lunes, 13 de mayo de 2013

Rinocerontes



En una deliciosa secuencia de una película repleta de ese tipo de instantes, como es ‘Midnight in Paris’, Woody Allen se inventa en la piel de Adrien Brody a un deliranteDalí (perdonen la redundancia) que, acompañado de Luis Buñuel y Man-Ray, no deja de ver rinocerontes a lo largo de la conversación que estos mantienen con el protagonista de la película, tras su puntual viaje nocturno al París de sus sueños. 
Al de Figueras se le perdona lo de la fijación, ya que tal y como podemos ver en la exposición que marca el año artístico en España (visitada por más de 60.000 personas desde el 27 abril, ¡toma marca España y reivindicación de la cultura como motor económico!) exhibida en el Centro de Arte Reina Sofía, su arte es absolutamente deslumbrante, sobre todo cuando se lee por encima del histrión. Peor es la fijación que muchos de los protagonistas de la semana han mostrado a lo largo de ella, dejando una estela surrealista que parece empapar el sudario de esta España doliente. 
«¡Esto empieza a funcionar!», exclamó Mariano Rajoy desde el Congreso. Y es que ver al presidente en el uso de la palabra, plasma incluido, empieza a ser como ver a Dalí hablando en aquel café de París, el mundo por un lado y él por otro. Uno con sus rinocerontes, el otro con su economías, sus recortes y austeridades inquebrantables, blandiendo una esperanza que es incapaz de transmitir al pueblo, vamos, que «al Gobierno le falta relato», usando las picajosas palabras de Alberto Núñez Feijóo. Un pueblo que, como las hormigas de ‘El gran masturbador’, huyen despavoridas ante el desasosiego que cunde en una sociedad defraudada con sus gobernantes y sus cuitas partidistas, que uno no sabe si reír o si llorar. 
El surrealismo baja por la espina dorsal de este país. Dejando la política, anclada como una gigantesca nariz en ese paisaje inquietante, la justicia resolvió exiliar a Cristina de Borbón de los banquillos. ¡Albricias! gritó alborozado el ministro de la España exterior y Venezuela, al tiempo que ponía la bota sobre la boca de Montesquieu. Más cadáveres exquisitos detectamos en la tercera pata en la que se sustenta este Estado. Tras la política y la justicia, el fútbol, y así un Real Madrid del que comentaban tenía poco que decir en esta Liga y no para de hablar día tras día en boca de Mourinho, ya de cuerpo presente, al tiempo que llena de billetes y rencores sus maletas. Todo ello mientras deja su habitual rastro de tierra quemada en el vestuario y, en esta ocasión, las vitrinas del Bernabéu repletas de semifinales, tantas que Florentino no sabe que hacer con ellas. 
Asomarse a Dalí es recorrer sus geografías artísticas, darse de bruces con unas obras llenas de símbolos que, como en un circo de siete pistas, actúan todos a la vez para intentar descifrarnos a nosotros mismos. Enigmas de sexos y putrefacciones, de deseos insatisfechos y monstruos que desembocan en belleza. Una belleza convulsa e íntima que te lleva a escrutar en cada cuadro el filo de unos bigotes erectos. España no entendía a Dalí y Dalí no entendía a España, como ahora esa misma España no se entiende a si misma cada vez más embaucada en perífrasis discursivas que nos marean intentando explicarnos el porqué. El porqué de todo, desde el porqué del erre que erre marianista, hasta el porqué del ajusticiamiento de la justicia o el porqué de la venda que ahora se le cae al madridismo. España se masturba no tanto para desahogarse como para distraerse, inmersa como está en una ciénaga de datos en la que el presidente ve agua limpia para la cosecha, y dónde Dalí vería una lágrima con una imagen en su interior, como no, la de un rinoceronte.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/05/2013

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