lunes, 7 de enero de 2013

El viaje de la pintura hacia lo exótico

Las previsiones auguraban que esta muestra se convirtiese en el gran espectáculo expositivo del otoño madrileño.  Las colas que se registran a la hora de retirar una entrada para adentrarse en el universo exótico de Paul Gauguin han hecho buena las previsiones y confirman al  impresionismo y los artistas post impresionistas como los grandes catalizadores del arte actual. A pocos días de clausurarse esta muestra resitúa el valor de aquel mundo exótico que deslumbró a Paul Gauguin y a través de él fue un referente para otros muchos creadores.


De Europa a la Polinesia. Un viaje de miles y miles de kilómetros que, pese a su distancia, deparó numerosas consecuencias para el arte que se desarrollaba en Europa en las primeras décadas del siglo XX. La marcha a aquel espacio exótico, difícilmente imaginable en la agotada Francia finisecular, de Paul Gauguin, significó aire fresco, no solo para el propio artista, que configuró su pintura de manera radicalmente distinta a como lo venía haciendo, sino para un amplio conjunto de creadores, y no solo pintores, que siguieron sus pasos para ampliar sus horizontes y hacer de ese ámbito éxito inspiración para su obra.
El Museo Thyssen ha apostado por un valor seguro, tras la maravillosa exposición dedicada a Edward Hooper, se ha dejado mecer en uno de los pintores favoritos, no solo de la baronesa Thyssen, sino del público en general. Saben los programadores de exposiciones que organizar una cita alrededor de nombres como Van Gogh, Cèzanne o Paul Gauguin es apostar sobre seguro. Su capacidad de convocatoria a nivel mundial es impactante y pasarse varias horas en diferentes colas, tanto para retirar una entrada, como para esperar a la hora de acceso en otros ámbitos expositivos serían inimaginables. Así día tras días miles de visitantes, muchos de ellos extranjeros recorren la exposición y hacen de la cultura una buena fuente de ingresos para la ciudad, un valor que no todo el mundo parece entender de cara a la apuesta firme por este tipo de inversiones. Claro, que a estas alturas hacer una exposición sobre Paul Gaguin debe tener un punto más de lo ya conocido, una visión más poliédrica de una obra habitualmente conocida, aunque esta impacte siempre que se ve en directo. Es por ello que con buen tino desde el comisariado de Paloma Alarcó se pretendió ampliar la mirada de Paul Gauguin a la de otros creadores que desde Europa continuaron la senda exótica y así es como emerge entre las paredes del centro madrileño una orgía pictórica absolutamente descomunal, en la que uno se da de bruces con el arte de Matisse, Murnau, Paul Klee, Kandinsky, Kirchner, Heckel, Pechstein o Nolde entre otros para entender lo que significó esa ventana abierta no a un punto geográfico concreto sino a un paraíso que no tenía porque estar en las aguas del Pácifico ya que podía ser el cercano norte de África o para los que incluso no era necesario vivir la experiencia del viaje.
A nadie se le escapa la significación que el mundo primitivo tuvo en el desarrollo del arte contemporáneo. Aquella mirada romántica de Delacroix al norte de África eclosionaba ahora desde las máscaras africanas de Picasso y con las miradas de Gauguin a la Polinesia. Tanto el fauvismo como el expresionismo alemán bebieron salvajemente de todos ellos, exacerbando el color unos y afilando formas y gestos otros. Hago mías las palabras de la comisaria de la exposición para sintetizar en tres líneas como se ha querido ver y analizar esa idea del viaje por parte del artista y su repercusión posterior: la influencia de Gauguin en los movimientos anteriormente citados, el viaje como escape de la civilización en la búsqueda del origen y por último, lo exótico como elemento de modernidad y su carácter etnográfico.
La disposición de la muestra, obligando al visitante a realizar un recorrido lineal por varios apartados pretende, y lo logra, visualizar esas circunstancias ya mucho más delimitadas en aspectos concretos como ‘La invitación al viaje’, es decir, como la idea del viaje venía ya de atrás en el tiempo siendo un motivo que incitase al artista a escapar de su mundo cotidiano y en ocasiones castrador para buscar la libertad. En ‘Idas y venidas de Martinica’, nos encontramos al primer Gauguin viajero, el que en 1887 huye de un París considerado “un desierto para un hombre pobre” para unos años depués alcanzar el ‘Paraíso haitiano’, cuando el 9 de junio de 1891 llega a la isla de Tahití. ‘Bajo las palmeras’ recoge la representación de ese elemento vegetal como el gran icono de la naturaleza exótica. ‘El artista como etnógrafo’, dentro de esa persecución del espíritu primitivo el artista en muchas ocasiones buscaba representar esos rostros diferentes, pertenecientes a razas y sociedades muy alejadas de las conocidas en la vieja Europa. ‘Gauguin, el canon exótico’, o como esas figuras gaguinianas, sus desnudos, fueron inspiración para los expresionistas alemanes y los ‘exaltados’ fauvistas. ‘La luna del sur’ es la representación de otro de esos espacios mágicos para la pintura, ese norte de África que, como Gauguin hiciera con la Polinesia, nombres como Matisse, Kandinsky o Klee también hicieron suyo; y por último una sorpresa, el encuentro polinésico entre Matisse y el cineasta Murnau durante el rodaje que realizaba de 'Tabú'. Un encuentro de felices consecuencias. Este recorrido por estos ocho ambientes se fija en nuestra mente a través no solo de espléndidos cuadros, sino de una extensa documentación de cuadernos, postales y otros elementos que nos conducen al ya inolvidable exotismo de Gauguin.

Publicado en Diario de Pontevedra 6/01/2012

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