domingo, 21 de julio de 2013

Sonata de estío

«Por aquellos días de peregrinación sentimental era yo joven y algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no lo confesase, y acaso sin saberlo, era feliz, con esa felicidad indefinible que da el poder amar a todas las mujeres. Sin ser un donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada, pero de amor juvenil y bullente, de pasión equilibrada y sanguínea. Los decadentismos de la generación nueva no los he sentido jamás.”

Se desparrama el verano por las piedras de nuestra zona monumental, quiero decir por las que quedan, para flagelarnos con sus sombras y silencios de media tarde, allí donde los paseos de turistas agrupados como bandadas de pájaros (no, hoy no les asustaré con más pájaros) en busca de aquello que siempre se busca cuando se es un turista, y que no es más que hacer del paso del tiempo un divertimento, una excusa para la distracción y en el mejor de los casos poder sentir una ciudad. Se pasean las ciudades desconocidas como se pasea a través de cualquier ecosistema, en un primer nivel simplemente respirando su aroma, tomándose un helado o un gin-tonic y probando una cama de hotel, pero en un segundo nivel las ciudades ofrecen sustancia suficiente para que las vacaciones sean un acto introductorio a lo que puede ser una vinculación que irá más allá de una estancia temporal. Muchos de esos turistas que recorren nuestras calles y plazas, además de oler a calamares fritos y pimientos de padrón y de aplaudir con las orejas porque aquí el calor se disuelve entre brumas y playas próximas, pasarán ante esa encrucijada atemporal que se encuentra en la plaza de las Cinco Rúas. Pasaje ascensional entre el río y el cielo en forma de Basílica con cruceiro incluido, olor al pulpo del Fidel y una casa en la que reza una inscripción desabrida: ‘Aquí vivió Valle-Inclán’. Personaje al que más tarde se lo cruzarán paseando congelado en una de esas esculturas que nos han traído las ciudades turísticas, no las culturales, que propician que nos hagamos fotografías con Woody Allen en Oviedo y que tanto gustan a Nikkon o a Canon. Abrazado a él, ese turista cosido a un verano pontevedrés, se verá rodeado por la bruma imaginando a aquel escritor todavía a años luz de lo que sería con el tiempo, pero que ya había publicado en esta ciudad su primera novela. De título ‘Femeninas’, desde ese mismo tiempo renegaría de su título, pero no así de sus historias, algunas de ellas convertidas en pasajes de las crónicas de aquel Don Juan, “Feo, católico y sentimental”, conocido como Marqués de Bradomín, que enamorose de la Niña Chole de las ‘Femeninas’ pontevedresas en la ‘Sonata de estío’. Una exuberancia lingüística y literaria que fueron, junto a sus tres hermanas de camada, denostadas durante mucho tiempo para ser finalmente aplaudidas como un trampolín decadentista hacia la intuitiva regeneración literaria abanderada por el escritor. A uno le que queda la pena de que ese turista no se vea abrazado a un Valle-Inclán más singularizado en su condición pontevedresa, ataviado con un poncho y sombrero charro, que es como se decía que paseaba por nuestra ciudad Valle-Inclán tras su primer e inspirador periplo azteca, lo que unido a sus lecturas en la biblioteca de los Muruáis, habría conformado su primer trazo autoral. Esos relatos yucatecos eran narrados de viva voz en la casa del Arco, como relató Torcuato Ulloa en el Diario de Pontevedra del 4 de mayo de 1895, en una cita recuperada por el último número editado de la Revista Cuadrante presentada hace unas pocas fechas en el Museo de Pontevedra: “mientras la lluvia caía eterna y helada sobre la plazuela, el gran literato y mi modesta persona, oímos atentos las pruebas de imprenta de las Femeninas que leía su autor, olvidándonos de las tristezas del cielo gris y sombrío que veíamos tras los cristales, cuando Valle hacía con su voz suave de exóticas cadencias, luminosas descripciones de los países del sol”. Todo ello es parte de ese sustrato de realidad y leyenda que se asienta en las ciudades. Realidades de lluvias y nieblas entre piedras; y leyendas de tórridos, sensuales y exóticos paisajes tropicales capaces de convivir en una ciudad en un verano cualquiera.
 
Publicado en Diario de Pontevedra 20/07/2013
Imagen. Vivienda de Valle-Inclán en Pontevedra en una imagen de los años sesenta. Archivo Diario de Pontevedra. Camilo Gómez

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