jueves, 31 de enero de 2013

Los males de una sociedad


Más conocido por su actividad cinematográfica, en la figura de Edgar Neville se reconocen numerosas bondades literarias. Sus novelas y relatos son fruto de su tiempo y en ellas se refleja el interés por una nueva época de descubrimientos y velocidad, por decirlo de alguna manera. Partes de una sociedad que muchos defendían como oposición a un tiempo caduco y aburrido. Llenas de una increíble lucidez, desde diferentes editoriales se revisa la obra literaria del director madrileño como sucede ahora con 'La familía Mínguez'.         



‘La familia Mínguez’, es el segundo título que la Editorial Clan recupera del más conocido como director de cine, Edgar Neville (Madrid 1899-1967). Dentro de lo que la propia editorial define como Biblioteca de Libros Olvidados, su publicación sirve para reafirmar el papel de este personaje dentro del panorama cultural español. El primero de ellos fue ‘La piedrecita angular’, en el que el autor se detenía en aspectos de la España de aquel momento que le llamaban la atención como manera de tomar el pulso al país a través de su clase media, a partir de un mundo popular en el que se percibe la vida de una sociedad. Si en aquella novela fueron el Rastro, los cómicos o los toreros, ahora, en ‘La familia Mínguez’ Edgar Neville coloca su lupa sobre aquello que consideraba más nocivo para una sociedad como es el papel de una burguesía acartonada y llena de defectos que hace de la vida un páramo para sí misma, y lo que es peor, para los demás.
Para ello se servirá de una serie de cuadros o estampas que se sucederán en el retrato de la familia Mínguez, con Doña Encarnación, esa mujer siempre preocupada por su papel dentro de la sociedad y las apariencias, arrastrando con ella a su marido, Don Eusebio, y a su hijo, Luisito, por una pendiente desesperante para cualquier ser humano. Junto a ella, Doña Enriqueta, su vecina, o su amiga, Doña Purificación, establecen un triángulo demoledor en el que lo cursi, los chismorreos o el hacer la vida imposible a los que les rodean serán su misión en este mundo, y aquello a lo que parecen dedicar en exclusiva todas sus fuerzas.
Edgar Neville hará siempre del humor en su obra, tanto en la cinematográfica como en la literaria, parte esencial. Convirtiéndose en el inteligente elemento que permite aproximarse a la realidad sin que ésta sea demasiado áspera para el espectador o el lector. Un humor claramente deudor de uno de sus contemporáneos, y al que consideró siempre como uno de sus maestros, Ramón Gómez de la Serna. Es por ello que su forma de utilizar el humor tiene mucho de conexión con la vanguardia, creando un prisma desde el que hacer rebotar la realidad. Un humor tan diverso que recorre un amplio espectro de posibilidades, desde el tono surrealista, a los toques poéticos-muy ligados al arte del que fue su amigo Charles Chaplin-, pasando por la lucidez de la greguería, especie de ‘género’ que definió al propio Ramón Gómez de la Serna o el lenguaje como recurso expresivo pleno de vitalidad. Esta forma de humor será la que defina la vida de esta familia madrileña en un ecosistema de intereses y apariencias, en el que el ser humano parece no tener más perspectivas que las de parecer lo que no es y formar parte de una especie de teatro de vanidades.
Edgar Neville odiaba este tipo de comportamientos ya que suponían un lastre para una sociedad que, en ese comienzo de siglo debía estar dedicada a hacer del progreso y el ansia de modernidad su única preocupación. Una cuestión que se convirtió en un elemento recurrente en su obra, desde sus tiempos en La Codorniz, revista humorística en la que se fueron publicando las escenas recogidas en este libro de manera periódica; hasta su cine, como en la que es su película más redonda, ‘La vida en un hilo’ (1945), por la que asoman los personajes de Doña Encarnación y Doña Purificación que tienen su origen en estos relatos. Desde todas estas estampas esa colmena de personajes y su relación, no solo entre ellos, sino entre otros individuos, se va a definir un tiempo muy concreto, ese al que perteneció este bon vivant, de origen aristocrático, que trabajó en Hollywood y que configuró una de las personalidades más extraordinarias de la España creativa de las primeras décadas del pasado siglo.


Publicado en Diario de Pontevedra 6/01/2013

martes, 29 de enero de 2013

Un punto de osadía en la mirada


Más conocido por su faceta como novelista, Antonio Muñoz Molina nos viene presentando de manera semanal en ‘El País’ algunas de las más certeras e interesantes miradas sobre el arte actual. Para los que no lo sepan el escritor jienense aparcó los estudios de periodismo para finalizar la carrera de Historia del Arte. Un amor y devoción por lo artístico que se incrusta en sus numerosos escritos sobre arte de  las últimas décadas. Algunos de ellos forman parte de este ya imprescindible volumen, ‘El atrevimiento de mirar’, editado por Círculo de Lectores.


Mirar. Vivimos en una sociedad repleta de imágenes que nos obligan a movernos sin dejar de pestañear. De hacerlo nos perderíamos algo de lo que sucede a nuestro alrededor. Esa saturación ha ido progresivamente deteriorando nuestras miradas, volviéndose éstas cada vez más fugaces y superficiales. Una pérdida de intensidad en la mirada que también ha afectado a cómo miramos el arte y cómo nos enfrentamos a él.
Si uno se detiene en una exposición a mirar, no solo a lo que en ella se nos ofrece, sino a los visitantes, veremos como cada vez más éstos pasan de una pieza a otra sin apenas detenerse ante ellas, convirtiendo la visita en una acumulación de destellos y perdiendo la oportunidad de profundizar en lo que se esconde en el interior de esa obra. Normalmente una intrahistoria con un carácter fascinante en el que acostumbra a residir ese punto de ignición que posee el arte para provocar en quien lo observa, desde ese punto de osadía que defiende el autor, ese pellizco que solo el arte es quien de ofrecer al ser humano.
Con ‘El atrevimiento de mirar’, el escritor Antonio Muñoz Molina, reune varios textos escritos a partir de las sensaciones que le han suscitado una serie de obras a lo largo de su vida y que ya fueron hechos públicos a través de catálogos o conferencias, a excepción del dedicado a Miguel Macaya. Se genera así un corpus de reflexión sobre la pintura de creadores tan diferentes como Georges de La Tour, Francisco de Goya, Edward Hooper, Juan Genovés, Pablo Picasso, Chistian Schad, Miguel Macaya o el fotógrafo Nicholas Nixon. Textos que dinamitan esa mirada fugaz, haciéndonos comprender cómo se puede observar el arte desde la misión de intentar desentrañar el interior de cada una de esas imágenes, a través, no solo de la acción de un pintor, sino mediante la comprensión de su propio mundo, el tiempo que le ha tocado vivir, así como ciertos referentes que se desprenden del estilo de su obra.

Dejando fuera de toda duda la destreza del autor tanto para la escritura como para el cómo nos traslada sus pensamientos, si algo nos cautiva y maravilla en esta publicación, es la capacidad para, a través de esas ventanas, acceder a diferentes periodos históricos y geográficos, estableciendo toda una serie de relaciones arrebatadoras para un lector que, en el caso de ser aficionado al arte, le harán disfrutar como con pocos libros lo podrán lograr. Cada una de las lecturas se vuelve más atractiva que la anterior por cómo se hila alrededor del cuadro todo el paisaje de una época, alcanzando su paroxismo con el texto titulado ‘Teoría del verano de 1923’, en el que parece que nos encontremos dentro de esa ‘Medianoche en París’ de Woody Allen, ante personajes como Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, Hemingway o Paul Eluard y toda una convocatoria mítica a partir del cuadro de Picasso ‘La flauta de Pan’. Unas abrumadoras líneas que transmiten, desde la intensidad de la palabra, un tiempo sin igual, en el que esa alegría de vivir matissiana impregnó a toda una generación volcada en la vida y a los que no costó demasiado instalar en sus obras esa perspectiva existencial.
Pero es que antes fueron la figura de ‘El tocador de zanfona’ de Georges de La Tour; el brutal ejercicio ilustrado de Goya con ‘Los fusilamientos del tres de mayo’; el encuadre de América de Edward Hooper en ‘Oficina en la noche’; la sombra de una vida en el ‘Retrato del doctor Haustein’ de Christian Schad, las multitudes caminantes en ‘Amarillo’ de Juan Genovés, la complejidad del paso del tiempo en ‘Las hermanas Nixon’ de Nicholas Nixon; o esa figura pertrechada como un boxeador de Miguel Macaya, los que sirvieron a Antonio Muñoz Molina de excusa para llevarnos a la Costa Azul en los años veinte, al barroco francés, a la España ocupada por el invasor francés, a esa América quizás no siempre tan realista, a la efervescencia de la República de Weimar, al estilo de un pintor que puso distancia ante el miedo, a los lazos de una familia a través de una serie de fotografías o la ‘extrañeza de lo visible’ con la que Antonio Muñoz Molina nos deja helados por la precisión de esa percepción al referirse a la obra de Miguel Macaya.
Tiempos, latitudes, estilos, impresiones evocadas a partir de cada una de esas imágenes que se incrustan en el cerebro y de las que lentamente surgen conclusiones que superan ese trabajo y buscan su anclaje en tiempos pretéritos y en establecer vínculos con creadores coetáneos o anteriores para leer el arte de una manera permeable a lo que se mueve más allá de su marco. Quienes estudiamos Historia del Arte lo hubiéramos agradecido en aquellos profesores que limitaban las posibilidades de expresión de lo artístico a la visión de la pieza expuesta, negando el arte como reflejo de una realidad a la que nunca debemos renunciar a mirar. Si ellos no lo hicieron que seamos nosotros los que nos atrevamos a mirar el arte desde los ojos de Antonio Muñoz Molina.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/01/2013
Imagen 'La flauta de Pan' de Pablo Picasso

lunes, 28 de enero de 2013

Un rastro a seguir


La historia de un niño y un pastor en constante huida por un territorio fantasma es el soporte argumental de la primera novela de Jesús Carrasco.


Cada cierto tiempo las editoriales nos bombardean con un lanzamiento espectacular. Con la inesperada aparición en el firmamento literario de un creador que pondrá patas arriba ese firmamento. La mayor parte de las veces el bombardeo se queda en una operación de marketing de cara a elevar las ventas de un libro que pretende optar a la condición de best-seller pero que desde el punto de vista de la escritura poco nos aporta.
En esta ocasión la editorial Seix Barral ha apostado por un autor que publica su primera novela bajo el título de ‘Intemperie’ pero en este caso no estamos ante fuegos de lucería, sino ante una literatura tan arrebatadora que lo primero que uno piensa, y dicho de manera coloquial, es que “donde demonios estaba metido este tío”.
‘Intemperie’ es un lacerante recorrido a través de la relación surgida entre un niño y un pastor con un tercer protagonista de vital importancia, como es el paisaje en el que se desarrolla su huida. Un camino árido y pedregoso en el que todo se vuelve en contra de dos personajes nacidos para la derrota y el sufrimiento. No sabemos sus nombres, el por qué de su huida, ni siquiera esa geografía carece de referentes que conozcamos, todo está sometido al cruel devenir de dos seres humanos sometidos a un amenazador destino. Una atmósfera desasosegante a la que todo lo dicho ayuda a configurar pero en la que sobre todo el lenguaje es el arma para suscitar todo ese ambiente brutal.
Cierto es que no se es muy original emparentando este libro con el gran relato del norteamericano Cormac McCarthy, ‘La carretera’, pero sí que esa similitud surgida de la comunión de un espacio devastado y dos seres sometidos a su dictado moviéndose a través de él, enseguida nos puede ofrecer una pista sobre lo que nos podemos encontrar. No es tampoco una mala comparación al realizarse entre un escritor ya consolidado y el todavía desconocido Jesús Carrasco, aunque todo parece que la condición de desconocido será muy breve. Sorprende, sobre todo, para ser una primera novela, lo madurado del lenguaje, como cada palabra está perfectamente situada para ir creando una tensión que emana de esa tierra, para a través de los dos protagonistas, llegar hasta el lector que no tarda en sentirse profundamente afectado por ese viaje desalentador y al que te unes en la búsqueda de una salida cada vez más teñida de odio, dolor y resignación.
La única capacidad para la emoción nace del apoyo mutuo que los protagonistas principales se ofrecen entre sí para, desde el desconocimiento que uno posee del otro, encontrar una solución a esa deriva a la que se han visto sometidos. Dos personajes revestidos de una dignidad que parte del sufrimiento, de la capacidad de resistencia ante un enemigo cruel que les persigue como la personalización de la violencia que acecha nuestra existencia.
Lo realmente paradójico es cómo de ese escenario desolado, en el que solo existe lugar para un sentimiento trágico de la vida, el autor es todavía capaz de dejar algún punto de hermosura, una especie de poesía abonada con las lágrimas de dolor que se descuelgan por la mejilla de ese niño ante la lección más dura que nunca llegó a imaginar y que parte de aquellos que se dicen sus semejantes, situándonos así en varios pasajes ante la posibilidad de redención humana oscurecida durante gran parte del relato.
Posiblemente nos encontramos ante la revelación literaria de la temporada y una experiencia para un lector desacostumbrado a libros de esta intensidad que, como en ‘Intemperie’, deseas llegar al final para desembarazarte de su opresión, aunque solo unos minutos después eches de menos la sequedad de sus páginas.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/01/2013
                                  Progreso de Lugo      26/01/2013

domingo, 27 de enero de 2013

Columnismo


Para empezar pongamos las cosas claras. Ni el que firma este artículo es un fantasma, ni esta columna vale 3.000 euros. Ahora sí. Corren malos tiempos para un columnismo todavía no repuesto del fallecimiento de Francisco Umbral y al que Pedro J. intenta resucitar a través de Manuel Jabois. Un rayo de esperanza que podría iluminar un camino renovador de un sinfín de plumas que escriben con la densidad de una tinta cada vez más cansina. Con la inalterable guardia pretoriana de El País esgrimiendo metáfora tras metáfora, mientras se condena a David Trueba a la tortura de colocarlo horas y horas sin entubar ante la televisión; en la otra orilla, un hálito de vida emerge de firmas como las de Antonio Lucas o David Gistau. Ahí lo tienen, los pájaros se tiran a las escopetas con el hombre de los tirantes renovando el yermo paisaje del columnismo patrio, donde son muchos los fantasmas que por él pululan con traje y cara, mucha cara, mientras otros fantasmas, de piel nívea y labios rojizos, se travisten bajo la chusca sábana de la picaresca que entremezcla letras con política. Un cóctel de poder, ideas, engaños y amores que además de para facturar a golpe de tocomocho nos ha descubierto a una articulista y una escritora que no sabíamos que articuleaba ni que escribía llamada Irene Zoe Alameda, de seudónimo, Amy Martin.

Publicado Diario de Pontevedra 26/01/2013

miércoles, 23 de enero de 2013

Una encrucijada fotográfica


El gran fotógrafo de la América del Oeste llega al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Una mirada hacia una geografía llena de sugerencias, anclada en relatos literarios y cinematográficos, a través de las pequeñas miradas de esa colección de fotografías que nacieron para ilustrar libros pero que por su fortaleza se han ido independizando de sus páginas para ser una obra de arte por sí mismas. Robert Adams reflexiona sobre el encuentro entre civilización y naturaleza en un contexto lejano que nos acompañará hasta el 20 de mayo.


Más de trescientas fotografías de pequeño formato componen una espectacular muestra que ha sorprendido incluso al comisario de la misma y encargado de la catalogación de su obra en la Yale University Art Gallery, Joshua Chuang, por el montaje espléndido que se efectúa en la tercera planta del Edificio Sabatini del Centro Cultural madrileño. ‘Robert Adams: el lugar donde vivimos’ es el título de esta muestra que nos abre un inmenso horizonte, el de esa geografía norteamericana que conocemos en muchos casos por el cine y la literatura.
En las fotografías de Robert Adams (Nueva Jersey, 1937) se crea una encrucijada de caminos entre esas diferentes formas de narrar, y de hecho, sus imágenes parecen formar parte de un gran relato. Un recorrido por la historia de un vasto territorio en el que al posar la mirada se descubren pequeños relatos, historias minúsculas de hombres insertos en esa naturaleza que nos absorbe y a la que todavía hoy se enfrenta este fotógrafo, uno de los más destacados del mundo de la fotografía.
Fotografía que también nos lleva a la reflexión, al cuestionar nuestro papel en ese horizonte inmenso y cómo nuestras acciones interfieren en él, normalmente para degradarlo y en consecuencia, para su empobrecimiento. A través de estas miradas austeras, sin grandes distracciones y que van directamente a presentar ese encuadre de un espacio, podemos entender la realidad de las cosas, casi siempre llenas de un misterio que el arte pretende siempre desentrañar.
Robert Adams lo hace y lo muestra por primera vez en Europa mediante esta gran retrospectiva convertida en la cartografía de un territorio, en la comprensión de algo que parece escapársenos de las manos día tras día pero que, merced a su mirada, se convierte en un territorio eterno, debido precisamente a la contundencia de la imagen. En conjunto funcionan todas esas imágenes como un catálogo de antropología, despreciando cualquier concesión a la búsqueda de una belleza falsa que nos conduzca a una contemplación errada de la realidad.
“En este paisaje el misterio es una certidumbre, una certidumbre elocuente”, comenta Robert Adams sobre su trabajo, y es desde esa elocuencia desde la que surge el asombro por la capacidad de su fotografía para hacerse grande y conmovernos. Como ha hecho Cormac McCarthy con sus novelas o Edward Hooper con su pinturas, todos ellos miran a América con esa pátina de grandeza que les otorga un talento descomunal para convertir aquello que es real en objeto artístico y sembrarlo de interrogantes para nuestra reflexión y esto es lo que hace de su arte un arte eterno e intemporal.
Cuando con su familia se trasladó de Nueva Jersey a Colorado con tan solo quince años poco se imaginaba Robert Adams que aquel paisaje iba a convertirse en su vida, el motivo de una existencia ligada a retratar una tierra que nos cobija y que solemos despreciar a menudo. Y es que hay ocasiones en las que una circunstancia de la vida nos coloca ante nuestra misión en este mundo. Robert Adams nos hace ahora partícipes de la suya.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 23/01/2013

martes, 22 de enero de 2013

Lincoln, La forja de un mito. De John Ford a Steven Spielberg


Con doce nominaciones a los Oscar, ‘Lincoln’, de Steven Spielberg, se convierte en una nueva revisión del gran mito presidencial. La figura de Abraham Lincoln, solo comparable en su atractivo para el pueblo americano al magnetismo de John F. Kennedy, encierra muchas de las esencias de esa nación. Llevada al cine en más de doscientas ocasiones, y desde infinidad de puntos de vista, son las versiones de dos de los mejores directores de la historia, John Ford y Steven Spielberg, las que nos conducen al decimosexto presidente de los EE UU.


El estreno en España durante este fin de semana de ‘Lincoln’ de Steven Spielberg nos vuelve a situar ante la historia de los Estados Unidos a través de una de sus figuras más míticas, la del presidente Abraham Lincoln y sus últimos meses de vida


Si hay dos cuestiones de las que los Estados Unidos de Norteamérica se enorgullecen son de su cine y de la figura de su presidente. Cuando estas dos fuerzas se unen generan una inusitada atención a su alrededor. Y cuando lo hacen de la mano de directores que dentro del entramado cinematográfico son casi como los presidentes en el mundo de la política, esa atención mediática se dispara. De entre esos directores dos destacan sobre el resto a lo largo de la historia, John Ford y Steven Spielberg. Dos hombres de dos tiempos distintos pero en cuyo cine se mueven unas coordenadas comunes, siendo quizás los dos directores que a través de su cine mejor representaron muchas de las características de la sociedad norteamericana. Si durante sus carreras podríamos encontrar muchos lugares comunes, en esta ocasión una figura emblemática de la política y la historia estadounidense los ha unido todavía más. Esa figura es la de Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de ese listado de hombres que, sin fisuras, una vez elegidos, agrupan tras ellos a toda una nación con independencia de los colores de cada ciudadano.
El hombre que rige los destinos del país más poderoso del mundo ha cautivado en infinidad de ocasiones al mundo del cine. Cuanto más atractivo haya sido su mandato, mayor será el interés por parte de los diferentes directores y los estudios de Hollywood. Así, nombres como los de Lincoln, Kennedy o Nixon se llevan la palma a la hora de ser llevados al cine y cada uno por aspectos muy diferentes.
John Ford ya había abordado, aunque de manera secundaria, la figura de Abraham Lincoln en ‘Caballo de hierro’ (1924). Película en la que se trata la unión del país por medio del ferrocarril transoceánico. Una de las ambiciones de Abraham Lincoln fue la de conseguir que las dos orillas del país, la costa Atlántica y la costa del Pacífico, estuviesen unidas por el gran medio de transporte vertebrador de esa geografía, como lo fue el ferrocarril en el siglo XIX.
Durante su corto mandato, entre 1861 y 1865, su gran preocupación fue la de mantener unido al país. La guerra civil, que ocupó por completo su mandato, fue su gran frustración, debido a las continuas diferencias entre el Norte y el Sur, en buena medida a causa de la abolición de la esclavitud (de la que era firme defensor y que se convirtió en otro de los ejes de su gobierno). Esa unión física del país era, además, vital para las medidas económicas a las que también se dedicó el presidente, basadas en un sistema aduanero de carácter proteccionista y una banca inflacionista.
Economía, infraestructuras y la defensa del ser humano marcaron su política y junto a su personalidad, con gran capacidad para encandilar a los votantes mediante sus discursos, y una enorme autoridad moral fueron acuñando su figura como la del gran presidente norteamericano. El último capítulo de su vida cerraba también de manera, podríamos decir muy cinematográfica, su trayectoria con su asesinato por parte de un actor durante una representación en el Teatro Ford.
Solo cuatro años en la presidencia de los Estados Unidos, pero con una cantidad de conquistas que permitieron afirmar de él que fue el salvador de los Estados Unidos, quien unió a esa gran nación mediante lo que él mismo definió como “el gobierno de la gente, por la gente y para la gente”.
No podía, por lo tanto, pasar mucho tiempo desde que John Ford comenzara a tener galones e n Hollywood para llevar al cine la vida o, por lo menos, algún aspecto de la existencia de Abraham Lincoln. Así lo hará John Ford en 1939 con ‘El joven Lincoln.
Si Steven Spielberg ha elegido a Daniel Day-Lewis para interpretar al presidente americano, John Ford apuesta por Henry Fonda. En el ‘muestrario’ de actores hay un número de ellos a los que su carrera ha ido situando ante la posibilidad de llevar a cabo con éxito la interpretación de personajes que son emblemáticos y muy simbólicos para el pueblo americano. La fisonomía de Henry Fonda, alto y delgado, contribuían a definir la imagen física del presidente, pero además de físico el actor debía contribuir con su propia personalidad. Actores como James Stewart, Gregory Peck o Henry Fonda son ese tipo de actores en los que el ciudadano americano aprecia y reconoce la honestidad necesaria para reflejar a ese tipo de personajes. Con Henry Fonda el director estrena en ‘El joven Lincoln’ una colaboración de gran éxito, acogiéndolo entre sus íntimos protagonistas junto a James Stewart o John Wayne. Es famosa la frase de Ford sobre Henry Fonda: “¿Usted ha visto caminar a Henry Fonda? Pues eso es el cine”, y no hay más que ver ‘Pasión de los Fuertes’ (John Ford, 1946) para estar de acuerdo con el director irlandés.
John Ford escapó de caracterizar demasiado a su protagonista, solo incidió en aumentar su nariz en cuanto al aspecto físico, y lo cierto es que ver a Henry Fonda peinado como el presidente, con su traje y el sombrero de copa, es aproximarse a la configuración de un personaje del que Daniel Day-Lewis, a buen seguro, ha bebido en su, por otra parte, portentosa caracterización.
John Ford, a diferencia de Steven Spielberg, que se centra en los últimos cuatro meses del mandato presidencial, centra su argumento en el nacimiento del personaje. Todavía está muy lejos la posibilidad de llegar a la presidencia de los Estados Unidos y lo que se nos presenta es a un joven que comienza a desarrollar alguna de las cualidades que posteriormente le llevarán a ocupar ese puesto: su facilidad para elaborar un discurso que llegue a la gente o su interés por los libros que le hará desembocar en la realización de la carrera de Derecho. nos irá mostrando su defensa de la justicia, de los derechos de las personas, de la propiedad individual y a diferenciar lo que es justo de aquello que no lo es. John Ford nos presenta a un hombre muy observador que tiene “la cabeza sobre los hombros”, como se comenta de él a lo largo de la película. La palabra será su gran arma ante la sinrazón y las masas que buscan la justicia ciega. La película va derivando en un juicio en el que el joven abogado Abraham Lincoln defenderá a dos hermanos acusados de un crimen que no han cometido. John Ford cree firmemente en la justicia y a través de sus juicios en el cine es capaz de establecer la luz allí donde solo parece que habrá oscuridad. Algo similar sucederá en otra película de Ford, ‘El sargento negro’. Abraham Lincoln, lejos de mostrarse como un héroe, aparece como un ser humano, y no dudará en aceptar el pago que la humilde familia de los acusados le ofrece.
La película de John Ford no va más allá en sus intenciones y Steven Spielberg coincide en ese retrato lleno de humanidad, despojando al presidente de la condición de héroe y mostrándolo como un personaje con muchas tormentas familiares y sometiendo su vida a la consecución de esa decimotercera enmienda que, con su aprobación y entrada en la Constitución, aboliría la esclavitud. Spielberg se detiene en esos cuatro meses finales de la vida del presidente Lincoln, tras su reelección y con el remate de la guerra civil como escenario en el que instalar el verdadero debate de la película que es el cómo se maneja la política en las altas esferas norteamericanas. Y sorprende como se puede establecer un profundo paralalelismo entre aquella situación, que tuvo lugar el 31 de enero de 1865, día en el que se celebró la votación entre los representantes de los diferentes estados, y lo que puede estar sucediendo estos mismos días en los que Obama busca apoyos entre los congresistas republicanos para la mejora económica del país. La fuerte conciencia individual de la sociedad americana parte de aquel tiempo, y en la película comprobamos cómo se debe ir ganando el voto congresista a congresista, destapando en muchos casos demasiadas vergüenzas, y al tiempo que la disciplina de voto entre los miembros de los partidos Republicano y Demócrata no es un asunto siempre cerrado.
Spielberg retrata a un Lincoln antológico ayudado en mucho por la formidable interpretación de Daniel Day-Lewis en el que en todo momento reconoces ese perfil de Abraham Lincoln acuñado por la historia norteamericana y, cómo no, el cine. La película desde el punto de vista técnico y formal es absolutamente intachable y nos ofrece a un director que renuncia a muchas de las componentes de su cine. Él mismo durante estos días promocionales ha calificado  la película como la más europea de las que ha hecho, por la importancia de los actores y los muchos diálogos y enfrentamientos directos entre un reparto soberbio (especial atención a la interpretación de Tommy Lee Jones). Todo ello sitúa a esta película dentro de la carrera de Spielberg como una apuesta muy especial con la que uno de los directores más americanos de los Estados Unidos ha soñado desde niño, como tantos y tantos directores que llevaron al cine la historia del decimosexto presidente de los Estados Unidos, un Abraham Lincoln que si aparece esculpido para la eternidad en el monte Rushmore también el cine se ha dedicado ha esculpirlo en la pantalla entre luces y sombras.
John Ford y Steven Spielberg han sido solo dos de ellos, pero su importancia dentro del cine del ayer y del hoy planteaba la necesidad de una comparación entre dos formas muy diferentes de tratar un mismo asunto. Más de setenta años de distancia nos hablan de narrativas y espectáculos muy distantes, pero en ambos interiores encontramos respuestas a una misma necesidad: la de humanizar a un héroe de su país.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 20/01/2013

lunes, 21 de enero de 2013

Las identidades de un poeta



Ese mar abisal que cubre sus tapas es el que nos engulle dentro de la última creación poética de Felipe Benítez Reyes. Bajo el título de uno de sus poemas: ‘Las identidades’, se da nombre a un poemario que recoge lo escrito y seleccionado por el escritor en los últimos seis años. Seis años de miradas convertidas en verso, seis años de bajada a los infiernos del ser humano a través de un ejercicio tan íntimo como expiatorio de la conexión del poeta con la realidad. Al leer cada uno de estos versos, agrupados en tres episodios, se percibe lo necesaria que es la poesía en estos tiempos. Seguro que el autor me permite emplear de nuevo lo que Luis García Montero comentó en Pontevedra ante los que acudimos a escuchar sus palabras: “La poesía es un ajuste de cuentas con la realidad”. Ni más ni menos.
Con ‘Las identidades’ Felipe Benítez Reyes nos coloca ante infinidad de espejos, una de sus palabras más queridas y que más veces aparecen por estas líneas. Espejos en los que reconocer al ser humano para así activar en ellos el pensamiento, el tiempo, la memoria, el pasado y el futuro para entender este confuso presente. En esos espejos se escribe nuestra esencia, se recapitula una manera de existir en este planeta en el que el individuo cada vez más pena en un deambular con su brújula imantada por aquellos que desean el fracaso del ser en beneficio del triunfo del yo. El egoísmo como cáncer público e impúdica forma de devastación.
Hay poemas que uno no se cansa de leer, de volver a empezar y disfrutar una y otra vez como inserto en un orgiástico laberinto. Desde el ingenioso y lúcido empleo del lenguaje, hasta la composición del poema y lo que se esconde tras los blancos que separan esas líneas, todo es casi alucinatorio. Blancos bajo los cuales ya no existe red alguna y en los que el poeta nos deja al descubierto por el efecto de la palabra. Sorprende cómo se puede decir tanto con tan poco, cómo esa palabra, elegida siempre de forma precisa, ofrece un recorrido tan brutal que nos deja sin defensa alguna, desnudos ante otro espejo, el de la verdad.
Ese recorrido que realiza el poeta parte de nuestro interior, casi del alma para, en la primera parte del libro, situarnos ante una serie de poemas llenos de preguntas y por supuesto de dudas, ¡benditas dudas! a partir de las cuales buscar un conocimiento de aquello que nos afecta. Se amplía ese viaje hacia el exterior en el segundo capítulo, hacia ciudades y espacios, hacia lugares a los que nos conduce el autor de una manera vertiginosa. Es posible que nadie desde Pessoa haya escrito algo tan hermoso sobre Lisboa como el poema que lleva el título de la capital lusa logrando casi que uno coja la maleta, se suba a un coche y se coloque en la desembocadura del Tajo leyendo ese poema frente a la ciudad: "recién llegados a Lisboa, amor mío, para leer Lisboa, los dos que somos nadie y juntos, sin embargo, somos todo". Maletas que se llenan de manera brillante como en su poema napolitano, otras se vacían ante la calamidad de este mundo como en su mirada sobre la emigración ilegal y la llegada de pateras, por ejemplo, a su querida playa de Rota. Pellizcos todos ellos que elevan a la poesía a la condición de notaria de una realidad que no siempre comulga bien con las rimas, pero a la que la poesía somete, en esta ocasión de manera rutilante. Vuelven a bajarse las luces para rematar el poemario, para volver a los espacios más cercanos al ser humano en ese tercer capítulo de infancias, alianzas, oscuridades, familias, pero sobre todo, identidades. Presencias en las que la poesía toma cuerpo para golpear nuestra mente, para hacernos ver más allá y ayudar a encontrarnos dentro del constante mercado de espejismos para al final estar, "Tan perdido de ti que al fin te encuentras".



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 21/01/2013


domingo, 20 de enero de 2013

A necesidade da novela negra



Todo sistema literario que se prece de selo necesita ter a súa dose de novela negra. Os últimos tempos puxeron de moda este tipo de literatura, sobre todo pola chegada dos narradores nórdicos, que puxeron as librarías a rebentar de clientes que querían facerse coas súas novelas policiais. Pero dende os clásicos norteamericanos Raymond Chandler ou Dashiell Hammett, o certo é que esta literatura ten moitos seguidores fieis, ademais de ser unha necesaria andamiaxe para cada unha das literaturas do mundo. A escrita galega tamén acolle dende hai uns anos a un narrador que soubo collerlle o pulso a este tipo de narrativa e presentar ante nós as mellores novelas do xénero na nosa lingua. Diego Ameixeiras foi quen de voltar a mirada dos lectores galegos cara a este tipo de novelas, primeiro cunhas obras nas que o ambiente detectivesco afondaba na identidade galega con bastantes toques de humor, e que despois, co paso do tempo e a evidente mellora no oficio, foron dando paso a unhas novelas moito máis escuras e cunha densidade no traballo da configuración dos personaxes que incrementa a achega do autor á nosa literatura.
Aquela novela de 2009 na que se aprecia o cambio de rumbo, ‘Dime algo sucio’, mergullábase en temas como o da pederastia, unha porta que cruzar e da que xa é moi complexo volver. Pescudar nesa especie de miseria humana dende o feito literario preséntase como un desafío constante para o escritor, desafío do que xa será moi complexo tentar desfacerse. Chegados a este punto, e coa última novela de Diego Ameixeiras nas mans, ‘Todo Ok’ convértese na depuración dun estilo, eliminando moito do superfluo que adoitan ter este tipo de tramas, en moitos casos ao verse en exceso sometidas aos ditados das vendas. Nesta ocasión 131 páxinas son máis que suficientes para argallar unha novela fiel ao espírito do xénero e na que, debido a esa eliminación das distracións, se pode albiscar unha maior profundidade na achega dos personaxes, o que adoita ser un maior pulo da intensidade dramática e maior interese literario.
Cóntanos o autor a historia de Inés Landeira, unha muller involucrada nun delito de narcotráfico que tenta refacer a súa vida e evitar a entrada no cárcere. Estamos ante a historia duns protagonistas que fían as súas relacións en base ás desconfianzas e os medos, cunha xustiza que se move entre sombras, tan excesivas como perigosas, e da que penden os diferentes nomes que pasan por estas páxinas. As descricións son sobrias e amósanse cortantes, e semellan irse tallando nese anaco de madeira que son as vidas e os feitos que a cada un deses nomes lles depara a súa existencia nesta sociedade cada vez máis ameazadora para o ser humano. Faltos da esperanza no futuro, eses protagonistas deberán xogar a súa partida nun presente do que loitan por saír pero no que están obrigados a ficar. ‘Todo Ok’ parte dun suceso real que o autor fai seu para situar sobre nós esas desesperanzas carentes de enganos, tanto para os personaxes como para o propio lector. Agradécese esa elección por parte do autor, ese despoxar de ornamentos o que dificilmente pode telos. O narcotráfico é parte da historia de Galicia, aínda que non moitas veces é escollido como motivo para a creación a pesar que del se poidan recoller moi bos froitos, como é o caso, aínda que serva só como lacerante desculpa para situar aos seus protagonistas no fío dun barranco con faciana de home. Seres que poden caer ao mar en pago dun tributo polos seus feitos, débeda da que aínda que tentes fuxir sempre terás unha conta pendente e cuns intereses maiores se con quen negocias carece dos menores escrúpulos. Outra das xogadas erradas que se poden dar nas nosas vidas.
Con ‘Todo Ok’ Diego Ameixeiras enfía a plena madurez da súa obra á que deberemos seguir atentos para que os seus vindeiros relatos policiais nos sigan engaiolando e formen parte esencial da nosa formulación literaria. Unha forza que non debemos perder, como eses rincóns escuros e poucos iluminados, que son sempre tan necesarios para unha literatura. Polo de agora ‘Todo Ok’.


Publicado en Diario de Pontevedra 20/01/2013

1.276


Lo que ven ahí arriba no es una fecha, y ¿por qué? pues por algo tan sencillo como un punto. Las fechas no llevan punto y las cifras sí. Que se lo pregunten a Bárcenas que no hace más que evadir grandes cifras llenas de majestuosos puntos. Muchas veces cifras y fechas se confunden y todo por culpa del dichoso punto. Yo no sé si Mariano Rajoy tenía muchos tratos con Bárcenas, no por lo de las cifras, sino por lo de los puntos, ya que su esperada durante meses, meses, meses y más meses visita a la inauguración del Sexto Edificio del Museo de Pontevedra (lo que llena una columna esta terminología) nos dejó una sentida dedicatoria en el libro de firmas del organismo provincial del que fue presidente según su puño y letra entre 1.983 y 1.986. Solventar la confusión entre cifras y fechas es parte de la ingente misión del profesorado en nuestro país. Esta semana el conselleiro de Educación daba una cifra, esta sí con su puntito tan bien colocado como lleno de orgullo: 1.276, que son ni más ni menos el número de profesores que desde el curso 2009-2010 se han eliminado de la enseñanza pública. Justificaciones aparte, lo cierto es que en este curso hay 1.276 razones más para que nuestros alumnos caigan en el error de confundir cifras con fechas. Aunque claro, si un presidente del Gobierno lo puede hacer, por qué no un escolar gallego. 


Publicado en Diario de Pontevedra 19/01/2012

martes, 15 de enero de 2013

¡Bendita enfermedad!


‘El mal de Montano’ es parte del proceso de reflexión del autor, Enrique Vila-Matas, sobre lo que puede llegar a suponer lo literario en el hombre.


Es esta la segunda vida de un libro. La resurrección de un texto emblemático en la obra de Enrique Vila-Matas que, de la mano de la Editorial Seix Barral, nos vuelve a alumbrar con su mejor escritura. Y hablar de la mejor escritura de este autor es mucho decir. El creador de piezas como ‘Bartleby y compañía’ o ‘Dublinesca’, por citar solo dos títulos que además están muy relacionados con éste que nos ocupa, ha venido a conformar una de las obras literarias más firmes de nuestras letras. Con ‘El mal de Montano’ Enrique Vila-Matas continúa ese proceso reflexivo en torno al hecho literario y como éste afecta al creador hasta consecuencias de lo más imprevisibles, tanto para los protagonistas de la novela, como para los propios lectores, que se dejan llevar por unos territorios, que, en el caso de este escritor, nunca dejan de sorprender al conducirse por espacios experimentales que acaban por deslumbrar al lector.
Con su primera edición en el año 2002 Enrique Vila-Matas buscaba exortizar los demonios literarios que le conducían hacia la literatura como enfermedad, una acción compulsiva que le lleva a escribir de manera permanente, dándole la espalda prácticamente a todo lo que no sea componer un relato. Una reacción diametralmente opuesta a la que había presentado años antes con otro gran libro, ‘Bartleby y compañía’, en el cual era precisamente el efecto contrario el que se producía, al ser el abandono de la escritura lo que propiciaba la trama de la novela. Ambos escritos contaron años después con un maravilloso epílogo, ‘Dublinesca’, en la que un editor con la moral por los suelos, se une a tres escritores para desplazarse hasta Dublín a rendir homenaje a James Joyce, así como a certificar el fin de una época en lo literario.
Como vemos estamos ante tres obras que entre sí se mueven continuamente alrededor de una literatura capaz de producir monstruos, de adentrarse en nuestra mente para conducirnos por lugares insospechados. Por esos lugares serán por los que se mueve el protagonista de ‘El mal de Montano’, una enfermedad literaria que le llevará a realizar un viaje, no solo de coordenadas geográficas, sino, y este será el más interesante, a través de las obras de diferentes autores que hicieron del género del Diario un ejercicio  que obliga a la escritura de forma permanente. El autor muestra además de un profundo y maravilloso conocimiento del universo literario, una manera de aproximarnos a todos ellos que se convierte en el verdadero origen del interés que despierta la obra en el lector.
Enrique Vila-Matas nunca se acomoda a la hora de estructurar sus trabajos, siempre nos sorprende, y durante la lectura de esta novela, en la que el propio protagonista va escribiendo su libro a modo de diario, el lector va transitando por una mezcla de géneros entrelazados. Piezas de un puzzle que al final ofrecen la perspectiva de lo que es una enfermedad que podríamos calificar como bendita, por lo que de productivo tiene para el hombre como visualización de sus capacidades creativas o intelectuales, pero que en su peor versión degradan y acosan a ese protagonista consumiéndolo a cada instante, en una suerte de ‘mal de vivir’ como Fernando Pessoa dejara enunciado en su ‘Libro del Desasosiego’ y al que se hace referencia, junto, como ya comentamos, a otros autores también afectados por este vertiginoso mal.
Una enfermedad que provoca la lucha de protagonista y autor contra aquellos que no respetan lo suficiente este oficio, contra los que realizan, afrenta tras afrenta, un malsano ejercicio contra este noble arte, y que son, por lo tanto, merecedores del repudio. Una crítica suavizada desde la brillantez, la inteligencia, y las siempre necesarias dosis de humor.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/01/2013

lunes, 14 de enero de 2013

La belleza en el crepúsculo


El Centro Cultural Marcos Valcarcel de la Diputación de Ourense acoge entre el pasado mes de diciembre y el próximo mes de febrero una amplia muestra sobre la obra del pontevedrés Manuel Moldes. Un recorrido por el trabajo de los últimos años, donde reconocemos obras ya expuestas en otros espacios, pero donde descubrimos también el inicio de un nuevo camino, marcado, por una exaltación de la belleza a la que todo pintor nunca debe renunciar. Manuel Moldes nos impresiona con este giro que augura felices consecuencias para su pintura.


En el año 2003 y con el chapapote vomitado por el ‘Prestige’ tiñendo de negro y miseria, sobre todo moral, nuestras costas, Manuel Moldes componía un tríptico emblemático ya de su obra ‘A matanza do porco’. Una exortización de un tiempo que parecía oscurecer a todo un país. Aquel mismo año el CGAC le dedicó una completísima exposición en la que, comisariada por Miguel Fernández-Cid se recomponía toda una trayectoria esencial a la hora de aproximarse al discurrir de la pintura en Galicia durante las últimas décadas. El tiempo ha pasado, y nos ha echado diez años encima a todos. Caprichosamente de nuevo vivimos tiempos oscuros, calamidades en forma de penurias económicas que asolan a gran parte de la población. A diferencia de aquella ocasión en el CGAC, Manuel Moldes parece querer abrir una puerta a la esperanza, un eslabón al que sujetarse de manera firme confiando en que todo pase y se quede en una negra pesadilla. Esa puerta se nos abre de par en par a través de otro tríptico, un canto desde el arte y para el arte con la belleza como contundente exclamación. Y para ello el artista integra paisaje y desnudo, géneros emblemáticos de la pintura reconvertidos a través de la intención creativa de Manuel Moldes. Cuadros llenos de texturas que a uno le dan ganas de pasarle la palma de la mano para tocar y sentir esa belleza. Un cuerpo de raíces cezannianas pero que remite directamente a la famosa escultura de Aristide Maillol, ‘El Mediterráneo’, a la que en feliz coincidencia han acudido tanto Manuel Moldes como el cineasta Fernando Trueba en su última película ‘El artista y la modelo’. Ambos se refugian en la belleza como argumento para crear sus trabajos y pero también como bálsamo necesario para aliviar las heridas de este tiempo.Una sensualidad hedonista que marca esos atardeceres en los que parece apostarse Manuel Moldes, apartándose de tantas tristezas y generando la esperanza que siempre otorga la belleza.
Este fantástico recinto expositivo permite, además ver lo realizado por el artista en estos últimos diez años, ayudado en el montaje, por el también profesor en la Facultade de Belas Artes de Pontevedra (en la que Manuel Moldes es profesor de dibujo) Javier Tudela,  contemplar como se gesta esta evolución que parece surgir de todas aquellas formulaciones físicas que hace unos años complicaron las superficies de sus obras en las que parecía originarse una suerte de cosmogonía, como si se estuviese gestando todo un sistema. En sus siguientes cuadros esos símbolos se van convirtiendo en elementos reconocibles, esquemas figurativos, fragmentos de unas vidas que parecen irse componiendo en un lento proceso resumido todavía en el tríptico final en ese círculo generador de fuerzas, de una dimensión en la que eses ‘Didas’ como los denomina el propio creador buscan su sitio en un lugar que parece evolucionar hacia el marco más hermoso que nunca encontraremos: la naturaleza. Allí ese cuerpo hermoso significa la vuelta de Manuel Moldes a la figuración plena, un retorno que nos hace pensar en todo lo que significó la figuración de Manuel Moldes en el entramado de aquella generación Atlántica. Se echaba de menos, ciertamente. Ahora, al calor de ese rojizo sol del atardecer, parece que asistimos a un nuevo tiempo en su pintura en el que la figura reclamará su lugar, su posición de hegemonía dentro no solo del lienzo sino del conjunto de su obra.
Todo semejaba sosiego en la obra de Manuel Moldes y ahora nos damos de bruces con esta sorpresa, de nuevo la capacidad del artista para reinventarse sin despreciar sus principios creativos. Para reformular sus intenciones pictóricas a través de una lógica evolución de unos planteamientos tan complejos en su origen como límpidos en esta desembocadura. Un atractivo más para recorrer esta muestra y entender el compromiso de un autor con su trabajo. No siempre los tiempos son felices, en ocasiones las travesías se vuelven áridas y pedregosas, pudiendo parecer alejadas del público, pero la necesidad interior del artista debe ser firme e intentar aferrarse a aquello en lo que uno cree porque al final se consigue este milagro que tenemos ante nosotros. Una explosión de belleza con la que no contábamos a estas alturas de la trayectoria de Manuel Moldes pero que acogemos con alborozo, sobre todo por todo aquello que puede venir tras ella. Esa expansión de fuerzas seguirá generando su magia, su potencia fertilizadora para hacer del arte una de las pocas tablas de salvación del ser humano, y a las que de verdad, merece la pena sujetarse.
Aquel cerdo del que manaba sangre en el Tríptico de 2003 ya es historia, aquel grito apocalíptico hecho desde las entrañas de esta tierra se ha ido aplacando hasta generar este estado de ‘Lujo, calma y voluptuosidad’, en el que podemos reposar y meditar sobre aquello que en realidad importa. Y entonces es cuando nos encontramos con ella, con esa belleza, en la que todo empieza y todo termina, donde a su lado un atardecer puede ser el último que veamos, porque todo lo demás carece de importancia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/01/2013

Penitencia


Que la imagen de Rafa Nadal aparezca como fondo en el Telediario para hablar sobre la concesión del Premio Nadal cause sorpresa, creo que no lo es tanto por ilustrar un premio literario con nuestro apolíneo tenista, que siempre luce en cualquier rincón, como que se hable de libros en un Telediario. Los libros, cada vez más rara avis en nuestra sociedad virtual, solo aparecen en los informativos en tres supuestos: Si hay pasta por medio en la concesión de un galardón a partir de un número razonable de euros, (que si los euros del Planeta, los del Nadal o del Cervantes); el óbito de algún insigne autor; o en el caso de que Arturo Pérez-Reverte haya soltado algún exabrupto, caso que ya va dejando de ser noticia. Orillada a la franja horaria en la que los vampiros comienzan a tomar el fresco, la información literaria se oculta en las parrillas como una obligada penitencia que la televisión -y aquí siempre hablamos de la pública, los otros canales que hagan de su capa un sayo- deben soportar. No sé si alguien entendería que un Telediario se iniciase con las páginas abiertas de un libro, con el argumento de una novela o los versos de un poema, pero todo esto lo pienso mientras termino de leer el último y brillante poemario de Felipe Benítez Reyes bautizado como ‘Las identidades’. ¡Y que no se abra un informativo con él!

Publicado en Diario de Pontevedra 12/01/2013

lunes, 7 de enero de 2013

El viaje de la pintura hacia lo exótico

Las previsiones auguraban que esta muestra se convirtiese en el gran espectáculo expositivo del otoño madrileño.  Las colas que se registran a la hora de retirar una entrada para adentrarse en el universo exótico de Paul Gauguin han hecho buena las previsiones y confirman al  impresionismo y los artistas post impresionistas como los grandes catalizadores del arte actual. A pocos días de clausurarse esta muestra resitúa el valor de aquel mundo exótico que deslumbró a Paul Gauguin y a través de él fue un referente para otros muchos creadores.


De Europa a la Polinesia. Un viaje de miles y miles de kilómetros que, pese a su distancia, deparó numerosas consecuencias para el arte que se desarrollaba en Europa en las primeras décadas del siglo XX. La marcha a aquel espacio exótico, difícilmente imaginable en la agotada Francia finisecular, de Paul Gauguin, significó aire fresco, no solo para el propio artista, que configuró su pintura de manera radicalmente distinta a como lo venía haciendo, sino para un amplio conjunto de creadores, y no solo pintores, que siguieron sus pasos para ampliar sus horizontes y hacer de ese ámbito éxito inspiración para su obra.
El Museo Thyssen ha apostado por un valor seguro, tras la maravillosa exposición dedicada a Edward Hooper, se ha dejado mecer en uno de los pintores favoritos, no solo de la baronesa Thyssen, sino del público en general. Saben los programadores de exposiciones que organizar una cita alrededor de nombres como Van Gogh, Cèzanne o Paul Gauguin es apostar sobre seguro. Su capacidad de convocatoria a nivel mundial es impactante y pasarse varias horas en diferentes colas, tanto para retirar una entrada, como para esperar a la hora de acceso en otros ámbitos expositivos serían inimaginables. Así día tras días miles de visitantes, muchos de ellos extranjeros recorren la exposición y hacen de la cultura una buena fuente de ingresos para la ciudad, un valor que no todo el mundo parece entender de cara a la apuesta firme por este tipo de inversiones. Claro, que a estas alturas hacer una exposición sobre Paul Gaguin debe tener un punto más de lo ya conocido, una visión más poliédrica de una obra habitualmente conocida, aunque esta impacte siempre que se ve en directo. Es por ello que con buen tino desde el comisariado de Paloma Alarcó se pretendió ampliar la mirada de Paul Gauguin a la de otros creadores que desde Europa continuaron la senda exótica y así es como emerge entre las paredes del centro madrileño una orgía pictórica absolutamente descomunal, en la que uno se da de bruces con el arte de Matisse, Murnau, Paul Klee, Kandinsky, Kirchner, Heckel, Pechstein o Nolde entre otros para entender lo que significó esa ventana abierta no a un punto geográfico concreto sino a un paraíso que no tenía porque estar en las aguas del Pácifico ya que podía ser el cercano norte de África o para los que incluso no era necesario vivir la experiencia del viaje.
A nadie se le escapa la significación que el mundo primitivo tuvo en el desarrollo del arte contemporáneo. Aquella mirada romántica de Delacroix al norte de África eclosionaba ahora desde las máscaras africanas de Picasso y con las miradas de Gauguin a la Polinesia. Tanto el fauvismo como el expresionismo alemán bebieron salvajemente de todos ellos, exacerbando el color unos y afilando formas y gestos otros. Hago mías las palabras de la comisaria de la exposición para sintetizar en tres líneas como se ha querido ver y analizar esa idea del viaje por parte del artista y su repercusión posterior: la influencia de Gauguin en los movimientos anteriormente citados, el viaje como escape de la civilización en la búsqueda del origen y por último, lo exótico como elemento de modernidad y su carácter etnográfico.
La disposición de la muestra, obligando al visitante a realizar un recorrido lineal por varios apartados pretende, y lo logra, visualizar esas circunstancias ya mucho más delimitadas en aspectos concretos como ‘La invitación al viaje’, es decir, como la idea del viaje venía ya de atrás en el tiempo siendo un motivo que incitase al artista a escapar de su mundo cotidiano y en ocasiones castrador para buscar la libertad. En ‘Idas y venidas de Martinica’, nos encontramos al primer Gauguin viajero, el que en 1887 huye de un París considerado “un desierto para un hombre pobre” para unos años depués alcanzar el ‘Paraíso haitiano’, cuando el 9 de junio de 1891 llega a la isla de Tahití. ‘Bajo las palmeras’ recoge la representación de ese elemento vegetal como el gran icono de la naturaleza exótica. ‘El artista como etnógrafo’, dentro de esa persecución del espíritu primitivo el artista en muchas ocasiones buscaba representar esos rostros diferentes, pertenecientes a razas y sociedades muy alejadas de las conocidas en la vieja Europa. ‘Gauguin, el canon exótico’, o como esas figuras gaguinianas, sus desnudos, fueron inspiración para los expresionistas alemanes y los ‘exaltados’ fauvistas. ‘La luna del sur’ es la representación de otro de esos espacios mágicos para la pintura, ese norte de África que, como Gauguin hiciera con la Polinesia, nombres como Matisse, Kandinsky o Klee también hicieron suyo; y por último una sorpresa, el encuentro polinésico entre Matisse y el cineasta Murnau durante el rodaje que realizaba de 'Tabú'. Un encuentro de felices consecuencias. Este recorrido por estos ocho ambientes se fija en nuestra mente a través no solo de espléndidos cuadros, sino de una extensa documentación de cuadernos, postales y otros elementos que nos conducen al ya inolvidable exotismo de Gauguin.

Publicado en Diario de Pontevedra 6/01/2012

miércoles, 2 de enero de 2013

Descubriendo a María Blanchard


La obra de María Blanchard (Cabezón de la Sal, Santander, 1881- París, 1932) configura una de las grandes exposiciones que nos invitan a recorrer Madrid. Entre Gauguin y Van Dyck emerge en el panorama expositivo de la capital con la fuerza de lo inesperado. Asoma así una tan necesaria como brillante exposición que busca reinvindicar el papel de esta mujer en un mundo de hombres, que se instaló en París y se empapó de una modernidad que se transformó en el arte que hoy nos convoca. Figuración y cubismo que la sitúan en la cima de nuestra pintura. 
 
Parece como si toda la atención expositiva madrileña se concentrase en la gran exposición que en el Museo Thyssen se exhibe sobre Paul Gauguin, solo en competencia con la de Van Dyck en la acera de enfrente, es decir, en el Museo del Prado. Pero tras recorrer las salas que en la tercera planta del Museo Reina Sofía se le dedican a María Blanchard reconocemos en esta exposición una calidad comparable, cuando menos, a las dos anteriores
De vez en cuando surgen convocatorias en las que de alguna manera, casi siempre de forma tangencial, se presta atención a la obra de esta menuda mujer, así sucedió en 1985 en la Bienal de Arte de Pontevedra, pero nunca se había realizado una aproximación de esta dimensión a una obra que en gran medida es desconocida y que sirve para reformular ese trabajo en igualdad de condiciones a la de otros creadores de aquel febril momento que le tocó vivir en las décadas iniciales del siglo XX. La verdad es que ante estas piezas no se sabría que destacar más, si las obras en las que la figuración toma un papel protagonista, claramente engarzada con lo que se llamó en la Europa de vanguardias vuelta al orden, expresado en la Nueva Objetividad, al rescatar la figuración como un clamor humano tras la desesperación de la Primera Guerra Mundial y ante las primeras experiencias de la abstracción. O la otra gran vertiente del trabajo de María Blanchard, la que se origina desde el campo del cubismo, deudor de las aportaciones de Picasso y Juan Gris, sobremanera de este último con quien mantuvo una estrecha amistad.
Ambas direcciones nos conducen hacia una extraordinaria pintora que en vida estuvo condicionada por su físico, marcada por una deformidad de nacimiento. Ella, que tanto reclamaba la belleza, tuvo que arrastrar una carga que la marcó durante su breve vida.
Su trabajo llamó la atención de Ramón Gómez de la Serna quien se refirió a ella así: “Menudita, con su pelo castaño despeinado en flotantes ‘Abuelos’, con su mirada de niña, mirada susurrante de pájaro con triste alegría”. Desde muy joven notó un constante rechazo por lo que cada vez más se iba apartando de una cruel sociedad, buscando refugio en la pintura. Con una beca marcha por un breve tiempo a París en 1909, para regresar de manera definitiva en 1915. Allí convive y se relaciona con lo que significa ese París de los años 20. Un rastro que seguimos al recorrer las salas dispuestas en el MNCARS donde no dejamos de fascinarnos tanto por ese redescubrimiento de la figuración, como por una impresionante colección de obras cubistas cada una de ellas mejor que la anterior, con las que descubres a una mujer artista y a la que la historia se empeñó en ocultar. Bienvenida sea.
 
Publicado en Diario de Pontevedra 30/12/2012