martes, 17 de marzo de 2015

Hojas de esperanza


Una idea puede por sí sola justificar todo un libro. Hablamos de una gran idea, de una idea tras la cual sabes que debe haber un buen libro. Hace tiempo que vienen llegando rumores sobre esta novela, sobre una obra que ha convulsionado Francia, su lugar de origen, y que, como un tsunami, se extiende por todo el territorio europeo. Estos días le toca a España con la salida a la venta de ‘El lector del tren de las 6.27’ a cargo de Seix-Barral. ¡Y la idea! ¡Pero cual es la dichosa idea!, pensarán ustedes. Pues ahí va.
Un hombre trabaja destruyendo aquello que más ama, los libros. Al mando de una monstruosa trituradora ve pasar por sus entrañas miles de libros que son destrozados y de los que solo unas pocas páginas permanecen con vida. Porque los libros tienen vida, bueno eso ya lo saben. Esas hojas, rescoldos de la creación,  son rescatadas por este personaje que cada mañana se dedica a leerlas en voz alta en el tren que le lleva a ese traumático trabajo.
Se lo dije o no se lo dije, ¿no es una idea brillante? Pues a partir de ahí ya es cosa suya. Toca leer y descubrir a este autor que, pásmense, nos presenta así su primera novela, tras dos pequeños relatos, convirtiéndose en todo un fenómeno editorial que ya ha sido vendido a 25 países.
Y es que tras el fulgor de esa idea, de ese recurso generado para accionar el movimiento de la narración, Jean-Paul Didierlaurent nos conduce por un universo de personajes que van uniendo su destino al amparo de lo literario. Seres inclasificables, extraños si quieren llamarles así, y que se conducen en un viaje lleno de complicidades, acariciados por una lírica que va aflorando a medida que estos asoman a un relato en el que no faltan las pizcas de humor necesarias para que todo esté perfectamente engrasado y que, al final del libro, desemboca en una hermosa historia de amor planteada a través de una búsqueda por donde unos menos piensa que puede asomar el amor y la belleza y sin embargo, ahí están, pletóricos ambos y surgiendo de un azar siempre tan presente en nuestra vida.
Cada día que amanece, cada día que el protagonista entra en ese vagón de metro y descerraja una cuartilla literaria rescatada de la destrucción, surge la esperanza. La propiciada por la atención de esos lectores de oído que ya aguardan ansiosos qué les va a contar este hombre, pero también la esperanza en la amistad de los enemistados con la vida, viajeros anónimos como los que nos acompañan en tantos y tantos trayectos en medios de transporte y de los que no sabemos nada, de los que desconocemos todo y tras los que pueden esconderse actitudes o actividades extraordinarias.
Ahora, ese hombre emerge como el catalizador de sus vidas, un hombre llamado «Guibrando Viñol no es ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Su trabajo consiste en destruir lo que más ama...».





Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 15/03/2015

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