piedras, entre las relaciones entre vecinos, entre el devenir diario. Sabino Torres, otro de esos imprescindibles, presentó la última exposición de Parrita en la Asociación de Vecinos San Roque, y Sabino (parece que todavía lo estoy viendo colocándose su níveo flequillo) certificó la existencia de una deuda entre la ciudad y Parrita, como suele suceder con estos nombres que el tiempo y el olvido o el desconocimiento esparcen en nuestra memoria colectiva.
Muchos de ellos son afortunados y acaban como pregoneros, el reconocimiento institucional transmitido al pueblo desde un balcón. Este giro, tan bien hilado por el narrador, es obligado, porque hoy es día de pregón y quien pregona además es Rodrigo Cota, nuestro Cota. Cota está llegando a ser tan importante como Parrita, aunque no le gusten los toros, o eso dice él. Porque Cota es esteta y sensible al arte, con lo cual seguro que es más taurino que el propio Parrita, pero aún no lo sabe. Cota aún no se ha hincado ante el misterio revelado de José Tomás para conocer que embrujo se encierra en el combate eterno entre un animal y el ser humano.
Cota hoy les hablará a todos y a todos nos gustará, aunque sinceramente espero que no, porque de ser así dejaría de ser Cota, y aunque un pregón se entiende cariñoso y amable, no dudo que su protagonista nos dejará algunas muestras de esa mordacidad que exhibe en sus artículos tan necesaria para entender lo que sucede en esta ciudad. Entender, y más aún, querer a Pontevedra, también es una especie de arte, una suerte suprema entre el amor y el odio, entre el estar y no estar, entre lo comprensible y lo incomprensible. En el inicio de nuestras fiestas esas dicotomías quedarán suspendidas durante una semana en la que todo es alegría y diversión y sobre todo disfrute de una ciudad pensada, como pocas, para ser vivida.
Antes de nosotros fueron muchos los que la gozaron, gentes que exprimieron esta ciudad todo lo que pudieron, muchos en años y décadas complicadas, a ellos les debemos tanto, también a los que les fueron sucediendo a la hora de habitar la ciudad preparándola para los que estamos hoy en ella. El tiempo de vez en cuando nos deja, como el mar en la arena de la playa, fragmentos de ese tiempo al que estamos obligados a ponerle nombre para valorar lo hecho. En el día en que comienzan las Fiestas de La Peregrina, levanto la biblia de Parrita en su recuerdo y honra, también en el de su amigo Sabino Torres y, tras escuchar a Rodrigo Cota pregonar, repartiré entre todos ellos mis aplausos. Aplausos por las gentes de Pontevedra. ¡Felices fiestas!


Encerrado en un libro VII. Publicado en Diario de Pontevedra 13/08/2016


sábado, 6 de agosto de 2016

Cela en equilibrio

En 1998 Francisco Marquina (izda.) coincidió con Cela en la presentación
de los cursos de verano de la Fundación CJC en el Colegio Sek (Miguel Vidal)
"Yo espero un reconocimiento mucho más sólido y mucho menos anecdótico, y sin el apoyo de los colectivos gays". Así contestó Cela en Pontevedra, en un acto de presentación de los cursos de verano de su Fundación celebrado en el colegio SEK, al ser preguntado sobre si esperaba obtener algún día un reconocimiento como el que se le estaba tributando en esos días a Federico García Lorca, de quien en 1998 se conmemoraba el centenario de su nacimiento. Añadiendo el Nobel que no tenía nada en contra ni a favor de los homosexuales, limitándose, únicamente, «a no tomar por el culo».
Encerrar a Cela en un libro es una tarea casi imposible. Cela no es un escritor, es un monumento literario. Una escultura de Botero pesada y densa, coronada por un cerebro ágil y certero, que manejaba una escritura brillante como pocos. En el año de su centenario, en el año de los reconocimientos que esperaba, y las revisiones de su obra, son numerosos los autores que han perfilado diferentes aspectos de su enorme trabajo, de una vida de leyendas y realidades a partes iguales. Pocas tan completas y a la vez tan certeras como la realizada por alguien que gozó de su amistad y de su confianza, en un personaje en el que esa concesión no semeja sencilla. Francisco García Marquina compartió horas y momentos, que con Cela me imagino que debían ser auténticos tesoros que el tiempo no ha hecho más que ir aquilatando. A partir de esos momentos es desde los que se ha ido modelando este retrato, más que biografía, como afirma el autor antes de meterse en faena, avisando, de manera honesta, al lector, que este volumen parte de ese conocimiento personal, más que de un estudio académico de la figura del protagonista. Esa distancia corta es la que se palpa a lo largo de todo el libro, la que consigue redimensionar a la figura y al ser humano, equilibrar sus luces y sus sombras y, sobre todo, mesurar esa equidistancia entre el escritor y el personaje público que en Camilo José Cela se evidenció como su gran dialéctica frente a la sociedad de su tiempo. Esa especie de perversión íntima es la que prevaleció a lo largo de su vida, la que dividió a España entre admiradores y unos enemigos que anteponían esa escenificación vital a las páginas de sus obras.
Cela. Retrato de un Nobel’(Aache Ediciones) son más de seiscientas páginas que transitan por su biografía, su personalidad, el personaje, el escritor y la permanencia de su obra. Cinco lados de un mismo ser que facetaron su volumen como una figura de Picasso, volviéndolo, inevitablemente, tan enrevesado como atractivo. Hace poco leí la reedición que la editorial gallega Ediciones del Viento ha publicado con motivo también de este centenario de ‘Mazurca para dos muertos’, y todavía estremece ver como un autor tiene la destreza y la capacidad para versionar mucho de su vida en función de su tierra de origen, de un sinfín de sensaciones que se convierten en palabra para ir configurando todo un paisaje emocionante. Esa obra, junto con ‘Madera de Boj’, son de nuevo otro equilibro, éste entre la Galicia interior, rural, y la Galicia costera, la del horizonte infinito. De nuevo el equilibrio, el pie en cada uno de los estribos de una realidad que nunca es única.

Francisco García Marquina destila esa crónica privilegiada desde una cantidad abrumadora de datos, de nombres, como no citar a nuestro querido paisano el doctor José Luis Barros Malvar que salvó la vida al escritor en ese momento en que se debatía entre dos mujeres. No elude el retratista momentos espinosos en la vida del escritor, revelando tensiones y decisiones, como tampoco lo hace con el análisis de sus textos literarios, siempre en relación con los estudios de expertos de su obra. El libro aparece repleto de frases sintomáticas sobre Cela, precisas descripciones de lo que se movía alrededor del escritor que describen de manera certera su situación. Anoten esta: «Cela no era precisamente un intelectual, sino un vitalista», que entra en competencia con un pensamiento del propio Cela: «No se debe elegir entre vida y literatura, porque entonces se acaba haciendo literatura de literatura». De nuevo esa eterna confrontación entre dos fuerzas: vida y literatura, las dos caras de este Jano bifronte, complejo y fascinante que aquí ha sido retratado y encerrado desde un equilibro permanente.


Encerrado en un libro VI. Publicado en Diario de Pontevedra 6/08/2016

viernes, 5 de agosto de 2016

Jean Renoir es el cine

El 80 aniversario de una de las obras más hermosas de la historia del cine, ‘Una partida de campo’, nos lleva a plantear la filmografía de Jean Renoir como una cumbre artística que visualizó, como pocas, al ser humano en su tiempo y ante sus semejantes. Un poderoso ejercicio visual que nos dejó varias obras maestras de la historia del cine.



DE POCOS directores se puede decir que ellos son el cine, tal y como interpretó Éric Rohmer al escribir en 1979 que «Renoir contiene todo el cine». Dejando de lado la permanente mirada hacia su propio país del cine francés, sí que es cierto que en el caso de Jean Renoir (1894-1979) esa inmensidad de su obra explica gran parte de lo que es el cine, no ya solo como medio de expresión que aúna el sentido de espectáculo, la gente paga por ir a ver una película, sino como medio de reflexión sobre el ser humano y su entorno, al fin y al cabo el gran postulado de todo arte. A partir de esa doble articulación el cine de Jean Renoir sujeta no solo gran parte del cine francés de las décadas siguientes a su obra sino buena parte del cine europeo, y junto con Roberto Rosellini quizás sean sus dos grandes piedras angulares. 
Jean Renoir necesitó para iniciarse en el cine vender muchos de los cuadros que su padre, el impresionista Pierre Auguste Renoir, le había dejado en herencia, y al que el cineasta hubo de sujetarle los pinceles atándoselos a sus manos reumáticas para que pudiese continuar pintando hasta el final de sus días. Ese gesto de vender pinturas para hacer cine nos sitúa ante una hermosa metáfora de la irrupción del cine como gran arte del siglo XX, sustituyendo a la pintura como gran referente visual. Jean Renoir ya es hijo de un nuevo tiempo, de un siglo vertiginoso en el que él fue uno de los más audaces a la hora de mirar a la realidad a través de una cámara, para componer historias basadas en seres humanos en los que entre sus miserias siempre existía una grieta por la que brotar la esperanza.
Nadie puede permanecer indiferente tras presenciar películas como ‘Los bajos fondos’ (1936), ‘La gran ilusión’ (1937), ‘ La Marsellesa’ (1938), ‘La bestia humana’ (1938) o ‘La regla del juego’ (1939). Cinco películas dirigidas de manera asombrosa, no solo por la calidad invidual de cada una de ellas, sino por realizarse de manera consecutiva. Pocos directores pueden mostrar en tan poco tiempo cinco películas tan inmensas como estas en las que se puede visualizar como era la convulsa Francia de los últimos años treinta, dentro de una no menos convulsa Europa a la que los ascensos del nazismo fueron poniendo contra las cuerdas. De ese repóker fílmico, ‘La bestia humana’, interpretada por su actor fetiche, Jean Gabin, es la única que nos sitúa a Jean Renoir  en el contexto del Realismo poético que marcó al cine galo del momento. Su interés por las clases sociales, el mundo urbano y la fatalidad humana, en buena parte derivada del naturalismo literario precedente, reposan en este película mientras el resto convierten a Jean Renoir en un director al margen de movimientos, y cuya única ambición fue la de registrar al ser humano y, en estos años, con el apoyo ideológico del Frente Popular (coalición de partidos de izquierda que gobernó entre 1936 y 1938 que aplicó importantes medidas a favor de los trabajadores recogidas en los Acuerdos de Matignon), llevó ese ideario de progreso y consecución de libertades a las pantallas alentado también por el progresivo avance del fascismo. Desde esa óptica es desde la que emerge de desde ese quinteto un monumento al ser humano como es ‘La gran ilusión’. Y de la que el mejor calificativo son las palabras de Goebbels tras su visionado, definiendo al director como «el enemigo cinematográfico número uno». Poco más que decir de este canto pacifista que borra fronteras y distancias entre los hombres pero que insiste en la necesidad de frenar a los que atentan contra todo eso. 
Las tres películas restantes, ‘Los bajos fondos’, ‘La Marsellesa’ y ‘La regla del juego’, redefinen al hombre dentro de la sociedad en la que le ha tocado vivir y los continuos choques que en ella se producen entre los componentes de las diferentes clases sociales, desde el proletariado a las clases altas de la nobleza francesa.
Estas películas marcan un periodo glorioso para el director al que había llegado tras unos años de una continua experimentación en los elementos que forman parte del cine, desde el sonido a los elementos puramente visuales, pudiendo ser incluso calificado como un director de vanguardia que, al tiempo que conocía el oficio, ahondaba en sus posibilidades expresivas. No bien acogidas por parte del público, una situación que empezó a cambiar a partir de 1931 con ‘La golfa’ y que desembocó en 1936 en la película que le abría a la madurez como realizador: ‘Una partida en el campo’, película con numerosas claves pictóricas, a la que se vinculó con las pinturas de su padre, aunque él propio director no es de esa opinión, pero en la que ya se reconoce a un creador de imágenes poderosas en una historia de sugerentes y poéticas consideraciones.
Tras su cine de los años treinta y con el nazismo campando por los Campos Elíseos, Jean Renoir, aquel ‘enemigo número uno’ huye a los Estados Unidos, tal y como se vieron obligados a hacer numerosos directores de cine europeos. Allí su regusto europeo se entremezcla con el poderoso cine de estudios norteamericano. ‘Aguas pantanosas’ (1941) y ‘Esta tierra es mía’ (1943) miran desde su argumentario a lo que estaba sucediendo en su continente. Aquel carácter singular de Jean Renoir tampoco se contiene en la industria norteamericana y en los años cincuenta filma en la India, otra de sus películas claves, ‘El río’ (1951), de nuevo un desafío técnico como el de su primer cine, ahora de la mano del color para de nuevo estudiar al ser humano, pero no tanto hacia fuera, en relación a su entorno, como fue su cine de los años treinta, como hacia su interior. Una especie de realismo intimista que cambiará su cine posterior. Los años cincuenta serán en los que a través de unos jóvenes teóricos del cine, y posteriormente directores de la Nouvelle Vague, se reivindique su nombre desde Cahiers du Cinema pidiendo el regreso a Francia del que calificarían como ‘patrón’. Ellos lo vieron como a un moderno, pero el moderno, ya cansado, solo dirigió cuatro películas más en esa década de los cincuenta. Ninguna como aquellas otras en las que se contenía todo lo que significaba el cine. Todo lo que significaba Jean Renoir.

Aquel día en el campo de hace 80 años
EL mediometraje ‘Una partida de campo’, de cuarenta minutos de duración, se considera una de las obras claves del director francés, no muy partidario de vincular a esta película, pese a lo mucho que se ha elucubrado sobre ella, con la pintura realizada por su padre, aludiendo el propio autor siempre a la diferencia entre cine y pintura, desde la consideración de elementos indispensables de ambas disciplinas, como el fuera de campo que limita el lienzo, o el protagonismo del tiempo en el cine, en contraposición con la pintura. Partiendo de estas precisiones, una vez que se visiona ‘Una partida de campo’, es muy difícil evadirse de las pinturas impresionistas, de aquellos caballetes que salieron al campo en una epifanía pictórica que destrozó la pintura académica a través de encuadres, colores y pinceladas vivas que transformaron la mirada sobre la pintura. Jean Renoir como director nuevo, y por lo tanto moderno, también jugó a eso, mientras realizaba un largo plano en el que las gotas de lluvia caían sobre el agua de un río. También cuando una de sus protagonistas se columpia (imposible no recordar los lienzos de su padre) en plena naturaleza con el cielo como fondo. Pero más allá de estas especulaciones sobre el influjo de la pintura en el cine, ‘Una partida en el campo’ nos sitúa ante una historia que, pese a su brevedad, plantea una revolución en la mirada del espectador. El relato, basado en un texto de Guy de Maupassant, traslada a una jornada campestre a una familia de parisinos en la que dos de las mujeres, madre e hija, se verán absortas por el entorno natural, tan sugerente y alejado de la cotidianeidad parisina, cayendo en manos de dos galanes. La llegada de una tormenta fractura ese momento y supone el regreso a su vida pequeño burguesa, pero lo sucedido en esa jornada marcará la vida de la joven que no volverá a sentir lo que es el amor.
La mirada que nos propone Renoir es la mirada al despertar del deseo, al momento iniciático y a la insatisfacción de por vida. La naturaleza genera un ansia de goce, una búsqueda del bienestar y del placer, frente al aburrimiento y el desprecio de los personajes masculinos de la familia presentados aquí como dos bobalicones cuya presencia frustrará las vidas femeninas. Renoir alcanza unas cotas raramente vistas en cuanto a esa plasmación del deseo, las miradas entre los protagonistas, pero sobre todo los planos que recogen esas miradas son de una evocación enorme sobre lo que pretenden mostrar. Lágrimas que se descorren por las mejillas, bocas que se aproximan, pieles que se pegan y todo ello sobre el manto verde, ante unos árboles que se agitan y el baño de una luminosidad festiva y lúbrica.
La importancia de esta obra también surge de la reunión de nombres a su alrededor, ya que, como asistentes del director, figuran Jacques Becker, Henri Cartier-Bresson o Luchino Visconti. Puro talento que no hizo más que sumar a una obra singular dentro de la propia singularidad de un director que convirtió el conjunto de su cine en una declamación de la vida.





Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 31/07/2016