viernes, 23 de octubre de 2015

Don Jaime, el Valle-Inclán pintor

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura. Cuando se cumplen treinta años del fallecimiento del quinto hijo de Ramón del Valle-Inclán y de Josefina Blanco Tejerina, acercarse a la figura de Jaime del Valle-Inclán supone descubrir a un pintor, pero también a un personaje que transitó por la historia de la España del siglo XX siempre con la vista puesta en la ciudad de Pontevedra. 



«Si llego a pintar bien un limón me doy por satisfecho», solía decir Jaime del Valle-Inclán. Una frase en la que se encierra un enorme respeto a la pintura y a su complejidad para representar hasta aquello que nos puede parecer más simple, como un limón.
Nacido en 1922 en A Pobra do Caramiñal con once años acompañó a su famoso padre a Roma, en dónde éste había sido designado Director de la Academia de Bellas Artes. En 1936 fallece ese padre que le dejaba un insigne apellido y una impronta de la que sería imposible separarse jamás, menos aún cuando dicen que era el que más se asemejaba a él. Así en la crónica de su defunción en el ABC José Caballero dice de él que era «el que más se le parecía físicamente y de talante». Marcha junto a su madre a Barcelona, donde ingresa en centros de la Institución de Libre Enseñanza y en la Guerra Civil decide presentarse voluntario en el Ejército Republicano, en el que será destinado al ‘Batallón de los gallegos’ al mando de Enrique Lister, participando en la Batalla del Ebro.
Tras la Guerra pasó a Francia siendo internado en el campo de concentración de St. Cyprien. El por aquel entonces embajador de Chile en París, Pablo Neruda, lo localizó y le hizo embarcar, junto a otros muchos refugiados españoles, en el ‘Reina del Pacífico’, rumbo a Chile. Allí comenzó su actividad pictórica. Se trasladó a Venezuela donde fue profesor en la Escuela de Arte de San Cristóbal, al tiempo que pintaba y exponía. En Buenos Aires se encuentra con la actriz Margarita Xirgu, quien, por indicación suya representa varias obras de su padre.
En cuanto a su pintura, tras una época cubista, rompió con cualquier tipo de moda y su arte se liberó de teorías y movimientos para optar por una compleja sencillez. Su pintura optó por la figuración, con un espíritu intimista y lleno de delicadeza.

Tras unos años en París, en la década de los 50 llega a Pontevedra, ciudad en la que se asentará para incrustarse en su espíritu de una manera tal que incluso, tras su marcha a otras localidades, todos los años regresaba para pasar un par de meses y recorrer sus calles, sobre todo las del casco histórico, que gustaba pasear en las horas de la noche.
Acompañando la noticia de su muerte, Diario de Pontevedra ofrecía dos escritos en los que la figura de Jaime del Valle-Inclán se hundía en las piedras y brumas de Pontevedra, en las amistades, en los cafés... en definitiva en la vida de una ciudad por la que su padre paseó sus barbas y forjó su intelecto, al igual que ahora él.
En el primero de ellos, firmado por Emilio Álvarez Negreira, y recuperado de la sección de Pontevedra de ‘El Pueblo gallego’ habla del «empaque de un hidalgo español, una barbita seria, rizada, cuidada y una cabeza noble, digna de un hijo del Marqués de Bradomín», para pasar a describir una curiosa afición de Don Jaime, «la de sorteador de tráfico rodado». Sí, como lo oyen, al parecer al hijo del padre del esperpento le apasionaba lanzarse a las plazas de las ciudades en las que residía a esquivar automóviles, y al parecer no se le daba nada mal. «En París, la plaza de la Estrella y la de la Concordia, saben de su sutil ejercicio. Saben de su arrojo cuando se lanzaba, solo ante el peligro del tránsito de una baraunda de coches, solo, ágil, como el torerillo de Alberti. Llegó incluso a atravesar en los momentos más difíciles el túnel de Copacabana y fue ésta, precisamente, la obra maestra de su secreto y peligroso arte». Así describía el periodista y poeta pontevedrés esa vocación, puro esperpento urbano.
Mientras, el inolvidable bibliófilo, y tantas otras cosas, Antonio Odriozola tasaba la dureza del golpe de la muerte del amigo: «Aún nos parece verlo, en cualquiera de los establecimientos de la zona monumental de Pontevedra, conversando con sus amigos, que era una de las tareas que más le complacían y en la que desplegaba, además de su prodigiosa cultura, su ingeniosa conversación y, en la mayor parte de las ocasiones, un agudo sentido del humor, aunque en otras, aflorase un vivo genio, sin duda heredado de su padre, el gran don Ramón del Valle-Inclán», para posteriormente ponerlo en relación con los ambientes pontevedreses forjados entre amigos y espacios. «Don Jaime (Jaime para muy contados amigos, pues no consentía el tuteo a quemarropa) era un extraordinario cultivador de la amistad y yo quiero evocar los nombres de algunas de las personas de su Pontevedra querida que disfrutaban con su compañía, algunos como el dueño del Bar Capacho, uno de sus preferidos, y los contertulios Antonio Posse, José Unamuno o Valentín García (Chacho); el genial narrador de cuentos o sucedidos Pepe Arán, Solleiro con sus rifas, Álvaro Cunqueiro o Pepiño Sanmartín (...) y establecimientos como el Carabela, Puerta a puerta, Los Maristas, As Nenas, Casa Tilve, Calixto, A Portuguesa», apunta Odriozola para finalizar el recuerdo de la siguiente manera: «Quería entrañablemente a Pontevedra y en los últimos años venía con su esposa, su hijo Yago y su perro Pancho (procedente de nuestra ganadería) a remozarse en el contacto con la ciudad que indicó que es donde quería reposar después de muerto».


Es curioso cómo una vida tan llena de ruido, de idas y venidas, de nombres, ciudades y coches esquivados, acaba traduciéndose en la pintura en una manera de plasmar la realidad tan sosegada, de una pureza casi ascética en la que todo transita por la calma y la sencillez. Flores, cerámicas, frutos, y algún retrato o paisaje parecen ser capaces de domar el interior del genio, de sintetizar un espíritu mucho más apacible de lo que se lee sobre su persona. De «simples formas sobre el silencio», las califica Rosa Chacel en 1984; Rafael Santos habla de unas obras que transmiten «ese sosiego al que él, hombre en desasosiego permanente, sin duda, aspiraba con toda su alma».

Encontrarse treinta años después con su persona es rastrear la existencia de uno de esos personajes que el tiempo ha ido sedimentando lejos de nuestra memoria y con los que generaciones recientes no han tenido la oportunidad de poder encontrarse. Sirva esta página para traer al hoy al hombre que esquivaba coches en las plazas de medio mundo, al hijo del gran Ramón del Valle-Inclán, al pintor Jaime del Valle Inclán.


Publicado en Diario de Pontevedra 19/10/2015

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