miércoles, 19 de junio de 2013

Fugas desde Castroforte

En junio de 1910 nacía Gonzalo Torrente Ballester. Su vida estuvo marcada por la itinerancia por diferentes ciudades, pero Pontevedra fue siempre un lugar muy singular para él, hasta el punto de convertirlo en uno de sus favoritos.


Era julio de 1966 cuando Gonzalo Torrente Ballester, catedrático de Literatura en el Instituto de Pontevedra, pronunciaba una conferencia sobre ‘El método Valle-Inclán’ organizada por el Ateneo de Pontevedra, entidad de la que él mismo había sido fundador, entre otros muchos destacados pontevedreses, junto a Alfonso Zulueta de Haz. Ese acto se entendía también como una despedida del escritor de esta ciudad, a la que había llegado en 1964 y de la que se marcharía el último día del mes de agosto. Eran momentos en los que se encontraba preparando su viaje a la Universidad de Albany, hacia donde marcharía en busca, entre otras cuestiones, de tiempo para escribir. Pero con esa marcha Torrente Ballester (quizás, y esto lo digo yo, el mejor escritor español del pasado siglo) se llevaba dentro de las maletas la que sería no solo una relación esporádica con Pontevedra, sino una vinculación eterna.
En una vivienda de la calle Arzobispo Malvar encontró acomodo el escritor, un lugar que se convirtió en un refugio que siempre recordó por ser un ámbito donde familia y escritura convivían felizmente. Localizado solo a unos pasos de su centro de trabajo, el Instituto Femenino, cada vez que se dirigía a él por un lado dejaba el casco histórico, con la Basílica de Santa María y su Gremio de Mareantes o el Palacete de las Mendoza; y por otro, el barrio de A Moureira, con sus historias épicas de navegantes pero también de Urcos y brumas en la desembocadura del Lérez. Y en ese ambiente, las amistades: Manolo Domínguez, Alfonso Zulueta de Haz..., pero también las tertulias, el café Lar, la sastrería Valiño... Todo era el complemento perfecto para escribir en una buhardilla ante «otoñales atardeceres valleinclanescos junto al río, o vendavales azotando los costados de su camarote abuhardillado», según relata su hijo, y todo ello para alcanzar una felicidad que Madrid y su postura de rebeldía ante el régimen de Franco e incluso ante sí mismo le impidió alcanzar. Aquí lo logró, y él mismo llegó a decir que Pontevedra era «el mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida».
Pontevedra ya formaba parte de su vida, y por lo tanto lo era también de su obra, y es así como esta ciudad es esencial a la hora de entender la gran novela de Gonzalo Torrente Ballester, ‘La saga/fuga de JB’, escrita en parte a las orillas del Lérez pero que respira Pontevedra por todos sus renglones. Tanto escenarios como situaciones o personajes tienen mucho de la historia local, amalgamadas bajo el ingenio de un escritor en estado de gracia para configurar esa Castroforte del Baralla «ciudad levitante y ensimismada» de piedras y leyendas, trasunto de la ciudad repleta de mitos que había descubierto durante su estancia. Y si en su obra el tema del mito como vínculo de la sociedad es siempre esencial, cómo no le iba a inspirar una ciudad cargada de ellos, de los que tanto habría oído y hablado en sus queridas tertulias.
Una vez en Estados Unidos tendría tiempo para escribir, así como para encontrar un reconocimiento que la pacata España del momento le negaba. Regresar a Pontevedra ya era muy complicado. Con siete hijos (a los cuales inculcó siempre el interés por Galicia), tras su paso por Madrid y Vigo, será finalmente Salamanca el lugar que se convierta en su residencia. Regresará a Galicia de manera frecuente. Veraneante habitual en A Ramallosa, en muchas de esas ocasiones lo hará también para volver a pisar las piedras de Pontevedra, sentarse en el Savoy o el Lar y encontrarse con sus amigos para reír y conversar de letras y vida.
Pero la presencia de Gonzalo Torrente Ballester se palpa no solo en su obra sino en su integración en aquella Pontevedra que había descubierto y en la que, pese a su pequeño tamaño, su actividad cultural le había deslumbrado. El ferrolano participó en la fundación del Ateneo de Pontevedra, en el cual impartió diversas conferencias. Amante del cine, no fueron pocas sus participaciones en sesiones del Cine-Club de Pontevedra, uno de los primeros del Estado: publicó artículos en Diario de Pontevedra y también ofreció charlas en otros cenáculos, además de pregonar las fiestas de la Peregrina en el año 1970. Formó parte del Jurado de los Premios Julio Camba de Periodismo en numerosas ediciones y en 1997 recibió el título de Hijo Adoptivo de la ciudad. En 1992 asistió al descubrimiento de una placa en el Instituto que lleva su nombre. Pontevedra fue escenario del rodaje de una de sus obras más populares, en buena medida por la serie de Televisión ‘Los Gozos y las sombras’ que, a partir de la novela homónima, se filmó en varios rincones de Pontevedra. Está claro que el rastro de este hombre de figura enjuta es de una gran dimensión, además de un orgullo del que quizás esta ciudad no ha sabido aprovecharse. Sin una placa, calle, plaza o monumento que recuerde esa estancia o vinculación, Pontevedra parece querer mirar hacia otro lado, pero solo hay que leer ‘La saga/fuga de JB’ para entender la importancia de Pontevedra en el autor y cómo tras esas brumas estamos todos nosotros a través de los que nos precedieron. Él nos hizo un monumento, nosotros todavía le debemos uno.
Gonzalo Torrente Ballester también realizó numerosas fotografías de la ciudad. Amante de esa disciplina artística, muchas de ellas las vimos recientemente en la exposición ‘Los mundos de Torrente’, exhibida en el Museo de Pontevedra en 2010 con motivo del centenario de su nacimiento, planteada por la Fundación Gonzalo Torrente Ballester y bajo el comisariado de Carmen Becerra, experta en su obra, además de tener fuertes lazos de amistad con él y el director de dicha Fundación, Miguel Fernández-Cid, casualmente ambos pontevedreses, ¿o no tan casualmente?


Relaciones esporádicas/8. Publicado en Diario de Pontevedra, 18/06/2013
Gonzalo Torrente Ballester pronunciando el Pregón de las Fiestas de la Peregrina de Pontevedra en el año 1970. Camilo Gómez.

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