viernes, 31 de mayo de 2013

Y ahora Mickey Mouse


PUES ERA el que faltaba en el caso Sepúlveda-Mato. Tras los globos y el confeti, ahora, Mickey Mouse. La Agencia Tributaria mantiene que la trama Gürtel pagó parte de un viaje del por entonces matrimonio a Eurodisney. Un peldaño más en la delirante escalada de pagos bajo manga en el PP que ahora roza una de esas líneas rojas que el vil metal nunca debería atravesar. Hablo del universo de sueños e ilusiones que definen a Disney y a sus habitantes, a Mickey y Daisy, a Goofy y Pluto, a Buzz Lightyear y Buddy o a Blancanieves y su legión de princesas entre otros. Todos ellos están amenazados ahora por Correa, el Bigotes y toda esa tropa chusquera gracias a la cual no descartamos que alguno de ellos tenga que venirse de París para hacer su desfile en los juzgados de Madrid. Sería la guinda a todo este submundo de la política del que nadie parece querer ser responsable. ¡Aún se la va a cargar el ratón!

Entre Dous. Diario de Pontevedra. 31/05/2013

jueves, 30 de mayo de 2013

Teresa Brutcher. Exortizando demonios


Teresa Brutcher se libera en su estudio, en el cercano ayuntamiento de Poio, y contempla desde él maravillosos paisajes, evocadoras vistas de las que es capaz de abstraerse para componer sus cuadros, sabedora de que su paisaje es otro, el de la figura humana, un ‘tour de force’ creativo que ofrece como resultado una pintura de corte realista pero en la que confluyen muchos más elementos que la engrandecen y le otorgan esa densidad conceptual que le confiere el verdadero valor como obra de arte, como expresión pictórica y todo ello a través de un paisaje humano tan interesante como evocador y sugerente de lo que significa nuestra condición de seres vivos, con nuestras actitudes, traumas, banalidades, inseguridades, miedos y con el paso del tiempo como ejecutor máximo de todo aquello que nos sucede y sucederá. Las diferentes series que componen su trabajo van a servir a Teresa Brutcher para, desde el hiperrealismo que practica, aproximarnos al ser humano, valiéndose de él como arma con la que exortizar sus propios demonios. No es cuestión de psicoanalizar a la autora a través de su obra pero como todo creador a partir de su creación se puede rastrear diferentes perspectivas de aquello que se evidencia como motivo de preocupación o interés por parte, en este caso, de Teresa Brutcher. Contemplar sus series de personas que abordan temas como el de la juventud y la vejez, no es más que enfrentarse al paso del tiempo, a cómo lo bello no deja de ser algo fugaz que no dejará de marchitarse; el tradicional tema pictórico de la vanitas que Teresa Brutcher sabe resituar en nuestro tiempo a través de diferentes guiños pop con la inclusión de elementos icónicos de la actualidad que llenan de sugerencias, pero también de críticas, a este tipo de trabajos, cuya intención conceptual también se evoca en una simbólica serie que tiene a las flores como protagonistas.

Pero si el paso del tiempo es fundamental en toda su obra también lo serán elementos como la soledad o la incomunicación, muy presentes en varias escenas donde los personajes, pese a su proximidad parecen no tener relación alguna entre ellos, o con la denuncia de situaciones que por desgracia en nuestro mundo parecen ya haber sido asumidas como cotidianas, y me refiero a la violencia, el maltrato, la pobreza o la represión y que la artista expone con total crudeza, exhibiendo frente al espectador diferentes situaciones en las que el ser humano aparece condenado por su propia conducta en la vida. Consecuencias que obligan a nuestro rearme moral y a que nuestro pensamiento se involucre de manera decidida con el tema representado. Nuestras vidas están siempre llenas de equilibrios, de funambulismos en los que debemos movernos y finalmente superar dentro del inevitable proceso de aprendizaje. Algo que no es más que una parte de esa lección que la existencia nos ofrece día a día, aunque en demasiadas ocasiones no seamos conscientes de ella. Teresa Brutcher también nos va a situar ante ese momento a través de una serie en la que varios jóvenes aparecen caminando sobre cuerdas, hermosa metáfora de dicha situación, y en la que vemos como convive, por un lado, esa representación de la realidad hasta la extenuación, la captura de lo real hasta el último fragmento con ese halo de misterio que sitúa a esas figuras sobre esas cuerdas. Una mezcla de ficción y realidad que aborda esa barrera de lo artístico lleno de sugerencias e incertidumbres, siendo aquello que distorsiona la mirada del espectador, que previamente había visto algo bello y perfectamente reconocible con lo que sentirse plenamente a gusto, lo que suscita nuestra atracción. Esto no le basta a Teresa Brutcher que va a necesitar algo más, y ese más es algo tan relativamente simple como ahondar en el misterio de la pintura. En ese abismo al cual ella misma puede abocarse de no lograr captar la obra su interés, ese que le lleva jornada a jornada a escrutar el paisaje humano en el interior de un taller desde el que no siempre lo que se ve es hermoso.

Más información en la página web:

Texto extraído del catálogo 'Diálogos na pintura. Na beira do río. Teresa Brutcher-Ana Seoane'
Fotografía Alba Sotelo

martes, 28 de mayo de 2013

El vértigo de la memoria


Todavía asentado en la memoria aquel estremecedor relato que conformaba ‘La lluvia amarilla’, a él se le une ahora ‘Las lágrimas de San Lorenzo’. El último libro de Julio Llamazares arma de nuevo un refugio para el ser humano, en esta ocasión bajo la bóveda celeste, manto atemporal en el que si miramos hacia él podremos reconocer las presencias y las ausencias que han jalonado nuestras vidas. Otra...
El autor, a través de ese milagro que es la literatura, las ha convertido en estrellas fugaces, en lágrimas de veranos en los que uno suele ser feliz, sobre todo aquellos que permanecen en el recuerdo, pero en los que pervive siempre el peligro de que esa felicidad se torne melancolía y hasta dolor. Dolor por la ausencia y melancolía por un tiempo que fue y que ya nunca volverá a ser. Las imágenes de un pasado que se nos cae como esas lágrimas de San Lorenzo es la feliz metáfora que da sentido a un libro estremecedor y lleno de momentos vibrantes, de esos que al lector le obligan a tomar aire antes de continuar el camino de la vida de ese profesor de universidad trashumante, tanto en geografías, como en mujeres y amigos, pero al que siempre le quedará un refugio seguro en esa Ibiza en la que el clan familiar y la naturaleza son el útero al que regresar ante las dudas y los miedos, en definitiva, ante el devenir de un tiempo que se nos escapa de las manos. Otra...
Con todos esos ingredientes nos encontramos a un autor en estado de gracia que nos toca con su varita mágica y nos abduce desde las primeras líneas de la novela. Y es que cuando el autor leonés maneja la memoria y el olvido se convierte en uno de nuestros mejores escritores. Cada una de sus líneas se convierte en uno de esos asideros que solo la literatura es quien de ofrecernos, una de esas puertas a la vida y, por qué no decirlo, también a la esperanza en tiempos de desesperanzas. Otra...
Padre e hijo sentados ante un Mediterráneo cargado de legendarias gestas, bajo un cielo iluminado con destellos de otras vidas y con los olores de una naturaleza que son los olores que dan sentido a toda una vida, y los que nos acompañarán hasta el final. A partir de ahí una frase, de las muchas que se podrían extraer del libro, resume todo lo que en él se contiene, hasta el punto de convertirse en una especie de mantra que subyace por toda la narración. “Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo”, es lo que le dijo su padre al protagonista de la novela, y que luego él enarbolaría como una bandera ante la presencia y los tiempos compartidos, no tantos como hubiese querido con su hijo. Tiempo y más tiempo es la gran condena de nuestra vida, la que marca indefectiblemente nuestras conductas. Un tiempo con cuyo paso aprendemos cuestiones que antes despreciábamos, sentimos percepciones antes incomprensibles y afianzamos lazos en los que nunca habíamos reparado. Es parte del aprendizaje con los demás y con nosotros mismos, la escuela de una vida que marca sus propios tiempos y a los que solemos llegar tarde. Otra...

Julio Llamazares suele pellizcarnos con sus historias, capacitado para conseguir que el lector se pregunte sobre, no solo por lo que sucede en las páginas, sino lo que sucede en cada una de nuestras vidas. A través de este profesor uno no puede dejar de pensar en su propio discurrir por este mundo,  en las relaciones con quienes hemos tenido contacto y con quienes ahora tenemos relación. Manejándolo nos preguntamos también por el futuro, por cómo se comportarán esas estrellas que cada uno tiene en sus vidas y que van cayendo siempre que reparemos en ellas, buscándonos a nosotros mismos. Una tras otra, y otra, y otra, y otra...

Publicado en Revista Diario de Pontevedra 26/05/2013
y El Progreso 

lunes, 27 de mayo de 2013

Atmósferas pictóricas

Del 16 al 30 de mayo el Patronato de Turismo Rías Baixas, instalado en el pontevedrés Palacete de las Mendoza, acoge la exposición de pintura ‘Da figura á paisaxe’ a cargo del pintor Pedro Bueno. Una selección de obras que transcurre por diferentes territorios, tanto temáticos como técnicos, para componer una muestra más que interesante por cómo este creador es capaz de crear una serie de atmósferas que embaucan al espectador hasta el punto de situarlo durante un cierto tiempo ante estas piezas para palpar el ambiente que se asienta en ellas. 



Siempre me pareció la empresa más compleja a la hora de lograr que un cuadro sea interesante, y esa empresa no es otra que el que su autor sea capaz de conseguir dotar a su obra de una atmósfera determinada, es decir, lograr esa pátina de realidad que la visión de nuestro entorno puede concedernos a través de una representación artística.
Recorrer la exposición de Pedro Bueno en el Palacete de las Mendoza supone encontrarse con varios de estos ejemplos en los que se consigue transmitir al espectador esa magia que sólo la pintura, la pintura bien hecha, es capaz de armar. Sucede esto en varias de sus pinturas, una serie de cuadros que obligan a ralentizar el paseo entre las paredes de la exposición, a detenerse ante ellos hundiéndonos en sus pretensiones representativas y en la consecución atmosférica. Esos tejados, ese apeadero de Baños de Molgas, o un conjunto de paisajes urbanos y rurales, junto con un encuadre de su taller se imponen sobre el resto de la muestra, latiendo en ellos de manera agitada ese misterio de la pintura.
Su particular tratamiento de las pinceladas, indefinidas unas, concretas otras, alargadas y sin fin las más, así como la forma de rematar cada una de las obras, dotan de esa singularidad a su trabajo. ‘Da figura á paisaxe’, como se titula la muestra, es un recorrido por los géneros de la pintura, la sublimación de una historia configurada en piezas que hacen de la figura y el paisaje las balizas que definen la trayectoria de Pedro Bueno. Como buen pintor sabe de la jerarquía de los géneros, de la importancia de una y otra vez hacer de cuerpo y naturaleza objeto de estudio, de repetición para, conseguir esa captación que da sentido no solo a un cuadro, sino a toda una trayectoria.
Piezas en color que se alternan con otras en blanco y negro, rápidas impresiones de una realidad que con el tiempo podrán convertirse en esas otras obras más rematadas y menos presurosas. Éstas están dotadas de la frescura de la agilidad, de la rapidez de la mirada que de manera fugaz se vuelve hacia nosotros. Pero nosotros lo que queremos es recorrer con la mirada esos magnéticos tejados, intuir el quehacer de Pedro Bueno en esa doble mirada a su estudio o saber cuando el paso de un tren romperá el silencio y la soledad que se palpa en ese apeadero que nos recibe al entrar en la sala y en el que las historias suben y bajan, entran y salen de un tren que quizás en pocos segundos trastoque por completo la imagen que fue la que interesó al creador. La de ese espacio congelado por el tiempo imantado por un silencio que llega hasta nosotros para atraparnos hasta el punto de que busquemos con la mirada el final de esas vías intentando vislumbrar algo. Una presencia ausente en un cuadro inabarcable.

Estamos, por lo tanto, ante una exposición que nos permite reconciliarnos con la pintura a través de un creador que la honra, alguien que sabe entender sus posibilidades. No hay más que ver cómo esas copas de los árboles que tienen a su izquierda se empiezan a fundir con unos cielos brumosos. Eso es la pintura, la fascinante capacidad para incrustar la realidad en un cuadro. En una mirada.

Publicado Revista. Diario de Pontevedra 26/05/2013
Fotografía Ángel Barreiro

domingo, 26 de mayo de 2013

Delirios



¡Tanta paz lleva como descanso deja! es el aforismo butanista que no se ha dejado de escuchar en boca de aquellos que aluden a la despedida de Mourinho. ¡Qué meses de gloria nos hubiera dado José María García diseccionando, al filo de la medianoche, las andanzas del técnico luso! Me estremezco solo con imaginarlo. 
En eso estaba servidor, pensando en su adiós y cavilando en un artículo a la altura del personaje, es decir, acondicionando el drakkar en el que colocar el catafalco del villano, héroe para muchos, envuelto en llamas acompañado por sus acólitos y todos unidos, con la mirada altiva y orgullosa, convirtiéndose en cenizas rumbo a los mares del olvido en las tierras del norte, directos a su Walhalla. La luz que entraba por la ventana comenzaba a atemperarse, como en un cuadro de Vermeer. El sol discutía su dominio con la incipiente oscuridad, llegaban las tinieblas, y lucifer asomó, produciéndose un clamoroso silencio, una estupefacción en un país que comenzaba a pellizcarse para ver si estaba despierto o si lo que tenía ante sus ojos era una pesadilla o un instante de enajenación transitoria. 
Pero allí estaba él, bajo la sombra de lo que fue bigote, y respondiendo ante un durísimo sanedrín: Gloria LomanaVictoria Prego y Francisco Marhuenda, que era como ver a tres ‘Hermidas’ ante su Majestad. La verdad es que poco importaba quien estuviera enfrente, José María Aznar (que aún no le había puesto nombre al jarrón), traía la faena bien aprendida y sabía perfectamente qué decir y cómo decirlo. Y lo dijo, vaya que si lo dijo. Y cómo lo dijo, al estilo de aquello del ¡váyase señor González! o lo de «ladrar el rencor por las esquinas». Es decir, palabras afiladas y cortantes, machetazos que dejaron la pantalla llena de vísceras. Frases lapidarias en las que se guarda una inquina inusual en el ser humano y lamentablemente un perjuicio para la comunidad. 
Entonces vuelvo a pensar en ese drakkar que se va consumiendo lentamente con sus porqués y sus dedos en el ojo, sus cacerías de vestuario y sus salidas a la banda para medirse ante el aficionado, y entonces dudo por un momento en quien estoy pensando, si en Aznar o en Mourinho, y establezco una asociación mental que los acerca peligrosamente a partir del cultivo de la egolatría. Seres que hacen del delirio su bandera, la manera de sujetarse a un mundo en el que cada vez más ambos no tienen sentido. Personajes malhumorados, envilecidos por su destino, deseosos de poner los pies sobre la mesa de sus dominios sin dejar que la hierba crezca bajo sus lustrosas botas y a la espera permanente del reconocimiento. 
El expresidente amenaza con volver, como si se hubiera ido alguna vez, como si desde ese laboratorio llamado FAES no se estuviesen continuamente ensayando pócimas para diseñar una sociedad al estilo neocón entre privatizaciones y recortes a partes iguales. Un elixir de juventud para estos individuos incapaces de entender que cada uno tiene un tiempo en su vida y que una vez enfundado el sable éste solo debe quedar para sesiones de gala y honores, no para ajusticiar a un país. Y a todo esto, el que fuera su portavoz gubernamental se dedica a rayar coches por los madriles pasado de copas, a sus contables les salen los sobresueldos de los asientos y Acebes aparece en los túneles gallegos con el logo de Iberdrola tatuado en el pecho. ‘Amor de madre’ cantaría Revólver. Amor de ‘cash’. 
Los años van componiendo la verdadera imagen de aquel esplendor que nos quiere revender Aznar: la patria inmobiliaria y el abrazo yanqui. La fortaleza económica y la posición en el exterior que tuvieron su guinda con la boda escurialiense en la parrilla deFelipe II que poco a poco ha ido devastando a sus invitados, tras hacerlo con el propio mandato Aznar. En el PP ya no saben si reír o llorar, unos ríen ante la astracanada, pero otros lloran descubriendo el verdadero pelaje de aquel que consideraban su ‘The special one’. Ya lo dijo un popular de tronío, Pío Cabanillas: «Al suelo que vienen los nuestros». Con el PSOE intentando descifrar lo que significan sus siglas, el gran problema paraMariano Rajoy es este ‘Crepúsculo’ protagonizado por un actor demodé en busca de ruido. Ruido de amenazas, ruido de escorpiones, para con ello distraer las miradas y tapar miserias internas. 
El drakkar ya es solo polvo sobre las olas, recuerdos de gestas que no fueron y de bocinazos que se impusieron a la alegría del balón. Despojos de una maquinaria que, ajena a victorias o a derrotas, ha evidenciado el fiasco de una persona sobrepasada por sí misma y sus delirantes actitudes.


Publicado en Diario de Pontevedra 25/05/2013

viernes, 24 de mayo de 2013

In-conexiones con la realidad

Durante el mes de mayo la Galería Sargadelos de Pontevedra nos permite conocer la obra de Carmen Suárez. Allí nos podremos enfrentar a un conjunto de figuras que permanecen aparentemente ajenas al mundo que las rodea, separadas de él por un vacío en el que no parecen sentirse del todo incómodas. Sus presencias nos hablan del mundo interior de su creadora, de la inconexión que muchas veces por las diferentes circunstancias que nos asaltan en la vida, nos vemos en la obligación de padecer. Pero también una mirada hacia nosotros mismos.


Pasados unos minutos entre estas figuras de tamaño casi real uno se vuelve cómplice de ellas. Se pregunta qué hacen en esas superficies neutras sin referencias espaciales, totalmente abandonadas a su suerte, ajenas a la realidad de nuestro mundo. Y quizás ahí esté la clave que se esconde tras la reflexión artística de Carmen Suárez, en ella parece escrutar la posición del ser humano en una sociedad que no siempre es muy agradable para con el hombre, en gran medida por nuestros propios hechos, a partir de los cuales este hábitat se convierte cada vez en más irracional. Por ello uno piensa en si estas personas no están disfrutando más de sí mismas en sus diferentes posiciones introspectivas que en el caso de estar acompañadas de otras personas o referencias sociales.
Bajo el esclarecedor título de ‘In-conexiones’ la autora nos conduce a ese mundo individualizado en que cada vez más se está convirtiendo nuestra sociedad. Un páramo de incomunicaciones al que nos vemos abocados. Estamos pero no estamos, es nuestra presencia física la que nos sostiene mientras nuestra mente se encuentra bien lejos de nuestro cuerpo. Esas figuras, perfectamente nítidas recortadas sobre ese telón blanco, hacen que nos centremos en su presencia, ellas son el paisaje sobre el que trabaja Carmen Suárez, ese que modela para abrirse hacia nosotros como una mirada hacia el interior del ser humano y como no, hacia el interior de nosotros mismos.
Este ejercicio de intimismo sorprende por la economía de medios, por la capacidad de la creadora para aproximarnos a esas realidades individuales que se van desplegando por toda la sala como si de las páginas de un libro desperdigadas por el viento se tratase. Una a una van cayendo para conocer a los protagonistas y unas historias que nosotros mismo podemos evocar a partir de esas miradas ausentes, de las espaldas que se enfrentan entre sí, de los pensamientos que en cada uno de ellos se adivinan, de los desvelos en los que se ven envueltos o de esas poses reflexivas en las que muchas de ellas se ven caracterizadas.

Todo este intimismo no deja de evidenciar la sensibilidad de la autora por definir estas situaciones, por convertir el arte en una especie de terapia contra los designios de la vida, tan cruel en ocasiones. Muchas más de las que nos creemos y ella, por desgracia lo sabe bien. Esta valentía por mirar a nuestro mundo a través de lo artístico es el que confiere la rotundidad, tanto a las formas como al fondo. Es la manifestación explícita de que el ser humano hace de ese acto de rebeldía con el entorno un ejercicio de afirmación personal, un portazo en un mundo de inquietantes blancos repletos de frivolidades que no son necesarias ni tan siquiera representar, tal y como están de presentes en nuestro día a día, en ese divagar en el que no sabemos muy bien cómo actuar. Convirtámonos en ese fragmento que falta en la obra, en el sustituto de esa neutralidad asfixiante y de la que mal que nos pese somos parte.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 19/05/2013
Fotografía Ángel Rodríguez

martes, 21 de mayo de 2013

Eterno Gatsby



Pasa el tiempo pero Gatsby permanece con su poder hipnótico, con su capacidad de fascinación como inmejorable resumen de una época llena de glamour y felicidad, un espejismo previo a la derrota que supuso el crack del 29 y la llegada de la II Guerra Mundial. Refugiarse en el texto escrito en 1925 por Francis Scott Fitzgerald supone dejarse llevar por un tiempo y por una literatura de condiciones excelsas, repleta de momentos que revelan a un hombre perteneciente y plenamente consciente, quizás por primera vez, a un nuevo siglo, del mismo modo que sabedor de su capacidad de diversión, de la necesidad de disfrutar de la vida y también, como no, con el amor como ingrediente esencial de esa existencia.
“Su mundo artificial olía a orquídeas, a grato y alegre esnobismo, a orquestas que imponían el ritmo del año, resumiendo la tristeza y la provocación de la vida en nuevas melodías”, leemos en uno de los infinitos fragmentos que se podrían seleccionar para captar el latido que se puede pulsar en cada una de sus páginas. Y es que ‘El Gran Gatsby’, es todo eso, sensaciones en un mundo de latidos: olores, músicas, tristezas y alegrías que rescatan, en forma de novela, la propia vida de su autor ligada a la de su mujer, Zelda Sayre. Una tormentosa relación con altibajos brutales que acabaron con ambos pero que, traspasados al papel, nos dejaron algunos de los mejores textos de la literatura del pasado siglo. No es raro, que siga siendo fuente de inspiración para los más diversos creadores, de ahí la recién estrenada adaptación cinematográfica a cargo de Barz Luhrmann, con Leonardo DiCaprio y Carrey Mulligan.
Este estreno se convierte en la cuarta versión que ha realizado el cine de la novela de Fitzgerald. La primera de ellas se estrenó un año después de su publicación y de ella solo se conserva el thriller que la anunciaba. En 1949 sería Alan Ladd el actor que se encarnaba en Jay Gatsby bajo la dirección de Elliott Nugent. Pero fue en 1974 cuando Gatsby componía su verdadero rostro y este no podía ser otro mejor que el de Robert Redford. Un guión de Francis Ford Coppola, y bajo la dirección de Jack Clayton, convirtió a esta película en una de las mejores adaptaciones literarias del cine con un escrupuloso respeto a la narración original. Pegado al libro va discurriendo una película que sobre todo sirvió para componer la figura en imagen del protagonista. Desde que se ve la película y cada vez que uno relee el libro no puede dejar ya de separar la figura de Redford de la de Jay Gatsby, aunque parece que desde este año le ha salido un difícil competidor. Y es que con solo ver alguno de los fotogramas que la prensa ya ha inmortalizado de Leonardo DiCaprio como protagonista de la recién estrenada adaptación de Baz Luhrmann ya comprobamos que el cuarto Gatsby es impecable por su fisonomía. Sucede lo mismo en cuanto a su interpretación, así como el de su compañera de reparto, de hecho parece que este aspecto es lo más destacable de la interpretación que el director australiano ha hecho de la novela, acusada ya de imponer su estilo, pasando por encima del espíritu del libro. Y es que Baz Luhrmann  en sus películas ha dejado impronta de su peculiar manera de filmar, siempre tildada de un acusado egocentrismo que, en el caso de enfrentarse a mitos como Shakespeare o Fitzgerald, puede hacer descarrilar cualquier proyecto.
Aquí se habla de efectos pirotécnicos, de toneladas de confeti y de borrar cualquier rastro de aquel jazz que sonaba al pasar sus páginas, así como de convulsos movimientos de cámara. Pero también se tendría que entender que las revisiones deben buscar ángulos nuevos, asumir riesgos e intentar realizar aportaciones a lo que ya conocemos y si Luhrmann ya lo consiguió, a mi entender, en cuanto al musical con ‘Moulin Rouge’, ¿por qué no había de hacerlo con ‘El Gran Gatsby’ sin que ello se convierta en un sacrilegio?
Lo que tampoco es extraño es que diferentes editoriales publiquen de forma periódica dicho texto, cuestión que se multiplica mucho más en estas fechas, en las que la maquinaria de Hollywood se ha puesto a funcionar con su abrumador poder. Así ha sucedido con la editorial Reino de Cordelia que, como suele ser habitual, nos ofrece una cuidada edición de ‘El Gran Gatsby’ con la alabada traducción, según los especialistas, a cargo de Susana Carral.
Leído muchos años después de aquella primera vez, siempre hay una primera vez para que haya una segunda, Gatsby ha engrandecido todavía más aquella figura que a uno le queda fijada en la mente cuando se lee esta novela con muchos años menos que los que anuncia el documento de identidad hoy.
Aquel fresco de un tiempo ahora se comprende mejor y en él se reconocen matices y detalles a cargo de su autor que se habían quedado orillados en la primera lectura. Sigue siendo tan espléndida como fascinante la recreación de los ambientes de las fiestas y la verbalización de la elegancia de aquellos felices años 20 que marcaron a los EE.UU., pero también, ahora se aprecia mejor el lado oscuro de la vida. Hablamos de las dudas, los temores, los paisajes sombríos, que también los hay, las desesperanzas y desolaciones que afloran en la vida de cualquier persona, y aunque no lo creamos también en la de Jay Gatsby, el emblema de una generación, la personalización de lo que significaba el éxito en la vida, la belleza y la sofisticación. En manos del lector todo ello se traduce en la maravilla que supone dejarse llevar por un texto del que se disfruta hasta la última palabra. El placer de la lectura en mundo de placeres, la evocación de un tiempo y unas vidas, de las que, como en ningún otro libro, a uno le gustaría formar parte. Eterno Gatsby.

Publicado en Diario de Pontevedra 20/05/2013

lunes, 20 de mayo de 2013

Museos

 
Con los museos patas arriba, reinventándose a marchas forzadas para subsistir en este páramo de agonías culturales en el que se está convirtiendo este país, hoy se conmemora el Día de los Museos, celebración que, en el caso del compostelano CGAC, se une a la de sus veinte años de existencia.
Empieza a quedar lejos aquel año 1993 en el que Compostela y Galicia superaron dos miedos casi atávicos. Uno, el de mirar frente a frente al arte contemporáneo, y otro, el de reconciliar la historia de nuestras ciudades con la arquitectura del presente. Todavía me parece escuchar las diatribas contra ese ‘engendro’ que un arquitecto portugués iba a plantar a los pies del intocable barroco compostelano ejemplarizado en San Domingos de Bonaval. Ese bloque de granito exterior que desparrama su nívea belleza hacia su interior fue una gesta no solo visual sino mental, una improrrogable necesidad parida por ese manantial que brota en Portugal con el nombre de Álvaro Siza.
Un continente para el arte en una ciudad donde la palabra arte es sinónimo de su identidad. Y ese continente se quedó así, varado entre el parque de Bonaval y el Panteón de Galegos Ilustres, subido a un pedestal esperando el paso del tiempo. Pero el CGAC, además de ser museo, para un conjunto de estudiantes de Historia del Arte fue su punto de ignición ante su futuro. El mayo del 68 que no tuvimos porque la historia no lo quiso así se activó con la decisión de retirar de la dirección del centro a Gloria Moure. Tras la siempre compleja puesta en marcha bajo la dirección del ‘bulideiro’ Antón Pulido, la dirección de Gloria Moure convirtió aquel centro en un modélico referente para amigos del arte y la cultura. Europa y el mundo galvanizaban su arte a los pies del Apóstol a través de unas exposiciones magníficas que hacían saltar de los apuntes a sus protagonistas para convertise en realidad. Aquel cese nos convirtió en una especie de ‘jóvenes turcos’ al asalto de la libertad y en defensa de lo que entendimos que era un vendaval que no podía ser cercenado. No había grises pero salimos a la calle y hasta debimos zarandear a algún alto cargo. Hasta ahí la revolución, nuestra revolución, que ya bastante revolucionarios fuimos por habernos metido a estudiar Historia del Arte a finales del siglo XX. 
La vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido y llegó Miguel Fernández-Cid, pontevedrés de pro, de los que se lamen las heridas de la Tercera División con el recuerdo de los Calleja y cía, y todo aquello siguió en pie y durante siete años el CGAC navegó como un gran buque transoceánico con sus camarotes llenos de historias, andanzas, exposiciones, fiestas, publicaciones, montajes, visitantes y artistas. Un esplendor que lo situó a la altura de los grandes centros expositivos del Estado. Se fue Fraga y eso es como un cambio de era. Las placas tectónicas cedieron y el bipartito, con cierta desconfianza hacia las posibilidades de lo que se podía hacer en aquel cajón moderno, puso el CGAC en manos del alternativo Manuel Olveira.
La crisis comenzaba a asomar sus babas sediciosas mordisqueando allí donde los políticos entienden que es menos dañina para la sociedad. ¡Tate. El arte!, dijo uno, o dos, ¡pobrecillos!, y los presupuestos empezaron a bajar y las fiestas fueron menos fiestas, y las publicaciones menos publicaciones y las exposiciones menos exposiciones. Así las cosas, las travesías dejaron los océanos de lado y subieron por ríos como aquellos de los que escribiera Conrad, convirtiendo el resto del viaje en un descenso a los infiernos. El Marlow de ‘El corazón de las tinieblas’ es su director actual, Miguel Von Hafe, quien meritoriamente pilota ese trasantlántico que va dejando su alma por los rincones de la memoria. Allí donde descubrimos a Giuseppe Penone, donde entendimos la huella del fuego como panegírico mediterráneo de la mano de Kounellis, donde Ánxel Huete nos envolvió en negro y Manuel Moldes abrió las puertas al alma de las señoritas de Avignon gallegas: ‘Las mozas de Pontevedra’. Buceamos en la insondable genialidad de Leopoldo Nóvoa, pero también en la de Boltanski, Anish Kapoor, George Rousee, Vik Muniz, Cristina García Rodero y tantos otros. Imágenes que aparecen mezcladas con palabras de brillantes conferenciantes como Francisco Jarauta, quizás la persona que conozco que de manera más intensa deja a la audiencia colgada de sus palabras, como ocurrió en aquella ocasión en que nos relató cuando fue invitado a cenar a casa de un amigo en París y, tras entrar en su vivienda, se dio de bruces con un estremecedor cuadro de Poussin. Y es que esas cosas solo pasan en los cuentos o en los museos. Mundos hechos para ser felices.
 
Publicado en Diario de Pontevedra. 18/05/2013

martes, 14 de mayo de 2013

La construcción de una vida




Todos los retazos de una vida que ésta le puede presentar a un hombre, desde el día a día hasta sus proyectos profesionales, derivan en la primera novela de Jonás Trueba (Madrid, 1981). Una obra que no puede leerse ajena de la que fue su primera película ‘Todas las canciones hablan de mí’ y de la recién finalizada ‘Los ilusos’. Cualquiera de estos tres discursos responde a una misma manera de entender la creación, siempre ajena a pretenciosas estupideces para plantarse en las calles y ambientes en los que se desarrolla la vida real para poder extraer de ella pequeños pasajes que, unidos, forman el puzle de una vida, que bien podría ser la de cualquiera de nosotros.
Esa suerte de naturalismo hace que el lector inmediatamente se encuentre muy cómodo ante sus palabras, ante esa evocación de diferentes situaciones a las que cualquiera de nosotros no es ajeno. ¿Quién no teme a lo que puede llegar a la vuelta de la esquina?, ¿quién no ha encallado en sus relaciones personales?, ¿quién no está lleno de incertidumbres ante sus retos profesionales? Jonás Trueba en estas pocas páginas es capaz de crear un retazo de vida, una existencia que se palpa en cada una de esas líneas que saben a verdad y en las que el autor, afortunadamente, no renuncia a mostrar aquello que sucede a su alrededor. Y así es como asistimos a las relaciones del narrador con sus compañeros, a la ilusión por construir su propia vida en una de esas etapas claves para la configuración de la persona, momento en el cual la juventud empieza a ser un lastre, una piel que se desprende de nuestro cuerpo, para comenzar una nueva vida, ni mejor ni mejor, sencillamente diferente, y responder así a nuevas inquietudes y percepciones de eso tan difícil como es la realidad.
 Llena de referencias cinematográficas que hablan del buen paladar del autor, será la creación de una película por parte del narrador el motor de la historia, hacia el cual confluyen una serie de personajes, pero sobre todo una serie de sensaciones, que es a mí lo que más me gusta de esta obra, cómo el autor ha sido capaz de transmitirnos sus evocaciones configurando una especie de diario de una vida. Apuntes de una realidad sobre la que rara vez reflexionamos en relación a nuestros comportamientos y actitudes.
Jonás Trueba abre así el debate a la pérdida de la inocencia, a la configuración de una nueva ilusión que cierra una etapa al mismo tiempo que abre otra, y para ello construirá todo un relato a través de una aparente ligereza. Pequeños párrafos que van tallando la vida como si de un diamante se tratase, lleno de caras, aristas en las cuales uno puede llegar a hacerse daño, pero que, a la vista del conjunto, finalmente lo que nos ofrece es belleza. Sorprende como un autor tan joven tiene tan claro (o eso aparenta) la concepción de esta obra facetada, llena de exactitudes y donde rara vez sobra una palabra. Una concisión muy de agradecer ante los soliloquios que muchos autores generan, más que como propuesta literaria como exhibición de algo que no se sabe muy bien que es. Aquí todo es visible y así aquello de lo que se nos habla, tanto del ambiente genérico (como puede ser la situación social del país, la irrupción del 15-M), como el ámbito individual (con las relaciones con mujeres o amigos), sabemos de qué se trata por no estar en absoluto alejados de esa vida de la que al fin y al cabo todos formamos parte. Cuando vimos ‘Todas las canciones hablan de mí’, muchos nos quedamos asombrados y enganchados a aquellas imágenes que destilaban frescura y humildad, historias de una calle a la que pertenecemos. Ahora nos sucede lo mismo con su literatura en la que reconocemos tanto la construcción de una vida, como la de las vidas de todos nosotros.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo

lunes, 13 de mayo de 2013

Rinocerontes



En una deliciosa secuencia de una película repleta de ese tipo de instantes, como es ‘Midnight in Paris’, Woody Allen se inventa en la piel de Adrien Brody a un deliranteDalí (perdonen la redundancia) que, acompañado de Luis Buñuel y Man-Ray, no deja de ver rinocerontes a lo largo de la conversación que estos mantienen con el protagonista de la película, tras su puntual viaje nocturno al París de sus sueños. 
Al de Figueras se le perdona lo de la fijación, ya que tal y como podemos ver en la exposición que marca el año artístico en España (visitada por más de 60.000 personas desde el 27 abril, ¡toma marca España y reivindicación de la cultura como motor económico!) exhibida en el Centro de Arte Reina Sofía, su arte es absolutamente deslumbrante, sobre todo cuando se lee por encima del histrión. Peor es la fijación que muchos de los protagonistas de la semana han mostrado a lo largo de ella, dejando una estela surrealista que parece empapar el sudario de esta España doliente. 
«¡Esto empieza a funcionar!», exclamó Mariano Rajoy desde el Congreso. Y es que ver al presidente en el uso de la palabra, plasma incluido, empieza a ser como ver a Dalí hablando en aquel café de París, el mundo por un lado y él por otro. Uno con sus rinocerontes, el otro con su economías, sus recortes y austeridades inquebrantables, blandiendo una esperanza que es incapaz de transmitir al pueblo, vamos, que «al Gobierno le falta relato», usando las picajosas palabras de Alberto Núñez Feijóo. Un pueblo que, como las hormigas de ‘El gran masturbador’, huyen despavoridas ante el desasosiego que cunde en una sociedad defraudada con sus gobernantes y sus cuitas partidistas, que uno no sabe si reír o si llorar. 
El surrealismo baja por la espina dorsal de este país. Dejando la política, anclada como una gigantesca nariz en ese paisaje inquietante, la justicia resolvió exiliar a Cristina de Borbón de los banquillos. ¡Albricias! gritó alborozado el ministro de la España exterior y Venezuela, al tiempo que ponía la bota sobre la boca de Montesquieu. Más cadáveres exquisitos detectamos en la tercera pata en la que se sustenta este Estado. Tras la política y la justicia, el fútbol, y así un Real Madrid del que comentaban tenía poco que decir en esta Liga y no para de hablar día tras día en boca de Mourinho, ya de cuerpo presente, al tiempo que llena de billetes y rencores sus maletas. Todo ello mientras deja su habitual rastro de tierra quemada en el vestuario y, en esta ocasión, las vitrinas del Bernabéu repletas de semifinales, tantas que Florentino no sabe que hacer con ellas. 
Asomarse a Dalí es recorrer sus geografías artísticas, darse de bruces con unas obras llenas de símbolos que, como en un circo de siete pistas, actúan todos a la vez para intentar descifrarnos a nosotros mismos. Enigmas de sexos y putrefacciones, de deseos insatisfechos y monstruos que desembocan en belleza. Una belleza convulsa e íntima que te lleva a escrutar en cada cuadro el filo de unos bigotes erectos. España no entendía a Dalí y Dalí no entendía a España, como ahora esa misma España no se entiende a si misma cada vez más embaucada en perífrasis discursivas que nos marean intentando explicarnos el porqué. El porqué de todo, desde el porqué del erre que erre marianista, hasta el porqué del ajusticiamiento de la justicia o el porqué de la venda que ahora se le cae al madridismo. España se masturba no tanto para desahogarse como para distraerse, inmersa como está en una ciénaga de datos en la que el presidente ve agua limpia para la cosecha, y dónde Dalí vería una lágrima con una imagen en su interior, como no, la de un rinoceronte.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/05/2013

viernes, 10 de mayo de 2013

Acero y plastilina



NUNCA RENEGÓ de aquel cine de paños menores y suecas que empequeñecían al españolito del fin del franquismo, como tampoco lo hizo hace unos meses en la ceremonia de los Goya otro de nuestros grandes actores, José Sacristán. Conscientes ambos de lo que significó aquel cine de subsistencia para ellos y el público, y también como aprendizaje del oficio. Un aprendizaje que eclosionó, como con tantas cosas en este país, con el caudillo bajo tierra. «Landa es acero y plastilina» comenzaba José Luis Garci una Tercera en ABC allá por los noventa. Y Garci lo conocía bien, películas y martinis a partes iguales cimentaron una colaboración excelsa de nuestro cine, que luego decayó como decae todo en la vida. Pero Garci, entre las virtudes que tantos le niegan, dejará una para la historia del cine y es descubrir a Landa como un crack. Aquella pistola en los huevos que Landa le puso a un quinqui en ‘El crack’ (1981) se la ponía a todo un cine que se descubría a si mismo a través de nuevos caminos y nuevos géneros. Pero Landa, antes de sentarse a cortar ese filete tranquilamente, acero puro, ya estaba veinte años antes en ‘Atraco a las tres’ (1962) y en ‘El verdugo’ (1963), y eso es mucho estar.
Con ‘El crack’ el cine descubrió a un actor que, tras la segunda parte de ese título, firmaría su gran papel, el de Paco en ‘Los santos inocentes’ (1985), todo un Premio de interpretación en Cannes. Berlanga lo llamó para ‘La vaquilla’ (1985) y rodó la media hora más desternillante del cine español, no hay más que pensar en las idas y venidas de aquel militar entre las trincheras guerracivilescas para esbozar una sonrisa ante ese ser de plastilina. Y es que el recuerdo de Landa será siempre ese, el de una eterna sonrisa, el del Fendetestas de ‘El bosque animado’ (1987) o el Bartolomé de ‘La marrana’ (1992), ambos títulos con José Luis Cuerda, y ambos merecedores de sendos Goyas. Volvemos a Garci y sus conversaciones sobre cine y boxeo, entre martinis y partidas de mus. El director madrileño le dedicó a través de su revista Nickel Odeon un número especial que vinculaba a la comedia y al actor, ingredientes del gran cocktail de nuestro cine, al que solo faltaba el regusto final de la aceituna y así se fueron sucediendo en cascada títulos como ‘Canción de cuna’ (1994), ‘Historia de un beso’ (2002), ‘Tío Vivo c. 1950’ (2004) y ‘Luz de domingo’ (2007) todas con el Landa más portentoso, como diría Garci. Con el Landa eterno. Nuestro Landa.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/05/2013

martes, 7 de mayo de 2013

Maruja Mallo y la Revista de Occidente


La artista lucense se erige cada vez más como la gran voz femenina de la vanguardia artística española. Una exposición en Pontevedra recupera a la Maruja Mallo que entabló relación con la ‘Revista de Occidente’, es decir, con la más pura modernidad de aquel momento.



«Mitad ángel, mitad marisco», así se refirió a ella Salvador Dalí. Es posible que todavía haya mucha gente que no sepa que Maruja Mallo era gallega (el oficio de su padre en Aduanas hizo llegar a su familia hasta Viveiro en donde nació en 1902) y lo que tampoco se sabe demasiado es de su capital papel dentro del efervescente ecosistema cultural de la España de los años veinte. Porque esto de los años veinte no es solo una invención norteamericana, ahora muy de moda debido al inminente estreno de la última versión cinematográfica de ‘El gran Gatsby’; ni siquiera francesa, por aquello de cómo latía Montparnasse y sus aledaños durante esta década, sino que Madrid también estuvo a la altura de todas estas geografías merced a un conjunto de personajes tan maravillosos como irrepetibles.
Eran los años de las vanguardias de una jovialidad que el arte transmitía a una vida que no tenía límites ni limitaciones, pero en el que el papel de la mujer era muy secundario respecto al del hombre, estando las más de las veces los cenáculos culturales e intelectuales llenos de actitudes misóginas. En este caldo de cultivo la figura de Maruja Mallo supuso un fulgor que dejó a muchos asombrados y su presencia sacudió no pocas conciencias. Una de ellas, en absoluto menor, fue la del filósofo José Ortega y Gasset, el gran impulsor del pensamiento de modernidad y europeizante del que se empaparon tantos en aquel Madrid previo a la Guerra Civil. Su papel fue decisivo de cara al impulso de diferentes actividades artísticas y entre ellas el suyo fue clave para la consideración de Maruja Mallo como figura de primer nivel en la plástica española.
Y es que la obra de Maruja Mallo fue un terremoto que hizo saltar por los aires muchos de aquellos prejuicios atávicos. La versatilidad de su trabajo y la evidente modernidad de su obra enseguida fijaron la atención de nombres esenciales en aquel momento, como el de Ramón Gómez de la Serna, quien no dudó en elogiar y en situar a la altura de sus compañeros masculinos. Pero fue con Ortega y Gasset con quien la obra conformó uno de esos milagros que solo el arte puede realizar, y esa relación esporádica entre el veterano filósofo y la joven artista significó a buen seguro un soplo de aire fresco en la vida del pensador a la vez que el gran impulso para la artista. Cuando Ortega y Gasset conoció aquella pintura de verbenas, objetos deportivos y elementos mecánicos, enseguida se dio cuenta de que hablaba un lenguaje internacional asentado en el realismo mágico enunciado por Franz Roh, que se aproximaba a la sociedad a través del magnetismo que ofrece el uso de lo popular. Y así no dudó en proponerle a Maruja Mallo una exposición en la mismísima sede de la ‘Revista de Occidente’, algo hasta el momento impensable.
De ella Ortega y Gasset dijo que «tenía cuatro brazos, como una diosa» y el 28 de mayo de 1928, a punto están de cumplirse 85 años, el salón de actos de ese motor de un pensamiento llegado de todo el mundo se abría por vez primera a una exposición. Maruja Mallo siempre reconoció la importancia de aquel hecho: «‘Revista de Occidente’ marcó un hito en mi vida militante arte-conocimiento, abriéndome las puertas del mundo cultural en tres capitales: París, Nueva York y Buenos Aires».
El tiempo fue andando y la figura de Maruja Mallo no dejó de crecer hasta su muerte en 1995, como ha hecho durante los últimos años en los que varios ensayos han vuelto a reivindicar su figura como creadora y personaje singular. Dos excelentes trabajos han visto recientemente la luz, el primero firmado por Carlos L. Bernárdez ‘Maruja Mallo. A pintura da nova muller’ y el segundo a cargo de Shirley Mangini de título ‘Maruja Mallo’. La ‘Revista de Occidente’ se volvió a cruzar en su camino en 1979 cuando la hija de Ortega y Gasset, Soledad Ortega, invitó a Maruja a colaborar en un portafolio destinado a recopilar la historia de la revista. Ocho litografías, seis de ellas basadas en dibujos ya hechos por la artista en sus tiempos como colaboradora de la revista, se completaban con un fotomontaje en el que aparecían personajes e imágenes de aquellos felices años de vanguardia, y por lo tanto, de modernidad.



Mallo en Pontevedra
El Museo de Pontevedra nos permite contemplar en su nuevo edificio el impresionante óleo ‘Cabeza de mujer negra’, pero hasta el 8 de junio, muy cerca de ese lugar, en la Galería About Art en la calle Pasantería, podemos conocer esa carpeta de homenaje creada por Soledad Ortega y la propia Maruja Mallo en 1979, ya que forma parte de una exposición en la que se ofrece ese mítico portafolio que contiene tanto las litografías como el espectacular fotomontaje símbolo de toda una época. Una oportunidad que llega hasta nosotros con la posibilidad de poder hacernos con una de esas imágenes llenas de inteligencia y sutileza. 


Relaciones Esporádicas. Publicado en Diario de Pontevedra 6/05/2013






lunes, 6 de mayo de 2013

Somos memoria




Este bálsamo no cura cicatrices pero sí que sirve para aplacar las angustias y los recuerdos que ya se le empiezan a atragantar a uno con el paso de los años. Días atrás anunciabaEnrique González Macho, propietario de Alta films, el cierre de casi 200 salas de cine en toda España, que se dice bien pronto. 200 pantallas que dejarán de conjugar luces y sombras para ser solo sombra, para ser oscuridad y, en el mejor de los casos, memoria. Pocos lugares me generan más desazón que un cine cerrado y así fue como me emocionó ver hace unos años aquella serie de fotografías de Manuel Sendón en las que rastreaba por toda Galicia salas de pueblos y capitales ajadas por el paso del tiempo guardando entre sus paredes y fachadas los sueños de neón de una época en la que solo el cine podía distraer las miserias de la vida. 
En Pontevedra tenemos numerosos ejemplos de cómo nuestras salas se han ido cerrando una tras otra, despojando a esos lugares de su envolvente magia. La magia convertida en franquicia y los sueños pisoteados por los balances de resultados. No hay una sola vez que al entrar en H&M deje de recordar el olor del Cine Victoria o el tacto del terciopelo rojo de sus butacas; de igual manera cada vez que paso ante el que era el Cine Gónviz, ahora Zara Home, recuerdo mi estreno cinematográfico de la mano de mi padre para ver un Superman que jamás podré olvidar; como cada vez que voy a buscar a mis hijas al colegio y me detengo ante los restos de los Multicines ABC para asomarme a sus polvorientas cristaleras esperando que esas pantallas se vuelvan a iluminar; y que me dicen del Teatro Cine Malvar, con ese flamante edificio de viviendas erigido sobre sus ruinas ante el que pienso en aquel túnel lóbrego en el que las fotos de Rafa nos permitían recorrer la vida social de la ciudad, y convertido ahora en un lustroso pasillo que nada tiene que ver con el anterior, sobre todo en los agonizantes años de aquel Teatro al que acudían compañías de toda España, pero en el que sobre todo se respiraba cine. 
Nuestro fotógrafo Gonzalo García, antes de que todo se viniera abajo, fue quien de rescatar esta imagen en la que si se fijan bien se concentra toda una época de esta ciudad:Parrita, Filgueira Valverde, el Pontevedra del Hai que roelo, folletos de artistas, carteles taurinos, recortes del Diario de Pontevedra. Vamos, una mina que le puede ofrecer inspiración a Bernardo Sartier para todo un año de artículos. Pegado a esa pared mohosa se puede rascar el tiempo, palpar ese barniz que resiste el paso de las generaciones pero que no puede luchar contra la especulación y la falta de sensibilidad. Así se han ido perdiendo todas nuestras salas hasta vernos abocados a este nuevo tipo de exhibición que impera ahora, tan impersonal como frío. 
Pero lo que nunca nos podrán arrancar de la memoria es el tiempo que en ellos hemos pasado. Cada uno de nosotros conservará en su retina las imágenes de su relación con sus cines de toda la vida, los que Sofía Irene no conocerán, pero de los que su padre les hablará algún día. Y les contará de aquellos grandes telones que se descorrían como en un parto feliz, de sus inmensas pantallas, del crepitar de la proyección, y hasta les contará historias como la de aquel festival benéfico celebrado en el Malvar al que, llevando un kilo de algún producto, podías acceder a ver la ansiada segunda parte de Superman (sí, otra vezClark Kent en mi camino). La ilusión y los nervios acelerados como cada vez que se apagaban las luces, pero un problema con la copia hizo que se variase el título a proyectar, y así fue como todos aquellos niños, de dispares edades, asistieron a una película que solo unos meses más tarde traería la gloria a nuestro cine. ‘Volver a empezar’ de José Luis Garci fue la película que aquel día un patio de butacas lleno de infantes se tuvo que tragar, convirtiendo a los diez minutos ese patio en una auténtica algarabía en la que lo de menos era lo que sucedía ela pantalla. 
Pero en ese rincón y en esa foto una imagen se impone al resto, incluso a la de Clark Gable, resistiendo milagrosamente el propio paso del tiempo. Es la del inolvidable Parrita que iluminó nuestros sueños desde su puesto de operador. Tras cinco años en el Victoria el resto de su vida la pasó en esa cabina del Malvar. En alguna ocasión comentó que esa fue su Universidad, también lo fue para muchos de nosotros, con él en el cargo de Rector Magnífico.


Publicado en Diario de Pontevedra. 4/05/2013
Fotografía Gonzalo García

jueves, 2 de mayo de 2013

#Yo también odio a Mourinho


PREGONÓ su despedida del club del modo que suele hacer tras un gran partido de su equipo y al cual, ni tan siquiera exhausto como un caballo reventado, dejó disfrutar de sus honores. Ayer toda la prensa dedicó a Mourinho y a ese protagónico adiós parte de la atención que a su equipo correspondía en exclusiva. Y en el anuncio volvió a dejar ese rastro viscoso al que nos tiene acostumbrados desde que llegó a este país a descubrirnos el fútbol y fuimos nosotros y lo descubrimos a él. «En España me odian y muchos de esos están aquí», dijo durante la rueda de prensa, como el Mesías sacándole los colores a Judas. No estaba allí, pero yo también odio a Mourinho. Y no por sus éxitos deportivos, que para una Liga y como mucho dos Copas del Rey en tres años a mi devoción culé poco daño le hacen, pero sí por ese hartazgo que produce alguien siempre dispuesto al enfrentamiento y como no, al odio.

Entre Dous. Diario de Pontevedra 2/05/2013