jueves, 26 de mayo de 2016

El arte como experiencia


La publicación de una biografía sobre el pintor Mark Rothko nos sitúa ante uno de los personajes más singulares de la Historia del Arte reciente. Su educación judía, la marcha de su Letonia natal a los Estados Unidos, su adaptación a aquel medio tan distinto y el descubrimiento de su vocación artística, jalonan una vida resumida en un lienzo de color que te atrapa.


A POCOS ARTISTAS le hacía tanta falta una biografía como al pintor Mark Rothko (Dvinsk, Letonia 1903- Nueva York, 1970). Uno de esos autores tan imprescindibles para entender la pintura actual como desconocidos en su devenir vital. Es por ello que este trabajo realizado por Annie Cohen-Solal, profesora e historiadora de la cultura, ganadora de premios de ensayo y agregada cultural de la embajada de Francia en Estados Unidos, incrementa su valor por adentrarse en ese territorio tan ignoto del pintor de los grandes cuadros en los que una mancha de color te envuelve en un proceso de tipo espiritual.
A ese valor de entrar a desgranar toda una vida, tan fuertemente ligada al entramado artístico, la autora lo acompaña de uno de los grandes valores de este volumen, como es la clarificadora radiografía de lo que sucedía en el ambiente creativo norteamericano, centrado específicamente en Nueva York, durante las agitadas décadas de los años cincuenta y sesenta. Hasta ese país llegó un niño que contaba diez años cuando miraba asustado hacia ese brazo erguido de la Estatua de la Libertad. Era la llegada a un universo de futuro que lo alejaba, en 1913, de la convulsa Europa del Este, con la Revolución Rusa a punto de estallar y un territorio, el de la actual Letonia, un cruce de culturas, religiones, odios e inminentes terrores. Queda perfectamente definido, en el primer capítulo, la importancia del ámbito familiar en la vida de Mark Rothko, su pertenecencia a ese territorio europeo tan concreto y su educación en el seno de una familia judía, en la que el Talmud y su estudio conformaban una singular manera de enfrentarse al mundo.
Esa emigración a los Estados Unidos posicionaba a Mark Rothko, cuyo nombre original era Marcus Rotkovich, ante una nueva realidad. La de un país emergente, lleno de oportunidades y que no tardaría mucho en capitalizar todo lo que sucedía en el mundo, como no, también en lo artístico. Pero el joven Rothko debe todavía formarse, y algo mucho más complicado, adaptarse a la sociedad norteamericana. Un brillante estudiante que, sin embargo, al llegar a la universidad, a la prestigiosa Yale, se encontró como un bicho raro entre las élites norteamericanas. Lo que hasta ahora había sido una progresión constante se frenó por esa falta de integración en un ambiente que dejaba de lado a aquel joven judío procedente de una zona empobrecida de Europa y sin vinculación con las prestigiosas familias made in USA. 
Abandona Yale sin finalizar sus estudios. Es hora de dirigirse a los pies de esa dama que ya había conocido al llegar al país de la esperanza y en el que se había instalado en el lejano Portland, Oregon. En Nueva York tiene su primer contacto con el mundo del arte plástico al asistir, de manera casual, a una clase de la Art Students League en la que un amigo suyo era alumno. Entró y, tras aquella clase de dibujo con una modelo y los bocetos de los estudiantes, exclamó: «Esta es la pasión de mi vida». Era el año 1923 y a partir de ahí su vida ya se enfoca hacia el mundo del arte asistiendo a varias academias y talleres que le introdujeron en los diferentes procesos artísticos, al tiempo que se iba adentrando en los círculos artísticos newyorkinos. Esta óptica, la del artista y su entorno, es uno de los perfiles más acertados y más interesantes del libro, ya que permite adentrarse en uno de los periodos más intensos del arte reciente con unos años sesenta en Estados Unidos en permanente ebullición y con el arte como bandera que agitar frente al resto del mundo, enarbolando el poderío americano también desde el punto de vista creativo. Se plantea un interesantísimo debate entre el arte americano local y la implicación de varios artistas norteamericanos dentro de un discurso más internacional, también cómo los coleccionistas comienzan a generar una serie de agrupaciones de artistas y obras que delimitan todo este periodo, el origen de los grandes museos de Arte Contemporáneo, el debate en los medios de comunicación desde una incipiente crítica y teorización del arte de ese tiempo nuevo, los vínculos con Europa, la llegada de artistas procedentes del viejo continente huyendo de una Europa derruida tras la II Guerra Mundial.
Y en el medio de ese paisaje Mark Rothko, una especie de islote que, pese a sus vínculos con artistas del momento, mantenía cada vez más una identidad propia. Su arte en los años cuarenta sufre constantes modificaciones, una breve época figurativa, los mitos antiguos, un devenir por una especie de surrealismo con una desintegración de las formas y finalmente sus característicos territorios de color, una abstracción cromática que definirá ya toda su obra. Algo que ya sabíamos, pero que en el texto se acompaña de las reflexiones del propio artista sobre sus pretensiones, su intención de asociarse al arte como una idea que desenvolver desde un discurso propio, alejado de modas, comerciantes del arte o encargos de los poderosos. Desde 1948 Mark Rothko es independiente económicamente, trabaja como profesor de dibujo en la Escuela Judía de Brooklyn y eso le confiere una libertad para pintar y para moverse sin ataduras por un territorio repleto de estrellas: Pollock, Motherwell, Clifford Still, Newman o de Kooning, entre otras.
Rothko se rebelará ante el carácter decorativo con el que algunos pretendían calificar a su obra, rescindiendo un gran contrato para pintar varios cuadros para el restaurante del vanguardista Edificio Seagram, al adivinar la perversión de su función, enfrentada con la rezumante de espiritualidad de su obra, que convierte al espectador en parte de una experiencia sensorial integrandola dentro de la tradición. Así es como se ha querido ver su trabajo, como una ruptura artística, pero Mark Rothko lo defiende como parte de un proceso continuo del arte y que culminará con su gran obra final la Capilla Rothko en Houston, un edificio octogonal del que cuelgan catorce piezas, más oscuras, más íntimas, más alejadas de un mundo del que él mismo se fue distanciando cada vez más, inscrito en su propia pintura.


Adentrarse en el interior del lienzo
NO ES FÁCIL SALIR indemne de un enfrentamiento con las obras de Mark Rothko. Menos aún si éstas se presentan de una manera particular, adaptadas a la sala como, poco a poco, fue calibrando el propio pintor que debía construirse un espacio que empatizase de manera directa con el espectador, asumiéndolo como una parte más de la obra de arte, atrayéndolo hacia su interior como un gran agujero negro. Bajando los cuadros, colocándolos a unos pocos centímetros sobre la línea del suelo, imponiéndose a la pared, cuya superficie entraba en una lucha permanente con la propia obra de arte e incluso con un espectador distraído. A Rothko cada vez más le preocupaba esa manera de presentar la obra, de generar un efecto espacial más allá del cromático, la pintura se convertía así en un efecto espacial, un entorno meditativo que en la última etapa de su vida, antes de su suicidio en 1970, se incrementó de manera exponencial. Aquella idea del cuadro como experiencia se trasladaba al espacio y culminó en la capilla Rothko en la que el propio pintor intervino incluso en su configuración arquitectónica.
No he tenido demasiadas ocasiones para ver en persona cuadros de Mark Rothko, pero sí que recuerdo, pocas semanas después de la inauguración del Museo Guggenheim de Bilbao una pared en la que se agrupaban varios de ellos. Todavía hoy esos cuadros se repiten en mi memoria, muy por encima del resto de aquella exposición conmemorativa de la inauguración. Aquellas piezas poseían un magnetismo que te obligaba a sentarte frente a ellos, a bucear en ese interior en el que el color lo era todo y en el que un brillo casi mágico generaba un aura de misterio y atracción. Una luz que se explica en este libro a partir del conocimiento que tenía el pintor sobre la pintura del Quattrocento italiano, y el uso del temple al huevo que le otorgaba una livianidad y frescura a la pintura, incluso empleando colores muy oscuros, como sucedió al final de su vida.
En el libro ‘La luz es más antigua que el amor’ (2010), el escritor, Ricardo Menéndez Salmón, recientemente galardonado con el Premio Seix-Barral de novela, se refiere a su encuentro con la pintura de Mark Rothko en clave de un deslumbramiento del que no fue consciente hasta transcurrido bastante tiempo. Como si esa pintura tras ser vista permaneciese latiendo en su interior de espectador tantos años después. Ese es el sentido de trascendencia que tiene la pintura de Mark Rothko, la finalidad última de su pintura, la de empatizar con quien se sitúa ante sus piezas asumiendo la pintura como una idea, una experiencia que nos marca de manera indefectible para el resto de la vida. Ricardo Menéndez Salmón finaliza uno de los fragmentos de ese libro maravilloso con unas palabras del propio Mark Rothko tras las que poco más hay que decir: «Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro de ella».



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 22/05/2016

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