martes, 24 de febrero de 2015

Remitente: Scott Fitzgerald



Un padre envía cartas a su hija que se encuentra estudiando y creciendo en otra ciudad diferente a la suya. Esta sería una historia de lo más común, una temática trivial y casi absurda para cualquier libro. Pero descorrer los nombres de remitente y destinatario hace que esa perspectiva mude por completo. El padre se llama Francis Scott Fitzgerald, ella, su hija, Scottie Fitzgerald, y entre ambos, una sombra que permanece flotando constantemente. Un manto gris que nos habla de una fuerte presencia a la que ambos se encontrarán indefectiblemente unidos, Zelda Sayre, la mítica esposa del escritor y madre de su única hija. Ella físicamente se encontraba ingresaba en un psiquiátrico, mientras Scott Fitgerald estaba en Hollywood, buscando, con sus guiones, ir minando las grandes deudas que soportaba en los años treinta; y su hija, Scottie, estudiaba y hacía sus pinitos en el mundo de las letras.
Con este volumen, en forma de hatillo de cartas, se abre no solo la escritura de uno de los grandes genios de la literatura del siglo XX, sino también el alma de un hombre en ocasiones atormentado y en otras radiante por su talento. Este itinerario por su personalidad nos presenta a un padre obsesionado por el dinero, por los ingresos y los medidos envíos, hasta el último centavo, para los gastos de su hija; pero también con una obsesión muy presente, como era el estado de su esposa Zelda, ingresada en un sanatorio psiquiátrico, a lo que habría que unirle la que comenzaba a ser la fragilidad de su narrativa muy alejada de los espléndidos años veinte. Él mismo era consciente de ese declive narrativo y postrado en Hollywood, con una salud que se comenzaba a derrumbar, aceptaba trabajos escribiendo guiones que no estaban a su altura, pero que le reportaban los ingresos necesarios para afrontar deudas y poder hacer que su familia siguiese adelante.
Estas cartas, escritas entre 1933 y 1940, pueden leerse de manera continuada, o lentamente, espaciándolas entre otras lecturas, un ejercicio que se dilata en el tiempo pero que engrandece cada una de esas misivas convirtiéndolas en pequeñas joyas de las que siempre se extrae algo positivo para aplicar a la literatura la visión de un genio sin igual: «A menudo pienso que la escritura consiste simplemente en ir deshojándote para quedarte más fino, más desnudo, más magro», «O la poesía arde como un fuego dentro de ti (como la música para el músico o el marxismo para el comunista), o no es nada, un tedio vacío, formalista, alrededor del cual los pedantes sueltan sus interminables peroratas y explicaciones». Cada vez más acosado por el fin de sus días y la destrucción de aquel mundo de fiestas y champán y ante el futuro de esa hija, le decía: «Te volverán a entrevistar y debo pedirte una vez más que no les digas ni una palabra de mí o de tu madre». Los años veinte se apagaban y en estas cartas se percibe la oscuridad.





Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 22/02/2015

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