lunes, 30 de junio de 2014

Vivir y escribir


Pocas inspiraciones más importantes para un escritor que la propia vida. Vivir y escribir son las almas de cualquier persona que quiera hacer de la literatura ese cauce de emociones tan difícil de explicar. Luis García Montero, reconocido poeta, regresa al territorio de la novela y de nuevo nos muestra su afortunada mano para componer una historia apasionante, de personas, de seres humanos inmersos en un marco muy definido e importante dentro del latido general de la novela, como es el que palpita en la Granada de los años sesenta, con esa capa de espesura que rodeaba todo lo que sucedía en este país durante el franquismo.
Conoce bien el autor Granada, es su tierra, su casa, y de su propia vida habrán salido muchas inspiraciones para narrar la historia de León, un joven estudiante que durante un verano entra a trabajar en una editorial dedicada a la venta de enciclopedias. Un verano de numerosos aprendizajes y de compromisos, pero sobre todo de compromiso con la vida.
Luis García Montero logra dotar de vida cada una de sus páginas, alcanzando ese fluir de situaciones y personajes que rápidamente se aproximan al lector, empatizando con ellos, y convirtiéndonos en cómplices de sus peripecias. Es quizás su percepción poética de la realidad, la que sirve de inmejorable tamiz para captar los sentimientos de los protagonistas. Ese «hablar a media voz» al que se refiere en algún momento del relato, en una frase que podría estar perfectamente extraída de alguno de sus poemarios, es el matiz preciso para componer una historia llena de humanidad, en la que no es necesario acudir a un tono épico o glorioso, simplemente dejar pasar los días en la existencia de cada uno de los protagonistas para que ellos mismos vayan componiendo su propio poemario vital. La gesta surge del día a día.
Es la literatura entendida como un ajuste de cuentas, el mecanismo necesario para salir indemne de todo lo que nos sucede en el deambular de nuestras existencias. León escribe su verano como el propio Luis García Montero escribe una novela para intentar despejar la selva de la vegetación que nos puede llegar a asfixiar y ahí es donde la cultura emerge como gran salvoconducto para el ser humano, siendo un elemento siempre presente a lo largo del relato, no solo por la dedicación del protagonista a la venta de enciclopedias o por ser un universitario de Letras, sino por la presencia de la lectura a lo largo del relato, citas o títulos que van componiendo esa luz dentro del mundo gris.
«Un país sin cultura es una selva, una tierra sin honor», y en eso estamos. León y su mundo en los sesenta y Luis García Montero hoy, donde tan necesario es para hacernos compartir vida y escritura. En definitiva, para vivir.

Publicado El Progreso de Lugo y Diario de Pontevedra 29/06/2014

sábado, 28 de junio de 2014

A la sombra del ángel


¿Vos querés ser escritor? Aquí, al lado del genio no lo serás, porque es difícil correr hacia delante mientras mirás hacia arriba. Pero y qué. Disfruta no más. Ahora es como si estuvieras apilando leña.» (Charla entre Julio Cortázar y Benjamín Prado incluida en ‘A la sombra del ángel’.)



Se hacen fuertes los poetas este fin de semana en Pontevedra, en la desembocadura del undoso Lérez, como lo califica Antón Castro- Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013, gallego y poeta, afincado en Aragón-. ‘Undoso’ es una palabra que me tiene hipnotizado, y es que eso es parte del regalo que nos hacen los poetas, la palabra precisa en cada ocasión, la capacidad para poder notariar el aquí y el ahora de manera precisa y contundente, plástica y bella.
Días de poetas y poesías en la ciudad en la que nació Luis Amado Carballo, en la que se parió la Revista Cristal con Xoán Vidal Martínez a la cabeza, en los tiempos de la vanguardia y la esperanza, y en la que Federico García Lorca dejó caer un soneto sobre las mesas de mármol del Café Moderno, grabado ya para la eternidad local. La ciudad en la que Carlos Oroza despeja piernas y mente en sus paseos por la ciudad más hermosa de Galicia y en cuyo cielo Luis Rei nos acaba de dejar su ‘Estrela do Norte’, para balizar nuestro futuro. Tres días en los que vendrán poetas a pontepoetizar Pontevedra. Poetas gallegos, pero también de otras latitudes, como si la poesía entendiera de fronteras, de esas líneas que dividen el mundo sin ningún sentido, mientras su verdadero sentido es el de las líneas invisibles, paralelos y meridianos de la imaginación y la sensibilidad que articulan el territorio de la metáfora.
Entre ellos se acerca a Pontevedra Benjamín Prado, poeta, novelista, difusor cultural, relevo rioyesco en el ámbito radiofónico, integrante del clan de Rota y audaz aforista. Sus palabras saltarán este fin de semana sobre el cauce del Lérez como salmones deseosos de oxígeno para tratar de experiencias y modelos, de referencias y apoyos, en definitiva, para hablar de literatura.
Su extensa obra haría difícil centrarse en alguno de sus títulos, pero yo, si me lo permiten, les hablaré de uno de los menos conocidos, un libro de esos que llegan a tus manos de la manera más insospechada, alejada de las difusiones editoriales, y que tras su lectura se instala en el estante de los libros ya imprescindibles. ‘A la sombra del ángel’, escrito en 2002, es uno de esos libros que fascinan al lector y en el que confluyen el autor que se va haciendo, y otro poeta, colosal y referencial en la España poética, Rafael Alberti. Un mar azul de poesía al viento con el que Benjamín Prado mantuvo una larga relación que derivó, entre otras cuestiones, en este relato sobre dos vidas. La del admirador, al que Julio Cortázar recomendaba que se apartase de la sombra del maestro, y la del gran creador, admirado e idolatrado por todos. Un libro en el que la poesía se convierte en vida, como si se pudiesen separar, para fluir en un relato en el que se van entrecruzando para que ambas aguas generen una sola corriente mecida por la amistad.
Las alas de los poetas se desplegarán este fin de semana para darnos cobijo, para aletear y soltar así sobre nosotros sus palabras repletas de emociones. La contundencia de la poesía en tantas ocasiones reparadora con las heridas que el tiempo y la vida provocan en nosotros. Nadie está a salvo de ellas, de hecho el propio Benjamín Prado se unió a su íntimo Joaquín Sabina para lamerse ambos (por separado, no entre sí, no se crean) algunas de ellas a orillas del Moldava, e hicieron bien, ya que si había que pisar cristales que fueran de Bohemia. ¡Qué coño! Y así se fueron juntos hasta Praga a quitarle el alivio de luto y resucitar las letras de Joaquín Sabina y parir ese ‘Vinagre y rosas’ del que uno se cuelga las noches de terciopelo negro, estremecido al sentir como la poesía se convierte en canción, al igual que en otro delicioso libro de vivencias, resumen de ese viaje, ‘Romper una canción’.
No lo duden y busquen cobijo junto a los poetas de ‘Pontepoética’, sus beatíficas sombras alimentan el espíritu y ennoblecen el alma. Yo tengo muchos de esos refugios, esta foto de Rafael Alberti me ampara en mi trabajo, y ese libro de Benjamín Prado es ya parte de mi vida, junto a la poesía. Vida y poesía a la sombra del ángel. 

Publicado en Diario de Pontevedra 28/06/2014

viernes, 27 de junio de 2014

Unha mirada, dous tempos





Entrar no Café Moderno de Pontevedra é entrar nunha especie de cofre. Un lugar onde se agocha boa parte da historia desta cidade tan vencellada ao mundo da cultura. Alí houbo faladoiros nos que as mellores cabezas do momento falaban do divino e o humano, alí Federico García Lorca escribiu un soneto para a Revista Cristal, alí proxectouse cine nos principios deste espectáculo, alí houbo recitáis e concertos, e alí, a pintura, tivo un dos seus berces na capital da provincia. Á decoración das súas paredes engádeselle o labor de diferentes creadores en estilos e tempos ben distintos. Demeterio Monteserín, Luis Pintos Fonseca, Carlos Sobrino ou Laxeiro deixaron constancia da súa pintura cunhas pezas que realzaban o ambiente que nese cofre cheo de modernidade sempre se respirou e que aínda se mantén para goce da cidadanía.
‘Parella de amantes’, A cortesá’ e ‘A tentación de Colombina’ son os tres grandes lenzos que nun dos salóns do Café Moderno ambientaban o que nel acontecía -existía un máis, pero unha mala conservación estragouno (1)-. Un lugar para o lecer e a diversión, para a conversa e tamén para o galanteo. O café como espazo para as relación humanas era o lugar axeitado para que o pontevedrés Carlos Sobrino crease tres cadros cun forte simbolismo que se afastaban moito da súa pintura habitual, deixando patente un rexistro que redimensiona a súa figura como artista. Entre espellos e cruces de miradas dos clientes do café, Carlos Sobrino artella toda unha linguaxe que emerxe do Modernismo, da comedia del arte, ou das palabras de Valle-Inclán, como ten analizado polo miudo o profesor José Manuel López Vázquez (2), en definitiva, dunha nova linguaxe á que a pintura non foi quen de afastar a súa mirada e que dende entón nos ven acompañando cando nos deixamos envolver por ese ambiente recuperado de xeito recente pola man do prestixioso arquitecto Álvaro Siza, unha mostra máis da importancia deste espazo e a súa inagotable reinvención ao longo do tempo como aposta pola cultura na cidade.

Eses tres grandes lenzos cumpren cen anos neste 2014. Cen anos nos que estiveron acompañando a todos aqueles que por un ou por outro motivo accederon a ese cofre do que falábamos ao principio. Cofre que dende a Fundación NovaGaliciaBanco se quere volver a abrir para que del xurda o maxín da pintura na celebración dese centenario da obra dun pintor pontevedrés. E que mellor maneira de facelo que enfrontándonos a obra doutros pintores pontevedreses, ou que viñeron a esta cidade ao pouco tempo de nacer, eles foron os que continuaron co pulo daqueles pintores primixenios do Café Moderno que sementaron esta cidade de pinceladas que, ao longo do tempo, foron consolidando a esta vila como unha das máis sobranceiras na produción pictórica de Galicia.
Nesta quenlla é a oportunidade para os nados nas décadas dos anos vinte, trinta e corenta, xusto na época dourada deste espazo onde intelectuais, poetas, escritores, pensadores ou pintores mantiveron longas conversas que abrollaron en sucesivas experiencias para darlle pulo á fama do Café Moderno como un espazo cheo de maxín. Castelao, Blanco Porto, Iglesias Vilarelle ou Agustín Portela falaban ao tempo que nas mesas daquel café soaban as fichas de dominó, tamén os pintores como Laxeiro, Manuel Torres, Virxilio Blanco, Villafínez ou Ramón Peña converteron este lugar nun dos seus recunchos ‘conspirativos’ mentres os poetas arremuiñábanse arredor da figura de Xoan Vidal, fundador daquela Revista Cristal, venturosa idea que naceu nestes salóns, aínda que a redacción se atopaba no Hotel Méndez Núñez, xusto en fronte. E se falamos de nacer, como esquecer un nacemento insigne dentro dos seus muros como foi o do arquitecto Alejandro de la Sota.
Dende o eido da pintura naquela Pontevedra configurábase o futuro desta disciplina artística e o facía dende a loita entre a tradición e a modernidade, entre o mantemento das correntes artísticas que procedían do século anterior e a irrupción, xa irrefreable das vangardas. Esta cidade abandeira como ningunha outra ese triunfo do novo tempo que se viviu tamén a nivel social, e o fixo dende as pensións artísticas da Deputación de Pontevedra (3), que da man de Daniel de la Sota como presidente, Losada Diéguez como impulsor e Castelao, Eduardo Castedo e co propio Carlos Sobrino como parte dunha comisión que institucionalizou en 1925 aquelas bolsas, permitiu a diferentes artistas saír e coñecer como eses movementos cambiaban a percepción da pintura do século XX, nun intre no que xa nada voltaría a ser igual, e do que moitos, por non dicir todos, os pintores seguintes foron dun xeito ou doutro, fillos daquela incomparable xeración dos Carlos Maside, Manuel Colmeiro, Manuel Torres, Arturo Souto e Laxeiro na apertura dunha fenda co tempo anterior, converténdose en cinco camiños para o espectacular futuro da pintura en Galicia e en Pontevedra. Este testemuño prolongouse no tempo dende as becas que concedeu, aínda que con outros formatos, tras o remate daquelas en 1933, a Deputación Provincial, do mesmo xeito que coa celebración da Bienal de Arte de Pontevedra. De ambas situacións foron integrantes moitos dos que hoxe interveñen nesta exposición, o mesmo que formando parte de innumerables exposicións, tanto individuais como colectivas, nun xeito de vencellarse aínda en maior medida coa súa cidade e os seus veciños, que ían vendo de cando en cando os seus progresos e o afianzamento dun estilo que os singularizaría a cada un deles e os asentaría no noso sistema cultural como pezas sobranceiras.

Alejandro Paisa (1920), Rafael Úbeda (1932), Jorge Castillo (1933), Arturo Cifuentes (1934), Manuel Aramburu (1936), José Barreiro (1940), Jaime F. Falcón (1942), Manuel Ruibal (1942), Eduardo Dios (1946), Álex Vázquez (1946), Manuel Moldes (1949) e Fernando Vilanova (1949) serán os protagonistas desta mostra a cabalo entre a celebración dun centenario e a exaltación da pintura feita en Pontevedra, unha agarimosa mirada a nosa cidade a través das súas pinceladas que serve tamén para a reivindicación da súa escolla. Daquela decisión que os fixo adicarse á pintura para a súa satisfación persoal pero tamén para o orgullo dos seus veciños que, durante todo este tempo, tiveron no seu traballo o reclamo do feito dende esta terra e que tantas veces, en infinidade de exposicións polo mundo adiante, converteu a Pontevedra nun referente cultural.
A súa diversidade como artistas engrandece o conxunto final da mostra e así, en non poucos deles, veremos como aquelas novas miradas á pintura daqueles renovadores foron agromando nos seus lenzos ata definir un estilo propio que afianza a súa individualidade expresiva. Unha morea de formas de pintar e de achegarse ao mundo para xenerar o seu universo, para reflexionar sobre aquilo que os rodea e inspira na procura desde cadro que sempre queda por facer, o cadro perfecto. Nós, como eles, nunca veremos o cadro perfecto, pero desta xeira o que si pretendemos é mirar á súa obra e ao seu tempo, ou tempos. A fecunda vida de todos eles abofé que ofreceu e ofrece moitos instantes, moitas horas no estudo (alí é onde a verdade se agocha), moitos momentos pensando como a pintura é quen de transformar o que acontece fora dese estudo nunha nova faciana da realidade, desta vez a súa. E o faremos detendo a nosa mirada en dúas pezas. Toda unha vida recollida en só dúas pezas, unha tarea inxente e xa de antemán abocada ao fracaso, como o inxenuo proxecto daquel neno que lle dixo a San Agustín que quería meter a auga do mar nun burato excavado na área. “Pero eso é imposible”, respondeulle o Santo filósofo. “Como pensas meter toda a auga do océano que é tan inmenso nun burato tan pequeno”. “Pois igual ca ti que queres comprender coa túa mente finita o misterio de Deus que é infinito”, díxolle o neno. Décadas de pintura encerradas en dous cadros, unha utopía que como tal móvese entre o optimismo e a súa irrealización, pero quen ante á vista do aquí exposto non é optimista. Poucas veces teremos a oportunidade de presenciar unha acumulación de talento maior que a que estes pintores nos presentan metida neste cofre arquitectónico e sentimental e que se converterá ao longo da exposición nun facho que ilumine este tempo.

O noso desafío será o de retar a cada un deles, o de colocarnos ante as dúas pezas propostas por cada un deles e falar a través delas co seu maxín, coa súa capacidade para a fabulación e o engano e así deixarnos seducir pola súa pintura. Dende esas dúas pezas calibraremos a magnitude da súa obra, pero tamén valoraremos como o devir da súa pintura a foi modificando, ampliando as súas conquistas nese territorio e adaptándoa aos diferentes tempos que lles tocou vivir e que tamén van impregnando a súa obra. Di o escritor, artista e pensador, John Berger, que “nunca miramos unha soa cousa; sempre miramos a relación entre as cousas e nós” (4), cando miremos eses cadros tamén nos veremos a nós mesmos e o propio tempo que se nos foi  adherindo á mente e a alma.
Cada artista abrirá dúas fiestras polas que ver non só a súa pintura senón tamén un pasado que nos afecta a todos, xa que todos somos parte dun ecosistema que, en momentos como este, se estreita para achegarnos entre todos nós na revisión dos alicerces da nosa comunidade. Dende esa colectividade obteremos unha ampla perspectiva do que tamén acontece no eido pictórico, os nosos artistas serven tamén para rastrexar, dende a desembocadura do Lérez, como as correntes da arte se foron desenvolvendo noutras partes do mundo a través de diferentes formulacións e xéneros. Paisaxes, figuracións, bodegóns, retratos… son os medios escollidos polos artistas para corporeizar o seu universo de ideas e para plantexar un percorrido que, de xeito xenérico, poderíamos definir como dunha búsqueda do eu a través da pureza ou a limpeza formal. En todos eles parece xurdir cos anos, e o dominio da súa arte, unha concienciación clara pola depuración do seu traballo, unha exaltación cara fora da súa maior seguridade á hora de entender a pintura polo que, mantendo o irrenunciable do seu estilo, as súas obras aliviaranse de formas para suxeitarse na idea orixinaria, o xérme da súa obra que volve a renacer allea a distraccións ou perturbacións que en diferentes momentos das súas vidas puideron levar a ensaiar camiños agora xa desbotados. E é que ese é o gran desafío do autor ao longo da súa vida, o do ensaio, o da proba, o de procurar novos vieiros para alentar a súa obra dende ese abismo ante o que tantas veces se planta o pintor para intentar seguir entendéndose a si mesmo e a súa obra, pero sempre mantendo esa esencia que naceu case ao mesmo tempo que o fixo a súa vocación e que sempre estará tras el como un latexo, o compás co que guiarse ante eses bosques polos que as veces un se adentra coa mellor intención, pero ante os que o bo, o intelixente, é saber cando saír del.

Neste ano 2014 no que todos eles superan os sesenta anos, é un bo momento para coller ese compás e pensar no feito, nas veces en que ese abismo, “a fascinación do abismo”, empregando a expresión do poeta Juan Eduardo Cirlot, xerou as dudas necesarias para alimentar cadanseu maxín, dudas como combustible dunha creatividade que agora suaviza as súas pretensións aplacada polos anos, ¿ou quizáis non? E aínda sexa tempo de loita, de seguir o desafío permanente do pintor co seu entorno, con este mundo tan complexo de entender e que moitas veces só dende a arte amosa un xeito de esperanza. Aquí a esperanza convértese en dous cadros, en dúas miradas que van dende o hoxe ata o onte para tentar explicar cunha soa mirada, asomándonos nós tamén a ese abismo, a comprensión do mundo destes homes que tentaron explicalo a través dos seus pinceis e dunhas mentes das que todos os seus veciños non sentimos ben orgullosos ao seguir facendo desta cidade un gran estudio adicado á pintura, un taller aberto no que rúas, prazas, paseos ou o mesmo río Lerez convértense nunha canle de vida que todos compartimos e que durante uns meses vanse a pechar no interior deste Café Moderno para que sintamos como esas doce propostas poden convivir entre sí e a pouco que estemos entre elas veremos como mesmo emerxen entre as propias pezas novas relacións, novos procesos de vinculación que serven para adxetivar a esta xeración ou xeracións.
Deste xeito anova o Café Moderno o seu compromiso, dende que no ano 1903 abrira as súas portas á cidadanía, coa cultura e moi especialmente coa pintura. Poucos ámbitos expositivos poden honrar ou engalanar máis unha mostra que este espazo que co seu sabor e historia ou historias, enchen de novos significados ás propias obras dos nosos protagonistas. Tamén Pontevedra renova así o seu compromiso coa pintura. Sería interminable facer un listado cos creadores nados ou que fixeron de Pontevedra a súa patria nun ou noutro momento das súas vidas, pero que sirva esta primeira mostra como afianzamento dun futuro que seguirá achegándose á obra doutras xeracións. Este alicerce, construído arredor dos artistas máis veteranos, plantexa un seguro andamio, como eles o tiveron cos artistas cos precederon, para continuar afianzando ese vencello da cidade cos seus artistas.

NOTAS:
1. O antigo Café Moderno de Pontevedra. Juan Fernando de Laiglesia (Os cadros do Café Moderno). Caixa Galicia, 2001.
2. Cadros para os pontevedreses ‘Café Moderno’ e ‘Café Royalty’: o influxo de Valle-Inclán en Carlos Sobrino e Castelao’. Madryfal, 2009.
3. Pontevedra, cidade da vangarda histórica galega (1925-1936). Antón Castro. Caixa Pontevedra, 1999.
4. John Berger y los modos de mirar. Marcos Mayer. Editorial Campo de ideas. Madrid, 2004.

A exposición 'Unha mirada, dous tempos' pódese visitar no Café Moderno de Pontevedra ata o 19 de xullo.


martes, 24 de junio de 2014

Prensa

“Nunca existieron en el mundo dos opiniones iguales, como dos cabellos o dos granos de cereal. La cualidad más universal es la diversidad”. (Montaigne)


Hace treinta años, Mariano Rajoy, como presidente de la Diputación de Pontevedra, inauguraba en esa sede la ‘Semana de la Información’. Cinco jornadas para calibrar el estado de la prensa, pero también  para pensar y discutir su función y su relación con la sociedad así como los problemas que los profesionales se encontraban para llevar a cabo su trabajo. Tres décadas después Mariano Rajoy es presidente del Gobierno de España y la prensa no hace más que buscar oxígeno para evitar perecer de inanición ante una sociedad en la que parece sentirse incómoda y sin encontrar un camino fundamental para la salud de ésta.
En una de aquellas jornadas se sentaron ante una mesa del Palacio Provincial el director de Diario de Pontevedra, Pedro Antonio Rivas Fontenla; el director de Radio 80, Valentín Carrera; el delegado de Faro de Vigo, Javier Sánchez de Dios; el delegado de La Voz de Galicia, Rafael López Torre y el Jefe de Informativos de Radio Pontevedra, Eugenio Giráldez, y todos ellos bajo la moderación de Rafael Landín Carrasco. Ya ven ustedes qué colección de ‘cráneos privilegiados’, pasado pero también presente del periodismo en nuestra región y de los que todavía seguimos aprendiendo... y por muchos años. Aquellas jornadas se publicitaron a través de una imagen concebida por Manuel Moldes, y que, pintada en las propias escaleras de la Diputación Provincial por encargo de Valentín Carrera, presidente de la Unión de Periodistas de Pontevedra, fue utilizada como reclamo de los diferentes actos que integraban aquella ‘Semana de la Información’ celebrada en los últimos días de junio de 1984. Días en los que la prensa festejaba el ascenso del Pontevedra c.f. a Segunda División B y se daba cuenta del regreso de los restos mortales de Castelao a Galicia.
Esa espectacular pieza, que en aquel momento pasó inadvertida y con escasa repercusión, sigue viva, y todavía hoy nos recibe a la entrada de Diario de Pontevedra, tras su rescate desde los antiguos talleres de la calle Secundino Esperón y su afortunada restauración para lucir ahora en la recepción de este medio. Esa gran columna-árbol llena de referencias culturales y visuales, tal y como gusta de hacer el pintor pontevedrés en sus obras, es un canto visual al papel de la prensa, a su labor de difusión de informaciones y en la que la libertad de prensa y de opinión deberían coronar cualquier iniciativa periodística.
Estos últimos meses nuestro país ha estado repleto de sobresaltos, muchos de ellos para la propia prensa. La sonora salida de Pedro J. Ramírez de la dirección de El Mundo, los temores de los medios ante la irrupción de nuevos partidos políticos que ponen en peligro el cómodo sistema actual, el cambio de portadas en El Jueves o la sucesión del rey, sin apenas roces o valoraciones distintas de lo políticamente correcto con el que se va y con el que llega, han suscitado que la prensa se haya arrinconado en un territorio lleno de dudas y complejos que, como no se atajen rápido, la harán competir con los políticos y su baja valoración entre la ciudadanía.
Se ha acelerado demasiado una uniformidad en los contenidos de las diversas cabeceras con escasas voces discordantes que se han vuelto más evidentes tras los últimos acontecimientos. Y es que el periodismo se ha ido desplazando de calles y redacciones hacia los consejos de administración de las grandes compañías capaces de mover el capital necesario para la supervivencia de las cabeceras en un mundo que cada vez más está dejando de ser el que todos conocimos y en el que el papel parece convertirse, como el cuadro de Moldes, en una visión que nos conduce a un pasado demasiado lejano. El sonido de las cornucopias cada vez atrae a menos lectores, las bocas se muestran más tapadas y la flecha que te conduce a la verdadera información, aquella que te debe hacer dudar para que nos preguntemos y cuestionemos todo lo que sucede a nuestro alrededor, nos dirige a lugares alternativos, como lo puedan ser unas redes sociales en las que parece que es donde se está interpretando la realidad. No sé si con más o menos acierto, pero sí, por lo menos, donde reside esa necesaria cualidad, como escribía Montaigne, para cualquier sociedad, la diversidad. Cuanto más iguales seamos peor comunidad seremos. Opinar diferente y contrastar ideas son las mejores raíces para una sociedad y para su prensa.


Publicado en Diario de Pontevedra 24/06/2014
Fotografía: El pintor Manuel Moldes en la recepcion de Diario de Pontevedra ante la pieza anunciadora de la 'Semana de la Información' (1984). Rafa Fariña

lunes, 23 de junio de 2014

Medos nocturnos



Na portada deste libro de Fran Alonso, o debuxante Antonio Seijas presenta a un home que tapa os oídos sentado na súa cama e cunhas luces xenerando un espazo de inestabilidade. É a noite, con todo o que supón para o ser humano. Ámbito da escuridade, de sons que xurden dos lugares máis insospeitados, de medos que a nosa mente é quen de redimensionar á diferencia do que acontece durante o día. Un lugar no que medra o desacougo e onde podemos ser presa fácil para o medo, esa anguria que abre camiños de difícil percorrido.
Unha desas presas é o protagonista deste libro no que Fran Alonso sitúa arredor dun mozo periodista recén chegado a Madrid unha trama tan sorprendente coma axitada para un lector que, dende o primeiro momento, vese arrebatado por unha historia na que vas caendo como nunha espiral abisal na que todo se vai escurecendo a medida que se suceden as páxinas, a medida que ese home sinte a súa soedade como un ferro ardendo atizado por un lume que xurde das palabras e os sons que escoita ao outro lado da parede do piso no que tenta vivir. Intervir ou non ante os diferentes acontecementos que ocorren será o gran desasosego dese home e o que nos levará a un final abrupto no que, lonxe de finiquitar o relato, o autor deixa na mente do lector unha chea de derivas sobre as que se volve aínda que o libro xa esté no andel.
Esa permanencia máis aló das súas páxinas fala da súa gran virtude, como é a de ser quen de xerar unha atmósfera cada vez máis angustiosa, cada vez máis chea de dúbidas e incertezas na que se van pousando situacións límite para o ser humano, ese ser solitario e con poucos fíos coa sociedade, pese aos intentos dos que o rodean por integralo nela. Esa resistencia, esa victoria sucesiva do descoñecido e case sobrenatural sobre a vida cotiá, é a que se impón na realidade do protagonista, consolidando esa sensación que tan ben lle acae ao relato
De fondas connotacións kafkianas Fran Alonso artella de xeito eficaz a literalidade da vida deste periodista que chega a Madrid na procura dun traballo, e no que esa dicotomía entre o exterior e o interior do seu piso, fai que a súa vida non sexa a mesma. O libro ademais deixa no aire esa sensación de inconexión entre os habitantes das cidades, tan pegados vivimos que moitas veces o que acontece ao outro lado dunha parede parece estar moi afastado de nós, cando son apenas uns centímetros os que nos distancian das situacións máis insospeitadas. Se gustan da literatura inquedante e queren deixarse levar pola pegada do existencialismo, deixense rodear por este silencio que na noite o envolve todo para actuar como un altofalante da sinrazón do ser humano.


Publicado no Progreso de Lugo e Diario de Pontevedra 22/06/2014
Ilustración de Antonio Seijas. Autor tamén da capa do libro.

domingo, 22 de junio de 2014

¡Salud, Camba!

«Se besan los dos presidentes de república, los dos reyes, o el rey y el presidente, y para el pueblo es lo mismo, porque el pueblo sabe que esos besos implican la consolidación de un poder antagónico a sus intereses, de un poder que lo oprime, que lo aherroja, que lo mata». (‘Besos reales’. Artículo de Julio Camba,  extraído del libro ‘Los escritos de la anarquía’).


Esta semana, en la que centrifugamos a nuestra monarquía, estoy inmerso en la lectura de un volumen con numerosos artículos escritos por Julio Camba y que la Editorial Pepitas de Calabaza ha tenido a bien recuperar tras un ciclópeo trabajo de su propio editor, Julián Lacalle, quien se ha dedicado a rescatar una parte oculta del inmenso legado del mejor articulista del periodismo español. Esa parte, referida a los primeros años como escritor, deslumbra por la madurez de quien los redactó, entre los 16 y los 22 años, a ambos lados del Atlántico, y que aquí asoman reunidos bajo el título de ‘Los escritos de la anarquía’.
Esta recopilación viene a cubrir y a descubrir una etapa de oscuridad y desconocimiento sobre nuestro paisano. Fueron estos sus primeros años dedicados al periodismo, en los que abrazó la fe del anarquismo de una manera valiente y decidida, enfrentándose desde su tribuna de palabras y opiniones a numerosos poderes, de ahí que estuviera incluso sentado en el banquillo de los acusados al que llegó bajó gritos de una «muchedumbre amiga», como él mismo narra: «¡Salud, Camba!», le decían. Y es que Julio Camba era un joven poderoso, con la mordiente que implicaba el nuevo siglo y sus décadas iniciales, repletas de una pletórica efervescencia desde la que superar miedos y ligaduras atávicas, algo que lo era todo para las nuevas generaciones.
Armado con una endiablada pluma, no va a dudar a la hora de discutir cualquier forma de gobierno que cercene la libertad individual y que constriña al ser humano. República o monarquía, cíclico debate que hoy se repite y ante el que Julio Camba encabrita su brío literario para discutir cualquier poder. A su lado también hay palos para la religión, la pobreza, la opresión, la prensa, la guerra, la patria, el matrimonio... todo un cúmulo de circunstancias que en la sociedad española del momento perjudicaban el necesario desarrollo del país. A todos sus artículos les confiere un sentido de veracidad que surge de vincular su teorización a algún hecho real que haya formado parte de la realidad, una proximidad a la piel de una España a la que el escritor no deja de escudriñar para mostrarla tal y como es, y en la que sorprende, más de cien años después, su cercanía con el presente. Estremece pensar que sería capaz de escribir durante estas semanas de coronas alegres, estos meses de políticas mezquinas y estos años de crisis angustiosas este Julio Camba primigenio, tan alejado del cliché franquista al que rápidamente se le adscribe en cualquier aproximación a su figura, cuando Julio Camba es un mundo en sí mismo, un mundo que se encerró en la habitación 383 del Hotel Palace para vivir entre 1949 y 1962 y poner cada vez más distancia con el exterior. Un exterior en el que lo primero que veía era ese Congreso de los Diputados que esta semana centró nuestra atención y sobre el que decía el escritor francés Théophile Gautier: «Es imposible que, dentro de un edificio construido con tan mala arquitectura se pueda hacer ninguna cosa buena».
Permanezco aun aferrado a este compendio de artículos que todo el que se dedique al funambulismo de la opinión periodística debería tener bien a mano. Los directores de periódicos que realmente quieran a sus medios deberían posar un ejemplar en cada redacción para que redactores y columnistas lo abran por donde quieran y se regodeen en el tratamiento literario-periodístico de una realidad en la que siempre existe un resquicio para la ironía, para el empleo de ese humor síntoma de una inteligencia en ocasiones atroz con los que le rodean, sobre todo con los mediocres, con aquellos que no daban la talla que ellos mismos sí creían que daban.
Aquella bomba que estalló al paso del cortejo de Alfonso XIII y que portaba el anarquista Mateo Morral tambaleó las creencias de Julio Camba haciéndole dudar de ciertos métodos. Es posible que ya nada fuera igual tras aquello, pero Julio Camba siguió escribiendo, clavando su pluma en un Madrid en el que «... no se vive, se vegeta. Donde no se produce; se devora. Aquí no se hace nada; se pontifica sobre lo que en otras partes se hace. (...). En Madrid no se crea nada, es verdad, pero se comercia con todo». Un Madrid que lució galas esta semana, y en el que su simpar alcaldesa solicitó al pueblo enseñas y balcones ornamentados para la entronización del nuevo rey.
Coronación, un Corpus Christi festivo en Madrid y la Selección despidiéndose de un Mundial en la primera fase. Toda una regresión de cuarenta años en un solo día. Y mientras, el pueblo. «¡Ah, el pueblo! Es la eterna bestia, incapaz de pensar y de rebelarse, que inclina siempre la cerviz para que la unzan a la coyunda del privilegio». ¡Salud, Camba!

Publicado en Diario de Pontevedra 21/06/2014

martes, 17 de junio de 2014

300 años



Pocos entes o instituciones en nuestra ciudad pueden presumir de cumplir 300 años de existencia. La Iglesia de San Bartolomé los cumple en este verano que asoma con fiereza durante estos días, y recuerda su consagración el 12 de agosto de 1714. 300 años que obviamente dan para mucho, desde el apartado artístico al religioso, pasando por la llegada de la Compañía de Jesús a nuestra ciudad, la presencia de la fábrica de tejidos de los Hermanos Lees, el colegio de Gramática o el Instituto Provincial en la segunda mitad del siglo XIX. A todo eso y más rinde tributo una extraordinaria exposición que, de la mano del equipo del Museo de Pontevedra, con el comisariado de Mª Ángeles Tilve Jar, se muestra dentro de sus propios muros. Muros rehabilitados y resucitados para una ciudad que ha tenido el acierto de recordar esta efeméride. Y lo ha hecho de una manera ejemplar, como transmitió en la inauguración de la misma el párroco de San Bartolomé, Raúl Lage Radío, quien puso de manifiesto la colaboración entre instituciones y lo fructífero que eso resulta para la comunidad. Tiene toda la razón, y ojalá eso se vea en más ocasiones, como también es una pena que esta exposición, con un largo esfuerzo tras ella, y que se reconoce a lo largo de la misma, se clausure ya este próximo domingo. Solo 16 días después de su apertura. Una lástima.
Todo el corpus que centra la exposición se centra fundamentalmente desde el punto de vista del tratamiento histórico y científico del nacimiento del templo jesuítico, creado a imagen y semejanza de la casa matriz de la Compañía, la Iglesia del Gesú de Roma, uno de los edificios barrocos que más consecuencias han tenido en arquitecturas posteriores, ya que interpretaba de manera certera los nuevos postulados de la Iglesia tras el Concilio de Trento con la potenciación de la misa y la acogida de fieles. También su evolución a lo largo de los siglos desde su construcción por el arquitecto Pedro de Monteagudo, los variados usos del conjunto o el ingente material artístico que se guarda entre sus paredes, tienen el necesario reconocimiento.
Pero junto a esos apartados las iglesias parroquiales trascienden de esas situaciones para implicarse en la vida de todos nosotros. Marco de bautizos, comuniones, confirmaciones, bodas o funerales una iglesia en diferentes ocasiones a lo largo de nuestras vidas es mucho más que una arquitectura o una historia secular, formando parte fundamental de nuestro recorrido por este mundo. De ahí que, con indiferencia de los valores religiosos que maneje cada uno, las iglesias poseen un valor sentimental innegable. Por eso, cuando uno recorre y ve todas esas preciosas imágenes recientes realizadas por Miguel Vidal, junto a las de otros fotógrafos que a lo largo de la historia han hecho de San Bartolomé objetivo de sus creaciones, tiene sensaciones que son imposibles de encerrarse dentro de una vitrina. Saber que tus padres se han casado en ese templo, que tus hijas se han bautizado bajo esa impresionante cúpula a la que poca gente honra levantando la cabeza para contemplar su majestuosidad o que durante estos años se encuentran en ella preparando su Primera Comunión, no hace más que afianzar lazos entre ese latir interno de la vida de una ciudad. También se me antoja importante el honrar a quienes en situaciones de gran riesgo dedicaron su máximo empeño a salvar el templo, y ahí, la figura del arquitecto pontevedrés Enrique Barreiro no debe ser olvidada, como no lo es en la exposición ni en el catálogo creado a tal efecto, destacando su labor para salvar el templo del peligro de derrumbe por un problema ya detectado desde sus primeros años de vida, como es su delicada cimentación, próxima al cauce del Lérez. Esa labor que durante dos años, entre 1976 y 1978, supuso la restauración integral del templo, y el realce de su cimentación, fue imprescindible para llegar a esta celebración y quizás para repetirla dentro de otros 300 años.
Para ese siglo serán otros muchos los protagonistas, los que sentirán como su vida ha estado estrechamente vinculada a un edificio religioso pero que es mucho más que eso, es parte de una ciudad, de su ciudad. Ustedes tienen ahora la ocasión de ver muchas de las riquezas de la iglesia de San Bartolomé, los profesionales ponen ante su vista lo que le confiere importancia como centro artístico y cultural, pero seguro que cada uno de ustedes tiene un granito de arena que aportar a esos 300 años del templo parroquial de San Bartolomé.

Publicado en Diario de Pontevedra 17/06/2014
Imagen: Cúpula de la iglesia de San Bartolomé. (Rafa Fariña)

lunes, 16 de junio de 2014

Un escritor espido



Saber o libro cun quere escribir non ten que ser nada sinxelo. Moitas veces do previsto ao resultado final media todo un mar de dúbidas e incertezas ante o que pode saír desa historia plantexada como argumento embrionario. Coñecendo a Miguel Ánxo Fernández e o seu amor incondicional polo cine un entende o senso desta novela e como debeu estar moi pensadiña dende esa chispa inicial ata que o libro saiu do prelo.
Todos os amantes do cine temos nesas salas nas que nos envolve a escuridade, e un milagre materializado nun haz de luz proxéctase sobre a pantalla, unha especie de paraíso. Un espazo xa mítico e co que o progreso non se leva nada ben. As novas tecnoloxías e os novos xeitos de ver o cine aniquilaron espazos tan singulares, e nunca o ben protexidos que deberán, como os antigos cines. A eles é aos que honra esta novela. Unha delicia literaria que te leva aos cines antigos, pero tamén a películas que se agochan coma tesouros na nosa memoria. Aquel cine costumista dos anos cincuenta e sesenta afundido no Neorrealismo e que facía trascender a vida dende a propia pantalla. Películas nas que a vida nunha praza o era todo. Un café, unha igrexa ou un cine xurdían como un microcosmos para a análise do ser humano. Dunha desas prazas en branco e negro e deudora ‘O espido de Gina’ ao artellar dende o literario un deses refuxios da alma no que transcorren toda unha serie de peripecias. Igrexa, cine e café son o triángulo que acolle as vidas dos protagonistas, e de todo un enxamio de secundarios tan importantes coma os primeiros. As relacións pouco amistosas entre un cura, defensor apaixoado das leis da Igrexa e o dono dun cine, reduto de liberdades ao amparo das sombras, son o motor deste relato no que un intégrase grazas a prosa fluida do seu autor, afastándose dun exceso de pretenciosidade que lle faría perder forza a un relato que ten o seu gran valor nese ter os pés pegados á vida. Non pretende nada novo Miguel Ánxo Fernández, el mesmo sabe das intensas relacións desta obra con ‘Cinema Paradiso’ e todo ese mundo da cinefilia que o cine foi quen de artellar como mecanismo de defensa ante os novos tempos. Esa falta de complexos é a que permite que o espectador se atope moi cómodo, chegando a formar parte desa colmea humana arredor de igrexa e cine, da loita entre a tradición e o novo.
Un remata o libro coa sensación de ter lido unha fermosa historia, unha recuperación nostálxica dun tempo xa clausurado no que o cine era moito dentro da vida dun pobo ou dunha capital. A esa primeira sensación engádeselle outra percepción, a de gozar da literatura e sentir que o autor aínda gozou máis na construción dunha novela na que se agocha moito do que el é, e se nos paramos un chisco, tamén do que nós somos.

Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 15/06/2014

sábado, 14 de junio de 2014

Facultades


"Volvémonos pobres. Habemos ir entregando unha porción tras outra da herdanza da humanidade; a miúdo tivemos que deixalas na casa de empeño pola centésima parte do seu valor, a cambio do diñeiro solto do actual". (Walter Benjamin)

O raro non é, como se publicou fai uns días, que a Facultade de Belas Artes de Pontevedra sexa a quinta mellor facultade de España no seu ámbito, senón que haxa catro que son mellores co centro pontevedrés. “Qué esaxerado!”, pensarán vostedes. Pois fáganme caso, achéguense ata o Museo de Pontevedra (fágano rápido porque incomprensiblemente a mostra remata o domingo 22 sen cumplir un mes dende a súa apertura) e visiten a exposición ‘En plenas facultades’. Nela verán, baixo a proposta dos comisarios Ángel Cerviño e Alberto González-Alegre o ideario creativo non dos alumnos, senón dos seus mestres. E se os mestres son quen de facer isto, que non farán os seus discípulos cun pouco de disciplina, talento e traballo. Qué de todo hai na viña do señor!
O pasado ano iniciouse este proxecto que viña a visibilizar como o facer dos mestres desta facultade non se limitaba o labor docente, senón que, alonxada da burocracia didáctica, unha primeira quenda deses mestres, amosaba a súa faciana como artistas, como creadores que reflexionan daquelo que acontece ao seu arredor, transformándoo e amosandoo en diferentes soportes. Agora chega unha segunda quenda que pechará esta débeda pendente cun sector, o dos docentes, abofé que esquecido decote dende a creación do centro pontevedrés. Todas as miradas puxéronse ao longo do tempo nas diferentes xeracións de alumnos, e xa van unhas cantas, xa que dende a apertura dos estudos en 1992 non foron poucos os que encheron esas aulas e, posteriormente, configuraron ou configuran a súa andaina profesional. Aquela exposición ‘Novos camiñantes’, comisariada en 1999 polo pontevedrés Miguel Fernández-Cid, puso o ollo sobre as novas miradas que xurdían do antigo cuartel de San Fernando, converténdose nun fito que chega ata hoxe e con elos que se espallaron en múltiples direccións, sendo algúns deles os que afianzaron esa positiva calificación universitaria.
A atinada percepción dos comisarios de poñer en valor aos grandes esquecidos do proceso renovador de moito do sistema plástico en Galicia nas últimas décadas é a que permite achegarnos a obra de nomes como os de Almudena Fernández, Chelo Matesanz, Monica Ortúzar, Anne Heyvaert, Fernando Casás, Berta Cáccamo, Manuel Moldes, Manolo Dimas, Elena Lapeña, Nono Bandera, Ignacio Pérez-Jofre, Ánxel Huete e Elena Fernández Prada, amosando a afouteza dos seus ideais como creadores. Unha diversidade que fará que cada un deles responda a distintas cuestións e a partires do emprego de diferentes linguaxes, pero todos xuntos entonando cunha soa voz a súa necesidade de seguir sendo artistas, de continuar na loita de facer visible o invisible, e de artellar uns discursos que nos representen como sociedade, cerna do debate e explicación do que acontece nestas salas.
Falamos dunha sociedade que esmorece en moitos dos seus sectores, e que non deixa de comportarse como o derrubo de todo un sistema que nós mesmos engordamos e agora converteuse en escombro. Así o soubo ver Ignacio Pérez-Jofre dende esa serie na que unha afortunada visión conceptual e tamén resolutiva en canto á forma coroa a exposición cunha peza chea de connotacións. O paso do tempo, a inclusión do construido sobre o que un día estivo en pé, ademáis de ser unha crítica a este tempo no que todo custa tanto, incluido o material para pintar, sendo todo un éxito esa procura de novos materiais de cara a mellorar os aforros. E como ela as demais pezas, xeitos de ollar a un lugar no que viven e traballan, no que estes profesores amosan as súas plenas facultades como artistas, como xente do pensamento e non so coma unha engrenaxe administrativa á que moitas veces nos leva un sistema educativo e universitario cada vez máis afastado das necesidades dos alumnos. Sirva esta mostra para berrar ben forte, que todos eles están aquí, e por fortuna ese aquí chámase Pontevedra.

Publicado no Diario de Pontevedra 14/06/2014

lunes, 9 de junio de 2014

Homérico!




Dende o seu recuncho vital de Mourente ata o Innisfree xa mitolóxico de John Ford, Luis Rei abre de novo a cerna da súa realidade como creador e aínda máis alá, como ser humano. Poucas disciplinas máis intensas ca poesía para entenderse a un mesmo, para abrirse en canal e intentar achegarse a aquilo que nos identifica como eu. Solitario, singular, é ben certo que o creador literario necesita de cando en cando exercer ese acto de expiación íntima, aflorar sensibilidades, rastrexar esas derivas que foron acaendo ao longo dunha vida chea de experiencias e sensacións e que logo quedan nun como crebas sobre a area dunha praia.
Moito diso hai neste poemario de Luis Rei. Cada vez mellor poeta o autor peneira cunha inusitada efervescencia esa bagaxe da vida, e así é como por estes versos non deixan de xurdir fragmentos do naufraxio (ao fin e ao cabo toda vida ten algo de naufraxio) aos que o noso protagonista se aferra como unha Ítaca a que regresar unha e outra vez na procura do alento para continuar fiando a súa traxectoria literaria e persoal, se é que ambas non son unha.
Nesa incorruptible harmonía atopamos o seu Monte Louro, faro existencial que da sombra a moito do escrito por el, pero tamén as illas do tesouro, as leiras e as praias, as ondas e as conversas cos amigos, Beethoven e Zurbarán, as nubes e a patria sentida.... en definitiva, os dons aos que el mesmo prega no poema final, un impoñente belisco para quen o le polo respecto que se ten a todo aquilo que fai mellor as nosas vidas, os refuxios onde un sempre atopa acubillo e paz, acougo e sosego. Sen eles a vida sería moi diferente e este poemario non sería o que é, un percorrido vital por esa dualidade aberta e pechada. Aberta porque o autor nos leva á natureza como experiencia sensorial, dende á Costa da morte ata o xardín que arrodea a súa casa de Mourente: «Unha leira en Mourente e o xardín que arelan as mans que me envolven nas caricias da dita». En calquera desas dimensións a luz, as cores, os ventos ou os aromas xeran o fluir necesario para sentir o latexo da vida; pero tamén pechada, ao facerrnos partícipe das súas ligazóns culturais: Simbad, Jim Hawkins, Rilke, Ramiro Fonte, Torneiro ou Cuña Novás son so algúns dos integrantes desa extensa nómina de influxos aos que un nunca está de todo agradecido polo moito que dan sen esperar nada a cambio.
Mergullarse nestes poemas é ollar en fite a alguén que espreme a vida, que sabe o que hai de bo nela para balizar ante nós un itinerario de experiencias, como se fose un deses faros que o cautivan tanto, luz na natureza, pero tamén na escuridade da que saímos moitas veces grazas a todo ao que o poeta rende tributo. Toda unha oración polos dons.


Publicado no Diario de Pontevedra e Progreso de Lugo 8/06/2014
Fotografía Gonzalo García

domingo, 8 de junio de 2014

Ledicia verniana en San Simón



AGASALLOUNOS con palabras Xavier Senín nun deses discursos que, nestes últimos Premios Xerais convertéronsen en agasallos para a nosa cultura. Palabras nas que se pecha o amor a unha língua e os firmes alicerces que, pese a tantas marexadas como se suceden, fornecen ao galego.
Desas palabras enguedelláronse os tres gañadores do serán do sábado na illa de San Simón: Ledicia Costas, Eduardo Santiago e María Reimóndez acadaron a gloria coas súas obras nun ambiente que é dificil de acadar por outras convocatorias. No medio da ría de Vigo, coa memoria dos poetas medievais, o recordo dos que penaron miserias nese recinto e o mito de Jules Verne arrredor noso, o calorciño da xente das letras en Galicia fai que a entrega destes premios cumprimente a todos os presentes dunha maneira inmellorable, pero sobre todo cumprimenta a nosa cultura. Unha ledicia!!!!

Entre Dous. Publicado no Diario de Pontevedra 9/06/2014

viernes, 6 de junio de 2014

Ronseis


«As illas son boas patrias para os versos. Penso na pequenísima e soa de Mendinho; e midamos o tempo desde a súa cántiga: cen veráns sete veces. Ou tal vez proceda invocar O arquipélago de Hölderling (acaso o gran poeta do mundo), non menos merecente de perpetuidade.»
(‘Estrela do norte’. Luís Rei)


Día de ledicia o de hoxe. Día de agasallar á xente que escribe libros, que artella historias para que os demáis gocemos do milagre da lectura. Hoxe poñemos proa cara a illa dos poetas, a illa da nosa memoria, a illa dende onde fai uns anos a Editorial Xerais agroma a forza das nosas letras cun premio que enche de honra ao noso sistema cultural.
Ondas de San Simón que cantara o poeta como axóuxere para unha festa no medio da ría flanqueados polas ondulacións dos avelaíños montes, entre lendas de tesouros afundidos, ante areas onde afoutadas mulleres dobran o lombo decote para agasallarnos cos manxares da terra, en definitiva, unha romaría na cerna do que nós mesmos somos. Alí onde terra e mar conxúganse para que xurdan os ronseis dos nosos escritores como unha pegada de escumas no mar, e que nós tamén deixaremos ao ir a carón deles. Homes e mulleres que escriben novelas para todos nós, homes e mulleres que escriben libros para mozos, e homes e mulleres que escriben para cativos. Escribir, escribir, escribir.... todo se agocha aí e  todos eles conforman unha paisaxe que hoxe se mergullará nesa fenda aberta no interior da nosa terra na que cada ano agroma unha ditosa sementeira de palabras.
As previsións meteorolóxicas falan de chuvia, tanta que ao mellor temos que cruzar a ría, en vez de no apracible Babuxa, nun daqueles aparellos ideados polo maxín de Jules Verne, o que sería moi acaído pola inclusión nesta edición do premio Jules Verne de Literatura Xuvenil. Ogallá esas pingas sexan como a chuvia de prata que cantara Fina Casalderrey nesa mesma illa e da que da gusto rematar enchoupado, chuvia que tan ben lle fará a cerdeira que Xabier P. DoCampo deixou prantada o pasado ano, e que hoxe veremos como medrou ao longo de todo este ano. Xavier Senín será o que, como mantedor do acto, converta o seu discurso nun arrolo ás nosas letras no instante previo á nova que todos agardamos, a de coñecer os nomes dos gañadores das tres categorías a concurso.
Neste reino tamén temos unha abdicación, como non, literaria, a do último gañador do Premio Xerais, Xabier López, aínda que el mesmo di que a coroa non a deixa, que lle prestou moito tela durante un ano no que as súas ‘Cadeas’ brillaron con luz propia, sendo non poucos os recoñecementos que ambos, autor e novela, obtiveron. Tampouco o seu acompañante como gañador do Premio Merlín de Literatura Infantil, Antonio Manuel Fraga, dubidará en facilitar a sucesión que nos amosará novos nomes que manterán firmes os elos que durante tantos anos enguedellou este premio e esta reunión.
Na pasada edición fixéronme o agasallo de permitirme participar como membro do xurado do Premio de Novela. Unha experiencia enriquecedora que, nas horas previas á entrega do premio deste ano, recupero por volver a sentir o formigo do orgullo de ter participado na escolla dun libro xa para sempre instalado nunha relación de prestixio. Tamén por poder coñecer a xente á que un tanto admira pola súa obra ou mesmo pola súa compoñente vital, e por sentirme parte dunha engrenaxe que serve para medrar a valía da nosa cultura. Engádeselle a iso o acto puramente egoísta de ler varias novelas antes co resto dos lectores, ou ver como ao longo dos meses seguintes algúns deses títulos presentados saen do prelo e acadan magníficos resultados nas listaxes de vendas, o que fala moi ben da saúde dos nosos escritores que non deixan de parir historias para que os lectores saciemos as nosas apetencias literarias.
Mentres regreso á illa vendo como a escuma se desfai no medio do combate interminable das ondas e os nubeiros grises loitan coas luces da tardiña para darnos un acougo, sinto a esa cerdeira chamando por nós, como unha serea sedutora na procura de alguén que alivie a súa soedade dun ano enteiro. «Alí veñen os dos libros». Semella dicir. «Pois que suban a terra, que respiren o aire salgado e que trouleen todo o que queiran, hoxe é día de festa e as nosas letras repinican coma campás boureantes para ledicia de todos os que as queren».


Publicado no Diario de Pontevedra 7/06/2014
Fotografía: Alba Sotelo

Desentrañando al mito


Pocos autores a lo largo de la literatura del siglo XX han sido capaces de generar un misterio como Salinger, el autor de ‘El guardián entre el centeno’. Una novela imprescindible para cualquier lector, símbolo de toda una generación y con un peso abrumador para la sociedad norteamericana. Tras esa novela su autor se ha refugiado durante décadas para no salir de un anonimato brutal, una eterna oscuridad a la que esta biografía permite, o por lo menos pretende, arrojar un poco de luz al misterio que rodea a su figura.
Fotografías, cartas, fragmentos de diarios o los testimonios más diversos nos abren a un nuevo autor, a una persona condicionada por los miedos surgidos durante la Guerra y de los que rara vez pudo escapar. Son escalofriantes las entradas sobre su estancia en Europa durante la II Guerra Mundial y como esas visiones, sensaciones y contactos influyeron en todo lo que vendría después y no es para menos, de hecho, no pocos pasajes del libro fueron escritos en las zonas de conflicto. Los dos autores, David Shields y Shane Salerno han dedicado nueve años a desentrañar este mito y a reunir la información necesaria para lograrlo. Entrevistas a numerosas personas que coincidieron con él y la recopilación de un archivo gráfico sobre alguien poco aficionado a asomarse a la superficie, le otorgan ese plus de proximidad y veracidad que requieren estos trabajos de carácter monumental. Como monumental nos parece también la labor del traductor al castellano de la obra, el también escritor Javier Calvo, quien ha sabido dar el tono preciso a cada una de las numerosas voces que se van entremezclando a lo largo de las más de setecientas páginas que componen el libro.
Nos ofrece así la editorial Seix Barral uno de los libros más esperados de este año, la biografía de un mito en un mundo de sombras, y en el que Holden Caufield, el protagonista de ‘El guardián entre el centeno’, parece ser el eje sobre el que todo gira, ficción y realidad, y sobre el que se vierte una vida a la que aquí los autores se aproximan como nunca se había hecho antes, desentrañando los miedos adolescentes, las relaciones sentimentales, los inicios literarios y las dificultades para dar salida a un texto al que Salinger se aferraba como el deseo y su materialización del buen libro que él sabía que había escrito. La mejor novela de la generación siguiente, como la definió el propio William Faulkner, se erigió en símbolo de una generación y en la singularización del individuo acosado por diferentes grupos o tribus. Un canto a la libertad del individuo que en los años 50 enraizó de tal manera en la sociedad americana que aún hoy de sus ramas se cuelgan miles de lectores. Para conocer el abono que hizo brotar ese árbol lean ‘Salinger’.

Publicado en El Progreso de Lugo y Diario de Pontevedra 1/06/2014

jueves, 5 de junio de 2014

Universo emocional


POCOS lectores pueden decir que han salido indemnes de la lectura de ‘El mar’. ¿Qué no lo han leído aun? Pues no tarden, ya que entenderán como solo ese libro merece un galardón como el obtenido por el escritor irlandés. Pero es que junto a ese título otros como ‘Eclipse’, ‘Los infinitos’ o ‘Antigua luz’, su última novela alejada de su seudónimo Benjamin Black, vienen a completar una de las trayectorias literarias más intensas y afortunadas de los últimos años 
¿Qué es lo que sucede en ese mar tan arrebatador? Pues algo tan complejo como que la literatura se convierte en un abismo a través del cual el lector se ve inmerso en una redención vital a través del amor, la amistad, la pérdida y la memoria, y ahí se encuentra el germen que constituye la base de sus libros, al ser capaz de capitalizar un universo emocional que trasciende de sus páginas e involucra al lector en sus argumentos. En ellos el ser humano es el eje en torno al cual gira toda su obra, no dudando en relacionar sus miserias y sus triunfos como especie con los grandes problemas para la cohabitación con sus semejantes. Esas fricciones mueven relatos e historias, pero sobre todo, hacen que el lector se pregunte por todo aquello que nos rodea y que solo el misterio de la literatura: un libro entre las manos, el silencio y el encontrarse frente a la palabra, son quien de provocar.
Pero John Banville, además de Banville, es Black, Benjamin Black, ya que bajo sus jerseys de cuello vuelto también se esconde un autor de novela negra. De novela negra pero de las buenas, de las que respetan al género y retoman elementos, estilos y maneras, de los clásicos norteamericanos como Dashiell Hammet o Raymond Chandler. De hecho, su respeto por la literatura, su gusto por un lenguaje donde la frase lo contiene todo, ha sido uno de sus avales para retomar muchas décadas después al detective Philip Marlowe en la que sí es su última novela ‘La rubia de ojos negros’. Un reto convertido en un acierto.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/06/2014

martes, 3 de junio de 2014

Un Rey entre costuras


No pocas veces la historia de España se ha hecho a base de costurones ensartados con mayor o menor fortuna para aliviar los jirones en la piel de toro de un país muy aficionado a volverse contra sí mismo. Juan Carlos I, Rey de España desde aquel 22 de noviembre de 1975, se ha visto como un rey entre costuras, como un personaje con corona que ha debido moverse con medida precisión en un Estado que ahora se desprende de su figura como si de un pesado lastre (no mayor que el de otras instituciones y personas todavía ajenas al latido de la sociedad) se tratase, para evitar otro de esos jirones.
Descosiéndose como lo está haciendo España en los tres frentes esenciales que sustentan a cualquier Estado, el político, el institucional y el territorial, el Rey Juan Carlos I actúa como los elefantes y busca su territorio original en sus últimos días, el de la devoción y el sacrificio por su país y, si en un tiempo fue su presencia la aguja necesaria para cerrar el saco con el cadáver del franquismo dentro y la destreza para tejer una nueva sociedad con el punto de cruz de la Transición, ahora es su marcha la que alivia las tensiones que muchos, él y los suyos también, porque no decirlo, se encargaron de ir adhiriendo a esta España exhausta de tanto saqueo y tanto sangrado. Agotados llegamos todos a estos casi cuarenta años de restauración monárquica y en un cierto estado de hipnosis. El grito electoral del pasado 25 de mayo no ha hecho más que sacarnos a todos del trance y de paso dar la puntilla a mucho de lo que desde la muerte del dictador se ha ido corrompiendo. ¡Para qué muchos hablen de lo inútil que es votar!
Siempre se ha alabado en Juan Carlos I una cierta intuición para saber qué hacer en ciertos momentos límite. Lo hizo con Adolfo Suárez y la noche del 23-F y es posible que ahora lo haya vuelto a hacer. Su paso a un lado significa renovación, aire fresco, un cambio de imagen y la asunción de que ya todo es diferente al que ha sido su tiempo. Eso es de valorar (claro, que sin que peligre el sistema monárquico), pero no todos lo han sabido ver así y todavía son muchos los que siguen sujetos a poltronas y cargos, a remuneraciones y componendas, pero quizás ahora tengan mucho más cerca su fin y se vayan tras el Rey en el destierro de un tiempo que ya muchos no quieren vivir porque no es el suyo, y a los que nadie ha preguntado si les gusta o si no, si están de acuerdo con él o si optarían por el cambio de todo un entramado muy circunscrito a aquella España de los setenta, pero que dejó muchos hilillos de los que lentamente se ha ido tirando hasta el punto de que se nos han quedado las vergüenzas al aire.
El otro acierto del movimiento del Rey es el de dejar a su sucesor en una suerte envidiable y con la seguridad de su aceptación, con unas dudas y un riesgo calculados y asumibles por la propia corona, y por una España que todavía no acaba de creer en la llegada de la República. Felipe de Borbón «tan rubio, tan fino, tan tieso, tan alto, tan cachas, qué agobio, hija...» que cantaba Sabina, tiene la oportunidad de recoger la aguja de su padre para seguir suturando a esta España que hoy ya es mucho más suya que de su padre. El relevo generacional, que tan mal casa con el concepto de monarquía, pero que ante el pulso del pueblo puede ser su propia válvula de supervivencia.
Ojeo las páginas de aquellos días de noviembre de 1975, con un país repleto de temores ante su inmediato futuro. Esperanzas e ilusiones que permanecían ocultas entre las sombras de un pasado todavía presente y en ellas encuentro un titular: «Comienza una nueva etapa en la historia de España». Un corta y pega de casi cuarenta años nos llevaría hoy a estar en la misma situación, eso sí, ninguno de nosotros somos los mismos y aquellas sombras son ahora las nuestras, las que han creado los que están a nuestro alrededor y que solo a nosotros nos corresponde despejar. Un paso ya está dado, pero todavía quedan muchos más por dar.
Aquel mismo día en el que Juan Carlos I era proclamado Rey, Diario de Pontevedra anunciaba el estreno en el Cine Victoria de ‘El Padrino. 2ª parte’ que venía de recibir seis Oscars. Vaya por delante que nada más lejos de mi intención que mezclar a los Borbones con el clan de los Corleone, pero sí que en este momento del traspaso de poderes en la saga real uno empieza a pensar en lo importante que es la supervivencia de la familia, que el poder no se escape de las manos y corroborar aquel eslogan lampedusiano de «Que todo cambie para que todo siga igual». Esperemos que no sea así, por el bien de todos y que si la segunda parte de ‘El Padrino’ está considerada la mejor segunda parte de la Historia del Cine, la llegada de un nuevo Rey suponga una mejora de quien con sus luces y sus sombras ha sido parte de una época brillante de nuestra historia. Quizás la mejor, pero a la que la luz de la opulencia ha ido cegando, dando las puntadas de manera desordenada pero contando, eso sí, con el resto de unas instituciones incapaces de asumir los nuevos retos y necesidades de un tiempo con nuevas necesidades.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 3/06/2014

domingo, 1 de junio de 2014

Cortázar 100

«Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos; jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo. Por eso no tenía nada de extraño que él hablara de sus personajes en la forma más espasmódica imaginable, dar coherencia a la serie de fotos para que pasaran a ser cine...». (‘Rayuela’. Julio Cortázar)


Todavía rebosantes de felicidad tras recorrer salto aquí y salto allá el tablero de esa ‘Rayuela’ inagotable que cumplió 50 años el pasado año, nos encontramos en este 2014 con el centenario del nacimiento de Julio Cortázar y como coda final los 30 años de su fallecimiento. Año Cortázar por excelencia y año de regreso a una de las patrias más inmensas de la historia de la literatura. Pocos autores recogen en su obra, como sucede con el autor argentino, esa percepción lúdica de lo literario, junto a la invención de un mundo o mundos desde los que enfrentarse a la realidad de una manera tan inteligente como atractiva para el lector. 
Leer, releer, saltar y volver a saltar las casillas de ‘Rayuela’ es un puro delirio y pocas veces se puede disfrutar tanto de un libro cuando se abre al azar y se extrae de su interior un fragmento de su historia o historias. La editorial Alfaguara se ha volcado en estas conmemoraciones y ha preparado, junto a la reedición de varios de sus títulos, una edición especial de ‘Rayuela’, pero junto a ella, le ha hecho a los incondicionales de Julio Cortázar un regalo absolutamente maravilloso. Creo que a lo largo de lo que llevamos de año se han publicado pocos libros más hermosos que ‘Cortázar. De la A a la Z’. Un diccionario con entradas relativas a un sinfín de aspectos de la vida del escritor. Fragmentos de sus libros, imágenes de sus primeras ediciones, objetos personales, un álbum fotógrafico extraordinario, cartas, apuntes... y todo ello presentado a través de una biografía que huye de los ladrillos biográficos acostumbrados para ofrecer un tesoro que todo el mundo debería tener en sus casas.
A mí me llegó de la mano de mis hijas, en un Día del Padre en el que jamás podía imaginar un mejor regalo (benditas seáis y quien os guió), pero a ustedes les puede llegar de cualquier manera, de forma azarosa, o si ven que se resiste en llegar, fuercen un poquito la situación y ya verán como ese libro les colmará de felicidad. Es más, pueden darse, junto a una víctima propiciatoria, un paseo inocente y despreocupado por la calle Fray Juan de Navarrete, y seguramente se le desatarán los cordones de sus zapatos para detenerse durante unos instantes ante el imponente escaparate (otro más) de la Librería Cronopios, monumento literario global, y cortaziano en particular en nuestra ciudad. Allí, frente a ese altar ante al que a uno lo primero que le entran son las ganas de postrarse de hinojos, vemos el universo reeditado de Cortázar. Háganle una leve indicación a su acompañante sobre lo bonito que parecen esos libros, lo interesantes que pueden ser o las cualidades del escritor, y bajo esos globos verdes, los cronopios flotantes que desde que llegaron a esta ciudad han mudado muchas cosas, su deseo no tardará en cumplirse. Es la magia de los cronopios, ese gran juego que para Cortázar era un placer frente a otras esclavitudes literarias.
Cuando el ladrillo dejó de ser ladrillo y se convirtió en librería, milagro todavía inexplicable en los tiempos actuales, esos círculos inquietos y traviesos nos ofrecieron una manera diferente de sentir el negocio de los libros y su relación con los lectores. Ese nombre para un negocio ya era toda una declaración de intenciones, una inmersión en un universo literario hacia el que se nos quería llevar a través de un sofá y unos escaparates magnéticos para el paseante. Una transparencia que nos conecta con el mundo de los libros, un juego que ni el mismísimo gran cronopio hubiera ideado para satisfacer a su tribu. De los libros dice Cortázar, en la entrada correspondiente de este singular diccionario, que «Los libros van siendo el único lugar de la casa donde se puede estar tranquilo». ¿Qué les parece?, es mágico o no es mágico. Y es que una vez abran este diccionario comprobarán como los adjetivos empleados o esta devoción personal no es gratuita, y como un libro, ya de por sí siempre un tesoro, puede convertirse en una obra de arte de la que uno no podrá desprenderse jamás. 
Todos esos instantes que a través de sus libros hemos podido gozar tienen muchas de sus explicaciones en esas páginas, de las que en ocasiones surge su querida música de jazz, sus influencias, sus relatos favoritos, sus miedos, sus amigos, sus inspiraciones, sus sentimientos... y todo ello porque «entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia», confiesa el autor en este álbum de fotos e instantes. Imágenes congeladas y ordenadas por su viuda Aurora Bernárdez y por Carles Álvarez Garriga que ahora son ya parte de nuestro álbum personal, como antes y ya para siempre lo serán sus escritos inmensos. Rompan esa frontera física y honren a Cortázar leyendo algo de él, en este 2014 y siempre, siempre, siempre...

Publicado en Diario de Pontevedra 31/05/2014