domingo, 23 de junio de 2013

Dinastía Jabois


Se presentó Manuel Jabois en Madrí, que diría Gistau, con un libro en un brazo y un niño en el otro. “Llega un mozo de Pontevedra que escribe como Camba”, se cuenta que se iba cantando por las esquinas zarzueleras mientras a Pedro J. se le hinchaban los tirantes. ‘Irse a Madrid’ había sido su libro anterior, un columnario que para sí querría Ana Pastor para sustentar ese AVE hasta Madrid que, cada raíl que coloca, parece que la capital huye unos kilómetros más allá.
Estaba claro que Manuel Jabois no podía esperar a que se colocase toda la catenaria para presentarse en Madrid, así que afiló las espuelas y se subió a lomos de sus palabras, con ellas coceó a algunos, engatusó a varios y enamoró a muchas. De esas enamoradas emergió Ana, que se lee igual de atrás hacia adelante, como de adelante hacia atrás. ¡Un palíndromo!, gritaría Anson enarbolando a ‘Manu’. Y es que Ana gestó y parió a Manu, al tiempo que Jabois gestó y parió a ‘Manu’, y todo ello sin despeinarse, el muy cabrón. Unas pocas páginas con forma de libro merecedoras del Premio Bodegas Olarre & Café Bretón, en las que se encierra al columnista ágil y brillante que es, aquel que en una frase abre las carnes de la realidad al tiempo que compone en el lector una carcajada estentórea que provoca la aviesa mirada de ese paciente que te acompaña en la sala de espera del dentista.
Porque ‘Manu’ se lee así, un poco aquí y un poco allá, y a la que te despistas el libro se acaba y tienes que decirle al camarero que te caliente el café. Y es que leer a Jabois siempre es algo muy rápido y por qué, pues porque escribe muy bien y todo fluye como la vida, que diría un cursi, y yo lo soy, y más en este libro en el que precisamente ese es su argumento, la vida, la de Manu y Ana, pero por supuesto la de él, ¡solo faltaría! Un triángulo en el que se encierran miedos y dudas al tiempo que copas, risas y excesos que algo de Sabina hay que poner también para musicar este canto gozoso que desemboca en todo lo que rodea a un personaje convertido en persona, en un ser de carne y hueso que en muchas ocasiones podíamos confundir con un invento literario.
A Manuel Jabois no le hace falta configurar aquello que los críticos no se cansan de rastrear al leer un texto, que es un alter-ego. A él le sobra el alter, con el ego le llega para adornar ese don prefigurado en la figura del abuelo varada en el Macondo lilaino, ante cuya presencia el libro ofrece lo mejor por ese registro diferente al descaro habitual. Un refugio entre tanta felicidad para poner los pies allí donde lo negro convierte el blanco de la vida en gris, para apropiarse la escritura de una sinceridad que en otras líneas se pinta con el trazo gordo y el disparate.

Este gran reportaje, sin más imágenes que una ecografía, nos presenta al autor del día a día, a ese que anota en servilletas o en el propio móvil las balizas de lo cotidiano para luego ser inspiración y creación. Con todo encuadernado uno se llega a Madrid y empieza a centrar miradas, a concitar atenciones de una corte que, siempre ante la llegada de un gallego, primero se contrae (no vaya a ser) y luego se libera en abrazos, cócteles y digresiones, en este caso literarias, para olfatear huellas y precedentes, como si el fantasma del solitario del Palace necesitase de alguien que rompa el hechizo que le condena a vagar entre sobremesas y salones. Por el buen camino va el pollo, consiguiendo que Antonio Lucas escriba de él: “Es un tipo de Pontevedra con aspecto de leñador en los bosques de Wenceslao, capaz de echar un vistazo, poner el hocico apuntando a lo alto y saber leer el paisaje entre lo quedón y el desafío, tirando de una ironía hecha por dentro de bruma y por fuera de gracia”.  Y esto es, palabra de Dios.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo

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