martes, 2 de diciembre de 2014

Fotografía GTB

Rue Saint-Antoine nº 170
Fotografía. La pequeña figura física de Gonzalo Torrente Ballester sigue creciendo a medida que uno se detiene en alguna de las facetas de su vida. Una exposición en la Fundación que lleva su nombre, en la compostelana rúa do Vilar, nos presenta su interés por la fotografía. Un interés que tuvo muy presente a su querida ciudad de Pontevedra.



La plaza de Mugartegui, la calle Arzobispo Malvar, la plaza del Teucro, la calle San Julián, la plaza de la Leña, el Museo de Pontevedra, la calle Sarmiento... y así hasta un largo número de espacios, rincones y sensaciones pontevedresas que Gonzalo Torrente Ballester quiso que le acompañaran en el resto de su vida. Todas ellas forman parte de la exposición que la Fundación Gonzalo Torrente Ballester exhibe en su sede de Santiago de Compostela y que si bien no nos muestra a un portento de la fotografía sí que permite definir muy bien, o por lo menos complementar a la persona y sus influencias, la cercanía con sus diferentes entornos vitales, las marcas de sus inspiraciones y el interés por las nuevas tecnologías en un tiempo en el que no todo el mundo se ayudaba de esos avances. Magnetófonos, grabadoras, micrófonos, ordenadores... eran artilugios que el escritor empleaba para registrar sus ideas y componer sus libros, pero también las cámaras de fotos, formaban parte de ese utillaje tecnológico que pocos, muy pocos autores empleaban y hablamos de un Torrente Ballester con más de cincuenta años cuando la vida lo trajo a Pontevedra.
Si pensamos en su imagen enseguida lo primero que nos viene a la cabeza es su figura enjuta y sus gruesas gafas negras. Pese a esa fisonomía y a la progresiva pérdida de visión, el escritor gallego entendió la fotografía como un elemento muy interesante desde el punto de vista artístico y que, lejos de ser desechado, por esos problemas oculares, entendió como un medio más para su trabajo literario. No son pocas las imágenes tomadas por él relacionadas no solo con sus itinerarios vitales, sino también con los creativos que asentaron y a partir de los cuales se definieron muchas de sus obras literarias. En la muestra también hay fotografías tomadas del propio autor en el momento de realizar alguna fotografía y en ellas se aprecia el interés y el cuidado por la toma, mediante la utilización de un trípode, como sucede en una imagen realizando una fotografía en el interior del Monasterio de Armenteira (transunto inspirador de elementos de ‘La saga/fuga de JB’). Ese carácter de registro se verá en otras imágenes completado, o complementado, con el interés por capturar una atmósfera, hacer suyo un instante vivido y desde este momento ya congelado para el resto de la vida. Sus miradas a unos niños jugando en la plaza de la Pedreira, el paso de unos cabezudos por la calle Michelena, unos balcones en la plaza del Teucro, un cortejo de Corpus por la Ferraría o una sencilla mujer vestida de negro subiendo por Arzobispo Malvar, son motivos con la suficiente entidad como para formar parte de la experiencia vital y sensorial de quien ocupó durante varios años una vivienda en la calle Arzobispo Malvar. Desde aquella terraza la figura de Torrente Ballester se levantaba sobre la ciudad y miraba al otro lado de la ría de Pontevedra, pero la imagen fotográfica que a él le interesa no es la de las grandes panorámicas o las largas distancias, sino la mirada corta, el detalle de la vida que define el día a día, ese instante en el que se articula la vida de una ciudad de piedras y campanas repicando entre las nieblas.
Cuantas veces habrá pasado el literato por la calle Sarmiento para enamorarse, como nos ha sucedido a muchos, de ese pequeño jardín del Museo de Pontevedra que en un tiempo acogió al Guerrero Celta de Narciso Pérez. Silente, envuelto por la tupida vegetación, por una hiedra que tapiza ese rincón con una pátina atemporal balizada con piedras y cañones, forjas, balaustradas heráldicas y capiteles que, sobre todo, años atrás, convertían ese rincón en un lugar maravilloso e incomparable dentro de la geografía urbana.
De mismo modo que esa estampa, cada una de las miradas pontevedresas que la Fundación Gonzalo Torrente Ballester acoge, no solo formando parte de esta exposición, sino como parte de sus fondos, nos muestran una Pontevedra del pasado, del tiempo que respiró Gonzalo Torrente Ballester y desde el cual se quedó prendado de la villa de Teucro.
A ella volvería tras su marcha, de ella escribiría en no pocas ocasiones y con unos afectos no compartidos hacia otras latitudes, y varios trocitos de ella, en forma de negativos, se quedaron en sus maletas como parte de un equipaje de ciudades y experiencias que desemboca ahora en una exposición que continúa profundizando en las innumerables posibilidades, no solo narrativas, sino vinculadas con la propia vida, de un autor que buscó sintetizar la existencia de aquella Pontevedra de los años sesenta que ahora se revela como un legado importantísimo para conocer obra y ciudad. Dos ríos de una villa atrapada por el tiempo. Atrapada por el ingenio.




El mejor de los rincones
Gonzalo Torrente Ballester llega a Pontevedra en 1964 para hacerse cargo de su plaza de profesor en el Instituto Femenino. El 31 de agosto de 1966 deja la ciudad marchándose a la Universidad de Albany en busca de tiempo para escribir y con un cierto desencanto por la falta de reconocimiento a su obra en España, pero con el recuerdo permanente de esta ciudad de la que él mismo dice era «el mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida». Amistades, espacios y mitos le acompañaron el resto de su vida, influyendo en muchas de sus obras y siendo la presencia pontevedresa muy palpable en su obra cumbre ‘La saga/fuga de JB’, escrita en parte en Pontevedra y posteriormente continuada y realimentada con muchas de las historias y leyendas que conforman la ciudad del Lérez.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/11/2014 

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