lunes, 31 de agosto de 2015

Valente completo


Encerrado en un libro IX

Más de 900 páginas con las que uno no deja de relamerse. Más de 900 páginas para intentar entender a un hombre, a un poeta nacido en Galicia, pero que, como a tantos otros, se le niegan honores y alabanzas. “Se fue en el viento,/volvió en el aire”. Porque sí, José Ángel Valente era gallego, es gallego. Nacido en Ourense, en 1929, su vida se desplegó por diferentes itinerarios, como sus poesías, de aquí y de allá, geografías de una vida que se hacía palabra e intuición a través de una mirada amplia que intentaba comprender el mundo, y sobre todo al hombre a partir de ese punto irrenunciable, espacio de no retorno, como es la palabra. Madrid entre 1948 y 1954, Oxford entre 1954 y 1958, Ginebra entre 1958 y 1982, París entre 1982 y 1985 y finalmente Almería, entre 1985 y 2000, para fallecer en ese último año en Ginebra, son las geografías, siendo las palabras la suma de todas esas ciudades vividas y la aproximación al ser humano.
Más de 900 páginas que ha reunido Galaxia Gutenberg como la ‘Poesía completa de José Ángel Valente, en una edición a cargo de Andrés Sánchez Robayna, quien ya había seleccionado una maravillosa antología poética para esa misma editorial bajo el título de uno de los poemarios de Valente más cautivadores: ‘El fulgor’. Más de 900 páginas repletas de poesías, traducciones, ensayos, prosas, pensamientos, otros poetas… para sumergirnos en una poesía absolutamente brillante, esa que te ilumina verso tras verso, poema tras poema, página tras página. Un delirio en el que uno se sumerge lentamente pero que a medida que se interna más en él comprende el verdadero valor de la poesía como acto de expiación de aquello que somos o que intentamos ser. El propio poeta habla de la poesía como de “la experiencia abisal”, un descenso hacia el interior de nosotros mismos a través de esa gruta que es el mundo. En esta brutalidad de libro, por su contenido, esa gruta se despliega en numerosas galerías, los poemarios de toda una vida, pero también esos otros deambulares por el mundo que le aproximaron a diferentes poetas a los que tradujo, caso de Donne, Keats, Dylan Thomas, Cavafis, Celan o Hölderlin. Todos ellos establecen una especie de puesta en común, un sentarse a la mesa para convocarnos a una sublimación del hecho poético de imprevisibles consecuencias para cada uno de los lectores. Pero ese tener al Valente completo en las manos lo que provoca es una inusitada emoción, abrir el libro por cualquier página para caer rendido ante su concepción poética, ante su transcripción de lo mundano, ante su postura desde el lenguaje para estudiar, como el entomólogo, a todo este insectario del que formamos parte. 
Al enfrentarnos a todo coloso cada lector se detendrá en sus propios desfiladeros, en esos lugares en los que la poesía te aprieta y te despoja a jirones de tu ropa para dejarte simplemente como uno es, con la piel al aire, al igual que hace el poeta con la palabra y su manejo. De nuevo la palabra, una y otra vez como síntoma, pero también como aliviadero, como descarga eléctrica para reactivar nuestro cada vez mayor estado de apatía ante lo que nos rodea. La poesía como polaridad entre el ser y el estar. “Pues más allá de nuestro sueño/las palabras que no nos pertenecen,/se asocian como nubes/que un día el viento precipita/sobre la tierra/para cambiar, no inútilmente, el mundo”.
 Y ante la redención de la palabra, la noche. Pocos poetas han hecho mejor poesía con la noche que José Ángel Valente, su noche se descorre entre los poemas como una suerte de cautivación total, como la navaja que rasga el ojo y desprende todo su humor para envolverte como una parte más de ella. “Y todo lo que existe en esta hora/de absoluto fulgor/se abrasa, arde/contigo, cuerpo,/en la incendiada boca de la noche”. Está el poemario plagado de noches que hacen cuerpo con el lector para volverse una identidad común, esa complicidad con un escenario de nuestra vida casi siempre desprestigiado por un devenir histórico y cultural al que ya nos hemos adaptado sin rechistar. Pero Valente y su poesía rechistan. Nos conducen a la contestación, a la pancarta del verso como reafirmación de nuestra identidad y nuestra libertad frente al mundo. Al libérrimo acto de la lectura que, como con pocos autores, se puede llevar a cabo como con y desde José Ángel Valente.
Y un tercer elemento, la luz. La luz que ustedes quieran, el resplandor del amor, la luz de la luna, el brillo del pasado, la luz del tiempo. “No me basta mirar;/la luz no basta./Porque he mirado en vano tantas veces,/tantas veces en vano creí ver”. Un resplandor, un helador misticismo que se instala ante nosotros, un admirado San Juan de la Cruz acrisolado en un nuevo tiempo que busca germinar la palabra, o mejor dicho, hacer germen de la palabra. Sencillez para envolver y explicar la complejidad. Una aparición fulgurante que, como la luz, es palabra y en ocasiones noche.
Todo eso y más es José Ángel Valente, un islote en el mundo de la poesía, alejado de corrientes y grupos generacionales, una especie de Octavio Paz a este lado del Atlántico, un lobo solitario alejado de la manada que aúlla en las noches, negras como el azabache, para romperlas con la rotunda fragilidad de la palabra, su secreto, pero también su arma más poderosa, esa que se rebela en más de 900 páginas que no hacen más que enarbolar la bandera de la palabra en la conquista de la poesía, un territorio del que pocos salen triunfantes, y menos con esta solvencia. Acabó José Ángel Valente su poesía con versos en gallego, un latido siempre presente que, cuando la noche se presentía, necesitaba otra luz. Su luz.


Publicado en Diario de Pontevedra 29/08/2015

sábado, 22 de agosto de 2015

Tiempo amarillo


Encerrado en un libro VIII


Pocas obras son tan gozosas en su lectura como didácticas y esclarecedoras de un tiempo y un arte como ‘El tiempo amarillo’. Un libro ya canónico para entender la historia del cine español y hacerlo a través de la mirada lúcida y escudriñadora de una de las mejores mentes artísticas del siglo XX en España. Fernando Fernán Gómez escribió este texto a modo de autobiografía, pero sobre todo, como retrato del universo de los cómicos del que él era el patrón, el rey de la manada, con sus rugidos y sus lametazos de cariño y protección, pero sobre todo con la convicción perpetuada, década tras década, de que este país no era todo lo agradecido con ellos que debería haberlo sido por lo mucho que todos ellos: escritores, autores teatrales, actores, actrices, directores, guionistas, decoradores, productores... habían aportado a un país habitualmente casquivano y mediocre con aquellos que se mueven en el ámbito de la cultura.
El vibrante prólogo escrito por Luis Alegre, deja bien a las claras lo que simboliza este hombre convertido en un mito que en su caverna acogía a todo aquel que se cobijase bajo su sombra como a uno más de la tribu. Su mirada, altiva y distante, se convertía entonces en acogedora y sobre todo en una espiral vertiginosa hacia su propia historia y la de su trayectoria profesional, rara vez igualada desde otra personalidad de nuestra cultura. Mi comparación de Fernando Fernán Gómez con algún personaje del cine de Hollywood se concentra claramente en alguien que cuando podía huía de aquella hoguera de las vanidades y corría a refugiarse a algún rincón europeo. Fernando Fernán Gómez es nuestro Orson Welles. Hablamos de este tipo de figuras abrumadoras, capaces de moverse por numerosos terrenos creativos, siempre dentro de unos parámetros tan personales como irrenunciables,  dejándonos un legado maravilloso, tanto a nosotros como a las generaciones futuras.
Son universos inagotables, que se van realimentando cada vez que uno se asoma a ellos, cada vez que uno descubre algo nuevo, como nos ha sucedido este verano con la recuperación y proyección en los cines de una de sus películas más importantes, ‘El mundo sigue’, junto con ‘El extraño viaje’ ejemplos de que lo que el propio director califica como «cine maldito», y que tuvo un estreno clandestino hace 52 años siendo retirada de la circulación por la censura franquista confinándola a filmotecas y espacios restringidos. Pero lo bueno acaba subiendo a la superficie del océano de la ignorancia, tan amplio como profundo, y así es como este verano esa película nos ha vuelto a poner frente a frente al inmenso talento de Fernando Fernán Gómez. El mismo ante el que ya nos habían puesto David Trueba y Luis Alegre en otro monumento artístico como es ‘La silla de Fernando’, una amplia conversación grabada con el actor para conocer de su propia voz muchas de esas impresiones y reflexiones a las que sus amigos accedían en reuniones privadas pero a las que el resto de los mortales no teníamos acceso. Pues junto a estos dos pilares de su obra tenemos ahora la feliz reedición de su autobiografía a cargo de la editorial Capitán Swing, que tan extraordinario trabajo está llevando a cabo en la publicación de libros muy bien escogidos e interesantes, y volviendo al símil wellesiano, no puedo dejar de recomendar las conversaciones entre Peter Bogdanovich y Orson Welles publicadas bajo el título de ‘Ciudadano Welles’ en este mismo sello editorial.
Pero regresando a ‘El tiempo amarillo’ por él nos conducimos desde la memoria de Fernando Fernán Gómez a través de ese siglo marcado en nuestro país por una guerra civil. Esa marca permanece en el libro como el metrónomo a partir del cual medir los ritmos que medía el niño, el adolescente, el joven que empezaba a ser actor, el hombre maduro que confiaba en sus proyectos o ese ser ya desencantado que cada vez volvía más ácida esa mirada hacia el exterior. Junto a las experiencias cinematográficas el actor es capaz de describir todo un paisaje de décadas y décadas de este país a partir de Madrid y cómo la ciudad se articuló desde diferentes puntos de vista en relación a cada tiempo que se sucedía. Películas más o menos malas, los creadores que confiaron en él (Jardiel Poncela y Sáenz de Heredia, las penurias económicas, el éxito tras ese ‘Botón de ancla’ rodado en Marín y cómo ese elemento de triunfo que debería llenarnos de orgullo se convierte en un arma de autodestrucción ya desde bien atrás en el tiempo, el Café Gijón (toda una universidad de la vida), ‘Balarrasa’, Ava Gardner, el champán en privado tras la muerte de Franco, los homenajes en los ochenta, ‘El viaje a ninguna parte’, trasunto de todo ese tiempo amarillo de cómicos de la legua, estampa doliente de un país arrebatado de sí mismo, ‘Belle Epoque’ y ese remate del libro en 1998 con la última película que se cita, ‘La lengua de las mariposas’, que nos trajo a Pontevedra a Fernando Fernán Gómez, de la mano de José Luis Cuerda. Ausente desde 2007 ‘El tiempo amarillo’ y su inmensa obra son el mejor argumento para entender a un hombre hecho desde su profesión, pero también desde un tiempo ya solo contenido en un libro.


Publicado en Diario de Pontevedra 22/08/2015
Fotografía: Fernándo Fernán Gómez en Pontevedra durante el rodaje de 'La lengua de las mariposas' en 1998. (Miguel Vidal)

jueves, 20 de agosto de 2015

Antón Sobral na Casa da Parra


¡Eh, os da nave! ¿Víchedes a Balea Branca?
(‘Moby Dick’. Herman Melville)


Un berro e unha pregunta. Ambos arroxados ao mar. Palabras nunha inmensidade. Desexos e loucuras envoltos por escumas. Versos, pinceladas, accións, paisaxes, conversas, beleza, paseos, sentimentos, proxectos, vida. Todo isto é Antón Sobral. Todo isto cabe nese fardelo sempre cheo co que carga o pintor cando sae a navegar, cando se bota ao mar na procura dese vento na cara que lle faga sentir vivo, porque iso é ao único que aspira Antón Sobral a sentirse vivo, a que a súa pel se erice ante as emocións, ante aquilo que unha comprensión chea de epicureísmo da vida pode outorgarlle ao ser humano.
Non son precisos os cofres cheos de moedas de ouro, nin as grandes mansións, nin tan sequera unha viaxe a terras paradisiacas para acadar esas sensacións, simpremente abonda mirar con eses ollos azuis, cheos de mar, á vida dun xeito intelixente, confiando no moito que ela nos pode agasallar. Unha posta de sol, un paseo por un xardín, una boa película, escoitar recitar a un poeta, un aturuxo ou un cadro de Turner… experiencias que se van amontoando na bodega que todos temos, e máis Antón Sobral, o compoñente dunha tripulación que, dende o seu estudo preto das nubes, contempla a vida alborexado polo que sempre está por vir. Mareas de cousas que impulsen os nosos latexos, dunhas emocións que sempre están por chegar, a elas débese o noso capitán para encher as velas dos mellores aires para a travesía.
Non se entendería a Antón Sobral sen esas viaxes, sen esas emocións que dende un lenzo, unha fotografía, ou un apuntamento nun caderno arrincan para achegarnos, trala súa reflexión, algúns dos seus traballos, dende ese intre nós mesmos somos parte xa desa tripulación, desa tropa preparada para a experimentación e a navegación polo Océano Sobral, o gran mar da nosa cultura, un vaivén de ondas que non se moven só pola pintura senón por unha actividade cultural de abisal percorrido na que un se pode ver enseguida seducido pola beleza, polas sereas que tantas veces acompañan ese labor. Sons que conflúen para inzar un traballo que empatiza sempre co espectador que se sinte a gusto entre unha obra afastada de complicacións estéticas e que se mergulla no contacto directo coa súa sensibilidade, con ese home que tamén precisa a cultura como un salvavidas ao que suxeitarse, máis aínda nestes tempos de temporais e tormentas.

"Vosotros que tenéis los ojos cansados y doloridos,
alegradlos ante la inmensidad del mar”
(‘Al mar’. John Keats)



Coa súa pintura Antón Sobral reflicte o mar, o seu mar, ese océano apelidado coma el, no que a escuma e as ondas son a pel na que refuxiarse, a serea coa que compartir solpores e alborexadas, xornadas de contacto coa área e as ondas, pero tamén as nubes e as raiolas de sol, as illas con corpo de muller e os horizontes que nos falan doutro mar no que tamén navegar, eses mares son os das poesías, os das películas, os das músicas, os das intervencións na natureza, os das conversas… encalmadas das travesías nas que Antón Sobral amosa a súa faciana de animador ou promotor cultural, sempre con algún proxecto sobre a táboa, algunha iniciativa que enche coa súa complicidade e a súa longa ringleira de amizades sempre devezosas de subir a bordo. Xuntarse a Antón Sobral é xuntarse a alguén que sabe facer deste camiñar pola vida unha auténtica experiencia chea de motivacións. Afastado de bandeiras o seu barco só iza a bandeira da beleza, unha patria na que acubillarse cando todo semella perdido, un camiño de redención no que o ser humano sempre atopa acougo para ao final entenderse a si mesmo. A arte de Antón Sobral ten moito de comprensión dun mesmo a través da experiencia artística entendida coma un proceso de depuración íntimo colocándonos fronte a diferentes escenarios como aquel home de Friedrich abocado ao diálogo directo coa contorna, con aquelo que nos rodea e que tantas veces desprezamos. Dende esa posición, case como subidos ao mástil da vela maior, debemos buscar como fai o propio Antón Sobral a nosa propia Balea Branca, otear o horizonte na procura dese chorro de auga que identifique a nosa presa entendida como un descubrimento de nós mesmos, unha recuperación da nosa capacidade para experimentar, para sentir, para deixarnos levar máis aló da nosa plúmbea cotidianeidade, entón será cando pechemos os ollos, cando entendamos que as maiores conquistas, as maiores aventuras, xurden da nosa maneira de relacionarnos coa arte, coa pulsión do home por crear, por traducir en obras todo aquelo que nos engaiola, pero tamén que nos perturba e somete.
Esa Balea Branca que se converteu en obsesión para o capitán Ahab para Antón Sobral non deixa de ser un ser imaxinario co que baterse ante cada reto, ante cada obra, e para iso cada vez menos importa o xénero da peza. Aquel pintor canónico foise mergullando cada vez máis noutros territorios acadando unha fértil hibridación de disciplinas artísticas que van dende a fotografía á danza, pasando polo vídeo, as intervencións na natureza ou a poesía para tentar botarlle man a ese soño imposible, que aparece e desaparece, que sube a superficie pero que tamén pode pasar moitas xornadas baixo as augas, pero a pintura sempre se amosará como a gran rede, o gran sustento para enfrontarse ao mundo, xa que, como escribe outra das debilidades de Antón Sobral, John Berger: “A pintura é, máis claramente que calquera outra arte, unha afirmación do existente, do mundo físico ao que foi lanzada a humanidade”. Nese mundo físico e nesa afirmación temos a Antón Sobral como o mellor pintor do mar en Galicia, e iso é moito dicir, na terra das mil augas, do engaiolante universo de Urbano Lugrís o mar de Antón Sobral é o mar de verdade o mar ante o que un sente como lle salpica a bravura das ondas ou como sente o axouxere dun vaivén que nos move como un gran reloxo que sempre está en hora. Xaora o mar de Antón Sobral é un mar sintetizado en augas e ceos, afastado de distracións, en definitiva, o marco axeitado para que todos atopemos as nosas Baleas Brancas. O noso propio eu.

Texto do catálogo da exposición 'Locus horridus#Locus amoenus' que se pode ver na Casa da Parra de Santiago de Compostela ata o 16 de setembro.

martes, 18 de agosto de 2015

A (re) invención da paisaxe


Rue Saint-Antoine nº 170
O Museo de Pontevedra propón ata o 30 de agosto unha reflexión sobre a paisaxe como escenario habitual das nosas vidas. A partir dese escenario doce artistas farán as súas propostas para reflectir coa súa obra como é esa relación entre quen a menudo é o seu máximo depredador, pero tamén quen saben que nel pode estar a felicidade


GALICIA É pura paisaxe. Pura relación entre os seus habitantes e unha contorna chea de matices e posibilidades para vivila como unha experiencia sensorial, pero tamén artística. Unha das bondades que ten a arte, e os artistas, é a de poder achegarse á realidade e convertela nun fragmento íntimo que recolle todo aquilo que esa paisaxe lle pode suxerir ao artista. ‘En (re) torno a paisaxe’ búscase precisamente iso, enfrontar a unha selección de artistas con ese ámbito natural ao que estamos afeitos dende que somos pequenos, co que nos relacionamos ao longo de toda a nosa vida e que vemos cómo se transforma ou modifica, ás veces de xeito natural, e outras, probablemente ás máis, e de xeito lamentable, pola incursión do insensible home.
Baixo o comisariado de Paula Cabaleiro os doce artistas plantexan a súa saída ao exterior e o seu regreso ao interior do Museo dende unha reinterpretación contemporánea e chea de motivacións para o espectador que (re) interpreta a paisaxe a través da propia visión do creador. Para levalo a cabo o artista hoxe válese das inmensas posibilidades que a expresión artística lle permite para (re) inventar un xénero artístico, abofé que o primeiro que motivou ao home a facer arte. A representación da natureza dende a prehistoria converteuse nun punto de experimentación para pescudar nesa relación entre o home e a súa contorna.
Doce creadores galegos, diversos, en estilos e xeracións, converxen para artellar este novo ecosistema. Percorrelo e saber o que se agocha baixo ás súas sensibilidades converte esta visita á exposición nun espazo para a reflexión, onde cada obra ten o seu lugar sen interferencias entre elas facendo desta visita un momento moi agradable. Cada un dos artistas protagonistas teñen tamén a súa propia vivencia ou experiencia sobre o vivido fronte á natureza, a esa paisaxe cos leva envolvendo dende que naceron e da que comprenden a súa importancia como berce dunha identidade común.
Elena Fernández Prada acude a dous escenarios clásicos da historia da arte. O inferno e o paraíso. Paisaxes que se transforman para dende a pintura, e dende a idea da paisaxe que se facía nesas pinturas, achegarnos dúas imaxes, do presente, dúas paisaxes, unha dese terror mediático ao que xa estamos afeitos, e outra dese paraíso dun pracer sinxelo, de pés e pernas en contacto co céspede.
Fernando Casás non representa á natureza, senón que nos presenta a esa natureza a través dunha serie de fragmentos que se dispoñen ao longo dunha parede. Unha espectacular peza na que a natureza fálanos de xeito directo para que vexamos como nun fragmento reside unha fonda capacidade de suxestión.
Jorge Perianes cautívanos dentre a entrada da exposición coa súa peza. Unha peza que nos reclama como a abellas pola súa beleza, polo que é quen de facer para conquistar o espazo onde se fixo esta obra ex profeso polo propio autor que a foi rematando unha vez aberta a exposición para que o espectador formase parte tamén dese proceso íntimo do creador aquí aberto ao público, como esa natureza que se abre entre as fendas para atopar o seu lugar.
Manuel Sendón colócanos ante nós mesmos. Ante esa paisaxe made in Galicia de casas a medio facer, de espectaculares vistas colapsadas, de aberracións urbanísticas e paisaxísticas que, aínda así, son quen de acadar un certo punto de beleza ao formar parte dunha paisaxe que as captura e as integra nas súas posibilidades.
Ruth Montiel fai que miremos cara o ceo, facendo visible o invisible, unha contaminación que descoñecíamos pero que é real.
Carmen Nogueira traballa na paisaxe urbana, na relación entre arquitecturas recentes e as que se atopaban nesa paisaxe e se atopan aferradas á memoria dos seus habitantes. Estudar a relación das vivendas da rúa Serra co propio edificio do Museo é construír unha nova paisaxe dende o contacto humano.
Lois Patiño mergulla no seu cine a natureza cun papel protagónico. Aquí primeiro a auga e despois a terra, redimensionan a nosa posición nesas cosmoloxías.
Carla Andrade abre o fascinante foco das súas fotografías á inmensidade vertebrada por un camiño onde se coloca o visitante como parte do seu propio itinerario pola natureza.
Vari Caramés enche de misterio este percorrido, a súa fotografía, impoñente, énchenos de dúbidas e de preguntas sobre que acontecerá ao dar a volta nese camiño.
Sara Coleman texe a paisaxe. Fía unha orografía que colga do aire pero que baixa á terra para que atopemos diferentes percepcións dalgo tan endeble coma nos pode parecer pero que logo se revela como un descubrimento.
Pamen Pereira, fusiona diferentes elementos naturais pero marabíllanos con ese frasquiño de perfume paisaxístico que está a nosa espera. Un tempo suspendido pendente de suceder e de evocar.
Iago Eireos, sorpréndenos coa súa capacidade de suxerir, de facer da pintura un espazo do que fluír elementos para compoñer unha instalación impactante.
Doce paisaxes arredor dunha gran paisaxe, a dunha terra que é paisaxe e tamén inspiración para estas doce miradas fascinantes.



Publicado no Diario de Pontevedra 18/08/2015

lunes, 17 de agosto de 2015

A paisaxe humana

Pechado nun libro VII

Un dos grandes carballos da nosa cultura. Parte senlleira dunha paisaxe humana e humanizada de cuxas pólas aínda hoxe abrollan os rebentos que non deixan de facer de Galicia unha terra de seu, un fogar dende o que artellar un discurso de saudade e afouteza ante a liberdade universal. Un deses gromos é este libro imprescindible xa para quen queira afundirse na identidade de Ramón Otero Pedrayo, remexer nas súas raíces pero sobre todo percorrer esas pólas feitas troncos nas que, ao longo do século XX, non foron poucos os que se colgaron delas non só para facer o seu propio discurso, senón para nutrirse dunha xigantesca figura que chegou a moitos dos terreos precisos para que unha terra desenvolvese o seu potencial social, cultural e humano. Unhas raíces chantadas firmemente nesa Casa Grande de Trasalba fortaleza de galeguidade que a carón da Casa Museo de Rosalía de Castro compoñen os pés graníticos de dous séculos de galeguidade, a do XIX do Rexurdimento e a do XX desa xeración Nós que encarnou a necesidade dun pobo desperto e renovado dende o zume nutricio da cultura dun país, sen medos ao exterior e sobre todo, xuntando ombreiro con ombreiro con calquera outra realidade nacional.
Atinou a Editorial Galaxia, da que el mesmo foi fundador en 1950, con este volumen, sobre todo polo plantexamento do mesmo ao facer de ‘Ramón Otero Pedrayo. Unha fotobiografía (1888-1976)’ unha leira ben arada, chea de regos que amosan por onde levou, co seu forte carácter e as ideas ben clariñas, sen sucumbir en ningún momento a cousas que lle podían favorecer en tempos complexos, pero que significarían torcer eses regos, e aquí todo está ben dereitiño. E se había que refuxiarse en Trasalba a esperar que todo mudase, agochábase un nese templo no que aínda hoxe, grazas ao labor da Fundación que leva o seu nome, mantense vivo ese espírito seu.
A obra, posta en marcha dende a Fundación Otero Pedrayo, a Deputación de Ourense e a Xunta de Galicia, coordinada dende a editorial e construída e redactada por Patricia Arias e Alfonso Monxardín, permite artellar ese itinerario vital no que se recolle moito do que foi a Galicia cultural do século XX, dende as Irmandades da Fala, o Seminario de Estudos Galegos, a Xeración Nós, o estímulo da República, as esperanzas do Estatuto de Autonomía, a miseria da Guerra, o exilio interior, a conexión coa emigración de Bos Aires, Castelao, o alento do galeguismo baixo a noite de pedra, a docencia e as penurias económicas. En definitiva, toda unha paisaxe envolta nun corpachón e unha mente chea de cousas por facer, aínda que os anos se fosen xuntando un enriba dos outros. E todo ese devir o libro amósao dun xeito distendido sen  caer no aburrimento ou en profundidades recelosas para o lector que ademais non deixa de gozar coa cantidade de material que acompaña aos textos, documentación abondosa e unha chea de fotografías nas que non só recoñecemos ao protagonista do libro, senón tamén a todo un país que tivo en diferentes actores aos protagonistas dun escenario que non sempre era o mellor para contar nun libro. Pero foron eles, precisamemente eles, con seus fíos tecidos entre as vilas galegas nas que aínda mandaba máis a pedra co cemento, ou cruzando o Atlántico, os que compuxeron e lle deron forma a un país necesitado de latexar  a un ritmo diferente ao que se lle quería impoñer.
O libro está cheo de momentos que reflicten a importancia do personaxe, xa non só pola súa extensísima obra que recollía auga de manciais como os da novela, o relato breve, o ensaio, a investigación histórica, a xeografía, o xornalismo literario, as guías de viaxes, a crítica de arte, as cartas ou a poesía... senón polo que arrastraba a súa figura ao entrar en contacto con xentes e institucións. Once anos estivo privado de impartir clases en Ourense, expedientado trala Guerra Civil, nunca solicitou o seu reingreso no corpo de profesores, «nunca pedira que lle quitasen o traballo, así que no pensaba pedir que llo devolvesen». O seu amigo Filgueira Valverde que foi na súa axuda en varias ocasións, nunha delas ofertoulle a Cátedra vacante de Historia que había en Pontevedra, só pedíndolle que escribise unha carta privada solicitando o posto, sen ser necesaria unha solicitude oficial. Otero Pedrayo respostou: «Pois ista man miña tén gota, reúma e perlesía para lle escribir ao Ministro (...)». Emocionante tamén o seu rencontro co seu ‘irmán Daniel’ en Bos Aires, en 1947, aquel Castelao do que se despediu sabendo que xa o non o voltaría a ver máis, aquel Castelao que «non se atreve a ver saír barcos para Galicia e que non perdeu o humor, pero que cree co enterrarán en Bos Aires». Os fitos arredor da lingua que ese si que era o zume que o percorría por dentro. Fixo o primeiro discurso público en lingua galega despois da Guerra, en 1949, co gallo do centenario do nacemento de Valentín Lamas Carvajal. Na súa xubilación, en 1958, da Universidade, levou o galego á súa conferencia de despedida e tamén á Catedral de Santiago de Compostela que, nos actos de celebración do seu 80 cumpleanos, en 1968, viu como alí se oficiaba a primeira misa en galego. e que no seu leito de morte, na visita dun ministro de Educación díxolle aquilo de: «Salve el griego, señor ministro, salve el griego».


Publicado en Diario de Pontevedra 15/08/2015

domingo, 16 de agosto de 2015

¡Fandi, Fandi!


Resulta que uno se estruja la sesera para buscar un titular ingenioso que resuma la tarde, y se pasa la semana dándole vueltas al tema. Que si ‘El triunfo de la izquierda’, por si Abellán y El Cid la lían con su mano favorita; que si ‘El Cid resucitado’, por si El Cid vuelve a sentirse torero... pero al final la plaza manda y todo se va al garete cuando empieza a atronar ese ¡Fandi, Fandi! que hace temblar los cimientos de la plaza de San Roque. Así que, clarísimo, ¡Fandi, Fandi! y ahí queda, porque ustedes lo han querido.
Mientras los tres coletas realizaban el paseíllo todavía se escuchaba entre las piedras de A Moureira la voz melodiosa de las sirenas mezclada con el viento húmedo de la ría clamando por la oreja negada a Morante de La Puebla hace una semana. Un ulular que permanecerá prendido de esta plaza durante largo tiempo.
Así nos venía la tarde en un 15 de agosto con toros en Pontevedra, como en los viejos tiempos, en el que se coló una lluvia pesada que hizo del ruedo, pese a su buen y cuidado estado, un espacio que crecía en peligro. Pero esta placita tocada con esa cubierta es una bendición para tardes como ésta que se hacen grandes cuando el espectáculo acompaña. 
Los tres toreros nos dejaron una tarde de esas de disfrutar acompañados por un excelente encierro de Román Sorando que regresaba a esta plaza y parece que para quedarse. ¡Qué estampas dibujaban todos ellos! Y así, con los protagonistas metidos en el ajo resultó lo que resultó. Y es que dos de los coletas, Miguel Abellán y El Fandi, salieron a hombros, y El Cid, se quedó fuera por el poco acierto con la espada en su segundo, pero se llevó una ovación de esas que se incrustan en el alma y resucitan a un torero que, aunque en horas bajas, ha dejado constancia de lo que puede hacer.
Miguel Abellán realizó una muy buena faena a su primero, bien con el capote se descalzó por lo resbaladizo del suelo, algo que repitió en su segundo que le llegó a pisar provocándole una fuerte cojera. En ese primero logro una oreja que repetiría en el segundo con una faena menor, que abrevió por ese pisotón, pero mató mejor y se cobró la segunda oreja.
Pero la plaza quería ¡Fandi, Fandi!, solo con salir su primer enemigo ya reivindicó al torero que, crecido, echó rodilla a tierra y realizó una gran labor con el capote que creció posteriormente al colocar al toro en suerte ante el caballo por chicuelinas. La plaza ya hervía y aun faltaban las banderillas por poner. La marca de la casa puso la plaza en ebullición total. La intensidad bajó con la muleta, que no es el fuerte del granadino, pero todo se fiaba ya a la espada. Una oreja. Quedaba el segundo, un toro hermoso, colorado chorreado, el de más peso de la tarde, 500 kilos, y posiblemente el mejor. Las tres largas cambiadas recuperaron el delirio del primer toro como con los tres excelentes pares de banderillas. Pidió un cuarto par que el presidente denegó. Es su potestad, pero Fandi rompió los arpones de ese cuarto par contra las tablas y simuló su colocación, algo que no debía haber hecho. Una estocada fulminante hizo el resto. Dos orejas.

LA FICHA

Toros de la ganadería de Román Sorando. Extraordinarios en presencia y en juego, bajando algunos en intensidad a medida que transcurría la faena. Llenos de nobleza. ▶ Miguel Abellán. De oliva y oro. Espada cruzada y descabello (oreja). Estocada casi entera y descabello (oreja). ▶ El Cid. De purísima y oro. Estocada desprendida (oreja). Pinchazo, estocada y dos descabellos (ovación y vuelta al ruedo). ▶ El Fandi. De carmín y oro. Media estocada y descabello (oreja). Estocada fulminante (dos orejas). Tercera y última corrida de la Feria de La Peregrina celebrada en la Plaza de Toros de Pontevedra que registró media entrada. El festejo estuvo presidido por José Manuel López Sánchez que contó con el asesoramiento veterinario de Juan Ocampo y de Carlos Ares en el apartado artístico.



Publicado en Diario de Pontevedra 16/08/2015
Fotografía. Rafa Fariña

viernes, 14 de agosto de 2015

Lluvia de terciopelo


Mirábamos al cielo para que no se desprendiesen de él las lágrimas de la lluvia y no sabíamos que el cielo se iba a abrir en el escenario en forma de lágrimas de terciopelo. Cada palabra hecha canción que sale de la boca de Luz Casal posee ese tono acogedor de quien siente unas canciones como parte de un itinerario vital, con gozos y requiebros, con lamentos y alegrías, con amores y desamores, en definitiva, unas canciones que transitan por la vida y que se hacen himno al expulsarse al exterior por la garganta de una mujer que es pura música y puro espectáculo sobre el escenario.
El volcán Luz entró en erupción en Pontevedra justo cuando los cielos se abrieron, tras una calma de bienvenida, el diluvio quiso darle ese tono épico que hace que algunos conciertos se queden en el frasco de la memoria para que los podamos agitar de vez en cuando. El agua ya era cascada y se empeñaba en luchar con ese río de lava que caía del escenario pero Luz se imponía canción tras canción con los temas de su último y quizás mejor disco ‘Almas gemelas’ (y esto en una artista con su carrera es mucho decir) y esos otros temas que llevamos prendidos en el alma como medallas de una vida, algunas brillantes y relucientes; otras ajadas y comenzando a oxidarse. Pero es el tiempo el que las hace recobrar su verdadero sentido, el del tiempo que fueron y el del tiempo que son ahora. Así, a través de ese tiempo, Luz Casal se ha hecho una artista especial y nos ha hecho especiales a todo su público. Ella especial por cantar cada vez mejor, por dotar a su música de una tactilidad increíble y por interpretar de una manera fascinante, sin distracciones coreográficas o de escenarios abrumadores, simplemente a través del cuerpo y la voz de una mujer a pecho descubierto, como en tantas facetas de su existencia, y nosotros, por entender que una voz puede ser la compañía perfecta para este deambular por la vida, una voz que poco a poco va calando en los huesos y que necesitas escuchar de cuando en cuando para continuar el camino. Una compañía cada vez más imprescindible.
Penas que caen, búsquedas entre los recuerdos, lecciones aprendidas, y ese rojo del amanecer que todos queremos ser... así se fueron desgranando las canciones, una tras otra, como cuentas de un collar que uno no se cansa de manosear ni de oír una y otra vez. El público era ya un mar de paraguas que no permitían ver fácilmente a la cantante, pero eso poco importa en un concierto que es para sentir, para dejarse llevar casi con los ojos cerrados. Por los huecos que dejaban esos paraguas veíamos a Luz Casal en el escenario, moviéndose de una manera que solo ella sabe, plena de elegancia, de cadencias al ritmo de la música, coqueteando con el público, gestos y sonrisas, guiños y complicidades. Toda una lección de clase. Sobre ese terciopelo ondulante del fondo se recortaba su figura, primero de azul, después con sus pantalones de cuero negro-su segunda piel y su alma de rockera imperturbable- y finalmente un vestido rojo para refugiarnos en los sueños de la noche, en los deseos del alma y el corazón. ‘Piensa en mí’ cantó, como nunca se cantó en esa plaza, que hasta la palmera washingtonia dejó de mecerse con el viento para con su esbeltez honrar a la cantante.
Y así hasta que la noche y su manto de lluvia dijeron basta. Luz dejó de cantar en vivo, pero lo siguió haciendo en nuestra mente hasta que llegamos a casa y lo seguirá haciendo durante muchos días. A buen seguro que ese concierto solo con noche y estrellas hubiera durado más. En O Porriño, hace unos pocos meses, resguardados en su polideportivo, el concierto se fue más allá de las dos horas, pero el miércoles el escenario era otro bien distinto, el de ser una profesional para eludir la meteorología adversa y salvar un concierto, el de hacer feliz a una ciudad en fiestas y el de no defraudar a quienes tienen a Luz como un alma gemela. Lo que nos quedó claro a todos lo que allí estuvimos es que fue un concierto especial, inolvidable, tanto, que llegamos a pensar que desde el miércoles 12 de agosto de 2015 la humanidad puede dividirse entre los que vieron a Luz Casal cantar bajo la lluvia de Pontevedra y los que no. Eso sí, una lluvia de terciopelo.



Publicado en Diario de Pontevedra 14/08/2015
Fotografía: Lorena Castro

martes, 11 de agosto de 2015

Pontevedra taurina para rato


Dos festejos diversos, como una corrida a pie y otra de rejones, han dejado bien patente en solo 48 horas que Pontevedra quiere seguir siendo taurina, como lo lleva siendo desde hace siglos y siglos en un rasgo identitario que la diferencia de cualquier otra ciudad de Galicia y eso, pese a quien pese, debería seguir siendo un hecho a defender, alejándonos de las modas convertidas en plagas bíblicas. Modas que tienen todo el derecho a defender la vida, tanto del toro de lidia, como del lince ibérico y hasta de los pollos de las avícolas que lo deben estar pasando horrorosamente día tras día a más de cincuenta grados de temperatura, en una agonía lenta y silente. Un martirio al que nadie hace caso, del que toda una sociedad indolente y cruel permanece alejada porque con los pollos no se puede hacer el mismo ruido que con los toros y queda feo manifestarse por defender a una granja de pollos con lo que luce hacerlo por un toro, que seguramente no habríamos conocido de no ser por las corridas de toros. Casi diez mil personas han hecho de la plaza de toros de Pontevedra su referente durante este fin de semana. Lugareños y no lugareños, vecinos ocasionales, turistas, rojos, nacionalistas, de centro y de derechas, rubios, ateos y pecadores confesos, gente de todo pelaje y condición, unos así y otros asá. Pero todos ellos merecedores del mismo respeto que aquellos que se manifiestan contra el toro y el maltrato que sufren, no lo negaré yo, como tampoco niego el de los pollos. Lo que sí niego es la tabla rasa contra el aficionado taurino, el que no puede ni hablar de algo que le gusta como si fuera un pecado y del que se recela hasta en términos políticos. Que ya me dirán a mí que tiene que ver la política con las aficiones.
Pero para que esto no decaiga esta Feria tiene que cuidar muchas cosas. Variar las presencias de los toreros y hacer ternas que impliquen un mayor atractivo, también que desde las ganaderías haya una renovación, que veamos nuevos tipos de embestida acostumbrados como estamos a las mismas divisas o por lo menos que los toros que vengan sean toros con empaque y no encontrarnos alguno como el segundo de Enrique Ponce absolutamente lastimoso. Y cuidar a las Peñas, el corazón de la plaza, y si bien se puede apoyar a aquellas que se estén incluidas dentro de la necesaria Coordinadadora lo que no se puede es penalizar a peñas que llevan mucho tiempo yendo a la plaza y por no estar en esa coordinadora recortarle el descuento en la retirada de los abonos.



Publicado en Diario de Pontevedra 10/08/2015
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo

lunes, 10 de agosto de 2015

"Y después naide"



A Joaquín Vidal
«Primero Hermoso y después naide. Y añadir, según hizo el clásico: después de naide todos los demás.
Y después naide... Hay distintas versiones al respecto. Según determinados autores, quien lo dijo fue el Guerra y otros lo rebaten pues sostienen que era precisamente al Guerra a quien se refería el clásico. Y tampoco hay unanimidad respecto al naide ya que ciertos gramáticos puntualizan que lo que dijo fue naiden pues la n se llevaba mucho a principio de siglo entre las clases populares. Como ahora la s. Hoy habrían dicho naides. (...) De cualquier forma, y a lo que importa, Pablo Hermoso de Mendoza parecía pertenecer a otra galaxia...».
Joaquín Vidal cumpliría 80 años en este 2015 y a buen seguro todavía seguiría escribiendo las mejores crónicas del mundo del toro, algunas como ésta, de la que reproduzco su comienzo, de una tarde de rejones en La Maestranza de Sevilla con Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura en el cartel. Corría el año 2001 y el abril de azahares sevillano acogía en loor de multitudes al rejoneador navarro y a su inolvidable Cagancho.
En Pontevedra los tiempos y los aromas son diferentes (con esto que Ence no se ponga nerviosa), no huele a azahar, eso porque no queremos, que si nos ponemos ya verían ustedes... y Cagancho, jubilado, se dedica al arte amatorio con toda una yeguada a sus cascos. Como ven el marco es diferente pero para lo sucedido ayer sobre la arena del coso de San Roque nos valdría el continuar el relato del maestro de crónicas que además lo hubieran ustedes gozado mucho más de lo que lo puedan hacer con estas líneas de un siempre aficionado. Es una bendición para el rejoneo que Hermoso de Mendoza y Diego Ventura compartan tarde aquí, y en la China, los dos son los mejores a una gran distancia respecto al resto, pero que quieren que les diga, Hermoso es Hermoso y después naide. 
Y no es que lo de ayer fuera la pera limonera, no. Y que el triunfador de la tarde y quien abrió la puerta grande fue el brioso Leonardo Hernández, el testigo de los dos duelistas, que se reveló como un descarado al discutirle la supremacía a ambos. Pero a lo que me refiero es a aquello de «Lo bien hecho, bien parece», y si bien Hermoso de Mendoza estuvo un tanto frío, lo que hace lo hace de una manera especial y ¿cómo coloca los castigos? ¿y dónde? La muchedumbre brama ante las piruetas y saltos de las monturas, ante el ajuste de la distancia entre caballo y toro, pero la colocación de las suertes y la sobriedad a la hora de montar se distancian de manera sideral de tantos efectismos y gestos hacia el público.

Hermoso ayer, mientras el sol en su ocaso se hundía en la bocana de la ría de Pontevedra, hizo relucir sobre las aguas calmas un brillo épico, quizás crespuscular, quizás de fin de una época, pero Pontevedra pudo volver a verlo y aplaudirlo y despedirlo con una ovación. Quizás el después naide  del maestro Joaquín Vidal haya visto aquí a los que vienen después, sus nombres, Diego Ventura y Leonardo Hernández.

LA FICHA
Toros de la ganadería de El Capea. aunque referenciados en el tablón como de L. Carrasco. Ofrecieron buen juego todos ellos. ▶ Hermoso de Mendoza. Rejón (oreja). Rejón desprendido y dos descabellos (silencio). ▶ Diego Ventura. Cinco pinchazos (silencio). Rejonazo infame, rejón y descabello (oreja). ▶ Leonardo Hernández. Rejón y rejón (dos orejas). Pinchazo y rejón atravesado (oreja).

Publicado en Diario de Pontevedra 10/08/2015

domingo, 9 de agosto de 2015

Hacer cosas de torero



La primera Feria sin Calucas. Así fue. Salió suelto el primero de la tarde como viendo que pasaba en la plaza. Con tanta cara nueva y el palco de la Diputación vacío, otrora hasta los topes. ¡Aquella plaza no era la mía que me la han cambiado! Una gran pancarta rezaba ‘Pontevedra Taurina’, y las seis mil personas del interior en batir de palmas humeantes y la primera gran ovación de la tarde. Mientras, la presidencia sí que era bien conocida, tanto que Ponce, un elemento más del atrezo de la plaza de toros de Pontevedra tras 19 tardes, 19, que se dice bien y pronto, no tenía más que encelar a su oponente con la muleta una y otra vez con la manta al pescuezo para volver a su interminable sucesión de pases que hasta durmiendo, en las desabridas noches del invierno, debe continuar dando, y como el enemigo más que serlo, lo que era era un colega, pues ambos se fundieron en una faena de esas que no pasarán a la historia. Tampoco la de su segundo, pero ahí la culpa no es del torero, sino de quien le suelta un torito imberbe, aliviadero de cuadras, que el presidente debió devolver a corrales por su manifiesta cojera. Pero no, el presidente estaba a otra cosa.
Morante ante el pegapasismo aplicó la parsimonia como cura para el toreo. El parar, templar y mandar erigió al de La Puebla en el íntimo triunfador de la tarde de estreno de la Feria pontevedresa, porque el de la puerta grande y las orejas fue El Juli y su cañoncito, ese del ‘donde pongo el ojo pongo la espada’. Ambas fulminantes y cuatro orejas, que aquí lo de la espada es inapelable. ¿Verdad, presidente? De flagrante delito ha sido el birlarle la segunda oreja a Morante en el segundo toro, una faena inventándose a un animal sin demasiadas esperanzas, pero el duende de Morante, como en el primer toro, y como hace dos años, se fue a ese rinconcito inspirador cerca de la puerta de chiqueros para armar otro lío, que ya se puede ir encargando al marmolista la placa: ‘El rincón de Morante’ Pues de ese temple de Morante surgió lo mejor de la tarde.
Lo mato o no lo mato, dudaba Morante con su sonrisa, esa que es sinónimo de felicidad y torería de que todo fluye en el karma positivo del sevillano. Era el segundo de la tarde, ya se había descalzado y toreaba con los pies juntos en un ir y venir interminable, cumbre en esa serie final que culminó con un espadazo al encuentro con el que el toro tardó en caer, pero, ¿y qué? la faena merecía las dos orejas, pero el presidente, tan rápido y veloz para conceder las dos al Juli, aquí miraba para otro lado y solo daba una quedando la otra para esa conciencia que retumbará en el futuro. Pero Morante arrebatado ya solo reía, había estado a gusto y eso en este torero es una bendición. La sonrisa, aquella misma con la que titulamos hace dos años, ya había asomado con el primero de la tarde. La mejor faena vista ayer. Bien con el capote, iniciada pegado a las tablas y citando luego desde lejos en el centro, después los naturales largos como de As Corvaceiras a Monte Porreiro, y el temple de quien además de torear hace cosas de torero. Y eso es impagable. Con orejas o sin ellas.

Ficha Técnica:
Toros de la ganadería Alcurrucén. Nobles, pero de escaso tamaño, justos de fuerza. ▶ Enrique Ponce. De turquesa y oro. Media estocada y dos descabellos (palmas). Pinchazo y estocada (silencio). ▶ Morante de La Puebla. De purísima y oro. Dos pinchazos y estocada (ovación tras aviso). Estocada al encuentro (oreja) ▶ El Juli. De burdeos y oro. Estocada (dos orejas). Espadazo fulminante (dos orejas).

Publicado en Diario de Pontevedra 9/08/2015

sábado, 8 de agosto de 2015

Pontevedra. Boa Vila

Pechado nun libro VI


Levo todo o verán amosando a personaxes pechados en libros. Vidas que se condensan entre páxinas e páxinas para reflectir o que foron e o que fixeron na súa vida, pero neste día tan especial para a miña cidade ese personaxe non pode ser outro ca propia cidade, unha Pontevedra que é moitos personaxes,  protagonista de libros, pero que, como en poucos, contense nun deses libros co que o Concello tería que agasallar a cada persoa que se inscribise no censo municipal. O ‘Pontevedra. Boa Vila’ que en 1947 saiu do prelo da pontevedresa Gráficas Torres é o maior tratado de pontevedresismo que, aínda hoxe, tantos anos despois da súa edición, nos podemos atopar.
Adentrarse neste libro é tomarlle o pulso á cidade, a moito do que hoxe celebramos como comunidade que se enche de ledicia ao longo da súa semana de festas. Nestas páxinas atopamos un conxunto de textos deliciosos firmados por nomes tan vencellados á cidade como Manuel Cuña Novás, Prudencio Landín, Antonio Blanco Freijeiro, Sabino Torres, Antón Fraguas, Juan Novás, Iglesias Vilarelle, Amancio Landín, Otero Pedrayo, Celso Emilio Ferreiro, Filgueira Valverde, Isidoro Millán, Borobó, Ramiro Sabell ou Ramón Cabanillas entre outros, e cun prólogo firmado por Francisco Javier Sánchez Cantón. O culpable de enguedellar estes textos e esta nómina de autores foi o debuxante Agustín Portela que ilustra cada un deses textos do xeito tan marabilloso que adoitaba facer e que moita xente hoxe descoñece, de aí a necesidade de revisar a súa obra como ilustrador, debuxante ou pintor. Agustín Portela deixou con esta obra un itinerario vital e sentimental para entender o sustrato que se destila entre as pedras húmidas desta vila e as súas néboas filtradas pola luz dun sol que asoma en días como o de hoxe, no que os foguetes, o repenicar das campás da Peregrina, os traxes rexionais, as apertas cos que voltan a súa casa, as larpeiradas de Solla, as corridas de touros, o xantar dos Amigos de Pontevedra, os sons da charanga, os carruseis e as tómbolas, o baile do Liceo Casino... compoñen un ecosistema no que a alma pontevedresa ponse a mil por hora e burbulla de xeito torrencial.
Rincóns de Pontevedra, personaxes, lendas, festas... todo iso e máis agóchase nestas páxinas nas que nos podemos atopar dende a Praza da Leña ou a Fonte dos Tornos ata os Mariñeiros da Moureira, o Orfeón, o Loro de ‘Don Perfeuto’, e como non o Rei Urco, o meigallo no San Cibrán, as Corridas de Delfines ou as Festas da Peregrina, das que Ramiro Sabell escribe: «Llegado el día de la fiesta mayor, la hora de las doce anuncia el triunfo del júbilo popular. Ante la curva fachada del templo se desborda la alegría de la multitud. La plaza se llena de alborozos, en lo alto repican las campanas cantando la gloria de la Madre de de Dios, miles de cohetes rasgan el cielo azul y revientan en voces atronadoras el cielo de un día de agosto, que se hace más luminoso y radiante cuando músicas y gaitas alegran la fiesta y extraños reyes gigantes e inquietos cabezudos, rodeados de asustadizos niños llegan al lugar para pasmo de grandes y chicos, y diversión y contento de todos». 
Todas elas brillantemente ilustradas por Agustín Portela quen lle adica o libro «ao meu pai, quen soubo inculcarme o seu apaixoado amor por Pontevedra». E é que este libro transmite precisamente iso, amor por unha cidade, por ese camiñar diario por ela e por todo o que a sustenta ao longo dos séculos. Unha chea de historias que a moitos hoxe lles poden semellar parvadas, cousas de vellos, pero nas que un pode gozar do que é unha identidade común e un sentir, moito do que nos diferencia doutras vilas e pobos e que é o que converte a Pontevedra nunha poboación especial que ninguén dos que nela nacen cambiría por outra e que de vivir fóra sempre se teñen os cinco sentidos pendentes dela, así como dun regreso, aínda que sexa só por unhas poucas horas, e da que, os que se achegan nalgún momento da súa vida son incapaces de esquecerse.
Arrinca a Semana Grande, a semana na que a cidade é gozo e lecer. Participen dela, sintan o que é unha vila cómplice coas xentes de aquí e de fóra, cunha vila feita para estar a carón dun océano e abrazada por un río, pero tamén por un feixe de historias como as desta ‘Pontevedra. Boa Vila’.

Publicado no Diario de Pontevedra 8/08/2015

domingo, 2 de agosto de 2015

Duende Neville

Encerrado en un libro V



Sombrero hongo, bigotillo recortado, bastón fino, traje ancho y polvoriento y unas viejas botas. Es evidente, hablamos de Charles Chaplin, pero, ¿quién es ese apuesto joven que se sienta junta a él en esta fotografía? A buen seguro muchos de ustedes lo desconocerán, su nombre, Edgar Neville (1899-1967), uno de esos personajes que la cicatera historia de este país se ha dedicado a orillar, primero por unos, y luego por otros, porque este país se mueve así, por lo de los unos y lo de los otros. Los que pensaron que Neville, por desarrollar su labor en el cine que le tocó vivir en los tiempos de Franco, era un adscrito al Régimen y a ese cine que tan frívolamente se calificó como de exaltación a base de recreaciones históricas y folclorismos varios y los que desde dentro del Régimen consideraron que sus excesos vitales, los constantes enfrentamientos con la censura y mucho de lo que pasaba en sus películas, obras de teatro y novelas, no casaba bien con sus postulados patrióticos. Así las cosas entre unos y otros Neville se fue considerando un outsider, quizás el primer cineasta de autor del cine español, y el que junto con Luis Buñuel, Luis García Berlanga y de manera reciente Pedro Almodóvar han creado una trayectoria más singular y poderosa dentro de la cinematografía española. Esto lo digo yo, no lo dice ningún libro de cine, porque en esto ya sabe que cada uno tiene sus filias y sus fobias y sus querencias.
Una de las mías es la obra cinematográfica de Edgar Neville a la que llegué de manera inocente en una mañana de martes de un día inolvidable en la que en la asignatura de Historia del Cine Español, nuestro profesor, el catedrático de cine, Ángel Luis Hueso, tuvo a bien proyectar en clase uno de sus títulos más conocidos, ‘La vida en un hilo’ (1945). Sí, el mismo título que tiene este comentario periodístico, ya lo saben ustedes, secreto desvelado tras muchos años de preguntas de por qué se llama así. Retomo el hilo, ya que el día anterior, otro de esos milagros que de vez en cuando asoman por nuestra televisión, el programa de José Luis Garci, ¡Qué grande es el cine! emitió una película de un director norteamericano autor de comedias de las llamadas sofisticadas: ambientes elegantes, brillantes diálogos, excelente trabajo de actores y un inteligente guión lleno de giros,  ‘Al servicio de las damas’ (1936) de Gregory La Cava. Tras ver esta fantástica película, de un director también injustamente olvidado en aquel Hollywood irrepetible y tras compararla con ‘La vida en un hilo’, lo cierto es que no había tantas diferencias, algo sorprendente tras oír machaconamente el prejuicioso estribillo sobre el cine español de los años cuarenta. Ahí se despertó en mí una curiosidad que, con el conocimiento y el tiempo, se convirtió en admiración por una trayectoria llena de puntos álgidos con obras como ‘La señorita de Trevélez’, ‘La torre de los siete jorobados’, ‘Domingo de carnaval’, ‘El crimen de la calle de bordadores’, ‘Nada’, ‘El último caballo’, ‘El baile’ o ‘Mi calle’. En todas esas películas hay una filiación con el universo de Hollywood, tanto en los métodos de trabajo como en la importancia del guión o en la narración, un espacio que el director conoció tras varias estancias allí, en las que merced a su carácter, rápidamente estableció afinidades con los más importantes nombre del star system como Charles Chaplin, Douglas Fairbanks o Mary Pickford entre otros y que supo adaptar al universo social y visual español.

La vida de Edgar Neville daría para una película por su cosmopolitismo, miembro del cuerpo diplomático, escritor, jugador internacional de hockey sobre hielo, apasionado de la buena vida, amigo de personajes como Lorca, Ortega y Gasset o Ramón Gómez de la Serna, espíritus incorporados a su obra... y así seguiríamos hasta formar un cóctel apasionante. Pues a esa pasión nos conduce de manera magistral el autor de este libro ‘Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español’, Christian Franco Torre, quien de manera no sólo didáctica sino brillantemente estructurada, escrita y repleta de datos e información nos transporta en un viaje surgido de una tesis doctoral pero que desde ya es un manual imprescindible para los amantes del cine, los que conocían y los que no a Edgar Neville, quien, desde que tomen este libro en sus manos, se convertirá en un director imprescindible. Un director con duende.




Publicado en Diario de Pontevedra 1/07/2015
Imagen: Charles Chaplin y Edgar Neville en Hollywood en 1928