miércoles, 30 de abril de 2014

Era visto


CEN PROGRAMAS de televisión son todo un mundo para calquera serie. Unha cifra difícil de acadar pero que non deixa de falar do traballo ben feito e de algo que interesa ao público. O pasado luns a serie da Galega ‘Era visto’ chegou a esa cifra. As andanzas de Moncho, Elvira, Kevin, o bar Puskas e o universo de Lameiro convertéronse nun oasis para desconectar do quefacer diario e botar unhas risas a costa de nós mesmos. Porque nesa serie se agocha moito do que somos os galegos, con máis ou menos retranca, cun humor máis ou menos groso, pero toda unha saudable lección sobre, como diría aquel, a idiosincrasia do pobo galego.
Ao mellor moitos non ven nela un produto comparable a grandes producións televisivas pero o certo é que o que se acada con ela é moi meritorio, co difícil que é rir hoxe Moncho e compañía son un sopro de aire fresco e unha cita ineludible no día a día.


Entre Dous. Diario de Pontevedra 30/04/2014

martes, 29 de abril de 2014

La oscuridad al acecho



Encontrar dentro del desconocimiento, encender una luz donde solo hay oscuridad, así es como se queda uno tras leer este libro del portugués António Patrício (Porto, 1878- Macao, 1930). Cinco relatos que nos alumbran la figura de un escritor y diplomático, que llegó a ser cónsul en A Coruña, desconocido a este lado de la península y que nos revelan una escritura impactante, llena de riquezas, de sutilezas, de elementos simbólicos y también de lecciones sobre la vida y la conducta del hombre.
En la línea de creadores como Edgar Allan Poe o Guy de Maupassant, António Patrício hace de estos relatos un espacio para la creación y la reflexión desde el género fantástico, una increíble incursión hacia el alma humana inscrita en el siempre metafórico territorio de la noche. La nocturnidad como el envés del ser humano, ese lugar iluminado por la luna en el que el hombre se redescubre a sí mismo a través de estas cinco narraciones diferentes en cuanto a sus argumentos pero en los que ese fino haz de luz que la luna proyecta sobre todos ellos los enhebra como un diario del desasosiego. Una fácil licencia pessoana que me viene de perlas ya que Fernando Pessoa fue uno de los grandes reivindicadores de su figura, llegando a afirmar de este libro que es «uno de los más perfectos libros de cuentos que se han escrito en Portugal». Yo, si me lo permiten, abriría el marco geográfico y lo instalaría junto a otros grandes narradores, algunos ya citados anteriormente pero también al lado de otro gran maestro del género como Henry James. António Patrício añade a ese sentido propio del género escogido un simbolismo muy del Portugal de principios del siglo XX, un decadentismo que dejó huella en numerosos autores que centraron en el ser humano una desazón existencial que les llevó a teñir de amargura mucho de lo escrito.
En estos relatos vemos como una serie de personajes y hasta un águila hacen de sus conductas y reflexiones todo un tratado sobre el ser humano y su errática presencia en este mundo lleno de cosas bellas, como la naturaleza o el arte, pero que él mismo se encarga de enrarecer con sus vicios y defectos. Lo más sugerente es cómo sus protagonistas son seres reales, integrantes de una sociedad que no les facilita su realización plena acosándoles y orillándolos en la noche a la búsqueda de un universo libertario que les permita reconocerse y lograr aquello que han deseado pero que el destino se ha empeñado en negarles.
Bienvenida esta nueva editorial Ardicia, por ofrecernos un regalo más en su breve pero intenso catálogo en forma de recuperación de autores poco conocidos, o de obras que no han tenido demasiada fortuna pero que, a la vista está, poseen una calidad que las convertirá en referentes literarios.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 27/04/2014

lunes, 28 de abril de 2014

Graça Moura

"POESÍA é a minha forma verbal de estar no mundo», comentou o escritor, intelectual, político e director de diferentes proxectos e institucións culturais portuguesas Vasco Graça Moura. A súa morte chórase hoxe en Portugal no recordo dun personaxe con moitas facianas no seu quefacer, sempre sometido á defensa da súa língua e a súa potenciación en todos os niveis.
Dende a súa obra literaria, pero sobre todo co seu labor como ensaista crítico ou tradutor, loitou para que o portugués fose unha língua da que o seu pobo se sentise orgulloso, e iso o acadaba tamén dende a súa faciana política. Eurodiputado, director da Radio Televisión Portuguesa, mentor da capitalidade Cultural Europea de Lisboa en 1998 e agora director do Centro Cultural de Belem a súa figura é unha das máis sobranceiras na paisaxe cultural portuguesa, que o despedirá entre sones de Bach e como non, fados.




                                                                                       Entre Dous. Diario de Pontevedra 28/04/2014




soneto do amor e da morte

quando eu morrer murmura esta canção 
que escrevo para ti. quando eu morrer
fica junto de mim, não queiras ver
as aves pardas do anoitecer
a revoar na minha solidão.

quando eu morrer segura a minha mão,
põe os olhos nos meus se puder ser,
se inda neles a luz esmorecer,
e diz do nosso amor como se não

tivesse de acabar, sempre a doer,
sempre a doer de tanta perfeição
que ao deixar de bater-me o coração
fique por nós o teu inda a bater,
quando eu morrer segura a minha mão.

Vasco Graça Moura, Antologia dos Sessenta Anos

domingo, 27 de abril de 2014

Flores amarillas

"Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas..."
(‘Cien años de soledad’. Gabriel García Márquez).


«Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme», comentó en alguna ocasión Gabriel García Márquez. Esta semana el mundo entero, desde su Aracataca natal hasta el último rincón del mundo que quiso recordar al colombiano, vio como asomaban esas flores amarillas que, como la lluvia de su obra cumbre, propiciaron un manto desde el cual homenajear a uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo. Uno de esos personajes que trascienden a la historia de un momento concreto para volverse eternos y que, paradójicamente, desde la fragilidad de una flor, aparecen simbolizados de la manera más eficaz posible.
Ni los grandes fastos fúnebres, ni los protocolarios discursos de los presidentes de sus dos patrias -México y Colombia-, ni los apasionados análisis de los críticos literarios, nada estremece más el alma que ver a sus modestos y anónimos vecinos de Aracataca sujetar unas pocas flores y sostener la edición de alguno de sus libros con sus rostros entre compungidos y emocionados. Pocas conquistas podrá realizar la literatura más hermosas que esa.
Esta semana Berta Dávila, una joven y a la vez extraordinaria escritora gallega (recuerden este nombre), contaba en las redes sociales como un vecino suyo cortaba unas modestas florecillas amarillas que, de manera silvestre, habían brotado con los primeros calores de la primavera en un pequeño terreno al que se asomaba desde su ventana y a cuya visión se había acostumbrado durante los últimos días. Ver aquellas flores le alegraba la jornada haciéndola más llevadera, su vecino, inconscientemente, al cortar esas flores, se llevó por delante un aliciente que podría hacer germinar la imaginación de esta escritora, quizás García Márquez si tuviera un vecino como el de Berta Dávila nunca habría alumbrado pasajes como el que nos sirve de introducción a este artículo. Y es que muchas veces esa imagen que funciona como punto de ignición de un relato surge del momento más inesperado, de una visión cotidiana o de un acto cargado de una sencillez que finalmente se revela como las alas necesarias para que un texto tome altura, gracias a su humanización y a su cercanía con nuestra especie.
A esas alas se refirió en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes otra flor inmarchitable, la escritora Elena Poniatowska: “Antes de Gabo éramos los condenados de la Tierra. Pero con sus ‘Cien años de soledad’ le dio alas a América Latina. Y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve y hace que nos crezcan flores en la cabeza”. Al tiempo que pronunciaba su discurso Elena Poniatowska deshojaba una margarita de cuyos pétalos pendían los desfavorecidos, las mujeres, el periodismo y la literatura. La escritora se subía al pollino de Sancho Panza desde donde, más cerca del suelo, se ven mejor las cosas que sobre los briosos corceles en los que algunos gustan de galopar.
Desfavorecidos que salieron estos días a las calles de sus aldeas para honrar a un hombre que los colocó en el mapa como ningún poderoso podría hacer. Muchos, sin apenas estudios, saben de los logros de su paisano y entre ellos también hay numerosas mujeres fuertes y generosas en su esfuerzo hacia la comunidad, pero con escaso agradecimiento por parte del colectivo, algo que también sucede en los palacios, y así es sonrojante comprobar como a lo largo de la historia solo 4 mujeres fueron reconocidas con el Cervantes por 35 hombres. Periodismo y literatura necesitan todavía mucho de esa lluvia de flores, una imaginación que nunca nadie podrá podar.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/04/2014

sábado, 26 de abril de 2014

El despertar de un sueño



Una joven norteamericana llega a España en los instantes previos al estallido de la Guerra Civil. Su destino, Madrid, y más concretamente, la mítica Residencia de Estudiantes, un lugar en el que buscaba completar sus estudios de Literatura Española. Este leve boceto argumental, que desarrolla Susana Fortes (Pontevedra, 1959) en su última novela ‘El amor no es un verso libre’, abre infinitas vías en las posibilidades literarias de esta autora. Por un lado tenemos la España previa a la Guerra Civil, con un ambiente cada vez más irrespirable, lleno de misterios y silencios, secretos, voces bajas y delaciones; por otro esa Residencia de Estudiantes centro cultural de la época con maravillosas consecuencias para nuestro país, solo recordar el paso por ella de tres genios de tres ramas diferentes de la cultura como Buñuel, Dalí y Lorca; pero también se destila de estas primeras líneas todo el aroma literario de esa Edad de Plata de nuestras letras y el atractivo que podía suponer para una joven norteamericana criada en una granja de Virginia el aproximarse a este mundo en contraposición con el suyo.

Y es que si de algo puede presumir Susana Fortes en sus libros es de elegir unos ambientes y unos contextos históricos fascinantes que trufan sus relatos de momentos mágicos para el lector, pero que a la autora la obligan a documentarse y a manejar unas claves muy precisas, cuestión con la que se nota disfruta. Así sucedió con ‘Quattrocento’ y la Florencia de los Médicis; pero también con ‘Esperando a Robert Capa’, con el París de entreguerras y la España de la Guerra Civil o con ‘La huella del hereje’, y la ciudad de Compostela a través de diferentes momentos de su apasionante historia.

Todo ese trabajo de ambientación nos asalta a lo largo de las páginas de esta novela que desprende un aroma literario, ese que emana de aquellos poetas que, como Pedro Salinas, se movían por una Residencia de Estudiantes generadora de un ambiente que jamás se volvió a repetir en esta España que pocos meses después quedaría dividida durante muchos, muchos años, tantos, que parece que lleguen hasta hoy esas diferencias para coartar nuestro progreso. Otro de los ingredientes que Susana Fortes ha ido trabajando a lo largo de sus últimas novelas es el del amor, aquí el tema central de una novela que recupera mucho de aquellas historias decimonónicas de amores complicados por las circunstancias de sus protagonistas, así como por el ambiente en el que estas se producen. En sus últimas obras estas historias de amor son los grandes núcleos de las diferentes novelas, la fuerza motriz que, dentro de un contexto determinado, provoca que la autora trabaje desde los personajes y desde una colección de frases tras las que se aprecia un gran trabajo de ingeniería léxica para hacernos volver a ellas segundos después de su lectura.

Pero ‘El amor no es un verso libre’ es también una novela sobre una época, sobre un país que se asfixiaba a sí mismo y en el que Susana Fortes brilla por cómo va integrando en la trama temas como el de la homosexualidad, el estraperlo, las relaciones fuera del matrimonio, los ajustes de cuentas... en definitiva, la configuración de un ambiente de miedo que derivaría en lo que ya todos sabemos. Esa atmósfera, conseguir palpar mediante palabras ese sentir, es fruto de la escritura de esta mujer que nos sigue regalando historias tan deliciosas como la de esta joven americana y soñadora a la que la vida y este país la hicieron despertar a través del amor y de nuestra historia más brutal.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 20/04/2014

miércoles, 23 de abril de 2014

Libros


AUNQUE MUCHOS no lo sepan las librerías están abiertas durante todo el año. Pero hoy, hoy es un día en el que todos deberíamos entrar en una de ellas y adquirir un libro. El de su autor preferido, aquel del que han oído hablar, el que han recomendado en la radio esta mañana o, si no se quieren complicar la vida y les aseguro que acertarán, uno del recientemente fallecido Gabriel García Márquez.
En el Día del Libro honramos a una de las creaciones más maravillosas del ser humano, un aval para alentar la imaginación y la fantasía y si a ello le sumamos el incremento de nuestra cultura, quizás lo único que nos garantizará la felicidad en este mundo nuestro cada vez más complejo, tenemos el invento perfecto.
Encuentren un hueco en su agenda y pasen por alguna de nuestras librerías, saldrán siendo mucho mejores personas de lo que eran cuando entraron.


Entre Dous. Diario de Pontevedra 23/05/2014

domingo, 20 de abril de 2014

El olor de las almendras amargas



Dicen que se ha muerto Gabriel García Márquez. Dicen que el escritor colombiano afincado en México, nacido en Aracataca, con Cuba como patio de juegos, que vivía en el D.F. desde 1975 y creador de un territorio llamado Macondo, no volverá a escribir una sola palabra alrededor de esa geografía física y humana que sobre sus hombros se ha ido sustentando a lo largo de los años. Dicen que la página que solía escribir diariamente ya no volverá a completarse con sus sones latinos y sus colores cálidos, dicen que sus lecciones de periodismo se han acabado y que no volverá a ‘mamar gallo’ con los que le rodean. Dicen que Gabo ha muerto.
No saben todos estos incautos que un escritor nunca se muere, menos todavía una figura como la de este hombre en la que se contiene la mejor literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX (con permiso de Mario Vargas Llosa, y abandono ya este fangoso asunto), continente que supo reivindicar y poner en valor ante un mundo que apenas le reconocía valor alguno. Cincuenta años que nos han dejado textos que nos han acompañado y acompañarán (¡ven como no se ha muerto!) durante el resto de nuestras vidas. Fascinantes narraciones que han sabido beber del mito y de la narración oral de su territorio natal y familiar para ir nutriéndose además con el ingrediente de la realidad que le aporta el resto del mundo a través de esa prensa que tanto amaba y en la que se forjaron, a partes iguales, su escritura y su pasión por el ser humano.
¿Cuántos Macondos hay dentro de su obra? Pues tantos como Macondos existen esparcidos a lo largo del planeta. Territorios mágicos que se evaden de lo real para construir un universo propio e irrepetible. Con cada una de sus novelas ha definido cada uno de esos territorios y los ha teñido del periodismo, del amor, de la nostalgia, de la muerte, de la vida… en definitiva, las novelas de Gabriel García Márquez son las músicas que alegran a sus lectores, los vallenatos a partir de los cuales aproximarnos a un espacio mental pero dotado de una fisicidad que casi podemos tocar, que roza lo legendario por lo que es capaz de lograr en quien coge uno de sus libros en las manos. Y para ello no hay más que ver lo que ha supuesto su fallecimiento para entender la dimensión de este escritor que, como pocos, ha llenado de reacciones páginas de periódicos, y horas de radio y televisión, lo nunca visto en una sociedad y en unos medios de comunicación cada vez más esquivos con la cultura.
Lo trabajado de su prosa, a la que dedicaba un mimo extremo en su creación, permite asomarnos a ese Caribe que emerge de sus libros como un gran río caudaloso en permanente crecida. Debido a ese afinamiento en la escritura es capaz de injerirnos en los ambientes de sus novelas, ambientes que finalmente nunca dejan de ser siempre el mismo, hasta el punto de compartir con sus personajes diferentes sensaciones: el calor que les envuelve, la humedad, los olores, el paso del tiempo, el dolor, la felicidad, la desesperanza, los latidos del corazón... Dentro ya de esas historias y dejándonos arrastrar por esa corriente de agua a través de las diferentes vidas de sus personajes, muchos de ellos son ya irremplazables dentro de nuestro imaginario literario, como los Aureliano Buendía, Melquíades, El coronel o Florentino Ariza y Fermina Daza, sintiendo desde esos vínculos como Gabriel García Márquez ha sabido involucrarnos en sus narraciones adhiriéndonos a una gigantesca y pegajosa tela de araña de la que ya no podremos escapar nunca, ni ganas que tenemos.
Adentrarse a través de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘Cien años de soledad’, ‘Crónica de una muerte anunciada’, ‘El amor en los tiempos del cólera’ o ‘El general en su laberinto’, quizás sus cinco obras más reconocidas, ofrece una intensidad y una experiencia que pocas veces se encuentra en la obra de otros autores. Y lo mejor de todo es que todavía nos quedan otros muchos relatos que fluyen alrededor de esta incontenible torrentera literaria para seguir descubriendo páginas y paisajes incomparables. Unas páginas que siempre se inician de la manera en que debe hacer un buen periodista, cogiendo a su lector por la pechera y levantándolo en alto. Con la muerte llega el recuerdo y el repaso emocionado, voy a mi estantería y recupero varias de sus obras, les invito a que hagan el mismo ejercicio, y que solo lean las dos o tres primeras líneas de cada uno de sus libros. Comprobarán como esas líneas tienen más literatura en su interior que la que muchos escritores, que así se dicen llamar, se empeñan en vendernos para mostrar sus virtudes. Unas líneas capaces de funcionar como un relato completo y a partir de las cuales ya todo es dejarse caer por una cuesta abajo en una espiral que solo se agota en el punto final de la novela.
Un punto que sin embargo se alarga en el tiempo, sumándose a ese petate de experiencias y lecturas que todos vamos cargando a lo largo de nuestras vidas y en el que las palabras de Gabriel García Márquez no cesan de retumbar en su interior siendo, como le sucede al doctor Juvenal Urbino en ‘El amor en los tiempos del cólera’, capaces de evocar todo el peso de su literatura y de su vida. Al médico, a lo largo de esa novela, fue el ‘olor de las almendras amargas el que le recordaba siempre el destino de los amores contrariados’, a nosotros, las palabras del escritor colombiano nos recordarán siempre que su obra es inmortal, como lo es él, aunque muchos se empeñen en decir que Gabriel García Márquez ha muerto.


Publicado en Diario de Pontevedra 20/04/2014
Ilustración: Álex Vázquez

martes, 15 de abril de 2014

Fantasía para la metáfora




Conocido por novelas ya emblemáticas y canónicas dentro del género fantástico, como ‘La máquina del tiempo’, ‘El hombre invisible’, ‘La isla del Dr. Moureau’ o ‘La guerra de los mundos’, la obra de H.G. Wells se derrama también hacia otros relatos que son desconocidos por muchos de nosotros. La Editorial Nórdica vuelve a mostrar su buen olfato para rebuscar y poner en circulación textos de grandes autores que muchas veces se han visto orillados por sus grandes narraciones, colocando en nuestras manos auténticos tesoros literarios. Es el caso de ‘El país de los ciegos’ un pequeño relato publicado originariamente en 1904 en ‘The Strand Magazine’, que se presenta ante nosotros en una de esas ediciones que de manera tan brillante trabaja esta editorial respetando, incluso, el idioma en que ha sido escrito y acompañándolo de una serie de ilustraciones que también sirven para reivindicar el trabajo de ilustradoras como Elena Ferrándiz que, a la vista de la interpretación que hace sobre varios pasajes del libro, poseen una gran potencia visual.
Las palabras de H.G. Wells y las ilustraciones de Elena Ferrándiz componen, por lo tanto, una gran metáfora a partir del argumento de este relato en el que un hombre tras caer por una ladera nevada de los Andes se encuentra en un valle aislado del resto del mundo en el llamado País de los Ciegos. Un lugar donde una extraña enfermedad privó de la visión a sus habitantes y en el que el recién llegado pretenderá imponerse a esa comunidad. Su relación con esos pobladores crea un juego de tensiones entre ambos en el que el protagonista pretende lograr el fin de esa frase tan conocida y que en el libro se repite varias veces: “En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”, pero tras esa ceguera se esconde un argumentario mucho más peligroso de lo que se presupone al principio, tanto por ese protagonista como por el propio lector.
A nadie se le escapa el gran poder metafórico que puede tener la ceguera dentro de un relato literario, recordemos la maravillosa novela de José Saramago ‘Ensayo sobre la ceguera’. H.G. Wells también se aprovecha de ese poder para construir todo un tratado sobre las relaciones sociales, el conocimiento humano, la soledad, la capacidad de alienación del hombre, la imposición sobre el que es diferente hasta convertirlo en un semejante. En definitiva, literatura en la que se encierra una componente reflexiva de gran profundidad y que permite adscribir a un género, como es el fantástico, una enorme capacidad para suscitar el debate sobre nuestra propia sociedad. Así lo fue a principios del siglo XX cuando vio la luz este texto, y así lo sigue siendo hoy en día, en el que ese mismo texto renace para reivindicar su plena vigencia y su permanente actualidad.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 12/04/2014

lunes, 14 de abril de 2014

14 de abril


OTRO MÁS y otro menos. Otro año más en su recuerdo y otro año menos en su implantación. España, hastiada de Borbones y políticos caducos, fondea en otro 14 de abril para seguir penando sus oligarquías de representantes públicos, incapaces de ver como este país se ahoga lentamente y sin que ellos se echen a un lado, asustados de perder sus privilegios.
Cualquier sistema político democr...ático es asumible, siempre que funcione, claro está, pero durante los últimos años hemos visto cara a cara las fragilidades y miserias del nuestro, y como ha perecido dentro de sus propias limitaciones. Ante otro 14 de abril, con su primavera de sueños y esperanzas, con su abril florido de ilusiones, pensamos en esos jóvenes titulados y no titulados que a cientos huyen de un país sin futuro, descosido por sí mismo y donde ya solo nos queda soñar por ver algo diferente.

Entre Dous. Diario de Pontevedra 14/04/2014

domingo, 13 de abril de 2014

Prestigio


«La cultura no es -o sí, pero no debería- solo un espectáculo, aunque, precisamente, en las épocas de crisis la cultura de entretenimiento y la cultura espectacular se utilicen como respiradero para aliviar las tensiones que produce una acrecentada alienación cotidiana». Texto extraído del ensayo ‘No tan incendiario’ de Marta Sanz. Editorial Periférica (2014).
 

Con el Museo de Pontevedra enseñándonos piezas tan singulares para un Museo de este tipo como antiguos trenes de juguete y sin habernos recuperado todavía de aquella otra exposición de adornos navideños, llega la Fundación RAC y pone la ciudad patas arriba con una exposición de pintura. Sí, sí, eso que se suele exhibir en los museos en los que se configura un proyecto museístico coherente, con aspiraciones a conseguir que la cultura sea motivo de orgullo de toda una comunidad. 
Carlos Rosón, gestor de dicha Fundación, apasionado y concienzudo coleccionista, trae a nuestra ciudad la pintura de una de esas figuras emblemáticas de la pintura en España, Manuel Salinas (Sevilla, 1940), y lo hace con una muestra retrospectiva de su obra, que por primera vez se exhibe en Galicia, y en la que además de valorar su propio trabajo uno no puede dejar de pensar lo importante que es el que en una ciudad haya un espacio para mostrar este tipo de sensibilidades. Recuerdo con especial emoción cuando por el Museo de Pontevedra pasaron exposiciones como las de Diego Rivera, hace justo diez años, o las de la Colección de Arte Cubista de la Fundación Telefónica (que ahora se expone de manera permanente en su sede madrileña de la calle Fuencarral, con colas que asoman por la Gran Vía), las de Canogar o del fotógrafo Marín, esta última ya en el nuevo edificio del Museo. Exposiciones de tronío que colocaban al Museo y a la propia ciudad al mismo nivel que las grandes entidades culturales que han hecho de la cultura un reclamo, no solo de visitantes, sino también de prestigio. Esa cuestión que es tan difícil ganar pero que es tan fácil perder. 
Nadie entendería en el Museo Thyssen o en el Museo del Prado este tipo de exposiciones, sin duda merecedoras de visibilidad y de su espacio, si bien no parece que las nuevas instalaciones del Museo de Pontevedra sean las más adecuadas. Para ese viaje no hacían falta alforjas. Mezclar, como podemos ver durante estos días, las poderosas y estimulantes piezas de Elena Colmeiro con trenes de juguete (con independencia de su encanto y capacidad de fascinación sobre todos nosotros) plantea un desequilibrio en la línea de actuación de cualquier centro que pretenda ser una referencia, algo que el Museo de Pontevedra siempre ha sido. La búsqueda por satisfacer las estadísticas de visitantes (tantas veces engordadas a base de contabilizar masivas visitas de escolares y hasta del electricista que por su trabajo cruza el umbral de la puerta) nunca debe ser el criterio a seguir. ‘Gran Hermano’ también lo ve mucha gente y no por ello se ensalza como modelo televisivo, si exceptuamos, claro, a Mercedes Milá y sus experimentos sociológicos. 
Es posible que la exposición de Manuel Salinas sea visitada por no demasiados espectadores, pero los que vayan descubrirán unas obras de trascendencia que les permitirán incrementar su bagaje cultural, además de la satisfacción del espíritu, que allá cada cual cómo la mida. Escribo tras visitar la muestra y les aseguro que la mía está por la nubes ¡vaya exposición! Pero es que además, esas obras permiten seguir incrementando la valoración de la Fundación RAC, ya reconocida por la Feria de Arte Contemporáneo ARCO en 2009, un galardón con el que, de la manera en que se quiera evaluar, se prestigia a Pontevedra, adquiriendo la cultura ese plus de seducción y atractivo para generar un flujo de visitantes que revierta en la ciudad, y que sus gestores, desde tantas administraciones, no acaban de ver como uno de sus principales motivos de trabajo. 
Volviendo a la pintura de Manuel Salinas, si la recorren entenderán lo que realmente es un pintor, una persona apasionada por una obra en la que, pese a su edad o gracias a ella, se libera de todo lo que le rodea para pintar por derecho y hacer lo que su inspiración demanda sin miedo alguno. Es sorprendente observar la vitalidad de sus últimas creaciones, cuadros rematados hace unos pocos meses y que, con más de setenta años en el carné de identidad, parecen haber sido pintados por un artista que busca el riesgo en el inicio de su carrera. Desde la abstracción Manuel Salinas es capaz de lograr un febril equilibrio de formas y color, un engranaje perfecto con la imponente arquitectura de este espacio en el que, rodeado de esos cuadros, se acrecienta una atmósfera de reflexión, un silencio solo roto por el grito pictórico y el gesto de quien trae hasta Pontevedra una revisión de su obra que, de no ser por esta Fundación, quizás nunca podríamos disfrutar. Ese es el valor de la cultura y de aquellos que la gestionan, más que desde el poder, desde la sensibilidad y el conocimiento. Factores que revierten en la sociedad en una deuda impagable por el ciudadano.


Publicado en Diario de Pontevedra 12/04/2014
Fotografía: Una de las piezas de Manuel Salinas en la Fundación RAC. (Alba Sotelo)

lunes, 7 de abril de 2014

Suspendido en el aire



No deja Enrique Vila-Matas de buscar nuevos territorios literarios, de jugar con las diferentes posibilidades que la escritura, y porque no la vida, ofrecen para posibilitarnos la consecución de algo bello y que ese algo provoque nuestro disfrute. Cada uno de los libros de este autor es una nueva conquista que, una vez se van sumando, permite concluir que su proyecto narrativo es uno de los más interesantes y sugerentes de las letras españolas. Y es que tras la lectura de ‘Kassel no invita a la lógica’, uno no deja de reflexionar sobre esa lucha permanente del escritor-sobre todo del que verdaderamente se entienda como tal- por conformar un itinerario que, como en este caso, se asoma de manera decidida por la vida. Digo esto porque una situación que le presenta la vida a Enrique Vila-Matas se convierte aquí en germen narrativo, en experiencia vital y finalmente en una obra literaria en la que todo se encuentra suspendido en un momento. Tanto el arte como la vida se citan aquí, en estas páginas y en un punto concreto, como sucede en diferentes instantes del libro, para que el autor juegue como un malabarista con ellos, primero desde cierta incredulidad o escepticismo, pero finalmente reconociendo sus bondades y quizás la última posibilidad para la regeneración del ser humano. Hasta ahí de importante y necesario es el arte.
‘Kassel no invita a la lógica’ parte de la propuesta que se le hace al escritor Enrique Vila-Matas para participar en la más importante cita del arte contemporáneo, la Documenta de Kassel. Su intervención es de lo más curioso ya que se trata de ser él mismo una especie de obra de arte, una ‘perfomance’ o un ‘happening’, siendo trasladado hasta un restaurante chino en el cual debe permanecer sentado un número diario de horas mientras escribe para que los visitantes o espectadores interactúen con él según sus pareceres. Lo que podría presentarse como una ‘boutade’ más del tan cuestionado arte contemporáneo y, tras como se fue gestando su participación, sin ningún viso de prosperar, acaba siendo un acicate para participar de una cita clave para entender el arte más arriesgado y actual y ante el que Vila-Matas ha cambiado muchos de sus pareceres. El autor reflexiona desde esa experiencia sobre el arte, a partir de sus visitas a diferentes instalaciones de la Documenta, sus paseos a lo largo de la ciudad germana y los contactos con los diferentes organizadores de este evento. Todo ello lejos de hundirle en la previsible decadencia occidental y junto a su carácter menguante de ánimo a medida que avanza el día, va a permitirle conseguir una energía necesaria para cualquier ser humano, pero más aún si este se dedica a algún aspecto creativo. Esta mezcla de ‘flâneur’ y ‘voyeur’ ejerce sobre el lector una mirada terapéutica ante el arte sobre el que a través de su lucidez e ironía, no deja de emitir juicios y valoraciones sobre su necesidad para el ser humano. En definitiva una brisa en la que todo está suspendido.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo (5/04/2014)

domingo, 6 de abril de 2014

Inagotable Torrente


«Y llegué a la conclusión de que, cuando Castroforte del Baralla se ensimisma hasta cierto punto, un punto máximo, claro, la cima del ensimismamiento, asciende en los aires, en una palabra levita, y no desciende hasta que deja de pensar, de interesarse por algo suyo y piensa o se interesa por algo ajeno. Si mientras está en el aire, llega la Comisión Geodésica, o el tren militar que ha de llevarse a los quintos, no la encuentran.»
(‘La Saga/Fuga de J.B’. Gonzalo Torrente Ballester) 


En la beatífica espiral del arte pocos elementos se evidencian más evocadores que la inspiración que una obra puede llegar a provocar en otro artista para seguir trabajando desde ella, permitiendo nuevas posibilidades a partir de ese punto de partida, y abriendo nuevos caminos que a ambos no hacen más que obligarles a seguir creciendo. El último ejemplo, muy cercano a nuestra Pontevedra, es la interpretación que el artista Manuel Quintana Martelo ha hecho de la inagotable novela de Gonzalo Torrente Ballester ‘La Saga/Fuga de J.B.’, que durante estos días pueden contemplar y disfrutar en una exposición ubicada en la compostelana Fundación Gonzalo Torrente Ballester, que dirige otro pontevedrés de pro, criado en la calle de la Oliva y de esos que siguen al Pontevedra c.f. en Tercera División domingo tras domingo desde donde quiera que esté: Miguel Fernández-Cid
Torrente Ballester, Manuel Quintana Martelo y Miguel Fernández-Cid conforman una conjunción de esas que solo el tiempo y el arte con capaces de lograr para que todo siga funcionando de la mejor manera posible en este mundo. Las palabras del primero, la pintura del segundo, y los proyectos alentados por el tercero, son siempre necesarios, más cuando se unen para formar un triángulo en el que perderse en su interior y lograr, se lo aseguro, una gratificante experiencia.
Seis grabados, acompañados del interesante proceso de creación de cada uno de ellos, son el eje de esta exposición que finalmente nos conduce hacia una carpeta en la que aparecen reunidos para resumir el espíritu de la novela del escritor ferrolano. Esta conjunción de caracteres nos hace a todos levitar, como a esa Castroforte del Baralla que tiene mucho de Pontevedra, aun hoy también muy dada a la levitación. Y es que ambas villas son la misma, y las calles, rincones, mitos y personajes de esta capital, que Torrente Ballester conoció durante su estancia en una vivienda de la calle Arzobispo Malvar y sus clases en el Instituto Valle-Inclán, inspiraron a la ciudad que conforma la novela más importante de la Literatura Española del Siglo XX (sí, sí... como lo oyen, háganme caso, aunque no se lo hayan dicho muchas veces para escarnio, lamento y vergüenza de esta ciudad que nunca ha sido quien de honrar a esta obra y recordarla en unas calles que fueron inolvidables en los años de vida del escritor). 
‘Doña Benita dos Carallos’, ‘Castroforte levita’, ‘Las metamorfosis de JB’, ‘Las tórtolas tristes’, ‘El tren ensimismado’ y ‘El carrito de don Benito Valenzuela’ son esos seis grabados en los que se condensa tanto la novela como el arte de Quintana Martelo, que si en su pintura siempre se revela como fascinante, también desde el grabado es capaz de alcanzar logros sumamente atractivos. Si les gustan y pueden invertir en arte, pues que sepan que se pueden llevar a sus casas esa carpeta con los seis grabados ya que desde la Fundación se ponen al alcance de aquellos interesados. Una delicia. 
Ciertas obras literarias, como otras obras de cualquier disciplina artística son inagotables en su abordaje y en cada nueva aproximación a sus contenidos lo único que provocan es más arte, más reflexión y más goce. Esto es lo que sucede si se adentran en ese triángulo de nombres que nos reclaman al grito de: «¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!»


Publicado en Diario de Pontevedra 5/04/2014
Imagen: 'Castroforte levita'. Uno de los seis grabados de Manuel Quintana Martelo (FGTB)

jueves, 3 de abril de 2014

El mar

OTRA VEZ reclama su tributo. Su cruel pago a partir de aquellos que le desafían día a día en busca de su pan. El mar se ha tragado nuevas víctimas, héroes que desde el anonimato diario buscan subsistir con su duro trabajo pero que de manera imprevisible se han ido al fondo del mar y con ellos la felicidad de sus familias.
Ni los avances técnicos, ni las medidas de salvamento serán nunca quien de evitar por completo que el mar se cobre ese peaje por surtirnos de él y por disfrutar de su inmensidad.
«El resonante tigre de las aguas,/las uñas resonantes de cien tigres,/las cien manos del agua,/los cien tigres con una sola mano contra nada», escribió Octavio Paz, y es que cuando el mar araña el dolor es incontenible, un grito sordo que se hunde en su profundidad hacia un abismo en el que la belleza se convierte en silencio y desolación.

Entre Dous. Diario de Pontevedra 2/04/2014

martes, 1 de abril de 2014

Extraños, pero nuestros



¿CON CUÁNTOS de nuestros familiares se podría escribir una novela? Personajes más o menos conocidos, de los que llevamos oyendo hablar durante años y años, seres que asoman cada dos por tres en conversaciones de sobremesa o en discusiones acaloradas entre los miembros de unas familias que siempre tienen a alguno de estos ‘extraños’ entre sus componentes. Una especie de árbol que a nadie le gusta mover por si lo que de él cayese no fuese de nuestro agrado.
Muchas veces nos cuesta mirar hacia nosotros mismos y hacia ese círculo más cercano que siempre pretendemos que sea lo más estable y cómodo posible; eso es lo que necesitamos de una familia, pero esos ‘extraños’ son siempre una amenaza, un peligro latente en la fractura de ese pretendido equilibrio. Vicente Valero nos presenta a sus propios extraños convirtiéndolos en los personajes centrales de una novela con un claro tono expiatorio. Y es, precisamente a partir de esa condición, desde la que la novela toma vuelo y alcanza ese sentimiento de profundidad que tan bien sienta tanto al escritor como al lector.
Fragmentada en cuatro grandes bloques, inspirados en otros tantos personajes diferentes, Vicente Valero teje a partir de su propia mirada las historias, siempre fascinantes, de cada uno de esos protagonistas que emergen de la nebulosa de los recuerdos para corporeizarse ante nosotros. Ese tejido se sustenta en los relatos e historias oídos a lo largo de su vida, sucesos que están a punto de perecer bajo el olvido, pero que aquí se recuperan a partir de esos rastros que obligan a investigar para reconstruir un pasado necesario en este presente. El autor, más conocido por su reconocida labor poética así como por la edición de diferentes ensayos, aquí se lanza a la narrativa y no lo ha podido hacer mejor. Preciso en el lenguaje, todas esas historias que tienen como origen el seno de una familia en Ibiza, nos transportarán a tiempos y geografías distintas, lo que supone un esfuerzo de ambientación e implicación de cada una de las historias a su entorno, pero también para el lector supone una diversificación de relatos que se agradece a la hora de la lectura del libro.
Y es que cada una de nuestras familias son precisamente eso: historias diferentes que se han ido acolmatando en los álbumes familiares y que, una vez abiertos, te conducen hacia la singularidad de sus componentes, y otras historias que se van engarzando a sus experiencias, normalmente alejadas del núcleo familiar, aunque este permanezca siempre como asidero ante las dificultades de una vida que aquí se hace relato, pero también experiencia y el detonador de nuestras propias experiencias, muchas de ellas recuperadas al mismo tiempo que nos enfrascamos en ‘Los extraños’ de Vicente Valero. Todos ellos extraños, sí, pero nuestros queridos extraños.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 30/03/2014