lunes, 14 de enero de 2013

La belleza en el crepúsculo


El Centro Cultural Marcos Valcarcel de la Diputación de Ourense acoge entre el pasado mes de diciembre y el próximo mes de febrero una amplia muestra sobre la obra del pontevedrés Manuel Moldes. Un recorrido por el trabajo de los últimos años, donde reconocemos obras ya expuestas en otros espacios, pero donde descubrimos también el inicio de un nuevo camino, marcado, por una exaltación de la belleza a la que todo pintor nunca debe renunciar. Manuel Moldes nos impresiona con este giro que augura felices consecuencias para su pintura.


En el año 2003 y con el chapapote vomitado por el ‘Prestige’ tiñendo de negro y miseria, sobre todo moral, nuestras costas, Manuel Moldes componía un tríptico emblemático ya de su obra ‘A matanza do porco’. Una exortización de un tiempo que parecía oscurecer a todo un país. Aquel mismo año el CGAC le dedicó una completísima exposición en la que, comisariada por Miguel Fernández-Cid se recomponía toda una trayectoria esencial a la hora de aproximarse al discurrir de la pintura en Galicia durante las últimas décadas. El tiempo ha pasado, y nos ha echado diez años encima a todos. Caprichosamente de nuevo vivimos tiempos oscuros, calamidades en forma de penurias económicas que asolan a gran parte de la población. A diferencia de aquella ocasión en el CGAC, Manuel Moldes parece querer abrir una puerta a la esperanza, un eslabón al que sujetarse de manera firme confiando en que todo pase y se quede en una negra pesadilla. Esa puerta se nos abre de par en par a través de otro tríptico, un canto desde el arte y para el arte con la belleza como contundente exclamación. Y para ello el artista integra paisaje y desnudo, géneros emblemáticos de la pintura reconvertidos a través de la intención creativa de Manuel Moldes. Cuadros llenos de texturas que a uno le dan ganas de pasarle la palma de la mano para tocar y sentir esa belleza. Un cuerpo de raíces cezannianas pero que remite directamente a la famosa escultura de Aristide Maillol, ‘El Mediterráneo’, a la que en feliz coincidencia han acudido tanto Manuel Moldes como el cineasta Fernando Trueba en su última película ‘El artista y la modelo’. Ambos se refugian en la belleza como argumento para crear sus trabajos y pero también como bálsamo necesario para aliviar las heridas de este tiempo.Una sensualidad hedonista que marca esos atardeceres en los que parece apostarse Manuel Moldes, apartándose de tantas tristezas y generando la esperanza que siempre otorga la belleza.
Este fantástico recinto expositivo permite, además ver lo realizado por el artista en estos últimos diez años, ayudado en el montaje, por el también profesor en la Facultade de Belas Artes de Pontevedra (en la que Manuel Moldes es profesor de dibujo) Javier Tudela,  contemplar como se gesta esta evolución que parece surgir de todas aquellas formulaciones físicas que hace unos años complicaron las superficies de sus obras en las que parecía originarse una suerte de cosmogonía, como si se estuviese gestando todo un sistema. En sus siguientes cuadros esos símbolos se van convirtiendo en elementos reconocibles, esquemas figurativos, fragmentos de unas vidas que parecen irse componiendo en un lento proceso resumido todavía en el tríptico final en ese círculo generador de fuerzas, de una dimensión en la que eses ‘Didas’ como los denomina el propio creador buscan su sitio en un lugar que parece evolucionar hacia el marco más hermoso que nunca encontraremos: la naturaleza. Allí ese cuerpo hermoso significa la vuelta de Manuel Moldes a la figuración plena, un retorno que nos hace pensar en todo lo que significó la figuración de Manuel Moldes en el entramado de aquella generación Atlántica. Se echaba de menos, ciertamente. Ahora, al calor de ese rojizo sol del atardecer, parece que asistimos a un nuevo tiempo en su pintura en el que la figura reclamará su lugar, su posición de hegemonía dentro no solo del lienzo sino del conjunto de su obra.
Todo semejaba sosiego en la obra de Manuel Moldes y ahora nos damos de bruces con esta sorpresa, de nuevo la capacidad del artista para reinventarse sin despreciar sus principios creativos. Para reformular sus intenciones pictóricas a través de una lógica evolución de unos planteamientos tan complejos en su origen como límpidos en esta desembocadura. Un atractivo más para recorrer esta muestra y entender el compromiso de un autor con su trabajo. No siempre los tiempos son felices, en ocasiones las travesías se vuelven áridas y pedregosas, pudiendo parecer alejadas del público, pero la necesidad interior del artista debe ser firme e intentar aferrarse a aquello en lo que uno cree porque al final se consigue este milagro que tenemos ante nosotros. Una explosión de belleza con la que no contábamos a estas alturas de la trayectoria de Manuel Moldes pero que acogemos con alborozo, sobre todo por todo aquello que puede venir tras ella. Esa expansión de fuerzas seguirá generando su magia, su potencia fertilizadora para hacer del arte una de las pocas tablas de salvación del ser humano, y a las que de verdad, merece la pena sujetarse.
Aquel cerdo del que manaba sangre en el Tríptico de 2003 ya es historia, aquel grito apocalíptico hecho desde las entrañas de esta tierra se ha ido aplacando hasta generar este estado de ‘Lujo, calma y voluptuosidad’, en el que podemos reposar y meditar sobre aquello que en realidad importa. Y entonces es cuando nos encontramos con ella, con esa belleza, en la que todo empieza y todo termina, donde a su lado un atardecer puede ser el último que veamos, porque todo lo demás carece de importancia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/01/2013

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