domingo, 22 de diciembre de 2013

Excesos y faltas

"Yo he dicho siempre que esta sociedad es una mierda, pero, por desgracia, mi cine y yo navegamos en el barco de esta sociedad. Puede que no sepa dar un golpe de timón a este barco, pero, por si acaso, lo que hago es mear siempre en el mismo sitio, a ver si consigo abrir un agujero por el que se termine hundiendo el barco"
(Luis García Berlanga)


Viene el Papa Francisco de celebrar su cumpleaños, imbuido por la Navidad, sentando a cuatro pobres y a un perro a su mesa, que es un poco el seguir el dictado, no del Dios Jesús, sino del Dios Berlanga, por lo de aquel eslogan de la campaña: “Siente un pobre a su mesa”, que tan lúcidamente le inspiró junto a otro divino, Rafael Azcona, para parir ‘Plácido’. Uno cuando ve al Papa con aquellos cuatro pobres y el can lo primero que se le ocurre pensar es en el número, ¿por qué cuatro y no doce, como le enseñó su maestro? ¿o veinte o cien?, seguro que mesas lo suficientemente largas habrá de sobra en las estancias vaticanas para acoger a masas y masas de menesterosos. Y es que el asunto de las cifras no se sabe bien si comprenderlo a través de la crisis, no vaya a ser que si se convocan a más comensales la cuenta de resultados se le venga abajo al Banco Vaticano; a través de algún tipo de simbolismo cabalístico, sabiendo lo importante que es el cuatro en la cristiandad; o, por seguir con los genios del cine español, explicarlo a través de Buñuel, en el caso, nada improbable, de que los asesores de su Santidad le hubieran prevenido ante la posibilidad de que, avanzado el ágape, se llegase a componer una escena de desmadre que pusiese patas arriba loza, cubertería y mantelería ante una mala medición en el consumo de licores, ya que no es plan de ponerse a salpicar los frescos de Rafael con el aromático tinto de la Toscana, convirtiendo, lo que se presumía un acto de amor y solidaridad, en la batalla de Ostia, dejando el comedor papal como el salón de Fernando Rey en ‘Viridiana’.
La Navidad, entre sus infinitas perversiones, presenta la de provocar en las personas, especialmente madres y suegras, la imperiosa necesidad de dar de comer a todo el que se le acerca, tenga o no tenga hambre y como si el mundo acabase con las campanadas de fin de año. Cuando esto se hace visible, saliendo de nuestros cómodos hogares, la cosa cambia, y así vemos como son ya pocos los lugares en los que, a medida que avanza diciembre, no se coloca un carrito de supermercado para depositar en él los más diversos productos, y hasta la Biblioteca Pública de Pontevedra perdona, durante estas fechas, los retrasos en la devolución de libros, si se entrega alguno de esos víveres. Esto es un tanto peligroso, ya que conozco a alguno que puede aprovechar para devolver aquella primera edición que se llevó del ‘Romancero Gitano’ a los pocos días de su publicación y que, por un olvido primero, y vergüenza después, nunca llegó a devolver.
Estos tiempos mezquinos han sustituido lo que era un gesto de redención íntima en una obligación moral ante los desmanes de esta sociedad con los más desfavorecidos, siendo los propios ciudadanos los que cubran con un paño de solidaridad el escaso pudor que les queda a los que cercenan las ayudas sociales o alientan los incrementos de precios de servicios básicos. ¡Ya ven la que se está liando con el recibo de la luz!
Todas estas pilas de alimentos me recuerdan (y por desgracia no solo eso) a alguna de las fotografías que más me han sorprendido en la historia local de la Pontevedra del franquismo, como son las de los policías municipales con botellas y productos navideños a sus pies, amontonándose a lo largo de la jornada mientras, impertérrito, el agente continúa realizando sus funciones. No quiero pensar en que el sueldo de los agentes era tan bajo como para necesitar de estos regalos, que para eso ya estaban, y están, los maestros de escuela, por obra y gracia de los que no confiaban ni confían en la educación; o que los conductores mantenían unas estrechas relaciones con aquellos que, ante una infracción, tenían la capacidad de multar, ¡qué lejos estaban aún las dotes de Aznar junior para amedrentar a la autoridad! No, pensemos bien, que para eso estamos a las puertas de la Navidad, y veamos en ese gesto parte de ese espíritu que dicen poseen estas fiestas de compartir y en el que dar de comer a quien se ponga por delante, tenga éste casco o no, es obligado.
Así que prepárense para tragar y tragar entre campanillas y villancicos, pero no se olviden que no todos lo estarán pasando tan bien. Ni el Vaticano es tan grande ni esta sociedad, como dijo Berlanga, ha dejado de ser una mierda.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 21/12/2013
Fotografía: Camilo Gómez

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