lunes, 23 de noviembre de 2015

Y al final... la palabra



Se ha muerto un poeta. Un poeta llamado Carlos Oroza. El chamán de la tribu, el hacedor de una nueva esfera en permanente equilibrio entre la palabra y la realidad, porque al final, al final, siempre está la palabra. Esa que actúa como una gran bóveda celeste bajo la cual invocar a los espíritus, marcar las muescas del camino o, simplemente, expeler por la boca un fogonazo. Y es que Carlos Oroza hablaba a fogonazos, como el hechicero que expulsa fuego por la boca, sus palabras eran luminosas, estrellas fugaces en la noche que había que perseguir con la mirada en una invocación telúrica. Esas bolas incandescentes iban flanqueando su figura enjuta y desvencijada, la del poeta narrador, la del hombre que dialogaba con el pasado para vislumbrar el futuro, y así, con esa luminosidad en torno a su rostro, es como Carlos Oroza caminó entre las mesas del Café Gijón en el Madrid de los sesenta, o como recaló en el Vigo de la Movida en los ochenta o como una noche de verano se adentró en las pontevedresas ruinas de Santo Domingo para incendiar la noche. Allí se produjo uno de los momentos vitales que más me han impactado y que cada vez que regreso a ese escenario parece querer materializarse de nuevo. El ver a ese hombre entre ojivas y sepulcros medievales, con una iluminación que partía la noche en dos mitades, mientras de su boca se iba descorriendo un poemario magmático, una ingravidez que recorría el ambiente para traer hasta nosotros a un hombre desconocido por la mayoría de la ciudadanía, uno de tantos que hicieron de su carácter huidizo la renuncia al aplauso reconfortante o a la caricia beatífica en favor de su libertad.
Era un hombre sujeto al mundo por la palabra, un ser indómito que se acodó en el Vigo del sube y baja y desde el cual se venía a Pontevedra de manera más que habitual a compartir otras realidades, a traducir vidas y paseos en palabras para abocarlas a la poesía. En más de una ocasión me tengo cruzado con él, con ese andar bohemio y aparentemente errante. Incapaz de atravesar su aura, lo observaba durante unos instantes desde mi anonimato, mientras él creía disfrutar del suyo,  como el que asiste maravillado al vuelo de una rapaz. En ocasiones se detenía y levantaba la mirada, en otras le pegaba una calada a su cigarro y ese humo fino y delicado parecía querer anunciar alguna de esas palabras, pero no, las palabras permanecían encerradas a la espera del recital. Porque en el recital es donde Carlos Oroza tenía toda la razón de ser, allí es donde desplegaba toda su hegemonía de poeta oral, de Allen Ginsberg esculpido en granito y envuelto en nieblas, de narrador al lado de la hoguera. Solo pieles sobre la piel, sombras platónicas en las paredes y la palabra, siempre la palabra.
Esa misma palabra vino en su auxilio en los últimos tiempos, no porque él lo pidiera, ni tan siquiera porque se molestase demasiado en hacerla sonar, simplemente porque esta sociedad es así y ella marca sus tiempos, en ocasiones demenciales, pero hasta hace unos pocos años Carlos Oroza era el poeta maldito, ese Leopoldo María Panero que todo sistema literario gusta tener para enseñárselo a sus invitados. Pero de pronto se comienzan a publicar sus poemarios, a hacerse ediciones de calidad de sus escritos, se le contrata para recitales, aparece en suplementos culturales y ¡hasta se le entrevista! Y la gente empezó a acercarse de nuevo a él, como habían hecho antes muchos en busca de la pose necesaria de modernidad, mientras ahora se le buscaba como a un San Juan Bautista con el cuenco de la redención, como no, de la palabra.
Madrid ya se había olvidado de su figura al tiempo que Galicia lo descubría. Lo daban por muerto paleado bajo alguna soflama, algún incendio de excesos o envuelto entre los cartones del olvido, pero Carlos Oroza seguía aquí. Paseando por Vigo y Pontevedra, haciendo de las calles el tubo de ensayo para licuar a una sociedad que no le gustaba, como a tantos, pero él lo decía, con la boca llena, en pleno recital, y muchos lo veían como una pose del artista, o en la cubierta de un barco cruzando la ría, y otros lo reían, inconscientes, como el delirio de un demente. Huía de banderas, o mejor dicho solo ondeaba una, la suya, que era un árbol, un árbol plantado en la tierra mecido por el viento de las palabras. Una pureza ancestral exiliada de cursis contaminaciones, como su poesía. Un caudal de agua limpia, que es en lo que se convierte ese fuego cuando se imprime sobre el papel. Agua, aire, tierra y fuego. Ahí lo tienen, las únicas cuatro verdades que todavía nos rodean desde el principio de los tiempos.
Tomen ‘Évame’ en sus manos, levántenlo como un oferente y déjense arrastrar por esa horizontalidad que nos hace tan pequeños e insignificantes. Línea tras línea sentirán un rugido, la transgresión del lenguaje, la voz enclaustrada invocándonos como el chamán oculto tras la línea del horizonte en un paisaje infinito e inabordable. El canto a la madre, ecos de Whitman. Nunca más lo volveremos a escuchar, ya solo nos queda el signo, la escritura, el despojo de la palabra. Ya no habrá agitación, ni la voz del poeta en la nuca, ni la sombra serpenteante sobre el reflejo de las luces. Ya no habrá más Carlos Oroza. «Salí de mi espantado/Corrí sin alcanzarme/Y comenzó a llover».


Publicado en Diario de Pontevedra 23/11/2015
Fotografía: Recital de Carlos Oroza en las ruinas de Santo Domingo en Pontevedra en 2008. David Freire.

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