domingo, 30 de diciembre de 2012

El hombre mecido por el viento


Como una caricia consigue Emily Dickinson que sea su poesía. Una caricia turbadora a la que, pese su aparente fragilidad, uno puede sujetarse de manera firme para mirar a este mundo. En ocasiones, en muy contadas ocasiones, la literatura es la que nos otorga el valor necesario para mirar a los ojos a aquello que nos rodea. La poesía de esta mujer, que decidió no publicar sus escritos y recluirse en una habitación para desde ella mirar al exterior, es una de esas contadas ocasiones a las que antes me refería. Pequeños poemas cargados de una sensibilidad tan inusual como alentadora para el espíritu humano. Les aseguro que a nadie dejará indiferente la lectura de este breve poemario que la editorial Nórdica ha sacado a la luz en la primavera de este año. La mejor época para hacer florecer esos brotes rebeldes que parten de la naturaleza para acabar en un ser humano que, como la propia hierba del título de este libro: ‘El viento comenzó a mecer la hierba’ (tomado de unos de los poemas de su interior), aparece mecido por la propia vida.
En las diferentes colecciones con las que trabaja esta editorial, que cuida hasta el límite unos productos que, una vez en nuestras manos parecen joyas literarias brillando, tanto en su contenido como en su forma, alumbrando a nuestra mente. En esta ocasión los poemas de Emily Dickinson no están solos, sino cálidamente acompañados por la labor ilustradora de Kike de la Rubia, capaz de componer toda una escenografía que acompaña a cada uno de los poemas de una manera perfecta. Un tributo realizado más de un siglo después de su composición que no hace más que refrendar la capacidad de inspiración de un arte sobre otro, por muchos años que hayan transcurridos entre ellos.
Y son ya muchos esos años. Emily Dickinson forma parte de esa generación arrebatadora de la poesía norteamericana del siglo XIX, junto a Edgar Allan Poe o Walt Whitman. En este poemario se recogen veintisiete de esos poemas, pequeñas piezas de orfebrería que hacen de ese mínimo gesto un grito que nos conmueve y nos eriza la piel. Simples reclamos para entender cómo la belleza puede surgir de aquello más nimio, de pequeños pensamientos capaces de hacer saltar por los aires nuestra comprensión de este mundo que todos nos empeñamos en hacer más y más complejo. Un misterioso ejercicio que solo una mujer con las cualidades que poseía la autora podía desarrollar para sorpresa de los que, tiempo después de su escritura, han ido descubriendo a una poeta colosal que, afortunadamente, llega ahora a nosotros a través de diferentes medios, como lo pueda ser esta ya imprescindible edición que Nórdica ha sabido cuidar y conformar para que nos agarremos a ella y sintamos, sobre todo sintamos a partir de la fuerza irreductible de la palabra:
“Yo morí por la belleza/pero apenas estaba colocada en la tumba,/cuando uno, que murió por la Verdad,/fue tendido en un cercano lugar..." o "¡Qué bueno regresar a mis libros!/-término de los fatigados días-. Casi compensa la abstinencia, y el dolor se olvida con el placer..." son algunas de esas píldoras con que la autora abre al lector un torrente de sensaciones, pero sobre todo la pregunta en torno a cómo desde algo tan aparentemente frágil se puede provocar en el ser humano tantas y tantas cosas. Quizás la respuesta haya que buscarla en ese encierro, en esa distancia entre el mundo exterior y una habitación desde la que surgen unos susurros que, una vez fuera braman entre los árboles y las montañas, para lograr que las aves levanten el vuelo, o para dejar huellas en la nieve, pero sobre todo, para dejar huellas en el alma humana. El alma de un hombre mecido por el viento de la poesía.
 
Publicado en Diario de Pontevedra 30/12/2012

Memoria



Llevo una semana como el niño de ‘El sexto sentido’, es decir, viendo muertos por todas las esquinas. Es el resultado de encargarse de componer el obituario con el que se pone punto y final a nuestro trabajo a lo largo de todo un año. Un puzzle de caras y hechos en el cual, y enfrentado a todos esos rostros que van desde Tàpies a Niemeyer o desde Carlos Fuentes a Tony Leblanc, pasando por Manuel Fraga, Isaac Díaz Pardo, Basora, Mingote, Valentín ‘el castañero’, Joaquín Queizán, Chavela Vargas o Carrillo entre otros muchos, lo primero que debe hacer uno es dar gracias a quien sea por seguir por estos lares, por trascender a unos seres que con su vida han contribuido a confeccionar la nuestra desde sus diversas ocupaciones. Ellos ya no seguirán entre nosotros, pero su huella quedará para siempre adherida a nuestra memoria, al fin y al cabo lo único que somos: memoria. Eso a lo que han dedicado su esfuerzo, con independencia de su trascendencia, es parte tanto de lo que somos como de aquello en que nos convertiremos. Nadie duda de que las risas provocadas por Miliki, las canciones de Whitney Houston, las películas de Borau, la emoción de ver jugar al ajedrez a Ramón Escudeiro, las palabras de Marcelo Otero o la pintura de Leopoldo Nóvoa son la memoria de una vida, tan suya como nuestra.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 29/12/2012

viernes, 21 de diciembre de 2012

La naturaleza como un rastro a seguir

Hasta el 10 de febrero el Centro Galego de Arte Contemporánea deja constancia del trabajo que, a lo largo de su vida, ha realizado Fernando Casás (Gondomar, 1946). Un amplio cuaderno de experiencias sobre el trabajo de un creador en cuyo fructífero  recorrido es muy difícil encontrar este tipo de registros. Su arte, creado desde el pensamiento de la propia naturaleza, se cobija bajo esa gran madre en la que pretende alcanzar toda su  plenitud, pero en esta ocasión el esfuerzo del creador y el CGAC subsanan esa cuestión con un efectivo y atractivo montaje.

Mientras recorro la exposición de Fernando Casás tengo la sensación de estar caminando por uno de esos cementerios indios que aparecen en los westerns de Hollywood. Hace pocos minutos que ha abierto el CGAC, en ese preciso instante no hay muchos visitantes, y el silencio, que se queda atrapado en las níveas paredes de Alvaro Siza, se convierte en el inesperado complemento perfecto para multiplicar esa sensación surgida del cine, tanto que uno parece oír cómo esas ramas, troncos o los diferentes materiales extraídos de la naturaleza, que aquí se insertan, aparecen ligeramente mecidos por el aire surgiendo de ellos una leve música. Esa música, una sinfonía espiritual de respeto a lo que representa la naturaleza, está siempre presente en el trabajo aparentemente silente de Fernando Casás, chamán de la naturaleza, ya que en cada una de esas obras continúa funcionando ese proceso que tanto llama la atención del creador y que va transformando la propia sustancia de cada una de esas piezas. Piezas que, como fragmentos de la naturaleza que son, ayudados por el elemento tiempo y las diferentes vidas microscópicas de su interior, continúan su proceso de evolución como metonimia del permanente cambio natural encarnado desde esos restos fósiles hasta las maderas carcomidas por la termita, o desde los retorcidos troncos hasta cualquiera de los restos que han partido de su estudio para formar parte de esta necesaria muestra. Necesaria por lo que tiene de valoración de un artista, además de profesor en la pontevedresa Facultade de Belas Artes, cuyo trabajo, en muchas ocasiones de compleja aproximación al espectador, no había tenido en su tierra de origen el respaldo que se merece; y por rescatar un gran número de trabajos y experiencias que nunca antes habían sido expuestas. En la mayor parte de las ocasiones su arte nace para agotarse en la propia naturaleza, un proceso de redención y retroalimentación que es muy complicado de llevar a un espacio expositivo. Es por ello que con buen tino desde la organización se plantea un recorrido por los rastros del Fernando Casás más íntimo, con muchos pequeños gestos que no hacen más que interiorizar sucesivas experiencias de mayor calado. De todas las maneras nos encontramos con piezas absolutamente impactantes como las pinturas de la primera planta, el monumental mural creado para la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América o esas cosmogonías que nos envuelven en un negro abisal y en las que parece que nos demos de bruces con nuestro origen. Y es que ese origen es la auténtica respuesta a todo lo demás, quizás a nosotros mismos, cuando éramos, simplemente, una posibilidad de futuro.

Publicado Diario de Pontevedra 16/12/2012
Fotografía CGAC

jueves, 20 de diciembre de 2012

As cousas de fóra dende dentro

‘O curioso mundo das persoas normais’ é un lúcido achegamento á mente dun home condenado a pasar toda a súa vida na habitación dun hospital.


Cando Diario de Pontevedra sacou á luz en abril de 2010 a historia de Agapito Pazos, un home que pasou 79 anos nunha habitación do Hospital Provincial de Pontevedra, ademais de dar a coñecer unha nova abraiante, o que fixo foi sementar o xerme da literatura na mente de Xosé Monteagudo. Abofé que a medida que ía lendo a noticia o seu maxín de escritor comezaba a bulir para artellar unha trama literaria. O resultado daquel intre chega agora a todos nós a través desta novela, na que o autor é quen de facer un achegamento tan respectuoso como cheo de lucidez cara o que representa o feito de pasar semellante número de décadas atrapado nunha habitación por unha enfermidade, sendo o único contacto co exterior o trato co persoal sanitario ou as visitas dos moitos que foron compañeiros de habitación.
Dende esas catro paredes observa Tomás a vida pasar, cheo de escepticismo ante o que non coñece, ante aquilo que nunca poderá ter na súa man, por exemplo a liberdade. Recluído por unha enfermidade, pero sobre todo polo abandono, non só da familia senón case que de toda unha sociedade. Xosé Monteagudo baséase no que se coñeceu de Agapito Pazos para compoñer a vida de Tomás e facelo dende unha perspectiva chea de ledicia, abofé que baseándose na inxenuidade que unha persoa así tiña que ter.
Afastado do que supón a vida fóra desas catro paredes, Tomás constrúe o seu propio espazo vital, unicamente suxeito ao exterior dende aquelas persoas que o rodean. A xente de fóra que ven visitar aos enfermos é a que lle leva as informacións, pero sobre todo as sensacións desa vida que transcorre fóra daquel espazo.  O bo e o malo. Porque Tomás é quen de diferencialo, así como de ver nas persoas aquilo que lle agrada ou desagrada. Pero como con quen pasa máis tempo é co persoal sanitario, será con eles cos únicos cos que se rompan certas barreiras, cos que busque ter unha relación de pai e fillo, cun médico; ou o máis preto que nunca estará ao que significa o amor cunha enfermeira; ou a amizade con aquel celador que se ocupaba de bañalo cada día dende a súa chegada ao Hospital e que o levou durante un par de xornadas fóra del para que descubrise algunhas cousas que calquera ser humano non pode  perder na súa vida, que se resumen nese horizonte dun mar que deixa abriado a Tomás.
A partires destas situacións Xosé Monteagudo vai configurando este percorrido por unha vida soñada a partires dunha realidade, para facer xurdir unha historia de imposibilidades e desexos, pero tamén de bágoas, recordos e descubrimentos, porque todo iso pode ter lugar nunha cama de hospital, en definitiva, alí onde exista unha vida humana. Dende todas estas situacións o autor acada o grande éxito da novela, como é o de poder levarnos ata esa mesma cama para que nos poñamos na pel dese home con quen a vida non foi nada xenerosa, mentres que a súa xenerosidade con ela foi máxima. Xosé Monteagudo converte aquela nova do xornal nunha historia de ficción conxugando os artefactos da literatura para que poidamos entender o que lle pasa pola mente a unha persoa tendida nunha cama ao longo de toda a vida. Un punto de vista que, lonxe de limitar a novela, fai recoñecer no seu autor esa capacidade que ten a propia obra para non verse limitada a esa habitación, botándose fóra dela e permitindo a Tomás que o aire fresco encha os seus pulmóns e a nós que tamén collamos aire e a distancia necesaria para coñecer a vida de Tomás.
A vida, como tantas veces adoita suceder, amosa caras non sempre amables para o home, destinos crueis ante os que só a literatura é quen de poñer algún pano quente. Un pouco de esperanza e ilusión.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo
Fotografía David Freire

Arte



Llega a mis manos un voluminoso diccionario que, coordinado por Juan Fernando de Laiglesia, y bajo el auspicio de la Universidad de Vigo y la Facultade de Belas Artes de Pontevedra, recoge las definiciones que numerosas personas relacionadas con el ámbito artístico entienden como apropiadas para explicar lo que es el arte. Una licenciatura en Historia del Arte, cursos de doctorado, cientos de escritos y lecturas sobre artistas y la presencia en numerosas exposiciones si para algo me han servido es para poder afirmar de manera categórica que no hay definición posible para aquello que se presenta como inabarcable. El hecho artístico como tal depende de un número tan amplio de circunstancias, la mayor parte de ellas alusivas a la sensibilidad del ser humano que, pretender pasar eso a letra supone una derrota de antemano para quien se enfrente a esa empresa, al tiempo que una victoria para las bondades del arte, ya que en ese espacio fronterizo radica su misterio y por lo tanto su capacidad de atracción y seducción. Este nuevo intento acepta esa premisa desde su origen y eso le beneficia, al liberarle y concederle la posibilidad de ofrecer un conjunto de perspectivas tan singulares como interesantes, no para definir, pero sí para reflexionar sobre lo que esas cuatro letras suponen para cada uno de los comparecientes, convertidos en entradas de un diccionario con vocación de ser arte en sí mismo.


Publicado en Diario de Pontevedra 15/12/2012
Fotografía David Freire

lunes, 10 de diciembre de 2012

El óxido de la existencia


Parapetado bajo su boina y tras sus gruesas gafas Manuel Aramburu significa pintura en Pontevedra. Creador, y maestro de numerosas jóvenes generaciones en esta disciplina artística, la pintura ha sido desde bien niño parte esencial de su vida. Recorrer el espacio que se le ha dedicado en el Museo de Pontevedra es recorrer esa existencia de la mano de esos hierros retorcidos, ajados por el paso de una vida y a la espera de quien sabe qué destino. Unos hierros que, amén de ser un ejercicio pictórico, se convierten en  un tratado sobre la vida y la muerte.
Durante varios años matriculado en la Universidad de Vigo penando un error en la elección de mis estudios pasé más tiempo en la cafetería de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales que en unas aulas llenas de asientos contables y fórmulas matemáticas que pretendían explicar las fluctuaciones económicas. De aquel tiempo poco saqué en limpio, pero si algo recuerdo con absoluta nitidez es un gran mural que colgaba de aquella cafetería. En aquel momento mis intereses artísticos eran bastante limitados pero sí que entre aquella imagen llena de amasijos de hierro mi mente disfrutaba de unos instantes de evasión y sosiego espiritual. Años más tarde conocí a Manuel Aramburu y viendo su obra me encontré con que aquel pintor había sido el autor del mural universitario. Nunca hablé con él de aquella obra y lo que significó en mi vida, pero sí que en alguna ocasión pretendí que me desentrañara el porqué de esa adicción al hierro como centro de su pintura. Y como suele suceder cuando buscas una respuesta desde la palabra de cualquier pintor ésta no me conducía a ningún lado. Siempre las respuestas están concentradas en sus obras y no hay nada más complicado que saber mirar. Y la pintura es, precisamente, saber mirar. El pintor a la realidad, para adaptarla a su forma de entender la pintura, y el espectador a una obra llena de claves sobre una vida.
Adentrarse en la exposición que Manuel Aramburu ha inaugurado en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra supone encontrarse con las respuestas a toda una vida. Con el nacimiento, crecimiento, consolidación y madurez de un pintor que ha derivado en esa propuesta formal que es la chatarra, simplemente como la manera de desarrollar su comprensión de la pintura. El hierro, material con numerosas vidas, le permite reconstruir su propia vida para con el óxido definir una existencia. Buscar la belleza, aspiración máxima del pintor, donde no la hay y dotar así de una nueva vida aquello que ya había perecido. El extraordinario trabajo de comisariado de Tino Lores nos va a permitir rastrear cómo se llega a esta propuesta. Desde aquellos apuntes paisajísticos de los años cuarenta, pasando por los bodegones, o los espectaculares paisajes de O Paraño y todo ello para desde finales de los años setenta caer en esos paisajes insondables, en muchos casos, pletóricos de atmósferas y donde la imaginación es capaz de presentarnos infinitos significados. El dominio del dibujo, la extraordinaria paleta y el uso de la espátula son las armas que posibilitan este derroche de facultades que abruman a quienes pasen unos minutos entre todas estas obras que, como en una resurrección, parecen volver a la vida a Manuel Aramburu, algo que él mismo lleva haciendo desde hace muchos años, desde que entendió que una plancha de metal puede ser el paisaje más hermoso y evocador gracias al milagro de la pintura. El paisaje de una existencia teñida de óxido.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 09/12/2012
Fotografía David Freire

domingo, 9 de diciembre de 2012

Torito bravo



Afila los pitones el ministro Wert y, como un toro, que diría Jesulín, se lanza a embestir cualquier pañosa que le pongan por delante. Con el capote bien abierto le reciben los profesores que ven cómo esperan y se desesperan para cubrir unas substituciones que no existen; sale el caballo de picar y de su vara se cuelgan los principales afectados, unos alumnos que cada vez más se masifican en las aulas y que asisten perplejos al descenso de becas. Desde los chiqueros braman los consejeros autonómicos, de la misma ganadería del protagonista, con sus competencias transferidas, aplaudiendo en indisoluble armonía las acometidas del ministro. Tercio de banderillas. Los rectores clavan sus arpones airados por los recortes en sus Universidades. Inicio de faena y, muleta en mano, la educación pública cita de lejos cada vez más indefensa ante las medidas a favor de la educación privada. Con la espada en la mano para culminar la tarde y perfiladas en la suerte contraria, las comunidades autónomas con lengua propia asisten perplejas a la miopía que manifiesta el animal, incapaz de entender lo que significa la sensibilidad hacia los sentimientos de las diferentes tierras de la piel de toro. La suerte parece echada, pero el toro, crecido en el castigo, venderá cara su piel. Mientras este dantesco espectáculo continúa es nuestra educación quien se desangra a chorros.


Publicado Diario de Pontevedra 7/12/2012 

lunes, 3 de diciembre de 2012

¡Bendita inocencia!

El ‘mundo mundial’ ha cambiado mucho en estos diez años sin noticias de Manolito Gafotas. Ahora vuelve, eso sí, llámenle, ‘Mejor Manolo’

Diez años son muchos años para todos. Piensen lo que ha cambiado su vida en estos últimos diez años o, aunque no sea muy agradable, recuerden lo que era este país hace dos lustros y reflexionen en que nos hemos convertido hoy. Pues estos diez años son los que han transcurrido desde que la escritora Elvira Lindo dejara en reposo a una de las creaciones más audaces y frescas de nuestra literatura. Aquel niño de Carabanchel Alto, que responde al nombre de Manolito Gafotas, junto a su familia, posibilitan a la autora tener el punto de ingenuidad y descaro que siempre es necesario para aproximarse a la realidad, permitiéndole tratar muchos temas con la permisibilidad que solo se le concede a los niños para hablar alto y claro. Muchos elementos han cambiado en esta geografía social y humana que es una sociedad, también Manolito Gafotas ha cambiado. Él y su familia, tanto que hasta ha llegado un nuevo miembro, una niña de bucles dorados ‘la Chirli’, trasunto de una de las debilidades de la autora, como es la actriz Shirley Temple. Y es en el conjunto de esta sociedad, agonizante por una crisis llena de mezquindades, en la que surge el Manolito Gafotas adolescente, convertido en Manolo, como a él le gusta que le llamen, sabedor de que a aquel niño se le escapa la infancia y de que algo está cambiando a su alrededor. Pero Manolo si algo conserva es la inocencia, aún a salvo de ser ajada por la comunidad y el paso de los años. Esa inocencia es la que le permite mostrar esas aristas, cada vez más afiladas, que se hunden en nuestras entrañas para modificar nuestra realidad: la burbuja inmobiliaria, la crisis de las cajas, las huelgas y los recortes, la visita del Papa, el uso de los móviles en los menores y hasta Iñaki Urdangarín tienen cabida en esta radiografía de lo que hoy somos con el poso feliz de lo que fuimos.
Evidentemente no se podría entender al personaje sin esa fina sutileza en que se convierte su humor, un desengrasante de la realidad al que cada vez menos acudimos para aliviar nuestras miserias en la vida real y que la literatura y Elvira Lindo nunca dejan de lado como buen sinónimo de inteligencia. Manolito Gafotas, perdón, Manolo, con sus reflexiones rara vez no va a dejar en nuestra cara el esbozo de una sonrisa, el reflejo de un ingenio que le hace aproximarse a la vida de una manera tan brillante que muchos mayores deberían copiar como forma de relacionarse con la sociedad, aquí planteado desde su ámbito de amistades, con los incomparables Orejones y Yihad; o la evolución del trato con su familia, desde su madre o su padre hasta su abuelo, cada vez más mayor y con más dificultades para el cuidado de sus nietos, lo que hace que Manolo adquiera un mayor grado de responsabilidad, sobre todo por la presencia de la nueva de la casa, ‘la Chirli’, y por último, su especial relación con su hermano menor, ‘el Imbécil’, como siempre le hemos conocido.
Entre todos ellos se compone el fresco de esta España nuestra, cada vez más gris y lineal en el pensamiento general. Tras leer ‘Mejor Manolo’, uno no entiende cómo hemos podido estar tanto tiempo huérfanos de este muchacho, de este joven que comienza a entender el mundo al que sus padres le hicieron llegar en un momento de esperanza y futuro y en el que ahora ese futuro se ha convertido en un presente tan imperfecto en el que solo lúcidas miradas como las de Manolo y “la autora que escribe lo que él le cuenta”, pueden ofrecer algo de luz entre tanta oscuridad. El libro termina lastrado por esa ‘realidad real’ que hace madurar al protagonista, frente a la opción de la autora, y una cierta desesperanza que solo el tiempo y la evolución de los acontecimientos podrán mudar en sucesivas entregas de esta brújula infantil que se ha hecho mayor.



Publicado en Diario de Pontevedra 2/12/2012 y El Progreso de Lugo 1/12/2012

Culturfesta

Libros e máis libros, pero non só libros, tamén escritores, músicos, actores, títeres, xogos, cantantes, cómics cociñeiros, faladoiros, concertos, editoriais... todo iso e moito máis, ben axitado nunha cocteleira, é a festa da nosa cultura, o Culturgal. A ledicia maior que pode ter un pobo é a de gabarse da súa cultura, facho irrenunciable de calquera sociedade que se teña por tal e que confíe nos seus individuos. Hoxe estamos a ver como non son poucos os atrancos para que esa cultura agrome en todos os cidadáns, e así poder sustentarse nela nestes tempos de derivas vitais e existenciais de moitos homes e mulleres. Facer festa da cultura supón, nesta situación, ir máis aló desa reinvindicación propia de calquera pobo, xa que se vai converter nun berro de resistencia fronte ao terreo ermo que espreita ás nosas mil primaveiras máis. Esta verbena a carón do Lérez, no mellor espazo que un pode imaxinar, xa é unha cita obrigada para todos aqueles que se teñan respecto a sí mesmos e, como membros dunha colectividade, séntense orgullosos desa situación. Os que o coñecen xa saben todo o que se agocha no Culturgal, os que aínda non foron nunca, vaian, vexan, sintan, gocen o que significan as nosas músicas, contos, novelas, deseños ou ideas, pero por riba de todo a nosa forma de mirar ao mundo e a nós mesmos.

Publicado en Diario de Pontevedra 1/12/2012