miércoles, 13 de agosto de 2014

Mr. Keating


Coged las rosas mientras podáis;
veloz el tiempo vuela. (R. Herrick)



Ni mucho menos era uno de mis actores favoritos, normalmente sobreactuado en la mayor parte de sus papeles, siendo muchos de ellos propicios para que se diese esa circunstancia. Así que la catarata de adjetivos y bondades actorales las tendrán que buscar en los artículos laudatorios que llenarán las páginas de los periódicos de hoy y las entradas de Facebook y Twitter de ayer.
Pero Robin Williams sí que tuvo la fortuna y el acierto de reencarnarse en dos o tres papeles de esos que no se pueden despegar de tu vida, interpretaciones que se incrustan en un interior todavía en formación y que logran que se estremezca el alma cada vez que se repiten por televisión, imposible entonces cambiar de canal, o si decides hacer uso de una videoteca que siempre estará incompleta sin ellos. Sus trabajos en ‘Good morning Vietnam’, ‘El club de los poetas muertos’ o ‘El indomable Will Hunting,’ son parte de la filiación cinematográfica de la generación que se encontró con esos estrenos en la pantalla grande. Tres papeles que quizás nunca haya podido superar y que hicieron de Robin Williams el actor de una única generación, mientras las restantes lo iban enclaustrando en sus papeles más comerciales y menos agradecidos con sus innegables cualidades actorales. Y es que si me apuran, de esos tres trabajos es tal el peso del segundo de ellos, el encarnado por ese profesor Keating abriendo a la vida desde la literatura a un grupo de alumnos de un estricto colegio, que los demás también se vienen abajo.
Ya sé que es injusto valorar toda una vida en base a un único trabajo, pero basta darse un garbeo por las redes sociales para que ¡Oh capitán, mi capitán! resuene por todos los lados como el resumen de toda una carrera artística. Esa es parte de la magia del cine, de una capacidad evocadora siempre latente en el interior del ser humano hasta el momento en el que algo provoca una detonación que nos conduce a reivindicar todas esas vivencias obtenidas en la oscuridad de una sala de cine. Escuchar, como sucedió ayer, desde primeras horas de la mañana, ese ¡Oh capitán, mi capitán!, te impulsa más que nunca a subirte a una mesa y desde allí arriba dirigir una mirada de agradecimiento al actor que ha dejado en nuestro interior una semilla ya eterna de amor por el cine y, por lo que es realmente importante en la vida, aquello que nos mantiene vivos, la poesía, la belleza, el romanticismo o el amor.


Publicado en Diario de Pontevedra 13/08/2014

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