domingo, 9 de marzo de 2014

Gritos


«He pasado de ti/Me han distraído/Me dicen ven ven venimos con nosotras vamos nunca se llega/Y se expande una luz blanca por las praderas/Qué lejos está el Mundo! Nunca se llega/No hay nadie a estas horas por el mundo/Qué lejos está el mundo! Nunca se llega.» (Del poema ‘Elencar’ incluido en ‘En el norte hay un mar que es más alto que el cielo. Carlos Oroza)


«El último poeta maldito fue Federico García Lorca», le espetó Carlos Oroza a Antonio Lucas en las páginas de El Mundo esta semana. Palabras de poeta a poeta, en confianza, cuando el largo invierno ha puesto a los poetas con las orejas en punta, como lobos expectantes ante el acosador acecho de la muerte. Justo ahora, cuando más falta nos hace la esperanza de la poesía, se nos van en fila de a uno en lúgubre goteo, incesante y cadencioso. 
El último en caer ha sido Leopoldo María Panero. Un raro, le decían, siempre con ese gusto indisimulado del que califica a sus semejantes. Como si fuese necesario ordenarlos en cajones, depositándolos en las estanterías a las que pocos se sonrojan en acudir cuando es necesario para sacar al monstruo y exhibirlo ante las amistades. Y así asistimos durante el luto a la exaltación, más que del poeta muerto, del personaje singular, del maldito, del ser arrinconado por la vida, y también, claro está, por sí mismo. Un desarraigo que va del yo al mundo, a ese mundo que en ocasiones está tan lejos, como clama, Carlos Oroza en ese fragmento de ‘Elencar’. El mundo está siempre demasiado lejos de los que se muestran más enfermos que malditos, más humanos que mitos, pero que segregan la seductora tinta necesaria para aquellos que huyen del verso y se acercan prostibulariamente al esqueleto. 
Carlos Oroza ha asomado esta semana por toda España desde esas dos páginas que reflejan al poeta que fue y que es. En ellas huye, como huyen todos, de la manida etiqueta de maldito, también lo hizo Leopoldo María Panero pero la etiqueta lo aplastó. Juntos, recuerda Antonio Lucas, salieron a un escenario en Barcelona acompañados de otro al que también llamaban raro, Carlos Edmundo de Ory, todavía por descubrir. Una triada antisistema, cuando el sistema estaba todavía por hacer y que enarbolaba, como aquella Libertad de Delacroix, la palabra como bandera a la que aferrarse ante los vaivenes de ese mundo al que nunca se llega. 
En Vigo vive Carlos Oroza, un accidente tras salir por piernas de Pontevedra tras ondear demasiado esa bandera cuando el momento exigía otra enseña. Pero no es raro verle por esta ciudad, y más ahora que brotan las camelias acariciadas por un sol renovador, a ella regresará a observar como se enfrentan las sombras al sol posado en el casco histórico y del que ha presumido en alguna ocasión, al igual que de una Pontevedra que tanto ama, al reconocerla sometida al ciudadano, y que incluso le ha puesto su nombre a una escuela de hostelería. ¡Pero si aun está vivo! ¿no lo sabéis? El poeta vive y seguirá viviendo mientras haya futuro, y en él, la palabra, siempre la palabra. 
Si os cruzáis con él no le molestéis, a mi me gusta pasar a su lado para admirarlo como si fuera una estatua, cruzo la acera y desde allí lo veo, con perspectiva, enjuto, barnizado por el sol y un cigarro que convierte en volutas de humo unas metáforas de las que procura huir casi tanto como de las rimas, para no ser un poeta cursi, algo que detesta. Es él, el poeta, Carlos Oroza, y cuando lo suelto tomo uno de sus libros, lo abro, y leo lo primero que por él asoma: «La palabra cumbre es la cumbre el universo expansión/El pensamiento permanece en las sombras y la piedra en el ojo se ilumina/Pues si la palabra cumbre es la cumbre/Y la cumbre es muy alta/No subas/No toques lo que puedas mirar.» De nuevo la palabra, esas mismas palabras que una noche de verano rebotaban entre las piedras de las ruinas de Santo Domingo en un recital entre sepulcros y ojivas para convertir en eterna la palabra a través de la voz y dar sentido a lo que somos, poco más que un grito primitivo, un instante en el abismo. Gritos en el infinito. 
Lo más contestatario que puede hacer un poeta hoy es publicar otro libro y más aun si poeta y libro son de largo recorrido. Carlos Oroza ha reunido en ‘Évame’ piezas de antes y de ahora, en definitiva, de una vida de poesía que comenzó a ser palabra en los años sesenta y ahora es, no una maldición, sino una bendición, que es precisamente lo que son los poetas.

Publicado en Diario de Pontevedra 8/03/2014
Imagen: Carlos Oroza en 1964 (Camilo Gómez)

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