lunes, 9 de diciembre de 2013

La sequedad del agua

Diario de Pontevedra
 
"La fuerza de un escritor y el deseo casi primario por contar historias se destilan en este fascinante primer libro de relatos de Sergi Bellver."




Ha acertado la editorial coruñesa Ediciones del Viento al apostar por Sergi Bellver para sacar a la luz su primera aventura en solitario, tras ser partícipe de varias ediciones colectivas de cuentos, así como de diferentes facetas de la actividad literaria, que van desde la docencia de talleres de escritura hasta la labor de librero. Y es que la vida de Sergi Bellver es pura literatura, y casi nada de lo que sucede en ella se puede desprender de esta especie de enfermedad que surge de un deseo, en el caso de nuestro protagonista, casi primitivo por contar historias, por trasladar al lector su propia fascinación por el ser humano y sus contradicciones.
‘Agua dura’ son doce historias milimétricamente pensadas, sutilmente calculadas y perfectamente distribuidas a lo largo de un libro al que regresarán una y otra vez tras haberlo leído, deseosos de volver a beber de esa agua. Un agua para nada refrescante, sino amarga, y que les dejará una sensación áspera en la boca, pero sobre todo en su pensamiento. Imagínense lo bien escritas que estarán estas historias como para sentir la necesidad de regresar a ellas, para revisitar la invitación que el autor nos propone para conocernos a nosotros mismos, ya que, al fin y al cabo, cada una de las narraciones buscará desentrañar diferentes claves del individuo. Normalmente seres aislados, personajes llenos de rabia, expulsados del ecosistema socialmente aceptado por la mayoría, esa misma mayoría que aquí se desprecia como parte de la narración. El último nexo que puede unir a ese ser individual con su entorno es la familia, frágil lazo siempre a punto de romperse de manera definitiva. Esa familia ha pasado de ser aquello que se firmó en el contrato inicial, es decir, un cálido y acogedor refugio, para volverse una madeja espesa y conflictiva en la que el protagonista se rodea de estruendosos silencios, de una memoria cada vez más vacía y de un desalentador llegar tarde a tantas cosas de la propia vida que son las que le hacen generar esa mirada del desasosiego que subyace en cada relato.
No duda Sergi Bellver en colocar a sus personajes en un punto límite, en esa frontera sensorial que despoja al individuo de cualquier posición estable dentro del ámbito social. Seres frontera en los que explora su propia descontextualización en relación al argumento de cada una de las situaciones propiciadas por el escritor, normalmente generadas por los vínculos familiares.
Familia y frontera tienen una pata más como sustento colectivo y es la creación de atmósferas en cada narración. Unas atmósferas febrilmente angustiosas, subrayadas por un lenguaje afilado y seco, en donde cada palabra parece estar escogida para cada línea, para cada frase, enhebrando un lenguaje que te deja sin aliento una vez concluyes esa historia, debiendo tomar aire al tiempo que piensas en lo leído y temiendo el próximo viaje.
Cada una de estas doce estaciones es una suerte de viaje, un recorrido disfrazado de exterior para convertirse en un brutal retazo interior en el que reverbera, como un canto de sirena, el cortejo fúnebre del ‘Mientras agonizo’ faulkneriano, y todo para dejarnos unas huellas que seguir, unas pisadas en las que colocar nuestros propios pies para enfrentarnos a esa agua dura que impide el fluir de la vida, que coagula nuestra percepción de la  felicidad desembocando en un último relato paradójicamente tan lírico como inquietante y en donde esa configuración de atmósferas llega al paroxismo en la descripción de un país, de una isla: Islandia, donde nos damos cuenta de que al fin y al cabo solo somos un puñado de polvo, una sustancia gris que acabará siendo arrastrada por el agua, arrastrada por la literatura.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 8/12/2013

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