miércoles, 27 de febrero de 2013

Un clásico revalorizado



De ella Nabokov o Gandhi dijeron que era la mejor novela de toda la literatura rusa. La editorial Nórdica la ha puesto en circulación en este inicio de año bajo una atractiva edición, en la que sus páginas se ven acompañadas por las ilustraciones del argentino Agustín Comotto, ofreciendo una certera aproximación a una novela en la que en cuanto uno se sumerge en sus primeras páginas, se ve ya abocado a compartir las vicisitudes de ese hombre llamado Iván Ilich, a través del cual el autor ruso pretende mostrar las dudas e incertidumbres que van acechando y llenando de sobresaltos nuestra vida.
Todo era calma en la vida de Iván Ilich, con una buena plaza de trabajo en el funcionariado zarista, mujer, hijos, partidas de cartas con sus amigos, una buena situación social, la vivienda propia de cualquier sueño. Todo eso formaba parte de la vida de este hombre que, un buen día, de la manera más inesperada recibe un golpe en su costado. Ya nada volvería a ser igual. El declive físico se vio rápidamente acompañado por un declive moral en el que la mente acosa constantemente a este hombre repleto de dudas. Todas ellas dinamitan su devenir diario, los convencionalismos, su forma de relacionarse, tanto en el interior de su hogar como en el exterior de él. Esa incertidumbre retumba en su interior para cuestionarse todo lo conseguido. Si lo material es lo menos importante, más lo es su relación con los seres humanos, aquellos con los que el contacto se convierte en un sufrimiento que no hace más que acrecentar los síntomas de un final irreversible al cual el protagonista se aboca.
Las dudas convertirán todo en una sensación de engaño, acrecentando en Iván Ilich la perspectiva de la hipocresía que siente y que le rodea como la parte más detestable de su enfermedad. Es así como al acercarse el momento final, una agonía descrita de manera magistral y, a la que no puedas dejar de aferrarte en su lectura, vemos como el protagonista acepta como con el paso de los años la sensación de felicidad se va apagando, al igual que la vida. La infancia se convertirá entonces en ese ámbito en el que la felicidad es plena, contaminándose a lo largo de la existencia con las circunstancias de una vida de la que Iván Ilich duda sobre su autenticidad, acusándola de ser un engaño permanente.
Tras este pensamiento, y aceptada la mentira como la gran enfermedad de la vida, Iván Ilich está listo para expirar, para liberar a sus familiares de la carga de su existencia.
Lev Tolstói acababa de cumplir cincuenta años cuando escribió esta novela publicada en 1886, una cifra singular en la vida de cualquier persona que marca de manera definitiva esta obra, al ser una especie de conclusión sobre la vida y nuestro papel en ella a partir de una visión claramente pesimista, fruto de una suerte de crisis existencial al confeccionarse tras superar esa ‘barrera’ de edad. Lo cierto es que ‘La muerte de Iván Ilich’ se evidencia como un magnífico ejemplo de novela, perfectamente construida, fácil de leer y en la que tras cada página afloran unos segundos para la reflexión, para pensar cómo los hechos y azares que acaecen en nuestras vidas dejan un rastro más o menos profundo en ellas.
No debemos dejar de incidir en el acompañamiento del relato, una serie de bellas ilustraciones tan arriesgadas como efectivas, representando diferentes aspectos de la novela y actualizándola de manera visual a las corrientes editoriales de nuestro tiempo. Se vivifica así un relato  de la mano de Agustín Comotto y un espléndido trabajo capaz de hacer que un texto ya clásico sea capaz de alcanzar una nueva vida, llena de la esperanza que le faltó a Iván Ilich.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra
El Progreso de Lugo

martes, 26 de febrero de 2013

Blanco



CADA vez me cuesta más permanecer en vela durante esta noche. Deben ser los años, el cansancio de galas y galas que orillaban el mejor cine para buscar un vano espectáculo. Demasiados desengaños, pero también melancólicos recuerdos de lo que significaba esta velada en la que permanecer despierto, para ver el cortejo de estrellas, era una excitante conquista. Ayer, mientras leía un maravilloso libro, ‘Antigua luz’ de John Banville, la noche me abrazaba con su manto de confusión al mismo tiempo que comenzaban a desfilar los invitados al gran cóctel de estatuillas. Eran los primeros en llegar, y seguro que serían los primeros en irse. Nominados por cortometrajes, documentales, efectos de sonido... gente sin la que el cine no sería nada, pero a la que estas galas cuelgan el cartel de prescindibles. Todo cambió en unos segundos, Banville me permitió levantar la mirada de sus cautivadoras letras y fue cuando apareció ella. Su pelo, extremadamente corto, convertía su cuello en un modigliani andante y un infinito vestido blanco daba comienzo a la noche de verdad: la noche de los Oscar. Era Charlize Theron. Cerré el libro y me fui a la cama. Vistas las mejores películas a concurso ya nada de lo que quedaba de noche iba a superar esa aparición.
Al amanecer, Pepa Bueno me susurró al oído que ‘Argo’ había sido la mejor película, que Ang Lee era el mejor director, y que Anne Hathaway, Daniel Day-Lewis y Christoph Waltz también se llevaban su Oscar. Y yo me levanté tan feliz cómo me había acostado, sabiendo que mi presencia no había sido necesaria para que el cine siguiese vivo.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/02/2013

domingo, 24 de febrero de 2013

Cronopios y cenizas un año después


En un día como hoy una noticia sobresaltaba al mundo del arte en Galicia, el fallecimiento de Leopoldo Nóvoa, uno de sus grandes patriarcas y figura referencial. Dejaba así en estado de shock a un sector que desde hace muchos años entendía la importancia y consideración de su obra. Hoy, un año después, su memoria permanece viva a través de una exposición abierta en la sede compostelana de NovaGalicia Banco hasta el 10 de marzo, organizada como homenaje a quien construyó uno de los territorios plásticos más fructíferos de nuestro arte.


Cae uno ante las piezas de Leopoldo Nóvoa y parece que todo permanece igual. Situarse ante las imponentes obras de esta muestra no es más que pensar en cómo Leopoldo Nóvoa sigue acumulando cenizas para componer versos en su estudio de París, o de qué manera continúa agujereando las superficies del lienzo en su taller de Armenteira para llenarlos de unas ‘saudades’ a través de las cuales seguir respirando su obra y, como no, él mismo.
En definitiva, ha transcurrido un año desde aquella noticia que arrasó las almas de los que bebíamos de su creatividad como si de un bálsamo se tratase a la hora de combatir tanta banalidad como la que nos ofrece gran parte del arte actual. Leopoldo Nóvoa hacía expresión de ese desasosiego pessoano que hay en toda su obra, la inquietud reflejada a través de unos territorios de expiación que afloraban a una bestia artística. “Yo no me sé explicar.... es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres” dice la Maga Lucía, protagonista de ‘Rayuela’. Leopoldo Nóvoa, con un tránsito vital semejante al de la figura parida por Julio Cortázar, uruguayo adoptivo y emigrado en París, explica su comprensión de la vida a través de unas obras que resumen toda una existencia.
Espacios sagrados de cenizas, poesías y reflexiones. Escaleras y cruces como símbolos de distancias y cercanías con algo, quien sabe, si el cielo de ‘Rayuela’, ¡qué hermoso sería! Geografías que, a fuerza de ser vistas, se convierten en íntimas, en recorridos planteados desde nuestra esencia fugaz y en la que esa ceniza redentora, como lo fue un día del propio pintor tras el incendio de su taller parisino, es parte de nuestra alma. Así componía Leopoldo Nóvoa y así llega hasta nosotros, como llegó en su vida, y seguirá llegando en su ausencia, como ese gran legado de los creadores que es la permanencia atemporal de su trabajo, de ahí el título de esta exposición compostelana: ‘Leopoldo Nóvoa alén do tempo’, en la que se reunen obras de la entidad organizadora, NovaGalicia Banco, y de coleccionistas particulares.
No existe el tiempo al hablar de arte, y menos en el caso del pintor de Salcedo, en el que ese tiempo se diluye lentamente a través del polvo de la vida y la visión sosegada a través del tamiz artístico. Depuración que pasaba a formar parte de sus pinturas, entendidas más allá de esa técnica para materializarse en paisajes vitales.
Me gusta pensar en Leopoldo Nóvoa superando esa dimensión temporal y hasta espiritual para reunirse con su amigo Cortázar y hablar, no solo de las cosas tristes, sino también de las alegres. De los recuerdos de aquella fraternidad del piolín que trianguló la vida entre Buenos Aires, Montevideo y París a través de un cordel para sostener el mundo, pero sobre todo su universo de palabras y gestos, convirtiendo la luz de esas tres agitadas metrópolis en parte de unas obras sin las cuales nuestro mundo hoy se volvería infinitamente peor de lo que sería sin cronopios ni cenizas. Huérfanos de una estirpe legendaria de la que nos queda su simiente. La mejor herencia, el mejor consuelo.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/02/2013
Fotografía: Exposición AGN y Archivo

Rajoyland


En el debate sobre el Estado de su nación Mariano Rajoy nos habló de mareas y tempestades, de rescates heroicos entre olas embravecidas, de gestas que, como las de Aníbal, recorrerán Europa para forjar a un ser legendario. Mientras, a la vuelta de la esquina, las peluquerías cobran en leche para proceder a su reparto entre las familias más desfavorecidas, a una anciana coruñesa se le quiere poner de patitas en la calle por retrasarse un mes en el pago de su alquiler, una mujer en Castellón se quema a lo bonzo en una sucursal bancaria... y así podíamos llenar esta columna con estas ‘insignificantes’ noticias aparecidas durante la semana y ausentes en el Congreso. Y de Bárcenas ya, ni hablamos, que lo mejor es que no hable él. Historias que no preocupan a un presidente con la mirada altiva, puesta en el mandato divino de su misión redentora con este país que se encontró hecho jirones por las hordas socialistas, en vez de cruzar esa mirada con la de su pueblo. El héroe lleva de su poderoso brazo a bancos y defraudadores, felizmente a salvo de la marejada, mientras, de cintura para abajo, como espectros, se acumulan las historias que componen la realidad de un país claramente alejado de la bandera que ondea en el castillo de Rajoyland. Un país en el que si hace falta que su líder no duerma, no se duerme. ¡Solo faltaba!

Publicado en Diario de Pontevedra 23/02/2013

martes, 19 de febrero de 2013

“Se ha hecho de rogar…Don Francisco”



HABRÁ quién quiera recordar la última gala de los Goya por la monumental confusión a la hora de entregar el premio a la mejor canción original, pero a mí me gustará recordarla por la imponente presencia de José Sacristán con la gente del cine puesta en pie, firme y en atronadora ovación. José Sacristán y sus canas representan el cine español del que pocos como él son historia. Cómico de la legua surgido de aquel cine de los sesenta, madurado en la Transición, y ahora, en una inconmensurable capacidad artística, cada uno de sus trabajos nos demuestran sus indiscutibles cualidades, asombrosamente olvidadas a lo largo de todas las ceremonias. Su voz herrumbrosa resonó en la gala al declamar la tardanza de este premio y, como un ser superior, bendecir a la platea y a los nuevos creadores que ante él se apostaron. Los J.A. Bayona, Pablo Berger o Rodríguez Libero, directores que optaron al premio al mejor director, junto al injustamente olvidado durante toda la ceremonia Fernando Trueba, tuvieron ante sí la viva imagen de lo que supone esta profesión, al igual que los muchos actores que, nominados o no, se encontraban entre los presentes.
Entre ellos estaba el ministro del Cultura, aunque la realización de Televisión Española lo ofreciese pocas veces. No es que dé muy bien en pantalla el señor Wert, pero sí que sería interesante haber visto sus reacciones ante los dardos que  los ‘cómicos’ fueron lanzando y que, a falta de otra diana, impactaban en la testuz ministerial. Se había puesto la venda antes que la herida por los correligionarios del poder ante el peligro de las lenguas afiladas de estos actores que, mejor que actuar, suelen poner a pan pedir precisamente a quienes subvencionan con el caño abierto sus trabajos. Visto lo visto resulta que todo quedó en unos cuantos picotazos, envueltos en unos brillantes diálogos, y los comentarios de varios premiados con todo el derecho del mundo de mostrar el malestar, no solo de ellos, sino del común de los mortales, ante la situación del país en el que viven y trabajan, o eso intentan.
En cuanto a los premios se esperaba el triunfo de una ‘Blancanieves’ goyesca y el espaldarazo a la animación de Tadeo Jones, que por algo ha dejado sus buenos euros en la taquilla, logrando, junto a ‘Lo imposible’, el récord de recaudación del cine español. ‘Lo imposible’ también tenía que llevarse algún premio gordo y por sorpresa fue el de mejor director, no por el irreprochable trabajo de J. A. Bayona, y sí por la sucesión de galardones a ‘Blancanieves’ y ese inesperado requiebro final. Lo demás ya forma parte del guión de los Goya: largos agradecimientos, caras de hastío en el patio de butacas y la sensación de que se pueden hacer mucho mejor las cosas por el bien del espectáculo.

Publicado en Diario de Pontevedra 19/02/2013  

Cuando la belleza es inspiración


‘El artista y la modelo’, con trece nominaciones en la Gala de los Goya, es una de las grandes películas del pasado año en nuestro cine. En ella, su director Fernando Trueba, se deja seducir por la búsqueda de la belleza del escultor Aristide Maillol.



Las diferentes disciplinas artísticas a lo largo de la historia se han ido entremezclando en un proceso de inspiración y retroalimentación que siempre ha generado fructíferas consecuencias. Qué mejor manera de iniciar esta sucesión de ‘Relaciones espontáneas’ que con alguien que en sus últimos trabajos se ha empeñado en perseguir la belleza, en intentar plasmar en imágenes cómo el artista puede llegar a captar y posteriormente transmitir al público ese bálsamo para la vida que supone algo bello.
Fernando Trueba lo ha hecho de la mejor manera que se puede hacer en su última película ‘El artista y la modelo’, que ayer se batió en la gala de los Premios Goya, y para hacerlo ha buscado la inspiración en la vida del escultor Aristide Maillol (1861-1944), quien acabó los últimos años de su vida refugiado en una casa en Banyuls-sur-Mer, en el sur de Francia, pintando, dibujando y realizando una última escultura inconclusa. Ese retiro crepuscular será su último enfrentamiento con la pureza que caracterizó unas esculturas llenas de sencillez y equilibrio, una armonía que Fernando Trueba es capaz también de modelar a través de su cine.
En ‘El baile de la Victoria’ (2009), Fernando Trueba ya había hecho asomar varias de las perspectivas desarrolladas en mayor medida en ‘El artista y la modelo’. En aquella se buscaba la belleza y el disfrute del arte como un hecho liberador en la vida, un respiradero a través del cual el ser humano puede llegar a esa cada vez más difícil reconciliación con sí mismo. Menospreciada y maltratada, en la cinta basada en la novela homónina de Antonio Skármeta, se recogen instantes de una gran emoción. Con ‘El artista y la modelo’ Fernando Trueba convierte esos picos en el tono de la película, capaz de una contención que no oculta todo lo que parece flotar en ese ambiente lleno de vida. Y es que la vida es el gran motor de esta película a través de ese enfrentamiento entre el hombre mayor, en el ocaso de su vida y el de una hermosa joven de la que en los últimos instantes se puede aprender, en una redención a través de la belleza y la ingenuidad. Jean Rochefort y Aida Folch encarnan así dos edades y dos mundos. Dos tiempos y sus circunstancias coaligados en un fin común: ser capaces de producir una obra bella, un canto a la vida comparable a lo que supone un trago de vino o el sabor del aceite de oliva. Detalles que convierten un instante en un momento suspendido en el aire.
En el aire también parecen quedar instaladas las piezas esculpidas por Aristide Maillol de una belleza atemporal, procedente de la mismísima Grecia clásica, una evocación de la voluptuosidad mediterránea que, en las décadas iniciales del siglo XX, supuso la vuelta al orden tras las rupturas de las vanguardias. Su primera gran exposición la realizó de mano del marchante André Vollard en 1902. Tres años después y en el Salón de Otoño la exposición de su pieza en bronce, ‘El Mediterráneo’, le llevará a alcanzar el éxito y a realizar numerosas exposiciones en diferentes ciudades del mundo. En 1923 el estado francés le encarga una reproducción en mármol de aquella pieza en la que se recoge todo el espíritu de su trabajo: ‘El Mediterráneo’, que permanece desde el año 1986 expuesta en el Museo d’Orsay de París.
Para Fernando Trueba el reto de representar una época que tiene lugar durante la Segunda Guerra Mundial era el marco idóneo para situar a esos personajes. Ayudado por el guionista habitual de la etapa francesa de Luis Buñuel, Jean Claude Carriere, compone su historia sobre la creación artística, con un elemento añadido de índole personal, como es la muerte de su hermano mayor, Máximo Trueba, también escultor, de manera prematura.
Rodada en blanco y negro, como una necesidad del relato y no como una boutade estética, el director logra involucrarnos en la historia y sobre todo en ese ambiente cerrado e íntimo, en el que el artista se enfrenta constantemente a sí mismo, para situar esa emoción propiciada por la búsqueda de la belleza y sus consecuencias en los protagonistas, y lo hace en la senda de películas de directores como François Truffaut, Jean Renoir o Robert Bresson, en las que todo lo que brota de ellas está en relación directa con la vida, con su fugacidad y sus triunfos, muchas veces simbolizados en hechos o gestos que pueden parecer nimios, pero en los que se contienen las respuestas a lo que somos.
Solo diez personas asistieron el 27 de septiembre de 1944 al entierro, tras un accidente de tráfico, de Aristide Maillol. En 1963 Dirna Vierny, la joven de origen ruso que con quince años comenzó a posar ante el artista de 77 años, donó al Estado francés varias esculturas que se instalaron en los jardines de las Tullerías. En 1994 se inaugura el Museo Maillol en la localidad de Bayuls-sur-Mer y un año después será en París donde se abra otro museo en su honor. En ambos su obra aparece plácida, ajena a todo lo que sucede a su alrededor, incluso a la inspiración que todavía hoy supone para otros creadores, al fin y al cabo, y como comentó de su pieza ‘El Mediterráneo’ el escritor André Gidé: «Es bella, no significa nada».

Publicado en Diario de Pontevedra 18/02/2013
Relaciones esporádicas. Fernando Trueba/Aristide Maillol

lunes, 18 de febrero de 2013

La confirmación de un paraíso


La exposición del trabajo de Celso Varela en el Sexto Edificio del Museo de Pontevedra viene a mostrar la madurez de un pintor hecho a sí mismo a base de esfuerzo y dedicación. Horas de taller y de mirar a una realidad en la que no hay que ir muy lejos para encontrar inspiración. Todo está a nuestro alrededor, si de lo que de verdad se trata es del ejercicio pictórico. Pintar por el placer de pintar, aunque en el caso de Celso Varela este placer ofrezca tintes dramáticos por cómo entiende ese hecho. Una pasión desbocada con un efervescente resultado.


No es nueva para los que conocemos el trabajo de Celso Varela la recurrencia en una serie de lugares comunes para elaborar su discurso. Su estudio o su Briallos natal son los dos polos en los que se mueve un trabajo que si por algo destaca es por su abrumadora apuesta por el hecho pictórico. Por la devoción permanente hacia una disciplina en la que Celso Varela se ha definido a sí mismo a través de su vigorosa pintura, mediante unos cuadros de un ingente trabajo interno y ante los que no se escatiman horas y horas de dedicación para abrumarnos en citas como ésta con el frenesí de sus pinceladas.
Es por ello que se le debe perdonar a la hora de la exposición la repetición de escenas y figuras, la acumulación de estampas que nos pueden parecer semjantes, pero es que Celso Varela trabaja para sí, para expiar su pasión por la pintura y dar rienda suelta a ese estado de delirio que sucede cada vez que comienza una obra. Del mismo modo que Cézanne pintaba una y otra vez aquella dichosa montaña de Sainte-Victoire, que siendo siempre la misma, la veíamos siempre de diferente manera, Celso Varela también se refugia en la que es su montaña particular materializada en su parroquia de Briallos. Un ambiente surgido de su propia infancia (no es de extrañar la elección de diferentes frases de Rilke para acompañar en la exposición a los cuadros) a la que el pintor vuelve a mirar desde una ventana, atalaya permanente para la creación, pero también para enfrentarse una y otra vez con su gran preocupación, la de mejorar su trabajo, la de ser mejor pintor. Y exposiciones como ésta, en la que se recoge la trayectoria de los últimos cinco o seis años, sirven precisamente para levantar acta notarial de ese proceso.
Aquellos paisajes de los años 2004 van descorriendo el velo de la madurez hasta el año 2012, donde lo que vemos, simplemente es tan maravilloso como excitante. Poco nos debe importar ver una y otra vez Briallos, lo que vemos, tanto puede ser ese lugar de Portas, como un rincón de la Polinesia o de la Provenza, ya que lo que nos encontramos es un pretexto para pintar, para convertir a ese género tradicional de la pintura como es el paisaje, en una reivindicación de cómo transmitir las sensaciones que evoca un lugar, en este caso extremadamente cargado de connotaciones personales, mediante el pincel. Y así es como asistimos a un festín de pinceladas, a una extenuante sucesión de chorreos que dinamitan la sensación de realidad que levemente traspasa al exterior desde un espacio ya ganado definitivamente por la pintura. Aquello que percibimos como real, normalmente perceptible en la parte inferior de los cuadros, estalla sin remisión en su parte superior, cuando los cielos se convierten en una abstracción que supone el triunfo mismo de la interiorización de una circunstancia vital, de una experiencia sensorial convertida desde ese instante en una impresión para que el espectador la haga suya.

Las obras de Celso Varela poseen esa dinámica interna tan ausente en muchos creadores, en ellas se palpa vida e intensidad. Un latido interno que dramatiza todo lo que encierran unos marcos que parecen a punto de estallar.
Hablamos de paisajes, y es que la pintura de Celso Varela debe ser entendida siempre como tal. Incluso cuando se encierra en su estudio para mostrarnos la figuración humana o el bodegón, lo único que hace es volver a componer un paisaje, abrupto y acolmatado, para insistir en reclamar esa pincelada como el sintagma irrenunciable de su obra. En ellos se crea una tupida red que nos vuelve a atrapar como hiciera ya con su pintura ‘plen-air’, haciéndonos jugar con las distancias frente al cuadro, obligados a comprobar matices y cómo una superficie puede llegar a exhibir esa contundencia de trazos.
Hasta el 17 de marzo se nos brinda la oportunidad de asomarnos a esta forma de pintar tan descarnada, en la que el autor no se deja nada en la paleta para una ocasión posterior, con lo cual estas obras pertenecen al aquí y ahora. Pasear por este ‘Briallos Paradiso’, título de la exposición es palpar la tierra, esa tierra a la que pertenecemos y de la que somos parte como se encarga de recordar una frase del poeta chileno Nicanor Parra que, en medio de esta exaltación de esa patria íntima, no hace más que acrecentar la ignición que logra Celso Varela en sus obras más recientes. Las obras de la consolidación de una manera de pintar, pero sobre todo, unas piezas que permiten confirmar un paraíso, el paraíso en el que creció Celso Varela y al que necesita volver una y otra vez para medirse en un duelo con ecos cezannianos. Duelo del que solo cabe que salga un vencedor y en este caso no serán ni el paisaje ni el autor, sino la pintura. El único motivo de esta exposición, el de la reclamación de la pintura como motivo y fin. El fin de la pintura de Celso Varela.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/02/2013
Fotografía Rafa Fariña

domingo, 17 de febrero de 2013

Cadáveres


Mientras a Ramón Gómez de la Serna todavía le quedaba lejos lo de irse al Retiro a cacarear como una gallina o vendernos sus monóculos sin cristales, Perfecto Feijóo paseaba el cadáver de su loro por las calles de Pontevedra adelantándose otros tantos años a los cadáveres exquisitos de aquellos surrealistas que hicieron entrar a París en una erupción de modernidad y transgresión artística que se extendió a la sociedad del momento. Del primero se dice que desde su cripta del Café Pombo insuflaba a sus acólitos los aires vanguardistas procedentes de Europa, y de los hijos de los dadaístas se afirmaba que la provocación y subvertir los convencionalismos eran la base de un discurso tan artístico como vital. Nuestro boticario, con el brillante gesto de dar laureada y popular sepultura a su compañero, lo que hizo fue colocar a este rincón peninsular a la altura de tantos y tantos puntos de  Europa que, durante las décadas iniciales del siglo XX, renovaron un paisaje que amenazaba con volverse demasiado plomizo para el ser humano. Ravachol, entendido de manera común como un simpático emblema del carnaval local, debería ser por fin reivindicado como parte de aquellos istmos, y quizás como una de las primeras experiencias vanguardistas surgidas en España. Una historia que está todavía pendiente de ser escrita.

Publicado en Diario de Pontevedra 16/02/2013
Fotografía: Rafa Fariña

miércoles, 13 de febrero de 2013

De espaldas a la vida


A lo largo del mes de febrero la Galería Sargadelos de Pontevedra nos muestra el trabajo fotográfico de Borja Mucientes. Una mirada hecha a traición a toda una serie de personas a las que nunca veremos sus rostros, de las que no sabremos jamás nada de sus rasgos. Simplemente nos situaremos tras ellos para atrapar, junto al fotógrafo, lo que semeja ser un gesto íntimo, un instante que cada uno de los protagonistas cree que es solo suyo y que, desde la acción de Borja Mucientes, se convierte en un instante colectivo del que ya formamos parte.



Ver sin ser visto. Así funciona un ‘voyeur’, así funciona un fotógrafo. Así funciona un artista que quiere hacernos partícipes de un relato. Este es el caso del pontevedrés Borja Mucientes. Desde hace un par de años reside en Londres, y allí, entre varios proyectos cinematográficos y audiovisuales no ha descuidado su pasión por la fotografía.
Han sido dos años realizando miles de fotografías, un extenuante trabajo de campo para captar a cientos, miles de personas en un instante de sus vidas. Una intromisión a traición, por la espalda, como un forajido del lejano Oeste. Pero a Borja Mucientes ese lado perverso no le avergüenza, al contrario, es la actitud que necesita para mostrarnos su preocupación por la captación de ese momento que el protagonista de cada una de las imágenes considera de su propiedad. Una conversación telefónica, un descanso en la jornada laboral, una espera en un aeropuerto, escribiendo un mensaje en el móvil, apoyado en un puente observando el perfil urbano... todos ellos forman parte de esta colección de fragmentos de vidas que el fotógrafo sitúa ante nosotros para que invadamos la que cada uno de ellos entiende que es su intimidad. Será muy difícil que sepan de este atraco, que unos segundos de sus vidas ya lo son nuestros.
Parece un argumento de una novela de Paul Auster, y quizás algún día lo sea, ya que al artista norteamericano ha coqueteado en varias ocasiones con idearios muy próximos a los aquí expuestos. La mirada contemporánea hacia la ciudad dirime muchas de sus luchas desde esa condición de mirón del hombre moderno que el arte ha refinado, pero que nunca dejará de mostrase como una indiscreción que alimenta nuestra imaginación. Todas estas personas aparecen solas, envueltas por una especie de burbuja que les aisla de la gran metrópoli y que viene a ser la depuración formal y conceptual de un proceso que se inició por parte del fotógrafo con imágenes de multitudes, que posteriormente se fueron convirtiendo en grupos de personas y, por 'necesidades del guión', acabaron siendo como árboles humanos en la ciudad.
Esa necesidad del guión es la que impulsa a todo creador, con independencia de su ámbito de acción, a la conceptualización de su trabajo, a la eliminación de aquello que se considera superfluo y que solo necesita de esa esencia final para poseer la suficiente fuerza como para comportarse como parte de un relato. Y así es, cada una de estas fotografías supone abrir una ventana a cada una de esas historias personales, a la vida de unas personas que ignoran que se acaban de convertir en parte de una historia común.
A esa gran historia nos acercamos al recorrer las imágenes que conforman esta exposición denominada ‘Polas Costas’ en la Galería Sargadelos. Fotografías de personas que cada cierto número se sustituyen por imágenes con árboles o puertas, metáforas humanas que permanecen en pie tanto como los secretos que se esconden tras esas puertas. Volvemos a esas espaldas para finalizar ante un muro coronado por un alambre de espinos. Un frenazo que clausura la exposición y que no hace más que situarnos ante esa barrera que supone una presencia humana ante la nuestra.
Borja Mucientes no duda en dinamitar esa distancia física y así responder a sus inquietudes sobre el comportamiento humano en relación a su hábitat, en este caso un hábitat social de una gran urbe como lo es Londres. A priori parecería que en esa ciudad uno nunca se podría sentir solo o aislado, pero son nuestras propias actitudes o circunstancias, las que a lo largo del día hacen que generemos un paréntesis en nuestra relación con la ciudad, las que aún estando en ella, durante unos instantes nos deshagamos de su presencia para buscar, en muchos casos, en nuestros propios pensamientos un poco de sosiego.
Caminar ante estas imágenes además de hacernos partícipes de un itinerario por una de las ciudades más fascinantes, nos conduce a un viaje por a través del ser humano y su relación con la ciudad. El lugar del que somos parte, pese a que en ocasiones reneguemos, aunque no durante mucho tiempo, de sus condiciones. Somos seres urbanos sometidos a sus dictados, pero eso no debería ser un impedimento para buscar nuestro propio sitio, un descanso para el espíritu en el que Borja Mucientes entra sin compasión para que veamos cómo somos.
Una serie con la que este creador sigue madurando su discurso, aportando experiencias de cara a un futuro en el que la imagen seguirá siendo su transmisor de sensibilidades a través de una estética definida y nada casual. Por lo tanto deberíamos seguir atentos al trabajo de este pontevedrés que desde Londres mira al mundo de manera valiente y sin complejos, ya que quizás el tiempo nos ponga ante un nombre de importancia en este campo. Para abrir boca no se pierdan este inspirador deambular por Londres y las espaldas de sus habitantes.
 
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/02/2013
Fotografía: Borja Mucientes

martes, 12 de febrero de 2013

El carnaval bajo llave


Hasta el año 1984 en el que se recuperó el carnaval en la calle, esta fiesta en nuestra ciudad se disfrazaba de Fiesta de la camelia, Fiesta de la Primavera o Fiesta de febrero. Eufemismos que ocultaban el irrenunciable deseo de diversión de una ciudad que vive esta celebración como pocas. Un carnaval urbano, comparable en su espíritu al de otras ciudades europeas como Venecia, y en el que durante las oscuras décadas del periodo franquista encontró en las diferentes sociedades pontevedresas el refugio necesario desde el cual asegurar su supervivencia. 
 
Las colosales celebraciones carnavalescas que sucedieron en esta ciudad en los años 1876, 1888 y 1900 generaron una efervescencia en todo lo que tenía que ver con esta celebración. Pontevedra se acostumbró al disfraz, a salir a la calle, a vivir con intensidad una fiesta que, en su última consideración, figuraba la de modificar la realidad y poner en cuestión nuestro sistema cotidiano de vida. A esas tres fechas se le debe unir de manera exponencial el entierro de Ravachol en 1913 para generar así la consolidación definitiva de la ciudad de Pontevedra como la gran urbe carnavalesca de Galicia, con un carnaval de componentes urbanas que lo distanciaba de la tradición rural, que también tiene mucha importancia en nuestro Entroido.
El alzamiento militar de 1936 sepultó entre otras muchas y más importantes cuestiones este tipo de festejos que, en los años inmediatamente posteriores al final de la guerra fratricida debió ser completamente eliminado. El paso de los años, la superación de los miedos y las ligeras mejoras en la vida de los ciudadanos, junto a la vital necesidad de esparcimiento del ser humano hicieron que lentamente estas fiestas volvieran a suponer un motivo de diversión. Las directrices procedentes de Madrid prohibían la denominación de carnaval (asociado siempre a la perversión y al desafío a la autoridad) así como la celebración en las calles. Fue por ello que los ciudadanos de Pontevedra debieron encontrar refugio en sus sociedades. Y en esto llevábamos mucho ganado con respecto a otras ciudades, ya que Pontevedra disponía de muchas y veteranas entidades que siempre estuvieron muy ligadas al carnaval.
A partir del destierro de esa palabra, desde los años cincuenta, y prácticamente hasta los mismos ochenta del pasado siglo, estas fiestas eran anunciadas como Fiestas de la Primavera, de la camelia o de febrero, pero todo el mundo, incluso las propias autoridades, sabían lo que se escondía bajo ese atuendo semántico. Alejados de la capital, las directrices franquistas se iban relajando y ese inagotable espíritu de diversión asociado a esta ciudad fue de nuevo devolviendo el ambiente carnavalesco a Pontevedra. Sociedades como el Liceo Casino, el Casino Mercantil e Industrial, la Sociedad Recreo de Artesanos o La Peña compartieron protagonismo con bailes como los celebrados en el llamado El Cajón, Mourente, Salcedo, O Pino, Mourente, Estribela o Mollavao. También otros espacios servían de acomodo a celebraciones como el Hotel Universo, el Cine Coliseum o el  antiguo local del Teucro.
Cuenta Hipólito de Saa como el Domingo de carnaval se formaba en los Soportales de la Herrería un mercadillo para la venta de caretas y artículos de carnaval. También se cerraban los comercios la tarde del martes para el disfrute del carnaval. El miércoles se procedía al entierro de la sardina y el domingo siguiente, conocido como Domingo de Piñata las sociedades desarrollaban un amplio programa de actividades.
Luis Ponce de León, fue designado Gobernador Civil de Pontevedra en 1944 y él fue quien autorizó la celebración del ‘carnaval’ en las diferentes sociedades pontevedresas, estando prohibido su disfrute en la calle. Antes de la llegada de los festejos se procedía a la publicación de una serie de ordenanzas a cumplir por los participantes, como el que al atardecer estaría prohibido llevar máscara o antifaces en la vía pública; también “la utilización de disfraces que pudiesen resultar ofensivos a los uniformes militares y los hábitos, vestiduras sagradas y traje talar de los sacerdotes y religiosos. Del mismo modo las comparsas se abstendrán de cantar coplas que resultasen ofensivas a la moral pública y a la religión”.
Pero entre las paredes de cada una de las sociedades y con la cara cubierta las cosas eran ya muy diferentes. Cada una de las Sociedades ofrecía un perfil determinado que los años y su origen habían ido asentando. El Liceo Casino, la más antigua de la ciudad, era la aristocracia de la sociedad pontevedresa; el Casino Mercantil e Industrial, acogía a toda una clase empresarial, al igual que el más antiguo Recreo de Artesanos, donde eran muchas las familias ligadas al comercio que en él estaban inscritas. Con todo, no eran pocos los que pasaban de una sociedad a otro para ver que se cocía en cada uno de los ambientes, como tampoco renunciaban a comprobar lo que sucedía en el conocido como baile de ‘El cajón’, una especie de cajón de sastre ubicado en la calle San Nicolás, en el local donde se encontraba el Cine Exploradores, y en el que las clases más bajas daba rienda suelta a su espíritu festivo. Cargado de mala fama muchos no se resistían a comprobar in situ lo que de él se decía y así fue recordado por José Luis Fernández Sieira en el pregón del carnaval que él realizó en 1986, así como en un artículo en Diario de Pontevedra de 1991 sobre este baile: “Nadie pudo nunca explicarse como aquel cubículo de perdición satánica podría estar en una calle dedicada a un santo tan piadoso y recatado. En él se juntaban la señora y la criada, el comandante y el recluta, el catedrático y el analfabeto”.
 
El baile de ‘La Peña’, nacido en los años treinta, vivió años después una especie de refundación, y conocida como ‘La nueva Peña’, acogió a muchas personas que salían del Liceo Casino o del Mercantil que querían liberarse de unas sociedades más tradicionales. Ellos fueron un soplo de aire fresco en el carnaval local, celebrando sus bailes en las instalaciones del Cine Coliseum en la calle García Camba, muy próximo al Cine Malvar.
Tanto el Liceo Casino como el Casino Mercantil, protagonizaban las grandes citas de la semana con amplísimas programaciones, sirva de ejemplo los seis bailes en nueve días que registró el Casino Mercantil en su programa de actos del año 1957: Sábado 23, Baile negro; Domingo 24, Asalto baile; Martes 26, Gran Baile de Fachas; Jueves 28, Asalto baile; Viernes 1, Gran Baile de Urco; Domingo 3, Baile del broche de oro. Un ‘frenesí bailongo’ que el Liceo Casino también repetía y que, junto con los de otras sociedades, abría un extenuante abanico de festejos que puede dar una idea de la importancia de esa semana carnavalera en la ciudad. Otro dato: el 20 de febrero de 1965 Diario de Pontevedra anunciaba un total de 25 bailes en las sociedades pontevedresas. Bailes que, muchos de ellos, estaban amenizados musicalmente hablando por las grandes orquestas del  momento como Poceiro y Florida. Y es que la música ha sido una de las grandes pérdidas de nuestro carnaval, como ha recordado recientemente el pregonero de este año, Caki Viñas, un habitual de este tipo de bailes y brillante memoria de nuestros carnavales. Bailes que tuvieron infinidad de nombres, algunos ya los citamos en ese programa de actos del Casino Mercantil y otros los apuntamos ahora: baile de capuchones, baile del ven-ven, baile de la media naranja o el baile del sombrero.
Junto a la fecunda labor de las entidades más céntricas, alrededor de la ciudad otros bailes también tenían su importancia por acoger a gran número de vecinos. Las Culturales de Mourente y Salcedo registraban animadísimos bailes en donde se procedía a elegir a la reina de las fiestas, una tradición que arraigó en muchas de estas sociedades y de las que nos han llegado abundantes imágenes.
Estos fueron los escenarios donde careta y antifaz se refugiaron durante varias décadas hasta que un grupo de pontevedreses decidieron en 1984 recuperar el carnaval en la calle, como sucediera hace más de cien años, lo que vendría a suponer un impulso económico para la ciudad, además de prevenir posibles desgracias en esas instalaciones cerradas, recordemos que en diciembre de 1983 fallecieron 79 personas en una aglomeración en la discoteca Alcalá 20 y Pontevedra todavía no había olvidado el incendio que arrasó el Teatro Principal y el Liceo Casino en 1981. Las sociedades abrieron así sus puertas y los atuendos carnavalescos y las palabras desafiantes tomaron la calle. Su lugar natural, el lugar del que nunca debieron salir.
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/02/2013
Archivo Gráfico Museo de Pontevedra

lunes, 11 de febrero de 2013

Una terapia surrealista


Cualquiera que haya orinado en los aliviaderos de la plaza de toros de Pontevedra sabe que lo más leve que le puede ocurrir es que sea objeto de un secuestro. El despiste de sus escoltas provoca que el presidente del Gobierno sea objeto de un cruel rapto.
 


Si hace unos meses algún escritor pensase en un tesorero del partido político que sustenta al Gobierno evadiendo 22 millones de euros a Suiza y acogiéndose a una regularización del mismo impulsada por ese mismo Gobierno, la aparición de asientos contables manuscritos en un medio de comunicación para poner contra las cuerdas al mismísimo presidente del Gobierno o que una de las ministras de ese Gobierno recibiese 3.000 euros para pagar el confeti de las fiestas de sus hijos, pensaría que se estaba pasando de frenada a la hora de componer las diferentes historias de su nuevo libro y que habría que levantar el pie del acelerador de la imaginación ya que corre el riesgo de que el lector le tome por un demente o simplemente por un imbécil.
Pero sucede que no pocas veces la realidad suele imponerse a la imaginación de los escritores, y con esto no quiero decir que el argumento del último libro de Rodrigo Cota pueda llegar a convertirse en realidad, que esperemos que no. Con “El inaudito secuestro de Mariano Rajoy en la plaza de toros de Pontevedra consumado por el borracho Tito Nogales que encerró al presidente en un zulo hasta que su padre se enteró y vendió al prisionero a una banda de albaneses”, que así es como el autor ha decidido que se debía llamar esta historia, es posible que haya quien, tras haber leído el título, ya haya agotado su cuota de lectura anual, pero de entenderlo así se perderán una historia cargada de humor e inteligencia, que es la misma cosa, o por lo menos algo muy parecido. Y es que Rodrigo Cota en vez de escribir con pluma, o mejor dicho bolígrafo, que se me puede ofender, lo hace con un puñal que va descorriendo sobre el papel todo un truculento episodio en el que bajo un surrealista suceso se van dejando una serie de muescas sobre este país y la fauna que lo puebla, así como sobre mucho de lo que se significa el ser humano y su comportamiento.
El suceso en cuestión es el secuestro que en la Plaza de Toros de Pontevedra se produce de Mariano Rajoy. Dos conceptos sinónimos a partir de los cuales comienza ese rapto que, de la manera más descacharrante que ustedes se puedan imaginar, se va produciendo, pero que de manera milagrosa, y a medida que avanzan las páginas, va incluso pareciéndonos posible. Otro de los síntomas que derivan de esta lectura, y que ya vamos avisando para que no haya sorpresas que nos conduzcan al centro de salud  más cercano, es que a medida que procedemos a pasar sus sucesivas páginas notaremos como nuestras mandíbulas poco a poco se comienzan a desencajar debido a la capacidad de Rodrigo Cota para suscitar imágenes absolutamente desternillantes en nuestra mente. Imaginarse a Rajoy fumando un puro con su batín en ese zulo infecto y felizmente mantenido a base de un gran descubrimiento: el bocadillo; mientras su gilipollas secuestrador confunde, a la hora de pedir el rescate, la lista de la compra con las condiciones del mismo o la insistencia del presidente del Gobierno por comer pulpo, son dos de las cimas de este libro que bajo su capa de grasa histriónica acoge también mucho magro, al soltar mandobles a diestro y siniestro a este país poblado de personajes que, con sus actitudes, tanto las conscientes como las inconscientes, nunca dejan de sorprendernos y que son capaces de proporcionar el material suficiente para que de un cráneo privilegiado pueda parirse un libro tan inclasificable.
Rodrigo Cota pone en nuestras manos una terapia sin medicamentazo adjunto en estos tiempos en los que quizás, la risa, sea la única escapatoria posible para esta sensación de acorralamiento que nuestra propia sociedad genera entre nosotros. Les recomiendo que se la lean, se sentirán mejor. O no.
 
Publicado en Diario de Pontevedra 10/02/2013
El Progreso 9/02/2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Évole


Évole somos todos. Así nos sentimos cuando presenciamos a ese hombre menudo frente a todos aquellos ante los que nos querríamos colocar en la búsqueda de respuestas a este momento, tan atiborrado de preguntas como carente de contestaciones útiles. Jordi Évole ha vuelto, y lo ha hecho por la puerta grande, hablando de educación, el pilar de cualquier sociedad, ahora talado por la orgullosa y desvergonzada ignorancia de los que rigen los destinos de algo en lo que ni confían ni apuestan por su mejora. Se nos cayó la baba viendo y oyendo a los finlandeses con su educación cien por cien gratuita, con sus beneficios sociales aplicados a quienes deciden ser padres y demás símbolos del verdadero progreso del ser humano. Como se nos cae la baba cada domingo viendo a Jordi Évole con sus camisas de cuadros y sus zapatillas New Balance, un atrezo infinitamente más efectivo que los trajes y corbatas de esos periodistas que establecen una distancia tal con el entrevistado que al final cada uno habla de lo que le parece, pero nunca de lo que le parece al espectador. Con el regreso de Jordi Évole el ciudadano por fin se ve salvado en un ambiente al que cada vez más le cuesta permanecer atento, hastiado por los comportamientos de unos y otros y en donde solo parece que el periodismo, tantas veces fustigado, es capaz de desbrozar la estúpida vegetación.

Publicado en Diario de Pontevedra. 9/02/2013

viernes, 8 de febrero de 2013

'El origen del mundo'

 
Es uno de esos cuadros que te atrapan como un inevitable imán desde que te plantas ante él en el Museo D'Orsay. El primer plano de un sexo de mujer pintado por Courbet en 1866 es uno de los mejores retratos femeninos de la historia. Una exploración de un territorio íntimo y sagrado, sin concesiones a sutilezas u ornamentaciones. Un paisaje abrupto y  sensual que, desde el realismo pictórico, nos habla de algo que va mucho más allá de un simple cuerpo. Lo hace de un nuevo tiempo, de incipientes encuadres fotográficos y de una vida que galopaba, como los caballos de Degas, hacia la modernidad.
Ese sexo ya tiene rostro al certificarse el hallazgo de un lienzo con la cara de una mujer que lo completaría. Y con él un nombre, el de la modelo Joanna Hifferman, amante del pintor y de la que ya se sospechaba como dueña de aquella otra fascinante imagen en la que se explica nuestro mundo.
 
Entre Dous. Diario de Pontevedra. 8/02/2013

jueves, 7 de febrero de 2013

Amor versus enamoramiento



El destino o mejor dicho el azar juegan muchas veces también con el momento de poner en nuestras manos un determinado libro. Una lectura que en su tiempo se dejó pasar y a la que un buen día regresas para saldar una deuda que entiendes pendiente. ‘Los enamoramientos’, publicado en 2011, volvió a la vida a finales del pasado año cuando fue designada como la mejor novela de ese año 2011, siéndole otorgado a su autor el Premio Nacional de Narrativa. La noticia se convirtió en clamor desde el momento en que Javier Marías no aceptaba ese galardón en base a que siempre había rechazado “cualquier remuneración o premio que procediese del erario público”. Un acto relevante por lo inusual del mismo que a muchos nos llevó a hacernos con el libro, además de continuar alabando las bondades de su autor.
Bastan solo unas pocas páginas para darse cuenta de lo merecido de aquella distinción, así como para dejarse arrastrar, ya de manera inevitable, por una historia construida de manera magistral a través de un andamiaje siempre efectivo en este escritor y en muchos casos asombroso por la lucidez con la que se plantea. La historia de la muerte de un hombre y lo que supone esa ausencia en otras tres personas es el cuadrilátero por el que nos moveremos alrededor de una lucha entre el amor y el enamoramiento. “Puede suplantar el amor, por ejemplo; pero no el enamoramiento, conviene distinguir entre los dos, aunque se confundan no son lo mismo...”, así se refiere el autor a la necesidad de distinguir ambos afectos en un fragmento que, como otros muchos a lo largo del relato, nos deja con la boca abierta por su realización y por cómo en su interior asoman toda una serie de hilos de los que ir tirando para poder deshacer ese ovillo que envuelve a la historia central de la novela.
Y es que a partir de esa historia nuclear Javier Marías vertebra toda una serie de aspectos destacados de la vida del ser humano, aunque muchas veces no nos detengamos a pensar en ellos: el azar, las dudas, las relaciones entre hombres y mujeres, pero sobre todo, la ausencia. Siempre tan preocupados por lo que tenemos ante nosotros en pocas ocasiones hemos tenido la ocasión de reflexionar sobre el peso que significa la ausencia de un ser a nuestro alrededor y aquí es cuando el autor nos presenta una vertiente de genialidad, al plantear qué sucedería si esa persona tras su desaparición, ya asimilada por familiares y amigos, retornase para retomar su vida. No duda el escritor en mostrar lo inconveniente de ese hecho, planteado aquí como una suposición ante la acción que desencadena la novela, así como por su ejemplificación en una ‘nouvelle’ de Balzac ‘El coronel Chabert’, en la que se establece el paralelismo entre ambos relatos que irán entrelazándose a lo largo de ‘Los enamoramientos’. Consigue Javier Marías, tras acabar su novela, que nos echemos en brazos del gran escritor francés del siglo XIX para comprobar como hay situaciones, historias, relaciones y ámbitos inherentes al ser humano, ajenos a tiempos y modas, que responden esencialmente a nuestro comportamiento sobre este mundo.
Javier Marías nos llevará por diferentes estaciones entendidas como miradores desde los que asomarnos a todas esas variables relaciones entre personas que la vida atraviesa ante nosotros. Como todo buen escritor lo hace jugando con su lector, al que una vez completamente atrapado en su libro, sorprenderá con un giro final en el que todo lo leído anteriormente cambia su consideración, para abrumarnos con dudas y preguntas que, todavía varias jornadas después del fin de su lectura, siguen planteándose en nuestro interior, buscando respuestas, no tanto para ese relato como para nuestras propias vidas.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 3/02/2013
El Progreso 2/02/2013

martes, 5 de febrero de 2013

Ravachol, el mito



27 de enero de 1913. EL DIARIO DE PONTEVEDRA de aquel día se hacía eco de una brutal noticia. Ravachol, el loro de Don Perfecto, azote de señoras de postín, señoritas y curas, había muerto. La ciudad de Pontevedra abría así una de sus páginas más fecundas en cuanto a la consideración humorística de una ciudad. Un humor, que como decía Ramón Gómez de la Serna, es “la actitud más cierta ante la efemeridad de la vida...”. Ese humor es muestra de una Pontevedra, inteligente, culta, de grandes personajes de ciencias y letras, de tertulias en cafés, de charlas por las calles, de adelantos técnicos que permitían a esta ciudad ser un foco de cultura como muy pocas en una Galicia todavía anclada en un pasado de sombras. La muerte de ese loro, supone no una anécdota, sino la demostración de como un pueblo puede hacer de la fiesta un motivo de inteligente orgullo, además de convertir a Pontevedra en un referente moderno al convertir ese acto en un rebelde gesto ante la sociedad.
Ravachol llegó a Pontevedra como un regalo a las señoritas de Montero Ríos, como narra Sabino Torres, un regalo que tras el periodo estival de estancia en el Pazo de Lourizán las obliga a dejárselo al famoso boticario Perfecto Feijoo, éste, ante tal encargo, lo deja en las cercanas cocheras de carruajes ubicadas donde hoy en día se encuentra el Gran Garaje en donde el trato con mulas y demás animales era frecuente. Obviamente ese no era el mejor lugar para la adecuada educación del plumífero y fue así como su lengua se hizo afilada, recogiendo las más perversas palabras que emitían aquellas gentes que por allí pasaban. Al regresar las mozas y recoger a su loro no pasó un día hasta que lo tuvo de vuelta el boticario, ya que las palabras emitidas por el loro en el Palacio de Lourizán todavía resuenan en sus muros. Al boticario le hizo gracia este loro parlante tan mal hablado y lo acogió en su botica, en la Plaza de la Peregrina, convirtiéndose en un punto referente para los pontevedreses que por allí pasaban.

Éstos rara vez se escapaban de los improperios emitidos por el animal, `aquí no se fía', `se collo a vara', o el llamamiento a las mulas para que se moviesen `arre, arre', con lo que se hacía complicado detenerse ante el negocio. Junto a esas frases también era de destacar la capacidad para diferenciar a los clientes que por la farmacia aparecían: Desde el `Perfecto, señores', hasta el `Perfecto, paisana' llegando al `Perfecto, puta' en el caso de la que señora llegara excesivamente maquillada. Escapadas por los alrededores de la botica y su participación en alguna velada artística como la celebrada en el año 1900 en el Teatro Principal participando en un apropósito dirigido por Labarta Pose le afamaron. Su muerte fue por lo tanto, tremendamente sentida por toda la ciudadanía, y así fue como Perfecto Feijoo al ver las muestras de dolor que comenzaban a llegar a su negocio y coincidiendo la muerte con los preámbulos del carnaval decidió organizar unos actos propios de un alto dignatario. Mesa de condolencias, velatorio, cortejo fúnebre, y un último adiós a quién tantas risas había dejado en la ciudad. Que decir tiene que la iglesia no veía con muy buenos ojos estos actos, que parecían ridiculizar los servicios religiosos y su oposición fue frontal a tales actos, pero la voluntad popular venció y según cuentan, las riadas de gentes que acompañaron a nuestro querido plumífero desde el actual edificio de sindicatos, donde antes se ubicaba el Recreo de Artesanos, hasta el Circo-Teatro en la Alameda, donde tuvo lugar una esperpéntica velada lírica, pasando por la Herrería, Comercio, Villaverde, Michelena y Oliva, eran clamorosas. Gentes ataviadas de luto riguroso, crespones negros en las ventanas, telegramas llegados de los más dispares lugares de Galicia y hasta de Madrid, sobrecogieron a una ciudad, que desde entonces adoptó a este animal como un símbolo de muchas cosas, y que afortunadamente se recuperó en 1985 como distinción del carnaval de Pontevedra.
"Super abundantemente, super-profusamente, se repartirá en la mañana de hoy por las calles de Pontevedra, una sensacional y abracadabrante proclama. En ella se excita al pacífico vecindario a fin de que concurra a las siete de la tarde a la Plaza de la Constitución. El cadáver del nunca bien fusilado Ravachol, saldrá de la sociedad Recreo de Artesanos a la hora anteriormente expresada. En la comitiva figurarán carrozas, de nuestras sociedades de recreo, de los amigos del inconsolable Don Perfecto y del club Machada de Vigo, burros y burras de Caldas y el público en general, sin distinción de edades, sexos, ideas políticas, profesión, etc, etc..." De esta manera EL DIARIO DE PONTEVEDRA del 5 de febrero de 1913 convocaba a la población a asistir a la despedida del querido Ravacholiño, el loro del boticario. En el bando que se repartirá al público constaba la siguiente frase: "Se celebrará en el Circo-Teatro una criminal velada que correrá a cargo de unos cuantos conocidos atropelladores del arte cómico-lírico-rapsódico-romántico-sentimental". Del mismo modo se incluían los precios para asistir a la despedida de la estrella de la vida diaria pontevedresa de los últimos años. Es así como las sillas costarán 0,75 pesetas, la entrada general, 0,40 y los palcos 4 pesetas. "El programazo, fulminante, detonante, rebosante de varias reuniones y consultas, es el siguiente: Introito por la banda municipal, Latomonía biográfica, con los excesos consiguientes, por un entusiasta admirador del ilustre muerto, Canzonetta coreada por el signore Vittorio (imaginamos que sería el buen amigo del boticario Víctor Cervera-Mercadillo), Herejía lírica, recitada por la hermosa y encantadora y enamorable señorita Biancha d'ella Porta (aquí apostamos por el señor Blanco Porto), Discurso tétrico necrológico por un jefe de estación, que es de los que mejor conocen lo deprisa que marchan las cosas de este mundo, Gran marcha macabra triunfal coreográfica, Monumental apoteosis". Finalmente se hacía saber que "los productos obtenidos de la velada, destinaránse a beneficio de la Casa hospicio y de las Hermanitas de los pobres".
Como podemos apreciar, la imaginación y buen humor de esta gente constituyen todo un ejemplo de cómo una ciudad puede ser un reducto de alegría y buena convivencia, y todo ello gracias a un loro. Ravachol. ¡Que continúe el espectáculo!




FRANÇOIS-CLAUDIUS KOENIGSTEIN. RAVACHOL
A todos nos suena el nombre de Ravachol, que rápidamente identificamos con el emblema del carnaval pontevedrés, pero muy pocos quizás conozcan de donde procedía este curioso nombre para un loro. Desconocemos exactamente cuando el pajarillo cayó en las manos de Don Perfecto pero sí que por ese nombre podemos aproximarnos bastante a cuando debió de ser, ya que el nombre de Ravachol procede del de un conocido anarquista francés, que fue detenido y guillotinado por sus actos en 1892, como se ve en esta portada de El Petit Journal. François-Claudius Koenigstein, conocido como Ravachol, había nacido en 1859 en un hogar lleno de misería y trabajando desde los 8 años, pronto se integró en movimientos ateos y anticlericales y participó en diferentes revueltas sociales asaltando casas de jueces y comisarios de policía, en la convicción anarquista de hacer de la lucha la única salida a la situación de opresión de los más desfavorecidos. Convertido en héroe y mitificado como revolucionario, todavía se corea hoy en día su nombre en cualquier manifestación anarquista en Francia. Las acciones, palabras y gestos de este anarquista bien pudieron suponer su `paralelismo' con el del loro que se llamaría Ravachol, la conducta y palabras del animal bien le podrían haber conducido a cargar con el nombre del anarquista, cuya mayor fama tuvo lugar en los años ochenta del siglo XIX y durante su detención y juicio, con lo que es posible que el loro ya estuviese por esas fechas en la ciudad de Pontevedra. EL DIARIO DE PONTEVEDRA en sus crónicas internacionales, y dada la virulencia de los movimientos sociales y anarquistas del momento, solía hacerse eco de las actividades del activista francés y así en 1884 ya tenemos a Ravachol en esas páginas como partidario del cuchillo u otra mención en 1906 sobre los crímenes de los anarquistas y el empleo de bombas como medio de agresión a los poderosos. Es así como la figura de Ravachol, y ese nombre, no eran ajenos a la población pontevedresa que conocía de sus acciones. Lo que ya no sabemos es sí fue el boticario el que le puso el nombre, o si por el contrario fue en un cuartel militar, suponemos que en el actual de San Fernando, donde también se especula pudo haber pasado algún tiempo el lorito. Siendo así las cosas y dada su muerte en 1913, calculamos que Ravachol tendría entre veinte y treinta años cuando falleció algo normal en la vida de este tipo de loro gris africano-el más capacitado para el habla- cuya vida en buenas condiciones puede llegar a rondar los cuarenta o cincuenta años.

Imágenes procedentes de los fondos del Museo de Pontevedra

lunes, 4 de febrero de 2013

El día de la marmota


 EL PASADO sábado mientras medio mundo, sobre todo del Atlántico para allá, esperaba la salida de su madriguera de la marmota Phil para presagiar ante la prensa la duración del invierno; del Atlántico para acá, el otro medio esperaba ansiosa la aparición ante los medios de Mariano Rajoy para calibrar lo que puede durar el gélido invierno que, desde hace unas jornadas, se ha instalado en el PP y por extensión en el Gobierno de España.
Phil asomó su hocico y no detectó su sombra, con lo que la primavera tardará poco en llegar. Mariano Rajoy asomó la barba y su sombra fue demasiado alargada como para ofrecer cualquier noticia o gesto que fuese más allá de las consabidas palabras exculpatorias. Éstas auguran que las temperaturas continuarán siendo tan bajas que seguirán congelando el rictus de la cúpula popular. Mariano Rajoy no aceptó preguntas de la prensa. Phil tampoco.

http://www.abc.es/sociedad/20130202/rc-marmota-phil-predice-primavera-201302021956.html


Entre Dous. Diario de Pontevedra. 4/02/2013

domingo, 3 de febrero de 2013

Metáforas


En una de las escenas más hermosas de una película repleta de belleza como es ‘El cartero de Pablo Neruda’, el poeta le descubre a su singular cartero que éste acaba de crear una metáfora al describir cómo se siente tras escuchar una de sus poesías: «como una barca sacudida por sus palabras». Aquel cartero le llevaba al chileno sobres repletos de palabras, espumas y metáforas, en la dignificación de uno de los mayores inventos de nuestra civilización: el sobre. Gracias a él latían los enamorados, llegaban las noticias de vida y muerte durante las guerras, se salvaban los océanos entre hijos y sus madres, y todo, gracias a esos sobres arrinconados hoy por nuestras frías tecnologías. Pero las metáforas también se envilecen, más si es el dinero quien las compone. Esta semana el cartero se volvió tesorero para dejar un rastro de devastación en las filas del PP y el Gobierno. Su cúpula se cobija ahora, bajo un gran sobre, de la tormenta que está cayendo, pero agua y papel son mala pareja, y todo apunta a que ese sobre y su contenido se convertirán en un gurruño que acabará en cualquier papelera. Quizás sea esta la última misiva de un país internado en la UCI de la democracia, que además ve como incluso el necesario sello, con la imagen de su rey, también aparece desteñido por la falta de metáforas o quizás por la abundancia de ellas.

Publicado Diario de Pontevedra 2/02/2013