martes, 30 de diciembre de 2014

Made in Pontevedra

Rue Saint-Antoine nº 170
Juguetes ▶ Una exposición sobre el juguete clásico en el Museo de Pontevedra trae a nuestra memoria aquellos juguetes con los que se divertían nuestros padres y que ahora se convierten en objetos de colección. Pontevedra también tuvo su centro de creación de juguetes, muy modestos, pero que permitieron que muchos niños fuesen felices.


Acerco mi cara a una vitrina que Guillermo Taboada tiene en su restaurante Verdún, en la calle Real. Allí se reúne una preciosa colección de juguetes antiguos. «Sí, estos son muy bonitos, pero mira éste». Es entonces cuando descuelga un pequeño cubo de latón en el que para mi sorpresa aparece el estanque de las Palmeras. Aquel al que muchos acudíamos de pequeños a tapar la boca de las ranitas para jugar con su chorro de agua. Sorprendido le pregunto: «¿Y esto de dónde ha salido?». «¿Pero tú no sabías que en Pontevedra existió una fábrica de juguetes?».
Ese encuentro quedó suspendido en el tiempo hasta estos días en los que el Museo de Pontevedra acoge en sus salas del edificio Sarmiento una importante colección de juguetes antiguos, lo que despertó mi curiosidad sobre la posibilidad de conocer más datos sobre aquella fábrica pontevedresa de juguetes. Muchos días preguntando a unos y a otros, pero pocas noticias de aquel taller, hasta que un día hablando con el arquitecto César Portela me cuenta que sí, que es cierto, que él había estado allí acompañado de su padre, el dibujante Agustín Portela, autor de algunos de los diseños que decoraban aquellos juguetes. Así es como me pongo en contacto con el hijo del dueño de aquel taller, amigo del arquitecto y una persona muy conocida en esta ciudad, el médico Roberto Rey Cons, jefe durante muchos años del servicio de radiología del Hospital Provincial y un profesional muy querido por sus pacientes. Me reúno con él a la espera de desvelar todo lo que se podía esconder tras aquel cubito que, acompañado de una pequeña pala, guardaba mi amigo Guillermo Taboada como un tesoro de la memoria familiar.
El doctor Rey Cons me acoge con la humanidad que él mismo defiende en el trato entre médico y paciente y del que lleva haciendo gala durante más de cuarenta años de servicio. Un periodista o un historiador a la caza de datos para un reportaje o un estudio tiene también algo de enfermo, un ser que necesita conectar con sus fuentes para que se calmen sus dolencias. Le cuento lo poco que sé, que es nada, sobre la existencia de una fábrica de juguetes que al parecer estaría ubicada en la plaza de Méndez Núñez (donde posteriormente Antonio Reguera también abrió una juguetería) y es entonces cuando me empieza a relatar una historia fascinante, de esas que las piedras de esta ciudad han dejado atrapadas en el olvido. 
Muy cerca de allí, en la calle Real, concretamente en el entorno de la fuente de los Tornos, su abuelo, Leopoldo Rey Touriño, tenía un negocio de latón. Aquella calle Real de las primeras décadas del siglo XX era una calle repleta de oficios artesanales de los que hoy quizás solo recordamos a los cesteros, pero también había latoneros, con una importante labor a la hora de elaborar lecheras, tinas, o los más diversos utensilios. Hablamos de los inicios de los años cuarenta, cuando esta ciudad todavía se estaba despertando de la pesadilla de una Guerra Civil y muchos de sus habitantes querían afianzar sus vidas. El hijo de aquel latonero, también llamado Leopoldo, decide establecerse por su cuenta con un negocio propio. Tras conseguir un préstamo bancario Leopoldo Rey Vázquez se hace con un local en la plaza de Méndez Nuñez, esquina con la calle San Xulián, y allí, con la maquinaria precisa, comienza a trabajar el latón pero de una manera muy diferente a la que hacía su padre. Él se iba a decantar por fabricar juguetes, una actividad mucho más creativa, pero también más  arriesgada, pero que funcionó, y desde ese riesgo consiguió hacer felices a muchos niños que por aquel entonces tenían muy pocas oportunidades para poder jugar con algo que no fuera una pelota de trapo o unos cartones.
Con nueve operarios desde aquel taller se consiguió elaborar una producción que se distribuyó por diferentes  puntos de la península como Valencia o Madrid, pero que también en Pontevedra se comercializó en locales de la calle Oliva como Pirelo o Moure.
¿En qué consistía aquella producción?, pues dependía de las estaciones del año, así ésta se dividía en las estaciones de buen tiempo, primavera y verano, cuando se fabricaban cubos y palas; mientras en otoño e invierno lo que más se producían eran tambores, platillos y utensilios de cocina para las niñas. Junto con esta producción desde ese taller también se abastecía a las fábricas de gaseosa de la ciudad realizando las chapas de sus botellas.
El logotipo de la empresa era un rombo con el nombre de la firma REY en su interior que se incluía en cada una de las piezas que se elaboraban en unas planchas de latón que se cortaban, e imprimían en sus diseños, en Vigo, pero que aquí, en Pontevedra, se troquelaban dándole la forma necesaria para cada uno de los trabajos. Los años pasaban y llegaron los finales de los sesenta, años en los que un nuevo material, el plástico, comenzó a imponerse a los empleados. Una dura competencia que hizo que Leopoldo Rey, con sus hijos estudiados y con buenas perspectivas laborales, ya hubiese perdido aquella ilusión que décadas atrás le había hecho dar ese paso. La fábrica no se cerró hasta que todos sus trabajadores encontraron otra ocupación, ya que ese espíritu de humanidad estuvo siempre muy presente en aquel empresario que un día soñó con hacer juguetes de latón y lo que consiguió fue que una ciudad entera soñase con que alguien desde ella había creado juguetes.
Le pregunto al doctor Rey Cons si no guarda alguno de aquellos juguetes. «Yo no soy muy de guardar cosas del pasado...pero tengo algo por aquí, voy a buscarlo». Cuando regresa trae consigo un cubito con un estanque pintado en uno de sus lados y una pala con un dibujo, éste sí, diferente al que me había mostrado Guillermo y del que yo no le había comentado nada. Cubos de un tiempo que hoy vuelve a nosotros para recordarnos parte de lo que fuimos.




Publicado en Diario de Pontevedra 28/12/2014
Fotografía: Beatriz Ciscar

lunes, 29 de diciembre de 2014

Balcones literarios



Pocas situaciones son más emocionantes en el mundo de la literatura que las provocadas por un escritor de calidad y con un extraordinario manejo del lenguaje cuando éste se asoma al balcón de su pasado. Cuando realiza un ejercicio arriesgado (siempre lo es cuando uno se enfrenta a su pasado) de recuperación de la memoria propia, íntimamente ligada al ámbito familiar y de recuperación de un tiempo al que no demasiadas veces solemos pararnos a mirar de frente a lo largo de la vida.
Luis Landero ha decidido en su último libro asomarse a ese balcón, visualización del interior de su vivienda familiar y el exterior de la calle o del mundo en el que desarrolló su vida a lo largo de sus diferentes edades. Y lo ha hecho, como se deduce de sus palabras, en un momento necesario, en un orillamiento de su obra literaria que, al parecer, se encontraba en un momento de dudas y miedos sin tener muy claro por donde debía discurrir. Sin encontrar las palabras necesarias para un nuevo arreón literario el autor decide explorar su propio pasado y construir así un relato maravilloso. Un libro extraordinario que enseguida te cautiva al detectar una sinceridad y una franqueza en lo narrado que te pone la piel de gallina y en el que esa primera persona te va abriendo etapas de una vida, pero también etapas de un país que se reconoce perfectamente a través de esas experiencias ligadas a la realidad social, económica o histórica de cada uno de los  momentos vividos por el autor y que dividen el libro en sus diferentes capítulos.
Ese paisaje social tiene su contrapunto en el paisanaje que rodea al niño, al joven y al adulto que busca respuestas a las preguntas que el tiempo va sedimentando en nuestro carné familiar. Preguntas para conocer a los que uno cree que conoce desde la infancia, pero que, sobre todo llegado un cierto momento, necesita alumbrar esas zonas oscuras que uno nunca ha querido reconocer y otros, sus protagonistas, tampoco han considerado necesario que fueran iluminadas. Las relaciones, siempre complejas, con la figura paterna; la devoción por el sacrificio materno... o los diferentes familiares o amistades, tejen una red que envuelve al autor en este ejercicio que no ha debido ser fácil realizar. Pero esa necesidad estaba ahí, y quizás la imposibilidad de encauzar un relato novelesco haya sido la espoleta precisa para activar ese pasado y sumergirse en él. Rehacer ese camino pudo ser costoso, pero el resultado, por lo menos desde el punto de vista del lector, y sobre todo de quien esto firma, podemos acertar a decir que no ha sido en balde.
No me he asomado demasiadas veces al balcón literario de Luis Landero, pero creo que ya no me retiraré de él. Seguiré mirando hacia fuera, hacia esos libros que vendrán, la inspiración volverá; pero también recuperaré esos textos pasados que, al fin y al cabo, también forman parte de ese otro balcón.





Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 28/12/2014

sábado, 27 de diciembre de 2014

El piano



Cuando hace unas semanas escuché la noticia de que el piano del Café de Rick había sido subastado mi corazón cinematográfico se sobresaltó. Pensé que ya nada volvería a ser igual. Que mi visita a ese lugar al que acudo tradicionalmente en Navidad sería muy diferente. ¿Qué sentido tiene entrar en el Café de Rick si no está Sam tocando ‘El tiempo pasará’? ¿Cómo perderme el rostro entre desencajado e ilusionado de Ingrid Bergman al tiempo que en sus ojos pasa la relación con ese hombre del que estará eternamente enamorada? ¿Dónde iba a esconder Rick esos salvoconductos que llevarían a Ilsa y a Victor Laszlo hacia la libertad? Demasiadas preguntas sin una sola respuesta que me calmara.
Durante esta Navidad mis temores se esfumaron, desde la puerta de ese café en Casablanca mi mirada se cruzó con la de Rick para permitir mi acceso a ese espacio en el que encuentro todo lo que durante estos días se nos pretende vender como el espíritu de la Navidad de las maneras más absurdas, infantiles y etéreas. Allí dentro, entre licores, mesas de juego, el humo del tabaco y las miradas de esa colmena humana se respira más solidaridad, fraternidad, sueños, sacrificio, esperanza, amor e ilusión que frente a cualquier belén, ante los deseos de quienes no saben que existes a lo largo del año o recorriendo alguno de los centros comerciales que estos días nos atraen con sus hipnotizadores reclamos publicitarios.
Siempre he sido feliz acodado en esa barra o en una de sus pequeñas mesitas en las que sé que Rick nunca se sentará a brindar conmigo. Pido un vaso ancho con dos dedos de Johnnie Walker etiqueta negra para calentar el cuerpo, mientras el alma se reconforta, como en ningún otro lugar, viendo como esos personajes tejen sus relaciones en una Casablanca empleada como punto de huida de la sinrazón de una guerra y como trampolín para un futuro lleno de posibilidades. Muchas de esas posibilidades se encierran bajo la tapa de ese piano anaranjado con motivos marroquíes que en la película en blanco y negro parece brillar como un tesoro cada vez que sale en pantalla y que alguien ha comprado por 2,3 millones de euros. ¡Así como lo leen! Es la importancia y la necesidad del objeto en el cine, casi una humanización de un elemento inanimado, como lo fueron aquella estatuilla de El halcón maltés o el sombrero de Ninotchka y la capacidad potencial del cine para convertir en eterno todo lo que aparecía en sus pantallas de blancos y negros tan profundos como la propia vida. Sombras y luces que luchan con una realidad normalmente monótona y aburrida para transportarnos a unos lugares tan maravillosos que generan la necesidad de regresar a ellos de manera recurrente.
Cuando muchos se dejan arrastrar por la nieve de Bedford Falls visionando el título navideño por excelencia, Qué bello es vivir, se echan ciegamente en los brazos del buenismo yanqui del señor Capra donde todo es redención y lágrimas de felicidad. Cine, sí, y bueno, también; pero muy alejado de los matices que la vida va rascando en nuestra piel, cada vez más endurecida por el paso de los años. En cambio, en torno a ese piano se plantea un cruce de caminos por el que pasan numerosos personajes en busca de un sueño que podría ser el de todos y cada uno de nosotros. No hacen falta abetos decorados, villancicos (¡para qué un villancico si ya tenemos la Marsellesa con su libertad, igualdad y fraternidad!) o lágrimas de emoción, cuando todas las lágrimas del mundo se encierran en esa lágrima (quizás la lágrima más hermosa de la historia del cine) que cae con una densidad incalculable por el pómulo nacarado de Ilsa al darse cuenta de lo cruel que puede llegar a ser el destino.
Rick también sabe de destinos y crueldades, como si no de todos los cafés del mundo ella había ido a parar al suyo. Para alguien cuya patria es la bebida y que no mira más que por sí mismo, esa presencia es un terremoto de imprevisibles consecuencias ante el que asistimos estupefactos al ver como todo empieza a cambiar, siendo precisamente ese piano el que con sus notas y el As time goes by rasgado de la voz de Sam logran que todo entre en un proceso vertiginoso. Sam y su piano son los primeros en darse cuenta de que habrá problemas, gracias a eso sabemos antes que el propio Rick que ese piano será una caja de pandora llena de resentimientos y amores frustrados capaces de poner patas arriba cualquier guerra, pero también el cofre en el que ocultar los salvoconductos que permitirán la redención de Rick, el triunfo del amor y la conquista de la libertad. Casi nada.
Acabo mi whisky y veo a un hombre grueso acercarse a Rick, el camarero me cuenta que es el propietario de El loro azul, otro café de Casablanca y que debe venir a intentar convencer a Rick de que quiere llevarse a Sam a su local, sabedor de que gran parte del éxito del Café de Rick está en Sam y su música. Rick se lo lleva junto al pianista pero éste se niega a ir, es feliz junto a Rick. Y es que la felicidad es precisamente eso, estar bien en un instante, independientemente de tener más o menos, lo importante siempre es el ser no el tener. Y los 98 minutos que dura Casablanca son eso, minutos del ser, no del tener, instantes que te reconfortan el alma y te dejan una sensación que solo el cine clásico es capaz de conceder a sus espectadores, y eso sí que no lo sé explicar con palabras, siendo ese misterio lo que más se asemeje a ese espíritu de la Navidad al que otros acceden estos días de otras maneras muy diferentes a la mía.





Publicado en Diario de Pontevedra 27/12/2014

No berce da memoria



Volta Suso de Toro á escrita, se é que alguén que se di escritor pode ser quen de deixar algo que se leva apegado á alma do que un é. E volve porque sempre hai algo que contar, e sempre hai xente ao outro lado á que lle interesa o que pode dicir un dos nosos autores máis considerados. Unha ausencia que este sistema cultural e editorial non se pode permitir durante demasiado tempo, de aí a ledicia de atoparnos con este novo libro nas mans e bulindo na nosa mente.
Un libro formado por tres relatos. Tres narracións que conforman as faces dunha pirámide alicerzada na memoria. Un símbolo de eternidade, como eterna ten que ser unha memoria na que sentirnos ao acubillo, como nun berce, dunha sociedade moitas veces demasiado rápida á hora de borrar pegadas que non lle interesa ter sobre ela. Dende esa memoria Suso de Toro artella tres narracións cheas de forza que non deixan ao lector indiferente, senón que pretende collelo pola lapela e axitalo, cando menos un pouco. Dende esa axitación asomámonos a esas tres voces que nos falan do pasado, pero que neste presente amósanse moi necesarias para nós mesmos e a nosa construción común. Porque dende esa recuperación é dende a que temos que fornecer unha sociedade que sempre debería ser mellor co que xa se viviu. Esa é a teoría, claro, logo o mundo achéganos a súa propia versión.
Suso de Toro recupera dende esas voces pasaxes que van entre o coñecido e o imaxinado, entre o vivido en primeira persoa e o relato construído coma un elemento para a reflexión. No primeiro deles atopámonos ante a intolerancia da represión nos momentos finais dunha ditadura moitas veces dulcificada pero que tivo momentos noxentos e non moi lonxe do noso hoxe. Uns feitos que acabaron en mortes, en axustizamentos indignos para unha sociedade que moitas veces agocha baixo a súa alfombra feitos cos que, nun ou noutro momento, imos a tropezar para caer como especie. O segundo fálanos da perda da memoria, do paso do tempo nun home que xenera o seu propio mundo enfrontándose ao que acontece acotío ao seu arredor, e o terceiro é o brutal berro dun escritor, un grito case primitivo ante a sociedade, ante o que acontece moitas veces na escrita nun país e a partires dunha historia que se volve escuridade e na que o autor se sente cómodo, un síntoma dun tempo que ogallá pasase xa a mellor vida.
O que si semella que pasou a mellor vida é a ausencia do autor da literatura. Suso de Toro volve e nós, alegrámonos desa presenza que a moitos nos leva acompañando dende fai moitos anos. Anos nos que nos suxeitamos ás súas obras para tentar entendernos e tamén ao que nos rodea. Agora é o propio autor o que nos fai participar do que o sustentou a el mesmo, e que non é máis que esa memoria que debería ser irrenunciable para todos nós.





Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 21/12/2014

martes, 23 de diciembre de 2014

La Venuspasión de Diego Moldes

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura ▶ El próximo viernes 26 en la Casa das Campás el pontevedrés Diego Moldes presentará su último trabajo relacionado con el cine y la literatura. Dos enfermedades que casan muy bien y con unos síntomas que producen joyas creativas como este libro, absolutamente cautivador por lo que enseña, pero también por lo escrito.


No por ser de sobra conocida la anécdota dejas de estremecerte cada vez que recuerdas a Sthendal sufriendo el síndrome al que dio nombre en pleno éxtasis, mareado, observando la iglesia de la Santa Croce en Florencia. Pocas veces un libro te puede provocar algo similar a ese síndrome que se produce ante una masiva acumulación de belleza. Mareos, sudores fríos, estremecimiento y admiración, pero sobre todo, mucha admiración, se van sucediendo en un carrusel de emociones al que te hace subir Diego Moldes en este trabajo que rinde tributo a uno de los más portentosos imanes del mundo del cine: sus mujeres. Para los que amamos este arte, para los que nos emocionamos cuando vemos una pantalla en blanco y negro peleando con la oscuridad para transportarnos a un mundo repleto de magia y emoción, este libro es una suerte de inmenso regalo. Y formalismos aparte ¡es una pasada!
El soberbio catálogo de imágenes de las más bellas artistas del mundo del cine se suceden así, en una espiral salvaje que solo Alfred Hitchcock ha podido emular cuando nos incrustaba en el moño de Kim Novak en ‘Vértigo’. Pero pese a lo que suele suceder en este tipo de libros de magníficas ilustraciones, en las que el texto se somete a la imagen, convirtiéndose en un desvaído apoyo que poco o nada te dice, en esta ocasión los textos tienen una capital importancia ya que nos abren infinitas puertas de la Historia del Arte y del cine, haciéndolo desde una perspectiva plenamente rigurosa y con numerosas aristas de buena literatura.

La mujer en el arte. El hermoso prólogo realizado por el poeta Luis Alberto de Cuenca nos abre un mundo literario que demuestra las más que probadas habilidades como escritor de Diego Moldes, del que ya conocemos numerosos ensayos de cine, obras sobre baloncesto y una novela. Ese afacetamiento de la escritura sirve para componer todo un conjunto de textos muy diferentes entre sí que evitan caer en la monotonía cada vez que te enfrentas a las vidas de estas artistas y permiten que el resultado final sea de lo más agradable. Pero antes de llegar a esos textos, que completan los diferentes capítulos de las artistas, surgen, como los picos de una gran cordillera, varios textos sobre la mujer en la Historia del Arte en los que con un rigor extraordinario se aproxima a elementos tan aclaratorios como la mitología de la mujer en Occidente y Oriente, la sensualidad y la sexualidad o el erotismo, y todo ello para concluir en las actrices de cine como parte de un proceso natural de la Historia del Arte que, desde la pintura o la escultura, desembocó en el gran arte del siglo XX, el cine.  Incluir a todos esos nombres como una parte de todo ese proceso es una brillante iniciativa que sirve para explicar desde criterios historicistas lo que el cine, y sobre todo desde el Hollywood clásico, pretendía evocar desde unas películas surgidas como parte del componente espectacular del cine, pero que ha derivado en su comprensión como hecho artístico de primer nivel. Una vez planteado ese texto el autor nos cita a todas aquellos que no han podido incluirse en este volumen, ausencias lloradas que rápidamente se olvidan cuando avanzas en las siguientes páginas las de las Venus del cine, la Venuspasión de Diego Moldes.


Venus. De Greta Garbo a Maggie Cheung, la actriz de Deseando amar (In the Mood for Love), se abre un abrumador ramillete de actrices cuyas caras y cuerpos resplandecen como solo ellas lo han podido hacer, ayudadas por una industria que sabía del potencial de atracción que tenía en sus rostros y sus cuerpos. Es peligroso hablar de cuerpos cuando estaba en vigor el Código Hays pero muchas veces los directores se servían de esas restricciones de la censura para sacar más punta a sus actrices y mostrárnoslas repletas de una belleza que se incrementaba ante la precisión de sus sugerencias.
Una tras otra estas páginas te convierten en el Sthendal del que hablábamos al principio, absolutamente impresionado, pensando en cada uno de los momentos que has pasado junto a ellas gozando de un cine que, y todos los sabemos, no ha vuelto a repetirse. Diego Moldes hace algo que no es nada fácil y es el diversificar el planteamiento de sus textos, empleando voces diferentes, narradores singulares, poesías, cartas... todo vale y todo es literatura para aproximarse a este universo icónico que ha marcado la vida de tantos y que aquí se traduce en las experiencias que el propio autor ha tenido en sus aproximaciones a los títulos en que estas aparecen, o en elementos de la literatura que se pueden compaginar con la propia actriz.
Estas geografías humanas, otrora Venus mitológicas recreadas en los siglos sucesivos por la mano de un sinfín de pintores, se convierten aquí en Venus de una actualidad que ha tenido en el cine su fiel reflejo como casi ningún movimiento artístico, con la excepción del impresionismo, lo ha sabido hacer. Estas actrices representaron los sueños de numerosas mujeres por ser como ellas, por vestir, moverse, sujetar un cigarrillo o mirar a un hombre como ellas lo hacían en la pantalla, pero también por los sueños de unos hombres que  contemplaban abducidos como estas mujeres les dejaban con la boca abierta para protagonizar otros sueños de mucho mayor voltaje.

Mujeres, bellezas, venus pegadas a nuestra memoria y a las que gracias a este libro podemos tener entre nuestras manos (aunque no  tal y como hubiésemos querido) para renovar nuestro compromiso con ellas. Diego Moldes ha afrontado una empresa mayúscula, de la que seguro ha disfrutado muchísimo, ya que si el lector lo hace es porque antes un autor lo ha hecho forjando esas ilusiones. Aquí son muchas las ilusiones presentes, faltan algunas. Nunca te perdonaré, querido Diego, que una de esas ausencias sea la de Katharine Herpburn, un lunar pelirrojo que no ensombrece un trabajo ante el que solo se puede decir una cosa: gracias.




Publicado en Diario de Pontevedra 22/12/2014
Fotografía: Portada del libro Venuspasión y una imagen de Greta Garbo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Una novela, una ciudad, una vida.


 Una novela es un estado de espíritu, un interior cálido en el que uno se refugia mientras la escribe (...) 

Sentarse en un tranvía de Lisboa y acodarse en el marco de la ventanilla es uno de los placeres en prosa que le da a uno la vida. (...)


[‘Como la sombra que se va’
Antonio Muñoz Molina.]


Escribir y Lisboa confluyen en la última novela de Antonio Muñoz Molina tal y como lo hacen la ciudad y el Atlántico a través de esa rampa de la Praça do Comerçio que se hunde en el océano cada vez que sube la marea. Ese sentido de inundación es el que te envuelve a lo largo de una novela inmensa, ciclópea y sí, homérica (si no lo digo reviento), tanto en sus pretensiones como, en lo que es más difícil, en su resultado final. Una inundación de historias que te arrastran como una de esas torrenteras que te envuelven de manera imprevisible, dejándote al albur de las circunstancias.
Siempre son una bendición las novelas del autor jienense, acogidas una tras otra como un firme latido de nuestra literatura. Las hay que marcan un momento especial, un instante que uno de mis profesores de Universidad definía como un momento bisagra, esos que cierran una etapa y sirven para abrir otra, tanto en lo narrativo como en lo personal. Y es que si de algo nos sirve esta novela a la hora de calibrar a Antonio Muñoz Molina es para comprobar empíricamente como ambos vectores se convierten en uno solo. Una fuerza unidireccional que logra que el proceso de construcción de una novela se convierta en parte de la construcción de una vida.
Asomados a ese balcón pessoano sobre el Atlántico sentimos como el agua toca la punta de nuestros zapatos al conocer la historia de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King quien, en su fuga, pasó diez días en Lisboa a la espera de lograr un escondite en alguna colonia lusa. Al tiempo que el agua llega a nuestras rodillas, empezamos a adentrarnos en otra historia, la del propio autor, abierto en canal y mostrando sus entrañas de escritor. Esas vísceras que tantos ocultan bajo un falso pudor son el tintero desde el que convertir una historia individual en un proceso de conocimiento y reflexión de carácter colectivo sobre lo que supone escribir una novela en dos tiempos muy diferentes. Uno, el de aquella obra de 1987, ‘El invierno en Lisboa’, que colocó al escritor en lo literario de manera destacada; y otro, el de esta nueva obra redentora, ‘Como la sombra que se va’.
Ciertamente hay mucho de perseguir sombras, de intentar atrapar con un cazamariposas a esas siluetas que el tiempo ha ido perfilando en rincones, personas, situaciones, errores y aciertos, pero también miedos, ensayos, experiencias... en definitiva, las mareas que van y vienen, aquellas por las que navegamos en ocasiones a bordo de barcos de papel que nosotros mismos pensamos son buques acorazados. La vida, la nuestra y las de los que nos rodean, las de los seres que tocamos o las de aquellos que nos seducen desde la lectura, son las que nos pueden llevar a pensar que nuestra realidad discurre paralela a la del resto de una humanidad de la que, indefectiblemente, somos parte, por pequeña que ésta sea, y ante las que nunca estaremos lo suficientemente preparados para saber cuando ambas colisionarán.
Notamos el agua a la altura del pecho al tiempo que percibimos otra angustia, la del escritor ante un proceso tan fascinante como agotador. Horas de preparación para la consolidación de un andamiaje en el que se va a pasar los próximos meses. Escribir como un equilibrista que sujeta por un lado de esa barra que permite mantener la verticalidad, el argumento que propicia la narración, y por otro, la propia vida del autor. Esa sí que es una colisión brutal, una alteración del ecosistema del hombre a causa de un fenómeno que, como esas mareas atlánticas, asola todo lo que rodea a su paso. Cuando ésta se retira queda un terreno resbaladizo, una inseguridad que marcará el tiempo que se abre tras el punto y final. Pero hay novelas que permanecen, que permanecerán siempre, en el autor y en sus lectores, el todo literario. Como este invierno en Lisboa que vuelve a ser invierno casi treinta años después. Un todo que se necesita como la ciudad necesita a sus personajes, a sus calles, a sus olores y sonidos, al igual que la novela precisa ese punto de ignición desde el que constituirse en relato, siéndolo aquí un asesinato y una huida, aunque quizás como excusa para hablar de lo que es el centro de la vida de un escritor, la literatura y su relación con ella. Desde una ejemplar honradez Antonio Muñoz Molina se sube a uno de esos tranvías lisboetas para fundirse con esta ciudad que toma como protagonista de la novela, pero también de su vida, cruzándose con ella como el trazado de los raíles sobre el adoquinado. En movimiento piensa y escribe sobre un asesino, pero también sobre una persona que soñó y peleó por ser escritor, para ahora, desde esa escritura, contemplar una de esas encalmadas que la vida abre en nuestra singladura.
Ya con el agua al cuello le acompañamos en esta bitácora imprescindible para el buen lector que conocerá el tizón que todo escritor lleva consigo, los obstáculos que hay que sortear, las noches en las que la pantalla del ordenador se convierte en un fármaco contra la ansiedad, el remordimiento por lo no escrito y lo que se ha orillado en la vida personal por pagar esa deuda impagable con el oficio. "Se escrevo o que sinto é porque assim diminuo a febre de sentir", dice Fernando Pessoa. Sempre Pessoa.




Publicado en Diario de Pontevedra 20/12/2014.
Foto. Efe.

martes, 16 de diciembre de 2014

Reinvenciones artísticas

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura ▶ La obra de Kike Ortega vuelve a mostrarse en Pontevedra, su ciudad, reinventándose desde la apropiación de materiales para sustentar unas obras cada vez más asentadas en un compromiso con una manera de pintar singular. La reinvención también llega al espacio expositivo, el antiguo local de Maqueira en la plaza de España.



Donde había sedales, botas de agua, cañas y sombreros con plumita en el ala... ahora nos encontramos una galería de arte. Así como lo oyen, es lo que tiene esta Pontevedra capaz de sorprenderte un día sí y otro también. Entramos en ese espacio que durante décadas ocupó el comercio de pesca de Maquieira en la plaza de España y nos encontramos al propiciador de ese cambio, Kike Ortega, un artista que amplía la longitud de su trabajo no solo al tamaño del bastidor, sino a todo aquello que le rodea.
Infatigable defensor de su obra, cada vez que nos encontramos a Kike Ortega en Pontevedra hay detrás una lucha por encontrar un espacio expositivo y por amoldarlo a sus obras, al fin y al cabo a lo que se debe, y a lo que se lleva debiendo muchos años este artista que decidió hacer de la plástica su medio de vida, dicho esto en todos los sentidos, incluso el de un medio en el que estar vivo, en el que sentir y palpitar su incontenible expresividad.
Son las obras de Kike Ortega obras de una enorme potencia, una fuerza que se consigue desde varios vectores que confluyen en ellas. La idea del creador, los elementos empleados como sustento de la pieza y su materialización. Las ideas se convierten en líneas, en trazos contundentes que reflejan motivos de nuestra cultura y sociedad actuales: edificios, perfiles urbanos, personajes descontextualizados... para componer unas obras que no dejan a nadie indiferente. Tras la idea, el soporte, y el soporte es la gran reinvención de Kike Ortega. Sacos de arpillera, bidones de lata, maderas, hierros... elementos muertos para nuestra sociedad resucitan como parte, y parte sustancial, de una obra de arte. La propia piel de esos objetos forma parte de la plástica empleada en la obra, apropiándose inteligentemente el artista de ella, así como de sus tactilidades. ¿Qué cielo tan maravilloso ofrecen esos bidones carcomidos por el óxido como fondo de un paisaje urbano? ¿Qué capacidad matérica tiene esa arpillera para servir de base a varias escenas? Cojamos una de ellas, ese maravilloso trabajador, ¿o es un jefe?, ¿o un artista?... ustedes mismos. Jueguen con la pieza, intégrense en ella, acérquense a ese escenario y vean esa maravillosa foto sobre el escritorio o esos libros, para nada casuales, ahí colocados. Todo este gran collage muestra la fascinante capacidad de Kike Ortega para generar un universo plástico, para integrar elementos de lo más variopinto en una misma escena. Maderas, el respaldo de una vieja silla, un saco, libros, pintura... todo son parte de un todo en lo que nada se muestra como algo discordante.
Y tras la idea y el soporte, esa materialización en la que Kike Ortega emplea la línea como un funambulista por la que atravesar cada uno de sus escenarios. Sus perspectivas urbanas como la Gran Vía de Madrid o su emblemático edificio Flatron de Nueva York nos dejan a esa línea negra y profunda como el protagonista de unas obras en las que la perspectiva y la construcción de un espacio real parecen integrar al espectador dentro de ese paisaje que tan bien domina quien tiene una formación como arquitecto.
Pero no solo de estas arquitecturas se nutre Kike Ortega, hay otras arquitecturas, quizás mucho más intensas y complejas como lo puede ser la arquitectura humana. La de unos cuerpos construidos a través de estados de emoción que se vislumbran por sus poses y actitudes, seres que pueblan sus cuadros con una gran capacidad de fascinación y de interrogar al espectador sobre su propia presencia e intenciones.
Sale como siempre suele hacer Kike Ortega al encuentro del público, él es el primero que sabe que la obra hay que hacérsela llegar como sea, a ello dedica un enorme potencial que compite con su propia labor como artista, pero eso también es parte del proceso comunicativo que toda obra de arte debe tener. Ahora ha descubierto un espacio privilegiado, en un lugar muy visible y con capacidad para seguir sosteniendo proyectos artísticos, el de Kike Ortega o el de cualquier otro. Pero ahora es el tiempo de Kike Ortega, como lo suele tener una vez al año interrumpiendo sus exposiciones en diferentes puntos de la geografía española, como Santander o Madrid, para mostrar sus mundos en su ciudad, el lugar en el que nacen cada una de sus piezas y donde se pueden encontrar las claves para aproximarnos a ellas. Háganlo no les defraudará, acérquense a ese hombre de espaldas a la realidad, ensimismado en su trabajo, quizás el propio artista en su momento más intenso, el de pensar una obra de arte, aunque tratándose de Kike Ortega la intensidad es una manera de enfrentarse al mundo y de rebelarse como artista que necesita a ese mundo para construir el suyo propio. En eso está, y a fondo.



Kike Ortega en primera persona
«-Yo- soy un artista atípico
Ni soy bohemio, ni anárquico. Todo lo contrario, soy muy disciplinado. Ni me gusta tampoco ir de incomprendido aunque esto pueda resultar una pose muy interesante, incluso os diría que creativa, pero uno corre el riesgo de justificar así todos sus errores.
-Yo- entiendo el Arte como un oficio. Como una carrera de fondo donde espero que me de tiempo a hacer un montón de cosas y de vez en cuando alguna valga la pena.
-Yo- no soy un Arquitecto metido a pintor. No, no. Todo lo contrario!
-Yo- soy un pintor metido a Arquitecto.
Yo necesito pintar.
Bendita soledad la del pintor.
Bendita soledad buscada y no impuesta.

Aquí nadie me dice nada».


Publicado en Diario de Pontevedra 14/12/2014
Fotografía de Azahara Enríquez

lunes, 15 de diciembre de 2014

Á pescuda do persoal


«Unha novela que te vai obrigar a seguir lendo ata o final». É a frase que pecha, na contracapa do libro, a breve presentación que se fai da última novela de Francisco Castro. Unha frase típica das novelas de intriga e suspense que sempre semella un chisco pretenciosa, pero que, de cumprirse, suporía todo un éxito para este título.
O certo é que, tras cada liña, tras cada páxina, polas que atravesa a mirada do lector, alo menos deste que lles escribe, esa frase retumba unha e outra vez. O está a facer!, o está a facer!... e segues a pasar páxinas, e ves como Antonio, o protagonista de ‘Tes ata as 10’, fía pistas na procura dun segredo que se abre trala morte do seu pai. Unha lea de pescudas que te atrapan pero das que Francisco Castro tamén saca outro partido, este moito máis intenso e cheo de afoutezas literarias, xa que nese xogo co xénero do thriller agóchase outra pescuda, ésta íntima e persoal, a dun home nun mundo que non lle foi moi amable. Ao verse enchoupado por estes sucesos ábrese para Antonio todo un abano de expiacións de si mesmo e das súas relacións  máis próximas. Namorado por vez primeira, afastado da súa nai e descoñecendo moitas das facianas do seu pai, recén finado, Francisco Castro é quen de artellar un muestrario da complexidade das relacións humanas que moitas veces, as máis delas, precisan dun detonante que faga que nos enfrontemos a elas e a aquilo que nos intimida.
Na contorna desas situacións móvese o outro relato, o dunha investigación sorprendente por como se produce e polos fíos dos que ten que tirar o protagonista para que progrese o relato. Este outro camiño cóntase de xeito engaiolante, atrapándote polo bo manexo que se fai dos recursos que permite este xénero e que se enchen de chiscadelas literarias que amosan o amor que o propio autor ten por libros que agromaron en moitos de nós a semente da lectura. E todo iso sen despegarse dun momento moi concreto da nosa historia á que ven moi ben mirar aínda que sexa envolvéndose cun baño de chocolate. A falla na liberdade de expresión no franquismo ou as condutas soterradas de moita xente compoñen parte do crebacabezas que nesta novela ten a Vigo como a paisaxe física na que se moven os personaxes na procura de solucionar un misterio que dará pé a outras solucións, persoais e cheas de medos, pero moi necesarias para que o protagonista sinta que a vida se lle pega á pel para conformar a súa propia vida.
Rematamos o libro e volvemos a atoparnos esa contracapa e alí unha frase que nos desafiaba ao principio da lectura pero que agora convértese nunha beizón. Unha obriga pola lectura, polo entretemento, pero tamén por descubrirnos a nós mesmos e as zonas escuras das nosas vidas.




Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 14/12/2014

domingo, 14 de diciembre de 2014

Latidos



Late el corazón de esta Pontevedra que mira a la Navidad como un destino ya inevitable. Late desde su pasión por el arte, desde su tradición creativa plagada de artistas que llevan su nombre a todas las partes del mundo. Late desde la piedra de su casco histórico y cerca de ese Museo de Pontevedra alrededor del cual parece que empiezan a sentirse latidos de ilusiones artísticas. 
De las numerosas cosas que me apasionan de la ciudad de Porto una de ellas es la calle Miguel Bombarda, una calle que concentra el mayor número de galerías de arte por metro cuadrado de toda Europa y en la que cada dos meses se celebra una fiesta de inauguración de las propuestas artísticas de cada una de las galerías llenando la calle y su entorno de unas horas de convivencia, diversión y alegría alrededor de la cultura. Siempre me ha parecido una idea muy exportable a esta Pontevedra que, con su casco histórico peatonalizado y cada vez más lindo, admitiría una concentración de espacios artísticos que, funcionando interrelacionados, ofreciesen ese espectáculo que además sería un reclamo para llenar la ciudad con gente vinculada al mundo del arte. Dos cuestiones parecen poner en los últimos tiempos en la buena dirección lo que sucede artísticamente en esta ciudad. Por un lado la conexión que está empezando a haber entre diferentes elementos del entramado cultural pontevedrés que, sin grandes infraestructuras o apoyos presupuestarios, han sabido generar propuestas realmente interesantes engrasando esos vínculos de trabajo y aquí, desde la concejalía de cultura, se ha trabajo muy bien este aspecto, el de fomentar las relaciones y los trabajos en común entre diferentes agentes locales; y por otro, el que hayan comenzado a surgir espacios alternativos a los centros oficiales de un gran dinamismo y aglutinadores de esas otras sensibilidades que muchas veces no encuentran el cauce de la administración o simplemente huyen de él. Pioneros como la Fundación RAC, la galería Abour-Art, o el Portal 48 están viendo durante estas últimas semanas como nuevos espacios se quieren sumar a ese entramado cada vez más sugerente. 
Si hace una semana asistimos a la apertura de la Pop-Up Store en la calle Padre Luis, con Alberto Gulías al frente, en una especie de galería de arte o almoneda en la que encontrar objetos y piezas artísticas de las más dispares procedencias; desde ayer, Fernando Lafuente y Rosa Neutro abren en la calle Manuel Quiroga Piso-dos, como oferta expositiva o taller a disposición de aquellos que non encuentran un espacio para mostrar su trabajo y que ya están cansados de peregrinar por cafeterías; y a ellos también debemos sumarle la experiencia siempre enriquecedora y valiente de Kike Ortega con un nuevo espacio, temporal, aunque quien sabe si hay buen olfato por ahí, en la plaza de España, donde en el antiguo comercio de artículos de pesca de Maqueira ha abierto una exposición con su obra. Estos espacios físicos también tienen su reflejo en donde se reflejan las cosas hoy en día, en las redes sociales y ahí también estamos viviendo un empujón a cargo de la revista digital La lata muda que, desde Pontevedra, está funcionando como ensamblaje para muchas de las situaciones interesantes que se están moviendo alrededor del arte en el noroeste peninsular. Son estas iniciativas una pequeña reflexión sobre lo que podría ser este casco histórico de Pontevedra reconvertido en andamiaje artístico para muchos creadores y las posibilidades que llegarían a ofrecer como satélites que deberían girar en torno a ese gran planeta que tiene que ser el Museo de Pontevedra. Por tradición y posibilidades sus exposiciones y actividades deberían vincularse en mayor medida al arte actual y responsabilizarse de una programación rigurosa que plantee una línea de trabajo coherente. Ese gran astro arrastraría a que todos esos otros espacios se viesen favorecidos por la llegada de visitantes y flujos de información, de gente que tiene en el arte de calidad un motivo para desplazarse y acercarse a una ciudad que está desde siempre llamada a convertirse en un destino cultural a partir de la cultura que se hace en ella. El Culturgal visibilizó hace una semana esas posibilidades, pero imagínense un Culturexpo cada dos meses llenando el casco histórico, sus calles, cafés, restaurantes o locales de ocio de un público deseoso de ver y sentir arte, pero también de ver y sentir una ciudad. Ojalá estos latidos que se empiezan a reconocer sigan impulsando nuevas iniciativas y propuestas encaminadas a reforzar el latido general de una ciudad de arte.






Publicado en Diario de Pontevedra 13/12/2014
Fotografía: Una vista de Pop-Up Store (Rafa Fariña)

martes, 9 de diciembre de 2014

Los 'Lautrec' de Pontevedra

Rue Saint-Antoine nº 170
Grabado ▶ El 24 de noviembre de 1864 nacía Henri de Toulouse-Lautrec. Toda Francia, desde su Albi natal hasta París, recuerda a uno de los pintores de la modernidad artística en su 150 aniversario. A muchos kilómetros de allí, a la Pontevedra de finales del siglo XIX, llegaron tres grabados del pintor. La clave, la biblioteca de los Hermanos Muruais.


Las últimas décadas del siglo XIX eran una lavadora en constante centrifugado. Un continuo ir y venir de cambios que, en todos los aspectos de la sociedad, mudaron un mundo que se agotaba en sí mismo. El arte, siempre atento a esos pálpitos sociales, se volcó con el nuevo tiempo, con un mundo urbano que iba acogiendo cada vez a mayor población y diversificando sus opciones de vida. París se convertía en el centro del mundo mientras a Nueva York le salían todavía los dientes a la espera de su hora.
Toda una generación de nuevos artistas hicieron suyo ese tiempo y su mirada se convirtió en nuevas pinceladas que orillaron el decimonónico arte de los Salones para pegarlo a las calles y locales de ese París convertido en una fiesta. ¡Y más que lo iba a ser! Entre todos ellos quizás Henri de Toulouse-Lautrec abanderó como ninguno esa vida festiva y desenfrenada de los nuevos bailes, de una sociedad desinhibida que descubría que la vida era para disfrutar y no solo para trabajar. Su obra más conocida es la que sale de la contemplación directa, se dice que tenía una mesa reservada en el Moulin Rouge para captar todo ese ambiente que se volcaba en cuadros, dibujos, anotaciones, carteles o grabados. Son precisamente los grabados, incluidos en álbumes, los que mejor podían llegar a diferentes rincones del mundo por aquellas personas interesadas en hacerse con un trocito de modernidad. Y si nos centramos en lo que era modernidad en la Pontevedra de aquel fin de siglo debemos ir directamente a la casa de los Hermanos Muruais en la famosa Casa del Arco en la plaza de Méndez Núñez. Allí, un pedacito de París, servía de inspiración a conversaciones y tertulias, pero también a escritores y periodistas, pero sobre todo a las miradas de los que sabían que en aquella casa, sobre todo en su biblioteca latía un nuevo tiempo.


Escribe Jean-Marie Lavaud en un artículo, asombrosamente escrito, por lo prematuro, en la revista del Museo de Pontevedra en 1975, como «alrededor de la galería colgaban carteles de París que retrataban a actrices célebres o representaban el french can-can». En esa galería tenía lugar la famosa tertulia de los Muruais (muy desmitificada desde otro extraordinario libro firmado por José Antonio Durán, ‘Hª e lenda dos Muruais’), aunque también podía reunirse en unas dependencias en la planta inferior. En esa planta baja se encontraba la biblioteca, con una habitación acolchada que se encontraba donde hoy se encuentra un comercio, justo bajo el arco. ¿Y qué había en esa biblioteca? Pues una asombrosa variedad de títulos, literatura europea, libros de arte, pero también revistas, importantísimas en aquel momento como expositores de lo que sucedía en las ciudades y en los movimientos artísticos. Pero si había un punto de referencia del que nutrirse ese era París, y los Muruais tenían muy claro quienes marcaban el paso en esos momentos. Es impresionante seguir la relación de títulos y autores que Jean Marie-Lavaud escudriñó en ese legado Muruais. Lo esencial de las letras francesas de las tres últimas décadas de ese siglo XIX estaba presente en Pontevedra casi al mismo tiempo que en el propio París, en una colección que se dejaba llevar por esa frivolidad parisina. Hay un gran interés por relatos de mujeres, por historias sentimentales con un cierto erotismo. No es extraño que estas narraciones y visiones influyesen en uno de aquellos ilustres visitantes, como fue Ramón Mª del Valle-Inclán, quien, en pleno procesión de creación de ‘Femeninas’ (1895), no dejará pasar la ocasión de nutrirse de esas obras, y que agradecería en un ejemplar de la novela dedicado a Jesús Muruais así: «A Vd., mi querido Jesús Muruais, a quien debo consejos de maestro y alentamiento de amigo, dedico este libro en prenda de amistad». Lo literario se verá acompañado también por una amplia colección de álbumes con ilustraciones y grabados centrados en la mujer y con títulos tan evidentes como: ’Etudes sur la toilette’, ‘Nos jolies parisiennes’, Les reines de Paris’ o ‘Les femmes galantes’.

Es realmente importante, tanto por su calidad como por el nombre de sus autores, la colección de grabados que actualmente se guardan en la Biblioteca Pública de Pontevedra como parte de este rico legado allí depositado. Una colección que ya en el año 1994 protagonizó una exposición comisariada por el director de la biblioteca, Daniel Buján, con el asesoramiento técnico del gran conocedor de estos tesoros gráficos locales, Enrique Acuña. Un catálogo que evidencia la importancia de unas obras firmadas por Fantin-Latour, Doré, Millet, Manet o Daubigny, entre otros, y como no, Henri de Toulouse-Lautrec.
Son tres las litografías firmadas por el pintor de Albi, tres escenas que evidencian la frescura de su mano, al captar instantes de ese ambiente festivo presentando a personajes del momento. Uno de ellos refleja a la cantante Yvette Guilbert, símbolo de la Belle Époque; otro recoge a dos espectadores en el café, y el más interesante, el de la bailarina Jane Avril, con la que el artista mantuvo una breve relación y a la que inmortalizó en varias pinturas. Los trazos simples y marcados son capaces de generar la sensación de movimiento, con esa falda que levanta el vuelo como una mariposa, las mangas anchas y el sombrerito completan la típica indumentaria de las bailarinas de la época. La protagonista de este grabado propiciaba comentarios como el de Paul Leclerq, amigo del pintor: «Jane Avril bailaba, pirueteaba, graciosa, ligera, un poco loca, pálida, delgada, elegante... giraba, volvía a girar, sin peso, nutrida de flores; Lautrec proclamaba su admiración».
Son instantes de la modernidad parisina, acogidos en otro templo de la modernidad. Un templo ubicado en la plaza de Méndez Núñez: la biblioteca de los Hermanos Muruais.





Publicado en Diario de Pontevedra 7/12/2014
Fotografía: Litografía de 'Jane Avril' (1893). Biblioteca Pública de Pontevedra
Jesús Muruais en su famosa biblioteca. Archivo Gráfico Museo de Pontevedra

lunes, 8 de diciembre de 2014

Culturéxito

Un ano máis o Culturgal converteuse nun culturéxito, amosando a afouteza do sistema cultural galego fronte a marexadas e treboadas. Vela cantidade de xente que se achegou ao Pazo da Cultura nesta fin de semana deixa ben claro o interese polo que fan os nosos creadores e a aposta por continuar fortalecendo esta cita, xa apegada a nosa cidade.
Este ano incorporouse a obriga de pagar por entrar ao Culturgal, e esa aposta o que acadou foi visibilizar o compromiso do público coa xente que traballa na cultura e que ten que facer rendible o seu traballo, de igual xeito, o Culturgal, cada vez con menos axudas, sente a palmada no lombo para continuar facendo tan ben as cousas como as fixo ata hoxe.
Xa temos que pensar no vindeiro ano, incorporar novas achegas para seguir facendo forte a nosa cultura, na que tantas cousas nos van nela. Parabéns!


Entre Dous. Diario de Pontevedra 8/12/2014

domingo, 7 de diciembre de 2014

Combate literario


Se cada libro que asina Xabier López é unha sorte de combate literario coas súas intencións narrativas e o resultado final, neste libro ese combate convértese no motor da súa escrita. Preocúpalle a Xabier López non facer libros semellantes, gusta de hibridar xéneros, de facer que voces diferentes participen da súa proposta para compoñer libros que xoguen cos límites da novela. Límites que el mesmo é quen de debuxar.
‘Olympia ring, 1934’ e unha vicisitude máis daquel xornalista pontevedrés, «obeso e sentimental», metido a investigador que alicerzou o xénero negro galego en ‘A vida que nos mata’ (2003), de nome Sebastián Faraldo. Vive na praza da Leña e traballa nun xornal local  coas obrigadas tensións co seu director. Nesta nova aparición debe partir a Barcelona, a unha Barcelona moi concreta, a do outono de 1934 que ven de ver como se frustrou a proclamación do seu Estatuto mentres a atención mundial miraba cara esa cidade na que se ían enfrontar polo título mundial dos pesos pluma Josep Gironés e Freddie Miller. Nesa velada, nos combates previos a disputa polo título, un deles o protagonizará un boxeador que vai dende Pontevedra, alcumado ‘O Camión’. Un suceso fará que se desenrolen os acontecementos e obriguen a Sebastian Faraldo a tirar dalgúns fíos soltos que atopa cando se achega aos feitos.
O que se move arredor desa noite puxilística mestúrase co ambiente político e histórico daquela Barcelona, compoñendo, Xabier López, unha narración forxada en elementos propios do xénero negro: o mundo de boxeo, a escuridade, os baixos fondos, o crimen, os personaxes solitarios, as apostas ... cun pano histórico que fai que a novela no se quede só nunha obra de xénero, senón que explora eses novos límites dos que antes falamos. A obra non fuxe, nin debe facelo, desa chea de imáxenes que o cinema acuñou ao longo da historia. É inevitable e ademais completa a proposta narrativa do autor o adaptar esa escrita ao mundo da imaxe co Hollywood clásico forxou nas súas películas relacionadas con este mundo.
Boxeo, xornalismo, investigación, historia... son ingredientes para una obra chea de aristas coa que se goza coa súa lectura, e na que un descobre moitas das situacións históricas que se viviron naquela Barcelona, pero tamén, e sen perder o fío da súa Pontevedra, da que partiu Sebastián Faraldo, pero na que deixou a un deses secundarios imprescindibles neste tipo de novelas. Personaxes que enchen estas páxinas de sombras, pero tamén de luces, que loitan entre si para compoñer unha paisaxe que deseguida atrapa ao lector dende o evidente ou dende o que non o é tanto.  A nós tócanos deixarnos levar por este combate máis aló do literario.




Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 7/12/2014

sábado, 6 de diciembre de 2014

Vagalumes



Prende Pontevedra as súas luces de Nadal ao tempo que na beira do río, a carón dun Lérez calmo no que reflectirnos, acéndense outras luces, tamén de esperanza dentro dunha realidade demasiadas veces escura. Luces de vagalumes que nesa orela voan xuntos, bulideiros e con gañas de traballar, formando un enxame chamado Culturgal. Coma pequenos insectos cada unha das diferentes achegas culturais que nel participan amosan o seu quefacer para que todos sexamos conscientes da importancia dun eixo cultural capital, xa non só como unha dínamo económica, que a moitos tamén se lles escapa, senón como alicerce do que somos como pobo, e que nos pode reflectir mellor que calquera outra faciana da sociedade. 
Nesa paisaxe chea de aloumiños que é como traballa a xente da cultura acotío, dende o desexo, engadido ao seu labor, de agradar ao público, ábrese un bosque tan sorprendente coma máxico. Alí os vagalumes escintilan entre follas de libros, pero non uns libros comúns senón libros convertidos en obras de arte. Un rosear que enche a sala de exposicións do Pazo da Cultura de inspiracións e afoutadas achegas artísticas, co libro como raíz, pero co maxín dos artistas como xardín, no que un pode perderse durante un bo rato. Un bosque case irreal que non poden perder, ademáis ten máis ingredientes de conto, xa que só vai durar en pé tres días, o domingo á noite rematará o feitizo e todo voltará a ser coma antes. Os libros pecharánse e voltarán aos seus andeis, esas páxinas cheas de debuxos e de suspiros creativos agocharanse baixo as súas cubertas como se nada pasara, como se todo fose un soño, pero nada máis lonxe diso. Qué marabillosa exposición! Qué fermoso xogo creativo!, qué inabarcables son os libros! e qué bos creadores temos nesta terra! Paula Cabaleiro e Antón Sobral, como comisarios, ou mellor dito como trasgos dese bosque, alicerzaron unha natureza de conto para todos nós, que repito, non deberían perder. Coidadores de moitos destes bosques creativos desta volta ambos superánrose e fixeron dunha boa idea unha idea absolutamente máxica e engaiolante que, por un lado, desterra as sombras que tantas veces arrodean a felicidade que conleva a cultura. É a parte escura de toda lenda. Seres embozados con capa e sombreiro que poñen atrancos ao desenvolvemento dos bosques da ledicia cos seus impostos abusivos, eivas á lingua, marxinacións, desafeccións... na construción dun relato que ao fin e ao cabo vai contra nós mesmos. 
E por outra banda representa ao libro como obra de arte, pero non dende a escrita, senón da compoñente matérica que emerxe do seu interior coma un volcán en erupción. A arte e o artista nacen para romper xéneros, para dinamitar límites e compoñer novas formas de expresión. Facelo dende un libro é mergullarse en todo o potencial que se agocha tras o seu significado para significarse como unha obra de arte total. As 50 intervencións, que se di ben pronto, agromaron nas paredes do pazo como unha hedra que se impón a calquera espazo ermo. A cultura liberada de tapas ou cubertas busca o seu espazo en liberdade, alonxada de limitacións perniciosas, nese campo expandido, ao modo da escultura que enunciara Rosalind Krauss, aínda que aquí esa escultura faise co material máis resistente do mundo, o papel, nese mesmo no que século tras século, ano tras ano, mes tras mes ou día tras día imprímense os relatos que nos deron forma a nós mesmos. Agora os textos parecen voar, como eses vagalumes cos acompañan no resto do Culturgal, a arte plástica confúndese coas lumieiras que están a uns poucos metros deles. Os brillos dunha cultura que segue á procura dunha maior visibilidade, dunha maior conexión cun público que, abofé encherá o Culturgal nestes tres días inesquecibles para a cultura galega e para Pontevedra (perdoen a redundancia) e, desta volta, baixo a presidencia dun seareiro da cultura como é Manuel Bragado, inmellorable mantedor deste ecosistema. 
‘Faganponting’ na fin de semana, atravesen o río, sigan o axouxere do bulir dos vagalumes, sintan o que é respirar libros, ideas, proxectos, ilusións, cinemas, músicas, títeres, teatros, imaxes, e agora tamén obras de arte. Percorran ese bosque e logo pensen que todo o que se atoparon alí dentro é o maior dos nosos sustentos, aquel que nunca nos deixará tirados e do que mellor alimento podemos sacar para seguir medrando. Porque ao fin e ao cabo diso é do que se trata, de medrar, de enchouparse naquelo que sexa un fertilizante que nos faga un chisquiño mellores. Achéguense ao Culturgal, vivan a Culturponte.





Publicado no Diario de Pontevedra 6/12/2014
Fotografía: Exposición 'Do xesto ao papel' (David Freire)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

21 gramos de poesía

PARECE un número ridículo en la abrumadora obra de Pablo Neruda, pero el descubrimiento y la próxima publicación de 21 poemas por Seix Barral se vuelve un número mágico. El peso del alma de un poeta cuyos versos siguen avivando, lectura tras lectura, mentes y corazones en un manantial inagotable.
21 miradas al amor, a la naturaleza andina, al ser humano, a él mismo y que, como una brújula imantada, permanecía en el olvido entre papeles y cartones. Ahora esa brújula vuelve a señalar el norte, el de la leyenda forjada por versos amamantados con una fuerza inusitada y convertidos en esa letra sedosa que ha venido vistiendo a tantos cuerpos.
Otro poeta, Antonio Lucas, los visualizó ayer en El Mundo, no sin antes escribir tras la muerte de Mark Strand: «La poesía no es una forma de huir, sino de permanecer. Es una rebeldía que no mueve pancartas, sino palabras».


Entre Dous. Diario de Pontevedra 3/12/2014

martes, 2 de diciembre de 2014

Fotografía GTB

Rue Saint-Antoine nº 170
Fotografía. La pequeña figura física de Gonzalo Torrente Ballester sigue creciendo a medida que uno se detiene en alguna de las facetas de su vida. Una exposición en la Fundación que lleva su nombre, en la compostelana rúa do Vilar, nos presenta su interés por la fotografía. Un interés que tuvo muy presente a su querida ciudad de Pontevedra.



La plaza de Mugartegui, la calle Arzobispo Malvar, la plaza del Teucro, la calle San Julián, la plaza de la Leña, el Museo de Pontevedra, la calle Sarmiento... y así hasta un largo número de espacios, rincones y sensaciones pontevedresas que Gonzalo Torrente Ballester quiso que le acompañaran en el resto de su vida. Todas ellas forman parte de la exposición que la Fundación Gonzalo Torrente Ballester exhibe en su sede de Santiago de Compostela y que si bien no nos muestra a un portento de la fotografía sí que permite definir muy bien, o por lo menos complementar a la persona y sus influencias, la cercanía con sus diferentes entornos vitales, las marcas de sus inspiraciones y el interés por las nuevas tecnologías en un tiempo en el que no todo el mundo se ayudaba de esos avances. Magnetófonos, grabadoras, micrófonos, ordenadores... eran artilugios que el escritor empleaba para registrar sus ideas y componer sus libros, pero también las cámaras de fotos, formaban parte de ese utillaje tecnológico que pocos, muy pocos autores empleaban y hablamos de un Torrente Ballester con más de cincuenta años cuando la vida lo trajo a Pontevedra.
Si pensamos en su imagen enseguida lo primero que nos viene a la cabeza es su figura enjuta y sus gruesas gafas negras. Pese a esa fisonomía y a la progresiva pérdida de visión, el escritor gallego entendió la fotografía como un elemento muy interesante desde el punto de vista artístico y que, lejos de ser desechado, por esos problemas oculares, entendió como un medio más para su trabajo literario. No son pocas las imágenes tomadas por él relacionadas no solo con sus itinerarios vitales, sino también con los creativos que asentaron y a partir de los cuales se definieron muchas de sus obras literarias. En la muestra también hay fotografías tomadas del propio autor en el momento de realizar alguna fotografía y en ellas se aprecia el interés y el cuidado por la toma, mediante la utilización de un trípode, como sucede en una imagen realizando una fotografía en el interior del Monasterio de Armenteira (transunto inspirador de elementos de ‘La saga/fuga de JB’). Ese carácter de registro se verá en otras imágenes completado, o complementado, con el interés por capturar una atmósfera, hacer suyo un instante vivido y desde este momento ya congelado para el resto de la vida. Sus miradas a unos niños jugando en la plaza de la Pedreira, el paso de unos cabezudos por la calle Michelena, unos balcones en la plaza del Teucro, un cortejo de Corpus por la Ferraría o una sencilla mujer vestida de negro subiendo por Arzobispo Malvar, son motivos con la suficiente entidad como para formar parte de la experiencia vital y sensorial de quien ocupó durante varios años una vivienda en la calle Arzobispo Malvar. Desde aquella terraza la figura de Torrente Ballester se levantaba sobre la ciudad y miraba al otro lado de la ría de Pontevedra, pero la imagen fotográfica que a él le interesa no es la de las grandes panorámicas o las largas distancias, sino la mirada corta, el detalle de la vida que define el día a día, ese instante en el que se articula la vida de una ciudad de piedras y campanas repicando entre las nieblas.
Cuantas veces habrá pasado el literato por la calle Sarmiento para enamorarse, como nos ha sucedido a muchos, de ese pequeño jardín del Museo de Pontevedra que en un tiempo acogió al Guerrero Celta de Narciso Pérez. Silente, envuelto por la tupida vegetación, por una hiedra que tapiza ese rincón con una pátina atemporal balizada con piedras y cañones, forjas, balaustradas heráldicas y capiteles que, sobre todo, años atrás, convertían ese rincón en un lugar maravilloso e incomparable dentro de la geografía urbana.
De mismo modo que esa estampa, cada una de las miradas pontevedresas que la Fundación Gonzalo Torrente Ballester acoge, no solo formando parte de esta exposición, sino como parte de sus fondos, nos muestran una Pontevedra del pasado, del tiempo que respiró Gonzalo Torrente Ballester y desde el cual se quedó prendado de la villa de Teucro.
A ella volvería tras su marcha, de ella escribiría en no pocas ocasiones y con unos afectos no compartidos hacia otras latitudes, y varios trocitos de ella, en forma de negativos, se quedaron en sus maletas como parte de un equipaje de ciudades y experiencias que desemboca ahora en una exposición que continúa profundizando en las innumerables posibilidades, no solo narrativas, sino vinculadas con la propia vida, de un autor que buscó sintetizar la existencia de aquella Pontevedra de los años sesenta que ahora se revela como un legado importantísimo para conocer obra y ciudad. Dos ríos de una villa atrapada por el tiempo. Atrapada por el ingenio.




El mejor de los rincones
Gonzalo Torrente Ballester llega a Pontevedra en 1964 para hacerse cargo de su plaza de profesor en el Instituto Femenino. El 31 de agosto de 1966 deja la ciudad marchándose a la Universidad de Albany en busca de tiempo para escribir y con un cierto desencanto por la falta de reconocimiento a su obra en España, pero con el recuerdo permanente de esta ciudad de la que él mismo dice era «el mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida». Amistades, espacios y mitos le acompañaron el resto de su vida, influyendo en muchas de sus obras y siendo la presencia pontevedresa muy palpable en su obra cumbre ‘La saga/fuga de JB’, escrita en parte en Pontevedra y posteriormente continuada y realimentada con muchas de las historias y leyendas que conforman la ciudad del Lérez.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/11/2014