domingo, 30 de junio de 2013

Madiba


«Había pocos capaces de resistirse al encanto de Mandela; ni siquiera De Klerk, ni siquiera cuando estaban en plena campaña, uno contra otro, antes de las elecciones del 27 de abril, y ni siquiera después de que se enfrentaran en un debate en vivo en televisión como los de Estados Unidos.... Cuando el debate se aproximaba a su fin, Mandela tendió la mano y estrechó la del presidente, y le ofreció el elogio de que era «un auténtico hijo de África».
De Klerk, atónito, no tuvo más remedio que aceptar el apretón y puso su mejor sonrisa, aunque sabía que en ese momento Mandela estaba dándole un golpe decisivo.»

Madiba agoniza, y quizás cuando este artículo entre en talleres ya no esté entre nosotros, poco importa ya. Una de las figuras más importantes y emocionantes del siglo XX apura sus últimas horas en un siglo que ya no es el suyo, y quien sabe si lo será de ese continente al que de manera tan maravillosa representa. Ustedes pueden leer infinidad de biografías sobre Madiba (que es el título que le conceden los ancianos de su clan) para conocer lo hecho en su vida, pero si me quieren hacer caso no podrán leer mejor retrato de su persona y de lo que supuso para Sudáfrica que el libro de John Carlin ‘El factor humano’. Sí, ya sé que hay una película, y que la hizo Clint Eastwood, pero lean, háganme caso, no les va a hacer daño, y además les aseguro que el relato del periodista británico, corresponsal de The Independent en Sudáfrica entre 1989 y 1995, se impone de manera abrumadora a lo realizado por el gran Clint Eastwood en la pantalla. Las palabras que preceden a este artículo son solo algunas elegidas al azar de un libro en el que cada párrafo podía perfectamente ajustarse a la intención de esa entradilla, que no es más que mostrar cómo el carácter de un ser puede hacer cambiar su mundo, su entorno, aunque a priori nos pueda parecer una misión imposible y en la que nadie confíe. Como en este caso, en el que solo una persona tenía fe en su propósito: Nelson Mandela. Ese factor humano fue el que cauterizó cincuenta años de odio racial y que tuvo en el deporte un aliado inesperado que Madiba supo ver y aprovechar para el bien común de su nación. Pocos sistemas habían sido más atroces con el ser humano como el apartheid, de ahí que la inteligencia y la capacidad de perdón por parte de una persona encarcelada durante veintitrés años, singularizan este caso dentro de las transiciones de regímenes totalitarios a democráticos. John Carlin va a poner el foco en ese ser humano que ahora se agota, lejos de grandes movimientos políticos, de orquestadas maniobras entre bambalinas....todo se reduce a buscar el entendimiento en favor del interés general, situando a todo un país por encima del provecho de una etnia, aunque esta fuese la que durante décadas y décadas vivió sometida bajo un régimen de represión y terror. Todo ello iba a confluir en aquella final de la Copa del Mundo de Rugby disputada en el Ellys Park de Johanesburgo entre Sudáfrica y Nueva Zelanda y con un equipo, el local, los conocidos como Springboks, con un solo jugador negro en el terreno de juego. ‘Un equipo, un país’. Blancos peleando y dándose golpes por un país de negros y eso se tradujo a una grada que hasta el último minuto no pudo celebrar el triunfo que ellos entendían de una selección deportiva, pero que Madiba entendió como el fin de un sistema del que él mismo fue una de sus grandes víctimas. Solo cinco años antes de esa jornada festiva Madiba había salido de la prisión, y un año y un mes antes había jurado su cargo como presidente de esa tierra cargada de misterio y belleza pero que rara vez llega hasta nosotros. Leer ‘El factor humano’ les emocionará profundamente, pero si de verdad quieren sumergirse en Sudáfrica entonces dirijan su mirada al enorme escritor sudafricano y Premio Nobel, J.M. Coetzee, cojan su trilogía biográfica, ‘Infancia’, ‘Juventud’ y ‘Verano’, reunida ahora en un extraordinario volumen editado por Mondadori, ‘Escenas de una vida de provincias’ y comprenderán mucho de lo que ha sucedido en ese territorio físico y humano. Ahora que el cuerpo de Madiba se apaga será la luz de su espíritu la que seguirá iluminando a su país hasta la eternidad, como suele suceder con aquellos héroes a los que la historia busca y no cuando sucede al revés.


Publicado en Diario de Pontevedra 29/06/2013

domingo, 23 de junio de 2013

Dinastía Jabois


Se presentó Manuel Jabois en Madrí, que diría Gistau, con un libro en un brazo y un niño en el otro. “Llega un mozo de Pontevedra que escribe como Camba”, se cuenta que se iba cantando por las esquinas zarzueleras mientras a Pedro J. se le hinchaban los tirantes. ‘Irse a Madrid’ había sido su libro anterior, un columnario que para sí querría Ana Pastor para sustentar ese AVE hasta Madrid que, cada raíl que coloca, parece que la capital huye unos kilómetros más allá.
Estaba claro que Manuel Jabois no podía esperar a que se colocase toda la catenaria para presentarse en Madrid, así que afiló las espuelas y se subió a lomos de sus palabras, con ellas coceó a algunos, engatusó a varios y enamoró a muchas. De esas enamoradas emergió Ana, que se lee igual de atrás hacia adelante, como de adelante hacia atrás. ¡Un palíndromo!, gritaría Anson enarbolando a ‘Manu’. Y es que Ana gestó y parió a Manu, al tiempo que Jabois gestó y parió a ‘Manu’, y todo ello sin despeinarse, el muy cabrón. Unas pocas páginas con forma de libro merecedoras del Premio Bodegas Olarre & Café Bretón, en las que se encierra al columnista ágil y brillante que es, aquel que en una frase abre las carnes de la realidad al tiempo que compone en el lector una carcajada estentórea que provoca la aviesa mirada de ese paciente que te acompaña en la sala de espera del dentista.
Porque ‘Manu’ se lee así, un poco aquí y un poco allá, y a la que te despistas el libro se acaba y tienes que decirle al camarero que te caliente el café. Y es que leer a Jabois siempre es algo muy rápido y por qué, pues porque escribe muy bien y todo fluye como la vida, que diría un cursi, y yo lo soy, y más en este libro en el que precisamente ese es su argumento, la vida, la de Manu y Ana, pero por supuesto la de él, ¡solo faltaría! Un triángulo en el que se encierran miedos y dudas al tiempo que copas, risas y excesos que algo de Sabina hay que poner también para musicar este canto gozoso que desemboca en todo lo que rodea a un personaje convertido en persona, en un ser de carne y hueso que en muchas ocasiones podíamos confundir con un invento literario.
A Manuel Jabois no le hace falta configurar aquello que los críticos no se cansan de rastrear al leer un texto, que es un alter-ego. A él le sobra el alter, con el ego le llega para adornar ese don prefigurado en la figura del abuelo varada en el Macondo lilaino, ante cuya presencia el libro ofrece lo mejor por ese registro diferente al descaro habitual. Un refugio entre tanta felicidad para poner los pies allí donde lo negro convierte el blanco de la vida en gris, para apropiarse la escritura de una sinceridad que en otras líneas se pinta con el trazo gordo y el disparate.

Este gran reportaje, sin más imágenes que una ecografía, nos presenta al autor del día a día, a ese que anota en servilletas o en el propio móvil las balizas de lo cotidiano para luego ser inspiración y creación. Con todo encuadernado uno se llega a Madrid y empieza a centrar miradas, a concitar atenciones de una corte que, siempre ante la llegada de un gallego, primero se contrae (no vaya a ser) y luego se libera en abrazos, cócteles y digresiones, en este caso literarias, para olfatear huellas y precedentes, como si el fantasma del solitario del Palace necesitase de alguien que rompa el hechizo que le condena a vagar entre sobremesas y salones. Por el buen camino va el pollo, consiguiendo que Antonio Lucas escriba de él: “Es un tipo de Pontevedra con aspecto de leñador en los bosques de Wenceslao, capaz de echar un vistazo, poner el hocico apuntando a lo alto y saber leer el paisaje entre lo quedón y el desafío, tirando de una ironía hecha por dentro de bruma y por fuera de gracia”.  Y esto es, palabra de Dios.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo

Nostalgia jubilosa


A mi lo que me pedía el cuerpo hoy era contarles algo sobre James Gandolfini, el que eternamente será Tony Soprano, pero, entre que ayer mis compañeros lo honraron con su imagen en esta misma página y que no iba a ser quien de escribir algo mejor que lo publicado por Carlos Boyero en El País, pues el sonrojo que me evito. Y además, a esta gente hay que loarla como se merece, es decir, visitando sus trabajos, ni con cascadas de epítetos ni con palabras llenas de sentimientos, así que me espera un verano (bueno, primero todos lo esperamos a él) glorioso, recorriendo las seis temporadas de Los Soprano en uno de esos viajes catárquicos que solo el arte, y esta serie es puro arte, es capaz de ofrecer al ser humano. Ya nadie duda de que las series norteamericanas, precisamente desde que la HBO estrenara Los Soprano en 1999, comenzaron una carrera que ha superado al cine por varios cuerpos de ventaja. La creatividad de los guionistas, el cuidado en la producción y la diversidad de narraciones y ambientes han propiciado que la televisión repita un proceso con el que ya se posicionó en los Estados Unidos en los años cincuenta, acosando a las grandes pantallas y poniendo contra las cuerdas al star-system de Hollywood. Aquel irrepetible sistema de estudios, finalmente resistió y es ahora, tras respirar tranquilamente durante varias décadas, cuando vuelve a sentirse acosado por un nuevo tiempo en esto del espectáculo y la recepción por parte de los espectadores. De saber responder a este desafío dependerá su futuro, un futuro del que hay gente que ya no quiere saber demasiadas cosas y así es como José Luis Garci, en una entrevista publicada en la revista Jot Down Magazine, realizaba un anuncio casi sin querer, como dejándolo descorrer en los títulos de crédito para mayor gloria de la entrevistadora, Ángeles González Sinde. Sí, le suena a ministra a que sí, pero no se acuerdan de ella. No busquen otro resumen mejor de su paso por el Ministerio de Cultura. Pues Garci, al que uno podría leerle sus entrevistas durante horas y escucharle hablar de cine, libros, fútbol, ciudades o boxeo durante días, se ha dejado llevar por la espiral de esta mal entendida modernidad que se está llevando por el desagüe pantallas y maneras de entender el negocio del cine, proclamando, con su habitual pausa al estilo Dreyer: «No volveré a hacer cine, y lo digo con nostalgia jubilosa». Lo que suena un poco a aquello de las muñecas de Famosa que iban al portal en su Navidad jubilosa. A Garci le sienta muy bien la nostalgia y su cine la ha ondeado alegre y orgulloso. Defensor de su manera de entenderlo, maestro de un programa de Televisión que tanto se echa hoy de menos, Garci siempre me ha caído muy bien, y lo digo de entrada, para fijar posiciones y para que empiecen a darme palos si quieren. Siempre ha estado muy mal visto en este país seguir a Garci-la factura del primer Oscar de nuestro cine es tan alargada como la del propio Tony Soprano-. Su cine, con el permanente fundido con el cine clásico quizás no encaje bien con este tiempo que cierra salas a destajo, mastica palomitas en dolby surround y su público wasapea de manera incontenida mientras la proyección llega a su clímax. Un cáncer que en un par de semanas, tras las salas de Pontevedra ha esquilmado los Valle-Inclán compostelanos y los Cine-Box de las Burgas. De nuestra oscuridad solo se han salvado las butacas resucitadas en Seixo para mayor gloria de los estertores del inalcanzable verano y de uno de esos cines en los que brama la temible linterna del acomodador. Aquí acabamos. Fundiendo en negro, como Tony, y como Garci tantas veces.

Publicado en Diario de Pontevedra 22/06/2013

jueves, 20 de junio de 2013

Paisajes fotográficos

José Luis Esteban y Eva Sánchez son los participantes de la doble muestra fotográfica que hasta el 22 de junio podemos visitar en la Galería About-Art en la pontevedresa calle Pasantería. Una exposición que comienza un intercambio que semeja muy fructífero con la madrileña galería Montsequi, en la cual mostrará sus trabajos el artista gallego Santi Vega, muy ligado a la galería de nuestra ciudad en la que ya exhibió sus obras. La fotografía será la protagonista a través de la diversidad de estas dos miradas entre la naturaleza y el ser humano.  


La fotografía como medio de expresión, como discurso artístico a través del cual intentar comprender este mundo tan falto de explicaciones. Tanto José Luis Esteban como Eva Sánchez realizan trabajos muy diferentes que se enfrentan en una feliz convivencia a los territorios del paisaje. El primero de ellos a través de un paisaje físico, una mirada hacia diferentes escenarios de la naturaleza llenos de una calma plagada de trascendencia. Una aproximación panteísta que deja nuestra visión flotando sobre unos escenarios repletos de sosiego que se transmiten al espectador. Y empleo la palabra flotando por la atmósfera que el autor es quien de lograr con una fotografía muy pictórica, en la que las brumas y ese instante tan preciso de un cierto momento del día son el gran potencial para crear esas sensaciones, a lo que se le une, en muchas de las obras, la ausencia de seres vivos que multiplican esa soledad que gusta de presentar José Luis Esteban.
Otro paisaje, en este caso humano, es el motivo que impulsa la mirada de Eva Sánchez. Sus fotografías cambian la larga distancia por el plano corto, figuras que se echan encima del espectador a través de unos primeros planos de rostros y manos, una exploración del ser humano y de sus inquietudes, pero también de sus miedos y fragilidades, de su dolor e inseguridad. Estamos ante unas imágenes en las que la luz tiene un papel protagonista, ¿en qué fotografía no la tiene? pero en este caso es un elemento más de tensión, de enfrentamiento que impulsa esa relación complicada que la fotógrafa plantea con su modelo y a partir de ella con el espectador.
Dos miradas que, enfrentadas, pared con pared, nos llevan a posicionarnos entre la inmensidad del universo y la complejidad del ser humano. Una relación de espacialidad que, pese a la aparente distante conexión entre ambas, algo que iría en demérito de la muestra, se convierte en un acicate para intentar calibrar como actuamos en medio de esas dos magnitudes. Lo que está claro es que la comodidad reside en situarse en ese mirador de cara a las brumosas conexiones con la naturaleza, con ese sosiego espiritual que destilan cada una de ellas como una forma de mirar, y también de fotografiar, dotadas ambas de una gran singularidad. Por otra parte, ir recorriendo con la mirada a todos esos personajes, angustiados, atrapados en una lucha de fuerzas con manos que los sujetan y hasta presionan, como impidiéndoles ejercer su libertad, se convierte en un contraste con   lo anterior. Una enriquecedora lucha de miradas que parte de dos paisajes tan imprevisibles como fascinantes en los que apenas parece existir una salida, quizás, la única venga dada por esas escaleras en las que dos mujeres parecen querer huir a la carrera, cuando lo único que van a conseguir es internarse en un laberinto. Pero eso solo lo sabemos nosotros, los que estamos al otro lado de su vida, los que como un Dios tenemos la posibilidad de ver lo que sucede ante nuestros ojos desde una atalaya privilegiada, esa en la que el artista nos sitúa para observar así nuestro mundo. Un entorno al que el arte pretende siempre dar respuestas, no siempre lo consigue, pero lo que sí logra es abrir las ventanas de la imaginación y desde ellas todo suele ser diferente.
José Luis Esteban y Eva Sánchez abren las suyas para que miremos y entendamos el mundo tal y como ellos lo entienden. Eso es el arte. Ni más ni menos.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/06/2013
Fotografías Alba Sotelo

miércoles, 19 de junio de 2013

Fugas desde Castroforte

En junio de 1910 nacía Gonzalo Torrente Ballester. Su vida estuvo marcada por la itinerancia por diferentes ciudades, pero Pontevedra fue siempre un lugar muy singular para él, hasta el punto de convertirlo en uno de sus favoritos.


Era julio de 1966 cuando Gonzalo Torrente Ballester, catedrático de Literatura en el Instituto de Pontevedra, pronunciaba una conferencia sobre ‘El método Valle-Inclán’ organizada por el Ateneo de Pontevedra, entidad de la que él mismo había sido fundador, entre otros muchos destacados pontevedreses, junto a Alfonso Zulueta de Haz. Ese acto se entendía también como una despedida del escritor de esta ciudad, a la que había llegado en 1964 y de la que se marcharía el último día del mes de agosto. Eran momentos en los que se encontraba preparando su viaje a la Universidad de Albany, hacia donde marcharía en busca, entre otras cuestiones, de tiempo para escribir. Pero con esa marcha Torrente Ballester (quizás, y esto lo digo yo, el mejor escritor español del pasado siglo) se llevaba dentro de las maletas la que sería no solo una relación esporádica con Pontevedra, sino una vinculación eterna.
En una vivienda de la calle Arzobispo Malvar encontró acomodo el escritor, un lugar que se convirtió en un refugio que siempre recordó por ser un ámbito donde familia y escritura convivían felizmente. Localizado solo a unos pasos de su centro de trabajo, el Instituto Femenino, cada vez que se dirigía a él por un lado dejaba el casco histórico, con la Basílica de Santa María y su Gremio de Mareantes o el Palacete de las Mendoza; y por otro, el barrio de A Moureira, con sus historias épicas de navegantes pero también de Urcos y brumas en la desembocadura del Lérez. Y en ese ambiente, las amistades: Manolo Domínguez, Alfonso Zulueta de Haz..., pero también las tertulias, el café Lar, la sastrería Valiño... Todo era el complemento perfecto para escribir en una buhardilla ante «otoñales atardeceres valleinclanescos junto al río, o vendavales azotando los costados de su camarote abuhardillado», según relata su hijo, y todo ello para alcanzar una felicidad que Madrid y su postura de rebeldía ante el régimen de Franco e incluso ante sí mismo le impidió alcanzar. Aquí lo logró, y él mismo llegó a decir que Pontevedra era «el mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida».
Pontevedra ya formaba parte de su vida, y por lo tanto lo era también de su obra, y es así como esta ciudad es esencial a la hora de entender la gran novela de Gonzalo Torrente Ballester, ‘La saga/fuga de JB’, escrita en parte a las orillas del Lérez pero que respira Pontevedra por todos sus renglones. Tanto escenarios como situaciones o personajes tienen mucho de la historia local, amalgamadas bajo el ingenio de un escritor en estado de gracia para configurar esa Castroforte del Baralla «ciudad levitante y ensimismada» de piedras y leyendas, trasunto de la ciudad repleta de mitos que había descubierto durante su estancia. Y si en su obra el tema del mito como vínculo de la sociedad es siempre esencial, cómo no le iba a inspirar una ciudad cargada de ellos, de los que tanto habría oído y hablado en sus queridas tertulias.
Una vez en Estados Unidos tendría tiempo para escribir, así como para encontrar un reconocimiento que la pacata España del momento le negaba. Regresar a Pontevedra ya era muy complicado. Con siete hijos (a los cuales inculcó siempre el interés por Galicia), tras su paso por Madrid y Vigo, será finalmente Salamanca el lugar que se convierta en su residencia. Regresará a Galicia de manera frecuente. Veraneante habitual en A Ramallosa, en muchas de esas ocasiones lo hará también para volver a pisar las piedras de Pontevedra, sentarse en el Savoy o el Lar y encontrarse con sus amigos para reír y conversar de letras y vida.
Pero la presencia de Gonzalo Torrente Ballester se palpa no solo en su obra sino en su integración en aquella Pontevedra que había descubierto y en la que, pese a su pequeño tamaño, su actividad cultural le había deslumbrado. El ferrolano participó en la fundación del Ateneo de Pontevedra, en el cual impartió diversas conferencias. Amante del cine, no fueron pocas sus participaciones en sesiones del Cine-Club de Pontevedra, uno de los primeros del Estado: publicó artículos en Diario de Pontevedra y también ofreció charlas en otros cenáculos, además de pregonar las fiestas de la Peregrina en el año 1970. Formó parte del Jurado de los Premios Julio Camba de Periodismo en numerosas ediciones y en 1997 recibió el título de Hijo Adoptivo de la ciudad. En 1992 asistió al descubrimiento de una placa en el Instituto que lleva su nombre. Pontevedra fue escenario del rodaje de una de sus obras más populares, en buena medida por la serie de Televisión ‘Los Gozos y las sombras’ que, a partir de la novela homónima, se filmó en varios rincones de Pontevedra. Está claro que el rastro de este hombre de figura enjuta es de una gran dimensión, además de un orgullo del que quizás esta ciudad no ha sabido aprovecharse. Sin una placa, calle, plaza o monumento que recuerde esa estancia o vinculación, Pontevedra parece querer mirar hacia otro lado, pero solo hay que leer ‘La saga/fuga de JB’ para entender la importancia de Pontevedra en el autor y cómo tras esas brumas estamos todos nosotros a través de los que nos precedieron. Él nos hizo un monumento, nosotros todavía le debemos uno.
Gonzalo Torrente Ballester también realizó numerosas fotografías de la ciudad. Amante de esa disciplina artística, muchas de ellas las vimos recientemente en la exposición ‘Los mundos de Torrente’, exhibida en el Museo de Pontevedra en 2010 con motivo del centenario de su nacimiento, planteada por la Fundación Gonzalo Torrente Ballester y bajo el comisariado de Carmen Becerra, experta en su obra, además de tener fuertes lazos de amistad con él y el director de dicha Fundación, Miguel Fernández-Cid, casualmente ambos pontevedreses, ¿o no tan casualmente?


Relaciones esporádicas/8. Publicado en Diario de Pontevedra, 18/06/2013
Gonzalo Torrente Ballester pronunciando el Pregón de las Fiestas de la Peregrina de Pontevedra en el año 1970. Camilo Gómez.

martes, 18 de junio de 2013

‘Siempre acabamos llegando ...’


Bajó del estrado y un tumulto de lectores le rodeó, entre ellas una señora que portaba en sus manos uno de sus libros. Ante la petición de una firma, el escritor portugués no puso buena cara y seguidamente recriminó a la lectora diciéndole que aquel no era el acto adecuado para ponerse a firmar libros. José Saramago había llegado a Pontevedra a participar en un congreso sobre Gonzalo Torrente Ballester y su obra ‘La saga/fuga de J.B.’. Admirador del escritor gallego, del que curiosamente se celebró el pasado domingo el centenario de su nacimiento, y en especial de ese título al que comparó con el Quijote, Saramago se presentó en la ciudad con ese aura que poseen los Nobel y la sensación de estar tocados por un halo divino. Es posible que junto con Mario Vargas Llosa, José Saramago sea el escritor del que más títulos haya leído, a lo que se le suma una mirada del mundo y de sus conflictos tan lúcida y comprometida como sus propios textos. Desde la rendida admiración que todo ello comporta, y hasta una asumida condición reverencial, como era lógico y timidez aparte, mi insignificante presencia pasó desapercibida ante su figura. Sin querer importunarle mi única intención era la de sentir cercana la presencia del escritor, corporeizar aquella pluma que tantas buenas horas me había hecho pasar. Creo que durante unas décimas de segundo las mangas de su chaqueta rozaron mi brazo, mientras aquella señora reducía su admiración por el Nobel a marchas forzadas. Me sorprendió su delgadez y altura, pero sobre todo su calavera, un rostro ajado por los años, huesudo, un armazón en el que se sustentaba parte de la mejor literatura del momento. Profundo e irónico, serio y burlón, no sé si me gustaba más leer sus libros o escuchar sus comentarios tras una pregunta.
El viaje del elefante ha llegado a su fin. Ese viaje a través de Europa de un paquidermo de su penúltimo libro metaforiza lo que ha sido su existencia, sobre todo en lo relacionado con su compromiso con un territorio geográfico y humano, una realidad fundamentada en la confianza en esta península, en la que cada vez menos confían, en este rincón por el que apostaba como una unidad, una entidad que sumaría valores y renovaría su fortaleza secular. Para ese libro el escritor escogió la siguiente frase de un supuesto Libro de los Itinerarios como preámbulo a la novela: ‘Siempre acabamos llegando a donde nos esperan’. No se me ocurre mejor frase para cerrar este recordatorio, o quizás sí. Aquella señora finalmente se llevó un libro firmado por José Saramago.




Publicado en Diario de Pontevedra 21/06/2010

Miserias de una guerra


Escribir sobre una guerra siempre deja tras de sí un rastro de dolor y desesperación, pero en este caso no saben hasta que punto esas situaciones se multiplican, al estar narradas por alguien que estuvo implicado hasta lo más profundo en todo aquel ignominioso y vergonzoso conflicto que Europa consintió a las puertas de su mundo feliz, o mejor dicho, en su patio trasero. Allí se permitió que varios pueblos reunidos por la historia en unos acuerdos mal resueltos protagonizasen una carnicería en base al primitivo sentir del ser humano de considerarse superior al que no deja de ser como él.
Velibor Colic nació en Modrica, Bosnia, su casa y lo que había escrito hasta el momento fueron reducidos a cenizas. Se alistó en el ejército bosnio, del que posteriormente desertaría. Apresado, logró escapar y se refugió en Francia, donde vive actualmente y en donde desarrolla su tarea literaria que comenzó en 1994 con la publicación de ‘Los bosnios’, que la editorial Periférica, demostrando el buen olfato que la caracteriza en sus ediciones, ha publicado en España durante estos días. Queda, por lo tanto, patente la implicación de este hombre con todo aquello que rodeó a la conocida como Guerra de los Balcanes y que además de esquilmar a la población de este territorio supuso el episodio más frustrante para Europa desde la II Guerra Mundial, al ser incapaz de detener y reconducir este conflicto del que todavía hoy muchos deberían andar sacudiéndose las vergüenzas.
En solo 120 páginas el autor es capaz de poner ante nosotros toda aquella miseria moral, la capacidad del ser humano para destrozarse a sí mismo y arrastrarse por el fango. Desde la primera a la última de esas páginas asistimos a un horror narrado de manera directa, sin estridencias literarias, simplemente hechos y más hechos que pasan por delante nuestra para conmovernos y horrorizarnos a partes iguales.
Estas entradas se agrupan en tres apartados: Hombres, Ciudades y Alambradas. En el primero asistimos a sucesos protagonizados por Musulmanes, Serbios y Croatas, a través de nombres de personas de los que el autor refleja algún episodio vivido durante el conflicto, ese ponerle nombre a un ser de la comunidad nos hace empatizar con ellos, acortar distancias y mostrar una mayor cercanía a su tormento; en el segundo, Ciudades, son los escenarios de la guerra los que comparten protagonismo con los seres que las habitan y con aquellos que las destruyen, destrozando así su propio país; y el tercero, Alambradas, es la limitación de esos escenarios a los horrendos campos de concentración que toda guerra genera y cómo de uno de ellos, Velibor Colic, logró huir de una manera sencilla, casi sin querer, una de esas escenas ilógicas de una guerra en la que la lógica es la más débil de las presencias. Con esa marcha se cierra el libro y un capítulo en la vida de este hombre que, como la de muchos balcánicos, aparecerá ya para siempre marcada de manera indefectible por esta lucha fratricida.

La Editorial Periférica les concede voz a todos ellos con esta publicación desconocida en nuestro país, un documento abrumador en el que sonidos trágicos conviven con silencios y miedos; en el que la sangre y la barbarie desde la tortura y el asesinato están siempre presentes, en el que los asedios y las victorias son asedios a la humanidad y derrotas de nosotros mismos y entre todos esos acontecimientos un hombre emplea la literatura como refugio para calmar sus heridas, no las físicas, sino las mentales y sentimentales de ver como su tierra se convirtió en un infierno. Una derrota completa, no solo de un pueblo, o de varios, sino de toda una percepción de la existencia humana.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/06/2013

sábado, 15 de junio de 2013

A cerdeira

 «Tamén aquí, en San Simón, ollando a vermella festa do solpor sobre do mar. Alí facede un furado, catro cuartas de fondo. E cuarta e media, todo o máis dúas, para o largo. Enriba da terra que tirastes deitade as miñas cinzas amodiño; pouco han armar que eu son cativo. Mesturade con coidado e agarimo terra e cinzas e enchede até arriba aquel buraco. Despois hai que pisar ben pisadiña, de arredor da cerdeira a terra toda. Un caldeiro de auga ben cumprido. Dade a volta e ídevos sen ollar atrás e sen saudade. Volvede no abril cando floreza.»


Xa van alá sete días dende que embarcaramos cara á Illa de San Simón para participar na entrega dos Premios Xerais, firme bastión no que se alicerzan as nosas letras a partires do fío das que xa foron. Aínda hoxe as escumas que deixou o noso rastro a bordo do Babuxa traen ata nós a memoria do acontecido naquela illa de lendas e historias, moitas delas nada favorables para o home. A beizón de desenvolver alí este acto nos últimos nove anos, dos trinta que se celebraron desta entrega, converte á illa nun altar máxico onde a festa e a palabra vólvense unha esperanza para as nosas letras e para o ser humano. No ronsel desa escuma sobre as augas da ría de Vigo agochánse as palabras de Xabier P. DoCampo, mantedor desta edición. É imposible non mirar atrás xa que coas súas palabras fixo que agromase nos presentes o amor á lingua e á escrita como xermolo dun futuro do que os máis novos deben turrar para rexenerar este hábitat convulso no que nos movemos. A cerdeira que medrará, a carón de buxos e ata árbores de pedra, como a de Manolo Paz, farao dende as cinzas do que será pasado grazas ao coidado dos que virán, para manter ben alto o facho da palabra. Na medida en que medren as súas pólas a metáfora irá deixando de selo para facerse realidade. Xabier P. DoCampo convocou bágoas e pel de galiña, e amosou o maxín da literatura como canle infinito, belisco da nosa conciencia para sermos parte dun feito común.
Nese ronsel, nun solpor de emocións, enguedellábanse tamén as palabras que aínda podiamos atopar sementadas pola illa adiante de Fina Casalderrey, noutro deses discursos que repousan no anaquel da historia destes premios, pero tamén na alma dos que o escoitaron ou leron. Aquela chuvia de prata aínda mantén fresca a terra da que agromará a cerdeira entre cuxos froitos xurdirán textos como os galardoados este ano; ‘O castañeiro de abril’ de Antonio Fraga, Premio Merlín, e ‘Cadeas’, de Xabier López, Premio de Novela. Novos sabores que engaiolarán aos lectores, a parte indispensable de todo este bulir de escritores, ideas, relatos e festas. A eles é cara onde todos temos que mirar porque deles depende que a cerdeira de Xabier P. DoCampo medre frondosa e chea de saúde. Os pais deixaremos nas mans dos nosos fillos as lecturas que os convertan en lectores fieis, a auga dese cubo ben cumprido; os autores teñen que seguir confiando no seu quefacer, por moitos ventos en contra que sopren; as editoriais resistir, e as institucións públicas, nin máis nin menos que cumprir co seu deber na defensa dunha lingua, favorecendo o seu desenvolvemento na sociedade e apoiando ao tempo o sistema literario.
Un vento feble acariñaba a nosa faciana alí, no medio da ría, mentres as sereas cos seus cantos agradecían a aposta polos gañadores, pero sobre todo polo seu labor. Non hai nada máis gratificante que saber valorar ese traballo. A min este ano tocáronme coa variña máxica do privilexio de formar parte do xurado do Premio de Novela. Manuel Bragado, Fran Alonso, Celia Torres e Helena Pérez, almas de Xerais, gábanse e énchennos de loanzas por formar parte de xeito gratuíto do xurado, o que eles non saben, polo menos no que a min respecta, é que fun quen de enganalos a todos e que cobrei, vaia que se cobrei, e ben cobrado. Levo varios días como un galo ben fermoso co peito colorado dicindo que formei parte do xurado dos Premios Xerais de Novela, e que elixín unha obra chea de bondades, un engaiolante xogo literario feito por un ventrílocuo, como ben dixo o compañeiro de xurado Iago Martínez, que nos leva por unha manchea de relatos para debater o propio concepto de novela. Pero é que, ademais, este fachendoso galo está ledo por formar parte da festa da literatura, da festa dunha terra na que medran as cerdeiras. 
Publicado Diario de Pontevedra, 15/06/2013.

viernes, 14 de junio de 2013

El grifo


ESTÁ LLENANDO el Ministerio de Economía la prensa de todo el Estado de grifos abiertos, un chorreo continuo que va contra natura, ya que todo el mundo sabe que agua y papel no se llevan nada bien. Pero del grifo del ministro de Guindos no sale líquido, sino palabras, ¡Bienaventurados los que crean en sus palabras porque de ellos será el crédito! Y es que de esos grifos caen a caño abierto millones y millones de euros. Un estímulo para abrir el grifo del crédito (y seguro que pagaron un pastizal por la metáfora del grifo) para que fluya el capital por un país que se rasca los bolsillos para encontrar uno de esos nuevos billetes de cinco euros. Ha llegado el momento, ha llegado el momento... se repite la letanía en este poema del orbe económico. Con lo que esperábamos este momento y ahora que llega tenemos tal flojera de piernas que ni siquiera podemos llegar hasta el banco, si es que todavía sigue allí.
 
 
Entre Dous. Publicado en Diario de Pontevedra, 14/06/2013

miércoles, 12 de junio de 2013

«Hay que intentar dar la vuelta al dolor para que no te destruya»

No parece fácil escribir desde una situación tan dolorosa como la pérdida de la persona a la que amas y con la que compartes la vida, pero para Rosa Montero ha sido todo lo contrario. Hoy, partir de las 19.30 horas, contará a sus lectores esa experiencia en la Librería Cronopios.


Tras comenzar la semana con el regusto que le ha dejado el encuentro con sus numerosos lectores en la Feria del Libro de Madrid, Rosa Montero se acerca a Pontevedra con su última obra, ‘La ridícula idea de no volver a verte’. Antes no duda en alentar en las redes sociales a darse de alta en el grupo Teaming, una plataforma solidaria, o incluso pedir firmas para detener la ejecución de miles de caballos salvajes en Australia, y es que el compromiso con la sociedad es otro de sus signos distintivos.
Su libro está entre los más vendidos, y eso tiene mucho mérito, ya que no hablamos de uno de esos superventas que copan las listas, sino de un ejercicio de expiación personal a través de la literatura en el que sobre todo celebra el tiempo pasado con el que fue su pareja, el famoso periodista Pablo Lizcano. Una línea argumental que fusiona de manera ejemplar con una mujer con la que ha descubierto numerosas afinidades, la dos veces Premio Nobel Marie Curie.
¿Cómo se enciende la chispa que le hace decidirse a escribir el libro?
Yo siempre digo que tú no decides el libro que vas a contar, sino que el libro te escoge a ti. Realmente se impone por una imagen que se mete dentro de tu cabeza y que de repente te emociona. Todo el rato estás escribiendo con la cabeza, los novelistas somos como los niños, gente que no ha madurado y que no deja de ir proponiendo juegos con la realidad. Y en una de esas ensoñaciones aparece esa imagen emocionante que decides que tienes que compartir con los demás. Pero este libro es distinto, y esa necesidad apareció de golpe, al comenzar a leer el diario de Marie Curie, no solo por el diario, sino por el personaje. Yo creía que conocía a Marie Curie, pero realmente lo que conocemos es una biografía muy tópica, y su realidad es alucinante, era una mujer con una serie de pasiones y desmesuras increíbles. Mientras leía el diario empecé a tomar notas y entendí que podía rebotar en su vida una serie de pensamientos y emociones que me estaban ocupando el corazón y la cabeza en los últimos tres años.
¿Me imagino que habrá sido un libro muy complicado de escribir?
Pues no, para nada. Salió como un tiro, yo la escritura siempre la comparo con picar piedra, gran parte del tiempo es tedioso, obligada a estar sentada, y te cuesta. Hay una parte de trabajo de picapedrero muy duro, y eso no me ha pasado con este libro. Ha sido como un torrente, lo he disfrutado todo el rato, y lo que escribía era muy fluido. Además me he reído, divertido, emocionado, conmovido, ha sido realmente emocionante, lo que no quita que detrás haya todo un trabajo de ‘carpintería’, ya que esa estructura es la que mucha gente me comenta que es imposible dejar de leer una vez que empiezas.
De todos los libros que uno escribe está orgulloso, pero ¿quizás de este lo esté un poco más?
Sí y no, pero te voy a decir de lo que estoy más orgullosa. De haber recibido un montón de cartas, pero unas cartas increíbles, en las que me cuentan historias de duelo, pero que no son tristes. De pérdida, pero historias conmovedoras que celebran la vida, el amor, la intensidad de las emociones. Me enorgullezco de algo que no tiene que ver con la literatura, y es el haberle dado a la gente la posibilidad de extraer belleza en situaciones de dolor. Y he llegado a la conclusión de que eso es la literatura en realidad. La literatura nos da sentido, el sentido de  vivir.
¿Qué aprendió de Marie Curie?
Salvando las distancias siderales, (ella era un genio y yo no), la he encontrado muy cercana a mí en muchas cosas, en su obsesión, su tenacidad, la manera de hacerse a sí misma, y yo también creo que soy una hija de mi voluntad. Aprendes de su fuerza de voluntad y esa mezcla entre la fragilidad y la fortaleza, entre el cerebro y el corazón, entre la locura y la razón. Es una mujer muy interesante de la que me siento muy cerca.
¿Y de Rosa Montero?
Voy aprendiendo... el libro me parece hasta un poco sabio, y eso me asombra, porque tengo muy clara la teoría, pero la práctica a veces te sorprende.
Parece mentira cómo del sufrimiento puede brotar algo bello. ¿Puede ser que el dolor ayude a escribir de una manera hermosa?
No, no creo que ayude. No mitifico el dolor, lo digo en el libro. Eso de que el dolor te enseña es un desastre, te enseña si no te destruye, y mejor no tener dolor. Pero eso es imposible, ya que en la vida siempre hay una parte de dolor, mayor o menor, lo que hay que hacer es intentar dar la vuelta al dolor para que no te destruya. Pero cuanto menos dolor, mejor, y escribir con mucho es imposible. Así que lo mejor es una cierta distancia para manejarlo e intentar hacer algo útil para todos. Con el dolor personal vamos cada uno haciendo lo que podemos, escribir con las carnes abiertas, por lo general, desemboca en mala literatura.
¿Cuántas conversaciones ha mantenido con Pablo mientras escribía el libro?

Mientras escribía el libro no sé cuántas, pero con Pablo hablo todos los días. Todos hablamos con nuestros muertos, a ver quien me dice que no. Estás acompañada de tus muertos el resto de tu vida, viven en ti y hablas, siempre hay algo de lo que hablar.

Publicado en Diario de Pontevedra 12/06/2013

lunes, 10 de junio de 2013

O espazo: razón e sentimento

‘Ekaitz e os seus espazos’ é o nome da mostra exhibida por Elías Cochón na sala de exposicións da Xunta de Galicia en Pontevedra. Unha mostra conformada por pinturas e esculturas nas que se percibe unha mesma inquietude, a de estudar o espazo, a de confrontar o baleiro coa forma para artellar un sistema de representación que presenta infinidade de posibilidades, pero tamén o interese de compoñer unha obra viva, case que orgánica, e que se desenvolve pola sala aparentando ter autonomía propia. Forza e paixón que engaiolan ao espectador.  


“Oespazo é o sitio que se desaloxa, o baleiro que se fai a si mesmo estatua”. Esta frase é un dos postulados eternos dun escultor eterno, Jorge Oteiza. O seu rastro conceptual sobrevive ao personaxe e, como un gran chamán, actúa de inspiración para moitos creadores que seguen aínda apostando por esa dialéctica conceptual entre o baleiro e a forma para artellar o seu discurso.
Percorrer a exposición de Elías Cochón, en primeiro lugar, é algo moi recomendable, xa que nas súas pezas reside a forza e a paixón que tanto se bota en falta en moitos dos escultores de hoxe e que tanto reconforta a quen gusta da boa arte e, en segundo lugar, tamén o é por plantexar toda unha lección de escultura que nos leva, de xeito directo, ao mestre vasco e a súa perenne teima baseada na desmaterialización do obxecto.
Así é como, ao camiñar entre as súas pezas, tanto nas pinturas como nas esculturas, un recoñece esa pegada, pero tamén a achega dunha linguaxe propia por parte deste home de raíces arousás. Pinturas como ‘Desintegración’, ‘Erupción’, ‘Reducción simple a uno’ ou ‘Los tres espacios’ despoxan á propia palabra pintura para ir un pouco máis aló, converténdoas en obxectos que buscan a autonomía da propia parede. Tamén nelas elabórase un xogo territorial coa delimitación de espazos, barreiras internas dentro do lenzo que acotan superficies nunha loita planimétrica cun resultado visual máis que apreciable.

Pero coido que nas súas esculturas é onde Elías Cochón acada con máis éxitos os seus propósitos. Así o defenden pezas tan soberbias como ‘Contraposición’ ou ‘Vacíos en esquinas superpuestas’, ambas feitas en bronce e que posúen unha asombrosa fluidez na súa composición que choca co que un se pode esperar deste tipo de materiais. Pero é que os materiais tamén son diversos no traballo deste creador para o que, ademais do bronce, o ferro ou o aluminio son elementos do seu interese. Dende eles será dende os que plantexe esa dinámica tan ligada a do chamán vasco. Nas súas pezas tamén hai moito do ascetismo de Oteliza, da súa percepción poética do espazo desa distensión permanente por atopar dentro da peza aquilo que lle interesa, aquela percepción espacial que xera o facer do oco un elemento de razón, unha aposta por aquilo que nun principio só está no maxín do artista e que nun seguinte paso converte en peza.

Elías Cochón configura un universo plástico que está cheo de contundencia, polo que ten de experimentación e acaída visibilización desa aposta, resultando así unha arte de seu, chea de xogos volumétricos que se apropian do que hai ao seu arredor e co que debuxan formas e sentimentos. Unha parella inexpugnable cando falamos do que falamos, isto é, de arte.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra, 9/06/2013
Imagen. Gonzalo García

domingo, 9 de junio de 2013

Botellas




Derivan por los océanos más diversos como botellas arrojadas al agua para ser mecidos por las olas. Un vaivén que los conduce allá donde son demandados por su capacidad para la fascinación. Estas semanas han sido muchos los artistas que, como esas botellas, han puesto su corcho a remojo en dirección a las geografías más diversas, y en cualquiera de esos lugares el acuse de recibo llevará siempre a un mismo origen, a esta Pontevedra que unos venderán como residencia, otros como centro de trabajo y otros como su lugar de estudio y formación. Pero todos como el lugar del que partir, como hiciera Ulises de Ítaca en busca de sus sirenas. 
Dentro de esas botellas se encierran horas de trabajo y kilos de talento que funcionan como una dinamo que no deja de proyectar a nuestros creadores, en muchos casos obligados, ante la cada vez más grave escasez de propuestas culturales en la periferia que volvemos a ser y en la necesidad de visibilizar su trabajo en lugares donde todavía puede haber un espacio para la esperanza y la venta, porque los estómagos llenos únicamente de inspiración son más una sinfónica que un sustento. Ellos son pintores, editores, escritores... gente de la cultura a la que cada vez más se le agota el oxígeno para seguir respirando talento. 
Oxígeno como el que se le acabó a nuestros únicos cines mientras eran desmadejados en unas escenas dolorosísimas, de butacas desmontadas y cabinas de proyección taladas como faros a los que se les ciega su lámpara. No dejo de pensar en Totó y en la demolición de aquel Nuovo Cinema Paradiso que era tantos cines a la vez. Su secuencia final de besos entre lágrimas, las suyas y las mías, y también las de todos, se han convertido esta semana en los planos secuencia de la frustración, pero también en el primer plano de un The End que define mucho de lo que en realidad es este tiempo en el que toca movernos, sin brújula, navegando ante el desamparo de las tormentas e intentando no estrellarnos contra los acantilados que muchos se empeñan en afilar con puntiagudos IVAS denostando permanentemente el entramado cultural, cuando precisamente es la cultura el puerto de abrigo que necesitamos, como le comentó hace unos años el reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Antonio Muñoz Molina a Antonio Lucas en El Mundo, en una de esas entrevistas que solo él es capaz de hacer y muchos anhelamos firmar: «La ficción crea modelos de explicación del mundo mediante el relato de los símbolos. Sirve, como sirve el mito, para explicar algo y también para refugiarse». 
Símbolos y mitos que Alberto Gulías compone como único creador gallego que participa en el Encuentro Artístico de Calvi, en Cerdeña, que este año tiene a España como país invitado. Un pontevedrés que desde su imaginación une dos mares, el Atlántico y el Mediterráneo, ambos llenos de circunstancias míticas que hoy en día se ven aplastadas por esta feria de las vanidades en que se ha convertido nuestro mundo. En aquella isla, quizás la mejor preservada del Mare Nostrum por el bendito olvido del turismo, poseedora de la segunda pinacoteca de Francia y patria napoleónica, ahora es un pulpo el que con sus tentáculos abraza ambos océanos para brillar bajo el dorado sol mediterráneo preñado de su hálito orientalizante. Lujo, calma y voluptuosidad en el poema baudeleriano, traducido a imagen como antes hiciera el gran e inalcanzable Matisse
El resto de botellas luchan también por no romperse, por no ser fragmentos pisoteados por un sistema en el que cada vez más parecen tener menos encaje, aunque si hay que pisar cristales que sean de Bohemia, como idearon Benjamín Prado y Joaquín Sabina, en mano a mano antológico desde una Praga que sembraron de botellas arrojadas a un mar de canciones. Son esos vidrios los que transportan en su interior, al igual que con el gallego conquistador de los sardos, el impactante hiperrealismo de Teresa Brutcher a una galería de Frankfurt; la naturaleza ascética de Tamara Feijoo a la Galería Estampa; la siempre sorprendente propuesta de Kike Ortega, repitiendo un año más en el Teatro Amaya, y los tan ágiles como encantadores dibujos de Manolo Dimas en la galería Vuelapluma, todos ellos en Madrid. Capital, con Feria del Libro incluida, en la que también desembarcaron nuestros escritores de moda, Manuel Jabois con su hijo debajo del brazo y Manel Loureiro al timón de un barco que quiere incrustar en los primeros puestos de ventas, y a fe que lo hará. Hasta Nueva York llega Kalandraka para presentar esos libros que son una aventura en sí mismos, un orgullo que, como todas esas otras botellas que hemos visto salpicando los océanos del mundo, tienen su denominación de origen en este rinconcito en el que parece que no sucede nada pero vaya que si sucede.


Publicado en Diario de Pontevedra 8/06/2013
Imagen: 'La estrategia del pulpo' de Alberto Gulías

jueves, 6 de junio de 2013

La emoción de las cosas


APROXIMARSE A Antonio Muñoz Molina únicamente se entiende a través de la frase de Antonio Machado «Sólo recuerdo la emoción de las cosas», que el propio autor emplea como cita en la apertura de su novela autobiográfica ‘El viento de la luna’. Hablo de emoción por cómo este escritor vive su oficio; por cómo lo desarrolla en su faceta pública y docente; por cómo se posiciona en nuestra sociedad a través de su compromiso con el ser humano; por cómo lo transmite a sus seguidores a través, ya no solo de sus novelas, sino desde sus artículos y comentarios, tanto en prensa como en las redes sociales de las que, como muestra de su inteligencia, no reniega y alimenta constantemente como hilo directo con sus lectores.
Sus últimas publicaciones confirman lo referido en esas líneas anteriores y nos muestran la diversidad de acción de un autor que ya no solo lo es de novela, como lo fue en los años en que se dio a conocer con trabajos tan importantes como ‘El invierno en Lisboa’, ‘El jinete polaco’, ‘Plenilunio’ o ‘Sefarad’, solo por citar un póker de obras ya asentadas en lo mejor del género en nuestro país. Así es como su último ensayo ‘Todo lo que era sólido’, publicado este mismo año, ha sonrojado a nuestra sociedad por como escruta aquello en que se ha convertido este país, situándolo ante el cruel espejo del tiempo, aquel en el que hace solo unos pocos años nos reflejábamos hermosos e invencibles y ahora nos vemos como nos vemos.
En otro ensayo, publicado unos meses antes, ‘El atrevimiento de mirar’, encontramos una colección de conferencias o textos escritos desde su otra gran pasión, el arte (posee la Licenciatura en Historia del Arte), para seducirnos con su osada manera de mirar la obra de arte, fruto no solo de un instante de inspiración, sino de un sinfín de circunstancias que gravitaron en torno a su autor, como ahora lo hacen ante nosotros, encerradas en su marco. Esas miradas son también las que cada semana nos abren nuevas perspectivas de libros escritos por otros, de exposiciones, ciudades o personajes, en definitiva, de todo aquello que toca al escritor y que como buen ‘flaneur’ necesita ver y contar. Y así lo hace, permítanme la opinión personal, como nadie, en su artículo semanal en el suplemento Babelia de El País (recuperen el del pasado sábado sobre Caravaggio y el periplo que lleva realizando desde hace años por diferentes urbes para conocer todos sus cuadros, se lo digo porque desde que lo leí forma parte de mi mural de imprescindibles, una inspiradora compañía en cada jornada laboral).  Y es que las palabras de un escritor son muchas veces terapia contra el devenir diario, un bálsamo que aplicar cuando las tinieblas acechan.
En el año 2011 nos ofreció ‘Nada del otro mundo’, una colección de relatos más o menos breves en un género que apasiona al autor. Fiel devoto de Alice Munro y de tantos otros creadores de relatos de los que imparte su magisterio en cursos de creación literaria en español en la Universidad de Nueva York, ciudad en la que pasa la mitad del año desde que fuera allí director del Instituto Cervantes. Ese estar con un pie a cada orilla del Atlántico le confiere una límpida posición para analizar a este país y al ser humano, al fin y al cabo, el motivo último de todo cuanto escribe.
Cuando publicó esa selección de relatos sus lectores todavía nos estábamos recuperando de la impresión de la que hasta el momento ha sido su última novela ‘La noche de los tiempos’ (2009), una obra monumental, más que por su extensión por la hondura narrativa y de tratamiento de los protagonistas, al plantear el tema de la Guerra Civil y sus consecuencias de manera audaz y alejada de los maniqueísmos que tanto abundan en nuestras letras cuando se acercan a la herida guerracivilista.

Son estas últimas cuatro presencias literarias las que evidencian la proximidad de Antonio Muñoz Molina a lo que le rodea, aquello que un jurado traduce fríamente como: «una obra que asume admirablemente la condición del intelectual comprometido con su tiempo».  Formalismos aparte, Antonio Muñoz Molina es emoción, desde sus escritos hasta el momento en que coloca en nuestras manos textos como ‘Los adioses’ de Onetti u ‘Otra vuelta de tuerca’ de Henry James, simplemente, para que recordemos la emoción de las cosas.


Publicado en Diario de Pontevedra 6/06/2013

miércoles, 5 de junio de 2013

Un poeta en Nueva York

Palabras y modernidad se anclaron durante la estancia de Federico García Lorca en Nueva York. Una redición, la más completa de su obra ‘Poeta en Nueva York’, a cargo de Galaxia Gutenberg y una exposición recuerdan aquella relación.


«He estado a verte y creo que volveré mañana». Pero no hubo mañana en las horas siguientes a esa frase que había escrito Federico García Lorca el 13 de julio de 1936, cuando el poeta había ido al encuentro de José Bergamín a su despacho. Pocos días después el poeta partió a una Granada en la que buscaba seguridad ante el inminente estallido de la Guerra Civil. Un movimiento que posteriormente fue su condena.
Pero en aquel despacho, junto a aquella nota, había dejado el original, mitad manuscrito, mitad mecanografiado y ordenado de su obra ‘Poeta en Nueva York’, quizás el poemario más importante de la España del momento, de aquel mundo de vanguardia que con la estancia del poeta en Nueva York había abierto las ventanas a una dimensión poética desconocida y de infinitas prospecciones en el futuro.
Aquel manuscrito comenzó su propia vida, un itinerario desconcertante en muchos casos a través de países y propietarios que ha dejado un rastro de publicaciones que nunca habían antes respondido a la intención original del poeta. En el año 2003 la Fundación García Lorca se hace con  ese original por el que paga 194.000 euros. Pero faltaba lo auténticamente verdadero una vez que se escribe una obra y es su publicación. Estas semanas nos han dejado la vertebración del poemario en diez apartados a cargo de una ya imprescindible edición por parte de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Esta versión definitiva aparece prologada, comentada y explicada por el hispanista británico Andrew A. Anderson y esas páginas son como un libro casi independiente, ya que a lo largo de ellas conocemos todos los pasos de esos poemas mecidos por el destino y los vaivenes de las personas. Un relato que te hace desembocar en lo realmente importante, en esos versos que por muchas veces que uno los haya leído vuelven a someterte a su genialidad. Esa genialidad es la que une al poeta con la ciudad de Nueva York, pero con la ciudad como excusa, ya que lo que logran es unir a Federico García Lorca con la modernidad de una poesía a la altura de ‘Residencia en la tierra’ de Pablo Neruda o ‘La tierra baldía’ de T. S. Elliot.

Federico García Lorca reside en Nueva York durante nueve meses. En el verano de 1929 sale por primera vez de España y, tras un breve paso por París, marcha a Nueva York en donde se aloja en la Universidad de Columbia. Estancia en la cual el poeta compuso de manera ágil un conjunto de poemas que en principio no nacían para formar un libro pero que, con el paso del tiempo, sí que vio clara la composición coral de los poemas bajo un título del que también tuvo dudas y hasta Pablo Neruda le propuso llamar ‘Introducción a la muerte’. Algunos de esos poemas se fueron publicando esporádicamente en revistas o recitados en conferencias.
A su vuelta a España Lorca no tenía excesiva prisa en la publicación del libro completo y solo hasta 1935 no mostró un mayor interés por su publicación. Sabía Lorca que con este libro su figura, ya muy conocida en España, daría un paso adelante que serviría para superar la imagen que de él se tenía excesivamente ligada a su obra ‘Romancero gitano’. De hecho, en ese intervalo de tiempo Federico García Lorca visita Pontevedra, fue el 19 de noviembre de 1932, cuando por segunda vez en un año recorre nuestra ciudad invitado por el Comité de Cooperación Intelectual de Pontevedra, presidido por Luciano Besada. Una conferencia sobre la obra de la pintora María Blanchard fue lo que motivó dicha presencia, lo que unido a sus comentarios sobre su estancia en Nueva York («para él lo mejor de aquel país era, habían sido, Abraham Lincoln y Walt Whitman. En general aquel poderoso país le parecía ‘el Senegal con maquinaria’»), el poema que compuso en el Café Moderno y la autorización para publicar en la Revista Cristal el poema ‘Asesinato’ incluido en ‘Poeta en Nueva York’, hablan de esa nueva mirada más internacional que el poeta quería ofrecer sobre sí mismo.
Desde los primeros meses de 1936 Bergamín y Lorca hablan en varias ocasiones sobre la edición de ‘Poeta en Nueva York’ en la sede la revista ‘Cruz y raya’ en ese despacho al que un día entraría para ya no volver jamás. Del brazo de Bergamín el manuscrito comienza su viaje por el mundo, primero París y posteriormente México. Antes, en Nueva York, pacta con  el editor Norton una publicación del texto en esa ciudad, casi al tiempo que el propio Bergamín realiza la versión mexicana. Ambas ediciones realizaron modificaciones en relación con el original, por ello, hasta la aparición en 1999 en manos de la actriz mexicana Manola Saavedra del documento original que le había llegado de la viuda de un editor, no se ha podido rearmar todo el texto como Lorca lo ideó.

Estos meses, junto a la publicación de la Editorial Galaxia Gutenberg, asistimos al homenaje de la propia ciudad de Nueva York al texto lorquiano con una exposición en la famosa Biblioteca Pública de la Quinta Avenida con el título ‘Volveré mañana’ donde podrá ser contemplado hasta el 20 de julio. A su alrededor toda una serie de actos calibran la importancia del poemario para muchos autores norteamericanos, y que tendrá su cénit pasado mañana día cinco, fecha del cumpleaños del poeta, que se celebrará con un concierto de Patti Smith. En la exposición, además de los manuscritos se pueden contemplar objetos personales, documentos como su pasaporte o el carnet de la biblioteca; su guitarra, o dibujos que él también pensó en un primer momento que sirviesen de complemento al poemario, aunque luego fuese desechada esa idea. Todo esto es el rastro del nuevo Lorca, el que respiró un mundo nuevo y moderno tras el cual ya no fue el mismo, y la poesía tampoco.

Relaciones esporádicas/7. Publicado en Diario de Pontevedra 10/06/2013

martes, 4 de junio de 2013

Tallando una joya



Pequeñas historias, relatos surgidos de apuntes entre rodajes, notas tomadas en viajes, instantes de inspiración literaria entre paréntesis cinematográficos. Sabíamos de las bondades cinematográficas de Fernando León de Aranoa (‘Familia’, ‘Barrio’, ‘Los lunes al sol’, ‘Princesas’ y ‘Amador’), pero ahora descubrimos gracias a este libro sus habilidades narrativas.
‘Aquí yacen dragones’ es como una joya facetada con sus pequeñas caras refulgiendo hacia el exterior. Brillos en forma de relatos, algunos de apenas unas palabras, pero en los que se condensa un inmenso ingenio y una sorpresiva habilidad narrativa. Juegos con las palabras y los significados, divertimentos que nos atrapan por la facilidad de su autor para engarzar palabras e imágenes como si estuviese en la sala de montaje de una de sus películas.
A partir de los diferentes títulos de los relatos Fernando León de Aranoa va dejando un rosario de sensaciones colgadas en el aire. Con independencia de su tamaño, la lectura de cada uno de ellos obliga a su término a un repaso mental de lo leído, a desandar tus propios pasos para recrear de nuevo lo  que se nos cuenta, indagando en la conexión de las palabras, en las lúdicas interpretaciones de aquello que a diario vemos en nuestras vidas. Un recomendable respiro que sirve de separación entre uno y otro, así como una toma de conciencia de la carga de profundidad que se encierra en muchos de ellos, pese a su aparente inicial aspecto de inocencia.
Situaciones, actitudes, sentimientos, anécdotas, objetos, amores, risas, recuerdos... todo ello da sentido a nuestra existencia y de todo ello se nutre el cineasta como personaje pegado a la realidad, algo que también caracteriza su cine, y perfecto conocedor de que en las cosas más pequeñas, en aquello que nos puede parecer más nimio, se pueden encontrar las historias más hermosas y complejas. Una realidad que se ficciona en un juego de espejos para colocarnos a nosotros mismos ante las caras de esa realidad.
Caras muchas veces repletas de miedo, el miedo, el gran arma de represión de la historia y también de la vida. Ante el miedo Fernando León de Aranoa propone la ficción, la imaginación y la palabra como distracciones para esos dragones que al final de los mapas marcaban los territorio ignotos, aquellos lugares a los que se vedaba el acceso al ser humano a través del monstruo, es decir, a través del terror, y al que se fía la consistencia de este proyecto que llega a buen puerto, tanto que uno a su término ya piensa en las notas que estará tomando el ya escritor para obsequiarnos con más relatos, hacia qué puntos estará mirando para que su imaginación vuelva a volar y acabe posándose ante nosotros. Y es que acabamos con ganas de seguir leyendo y eso, hoy en día, es una bendición.

Y para que eso se dé tenemos el agua bendita del lenguaje, que es lo que más sorprende al enfrentarse a lo que se presenta como la “primera gran incursión en la ficción literaria” del cineasta. Estamos ante un lenguaje vivaz y lleno de retruécanos, extremadamente cuidado y que muestra un amplio conocimiento del léxico y de los giros, variaciones y diferentes significados que este puede mostrar en según qué tratamiento. ‘Aquí yacen dragones’ es una muy recomendable lectura para dejarse llevar por relatos amables en su lectura, pero no se confíen, ya que bajo esa piel de cordero hay todo un retrato de nuestro entorno, de ese paisaje donde nos movemos,  en el que como bien sabemos, no todo es agradable y apacible. En ese punto germinal, en ese límite entre lo oscuro y lo claro, es donde emerge el brillo de Fernando León de Aranoa que, como un orfebre, talla en forma de joya.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/06/2013

domingo, 2 de junio de 2013

Líneas

 
 
Líneas reales o líneas imaginarias y hasta líneas soñadas. Las líneas de una vida, paralelos y meridianos que se cruzan como se cruzan nuestras existencias en este ámbito común que supone vivir en la desembocadura del Lérez.
Líneas como las de esos mapas que en Pontevedra deberían traducirse en el inalcanzable Plan General de Ordenación Urbana, de esas líneas ahora cuelgan las pinzas que sostienen los sudarios de unos políticos que siguen empeñados en alejarse de la ciudadanía, negándole el documento más necesario para la ciudad y su crecimiento. Años de cajas de ida y vuelta, adelantos y paradas, zancadillas y estratagemas, intereses y desintereses que muestran el sometimiento de la política a los partidos en vez de estar sometidos a los ciudadanos. Una madeja que ya lleva demasiados años enredándose sobre sí misma y que sería tan fácil de desenrollar como lograr que se sentaran ante una de las mesas de Francesco en Il Piccolo los señores Lores, Louro, Moreira y el conselleiro Agustín Hernández para degustar un Filetto Puccini con un buen Lambrusco. Les aseguro que estos años de desesperación se convertirían en firmas. Si Francesco es capaz de colarse entre los cinco restaurantes del mundo que optan al galardón Ospitalitá Italiana desde Pontevedra, que no puede lograr con nuestros políticos, y hasta escucharíamos el coro de Aída, aunque me da a mí que esta política de sentarse a hablar diferentes grupos políticos en torno a una misma mesa y pensar en el bien común en vez de en el bien partidista no casa mucho con lo que estamos presenciando durante estos meses de zozobra general. ¿Y luego se preguntarán el por qué de tantas cosas?
Líneas rojas como las que de manera concéntrica decoran la factoría de Ence, líneas que se quiere ahora saltar con la modificación de la fecha de su cierre y deseado traslado con una nueva ley que echa por tierra ilusiones, esperanzas y marchas como la que hoy volverá a convocar a los que han dedicado su vida a luchar contra ese error del pasado que seguimos pagando en el presente a partir del precio sobre una naturaleza que agoniza en voz baja por cortesía. Estoy pensando Francesco, que si alargas un poco más la comida, con esos comensales, matas dos pájaros de un tiro.
Esa naturaleza es la que ampara y sustenta la más importante aventura artística desarrollada en nuestra ciudad, si me apuran desde las becas que concediera la Diputación de Pontevedra en los años veinte del pasado siglo, y que no es otra que la Illa das Esculturas. Aquellas becas fueron el pasaporte para los nuevos artistas del arte gallego que deseaban beber de unas vanguardias que eran dinamita para un arte adocenado, convirtiendo a los Torres, Laxeiro o Colmeiro (¡qué placer poder poner en primer lugar al que siempre viaja en el furgón de cola!) en nuestras línea artística de vanguardia y que tan bien nos están explicando Antón Sobral y Antón Castro durante unas jornadas que el Museo de Pontevedra organiza para ‘Aprender a mirar el arte’. Y es que mirar el arte suele ser algo con lo que la gente se rompe demasiado la cabeza, buscando una comprensión que imponen por encima del aspecto sensitivo, que debería ser el fundamental. Son muchas las personas que echan pestes de las obras de la Illa das Esculturas y que nadie osa comparar con, por ejemplo, las Meninas de Velázquez. ¡Pero si allí se entiende todo! ¡Y está tan bien pintado! Bien pintado está, no lo negaré, Dios me libre, pero ahora, entender, entender... lo mismo que esa ‘Pontevedra line’ de Richard Long. Como si la infantería museística comprendiese, ante el cuadro de Velázquez, cómo era la monarquía de Felipe IV, el papel del pintor en la Corte o la mitología que esconde, y es que muchas veces lo que nos agrada a la vista no siempre es lo más comprensible.
Lo importante en cualquier arte es su explicación, acercar su presencia a la ciudadanía para interactuar con ella e incentivar el respeto a partir del conocimiento. Desde 1999 en que la Illa das Esculturas brotó en el altar mágico en que se ha convertido esa isla que se erige sobre el Lérez, como una ofrenda de piedra e inspiración, nunca se ha hecho nada por explicar ese territorio en el que arte y naturaleza ofrecen una lección magistral de cohabitación a la altura de otros espacios de este tipo en Europa y EE.UU. Un tesoro que dejamos varado y olvidado pero que parece querer resucitar. Mañana mismo la artista Itziar Ezquieta nos propone un recorrido para entenderla, pero sobre todo, para sentirla a través de las líneas creativas de doce gigantes de la escultura. Nombres que anidan en los libros y que llenan de público los museos del mundo entero.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 1/06/2013