sábado, 6 de febrero de 2016

El dolor del fuego

«...Del horror de la noche/sólo la noche y tú fuisteis testigo./Más tú ya dieras testimonio/como la simple luz en que la noche/del combatiente oscuro desemboca en tiempo de dolor/testimonio de ti...»
(Fragmento de ‘Compañera de hoy’ de José Ángel Valente)


Pocas situaciones duelen más que ver arder tu ciudad. Presenciar como las llamas consumen aquello que ha formado parte de tu paisaje durante muchos años, hasta el punto de sentir ese pedacito como un fragmento más del puzle en que se convierten nuestras vidas. Un dolor que aumenta cuando ese fuego se aproxima o toca algún órgano vital de la ciudad, como pueden ser edificios emblemáticos o el propio casco histórico.
Ver arder el inmueble en el que entre otros afectados se encontraba La moda ideal me recordó el incendio de San Francisco que también presencié. Aquella columna de humo que presagiaba el desastre que al final fue nos convocó a muchos de los que penábamos la noche pontevedresa para contemplar como el fuego borra en minutos lo que muchos años han ido construyendo. Aquella vez hubo lágrimas al alba, lágrimas que se repitieron en la noche del lunes. Otra noche de fuego y crujir de dientes en esa misma Ferrería. Es el dolor del fuego, el sentir que algo, en principio ajeno, se consume, entendiendo, por fin, que lo que se está perdiendo forma parte de todos nosotros. Hayas comprado o no en La moda ideal, ¿quién no se ha detenido alguna vez en sus escaparates, asomado la cabeza para ver su espectacular interior o, simplemente, coincidir ante él protegiéndose de la lluvia bajo los Soportales que acogían esa tienda con más de cien años de historia? Ciudadanos y ciudad formando parte de un todo.
Como aquella otra noche, el magnetismo de la destrucción y el dolor congregaron a un gran gentío ante el fuego. Personas que presenciaban la cruel escena, pero que también y esto sí que era imposible entonces, rebotaban fotografías y vídeos de manera compulsiva. Otros tiempos, sin duda, pero lo que permanecía en todos ellos era, inalterable, una mezcla de confusión y pena, también de miedo por lo que podía llegar a suceder, como era el multiplicar las consecuencias del fuego, perdiéndose muchas más viviendas.
Como siempre, entre el tumulto, entre la fauna de la muchedumbre, tenemos a los listos que siempre hay, los que echan pestes en voz alta de unos bomberos que llevan ya trabajando tiempo en otra zona del incendio, individuos que parece que estuvieron extinguiendo el fuego de las Torres Gemelas y que sabían perfectamente como apagar el incendio en cuestión de segundos. Y luego tenemos a los que abuchean y silban. Abuchear y silbar a un bombero. ¡Alucinante! La futbolización de la sociedad. Otros enseguida empiezan a atar cabos, a culpar al modelo de ciudad del inexistente retraso de los bomberos. Que si los lombos por aquí, que si barreras por allá... el laberinto del Minotauro. El fuego alienta el odio de unas personas repletas de rencor en su interior, gente que, en vez de pensar en ciudad, piensa en términos de venganza. Lamentable.
Y ahora las cenizas, el rescoldo de lo llorado. Cuando el pintor Leopoldo Nóvoa recuperó las cenizas del incendio de su estudio parisino. Polvillo gris de cuadros, pinceles, libros, vida.... lejos de derrumbarse articuló un nuevo discurso, un mecanismo de lucha contra la cabeza baja y el desánimo para reinventar una nueva vida a través de una nueva obra que incluía a las cenizas como un ingrediente más. «Aunque sea ceniza cuanto tengo/hasta ahora/cuanto se me ha tendido a modo/ de esperanza». Así finaliza José Ángel Valente el poema ’Serán ceniza...’, versos para intentar entender lo que se esconde bajo esa negrura que deja la pérdida, el fin de la esperanza. Ese abismo que engulle el tiempo y hace de lo material un suspiro. Ese edificio será siempre el de La moda ideal, pero ahora toca futuro, la reinvención, el cicatrizar la herida que padece el corazón de esta ciudad. Todavía serán muchos los que en sus paseos por ese corazón llamado Ferrería hundan sus ojos en unos huecos teñidos de luto. Algunos recordarán el interior de la tienda, otros pensarán en lo bien que lo hicieron los bomberos que, milagrosamente, impidieron que el fuego saltase de edificio en edificio y otros, claro, seguirán pensando que había otra manera de resolver la situación, que si ellos estuviesen al frente del operativo y hasta de la ciudad el fuego no sería fuego y el negro sería blanco. A los demás lo que nos queda es, simplemente, el dolor del fuego.




Publicado en Diario de Pontevedra 6/02/2016
Fotografía: Espectadores en la Ferrería contemplando las consecuencias del incendio del pasado lunes. (Javier Cervera-Mercadillo)

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