sábado, 23 de enero de 2016

Fin de poema

.... Tú lloras debajo del llanto/ tú abres el cofre de tus deseos/ y eres más rica que la noche./ Pero hace tanta soledad/que las palabras se suicidan.
[Fragmento de ‘Hija del viento’
de Alejandra Pizarnik]
 
Alejandra Pizarnik
Hay libros que se sujetan a los dedos como una ventosa. Libros que una vez que los dejas ya leídos crees que formarán parte del olvido, pero de los que surge una especie de silencio imantado que te obliga a regresar a ellos, a encontrarte de nuevo con sus páginas, a rastrear más a fondo entre sus líneas, a hociquear entre unas palabras en las que sabes que siempre encontrarás algún tesoro. Uno de esos libros lo firma Juan Tallón, uno de nuestros soles columnísticos de los domingos. Tenemos varios, no se crean, Cota, Jaureguizar o Manuel de Lorenzo, y esperamos a uno más, estén atentos, personas que cuando escriben dejan un néctar pegado a la página gracias al cual nos relamemos a lo largo de toda la semana.
El libro, editado por Alrevés, se titula ‘Fin de poema’ y es una maravilla, sin más contaminaciones adjetivas, sin más filigranas expresivas, simplemente, una maravilla que, paradójicamente, hace de las horas finales de cuatro reconocidos poetas todo un argumentario literario de primer orden. Cuatro episodios de la historia de la literatura que tan bien conoce el escritor ourensano, como nos demostró en otro libro enorme, ‘Libros peligrosos’. A partir de esos cuatros capítulos Juan Tallón es capaz de redimir el propio hecho literario desde lo hermoso y lo lírico, cuando lo que se cuenta son cuatro citas luctuosas, cuatro caídas por el barranco interior de la desesperación y la intolerancia propia, alentadas por esa deriva del genio que inunda a tantos escritores incapaces de contenerse entre las tapas de un libro, desbordándose por su propia existencia, y convirtiendo a cada uno de esos autores en el pajarillo enjaulado de la mina. 
Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater, son los palos de la baraja que con tanta maestría pone ante nosotros Juan Tallón. Cuatro ases de la poesía. ¡Es jodido ser poeta! Intentar condensar la vida y sus embestidas en unas pocas palabras. Dejar entre el sórdido blanco de la página una palabra espectral, una presencia que denote una ausencia. Sombras de una vida que, como el Nosferatu filmado por Murnau, asoman sus garras suspendidas, acompañándonos para mostrar lo que nos depara ese territorio inhóspito.
«La insatisfacción es la única felicidad que le queda al poeta. Y la mayor desgracia», se despacha Juan Tallón, en una de las innumerables frases que podríamos entrecomillar para hacer medianamente leíble este artículo. Frases que te embadurnan de arriba a abajo, a las que te agarras para intentar comprender esas vidas. Pero también para la ejemplificación de cómo un escritor puede regurgitar esas existencias convirtiéndonos en cómplices de sus entrañas, de un incendio interior originado por la combustión de unas palabras que, como el oxígeno ante la llama, cuanto más se agita, más intensidad alcanza el fuego. Y al final, las cenizas.
Juan Tallón se corporeizará (poco, que es fino asceta) el próximo jueves en la librería Cronopios, para firmar y presentar el libro ante los micrófonos de Onda Cero comandados por Susana Pedreira. Sigan sumando talento y brillo. Y lo hace en territorio Cortázar,  el mismo escritor que le enviaba paquetes desde París a Buenos Aires llenos de poemarios a Alejandra Pizarnik, como salvavidas arrojados al Atlántico ante el naufragio que se intuía a los pies de la Torre Eiffel y a los que poder asirse, en un último intento de salvación. Pero eso, claro, ya depende de uno mismo. Y eso es lo difícil, lo que trasciende de estos cuatro derrotados, el escaso interés por sí mismos, por confiar en sus posibilidades como seres humanos, al tiempo que son conscientes de sus posibilidades como autores fragmentados a lo largo de versos y poemarios que a todos nos deslumbran mientras a ellos los iban sepultando palada tras palada. En esas toneladas de tierra el autor pone un pie en lo real y lo irreal, en lo cierto y en lo incierto, líneas difusas que se van cruzando de manera asombrosa hasta el punto de hacernos dudar de todo. ¡Ah, qué bien se está en la duda! Donde todo puede suceder, donde nada es certidumbre y todo es poroso. Intersticios en los que el escritor se vuelve poderoso domando a sus monturas, línea a línea, palabra a palabra. «Ser poeta es ocupar los espacios con los ojos cerrados», escribe Tallón, al tiempo que condensa esas existencias en numerosas anécdotas, respiraderos entre la tensión trágica, al tiempo que son evidencias de la bancarrota emocional. Como la de esos poetas que mantenían una tertulia en Lisboa. Una tertulia en silencio. Sin palabras. Tardes y tardes, hasta dos décadas de silencios, cuando en una sesión uno de ellos exclamó: «El café está malísimo». Acusado por el resto de charlatán la tertulia se disolvió al instante. 
El editor Carlos Barral recomendaba no acudir a la poesía a expresarse, sino para averiguarse. Nuestros cuatro protagonistas así lo hicieron, convirtieron su poesía en una interrogación permanente. En una radiografía íntima positivada en una tristeza cada vez mayor. No dejen pasar la oportunidad de leer este libro, llévenlo pegado a sus dedos, exíjanle una firma a su autor, merecedor de rubricar su nombre junto al de estos cuatro fines de poema. Suban al carromato de los Bundren, el itinerario faulkneriano de ‘Mientras agonizo’, que ahora Juan Tallón pone en circulación ante nosotros, para que, desde ese cortejo fúnebre por él elegido, calibremos las diferentes caras del ser humano ante la muerte, ante la marchita soledad que brota entre millones de lectores. «Hace tanta soledad/ que las palabras se suicidan». 


Publicado en Diario de Pontevedra 23/01/2016

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