martes, 3 de noviembre de 2015

Santos


Entre las muchas y variadas manías que uno ha ido desarrollando a lo largo de los años como impenitente lector de prensa, eligiendo primero una u otra cabecera, decidiendo si comenzar por la portada o la contraportada, manejando los ritmos de lectura, ordenando la secuencia de las páginas, los columnistas que leer y los que maldecir... figura la de arrancar ciertas páginas que serán indultadas ante lo efímero del papel de periódico. Páginas que se convertirán, con el tiempo, en destellos amarillentos de un instante de nuestras vidas, y en las que se contienen textos que merecen esa salvación ante la que uno no puede evitar erigirse en juez. Una vez extraídas de su continente, el proceso es el siguiente: son convenientemente  dobladas y encerradas en algún libro de su mismo autor o colocadas en un mural para exhibición permanente de unas palabras que, el que esto suscribe, necesita tener presentes como un reconfortante e inspirador acompañamiento.
En ocasiones hay editoriales que tienen el tino suficiente como para convertir esta tarea íntima y artesana, sin duda propia de alguna desviación mental, en un libro, un recopilatorio de artículos que, en base a su indudable calidad, merecen componer por sí mismos un volumen y no aparecer espontáneamente cuando abres algún libro tomado de la estantería y del que se desprende esa hoja que comienza a marchitarse. En ocasiones surgen secciones que, con el paso de sus salidas a la luz, el lector ya las interioriza como parte de un futuro compendio, como un material que está pidiendo a gritos la conversión paulina del papel prensa al papel libro. Y esto es lo que ha sucedido con ‘Vidas de santos’, que la editorial Círculo de Tiza ha puesto en circulación con los personajes que durante meses han ido apareciendo en El Mundo firmados por Antonio Lucas.
Puedo abrir algún cajón al azar de los que me flanquean en este momento, meter la mano a ciegas, y sacar alguna página en las que ese retratista recoge la vida de un buen puñado de protagonistas de la cultura. Semblanzas de seres normalmente acosados por sí mismos, por su delirio creativo, por una sociedad ajena a ellos, pero a los que el tiempo y su trabajo, desde los más diferentes ámbitos de la creación: poetas, novelistas, cineastas, músicos... han ido definiendo con un pie entre las alabanzas a su trabajo y el otro pisoteando unas vidas repletas de unos conflictos sin los que, a buen seguro, no se podrían entender sus creaciones.
Además del olfato de Antonio Lucas para seleccionar a esos protagonistas, el autor hace emerger su capacidad para calibrar con la palabra a cada uno de ellos. Para rastrear y puntear los rincones oscuros, las bajadas a los infiernos, las simas desde las que parece imposible que se pueda emitir algún destello, y desde ahí, definir y, sobre todo, transmitir esas situaciones. Antonio Lucas es el mejor Ovidio para epopeyizar sus circunstancias, tan pegadas desde lo orteguiano a todos ellos. El periodista y poeta maneja la palabra como nadie en el espectro del periodismo cultural español (sí, les aseguro que eso existe), reverberando desde el lenguaje cada uno de los ecosistemas vitales de unos personajes repletos de matices, de giros vitales y con tensas relaciones con los demás. Asomarse a estos balcones es escudriñar en lo ajeno, pero con el placer de hacerlo por un camino gozoso, balizado por palabras silbantes, por expresiones que lustran todos esos brillos y por una perspectiva poética de la que el autor no puede (ni debe) desprenderse.
Así se van descorriendo los telones que les ocultan, de Rimbaud a Basquiat, de Gerda Taro a Jean Vigo, de Gala Dalí a Alejandra Pizarnik, de Jayne Mansfield a Anne Sexton, de Juan Luis Panero a Sánchez Ferlosio, una grey stendhaliana de la que uno es incapaz de recuperarse entre acto y acto, exhausto por el brío de la prosa y en el que asoman dos de los nuestros, Maruja Mallo y Carlos Oroza.
Pintora y poeta. Gallegos llegados a este mundo en Viveiro. Límite telúrico entre mar y tierra que hicieron de su diáspora física centro del compás en Madrid, una para reinar, antes del exilio, en la Generación del 27, y el otro para empotrarse en el Café Gijón. A Maruja Mallo y a la España de la época las sintetiza en una frase atribuida a la pintora: «Aquí la culpa de todo la tiene la ‘jodía’ mística», para recordar como hasta hace 20 años aun te la podías encontrar por las calles de Madrid, «LLevaba los ojos pintados locamente, como si mirase a través de dos murciélagos», y así en un devenir expresivo que ajusta la palabra a lo vivido, que secuencia lo sufrido y que registra salidas y entradas, conquistas y anécdotas. Mientras, al singular Carlos Oroza lo capotea como «el poeta que escribía prendiendo un barreno de dinamita», para bajar la mano y encelar al ‘beat’ patrio, «un tipo salvaje con esquelatura de astilla», «el druida de una civilización donde solo queda él en pie».
No se puede transcribir mejor la realidad, hasta el punto de convertir el caduco papel de un periódico, en un ring desde el que hacer guantes con las vidas de todos estos malditos que profesaron el desafío a la existencia como pócima estimulante para generar su capacidad de traducir el mundo desde una pluma, una cámara, una voz... en definitiva, desde el talento que les acompañó y al que condenaron su vida.
Todos estos santos ateos han encontrado aquí su santoral. La hagiografía didáctica de lo sucedido, revestida de un talento literario incapaz de contenerse en las páginas sin costuras del diario, ajenas a las tapas que delimitan una rayuela que Círculo de Tiza dibuja ante nosotros para que saltemos de una vida a otra, de un personaje a otro, de un santo a otro. Periodismo hecho literatura o literatura hecha periodismo, un fino alambre desde el que el equilibrista intenta sortear el vacío, ese mismo abismo al que muchos de estos santos se vieron abocados a la espera de una resurrección hecha ahora papel, hecha ya libro.



Publicado en Diario de Pontevedra 31/10/2015

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