martes, 11 de noviembre de 2014

Fundiciones íntimas

Rue Saint-Antoine nº 170
Escultura ▶ La exposición que el Museo de Pontevedra dedica al escultor pontevedrés José Luis Penado hasta el 16 de noviembre nos presenta una obra íntima, frente a esa escultura urbana que nos acompaña en nuestros recorridos por la ciudad. Piezas que salen a la luz para comprobar la fascinante habilidad de este creador para trabajar el hierro.


Toreros, pescadores, árboles, bailarinas, niños, mujeres, hombres... figuras que desde la inmovilidad del material con el que están construidas salen del estudio del artista para hacerse visibles, para conocer el contacto con el espectador, estableciendo un tránsito de lo íntimo a lo público. Acostumbrados a pasar cada uno de nuestros días ante la escultura del loro Ravachol en la plaza de la Peregrina, ante el gran árbol que corona la plaza de Barcelos o bajo ese rastro humeante que cuelga del puente del ferrocarril en Monte Porreiro, algunas de las esculturas públicas que José Luis Penado tiene en Pontevedra, esta perspectiva de su trabajo más privado, más recogido, nos ofrece una perspectiva sorprendente y novedosa de su obra.
No me gustaría hablar de reividicaciones a estas alturas de la vida de un escultor con una trayectoria tan larga, pero sí que en demasiadas ocasiones sus etapas creativas se han visto acompañadas de un largo silencio. No muy habitual del mundo expositivo, su obra suele relacionarse más con el público desde la ciudad como hilo conductor a través de unas piezas que se ubican en diferentes localizaciones y ante las que muchas de las personas que pasan ante ellas todos los días de su vida, desconocen lo relacionado con su autoría. Es por ello que una exposición de José Luis Penado es un acto de justicia con esa trayectoria, con un trabajo realizado en demasiadas ocasiones cara el interior del artista, y que se transustancia en su espacio de creación más inmediato, el taller. Que en prácticamente todas las piezas que conforman la exposición conste su procedencia como ‘Colección del artista’ pone esa circunstancia en valor y nos ofrece una cara nueva de su obra. Estos trabajos son los que llevan acompañando jornada tras jornada al escultor en su quehacer diario. Aquello que ve a su alrededor hora tras hora en el estudio emerge ahora de forma libre. Cada pieza reclama lo que es suyo, su espacio, su relación con su entorno  (y aquí es una pena que las piezas no se adecúen en un espacio con mayores prestaciones para la escultura, al estar muchas de ellas aprisionadas contra los muros de un recorrido que no es el más idóneo para este tipo de muestras) y con el público que las debe rodear y descubrir en todas sus posibilidades. Una vez que comenzamos a hacerlo reconocemos al gran escultor, al que necesita bien poco para lograr mucho, el que hace del material y del vacío parte de un diálogo que es la verdadera preocupación del escultor, muy por encima del motivo.
De ese diálogo surge una obra que bebe de las inagotables fuentes de la escultura que hizo tabla rasa con siglos y siglos de dogmatismos y convencionalismos. Picasso, Gargallo, Julio Gónzalez componían sus figuras como planos en el espacio, dibujos en el aire materializados en la contradictoria fluidez del hierro. José Luis Penado honra a esos descubrimientos avanzando, por su parte, en una mayor humanización de esos postulados y en la aproximación al ser humano de esos planos mucho más dulcificados, pero sobre todo, eso es algo que percibimos en algunas piezas como su bailarina o una escena futbolística; pero también respetando aquel ideario vanguardista en las interpretaciones que hace de la naturaleza con sus árboles, sintéticos, reflejo de una naturaleza que parece, en ocasiones, fundirse con el espectador.
Ante el trabajo de José Luis Penado es imposible permanecer ajeno, no hay más que situarse durante unos minutos en esta exposición o ante alguna de sus piezas urbanas (en esta cita se echa en falta alguna aproximación a su trabajo público). ¿Porqué no en la plaza de Barcelos ante ese hombre convertido en un árbol, o ante ese árbol convertido en un hombre?, metonimia que también participa de esta exposición con la maqueta empleada para acometer en su siguiente paso la figura final. En esta pieza, una de las más fascinantes de su trabajo, tanto por su adecuación al espacio como por el resultado formal, vemos al escultor maduro que domina las posibilidades de la materia y la capacidad de la escultura para transmitir evocaciones con un  lenguaje al servicio del fin propuesto.
La escala muda, pero la idea y la sensibilidad por una concepción artística se prolongan en todas las piezas que conforman esta exposición que abre, no solo las puertas del taller, en esa forja de lo íntimo, sino que también apuesta por abrir la percepción que el público de Pontevedra tiene de un escultor con el que se mide día a día, aunque en ocasiones nuestras miradas, distraídas, ajenas tantas veces a lo que nos rodea, no reparen en que vivimos rodeados de hierros que nos hablan y quieren dialogar con nosotros a través del material y el hueco, a través de José Luis Penado.


La ciudad balizada por Penado

La figura del loro Ravachol, el ‘árbol’ de la plaza de Barcelos, el rastro humeante en el puente del ferrocarril de Monte Porreiro; pero también el Cristo que corona el altar de la Iglesia de la Virgen del Camino, o los monumentos a los navegantes que se hayan en la Alameda de Pontevedra o en la plaza del Peirao. Todas ellas son piezas que marcan el itinerario público de José Luis Penado en la ciudad de Pontevedra. Una relación diaria con la ciudad que conjuga el respeto al motivo que se debe hacer con motivo del encargo, con el trazo personal que ha configurado una carrera escultórica. Una lógica que muchos otros autores pervierten pero que nuestro protagonista convierte en una seña de identidad que define no solo una trayectoria, sino también una personalidad artística.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/11/2014
Fotografía: Exposición de José Luis Penado en el Edificio Sarmiento del Museo de Pontevedra (David Freire)

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