martes, 4 de noviembre de 2014

Érase un hombre pegado a una cama

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura ▶ La Casa de América en Madrid abre el interior, no solo literario, sino vivencial, del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Una muestra sembrada de curiosidades entre las que emerge esa nave literaria en forma de cama en la que el autor del ciclo de obras ubicadas en Santa María se embarcó para pasar los últimos veinte años de su vida. 


«Se nace cansado, y se vive para descansar. Ama a tu cama como a ti mismo. Descansa de día para dormir de noche», estas frases forman parte de los estatutos del llamado ‘Club de los que nacieron cansados’, y que, plastificadas, colgaban de la pared sobre la que se apoyaba la cabecera de su cama en su piso madrileño de la Avenida de América. Juan Carlos Onetti llegó a España en 1976 huyendo de la ola de dictadores que se impusieron en la América Latina de los setenta y también en su Uruguay natal. Cuatro años después recibía el Premio Cervantes por una prodigiosa obra, quizás todavía hoy no lo suficientemente valorada, en comparación con la de otros compañeros de camada de aquel boom latinoamericano que trastocó renglones y relatos para configurar una literatura maravillosa. Pero esos años ochenta también sirvieron para crear un aura misteriosa en torno a su figura y a su encierro frente al mundo en ese piso, embarcado en una especie de nave atemporal como fue su propia cama.
Hasta el próximo 16 de noviembre la Casa de América de Madrid ofrece la posibilidad de rastrear ese encierro, de orear el tiempo pasado entre esas paredes con la compañía de su esposa, Dorotea Muhr, una perra fox terrier, montañas de novelas policíacas y ríos de whisky. Decidir cambiar la verticalidad de la vida por la horizontalidad del retiro sirve ahora para revisar aquellas horas rodeadas de objetos que jalonaban una vida y obligaban al autor a revisar ese tiempo pasado y construído desde un proyecto literario que tuvo, en esa Santa María una patria bajo cuya bandera se acogieron la mayoría de sus relatos. Una revisión desde el Cono Sur de la Yoknapatawpha de un William Faulkner con el que el autor de ‘El astillero’ presenta numerosos contactos. De él se dijo en el día de su muerte que fue el autor del ‘Boom’ que unió las dos literaturas del continente, la del Norte, con su admirado Faulkner, y la del Sur, a través de una obra generadora de un universo singular. Una realidad paralela a la que acontecía a su alrededor y de la que se fue separando cada vez con mayor insistencia, hasta esos últimos doce años madrileños en los que su cama fue su patria. Llevaba ya unos años en ella cuando un director de un periódico le ofreció la oportunidad de escribir un artículo sobre Europa. «¿Europa?, dijo el escritor uruguayo. «¿Pasa algo en Europa?, ¿Pasa algo que merezca la atención? Lo que sí puedo escribirle, si quiere, es un artículo sobre los recuerdos de mi infancia».
Y es que la infancia vuelve una y otra vez a ser ese elemento de ignición del recuerdo en el ser humano, la oportunidad de preguntarse qué es uno y a qué obedece lo que es hoy. Desde esa cama Juan Carlos Onetti miraba una y otra vez al pasado, a sus recuerdos y a sus propias obras, instaladas a la orilla de ese río que cruzaba la localidad de Santa María. Todo un universo donde el ser humano intentaba deshacerse de un destino plagado de frustraciones, de impedimentos para la consecución de una felicidad raramente presente en sus escritos. Pesimismo y negatividad que confluyeron en un encierro final al que numerosos escritores peregrinaban en busca de conocer la fuente de sabiduría en que el tiempo había convertido al escritor uruguayo. Una fuente de la que todavía, pese a la edad, manaba un agua fresca, llena de ocurrencias y de destellos de su genialidad. Periodistas y escritores eran recibidos en ese ambiente, un escenario en el cual se sentían absorbidos por esa puesta en escena de un mito de la literatura en pijama y rodeado de una serie de elementos que ahora se disponen en esta exposición tal y como estaban cuando falleció el escritor. Junto a todo ese imaginario la exposición se completa con otros objetos muy ligados a su vida como libros, cartas, manuscritos, gafas, pasaportes, primeras ediciones, fotografías...
Un año antes de su muerte, en 1993 publicó la que sería su última novela ‘Cuando ya no importe’, redactada en esa cama y a la hora que fuese necesario, ya que allí estaba siempre la buena de Dolly, a la hora que fuera, del día o de la madrugada, para tomar nota de la ocurrencia de Juan Carlos Onetti. Esa obra fue el fin de su carrera y de esa saga de Santa María. Su nivel dista mucho del alcanzado en títulos paradigmáticos de su carrera y de la invención de esa localidad como ‘La vida breve’, ‘El astillero’ o ‘Juntacadáveres’, momentos cumbres en la construcción de una ficción literaria que cada vez más se fue acercando a la realidad, una fina línea que, sobre un colchón, acabó de pulverizarse en la creación de otra ficción, la de un escritor que se refugiaba en sí mismo y en aquello que realmente conformaba su patria, ni más ni menos que la literatura, el arte de generar ficciones.



La visita de Caballero Bonald
«Un día de un otoño de los años ochenta fui a visitar a Onetti. Vivía en un piso algo sombrío y estaba retenido en una de sus obstinadas fases de acostado. Esa situación de residente estable en la cama dotaba al novelista de un aire de enfermo imaginario o de excéntrico personaje de alguna novela no escrita todavía. Y allí estaba Dolly ejerciendo de veladora de cada uno de los días de Onetti, esa última y definitiva sin la que muy deficientemente se puede entender en puridad la vida de un escritor (...) Cuando yo lo conocí, se había pasado del vino tinto al whisky- por prescripción facultativa, según decía- y sólo leía novelas policíacas: Chandler, Simenon, Hamett, Jim Thompson, incluso algunas novelitas negras de frágil calidad y enredo curioso. Apenas escribía o solo algunos fragmentos...»

Publicado en Diario de Pontevedra 3/11/2014
Fotografía: Dolly, la viuda de Juan Carlos Onetti, ante la cama del escritor. Hugo Castro (Efe)

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