sábado, 9 de agosto de 2014

Fiesta


Estarán de acuerdo conmigo que solo esta fotografía justifica toda esta página, así que es más que posible que lo que yo vaya a contar en estas líneas poco importe. Pero estamos en fiestas, y me apetece darles un poco la lata con las cosillas de esta ciudad que durante esta semana se abre a la alegría y la diversión, y hasta a un puntito de relajo que desengrase todo lo que vivimos a lo largo del año.
Me sucede demasiadas veces que, al tener la fortuna de poder rebuscar entre las fotografías del archivo de este periódico, quedo prendado de algunas de sus imágenes. Normalmente grupos de varias personas anónimas, por lo menos para mí, aunque días después siempre venga alguien por aquí y me diga ¿sabes quien es este de aquí?, enmarcadas en una Pontevedra todavía en construcción, tal y como la conocemos hoy. Busco algo que ilustre el inicio de las fiestas de A Peregrina (a ver si entre todos somos capaces de eliminar esa definición tan lamentable de ‘Peregrinas’) que una el pasado con el hoy, y entre el impagable legado de Piruco Estévez me encuentro esta joyita. Un grupo de niños en la ofrenda a la Virgen Peregrina acompañando a nuestros queridos cabezudos -pocos elementos hay en estas fiestas que unan más a una generación con otra que los gigantes y cabezudos- y con las obras de la Joyería Suárez al fondo. A mí me da que se lo están pasando bien, que en aquella Pontevedra en blanco y negro la gente tenía su manera de divertirse, ni mejor ni peor que la de hoy en día. Las fiestas eran lo que eran y tenían procesiones, batallas de flores, corridas de toros y bailes en las sociedades, claro que sí, pero también muchas, muchas más cosas, y bastante milagroso era el que se divirtiese la gente con esos cuatro mimbres (de hecho si se paran un poquito a pensar verán como no hay tantos elementos diferentes entre las fiestas de hace cuarenta años con las de hoy en día, reina arriba o reina abajo) y eso es un mérito de la población. Por eso cada vez entiendo menos esa manía de comparar las fiestas de ahora con las de antes o de intentar justificar las bondades de las fiestas de hoy, que las hay, y muchas, en base a menospreciar la manera de entender las fiestas de esta ciudad durante tantas décadas en las que no había muchas más opciones para el disfrute.
Recuerdo siempre esta semana como una semana repleta de felicidad y de buenos momentos, con independencia de quien las organizase, lo que venía a significar que la ciudad tenía sus hábitos y engranajes ya establecidos y la diversión caminaba por un lado y las tendencias políticas por otro. Es obvio que las fiestas ahora son mucho más completas que las de hace unos años, que el ambiente en las calles es inmensamente mayor, pero hay que entender que los tiempos son diferentes y la ciudad y sus habitantes han cambiado. Siempre pienso que son las personas las que hacen de una fiesta, con su espíritu y ánimo, algo inolvidable. No creo que ningún niño de hoy, con sus atracciones de tres euros y tres minutos, sea más feliz de lo que lo podían ser esos niños de la fotografía de Camilo Gómez a lomos de sus caballos de cartón. Sobre ellos se debían creer los reyes de esa multitud que los rodeaba y jaleaba al tiempo que iban a honrar a una virgen, en muchos casos, más por tradición que por devoción, tal y como sucede ahora, fíjense ustedes.
Tras ser escaneada guardo la fotografía en el sobre del que salió durante unos pocos minutos. El papel y la imagen digital. Dos maneras de poder ver un instante tan solo separadas por el tiempo y el progreso. ¿Pero acaso ambas formas no responden a un mismo estímulo y sensación?
El tiempo nos ha cambiado a todos, también lo ha hecho con esta ciudad que tanto necesitaba una bocanada de aire fresco, pero mirar hacia atrás con rencor o por encima del hombro, lejos de intentar comprender la realidad, lo que consigue es caer en un reduccionismo tan miope como peligroso para los propios intereses de los que creen que todo lo anterior a su llegada a este planeta debe ser borrado de la faz de la tierra. Y en esto nadie es imprescindible, bueno sí, José Luis Sarandeses lo es. Verle ir de un lado a otro durante esta semana es una de las grandes atracciones de las fiestas y todo un sinónimo de efectividad. De unas fiestas que hoy lo son gracias a las que ya fueron, a las galopadas de tantos y tantos niños y a muchas semanas de agosto en las que esta ciudad solo se preocupó de ser feliz y de divertirse. ¡A disfrutar!

Publicado en Diario de Pontevedra 9/08/2014

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