domingo, 31 de julio de 2016

Huellas


"Érase un bar a un Tallón pegado/érase un Tallón superlativo,/érase un Tallón sayón y escriba”. Permítaseme la licencia quevedesca adaptada a mi propio interés, pero para hablar de bares y letras encerradas en un libro en este país si por algún esquinal hay que comenzar es por las tascas del Siglo de Oro y por los sonetos burlescos de don Francisco, tantos de ellos escritos sobre mesas de madera astillada por los aceros, entre barros rellenos de vino agrio y cercados por la tinta y el rojo néctar de la uva de Valdepeñas. En los bares es donde se ha ido forjando, lo creamos o no, mucho de lo que hoy somos como colectivo. Bares de mejor o peor reputación, lugares en los que la conversación y el alcohol engrasaban y engrasan el día a día, aliviando las miserias de nuestros diferentes momentos vitales.
Y en estas estamos cuando nos encontramos con otro digno sucesor del señor Quevedo, un ourensano de Vilardevós, un espadín de la palabra que maneja como pocos por su enorme caudal de lecturas, de las que nos ha ofrecido libros ya imprescindibles, como ‘Fin de poema’ o ‘Libros peligrosos’. Ese relato largo o novelado ha fijado hoy en día su contrapunto agitado en las hojas de los periódicos. Sí, esos medios azotados por crisis de todo tipo y siempre al filo de la extinción, han encontrado en diferentes nombres el distintivo de calidad en un tiempo en el que lo puramente noticiable tiene mejor y más accesible acomodo en el orbe digital. Lo literario sigue encontrando su pesebre más cómodo en el negro sobre blanco del papel y eso se ha visto refrendado por una generación de autores que no dejan de sorprender por cómo calibran la actualidad a través de sus experiencias y todo ello con un gusto exquisito por la palabra. Obviaré los nombres de ellos y ellas para que los olvidos no hieran susceptibilidades y egos, que en esto también seguimos igual que con Góngora y el propio Quevedo, pero sí que citaré a una editorial que se ha fijado en ese renacer columnista y que ha rescatado muchos de esos textos con fecha de caducidad diaria para formar parte de una serie de volúmenes que explican, desde su contundente existencia, este tiempo nuestro. La editorial es Círculo de Tiza y ella es la culpable de que Juan Tallón haya compendiado muchos de sus artículos en prensa bajo el epígrafe de ‘Mientras haya bares’, que precisamente en esta semana ha conocido una segunda edición.
Más de trescientas páginas que se convierten en un recorrido por una vida literaturizada, vampirizada por otras lecturas, por autores y por sensibilidades que han prendido como la yesca generando este incendio al fondo de la barra. Como el personaje que desde ese punto estratégico de cada bar otea lo que sucede a su alrededor, Juan Tallón atisba su universo que, página tras página, se va convirtiendo en el nuestro. Como Onetti (siempre que se habla de Juan Tallón por contrato hay que citar a Onetti) se encierra en el bar para poner la distancia precisa con su entorno, con el de las mesas que le rodean, pero también con lo que se contempla a través de su cristalera: un pueblo, una ciudad, un mundo que tienen en ese espacio su tubo de ensayo. Y ahí pocos científicos como Juan Tallón.
Un reciente dato cifra en 260.000 los bares que se contabilizan en la geografía española, lo que viene a ser un bar por cada 175 personas, esto es la mayor densidad del mundo. Como los periódicos los bares resisten la crisis, ¡qué como los periódicos! ellos son parte de la solución, mientras la prensa se empeña en formar parte del problema. Juan Tallón ha maridado ambos conceptos, bares y prensa, para servirlos mezclados, que no agitados, en un cóctel que uno no se cansa de leer. Abrir el libro en cualquier punto y degustar ese texto, ya inmortal, nos explica como el artículo de opinión es un género más de lo literario, convirtiéndose en un certero bisturí que disecciona nuestra realidad con la alquimia precisa de ingenio e ironía, conviviendo con una mezcla de lo cotidiano y las referencias literarias con las que nos abruma Juan Tallón. Esa múltiple combinación dota a estos artículos de una épica de lo real, una transgresión de lo diario capaz de convertirse en eterna. Como los sonetos maledicentes de Quevedo son las huellas de un tiempo, de un tiempo que nos ha tocado vivir y que viviremos, eso sí, mientras haya bares.



Publicado en Diario de Pontevedra 31/07/2016. Fotografía: Interior del pontevedrés Bar Americano (Rafa Estévez)

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