jueves, 30 de junio de 2016

Ponerle precio al amor

El pasado martes 21 Sothesby’s subastó ‘Jeanne Hébuterne au foulard’, uno de los últimos retratos de su  amor final, demostrando como la pintura antes despreciada del italiano bate registros subasta tras subasta



“ERES ABSOLUTAMENTE inhabitable” le dice Beatrice Hastings, la amante inglesa de Amadeo Modigliani (1884-1920) al pintor tras una de sus innumerables crisis, tras unos arrebatos inflamados junto a un vaso de vino, a una copa de cognac o a la temible absenta. Todos estos fueron los ingredientes devastadores en la existencia atormentada del pintor italiano, acrecentada por la incomprensión hacia su obra, por ese ‘arte de caribes’ como lo calificó Baudelaire aludiendo a un burdo primitivismo pero que a Picasso sí le había funcionado como escaparate de su obra y de su audacia. 
El escenario de Montparnasse tuvo a Modigliani como a uno de sus más singulares protagonistas desde su llegada a París. Su individualidad pictórica, su beligerancia frente a un entorno de incomprensión, sus adicciones y su pobreza extrema, así como sus relaciones con las mujeres, lo convirtieron en una especie única en ese ecosistema irrepetible que se dio en el París de las primeras décadas del siglo XX. Sús últimos días de vida, vagabundeando entre los cafés malvendiendo bocetos a cinco francos, fueron el epígono a una vida en la que sus cuadros se fueron apilando en su estudio sin comprador, sin galeristas, sin marchantes, sin reseñas en prensa, y eso los cuadros que sobrevivían a sus arrebatos destructivos que podían hacer que toda su obra acabase consumida por el fuego de la chimenea o en el fondo del mismo Sena.
Esa etapa final en la breve vida de Amadeo Modigliani solo tuvo un sustento, un oasis en medio del desierto con nombre de mujer, Jeanne Hébuterne, una joven catorce años menor que él que dejó a su acomodada familia para acompañar, en una vivienda sin muebles, apenas una cama y un caballete, al hombre del que se había enamorado. También el pintor se había enamorado, también había visto en su dulce cara una especie de salvavidas al que de todas maneras, sabía que no se podría asir durante mucho tiempo. Un abrazo de Jeanne eran horas de vida.
«Podría pintar el universo, pero si no quisiera pintar el universo, pintaría su retrato», con este impresionante diálogo de la película ‘Los amantes de Montparnasse’ (Jacques Becker, 1958), despacha Modigliani su interés por la figura humana, por hacer de un rostro todo un paisaje en el que esos ojos almendrados se convertían en infinitos abismos hacia el alma del protagonista.
En abril de 1917 conoce a Jeanne Hébuterne. Apenas tres años juntos, Modigliani morirá en enero de 1920, que se fueron flanqueando de numerosos retratos bajo la óptica del pintor. «No pinto como eres, sino lo que yo veo de ti», es otro de los diálogos de esa película inmensa. Y así es como Jeanne Hébuterne se convierte en el paisaje de los últimos años de su vida, en la mirada hacia una paz y un sosiego de espíritu que durante solo unas horas aplacaba los demonios interiores. Cada cuadro más bello que el anterior, cada mirada más intensa, cada pincelada entendida como si fuera la última. Y en cierto modo así lo era.
Tras su muerte, y pocas horas después, incluso durante el cortejo fúnebre se dice que se dirigían a su galerista a comprar la obra que solo unas horas antes habían despreciado esos mismos compradores. Aquellos bocetos ya valían más de cinco francos, y cinco años después sus piezas incrementaron en cien veces su precio.
Jeanne Hébuterne se suicida dos días después arrojándose por la ventana del apartamento de sus padres. Pero todo estaba ya en esos lienzos, el amor contenido entre las pinceladas, entre esos cuellos alargados, en esos ojos, en esa piel, y en esos colores en los que se declaraba un amor eterno e incalculable. Esta semana, uno de esos cuadros se ha comprado por 50 millones de euros, poca cosa cuando se trata de poner precio al amor.




Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda 26/06/2016

lunes, 27 de junio de 2016

Arañazo de gato


ERA la campaña del ‘sorpasso’, la del adelantamiento por la izquierda de Unidos Podemos al ‘agotado’ PSOE, en la que todo se fiaba a esa única novedad de una campaña en la que parecía que se iba a repetir todo lo vivido en aquel mes de diciembre que semeja ya tan lejano. Seis meses después, tras una lastimosa legislatura, conversaciones plagadas de egos y una campaña electoral más, nos encontramos con que volvemos a estar en aquel día de diciembre, como si estuviésemos a punto de celebrar la Navidad. Un lampedusianismo en el que todo se ha ido moviendo desde diversos frentes para que todo, finalmente, siguiese igual, o quizás no tanto.
El ‘sorpasso’ sobre el que ya se acunaban los miembros de Podemos, a excepción del brillante Iñigo Errejón-temeroso ante el no pacto con el PSOE y también ante la coalición con Izquierda Unida-, se ha quedado en un arañazo de gato. Las ínfulas de su mesiánico líder, que pretendía desgarrar al Partido Socialista en vez de entenderlo como un aliado, se han difuminado ante el votante del puño y la rosa y a sus propios votantes que parecen haberse despertado del encantamiento, quizás desde la negativa a pactar con el PSOE y poder así desplazar al Partido Popular de la presidencia del gobierno, algo que ahora, y a la vista de la fortaleza exhibida por los populares, ya se entiende como un imposible, quedándose todo como lo que pudo ser y no fue. Porque el Partido Popular se ha mostrado como inexpugnable. La posición firme de Mariano Rajoy, no sé si para España ha sido la correcta, pero para su partido sí. Ha recuperado apoyos, ha hecho de su figura algo irrenunciable para su partido y ha puesto al gran derrotado de la noche de ayer, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, a sus pies.
Pisamos territorio gallego y aquí Alberto Núñez Feijoo ha hecho la foto precisa para arrancar la campaña (sí, otra campaña) en lo más alto de la ola, aplastando esa Marea con la que muchos han jugado como un tsunami que iba a arrastrarlo todo y al final, como el arañazo de Podemos, se ha quedado todo en una marejadilla.
Así las cosas se vuelve a abrir otra vez el tiempo del diálogo. Sí, señores, hay que volver a hablar. Con el catálogo de Ikea caducado y con todos los cupones ya utilizados, y con Ciudadanos, como en las partidas de tute, quedando solo para dar tabaco, son los dos grandes partidos, PP y PSOE, de los que tantos se estuvieron carcajeando, los que deben estructurar las diferentes posibilidades de gobierno. De nuevo los dos bloques antagónicos son los que se enfrentarán para disolver los inmovilismos de aquellos que se creen que han inventado el mundo y sin los que nada se puede llevar a cabo. En definitiva, se acerca la Navidad. 


Publicado en Diario de Pontevedra 27/06/2016

sábado, 25 de junio de 2016

Atrapados na pantalla

«-Como serán as cousas fóra de aquí?
-Polo aspecto que teñen non creo que o pasen nada ben»
[Diálogo de ‘La rosa púrpura del Cairo’. Woody Allen]



O soño de moitos xa está aquí. Pontevedra está a piques de dicir que ten un festival de cinema, unha pantalla enteira para engulirmos e facermos formar parte dun dos inventos máis marabillosos do ser humano, que fixo moitas cousas mal, pero tamén algunha boa, como é o cinema.
Cando en decembro se organizou unha especie de ensaio xeneral, con atrezo completo, figurantes, directores, efectos especiais e todo o que conleva un cotarro destas características, editado como a versión 0 do Festival Novos Cinemas tiñamos ben claro que todo este soño ía a ser real, e que non sería cousa dun día, tendo a continuidade necesaria neste tipo de proxectos. Vímolo nese ensaio, pero xa o intuíamos ao saber quen estaba detrás desta pantalla que se abría á cidade de Pontevedra. Xente como Dani Froiz, Ángel Santos ou Suso Novás aos que o sangue lles circula polas veas a 24 fotogramas por segundo, non deixarían que isto fose unha aventura casual para poñermos aos amantes do cinema os dentes longos, senón que o que estaba agromando era unha das historias máis fermosas vencelladas á cultura e a cultura feita en Pontevedra.
Sempre se botou en falla nesta cidade un evento destas características, máis aínda dende que unha Facultade de Comunicación e Ciencias Sociais comezou a xerar talentos claramente recoñecibles no sector audiovisual galego, xa de por si cheo de milagres alleos á falla de compromisos en fite das administracións (ollo á situación que se vive no CGAI!) e sobrevivindo en base a este talento e ao esforzo individual e colectivo dos seus protagonistas. Esa eiva rematará cando se levante o pano do Festival, pero tamén ao ver como as institucións desta vez si que respostaron nunha feliz alianza para suxeitar, dende a cruda realidade dos cartos, o soño da pantalla dos organizadores do Festival.
Aquel encontro de decembro foi quen de incrementar a nosa impaciencia ante o que ía vir, e agora, coñecendo o programa que arrincará o vindeiro martes, damos por boa a espera. Unha sección oficial con nove películas de novos realizadores a concurso, unha retrospectiva adicada a José Luis Guerín, quen tamén impartirá un seminario, sesións de cinema ao aire libre, charlas, encontros entre profesionais do sector, proxeccións para escolares e presenzas como as dos directores e directoras de cada unha das películas, amosan como un festival pode xurdir de cero dende a paixón e o amor por un traballo que non depende únicamente do que se proxecta nunha pantalla ante o público, senón que precisa, e respira, a través dese intercambio entre o que hai tras ela e o que hai fóra. Entre os protagonistas que saen e entran na pantalla, como na película de Woody Allen, para poñerlle enriba da mesa un pulso que botar a esta sociedade tan acostumada a facer do que non é real un constante desprezo, cando cada vez debería ser máis imprescindíbel para non afogarmos na súa cada vez maior falla de osíxeno.
O cinema permite evadirmos da realidade, aquí me teñen a min vendéndolles soños en vez de consignas políticas ante o día de mañá. Facer equilibrios sobre a lona branca de proxección é un exercicio apaixoante que nos permite ter ao cinema como unha poderosa arma para coñecer e analizar como o ser humano forma parte dun ecosistema forxado por el, aínda que moitas veces semelle ser o seu máis firme perigo. Woody Allen con ‘La rosa púrpura del Cairo’ esnaquizou esa barreira física entre o real e o irreal, e sacou do interior da película aos seus protagonistas para movelos polo exterior. Agora, os organizadores do Festival Novos Cinemas queren que participemos desa ilusión.
Sexan cómplices, enchan cada unha das proxeccións, gocen cada un deses fotogramas e farán que este soño se prolongue cada ano como unha beizón para Pontevedra. Estes proxectos precisan do apoio xeral, sen facer contas nin contos, sen buscarlles intereses ás inversións que van a ir sempre máis alá da recuperación dos investimentos, porque hai cousas que non teñen prezo, que ninguén pode taxar, como acontece en tantos eidos da cultura e o seu indubidábel beneficio para o ser humano. Pontevedra séntase xa dende hoxe nas butacas do Teatro Principal, agardando que un raio de luz divida o real do irreal converténdonos en parte dun soño.


Publicado no Diario de Pontevedra 25/06/2016
Fotografía: Equipo do Festival Novos Cinemas na xornada de clausura da edición 0. (Tania Moreira)

martes, 21 de junio de 2016

Aquelas luces, estas sombras


Todavían semellan refulxir as luces da inauguración do hoxe Auditorio Afundación, antes Centro Social, na nosa cidade. Unha conquista de Pontevedra feita a través da súa entidade bancaria máis querida. O fío perfecto entre anos de aforros e a xente que se enchía de orgullo dun icono urbanístico que, grazas a César Portela, acadou a excelencia arquitectónica. Pero tamén polo seu uso como gran dinamizador cultural dunha cidade sempre vencellada á cultura. O seu espectacular auditorio, a gran sala de exposicións... todo facía que nos lambésemos ante o que se erixía ante nós e, sobre todo, ante o que estaba por chegar. Pero todo foise esvaecendo coma nun soño. A boa actividade do principio foi diminuíndo de xeito alarmante, e o que eran unhas instalacións feitas precisamente para alentar os soños, caeron nun sono de sombras e aburrimento.
Sen apenas programación e coa sala de exposicións pechada, soamente a visión dese gran edificio consólanos ante os soños esnaquizados. Nin Pontevedra, nin a inversión feita nese gran contedor cultural, poden permitirse o luxo dese baleiro tan inmenso, dese desacougo do que podía ser e do que finalmente é. A historia da Caixa de Aforros de Pontevedra é moito tamén da historia dos apoios á cultura, do emprendemento á hora de afrontar proxectos arredor dos nosos artistas e de colaborar con outras institucións para seguir renovando esa tradición cultural.
Cunha Obra Social sen unha liña de actuación definida e, sobre todo, afastada da cidadanía, polo menos en Pontevedra, sen grandes exposicións e simplemente remexendo nos seus fondos para cumprir o expediente, e ante a efeméride dos dez anos da apertura do seu gran Centro Social, é un bo momento para pensar cara onde ir e se a aposta pola cultura é efectiva ou simplemente unha especie de obriga bancaria afastada das ilusións necesarias para que este tipo de proxectos xeneren futuro. Dez anos despois as sombras gañáronlle ás luces. 

Publicado no Diario de Pontevedra 21/06/2016
Fotografía. Gonzalo García

sábado, 18 de junio de 2016

Paisajes

«... la vida no está aquí, sentado ante un atril en la soledad de un cuarto y rodeado de papeles, sino ahí fuera, en el bicherío de la calle, en la efervescencia de lo público, en la prontitud de la acción, en el limpio y humilde batallar de los días»

[‘El balcón en invierno’. Luis Landero]

Dependientas de Costa Giráldez en 1963 (Gómez)

Con el paso de los años cambian nuestros entornos. El tiempo y el progreso ajustician de manera gradual pero efectiva aquellos paisajes que fueron enmarcando nuestras vidas y, en muchos casos, dándoles el sentido que necesitan. Leo esta semana en las páginas de este Diario que los surtidores de gasolina de Costa Giráldez están siendo retirados y con ellos se llevan uno de los pocos signos que quedaban de un pasado cada vez más lejano, pero cada vez más necesario para entender lo que uno es. Ese pasado se forjó en los años de la infancia, en un barrio que todavía se entendía, a finales de los setenta, como las afueras en las que se asentaba un Hospital y en una ciudad que tenía a Daniel de la Sota como su Gran Vía. «¡Cómo os vais a vivir tan lejos!» Exclamaba con asombro mi familia. 
Esa gasolinera era una imagen especial en la vida del barrio, ajenos a cualquier posible peligro por su situación en una zona de viviendas, su presencia, desde principios de los años cincuenta, se convirtió en parte del paisaje de la propia Pontevedra. Los archivos del periódico guardan la imagen de varias de sus empleadas mujeres. Sí, mujeres que, como Irene y Julita, con sus batas blancas, trabajaban en un entorno claramente masculino. Pero esta empresa siempre tuvo una vertiente pionera, y hasta de compromiso, no solo por ese empleo femenino, que otorgaba mucha libertad a las mujeres fuera del ámbito doméstico del franquismo, sino que también se incorporaba a personas con diferentes discapacidades, imposible olvidarse del querido Silverio Pérez, conocido como  ‘El Mudo’, que todavía recuerdo trabajando entre los coches del aparcamiento. Otros trabajadores, también inolvidables fueron Gerardo, Manolo o Lito, siempre vinculados a pasar horas y horas ante los surtidores, mientras por el medio grupos de chavales hacían de la calle un hábitat de vida, de diversión y aprendizaje, tan diferente de ese en el que se mueven ahora nuestros hijos, apoltronados en el sofá ante la televisión o manejando sus consolas último modelo, tanto en casa como en la calle, con la mirada encogida en sus aparatos ignorando todo lo que sucede a su alrededor.
Esas calles eran una geografía por la que niños y adolescentes se movían sin más pretensión que la de hacer de cada día un día de alegría y de juegos. Con un balón sobre el asfalto, la calle Lepanto se convertía en el Estadio de Querétaro de 1986, y si había que parar el tráfico se paraba; las instalaciones de Construcciones Porfirio Diz eran un territorio donde tenían lugar las aventuras más diversas; y entre las calles Blanco Porto, Javier Puig y Benito Corbal se iba pasando la jornada entre portales, pisos y compras: los soldaditos de plástico de Novás, las Cristinas de crema de Dolce Vita, las Fantas en el Bar Franco o los recados en Ultramarinos Plácido nos enseñaron a movernos en el ámbito comercial, a negociar y sobre todo a dotarnos de una autonomía que hoy también se tarda mucho más tiempo en adquirir.
Eran tardes en las que los deberes te permitían respirar, ahora que estamos en pleno debate sobre el abuso que de ellos se hace desde nuestro sistema educativo, y con unos fines de semana en los que la calle era tu gran deseo, y privarte de ella como castigo, era la amenaza que pendía de tu mejor o peor comportamiento a lo largo de la semana. En definitiva, la ciudad como espacio vivido y sentido, el ámbito público como esparcimiento para el individuo y escenario para el fomento de los vínculos entre personas. Quizás esto les suena a algo de lo que está pasando hoy en día en Pontevedra.
A partir de esos surtidores se remueve todo un tiempo y se configura un nuevo paisaje, el de la ciudad que no ha dejado de crecer, de ampliar sus horizontes y de modificar sus relaciones con el ciudadano, en muchos casos, no tanto por la propia dinámica urbana, como por una sociedad abocada a modificar su conductas y sus actitudes. Nuevos negocios, nuevas generaciones, nuevos comportamientos en las familias, han desterrado mucho del valor de la calle y de sus posibilidades como ámbito de crecimiento y de socialización, y eso se ha pagado en esta ciudad durante años.
Los que hemos hecho de ese territorio urbano un lugar de juegos al que todavía la memoria nos conduce cada cierto tiempo, sabemos de su importancia y de sus valores y siempre nos acompañarán realimentados cuando vemos que se cierra uno de aquellos negocios a los que entrábamos con una moneda en la mano como auténticos potentados, cuando nos enteramos de que ha fallecido alguno de aquellos actores vecinales o cuando se produce algún derribo físico de alguna construcción. El paso del tiempo es imparable y suspenderse en él ya solo es un juego nostálgico para sentir que todavía seguimos vivos, pero sobre todo, para darle importancia a todo lo que compone una existencia en la que cada detalle tiene su importancia, incluso unos viejos surtidores de gasolina.


Publicado en Diario de Pontevedra 18/06/2016

sábado, 11 de junio de 2016

Los besos en el pan

«Ella, como todos sus colegas, ha citado a enfermos para el día siguiente. Como todos sus colegas, confía en que el juez dicte mañana medidas cautelares que paralicen el cierre»
[‘Los besos en el pan’. 
Almudena Grandes]



Le tomo prestado el título de su último libro a Almudena Grandes para también titular así este artículo que ya estaba pensado para ser publicado hace unas semanas, para cuando este país debía haber conformado un Gobierno que nos hiciese pensar en un nuevo tiempo o en la continuidad de aquello en lo que nos hemos estado moviendo en los últimos años. Hoy nos vemos, como los hámsters dentro su rueda, atrapados en un devenir sinfín, girando sobre nosotros mismos y sobre un país aturdido por sus propios ‘líderes’. La incapacidad para formar un gobierno nos ha puesto de bruces ante una realidad, la de la inmadurez democrática de España, frente a unos políticos temerosos de hacer un servicio a su país y pensando en hacérselo únicamente a sus siglas.
Así es como nos vemos dentro de otra campaña electoral, si es que en los últimos meses hemos salido de ella. Una campaña llena de ruido y de distracciones mediáticas que si algo no deben conseguir es hacernos perder la perspectiva de lo pasado en la anterior legislatura, la de verdad, no la del sonrojo colectivo que vivimos recientemente. Sobre esa legislatura es a partir de la que debemos actuar, por mucho que ahora asistamos a piruetas varias, agotadoras presencias televisivas y ‘revivals’ de la campaña anterior. Nuestros políticos no se han movido ni un milímetro de su espectro anterior y solo la abducción de Alberto Garzón por el peso de la púrpura de Pablo Iglesias modifica el paisaje electoral. Un movimiento ante el que Garzón debe conducirse con pies de plomo, ya que el líder de Podemos sabemos que gusta de dejar balizado de cadáveres su transitar desde la República Independiente de su casa hasta la gloria celestial.
A estas alturas del artículo ustedes se preguntarán qué es lo que tiene que ver todo esto con que yo le haya robado vilmente a Almudena Grandes un título tan extraordinario. Algo a lo que es imposible resistirse tras leer este libro repleto de relatos surgidos de ese tiempo de crisis, de pérdida de valores y de acoso cruel al ser humano. Nunca ajena a lo que sucede en su entorno, la escritora pone el ojo en esa resistencia civil que durante estos años es la que ha mantenido en pie la dignidad de muchos habitantes de este país frente a las dentelladas del sistema y la complicidad más absoluta de un gobierno empeñado en refugiarse  en lo macro, mientras, lo realmente importante, como es lo micro, se iba aplastando de una manera indignante a base de una política de recortes que, como suele ser habitual, siega por donde se mueve el pueblo: los salarios, la sanidad, la educación, la vivienda, la cultura... es decir, lo imprescindible para la subsistencia. Este retrato coral nos seduce por la viveza de lo escrito, por su inmediatez con lo que sucede en nuestro barrio, en nuestro edificio, en el piso de enfrente, allí, donde la crisis se convertía en una marabunta que devastaba todo a su paso. Despidos, desahucios, hambre, humillaciones, estafas bancarias... en definitiva, desesperación, lágrimas y dolor que, como el gotero del suero ha ido calando a caño abierto entre las vidas de gran parte de la población, sobre todo de esa clase media, imposible ya de recuperar durante varias generaciones. Pues todo este trazo de compromiso de Almudena Grandes, reflejado en esa colmena vital, es el que al fin y al cabo nos debe hacer pensar nuestro voto, el que ha marcado esa legislatura en la que todo llegó a tener un punto de ciencia ficción y de incredulidad, realimentada al comprobar como las diferentes opciones políticas esquivaban un compromiso firme con los ciudadanos, despreciando sus votos, en base a unos mejores réditos en unos nuevos comicios. 
A Almudena Grandes su abuela le hacía besar el pan como agradecimiento por poder tener alimentos en un tiempo en el que todavía estaba muy presente el recuerdo del hambre guerracivilista. Nadie pensaría tantas décadas después, y con lo que hemos sido tú y yo, que diría Sabina, que habría gente que volviese a besar el pan como agradecimiento a la vida. Pues sí, esos besos de rabia se han vuelto a producir. Ahora que nuestros candidatos llenarán de besos calles, plazas y platós de televisión, acuérdense de esos otros besos a los que la literatura ha concedido la inmortalidad. Un buen camino para evitar el olvido.




Publicado en Diario de Pontevedra 11/06/2016

jueves, 9 de junio de 2016

Agrupar/desagrupar

O CGAC acolle ata o 26 de xuño unha desas exposicións precisas para entender a nosa realidade artística, xurdida do paradigma da creación da Facultade de Belas Artes de Pontevedra e a achega do Atlantismo.

'A aldea pantasma' (2011) de Jorge Barbi. CGAC

PERMITE O tempo pasado dende a implantación da Facultade de Belas Artes en Pontevedra facer certas lecturas necesarias sobre o seu papel dinamizador da arte en Galicia. Forxa de creadores, con máis ou menos ventura nun territorio sempre complexo, e asoballado por unha sociedade acostumada a marxinar todo o que supoña actividade artística, e non digamos xa, se ese arte ten que ver co hoxe e as percepcións dos creadores máis actuais.
Os comisarios da exposición, Ángel Cerviño e Alberto González-Alegre, veñen dende hai un tempo desenvolvendo ese traballo de relectura do feito dende aquel ano de 1990, pero o fan, non tanto dende o contacto cos que foron alumnos, e son hoxe artistas, senón que basean a súa digresión no quefacer dos profesores, normalmente creadores que se debaten entre o seu carácter funcionarial e o desenvolvemento da súa traxectoria artística. Unha relación que agromou en exposicións no Museo de Pontevedra nas que baixo o título de En plenas facultades, con dúas convocatorias, facían un meritorio e clarificador percorrido por esas realidades artísticas moitas veces a mercé da burocracia e sometidas polos plans de estudos e a falla de sensibilidade da administración.
A partir dese tremor a cuestión expándese, e ambos comisarios, bos coñecedores do acontecer nese eido, desembarcan no CGAC cunha proposta, Agrupar-Desagrupar: rupturas da representación, baseada nunha cuestión cerna do artista, "a autoconciencia do feito artístico". Esa entidade do realizado constitúese como unha sorte de ruptura, subtítulo que explica a dinamización dun discurso visual moitas veces restrinxido ao lenzo e a un formato máis tradicional, agora fuxidío. A escolla de Jorge Barbi, Carme Nogueira, Simón Pacheco, Pamen Pereira, Isaac Pérez Vicente e María Ruido establece unha perfecta visualización e orientación desa concepción artística espacial e conceptual. Todos eles lobos solitarios nun tempo que, entre o refluxo da tan coñecida Xeración Atlántica e as promocións de artistas xurdidos daquela facultade, víronse metidos nun desfiladeiro polo que atravesar a peito descuberto. Ninguén saiu virxe daquelo, e así, nesta mostra adaptada a un espazo tamén senlleiro daquel tempo, daqueles noventa tan ilusionantes como esnaquizados agora dende diversas perversións administrativas e de xestións erráticas, e que aínda hoxe semellan querer repetirse —cando non manterse— como é o CGAC, vemos como esa heteroxeneidade dende o expresivo a través dos máis diferentes soportes, ao igual que dende as máis diversas inquedanzas discursivas cristaliza nun conxunto de opcións ante as que ninguén permanece indiferente. A liberdade absoluta, o rachar calquera posible código, as interferencias nas mensaxes abócannos a un discurso múltiple de cada un deles que reclama, pese a proximidade entre si, un aura propia.
Dende ese camiñar un lembra tamén o paso polo CGAC, dende a súa creación, de moitos nomes que participaron desa nova epifanía creativa en Galicia, das súas achegas para configurar un itinerario propio. De cada un deles pero, por extensión, tamén dunha nova realidade como a xerada neste territorio dende aqueles dous fitos que a finais dos oitenta e principios dos noventa balizaron un necesario despegue. A partir deles o plantexamento da exposición, dentro dese discurso de reflexión e análise daquelas realidades, deixa o camiño aberto a novas percepcións, a unha nónima extensa de homes e mulleres —sendo esta unha das importantes achegas dese tempo, a abeizoada inclusión da muller no discurso artístico—, que seguirán asomando neste obrigado proceso de mirar a diferentes realidades dende o fío argumental dun tempo e un espazo que segue a dar materia para a reubicación do artístico pero tamén de nós mesmos.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 5/06/2016

lunes, 6 de junio de 2016

Romper a máscara

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura. Un ano máis a entrega dos Premios Xerais convértese nunha data que vai máis aló dunha entrega de premios corrente. Ao xa de por si ditoso acto de escolla de tres novos textos literarios para a nosa escrita, engádeselle un vizoso encontro arredor das letras e a lingua, un festín de amizades alentado por un entorno incomparábel.
 
Escultura de Mendinho en San Simón

Aínda hoxe se escoitan entre os buxos de San Simón as palabras de Ledicia Costas, mantedora do acto, quen, conmovida dende a súa escolla para adicarse á escrita en lingua galega deixou prendido entre as polas das árbores un axóuxere de esperanza e ilusión que xa compite coa chuvia de prata de Fina Casalderrey ou a cerdeira prantada por Xabier P. DoCampo, ambos protagonistas outros anos desta mesma misión.
Ledicia Costas acadou un pasiño máis no seu camiñar por un lousado amarelo de libros, premios e afectos e artellou un deses discursos perfectos, no fondo e na forma. Un canto, non alleo ás emocións, de quen aínda ten a esperanza por bandeira e o escepticismo por inimigo. O axitar afouto desa bandeira tería que ser a faísca que prendese dunha vez por todas nun sector, o da escrita, e por extensión no da cultura galega, demasiado acostumado ao laio e o desacougo, asumíndoos case como unha obrigada postura vital ante o feito creativo. Unha tortura innecesaria ante a que sempre pensei que se a todos os que escoito comparecerse por algún dos que eles senten como atrancos para desenvolver o seu traballo, lle adicasen a metade dese tempo a envorcarse no eido creativo, sen mirar por riba do ombreiro ao seu colega, ou zoupando ás diferentes administracións, ou laiándose das incomprensións dos receptores das súas obras, a xeración de obras capitais en Galicia sería abraiante.

Ledicia Costas durante o seu discurso
A frase que, como un leitmotiv serviu cada certos parágrafos para golpear enriba da mesa, e que Ledicia Costas tomou emprestada de Manuel Rivas: «Galicia é unha máscara triste que ten detrás un rostro que ri», deixaba ante nós a visualización desa faciana que en tantos casos sepulta o noso talento e as nosas capacidades. Rachar con esa máscara de autodestrución ficou xa nesa Illa de San Simón como unha lumieira de esperanza reflectida nesa cativiña que nunca o deixará de ser, unha rapaza que co seu cabelo vermello alumea as súas lecturas da Xeración Lamote, pero sobre todo, fai que a súa escrita hoxe, sexa cada vez máis fonda, cada vez mellor. De aí o mérito das súas palabras do serán do sábado, mesturadas pola nena lectora e a escritora que xa é e que palidece ante a que se aveciña.
Co batir de palmas preñado de querer, adicado a Agustín Fernández Paz, sempre presente, aínda que sexa vía internet, comezou o acto no que se daban a coñecer os tres gañadores dos Premios Xerais nas súas tres categorías. O Merlín de Literatura Infantil, o Jules Verne de Literatura Xuvenil e o Premio de Novela na súa trixésimo terceira edición. Os diferentes xurados, abofé os máis heterodoxos deste tipo de certámenes, deron a coñecer os gañadores nesas tres categorías. David Pérez Iglesias, na primeira delas, coa obra ‘Todo o tempo do mundo’,  afondou no seu discurso de agradecemento na memoria do lugar onte nos atopábamos, unha memoria de resistencia e de lembranza permanente, nunca de esquecemento, como o que tamén denunciou para a xente maior do rural, dun rural sen nenos. Iria Misa, gañadora do Jules Verne coa obra ‘Xa non estou aquí’, falou dos seus interrogantes ante os contos que xorden ante algún suceso entre os veciños que adoitan coñecer todas as vidas alleas; mentres que o gañador do Premio Xerais de Novela, Manuel Esteban, con ‘A ira dos mansos’, converteu a palabra en emoción, polo que hai detrás da novela como berro ante a inxustiza e a indefensión dos discapacitados intelectuais. Tres novos textos para inxerir no proceso editorial galego, nesa escrita que como cada ano medra dende a complicidade dos que asisten a bordo de Babuxa para cruzar a ría de Vigo e chegar a ese soño feito illa que cantara Mendinho. As súas primeiras verbas mestúranse, edición tras edición, coas dos discursos, coas da escrita dos gañadores, pero tamén coa sementeira do convite posterior que se converte nunha romaría de afectos renovados ano tras ano entre editores, escritores, lectores, pintores, xornalistas, músicos, docentes e ata políticos. Todos xuntos sobre ese altar en forma de illa, nunha danza arredor do libro formando parte dun rito, tan ancestral coma necesario, para tentar explicar moito do que somos hoxe.
O ronsel de escuma que no noso retorno deixa o Babuxa non fai máis que balizar a ledicia do vivido, ao tempo que nos volve máis fortes de cara ao que temos que facer, a esa misión que Ledicia Costas nos recetou, como unha das súas cociñeiras literarias, para que, bocado a bocado, poidamos darnos esa oportunidade que sempre precisamos.
Ese afondar na nosa identidade, sen ataduras, medos nin carraxes é o acubillo desa Xeración da Esperanza que todo sistema literaria precisa, aínda que moitas veces non se é consciente. A mantedora deste acto soubo darlle carta de identidade, un recoñecemento público dende o que garantir a literatura galega. Esa máscara xa é po. Cinzas que botar ao propio mar. É o tempo da luz, dos sorrisos e sobre todo da esperanza.  O vindeiro ano volveremos a embarcar na procura de máis ilusións, que non nos fallen nunca. Xerais soubo xerar nesta convocatoria un hábitat que xa é irrenunciábel. Un ecosistema de vida que nutre a toda unha comunidade lectora pero que vai máis alá diso. Só poñendo os pés nese serán un o pode calibrar. Resta ler eses tres libros. Agardamos polo prelo e o seu milagre de seguir producindo lecturas que, coma barcos, se botan ao océano. Ben o dixo Manuel Bragado coas palabras de Luisa Villalta: «Navegar é preciso, para retornar sempre a vida.

Os gañadores dos Premios Xerais no Paseo dos Buxos

Publicado no Diario de Pontevedra 6/06/2016

sábado, 4 de junio de 2016

Fin de fiesta

«En sus jardines azules, y entre los susurros, el champán y las estrellas, los hombres y muchachas iban y venían como mariposas»
[‘El gran Gatsby’. Francis Scott Fitzgerald]

 
Afición del Teucro en un partido de Liga (Rafa Fariña)
Hora de recoger el confeti, de limpiar bien la barra y guardar los bafles. Es el final de la fiesta que, para un equipo como el Teucro, debe suponer todo paso por la máxima categoría del balonmano español. Lejos de lamentos, lágrimas de pena y maldiciones malsonantes, las condiciones en las que se encuentra ahora mismo la Sociedad Deportiva Teucro nos obliga a valorar cada logro que se consigue y, ante las adversidades, actuar con cabeza y primar, por encima de todo, una supervivencia que te conducirá, sin duda alguna, a vivir tiempos mejores.
Cierto que la temporada arrancó como un tiro, que este equipo, como siempre en perfecto orden de revista desde el primer minuto de la liga gracias a la mano de Toño Puga, nos hizo pensar que tras un conjunto modesto y con poca profundidad de plantilla, podía esconderse el milagro de la salvación y en ciertos momentos de euforia pensar incluso en llegar más arriba. Pero la realidad es la que es y la pelotita y las posibilidades de los equipos que te rodean te colocan en un lugar del que nadie dentro del club perdió, afortunadamente, la dimensión de lo que sucedía. Reforzar la plantilla, como hicieron otros equipos, se volvía misión imposible, a costa de hipotecas que serían insalvables a corto plazo, así que solo quedaba confiar y dejar parte del destino deportivo en ese ingrediente al que solo se abocan los desesperados: la suerte. Y ésta falló en momentos claves de una segunda vuelta horrorosa, ante la que es imposible poner alguna excusa. Los partidos en casa ante Puente Genil (20-21), Go Fit (30-30) y Benidorm (28-29) demostraron que esta vuelta no sería como la primera, que tocaba sufrir y mucho. Pero más allá de los resultados evidenciaron un tope deportivo tras el cual la salvación se convertía en una quimera. De todas maneras la entrega y la lucha en cada partido dejaron patente las condiciones de un equipo forjado para el salto de categoría que se logró el pasado año, pero que para ASOBAL, incluso para esta ASOBAL empequeñecida en relación a hace unos años, no iba a ser suficiente.
David se enfrentaba cada fin de semana a un Goliat distinto y pese a ese esfuerzo individual y colectivo, era imposible asestar un golpe que doblegase al gigante y permitir así al equipo tomar aire para cuando el calendario volviese a las fechas de la ilusión. Pero a esas alturas la música había dejado de sonar, las chicas no eran tan bellas y el champán ya estaba caliente. La fiesta iba tocando a su fin y la melancolía se hacía evidente en todos los invitados: directivos, cuerpo técnico, jugadores, aficionados y medios de comunicación.
Hoy es el momento de recordar lo que nos ha dejado esta temporada, hacer memoria de lo bueno y lo malo y sobre todo de saborear el regusto de sentirse parte de la élite del balonmano. A expensas de los líos económicos que durante las próximas semanas nos meterán pajaritos en la cabeza sobre posibles bajas, lo cierto es que hoy se acaba el paso del Teucro por esta fiesta del balonmano. El año que viene tocará hacer campaña en una categoría durísima y llena de sinsabores que solo tiene una alegría a lo largo de todo el año: el ascenso. Aplaudan a este equipo (yo no podré hacerlo, esfuércense por mí) y despidan a sus jugadores como se merecen con una batería de ovaciones. Varios han anunciado esta semana su marcha del club, a todos ellos, gracias. Imposible negarles un futuro mejor. Se irán pero, como les ha pasado a otros muchos, nunca olvidarán lo que ha significado pasar por el Teucro y vivir en esta ciudad.
El año que viene, a estas mismas alturas del curso, volverá la música a sonar y Quique Domínguez, cuya renovación en medio de la desolación fue una de las pocas buenas noticias de la temporada, volverá a coger el micrófono en la plaza del Teucro para brindar por un nuevo ascenso, para demostrar así que esta liga necesita al balonmano pontevedrés para ser mejor categoría y que el Teucro ha hecho, esta vez sí, el papel que le corresponde. Y que no es más que el del equipo favorito para regresar al hábitat de los mejores. Allí estaremos para verlo y  para brindar por el inicio de una nueva fiesta que tampoco sabremos cuánto durará, pero que nos volverá a hacer felices porque estar entre los mejores siempre es la mejor música para bailar.




Publicado en Diario de Pontevedra 4/06/2016