sábado, 27 de febrero de 2016

Sofía, corresponsal de guerra

«Hacía lo menos veinticinco años que no escuchaba a nadie hablar en gallego, desde que, siendo muy niña, solía acompañar a mi abuelo Juan al puerto en Coruña».

[‘Azules son las horas’. 
Inés Martín Rodrigo]




Su nombre es Sofía Casanova. Una mujer rescatada por la literatura gracias a la intuición y la brillante escritura de Inés Martín Rodrigo. Una de las bendiciones que nos ofrece la propia literatura no es solo el hecho estético o el placer de la lectura, sino el descubrimiento de nombres orillados por nuestra historia, por un mezquino devenir de los años que se llena de olvidos dejando atrás a personajes tan valiosos y sorprendentes como el de esta gallega nacida en A Coruña en 1861.
Mujer, poeta, periodista, autora teatral y la primera corresponsal de guerra, son solo algunas de las facetas que descubrimos en Sofía Casanova a medida que leemos el libro publicado por la Editorial Espasa, ‘Azules son las horas’, pero sobre todo podríamos definirla como una resistente. Ella luchó desde bien temprano por expresarse a través de la escritura, por defender su nombre de mujer en un mundo construido por hombres y para hombres. Resistencia desde el deseo de forjar una familia, la defensa de sus hijas o los derechos de la mujer, y sobre todo resistir a la brutalidad del ser humano a través de cuatro guerras que atravesaron su vida como las garras de una bestia. Cuatro cicatrices, cada una más profunda que la anterior, que solo sirvieron para que Sofía Casanova fuese consciente de hasta qué punto el ser humano es contrario a sí mismo.  
Esas guerras, con todas sus miserias y repulsiones, fueron el marco en el que Sofía Casanova fijó su faceta de articulista de prensa y corresponsal de guerra. La primera mujer en España que acometía tal fin. Desde la Polonia a la que le condujo un mal casamiento y en la que cimentó a una familia que la acompañó hasta del final de su vida, enviaba a diarios como El Liberal primero, y posteriormente al ABC, los cadáveres que la guerra depositaba a la puerta de su casa. Durante 21 años hasta 800 artículos hicieron del ABC una referencia para pulsar el débil latido de esa Europa que se desangraba paulatinamente a través de las dos guerras mundiales, la Revolución Rusa y la Guerra Civil española.
Varsovia, Moscú, Londres fueron algunas de las estaciones de paso de una vida que al lector le engancha desde las primeras páginas del libro, una fascinación asentada en la humanización de la protagonista, lo que no hace más que aumentar el interés por el personaje histórico. Así, página tras página, formamos parte de ese inicio del siglo XX llamado a ser el del gran progreso social pero en el que se tuvo que pagar un altísimo y excesivo peaje. Cada uno de esos artículos que con muchas dificultades atravesaban una Europa humeante hasta Madrid, son una mirada firme a una geografía en la que los poderosos jugaban a configurar imperios, a desplazar fronteras. Caprichos de unos pocos que mutilaban vidas y esperanzas generando un horizonte en el que vidas como las de Sofía Casanova danzaban un baile macabro con los fantasmas de la guerra. Lejos del refugio, del paso atrás, Sofía Casanova no dudaba en cruzar líneas devastadas, en apilar cadáveres, en enfundarse un traje de enfermera e intentar paliar la desesperación de los demás o en entrar en palacios y embajadas buscando la salvación de los suyos.
Pocos espacios había para el aliento con ese panorama. El amor por sus hijas, el acto irrenunciable de escribir y al fondo, como una Itaca de la que nunca desprenderse, su tierra gallega. A ella necesitaba regresar cuando el nudo en la garganta impedía la respiración. Urgía entonces el aroma salado del mar, contemplar el balanceo de los árboles y sentir el cariño de una lengua hecha para la caricia. «La mecí como cuando era niña, en Marín, con la brisa de las rías gallegas entrando por el balcón», «Nada más llegar a Mera, supe que no me había equivocado. Julio empezaba a despuntar y la luz del mar se filtraba en el cielo, haciendo del paisaje una hermosa paleta de colores pastel». Son los retornos a Galicia pero también los recuerdos en las últimas horas de vida. De esa manera se inicia cada uno de los capítulos, desde el lecho final, en la invocación permanente de una vida que se apaga pero que aún destellea en cada narración como un faro que alumbraba a todos los que la rodearon, como esa Pepa, Pepiña, que crió a sus hijas hablándoles en gallego como parte de su esencia. Galicia siempre al fondo, como la entrada a una ría de estabilidad mental cuando precisamente todo te abocaba a lo contrario. Y horas ante de morir, el deseo manifestado a sus hijas: «Descansar, para siempre, en Galicia».
La otra gran patria de Sofía Casanova fueron las letras. El oficio y la pasión de escritora, las primeras poesías, el equipaje de una niña formado por unos pocos libros en una caja de zapatos, el apoyo del rey Alfonso XII para publicar su primer poemario, el pionero estreno teatral de una mujer en Madrid en 1913, y las tertulias de hombres en las que su posición firme y resuelta se imponía en muchas ocasiones a los Zorrilla, Pereda, Machado, Benavente, Goy de Silva, Murguía o Tolstoi, con los que coincidió a lo largo de su vida. Pero su gran debate fue siempre con la página en blanco, con ese abismo al que se asomaba cada vez con una vista más frágil hasta la oscuridad final. Ahora, casi sesenta años después de su muerte, esa oscuridad es luz gracias a Inés Martín Rodrigo que ha hecho que podamos ver y emocionarnos en el descubrimiento de ella, de Sofía Casanova.





Publicado en Diario de Pontevedra 27/02/2016.
Imagen: Sofía Casanova con el uniforme de la Cruz Roja en 1915. (Archivo gráfico ABC)

miércoles, 24 de febrero de 2016

O xornalismo como argumento

A estrea de ‘Spotlight’, un dos filmes favoritos para os Oscar, reconcílianos xa non só co bo cine, senón coa profesión xornalística, cada vez máis ameazada por un ecosistema empeñado en distraernos de moitas das miserias que nos afectan como colectivo.



NON SON BOS tempos para a profesión. O xornalista está cada vez máis afastado do que significa a súa profesión por uns tempos que buscan de xeito afanoso o silencio ou o entretemento gratuito. Investigar, camiñar polas fendas que a nosa sociedade amosa, case que está mal visto, xa non só por un lector cada vez menos esixente, senón, e isto é o gran problema, por uns medios de comunicación demasiado pendentes das rabuñadas que lles poden dar aos diferentes poderes que poden facer peligrar a súa supervivencia en tempos nos que todo pende do fío da inestábel economía. Así as cousas atoparse cunha película que se mergulla na esencia do xornalismo, e ademais estar tan ben feita como ‘Spotlight’, a un, aínda optimista por natureza —pese aos esforzos que adican moitos a que ese optimismo morra— reconcíliao coa profesión e pensa que aínda queda algún vieiro de esperanza. Dirixida por Thomas McCarthy e protagonizada por Michael Keaton, Mark Ruffalo ou Rachel McAdams, ‘Spotlight’ e un dignísimo epígono daquel cinema vencellado ao poder ou mellor dito, a necesidade de toda sociedade por ter uns medios de comunicacións que amosen a verdade, que non deixen de loitar e pelexar porque as eivas do noso tempo non pervertan o noso xeito de convivencia. Dende o modelo canónico establecido por ‘Todos los hombres del presidente’ (1976) ata hoxe, pódense contar cos dedos das mans as películas que reflicten esa relación cada vez máis angustiosa mantida entre o xornalismo e a sociedade e que nos anos setenta os Estados Unidos recuperaron como parte dun proceso de expiación íntima da súa deriva dende a Guerra de Vietnam, a Crise do Petróleo e o fin da Guerra Fría. Un país que se psicoanalizaba dende o cinema e que asistiu a como Bernstein e Woodward permitían albiscar unha sorte de redención dende o xornalismo, dende esa voz ceibe que fronte as censuras e as pegadas do poder poidesen darlle voz ao individuo fronte a un ecosistema feito anacos. Aquela redacción do Washington Post resucita agora na do Boston Globe entre 2001 e 2002, tamén como o espazo máis luminoso de todo o filme, a metafóra visual e física do lugar no que se atopa a verdade que busca, neste caso, un equipo de investigación chamado Spotlight que, dende dentro do xornal, desenvolve investigacións xornalistas que poden durar meses —si, o bo xornalismo non é o das presas, senon o de ir atando fíos ata tecer unha arañeira na que capturar a realidade—. Nesta ocasión a pescuda xira en torno a unha serie de casos de pederastia dentro da Igrexa católica en diferentes parroquias de Boston e como a Igrexa consentiu e amparou eses feitos durante décadas.
Casos reais que na película toman un sentido de maior veracidade dende aspectos esenciais para artellar un bo filme como o guión, a montaxe ou o traballo duns actores abraiantes, todos eles, para facer del un monumento ao xornalismo nestas horas tan baixas como as que vive.
Galardoada nos prestixiosos premios da Crítica en Estados Unidos, antesala dos Oscar, con premios tan senlleiros coma os de mellor película, mellor guión orixinal e mellor reparto. Tres alicerces para presentar a súa candidatura á gran noite do cine mundial fronte a películas que a priori eran moito máis favoritas pola súa potencia como ‘El renacido’, ‘Mad Max’ ou ‘Los odiosos ocho’. Pero nesa cinta ademais dos seus moitos valores cinematográficos atópase un ao que debemos ser fieis, o de facer dese xornalismo de investigación o faro para vixiar calquer sistema. Cando, a piques de rematar a película, vemos a rotativa funcionando e os camións saíndo a rúa levando milleiros de xornais que contan unha historia sepultada polas accións de tantos que ao mesmo tempo sepultaron a vida de moitas persoas, sentimos un arrepío ao  dármonos conta de que unha sociedade sen xornalismo é coma unha pantalla sen filme.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 14/02/2016

martes, 23 de febrero de 2016

Pontevedra y el sentido del humor

Rue Saint-Antoine nº 170
Memoria Hace treinta años Gonzalo Torrente Ballester regresaba a su inolvidable y querida Pontevedra a ofrecer una conferencia en la Deputación. ‘Pontevedra en mi obra literaria’ fue el título de aquella charla en la que, ante un auditorio abarrotado, evidenció ese amor por la ciudad, lo que ya había hecho poco antes charlando para este medio
 
Torrente Ballester en 1986 (Rafa)
El escritor Carlos Casares fue el encargado de realizar la presentación de la conferencia que hizo que Gonzalo Torrente Ballester regresara a una de las ciudades que más quería y que fotografió en numerosas ocasiones, como vemos en las imágenes que acompañan este texto y que guarda la Fundación que lleva su nombre. Inspiradora de sus novelas, sobre todo de ese monumento literario que es ‘La Saga/Fuga de JB’, pero también una botella lanzada al mar de la vida repleta de recuerdos y buenos momentos, de amistades y añoranzas familiares que hicieron de una estancia de dos años un firme anclaje a todo lo que envolvía a esta ciudad capacitada, incluso, y a diferencia de todas las demás, para elevarse sobre el suelo. 
Carlos Casares presentó a Gonzalo Torrente Ballester como «un escritor raro e inusual, no pareciéndose a ninguno de los restantes escritores de su época». Para continuar destacando su «inteligencia, ironía, humor, burlón de sí mismo y de los demás», elementos que van a estar muy presentes, ya no solo en lo literario, sino fuera de ese ámbito. La manera de enfrentarse a la vida y de relacionarse con los demás venía en gran medida definida por esas caracterísiticas que tan acertadamente puso sobre la mesa Carlos Casares. Diario de Pontevedra, a través de su redactor, Jesús Rodríguez, lo comprobó minutos antes de acceder al Salón Noble del Pazo Provincial, cuando el escritor ferrolano dedicó unos minutos a contestar una entrevista absolutamente deliciosa, y en la que se evidencia el sentido de todas esas definiciones que sobre él se harían unos minutos después.
La primera pregunta que el entrevistador lanza al entrevistado tiene que ver con el momento presente de su escritura, y si a estas alturas de la vida uno se para más a pensar en lo realizado que a seguir escribiendo, a lo que Torrente Ballester contesta: «Cuando uno se dedica a analizar lo que ha sido su obra es un mal síntoma, quiere decir que ya no se le ocurre nada nuevo, y yo aún no he llegado a ese momento. Todavía estoy escribiendo una novela». A partir del título de la conferencia se le pregunta al escritor por su relación con Galicia, y Pontevedra en concreto, respondiendo que «La mayor parte de mis materiales literarios proceden de Galicia, esto ya es suficiente. Pero como yo de Galicia, lo que conozco más es mi pueblo, que no lo he utilizado nunca, y la provincia de Pontevedra que es la que más he utilizado, creo que está dicha mi relación con Pontevedra». Y así continúa una entrevista llena de momentos especiales.
«-¿Y hay alguna razón especial por la que usted no viva en Galicia?» «-Una muy sencilla. Cuando me quise venir a vivir a Galicia al jubilarme no encontré piso después de buscarlo con ahínco en Pontevedra y La Coruña».
«-Pero, según sus propias manifestaciones, ¿necesitaba un piso un tanto grande?».
«-Hombre, claro, un piso para una familia de nueve personas, donde tenía que poner una biblioteca y donde hay un montón de dormitorios, no es ninguna cosa excesiva lo que necesito, pues ya lo tengo».
«-¿Cómo era la Pontevedra de su época?».
«-La Pontevedra de mi época, más o menos, era como la de hoy. Es decir, que hay un cierto número de casas nuevas, generalmente feas, que estropean las perspectivas nobles de la ciudad, pero esto ya empezaba a existir entonces». 
«-¿Y cómo era la Pontevedra cultural?».
«-Entonces era una ciudad muy atractiva. Tan atractiva que yo quise volver a vivir en ella, pero no sé cómo está ahora, culturalmente no tengo informes ni experiencia».
«-¿Qué destacaría de aquella ciudad?».
«Que era una ciudad pequeña, de gente simpática, refinada y con un gran sentido del humor, y en la que podía hacer la vida que uno quería sin que se metieran con uno».
«-¿Tenía atractivo cultural?»
«El atractivo cultural es una cosa muy relativa, si no llevas contigo la cultura es muy difícil que la encuentres. Lo que pasa en Pontevedra es que fue siempre una ciudad donde había gente especialmente leída y escribida. No sé si ahora sigue siéndolo, supongo que sí. Una ciudad en la que existe una institución tan importante como el Museo, con su biblioteca como centro de estudios, entonces había un Ateneo en cuya vida yo intervine bastante, en fin, que era una ciudad muy interesante a este respecto había mucha gente que leía y se interesaba. No sé si podría llamársele, como en algún tiempo, la ‘Atenas’ gallega. Pontevedra siempre fue una ciudad culta. En la que también existía la Coral Polifónica. Pero sobre todo lo que tenía encanto, color y sabor era andar  por sus calles».
Fotografía de la calle Sarmiento realizada por Torrente Ballester
A punto de terminar la entrevista Jesús Rodríguez vuelve al Instituto Femenino en el que Torrente Ballester impartía sus clases de Literatura veinte años atrás, antes de preguntar por la repercusión en cuanto al conocimiento de la gente de su persona tras la concesión del Premio Cervantes.
«-¿Tiene trato con alguno de los alumnos que tuvo en Pontevedra?
« -Me encuentro con frecuencia con ellos y me recuerdan con cariño. Eran chicas todas. Yo ante las mujeres tuve siempre cierta debilidad».
«-¿Era exigente o blando como catedrático»
«-Era exigente conmigo mismo, pero no suspendía a nadie. Es decir, yo daba las clases lo mejor que podía y sabía, y como suponía que todo el mundo había recibido lo necesario para un mínimo saber, los aprobaba».
«-¿Le ha molestado llegar a la gente de la calle gracias a la televisión»
«-No me molesta en absoluto, entre otras cosas porque el premio (se refiere al Premio Cervantes) fue después, no antes.
«-¿Sin embargo hasta que una de sus obras llegó a la pequeña pantalla no llegó a ser tan conocido?
«-En eso creo que hay cierto error ¿no? Porque hoy le preguntaron a una persona en la calle, aquí en Pontevedra, si le sonaba mi nombre. Y dijo que sí, que había un jugador de tenis que se llamaba como yo. De manera que no hay que fiarse mucho de la popularidad.



Publicado en Diario de Pontevedra 22/02/2016

sábado, 20 de febrero de 2016

Bravo!


Poucos orgullos pode ter unha cidade máis grandes que o de poder dicir que ten unha orquestra filharmónica que leve o seu nome, que a represente alí onde vaia, pero sobre todo, que sexa quen de ofrecerlle a súa cidade todo o seu talento musical.
E se falamos de talento diso hai dabondo na Orquestra Filharmónica Cidade de Pontevedra que comezou un ciclo de concertos o pasado mércores no Teatro Principal e que terá continuidade en sucesivos concertos mensuais ata o mes de maio. Se algo distingue ás cidades do centro de Europa, aquelas que loitan pola cultura como un elemento distintivo na súa contorna, é o de ter unha filharmónica que faga honor a unha longa tradición musical de compositores, concertos e implicación co tecido cidadán. En Pontevedra, sen esa tradición tan ampla, si que temos dende fai moitos anos un excelente Conservatorio que nutre a moitas agrupacións, pero quizais o que falta nestes momentos, e onde deberían centrarse máis esforzos, sexa en aproximar máis eses talentos á cidadanía co fomento dunha serie de actividades que fagan cos sons dos violíns, os baixos, os metais e demais instrumentos cheguen á rúa e mobilicen un tecido de potenciais asistentes a concertos tan inesquecíbeis como o do pasado mércores.
Un programa de luxo que baixo o título de ‘De Austria a América’ compoñíase, na súa primeira parte, por varios movementos das catro óperas cómicas de Mozart nas que participou coa súa voz o barítono portugués Job Tomé; e a segunda, íntegramente adicada a unha das sinfonías máis marabillosas da historia da música, a Novena Sinfonía de Antonín Dvorak, coñecida como sinfonía ‘Do Novo mundo’.
A abertura de Cosi fan tutte xa amosou a perfecta precisión de todos os instrumentos que foron quecendo ata esa explosión sinfónica que nos afundiu a todos nos asentos ante un son marabilloso. Cada un dos seus catro movementos, e o bis final, trala petición do público, amosaron o dominio na execución de tódolos intérpretes baixo a batuta do seu director, Javier Viceiro Figueira. Xente maioritariamente moi nova e extraordinariamente preparada (moitos deles no Conservatorio de Pontevedra) para retos como os que supoñen este tipo de concertos e que nos levaron por ese axitado in crescendo do primeiro movemento, o cadencioso e fermoso segundo, o vibrante terceiro e o ardente cuarto. Cando este derradeiro movemento arrincou o arrepío que se sentíu na sala foi a mellor mostra da importancia de contar con este tipo de agrupacións capaces de que sintas a través da música, de ter experiencias reconfortantes e que te reconcilian co ser humano a través da súa capacidade para xerar beleza. É espectacular ver como desa escuridade en que se converteu o escenario emerxía unha luminosidade da que só a música pode dar conta. Un embruxo que facía que non puideras apartar a mirada duns xenios que, cos seus instrumentos, formaban unha única e admirábel esencia.
Quen isto escribe, aínda que gusta da música clásica, non é un profundo entendido na materia, pero do que si entiende, como moitas persoas que nunca se decidiron a achegarse a un concerto de música clásica, é de emocións, de recibir unha serie de impactos que te seducen, o mesmo que ante unha boa película, unha pintura que te abraia, unha obra de teatro que te conmove ou un texto literario que te engaiola. E aquí houbo moitas emocións. Vostedes teñen ocasión de sentilas tamén, recoméndolles a vindeira cita que será o mércores 16 de marzo baixo o título de ‘Noite rusa’, na que os compositores rusos serán os proragonistas. Fáganme caso, vaian, gocen dun talento acubillado ás beiras do Lérez e ao remate berren ben alto: Bravo!
Pontevedra estase a facer tamén a base de músicas. A elas adícanse moitos esforzos para sacar á luz o inmenso potencial dos nosos artistas. Músicas diferentes, cheas de atractivos para un público moi distinto pero que sabe que na música agóchase un acougo necesario para a alma. Nunha soa semana tivemos unha dobre dose deste acougo terapéutico, a primeira o pasado sábado na exitosa, e con moitas posibilidades aínda, Sétima Feira, cun pequeno concerto dos fascinantes Australia no Mercado de Abastos e a outra o mércores, cunha orquestra da que nos temos que sentir ben orgullosos.



Publicado no Diario de Pontevedra 20/02/2016
Fotografía. Rafa Fariña



miércoles, 17 de febrero de 2016

El reino de la imaginación

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura Más conocido por su labor cinematográfica Mario Iglesias se evidencia como un poderoso pintor a partir de un bestiario impactante y unas geografías llenas de misterio e incertidumbres que nos transportan al territorio más necesario para el ser humano, el de la imaginación. Hasta el 29 de febrero en la Galería Sargadelos de Pontevedra.



Respiradero de su actividad como cineasta, seguro que mucho más autónoma y alejada de las carestías que el mundo de la cámara conlleva, la pintura en Mario Iglesias emerge con la fuerza de abanderar un reino de la imaginación. Un tentadero de experiencias, de visiones arrancadas del subconsciente o de quien sabe que rincón de su cerebro para exponer ante nosotros un delirio repleto de felices consecuencias. Como aquellos bestiarios medievales, o aquellas miradas solitarias al infinito de los pintores románticos, las escenografías hechas pinturas son todo un desafío para el espectador a la hora de contemplar un infinito abrumador. 
Ciudades flotantes, arquitecturas irreales, seres fantásticos.... son las y los protagonistas de estas piezas que, desde diferentes tamaños, se relacionan entre sí como componentes de un todo, ahora fragmentado en las diferentes miradas que representan este universo alumbrado por los pinceles en un estudio de pintura. Pocos espacios más genuinos que los estudios de los pintores para estrechar los márgenes de la realidad, para concebir espacios increíbles y para sugerir que nuestras miradas corran libres por donde nunca antes lo han hecho. Cada uno de los cuadros de Mario Iglesias son un receptor de miradas aburridas y cansadas de ver lo mismo, una realidad diaria que nos agota desde su propio agotamiento. Pensarse en el interior de esas naves surcando las olas, enfrentándonos a esas bestias marinas, o recorriendo esas arquitecturas imposibles no es tanto un desafío como una posibilidad. Una posibilidad para que nuestra mente y nuestra imaginación, en permanente estado de fosilización, se sacudan durante unos instantes esa esclerosis y vuelen durante unos minutos. No se me puede ocurrir mejor destino para una pintura, la de servir de ventana hacia la libertad. Y Mario Iglesias logra, además, desde su habilidad pictórica, que esas espumas o esas brisas marinas sacudan tu rostro y te hagan formar parte de un relato que tiene mucho de aventura juvenil, de aquellos libros, de aquellas lecturas que nos forjaron como lectores y a las que debemos estar siempre agradecidos. Seguro que el pintor también lo está, como también es seguro que muchas de aquellas narraciones forman parte del sustrato que motiva este conjunto de piezas sin muchas más pretensiones. Una vuelta a la infancia, al rescate de aquellos territorios que, una vez navegados o caminados, es imposible no volver a recorrer en algún momento de nuestra vida.
Y es, ya dentro de ellos, cuando surge ante nosotros la naturaleza. Auténtica medida del ser humano, y quizás la única. Una medida ante la que siempre acabaremos perdiendo para que así seamos conscientes de nuestro irrelevante papel ante ese medio, de nuestra finitud ante lo que nos rodea. Mario Iglesias se aproxima a unas naturalezas abisales, en efervescencia, panorámicas abruptas sobre mares embravecidas, cielos tumultuosos y oleajes que convierten a la naturaleza en un permanente duelo entre si misma y sus componentes. Y nosotros, empequeñecidos ante el espectáculo, asombrados por su inmenso e incontrolable poder, solo nos cabe pensar en que para lo poquito que somos lo mucho que nos creemos. Como aquel hombre de espaldas a nosotros asomado inmóvil ante el espectáculo de la naturaleza, el icónico personaje de Friedrich con su casaca y la melena al viento, en medio de un universo incontrolable al que nuestra presencia apenas incomoda. Es por ello que la pintura de paisajes está muy presente en el trabajo de Mario Iglesias, el captar los efectos del medio marino, los matices infinitos, las transparencias, las luces entre las brumas y las nubes, son parte de un complejo proceso de representación. 
Hace unas semanas escribía de El Bosco con motivo de la celebración del V centenario de su muerte e intentaba explicar su pintura, como una interpretación y visualización de los textos religiosos y escrituras tan presentes en la Edad Media. Recordemos como la pintura de El Bosco está repleta de espacios y seres inverosímiles. Con todas las distancias que ustedes le quieran poner, el imaginario de Mario Iglesias también actúa como un elemento de ignición de su pintura, a través de la interpretación de sus lecturas y experiencias, de aquello que le interesa del mundo de la pintura y que en conjunto converge hacia unos lienzos que provocan una sensación de turbiedad que engancha, precisamente por esa incapacidad de asimilar ciertas escenas, sin entender que, para su visión, debemos poner la distancia necesaria para sentir la pintura como una experiencia interior de quien la hace y la construye con las armas que él mismo necesita.

La Galería Sargadelos se abre como un gran mirador desde el que observar, hasta el 29 de febrero, una exposición repleta de fantasías, de miradas íntimas hacia un universo personal en el que confluyen numerosas cuestiones. De su decantación e interpretación a través del pincel emergen estas obras tan enigmáticas como cautivadoras ya que es precisamente, aquello que escapa de nuestro control, lo que nos provoca más curiosidad y en este reino, en el de la imaginación, la curiosidad es el pasaporte preciso.



Publicado en Diario de Pontevedra 15/02/2016
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo

sábado, 13 de febrero de 2016

El Sistema

«Ningún lugar es tan íntimo como el que comparte un escritor con su escritura... Entre un hombre y sus palabras, ninguna frontera es posible».
[‘El Sistema’. Ricardo Menéndez Salmón]


Escritores. Parte de nuestro patrimonio cultural, guardianes creadores de ese último reducto que se parapeta tras los libros para definir y entender al ser humano. Estar con escritores supone asomarse a un barranco de líneas, a un agujero negro de blancos interlineados por los que supura un entorno tantas veces imposible de calificar, complejo de verificar y al que solo la literatura parece tener la capacidad suficiente para hincar el bisturí y mostrar así sus entrañas. Hablamos, claro, de la literatura de verdad, de esa que surge del compromiso con una tradición, pero también con una esperanza balizada a partir de la incomodidad, de esa literatura que a lo mejor no es tan fácil de leer, que te exige, pero que finalmente te produce la satisfacción de haber realizado un viaje complejo del que siempre metes algo en el petate.
Llueve en Compostela, las copas de los árboles que bordean el aeropuerto de Lavacolla se agitan de manera furiosa. Dentro de esa arquitectura de cristal se ve el paisaje como un tormento, como una prueba que superar para llegar hasta esa luminosa Barcelona en la que espera una pléyade de escritores en una armonía sistemática difícil de ver. Quedan unas pocas horas para que se conozca el ganador del Premio Biblioteca Breve de Novela que entrega la prestigiosa editorial Seix Barral. Los motores del avión se empeñan en desafiar a ese Céfiro que juguetea con nosotros y hace que apretemos los puños. Estamos arriba, el primer círculo del infierno superado. El segundo círculo lo marcan los asientos de unos aviones optimizados al máximo. Piernas recogidas e hieratismo propio de la escultura egipcia. Por delante hora y media entre cielos que se van despejando y tiempo para la lectura. Dicen que hay un libro para cada viaje, yo también lo creo. Muchas veces tardo más en elegir el libro que me acompañará durante unos días que la ropa que incluir en la maleta. A este premio hay que ir bien armado, honrando así a una editorial que lleva publicando libros desde 1911, premiando a nombres que ya forman parte de tu periplo vital, y que mejor manera de hacerlo que leyendo la edición conmemorativa del treinta aniversario de la novela Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina, impresa de nuevo en un regalo para todos los lectores, para toda la sociedad. El principio de uno de esos escritores que son más que eso, que hacen de lo literario un debate con el sistema. Un duelo permanente con el entorno desde el individuo y por el individuo. 
En un país en el que tanto se edita pero en el que se lee tan poco en relación a otras geografías debemos honrar a quienes hacen de su profesión y pasión un jardín para nuestro recreo. El aliviadero que nos libera durante un tiempo de un devenir diario normalmente monótono y con cada vez menos vías de escape. Una angustia que la literatura permite liberar como la válvula de una olla a presión, de manera gradual, evaporándose todo aquello que nos encierra en nuestra condición de esclavos de un ahora y un entramado urdido por quienes entienden que debemos ser así y, lamentablemente, con escasa respuesta de nuestra parte. Las mejores páginas de un libro son aquellas que dejan la interrogante como señal, como pista para un itinerario que seguir.
Procedemos al aterrizaje y cierro la ópera prima de Antonio Muñoz Molina deslumbrado por ese relato que descubrió a un escritor hace treinta años y pienso que hoy también vamos a descubrir a otro escritor. Literatura que se da la mano a través del tiempo y el espacio. Ondas gravitacionales forjadas a través del compromiso. El del escritor que se inventó un universo en esa Mágina consolidada como cuna literaria en la que establecer un ecosistema de seres asombrosos que te atrapan desde la primera página. ¡Ay, esa primera página en la que ya está todo!
Escritores e invitados comienzan a llegar. Apretones de manos, abrazos y ni rastro de sangre. Consagrados y noveles. Todos forman parte de una especie de comunidad gremial ante la que uno se siente minúsculo. Junto a ellos, como el verde en el ramo de flores, gestores culturales, periodistas, editores, críticos, letraheridos varios y personajes de otras ramas de la cultura conforman el atrezo necesario para el  premio. Llega la hora de desvelar el ganador y es cuando asoma Ricardo Menéndez Salmón. ¿Qué no les suena este nombre? Pues ya están tardando en ir a buscar alguno de sus libros. Una maravilla, un inusual prodigio de autor construido desde el lenguaje firme y medido, un rayo de luz que pretende aliviar la oscuridad. Él, que tanto ha escrito sobre nuestros oscuros, sobre la maldad que nos rodea y asalta a cada segundo, ahora nos presenta una novela de un lugar y un tiempo todavía por llegar. El Sistema es, como el mismo afirmaría en palabras de Coetzee, el trabajo de un «redactor de expedientes de la conducta humana»; la manera de calibrar, como diría otro escritor, Hanif Kureishi, «cuanto dura esta sociedad del hartazgo, la opulencia y la náusea».
Es hora de partir. Galicia está lejos, y cada minuto que pasa más. Disimuladamente salgo de ese espacio mágico en el que he pasado unas horas inolvidables. Un paraíso de escritores que solo se entiende desde el eficaz directorio de varias mujeres, de Elena Ramírez, de Nahir Gutiérrez, de Anna Turon y más amazonas de la literatura. Felizmente sentado en mi avión vuelvo al sistema de Mágina, el sistema de la literatura. Beatus Ille. ¡Dichoso aquel!



Publicado en Diario de Pontevedra 13/02/2016

jueves, 11 de febrero de 2016

Shakespeare como antídoto


El 8 de mayo de 1966 ‘Campanadas a medianoche’ se estrenaba en el Festival de Cannes. El proyecto filmado en España por Orson Welles a partir de varias obras de Shakespeare le valió el premio especial del jurado y nos deja una obra maestra que, como pocas, contiene el universo del escritor desde la mirada apasionada de quien junto a él tomaba aire ante la presión hollywoodiense.

Pocas figuras son más abrumadoras desde el punto de vista de la creación cinematográfica, así como de lo que supone la importancia de una obra dentro de ese contexto fílmico, como la presencia de Orson Welles. Su precoz descaro irrumpió en Hollywood como un tornado cambiando ya, para siempre, la manera de mirar a través de la cámara, de plantear el tiempo dentro de una narrativa que saltaba por los aires desde que se proyectó por primera vez ‘Cidadano Kane’ (1941).
Ese mundo de estrellas y alfombras rojas no fue del todo agradecido con Orson Welles, cada vez más cansado y aburrido del universo de Hollywood, Orson Welles comenzó a desplazarse a Europa, donde, además de ser más reconocido creativamente, su relación con la vida se hacía más intensa y encontraba un respiradero para llevar adelante sus proyectos, cada vez más personales, cada vez más arriesgados e imposibles de llevarse a cabo bajo el férreo control de los estudios hollywoodienses o las líneas rojas de la censura.
«Para mí, Europa, más que una elección, representa una necesidad», afirma el director, quien, tras realizar en 1946 ‘La Dama de Shanghai’, comprendió de manera definitiva que su libertad creativa, su inagotable manera de ver y entender el cine, no podía limitarse al asfixiante sistema de producción de los estudios. Al igual que Rita Hayworth en una famosa secuencia de esa película, el director, y su pareja en aquel momento, se veía atrapado ante una serie de espejos que deformaban su propia personalidad, que le angustiaban, desde los presupuestos hasta los plazos de ejecución, pasando por el montaje o los diálogos, cercenados en muchos de sus trabajos anteriores. Orson Welles cruzó el Atlántico en busca de unas bocanadas de aire que en Estados Unidos venían insufladas por los textos de William Shakespeare, quizás del mejor descriptor de la naturaleza humana, algo que siempre obsesionó al director quien, desde sus primeros pasos en el teatro, tuvo al dramaturgo como referencia. Tras ‘La dama de Shanghai’, y como sucederá en sus momentos de zozobra, Orson Welles se adentra en el universo de Shakespeare para fundirse con él, para medirse con el más grande, y entablar una lucha de egos, él que también se tenía por un director especial y que era plena y orgullosamente consciente de su papel en la historia del cine.
Todavía en Estados Unidos, pero dentro de una productora singular, especializada en productos de serie B, como la Republic Pictures, realiza la primera película de su gran tríptico shakesperiano, ‘Macbeth’ (1948). Modestos decorados y una narración versificada le reconcilian con la profesión al recuperar la pureza virginal de los inicios, comenzando, al mismo tiempo, a separarse del texto original, vinculándolo con su propia identidad. Ese proceso continuará en su segundo Shakespeare, ‘Otelo’, (1952) ya producido y realizado en Europa y con sucesivas inyecciones económicas a cargo del propio director, al protagonizar papeles como actor en películas como ‘El tercer hombre’ (1949). y otras muchas de dudosa calidad pero que le servían para tener ingresos que invertir en sus proyectos. Cada vez más los universos del escritor y del director van confluyendo en un solo ser, ideológica y estéticamente, Welles depura a Shakespeare y esos problemas económicos para realizar sus películas se convierten en una virtud que aumenta la carga estética del film y abunda en el desarrollo de elementos tan esenciales para Welles como el guión o el trabajo actoral.
Pero sin duda alguna la cima de ese maridaje tiene lugar años después de esas dos producciones, tras de nuevo ‘huir’ de ese Hollywood al que había regresado para filmar una obra maestra, ‘Sed de mal’ (1958), vuelve a Europa y, tras ‘El proceso’ (1962), en 1965 rueda en España ‘Campanadas a medianoche’, adaptando varias obras de Shakespeare: ‘Ricardo II’, ‘Enrique IV’, ‘Enrique V’ y ‘Las alegres comadres de Windsor’, condensadas en la inmensa figura (no solo física, también interpretativa) del personaje de Falstaff, por el que también se conoce a la película.
Cincuenta años después revisar esta película, de la que se ha comercializado una nueva edición con motivo de ese aniversario, supone contemplar un estallido de creatividad, imaginación e ingenio. Interpretaciones brutales, como las del propio Orson Welles, pero también las de John Gielgud o Keith Baxter. Junto a ellas planificaciones absolutamente sorprendentes en una película cimentada plano a plano, obligados muchos de ellos por unos recursos escasos a ser muy cerrados, realizando encuadres que impedían ver contaminaciones, pero que, en cambio, te colocan ante las intrigas del ser humano centradas en los rostros y la interpretación, necesariamente en blanco y negro, y que, al fin y al cabo, era lo realmente importante en una historia que cuenta la relación del heredero al trono de Inglaterra con su padre y un borrachín tabernero y vividor. Esa dualidad del hombre ante la responsabilidad, el destino y el poder, frente a la vida disoluta, la diversión o la amistad, es lo que mueve a cada uno de los personajes dentro de la historia definiendo sus posiciones ante la vida.
El propio Orson Welles realizó el diseño de vestuario, se aprovecharon ropajes empleados  cinco años antes en la producción de ‘El Cid’; también dibujó las escenografías, filmaba las escenas de cada uno de los actores separadas del resto del equipo para ahorrar costes de estancia y horas de rodaje que luego los suplía con extras; filmaba en iglesias en ruinas y en un garaje, en vez de en estudios. «Sólo construimos un escenario... La cabeza de un jabalí en un garaje», afirma el director, y así se podría continuar destacando contratiempos que Orson Welles aprovechó para extraer más creatividad a su talento, y así resulta increíble ver algunas secuencias que se cuentan entre las mejores del director, como la de ese Falstaff con una cacerola en la cabeza imitando al rey, o la batalla que se recrea justo en la mitad de la película, rodada en la Casa de Campo y que es toda una lección de narrativa y ritmo, planos deslumbrantes que te colocan ante un genio sin igual.
Orson Welles no volvió a dirigir en Hollywood, sus dos siguientes películas, ‘Una historia inmortal’ (1968) y ‘Fraude’ (1973) fueron las últimas de un hombre que vivió la vida como si fuese un personaje de Shakespeare, quizás el único antídoto contra el perverso Hollywood.



Aproximaciones al universo Welles
LOS ÚLTIMOS meses han llenado de diferentes publicaciones las librerías y las estanterías dedicadas a la historia del cine, al conmemorar, de una sola tacada, varias efemérides alrededor de la figura de Orson Welles. En 2015 se celebraba el centenario de su nacimiento, los treinta años de su fallecimiento y la filmación de su monumento shakesperiano, ‘Campanadas a medianoche’. Diferentes editoriales han recuperado textos ya conocidos, entrevistas míticas realizadas al director, argumentos escritos por Orson Welles, antologías de su obra y hasta una edición conmemorativa de su película ‘española’, además de proyectarse una copia de su nunca estrenada ‘Al otro lado del viento’ y darse a conocer la aparición de ocho cajas con materiales inéditos que estaban en posesión de la que fue su pareja los últimos 24 años de su vida, Oja Kodar. Entre ellos fotografías, proyectos que nunca se realizaron y unas memorias inacabadas escritas por el propio director. Todo un tesoro por el que habrá que seguir esperando para conocer la integridad de su contenido.
Mientras tanto podemos ojear libros como ‘Mis almuerzos con Orson Welles’, editado por Anagrama, que contiene diferentes conversaciones entre Welles y el también director de cine Henry Jaglom. Otro libro de encuentros y confesiones es el que ha editado Capitán Swing, ‘Ciudadano Welles’, con las charlas mantenidas entre Orson Welles y su colega, Peter Bogdanovich, también estudioso del cine que mantuvo numerosos encuentros  con el director de ‘Ciudadano Kane’ y que, no con pocos roces y encontronazos, fue capaz de componer un libro lleno de citas, de detalles, de confesiones sobre toda una carrera y lo que va confluyendo en ella, proyectos, realizaciones, retos, actores, colegas, geografías... un libro para gozar.
La editorial española Notorius, especialista en libros de cine, magníficamente editados con una calidad fotográfica abrumadora, publicó ‘El universo de Orson Welles’, un pormenorizado recorrido por todos los aspectos imaginables de su obra: títulos, actores, objetos, estilos, directores... en definitiva hitos por los que transitó su trabajo y que diferentes autores, pertenecientes a los territorios más variados, críticos, escritores, periodistas... ofrecen una visión poliédrica de quien tanta caras ofrecía.
Anagrama también publicó ‘Mr. Arkadin’, una novela escrita por el director (aunque él mismo en el libro ‘Ciudadano Welles’ nos hace dudar sobre su autoría). Esta novela fue el argumento empleado para realizar en 1955 una de sus películas que, con el mismo título, narraba la vida de un magnate con muchos puntos en común con su mítico Ciudadano Kane.

Alrededor de ‘Campanadas a medianoche’, dos son las novedades, la reedición de una nueva copia por su 50 aniversario, y un libro firmado por Esteve Riambau sobre ‘Welles y Falstaff’ en la editorial Luces de Gálibo.



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 7/02/2016

sábado, 6 de febrero de 2016

El dolor del fuego

«...Del horror de la noche/sólo la noche y tú fuisteis testigo./Más tú ya dieras testimonio/como la simple luz en que la noche/del combatiente oscuro desemboca en tiempo de dolor/testimonio de ti...»
(Fragmento de ‘Compañera de hoy’ de José Ángel Valente)


Pocas situaciones duelen más que ver arder tu ciudad. Presenciar como las llamas consumen aquello que ha formado parte de tu paisaje durante muchos años, hasta el punto de sentir ese pedacito como un fragmento más del puzle en que se convierten nuestras vidas. Un dolor que aumenta cuando ese fuego se aproxima o toca algún órgano vital de la ciudad, como pueden ser edificios emblemáticos o el propio casco histórico.
Ver arder el inmueble en el que entre otros afectados se encontraba La moda ideal me recordó el incendio de San Francisco que también presencié. Aquella columna de humo que presagiaba el desastre que al final fue nos convocó a muchos de los que penábamos la noche pontevedresa para contemplar como el fuego borra en minutos lo que muchos años han ido construyendo. Aquella vez hubo lágrimas al alba, lágrimas que se repitieron en la noche del lunes. Otra noche de fuego y crujir de dientes en esa misma Ferrería. Es el dolor del fuego, el sentir que algo, en principio ajeno, se consume, entendiendo, por fin, que lo que se está perdiendo forma parte de todos nosotros. Hayas comprado o no en La moda ideal, ¿quién no se ha detenido alguna vez en sus escaparates, asomado la cabeza para ver su espectacular interior o, simplemente, coincidir ante él protegiéndose de la lluvia bajo los Soportales que acogían esa tienda con más de cien años de historia? Ciudadanos y ciudad formando parte de un todo.
Como aquella otra noche, el magnetismo de la destrucción y el dolor congregaron a un gran gentío ante el fuego. Personas que presenciaban la cruel escena, pero que también y esto sí que era imposible entonces, rebotaban fotografías y vídeos de manera compulsiva. Otros tiempos, sin duda, pero lo que permanecía en todos ellos era, inalterable, una mezcla de confusión y pena, también de miedo por lo que podía llegar a suceder, como era el multiplicar las consecuencias del fuego, perdiéndose muchas más viviendas.
Como siempre, entre el tumulto, entre la fauna de la muchedumbre, tenemos a los listos que siempre hay, los que echan pestes en voz alta de unos bomberos que llevan ya trabajando tiempo en otra zona del incendio, individuos que parece que estuvieron extinguiendo el fuego de las Torres Gemelas y que sabían perfectamente como apagar el incendio en cuestión de segundos. Y luego tenemos a los que abuchean y silban. Abuchear y silbar a un bombero. ¡Alucinante! La futbolización de la sociedad. Otros enseguida empiezan a atar cabos, a culpar al modelo de ciudad del inexistente retraso de los bomberos. Que si los lombos por aquí, que si barreras por allá... el laberinto del Minotauro. El fuego alienta el odio de unas personas repletas de rencor en su interior, gente que, en vez de pensar en ciudad, piensa en términos de venganza. Lamentable.
Y ahora las cenizas, el rescoldo de lo llorado. Cuando el pintor Leopoldo Nóvoa recuperó las cenizas del incendio de su estudio parisino. Polvillo gris de cuadros, pinceles, libros, vida.... lejos de derrumbarse articuló un nuevo discurso, un mecanismo de lucha contra la cabeza baja y el desánimo para reinventar una nueva vida a través de una nueva obra que incluía a las cenizas como un ingrediente más. «Aunque sea ceniza cuanto tengo/hasta ahora/cuanto se me ha tendido a modo/ de esperanza». Así finaliza José Ángel Valente el poema ’Serán ceniza...’, versos para intentar entender lo que se esconde bajo esa negrura que deja la pérdida, el fin de la esperanza. Ese abismo que engulle el tiempo y hace de lo material un suspiro. Ese edificio será siempre el de La moda ideal, pero ahora toca futuro, la reinvención, el cicatrizar la herida que padece el corazón de esta ciudad. Todavía serán muchos los que en sus paseos por ese corazón llamado Ferrería hundan sus ojos en unos huecos teñidos de luto. Algunos recordarán el interior de la tienda, otros pensarán en lo bien que lo hicieron los bomberos que, milagrosamente, impidieron que el fuego saltase de edificio en edificio y otros, claro, seguirán pensando que había otra manera de resolver la situación, que si ellos estuviesen al frente del operativo y hasta de la ciudad el fuego no sería fuego y el negro sería blanco. A los demás lo que nos queda es, simplemente, el dolor del fuego.




Publicado en Diario de Pontevedra 6/02/2016
Fotografía: Espectadores en la Ferrería contemplando las consecuencias del incendio del pasado lunes. (Javier Cervera-Mercadillo)

miércoles, 3 de febrero de 2016

A perversión do western


A estrea do último filme de Quentin Tarantino amosa a súa reflexión sobre o western, tinxido pola pegada de Sergio Leone e o western postclásico, pero tamén pola relectura do seu universo de perversións a partir dos códigos dun xénero singular na historia do cine.



TARANTINO en si mesmo xa se podería considerar como unha perversión do propio cinema. As súas películas amosan, como poucas, unha faciana arriscada deste espectáculo tinxido de feito cultural, argalladas dende a complicidade cun espectador fiel e que sabe o que se vai atopar na pantalla. Quentin Tarantino explora o cinematográfico dende os seus gustos polo cine de serie B, os cómic e o xénero pulp. As súas películas, con indiferencia do xénero ás que adscribilas, sempre exploran estes terreos, sendo esa a súa gran achega, mergullándose en insólitas aventuras con resultados moitas veces irregulares pero outras, cando eses elementos están ben engrasados, acadando cotas de xenialidade.
Nos seus últimos traballos Quentin Tarantino está a facer as súas probas no eido do western, escenario paradigmático da historia do cine e ao que todo director que se teña como tal debería enfrontarse. ‘Django desencadenado’ en 2012 e, nestes momentos nas carteleiras, ‘Los odiosos 8’, inclúen ao excéntrico director na historia do western. Xa por iso ten o seu valor, ao ser quen de seguir facendo camiño nun xénero con altibaixos dende a fin da época clásica de Hollywood, uns altibaixos que veñen dados máis pola ausencia de títulos que polos xa feitos, que normalmente se realizan cun nivel superior á media doutras películas, quizais por ese respecto e ata cariño que se lle ten como parte da historia dun país e tamén o xénero no que se acolle o senso mítico do propio cine e gran parte das súas esencias.
‘Los odiosos 8’ arrinca dun xeito espectacular, puro western. Unha dilixencia, o peso da natureza e uns personaxes polos que enseguida te sintes atraído. Homes nos que o pasado aséntase no seu interior mentres cara afora a súa condición de cazarremcompensas define os seus movementos. A eses dous protagonistas engadiránselle outros personaxes aos que o clima vai pechar nunha cabana na que se desenvolverán os acontecementos durante o resto da película, que é moito, derivando o puro western cara espazos doutros xéneros, coma os do suspense ou o misterio, ante os crimes que alí acontecen.
A habilidade no narrativo e na dirección é abraiante, algo que non sorprende xa en Tarantino, pero si ao facer que ese periodo tan longo dentro de catro paredes non resulte aburrido, mantendo a tensión entre os personaxes que coas súas interaccións amosan moitas das situacións recurrentes no cine do director, como o racismo ou a violencia, territorios límite na nosa condición humana que tantas veces sobrepasamos e que Tarantino leva ata o extremo, ata ese exceso que converte en perverso o que acontece na pantalla. Xa o vimos con ‘Django desencadenado’, extraordinaria película por riba desta, e na que esa violencia arrepiaba ao espectador, ao ser consciente de que aquilo que semellaba excesivo, no debía estar moi lonxe da realidade.
Conten co baño de sangue habitual, coa exposición permanente aos cráneos reventados e as salpicaduras máis noxentas, coas que incluso se chega a xogar como se fosen elementos humorísticos dentro dunha narración na que o humor tamén está presente. Lembren en ‘Django desencadenado’ aquela secuencia marabillosa e xenial duns membros do Ku Kux Klan discutindo polo tamaño dos buratos dos seus capuchóns, pois nesta ocasión o humor tamén serve para ridiculizar diferentes situacións e para aliviar tensións dentro da propia narración do filme.
Déixanos Tarantino outra pegada singular do seu cine. Un xeito especial de filmar que fai del un dos directores máis agardados polo que é quen de artellar e de interesar ao público. ‘Los odiosos 8’ é un excelente exemplo dese tipo de cine, ao que se lle engade o valor do xénero por si mesmo, o intelixente xogo cuns códigos que lle veñen moi ben a Tarantino para encauzar o seu perverso universo.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 31/01/2016

lunes, 1 de febrero de 2016

1916. Castelao e Miss Ledya

Rue Saint-Antoine nº 170
Cine. O centenario da chegada de Castelao a Pontevedra coincide coa estrea do primeiro filme de ficción feito en Galicia. ‘Miss Ledya’, dirixido por José Gil, conta entre os seus actores cun pequeno papel a cargo de Castelao quen, dende ese ano 1916, permanecería xa para sempre identificado con esta cidade á que levou dentro do seu corazón.



O reloxo da relación entre Castelao e Pontevedra ponse a funcionar en 1916, ano no que o de Rianxo, tras opositar ao corpo técnico do Instituto Xeográfico e Estatístico, acada a praza na cidade de Pontevedra. Nela residirá ata o comezo da Guerra Civil, en 1936. Pero incluso afastado fisicamente dela, das súas prazas e recunchos, ou dese alento creativo que nela había, o latexo do pontevedrés continuou afouto no seu interior. Dende Bos Aires a pegada pontevedresa acompañouno ata o fin da súa vida. Un sentimento que deixou feito letra nun texto, o do ‘Meu Pontevedra’, que estremece cando un o le e que, precisamente, vai a servir para que ese adagio nostálxico e crespuscular sexa o título dunha gran exposición que o Museo de Pontevedra amosará neste chamado Ano Castelao.
Castelao e o Museo de Pontevedra de novo xuntos. Non pode ser doutro xeito, nunha relación que os leva da man dende a creación do segundo, recollendo o testemuño daquela Sociedade Arqueolóxica coa que Castelao tamén tivo o seu vencello, e que permanecerá sempre ao ser o Museo de Pontevedra o gran custodio do seu inxente legado. Dentro dese legado sobresae, pola súa importancia dentro da historia do cinema en Galicia, un filme, unha curtametraxe de nome ‘Miss Ledya’. 
En 2007 anunciouse a proxección do primeiro filme galego de ficción, Miss Ledya, trala súa restauración a cargo da Filmoteca Nacional e o CGAI, pero nada diso sería posible de non existir unha copia nos fondos do Museo de Pontevedra. Alí, o profesor da Universidade de Santiago de Compostela, José María Folgar de la Calle, deu con ela, sacándoa do esquecemento e poñéndoa en valor dentro do noso patrimonio.
A película estreouse o 3 de marzo de 1916 no Teatro Principal de Pontevedra e posteriormente en Vigo, no Salón Pinacho. Un filme de vinte minutos no que se conta a chegada a Galicia dun multimillonario americano acompañado da súa sobriña, Miss Ledya. A chegada dos reis de Suavia e a presenza dun anarquista que quere atentar contra eles son a outra parte dunha trama que se entrelaza. Rodada no Hotel da Toxa, e con exteriores no Lérez, Monte Porreiro, A Caeira ou Portosanto a película conta entre os seus actores con importantes persoeiros da Pontevedra do momento como Fefa Sandoval, Marina Fonseca, Clara Sobrino, Víctor Mercadillo, Blanco Porto, Isidoro Millán ou o mesmo Castelao, no papel dun pastor protestante. Un pequeniño papel que fixo ao pouco tempo de chegar á cidade e que lle custou algunhas críticas pola súa interpretación. Veciño da protagonista, Fefa Sandoval, preto das ruinas de San Domingos, antes do seu traslado á que sería a súa residencia pontevedresa na rúa da Oliva. Castelao tamén tiña unha boa relación co autor do argumento e o guión, o escritor, e daquela tamén notario en Pontevedra, Rafael López de Haro. A el chegoulle a ilustrar alguns relatos e capas das súas novelas, algunhas de tonos eróticos  e outras nas que non deixaba de todo ben aos galegos, o que fixo que ambos rachasen a súa amizade, como escribe Xosé Enrique Acuña nun artigo sobre a película en A Nosa Terra, recollido no imprescindibel manual ‘Rodado en Galicia’, coordinado por Miguel Anxo Fernández.
Nese mesmo artigo, fálase da importancia desta curtametraxe dirixida polo vigués José Gil, un fotógrafo que tiña amplos coñecementos no mundo da imaxe, un dos pioneiros do cinema en Galicia, e do que Acuña alaba a súa capacidade visual nun tempo no que aínda non se coñecían as achegas que definiron as linguaxes cinematográficos nestas décadas iniciáticas, como podían ser os traballos de Griffith ou os filmes soviéticos.
Este traballo ponnos ao mesmo nivel do que se estaba a facer noutras xeografías do Estado e converte a Pontevedra nun escenario de privilexio para enmarcar unha historia que se presenta dun xeito máis que solvente para a época da que estamos a falar.
Así é como a pegada de Castelao na cidade comeza case polo cinema, pola nova arte que emerxía dende a súa condición de espectáculo para achegarse ao espazo da creación. E desa creación sería da que nos faría partícipes Castelao ao longo da súa vida dende os máis diversos eidos nos que participou. A todos eles teremos que prestarlles moita atención neste ano 2016, o do centenario da chegada de Castelao a cidade que sería parte central da súa inspiración, unha Pontevedra que sería moi diferente sen a súa presenza, unha presenza que comezou, curiosamente, ao outro lado da pantalla.


Castelao. O meu Pontevedra

«Eu vivín longos anos de ledicia en Pontevedra, aferrado a fermosura dos seus arredores, coma quen non pode desprenderse dos brazos mornos dunha noiva. Eu débolle a Pontevedra o mellor da miña vida e agora padezo saudades da súa paisaxe, tristuras de non vela e espranzas de retornar a ela»



Publicado no Diario de Pontevedra 25/01/2016