lunes, 28 de enero de 2013

Un rastro a seguir


La historia de un niño y un pastor en constante huida por un territorio fantasma es el soporte argumental de la primera novela de Jesús Carrasco.


Cada cierto tiempo las editoriales nos bombardean con un lanzamiento espectacular. Con la inesperada aparición en el firmamento literario de un creador que pondrá patas arriba ese firmamento. La mayor parte de las veces el bombardeo se queda en una operación de marketing de cara a elevar las ventas de un libro que pretende optar a la condición de best-seller pero que desde el punto de vista de la escritura poco nos aporta.
En esta ocasión la editorial Seix Barral ha apostado por un autor que publica su primera novela bajo el título de ‘Intemperie’ pero en este caso no estamos ante fuegos de lucería, sino ante una literatura tan arrebatadora que lo primero que uno piensa, y dicho de manera coloquial, es que “donde demonios estaba metido este tío”.
‘Intemperie’ es un lacerante recorrido a través de la relación surgida entre un niño y un pastor con un tercer protagonista de vital importancia, como es el paisaje en el que se desarrolla su huida. Un camino árido y pedregoso en el que todo se vuelve en contra de dos personajes nacidos para la derrota y el sufrimiento. No sabemos sus nombres, el por qué de su huida, ni siquiera esa geografía carece de referentes que conozcamos, todo está sometido al cruel devenir de dos seres humanos sometidos a un amenazador destino. Una atmósfera desasosegante a la que todo lo dicho ayuda a configurar pero en la que sobre todo el lenguaje es el arma para suscitar todo ese ambiente brutal.
Cierto es que no se es muy original emparentando este libro con el gran relato del norteamericano Cormac McCarthy, ‘La carretera’, pero sí que esa similitud surgida de la comunión de un espacio devastado y dos seres sometidos a su dictado moviéndose a través de él, enseguida nos puede ofrecer una pista sobre lo que nos podemos encontrar. No es tampoco una mala comparación al realizarse entre un escritor ya consolidado y el todavía desconocido Jesús Carrasco, aunque todo parece que la condición de desconocido será muy breve. Sorprende, sobre todo, para ser una primera novela, lo madurado del lenguaje, como cada palabra está perfectamente situada para ir creando una tensión que emana de esa tierra, para a través de los dos protagonistas, llegar hasta el lector que no tarda en sentirse profundamente afectado por ese viaje desalentador y al que te unes en la búsqueda de una salida cada vez más teñida de odio, dolor y resignación.
La única capacidad para la emoción nace del apoyo mutuo que los protagonistas principales se ofrecen entre sí para, desde el desconocimiento que uno posee del otro, encontrar una solución a esa deriva a la que se han visto sometidos. Dos personajes revestidos de una dignidad que parte del sufrimiento, de la capacidad de resistencia ante un enemigo cruel que les persigue como la personalización de la violencia que acecha nuestra existencia.
Lo realmente paradójico es cómo de ese escenario desolado, en el que solo existe lugar para un sentimiento trágico de la vida, el autor es todavía capaz de dejar algún punto de hermosura, una especie de poesía abonada con las lágrimas de dolor que se descuelgan por la mejilla de ese niño ante la lección más dura que nunca llegó a imaginar y que parte de aquellos que se dicen sus semejantes, situándonos así en varios pasajes ante la posibilidad de redención humana oscurecida durante gran parte del relato.
Posiblemente nos encontramos ante la revelación literaria de la temporada y una experiencia para un lector desacostumbrado a libros de esta intensidad que, como en ‘Intemperie’, deseas llegar al final para desembarazarte de su opresión, aunque solo unos minutos después eches de menos la sequedad de sus páginas.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/01/2013
                                  Progreso de Lugo      26/01/2013

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