martes, 16 de abril de 2013

La pérdida hecha literatura




No hay duda hoy en día de la importancia del francés Emmanuel Carrère (París, 1957) en el ámbito literario internacional. Con sus nueve novelas se ha convertido en una de las voces más firmes y atractivas de la literatura y cada uno de sus libros se espera con un inusitado interés. Sucede estos días con la irrupción de su última novela ‘Limónov’, pero también con el que fue su anterior trabajo, ‘De vidas ajenas’, que acaba de ser reeditada por Anagrama en su colección Compactos. Tras unas pocas líneas el lector ya se da cuenta de que el libro va en serio, con lo que ello supone: una historia llena de intensidad, un firme andamiaje literario y una cuidada escritura que van tejiendo a tú alrededor una envolvente tela de la que va a ser muy complicado desprenderse, incluso tras haber finalizado el libro.
 “En este libro se habla de la vida y la muerte, de la enfermedad, de la pobreza extrema, de la justicia y, sobre todo, del amor. Todo lo que se dice en él es cierto”. De esta manera tan contundente es como Emmanuel Carrère presentaba en Francia la que posteriormente fue designada como la mejor novela del año. Y es que ‘De vidas ajenas’ es de esas novelas que te dejan mal cuerpo, porque lo que se cuenta, y sobre todo, el cómo se cuenta, te afecta directamente al implicarte en una historia trágica, en la que apenas penetra la luz de la vida pero que cuando lo hace lo hace de una manera brutal y semejando dejar un resquicio para la esperanza y para un futuro que siempre aparece lleno de negros presagios.
Vida y muerte son los extremos entre los que se mueven nuestras vidas y también son, por lo tanto, los límites de este escenario que genera Emmanuel Carrère para colocar a unos seres abatidos por las circunstancias de la vida, personajes noqueados por el devenir de las relaciones entre ellos, representados en lo que supone la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una madre para sus hijos y su marido. Un proceso que en el primer caso llega de improvisto, como víctima del tsunami de Asia de 2004, mientras en el segundo se produce a través del gradual proceso de aniquilación del ser humano, tanto físico como mental, que provoca el cáncer.
En ambos casos es el sentimiento de pérdida el detonante de un sinfín de sensaciones, una acumulación de sentimientos que el autor es capaz de recrear y transmitir de una manera feroz, provocando en ocasiones que haya que detener la lectura y tomar aire ante lo que se está leyendo y cómo eso te hace empatizar con los protagonistas, convirtiendo ese relato común en una dura travesía por las sensaciones del ser humano ante situaciones límite, algo que el autor provoca de manera deliberada y hasta en el propio texto, él mismo reflexiona sobre ello con un comentario sobre una anterior obra suya, ‘El adversario’, y lo hace de la siguiente manera: “La madre había leído mi libro ‘El adversario’, que Juliette le había recomendado diciendo que yo era el nuevo novio de Hélène, y le había parecido un relato muy duro. Yo reconocí que sí, que lo era, que también para mí había sido duro escribirlo, y me sentí vagamente avergonzado de escribir cosas tan crudas”. Y es que el escritor nunca debe renunciar a reflejar la totalidad de nuestras vidas, no solo la cara alegre y feliz que siempre sabemos tendrá una mayor respuesta del público. Hablamos del compromiso con la literatura y la posibilidad de convertir sentimientos en palabras y ahí, en ese compromiso, es en donde Emmanuel Carrère triunfa al proponer una literatura de gran calado, esa misma  que te sujeta por la pechera levantándote unos centímetros del suelo para sacudirte, despojándote de tus defensas, de esos escudos que solo la buena literatura sabe librar.

Publicado en Diario de Pontevedra 7/04/2013
y El Progreso 13/04/2013

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