lunes, 28 de noviembre de 2016

Más allá del suspense

Alfred Hitchcock es mucho más que un director de suspense. Un creador total que, rodeado de grandes talentos, configuró alguna de las obras cinematográficas más importantes del pasado siglo. Películas en las que se valía de infinidad de resortes que, una vez accionados correctamente, permitían a sus películas empatizar con un público que estaba siempre muy presente en su pensamiento cuando filmaba una película. Una exposición deja al aire muchos de estos resortes y consigue involucrar al espectador en el interior de unos fotogramas inmortales.


ACERCARSE A ALFRED Hitchcock supone aproximarse a todo un imaginario visual que excede al propio cine constituyéndose como un hecho artístico con infinidad de vectores que singularizan su propia propuesta cinematográfica. Y esto es precisamente lo que permite analizar y disfrutar esta exposición que el Espacio Fundación Telefónica exhibe en su sede de Madrid hasta el 5 de febrero.
Hitchcock, más allá del suspense’ es todo un ejercicio visual que consigue involucrar al visitante en el universo Hitchcock a través de una serie de bloques que permiten recorrer, no solo sus películas, el soporte de sus filias y fobias, sino todos aquellos elementos que, como en una enorme partitura, se integran en unas películas en las que pocas de ellas se pueden alejar de aquello que se define como obras maestras. Y es que pocos directores pueden ofrecer una hoja de servicios al cine como la del director británico, ya que pocos son capaces a a lo largo de su cinematografía de configurar un corpus creativo lleno de coherencia, calidad y hallazgos manteniendo un nivel medio que se aproxima a la excelencia con cada trabajo.
Así es como la exposición se divide en ‘El toque Hitchcock’, ‘Mujeres y hombres’, ‘Hitchcock y su tiempo’, ‘El arte y la arquitectura’ y ‘El revés de la trama: Hitchcock, las apariencias y los trucos’. Cada uno de ellos, perfectamente ejemplificado con imágenes y fragmentos de sus películas, permite visualizar esos rincones que se encuentran en sus películas y hacerlo de una manera lo suficientemente atractiva como para conseguir que ver esta exposición signifique, en muchos momentos, situarse dentro de la propia película. Así la ducha de ‘Psicosis’(1960), la ventana desde la que se observa ese patio interior de ‘La ventana indiscreta’ (1954),o una bandada de aves, de ‘Los pájaros’ (1963), se convierten en espacios de interacción con el espectador que por un momento se aproxima a ese espacio de creatividad genial perfectamente representado que Alfred Hitchcock mostró desde su primera película ‘El enemigo de las rubias’ (1927) y que posteriormente potenció en los Estados Unidos desde su bautizo hollywoodiense con ‘Rebeca’ (1940) y evolucionaría en esas obras maestras que, por un lado, le otorgaron esa suficiencia sobre el resto de directores y por otro, permitieron que muchos de los actores participantes quedasen vinculados para la historia a unos papeles tan potentes como los ideados por el director.
Una parte introductoria nos permite adentrarnos en toda su carrera y de un vistazo somos capaces de aproximarnos a la magnitud del protagonista mediante unas líneas cronobiográficas. Leyendo los títulos de sus películas nos hacemos una idea de su papel casi sagrado en el tiempo de los estudios cinematográficos y también del porqué de su independencia de ellos o mejor dicho de su ganada libertad creativa para componer sus artefactos visuales.
Y es que una película de Alfred Hitchcock es también un espectáculo visual, una bendición para los ojos que tanto cuida el director con unos planos perfectamente estudiados, y con elementos como el vestuario o la luz que confluyen en hacer de esos fotogramas un medido ejercicio de composición en el que nada sucede por azar y en los que todo tiene algún sentido. Sentarse ante la simulación de la ventana del inválido Jimmy Stewart en ‘La ventana indiscreta’ nos pone ante, no solo una secuencia monumental, sino ante la realidad de un vecindario en permanente movimiento, con situaciones que se suceden en cada una de esas estancias, y con toda una vida que el director ha filmado, como tantas veces, desde esa posición casi divina, como si sus actos y miradas articulasen los comportamientos del ser humano.
Hitchcock supo calibrar no solo a ese ser humano sino también al tiempo que le tocó vivir e introducirlo en sus imágenes a través de la moda o la arquitectura, poderosos y fascinantes aglutinadores de nuestras miradas, pero sobre todo atractivos ingredientes para unos fotogramas plásticamente portentosos. Modelos de Balenciaga o Christian Dior; arquitecturas de Le Corbusier o Mies Van der Rohe, suman su calidad estética a todo un paisaje humano y hasta social: luminosos, gasolineras, automóviles... que, en películas como ‘Psicosis’ (1960), configuran toda una estética que rastreamos también en pintores como Hopper y que definen visualmente a esa década en los Estados Unidos.
Pero además de todo ese atrezo a Alfred Hitchcock le preocupaba de manera intensa el plantear vínculos entre el hombre y la mujer. Ya sean relaciones de pareja, pasiones posibles o imposibles, deseos irrealizables o relaciones filiales. Impagable el espacio en el que en cinco pantallas observamos de manera simultánea cinco besos. Pocos directores han hecho del beso un momento tan intenso y central en sus películas. Este punto de fricción siempre se muestra en sus películas haciendo de la lucha de géneros una de las dinamos de su películas y que quizás tenga su punto más álgido en ‘Vértigo’ (1958), y de manera magnética en ese moño de Kim Novak que te absorbe y te engulle como el desagüe de la ducha de ‘Psicosis’, ambos fotogramas juntos a la entrada de la exposición y ante los que sabes que ya no hay vuelta atrás, que esa sombra archifamosa del director te espera con todo su magnetismo por lo que ya solo te resta dejarte engatusar por su carrusel de trucos y apariencias. Y es que el cine tiene mucho de espectáculo-como eso nació y no como un producto cultural-, algo que siempre entendió Alfred Hitchcock para atraer al espectador, un elemento que estaba muy presente en su concepción de la obra. El Macguffin, el suspense y hasta sus famosos cameos buscaban empatizar con el público, fidelizar a unos clientes sin los que cuales el negocio del cine tampoco tendría demasiado sentido. «Me río de los críticos porque mis películas dan dinero», dice Alfred Hitchcock en el revelador e imprescindible libro ‘El cine según Hitchcock’. Un espectáculo global que, desde los mismos títulos de crédito, debía fascinar a ese potencial cliente. Qué decir de la música y su importancia en el clímax de la narración, del guión, del montaje... acciones que se traducen en los nombres de Saul Bass, Robert Burks, John Michael Mayes, Edith Head, Bernard Herrmann o Alma Reville, colaboradores que ocupan un justo espacio alrededor del director en el transcurso de la exposición.
Todo esto para entender cómo el cine de Alfred Hitchcock va más allá de ese cliché de mago del suspense, de esa reducción que quizás él mismo se encargó de alentar, sabedor de que el público buscaba verse envuelto por esa tensión de lo que iba a suceder. Pero lo importante es cómo esa tensión se construía fotograma a fotograma, como todo ese armazón de celuloide se erguía para dejarnos algunas de las mejores películas de la historia del cine. Es posible que no haya ningún otro director del que se pueda hacer un planteamiento expositivo como el que aquí se realiza, quizás Luis Buñuel sea el otro director que hace de su película una confluencia masiva de circunstancias que trascienden lo cinematográfico y lindan con lo artístico desde otras vertientes. Lo cierto es que tras visitar esta exposición, y tras pasar unos momentos que, como los vistos en sus películas, se hacen inolvidables, nuestra percepción de los postulados de Alfred Hitchcock no hace más que refrendar su genialidad y singularidad para situarlo en lo más alto de los creadores artísticos del siglo XX.




Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda 20/11/2016

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