domingo, 2 de febrero de 2014

La montaña


“Pintar lo que vemos, olvidando todo lo que existió antes de nosotros”. Dicho y hecho. Fíjense ustedes si se tomó en serio Paul Cézanne su propia frase que, tras su paso por el mundo de la pintura, se cerró una puerta abierta por Masaccio a principios del siglo XV. Casi quinientos años finiquitados de golpe y porrazo por la visión de un pintor empeñado en ver donde otros nunca vieron antes, y todo para que los que le sucedieran vieran como él. Cézanne se convierte en el ojo de una cerradura a través de la cual podemos descubrir un tiempo nuevo. Ya solo quedaba meter la llave para abrir esa puerta y la llave fue Picasso. 
El próximo martes el Museo Thyssen inaugura una exposición que permitirá desentrañar muchas de las claves de esa pintura, de esa puerta que significó el pintor de Aix-en-Provence que en España ha sido injustamente orillado por comisarios y museos, más pendientes de las virtudes de los grandes impresionistas, mucho más cercanos al gran público y fértil abono para las obligadas cifras de asistencia. Desde hace treinta años no se ha podido contemplar en España una exposición sobre este artista que hizo de la pintura un refugio que le apartó de las veleidades parisinas para instalarse en su Provenza natal, entre campos de lavanda, limpios cielos y secos terruños a los pies de la montaña de Sainte-Victoire. 
Fueron más de setenta cuadros sobre esa montaña con la que Cézanne desafiaba a la propia pintura y a la visión que había de la naturaleza. Alejado de las impresiones fugaces y de la mirada espontánea de sus compañeros de generación, Cézanne se aplicaba en buscar una solidez plástica y analítica de lo real, que emana de un paisaje en el que luz y color reverberan entre sí como epifanía de un mañana plástico renovado. Una naturaleza que se irá reduciendo a una geometrización que incide en su pureza y en su condición eterna. Desde Sainte-Victoire, arañando la roca, con tierra y cielo en permanente disolución o disponiendo unos frutos sobre un paño fue el mejor. 
Mirar a esa realidad que solo sobre el terreno se puede reivindicar es parte del papel del comisario. Descubrirnos la perfecta hilazón entre lo real y la pintura, entre lo que existe y lo que el pintor ha visto. Guillermo Solana, comisario de la exposición y director del Museo Thyssen, ha preludiado esta importante cita con una inteligente labor en las redes sociales, una nueva forma de conectar el Museo con el mundo exterior, y en esto, el Thyssen y su director están a la vanguardia. Ya nos conquistó hace unos meses al convertir twitter en un aula virtual en la que, a través de las obligadas breves entradas, analizaba las obras del Museo. Ahora ha ido más allá, al abrir su viaje a la realidad ‘cezanniana’ a todos sus seguidores. Entendemos así lo importante que es conocer el ámbito de un artista para su mejor comprensión, ¡qué equivocados estaban aquellos profesores siempre tan pendientes de la exactitud de una fecha! Guillermo Solana nos descubre cómo es la luz de la Provenza, lo pedregoso de los caminos, cómo los pinos solitarios se recortan en el azul celeste, y entre ellos, ella: eterna, majestuosa, desafiante a partir de su enigmática belleza. Tanto desde el camino de Le Tholonet o desde Gardanne, la montaña de Sainte-Victoire emerge como hito de lo nuevo y autorretrato de un pintor y su pintura. 
Esas fotografías reflejan la nueva mirada que se debe tener del arte, superando rancias presentaciones y acomodando su difusión a lo que somos hoy. Así lo hacen también Carlos del Amor en Televisión Española o Antonio Lucas en El Mundo (¡ay! El Mundo) con sus crónicas culturales, sacudiendo el abundante polvo y, como hiciera Cézanne, cohabitando con su tiempo. Al provenzal no fueron muchos los que lo supieron apreciar: Zola, Vollard (siempre Vollard), Rilke o Emile Bernard, hasta que el siglo XIX se plegó y el XX con su luz y su materia, su tiempo y su espacio, otorgó a la pintura de Cézanne un armazón inasumible por otros pintores. Ya solo faltaba un listo que tirara de ese hilo, y hablando de listos siempre aparece el mismo, su nombre, Pablo, y su apellido, Picasso.

Publicado en Diario de Pontevedra 1/02/2014

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