lunes, 18 de agosto de 2014

¡Va por ti, flaca!




‘Tener y no tener’ y ‘Cayo Largo’, así, una tras otra. ¡Va por ti, flaca! Tres dedos de buen whisky y a disfrutar. Un homenaje a una actriz irrepetible, a un personaje singular de la historia del cine que apagó su vida esta semana para rascar de nuevo una cerilla y encender una luz eterna al lado de su otro yo, de un Humphrey Bogart que la vio con 19 años y que ya no la dejaría hasta su muerte.
Cada vez que fallece alguna estrella de cine, y más si esta procede del mejor cine hecho jamás, el nacido de los estudios del Hollywood clásico, intento realizar este modesto tributo basado en ver alguno de sus trabajos. Un canto final de agradecimiento a quienes me han hecho amar el cine y regalado alguno de los mejores instantes de mi vida. Ahora le tocó a ella, a una de las últimas damas de aquel tiempo, quizás la última, aunque nunca haya una última, ya que siempre surge algún nombre que hace que nos preguntemos: ¿pero todavía estaba viva/o? Con ambas películas, ya vistas incontables veces, uno vuelve a entender el porqué del éxito de una actriz de la que con 89 años podíamos contar con los dedos de las manos las películas de calidad que ha realizado. Un escaso número que aun así le ha hecho pasar a la historia del séptimo arte por sobrados motivos. Incluso podemos esconder una de esas manos y contar únicamente las cuatro que hizo al lado de Humphrey Bogart, junto a los dos títulos ya referidos: ‘Senda tenebrosa’ y ‘El sueño eterno’, para conformar así cuatro obras maestras en las que ambos actores compartieron instantes que atraviesan la pantalla para fundirse con el espectador en ese ritual que, como ningún arte lo puede lograr, nos emociona a la vez que sorprende.
En ‘Tener y no tener’, el debut de Lauren Bacall en el cine, tarda 13 minutos en aparecer en pantalla y lo hace oculta tras una puerta hasta que es descubierta por un Humphrey Bogart paralizado por la esbelta figura de esta mujer que enciende un cigarrillo con una cerilla, alumbrando así su rostro y esos dos haces de luz que son unos ojos a los que el aturdido protagonista es incapaz de dejar de mirar entre la sorpresa y la turbación. Unos instantes después canta una canción apoyada en un piano y ya nada volverá a ser igual. Ambas personas se convertirán en uno solo y durante trece años en una pareja de referencia en un Hollywood donde la palabra pareja siempre fue una rareza. Comprometidos con la vida y con ciertos idearios tan sólidos como de difícil defensa en aquellos tiempos, les hicieron ganarse la consideración de todos sus compañeros de profesión. Pero vuelvo a las imágenes ya que en ellas radica la verdadera razón de ser de todo lo que rodea a una actriz, en ellas su elegancia, su glamour o su mirada hipnótica compiten a partes iguales para convertir cada plano en el que asoma en un plano único. Ya poco importa lo que hubiese hecho tras esas cuatro películas, en ellas se condensa de una manera brutal y arrebatadora la esencia del cine más puro, ese en el que las luces y las sombras se enfrentan entre sí para debatir sobre el ser humano y que, con su femenina presencia, fascinante, inteligente y retadora, se lograba una intensidad pocas veces vista.
Bogart fue lo primero y lo demás se quedó en algo secundario. En ‘Tener y no tener’ comenzó esa conexión de manera explosiva, se nota algo intangible en esas secuencias en las que comparten, miradas, diálogos, gestos… contribuyendo a que ambos, tanto juntos como por separado, alcanzasen esa condición de mitos que solo el cine puede ensalzar con tal fuerza y durante tanto tiempo.
Muchos ya se habrían olvidado de ella, es posible que otros, seguramente los más jóvenes-por desgracia tan alejados de este tipo de cine, siendo no toda la culpa suya, ya que debería ser parte de sus temarios de estudio- sean desconocedores por completo de su talento y no entiendan el revuelo causado por su muerte. Pocas invitaciones puede haber mejores para adentrarse en ese cine clásico que compartir alguna de estas películas comunes, inmiscuirse en esas miradas entre cortinas de humo y la luz que proyecta una lámpara a la altura de los ojos dentro de una oscuridad de la que ya solo se puede salir convertido en leyenda. Lauren Bacall lo era y su muerte ha venido a confirmar ese pasaporte hacia la eternidad.


Publicado en Diario de Pontevedra 16/08/2014

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