domingo, 27 de octubre de 2013

Elogio del oficio



Pasea Antonio Muñoz Molina por las piedras de la Vetusta de Clarín del mismo modo que si lo hiciera por Brooklyn o entre los olivos de su Jaén natal, transmitiendo ese admirable sosiego que abruma por la sencillez de su apariencia, conociendo todo lo que se esconde en su interior. El Premio Príncipe de Asturias de las Letras convierte esos paseos en la recuperación de aquella figura del flâneur, del caminante siempre atento a lo que se mueve a su alrededor, en la búsqueda del alimento para sus escritos. Todo ello con una normalidad que no encaja demasiado bien con esa etiqueta adherida a la palabra intelectual que entroniza a quien la porta hasta el punto de alejarlo del ciudadano. Antonio Muñoz Molina se descuelga de esa etiqueta para aproximarse a la realidad como pocos autores lo logran hoy en día, encerrados en sus torres de marfil. Ahí, en la calle, como el paseante de Baudelaire, comprende, construye e interpreta la ciudad como metáfora del ser humano para participar de su disección, tanto a través de novelas, artículos, apuntes en las redes sociales o ensayos, como los recientes ‘El atrevimiento de mirar’, centrado en su pasión artística o en ‘Todo lo que era sólido’, que ha conmocionado los cimientos de nuestra sociedad por dejar constancia de sus males, alejándose de demagogias interesadas y por ser quien de calibrar todo aquello que hemos dejado escapar entre nuestros dedos. La solidez convertida en algo etéreo, el despertar de un sueño en el que nos creíamos, o nos hicieron creer, más de lo que en realidad éramos, y ahora es un manual que debería convertirse en obligatorio para estudiantes y brújula para la grey política.

La distancia que el autor presenta con respecto a ese mal endémico como es la demagogia, es el otro gran rastro de su trabajo, así lo vimos en el ensayo mencionado, pero también en su ficción, no hay más que aproximarse a la que es una de las grandes novelas sobre la Guerra Civil española y sus consecuencias, ‘La noche de los tiempos’, para reconocer cómo los atavismos que han condenado y condenan todavía a este país quedan sepultados por un relato en el que finalmente lo que prima es ese humanismo que tan presente está en el conjunto de su obra.
A ese ser humano se acerca a diario, desde el compromiso y la lucidez en un permanente elogio de su oficio de escritor que con tanta dignidad defendió en su discurso de ayer y como hace a diario con un pie en cada orilla atlántica, lo que le sitúa en una posición de privilegio que huye de localismos y miopías egocéntricas para ensanchar su mirada desde los rascacielos de la Costa Este. Todo eso revierte en los lectores, en los de sus libros, pero también en los de sus artículos, porque pocos autores han sabido generar un corpus de pensamiento y atracción a través de esa forma de expresión como él. Artículos de esos que uno arranca del periódico y guarda entre las páginas de un libro o en el interior de un cajón resguardándolos de la caducidad de la hoja de prensa, para emerger meses después con la misma frescura que en el día de su publicación. Un itinerario imprescindible que nos lleva por sus pasiones, de las que Antonio Muñoz Molina es capaz de hacerte formar parte hasta el punto de necesitar recorrer 600 kilómetros para ir a Madrid a ver una exposición de Gauguin, para conocer el Museo Lázaro-Galdeano o para ir a una librería a buscar un libro de Alice Munro, un relato de Onetti o de Henry James, o un ensayo sobre la República de Weimar
Esa capacidad para comunicar y transmitir conocimientos, valores o sensaciones, Antonio Muñoz Molina la entiende desde una ética que se puede dar tanto circulando en bicicleta por las calles de un Madrid otoñal como tomando notas en una biblioteca pública de Nueva York. Todo ello suma en su vida y también en la de los que lo seguimos como un faro que sabes que nunca va a permitir que te estrelles contra la agreste costa de este tiempo, en la representación del papel de la cultura como refugio y bálsamo ante las dudas que otros generan y ante las que siempre nos quedará un museo del que cuelgue un cuadro de Caravaggio o una biblioteca en la que leer un libro de Flaubert.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/10/2013
Imagen: Seix Barral

1 comentario:

  1. ¿Por qué no editas los textos antes de publicarlos? ¿Por qué eres tan pelotillero? Ja ja ja, bueno, en el fondo tu candidez tiene su gracia.

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