jueves, 12 de febrero de 2015

Océano Lugrís. Automático Pintos

Rue Saint-Antoine nº 170
POESÍA. Ya sea como Wladimir Dragossan o ahora como Ladislav Von Teufel, Rafael Pintos sigue creciendo como poeta, abarcando nuevas dimensiones y sumergiéndose en otros oceános. Pocos son más sugerentes e inspiradores que el mar propuesto por Urbano Lugrís. Con él como disculpa, Rafael Pintos nos invoca ante su mejor poemario.

'Templo sumergido' (1946) de Urbano Lugrís

Un tránsito por las «comarcas sumergidas», es como podemos adentrarnos en este poemario firmado por Rafael Pintos, aunque con heterónimo, otro más a apuntar a una lista que, como hiciera Fernando Pessoa, deja para la posterioridad una serie de nombres de rotunda sonoridad e inolvidables ya en el recuerdo de las diferentes vidas de nuestro escritor.
Firmado como Ladislav Von Teufel nos llega el último hatillo de poemas de alguien que se encuentra cómodo en esa arte métrica. Lector voraz, por este poemario se despliega todo un imaginario de lecturas, catalizadores de evocaciones y de fragmentos evanescentes que dejan de serlo en su conjunción y que, por su propio peso, reposan en el fondo del mar. Y es que ese mar, el gran mar universal de la cultura, con sus procelosas olas de palabras y pinceladas es en el que Rafael Pintos ejerce de Poseidón, de demiurgo de un espacio fantástico, azaroso y surreal.
Vamos deshojando cada uno de esos poemas al tiempo que nos vamos sumergiendo en un mundo onírico, en un tiempo diferente al de la superficie. Poco a poco el autor nos va ganando, y aquello que podría parecer un delirio para nada lo es y en esa fina línea es cuando aparece la poesía eterna, la que se descuelga de unos títulos sorprendentes y provocadores para luego suavizarse en cada verso. «Las cadenas del tiempo/engarzan todas las cosas; aquí revientan las naves/con la presión de un puño, derramen de velas, y el quebranto/de esperas sobre la noche, acoso de versos indefinidos/bajo la piel del silencio». Y así es como se celebra ‘El cumpleaños del arenque’, que es el título de ese inmenso poema, tan frágil como consistente, tan delicado como atemporal. Un contraste entre el que se sujeta gran parte de este poemario que, a los que hemos leído muchas de las poesías escritas por Rafael Pintos o por Wladimir Dragossan, nos parece, sin ninguna duda, el mejor, el más completo, el que se mueve mejor por la metáfora, por la evocación y por la consistencia, que al fin y al cabo, es lo que le concede firmeza a una obra de este tipo.
Portada del poemario de Rafael Pintos
«He escrito este libro de forma automática, los versos me salían de un lugar que ni yo sé», titulaba mi compañera Sara Vila una entrevista realizada al autor con motivo de la presentación de este poemario, ‘Cartas de un submarinista’, hace unas semanas en Pontevedra. Escritura automática derramada como aquellos surrealistas comandados por André Bretón, el mismo Bretón abogaba por este tipo de escritura para «asaltar las minas del inconsciente» y así desafiar a lo establecido, a aquello que pueda llegar a aburrir y este libro, precisamente, es todo lo contrario, es un canto a la vida, a la fascinación por sentir, por experimentar, por gozar. En él se reúnen, como convocados para una bacanal, invitados como la ironía, el erotismo, el sarcasmo, la aventura o el subconsciente, aunque la lista sería casi interminable, pudiéndose resumir en vida, pura vida. ¿Y dónde hay más vida que en el mar? Inicialmente de él procedemos todos como germen de la evolución y a él volvemos una y otra vez como descompresión de la realidad, como iconografía ancestral de nuestra cultura, como magma poético y a él vuelve Rafael Pintos como inspiración para alentar esos automatismos literarios. El mar es la infancia, pero el mar también es el vaivén de la literatura con Verne tocado como capitán, pero hay otro mar en el que Rafael Pintos se ha quedado varado desde muchos años y es un mar pictórico, un mar fantástico e inimitable como fue el ideado y posteriormente pintado por Urbano Lugrís.
A él debe el poeta esa red que sostiene todo el libro, esa imagen que, derivada de los cuadros del pintor, se nos aparece como un fantasma en muchos de los poemas. Como en este final del hermosísimo ‘Selvas de sal’: «...mundo constante de esporas y lazos,/hogar del sargazo, tiempo de medusas/canto de sirenas, imperio de arena y ondas celestes». ¡Qué maravilla! el arte generando un nuevo arte. Una mezcla de disciplinas que se engrandecen entre sí en un fecundo trasvase de posibilidades.
 «Ese onirismo submarino me cautivó», afirmó Rafael Pintos en esa entrevista. Cierto es que pocos entes sensibles pueden escapar del universo Lugrís, capaz de evocar mundos tan atractivos que quien ve uno de sus cuadros no puede apartar la mirada. Una pintura iniciada desde el cielo para acabar sumergida en una soledad casi metafísica, una infinidad de detalles que nos convocan ante el altar mágico de la pintura. Caracolas ululando, restos de embarcaciones, templos sumergidos, medusas, sirenas, leyendas, bodegones fantásticos, arquitecturas... un mundo sinfín en el que el poeta embarranca su embarcación como Ulises en Ítaca para dejarse envolver por esas sensaciones, por una percepción que servirá de sutrato para su narración. Para componer su propio océano en el que hacer navegar su imaginación a través de unos versos que también esconden mucho de lo que sucede en la superficie, en este mundo tantas veces más inhóspito para el propio ser humano que lo habita que el fondo del mar.
Ahora estos versos son ya botella en el mar y comenzarán a colonizar territorios y mentes y así es como la editorial Seleer ha visto en ellos un material interesante para su publicación y tras Galicia será distribuido en el resto de España y cruzará otro océano para llegar a Latinoamérica. Velas hinchadas por lo tanto para Rafael Pintos o Ladislav Von Teufel, qué más da, ambos son poesía, son espíritu y por lo tanto lo que vale es lo escrito sobre el océano Lugrís.




Publicado en Diario de Pontevedra 9/02/2015

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