martes, 16 de diciembre de 2014

Reinvenciones artísticas

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura ▶ La obra de Kike Ortega vuelve a mostrarse en Pontevedra, su ciudad, reinventándose desde la apropiación de materiales para sustentar unas obras cada vez más asentadas en un compromiso con una manera de pintar singular. La reinvención también llega al espacio expositivo, el antiguo local de Maqueira en la plaza de España.



Donde había sedales, botas de agua, cañas y sombreros con plumita en el ala... ahora nos encontramos una galería de arte. Así como lo oyen, es lo que tiene esta Pontevedra capaz de sorprenderte un día sí y otro también. Entramos en ese espacio que durante décadas ocupó el comercio de pesca de Maquieira en la plaza de España y nos encontramos al propiciador de ese cambio, Kike Ortega, un artista que amplía la longitud de su trabajo no solo al tamaño del bastidor, sino a todo aquello que le rodea.
Infatigable defensor de su obra, cada vez que nos encontramos a Kike Ortega en Pontevedra hay detrás una lucha por encontrar un espacio expositivo y por amoldarlo a sus obras, al fin y al cabo a lo que se debe, y a lo que se lleva debiendo muchos años este artista que decidió hacer de la plástica su medio de vida, dicho esto en todos los sentidos, incluso el de un medio en el que estar vivo, en el que sentir y palpitar su incontenible expresividad.
Son las obras de Kike Ortega obras de una enorme potencia, una fuerza que se consigue desde varios vectores que confluyen en ellas. La idea del creador, los elementos empleados como sustento de la pieza y su materialización. Las ideas se convierten en líneas, en trazos contundentes que reflejan motivos de nuestra cultura y sociedad actuales: edificios, perfiles urbanos, personajes descontextualizados... para componer unas obras que no dejan a nadie indiferente. Tras la idea, el soporte, y el soporte es la gran reinvención de Kike Ortega. Sacos de arpillera, bidones de lata, maderas, hierros... elementos muertos para nuestra sociedad resucitan como parte, y parte sustancial, de una obra de arte. La propia piel de esos objetos forma parte de la plástica empleada en la obra, apropiándose inteligentemente el artista de ella, así como de sus tactilidades. ¿Qué cielo tan maravilloso ofrecen esos bidones carcomidos por el óxido como fondo de un paisaje urbano? ¿Qué capacidad matérica tiene esa arpillera para servir de base a varias escenas? Cojamos una de ellas, ese maravilloso trabajador, ¿o es un jefe?, ¿o un artista?... ustedes mismos. Jueguen con la pieza, intégrense en ella, acérquense a ese escenario y vean esa maravillosa foto sobre el escritorio o esos libros, para nada casuales, ahí colocados. Todo este gran collage muestra la fascinante capacidad de Kike Ortega para generar un universo plástico, para integrar elementos de lo más variopinto en una misma escena. Maderas, el respaldo de una vieja silla, un saco, libros, pintura... todo son parte de un todo en lo que nada se muestra como algo discordante.
Y tras la idea y el soporte, esa materialización en la que Kike Ortega emplea la línea como un funambulista por la que atravesar cada uno de sus escenarios. Sus perspectivas urbanas como la Gran Vía de Madrid o su emblemático edificio Flatron de Nueva York nos dejan a esa línea negra y profunda como el protagonista de unas obras en las que la perspectiva y la construcción de un espacio real parecen integrar al espectador dentro de ese paisaje que tan bien domina quien tiene una formación como arquitecto.
Pero no solo de estas arquitecturas se nutre Kike Ortega, hay otras arquitecturas, quizás mucho más intensas y complejas como lo puede ser la arquitectura humana. La de unos cuerpos construidos a través de estados de emoción que se vislumbran por sus poses y actitudes, seres que pueblan sus cuadros con una gran capacidad de fascinación y de interrogar al espectador sobre su propia presencia e intenciones.
Sale como siempre suele hacer Kike Ortega al encuentro del público, él es el primero que sabe que la obra hay que hacérsela llegar como sea, a ello dedica un enorme potencial que compite con su propia labor como artista, pero eso también es parte del proceso comunicativo que toda obra de arte debe tener. Ahora ha descubierto un espacio privilegiado, en un lugar muy visible y con capacidad para seguir sosteniendo proyectos artísticos, el de Kike Ortega o el de cualquier otro. Pero ahora es el tiempo de Kike Ortega, como lo suele tener una vez al año interrumpiendo sus exposiciones en diferentes puntos de la geografía española, como Santander o Madrid, para mostrar sus mundos en su ciudad, el lugar en el que nacen cada una de sus piezas y donde se pueden encontrar las claves para aproximarnos a ellas. Háganlo no les defraudará, acérquense a ese hombre de espaldas a la realidad, ensimismado en su trabajo, quizás el propio artista en su momento más intenso, el de pensar una obra de arte, aunque tratándose de Kike Ortega la intensidad es una manera de enfrentarse al mundo y de rebelarse como artista que necesita a ese mundo para construir el suyo propio. En eso está, y a fondo.



Kike Ortega en primera persona
«-Yo- soy un artista atípico
Ni soy bohemio, ni anárquico. Todo lo contrario, soy muy disciplinado. Ni me gusta tampoco ir de incomprendido aunque esto pueda resultar una pose muy interesante, incluso os diría que creativa, pero uno corre el riesgo de justificar así todos sus errores.
-Yo- entiendo el Arte como un oficio. Como una carrera de fondo donde espero que me de tiempo a hacer un montón de cosas y de vez en cuando alguna valga la pena.
-Yo- no soy un Arquitecto metido a pintor. No, no. Todo lo contrario!
-Yo- soy un pintor metido a Arquitecto.
Yo necesito pintar.
Bendita soledad la del pintor.
Bendita soledad buscada y no impuesta.

Aquí nadie me dice nada».


Publicado en Diario de Pontevedra 14/12/2014
Fotografía de Azahara Enríquez

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