domingo, 30 de septiembre de 2012

Bruto



"Tú también, Bruto!", exclamó Julio César mientras sentía como la daga que éste portaba se hendía en su carne consumando la traición. Y todo ello en las escaleras del Senado Romano, bajo la mirada de sus rivales y ante el pueblo, consumando así una venganza tan fría como cruel. El último pleno municipal volvió a poner de manifiesto cómo dos mil años no son nada y eso de la venganza y la traición todavía funciona como espectáculo público. No dudaron cinco de los compañeros de Jacobo Moreira en hundir los puñales en su cuerpo, cobrándose así cuentas que van más allá de unos cuantos denarios, ya que a muchos de ellos la asignación por la que se discutía no les va a sacar de pobres. Está claro que los restos del naufragio del Telmo Party no están conformes con su líder. Los más veteranos no admiten que un hombre joven imponga su criterio y marque un camino propio, apoyado desde Compostela, y asomando su candidatura a las próximas elecciones locales, lo que sería la despedida de muchos de ellos de la silla municipal. La desautorización pública que Moreira realizó de las palabras de José Manuel Guillán sobre la posición del partido ante el simulado cobro de la paga de Navidad activó la traición. Que apareciese el gélido acero solo era ya cuestión de tiempo y de escenario. ¡Cuídate de los idus de septiembre!


Publicado en Diario de Pontevedra 29/09/2012

jueves, 27 de septiembre de 2012

Misterios na mente humana



Á hora de elexir unha lectura na nosa língua no cabe dúbida que sempre é un valor seguro a aposta por Agustín Fernández Paz. A súa anterior novela ‘Non hai noite tan longa’ amosounos o bo estado da literatura do autor vilalbés. Unha novela chea de lembranzas dun tempo que se conxela no interior das persoas e que nun intre estoupa para sanar as feridas que semellaban estar curadas. Agora con ‘Aire negro’ Agustín Fernández Paz muda de rexistro con esa facilidade que so poden amosar os mellores escritores para levarnos a unha historia na que conflúen varias temáticas literarias que van dende o thriller ao fantástico, ou dende o terror ao amor.
Quizáis sexa a mente humana o lugar máis complexo dende o que artellar unha novela, o universo dende onde o escritor ten que tirar de máis fíos para xerar unha trama que compoña o que é o relato. Agustín Fernández Paz bótase de bruces na mente humana a partir dos sucesos que ocorriron no interior da mente dunha rapaza sometida a unha terapia nun centro mental case na fronteira con Portugal. Ata alí chegou tras unha experiencia traumática que leva ao escritor a afundirse no imaxinario popular galego, nese mundo de lendas que sustenta moito do que somos e do que tamén xorde moito da nosa narrativa, e ao que a protagonista chega por amor, un amor dun tempo pasado que volve para activar en Laura Novo un sentimento que nunca estivo perdido de todo. Vemos como ao falar do que na novela acontece vanse tecendo diferentes ingredientes: amor, lendas, terapias... que van xerando unha atmósfera que é a grande achega de Agustín Fernández Paz na obra ao conseguir que en cada un dos escenarios principais da novela: o sanatorio e a Casa rural sexa quen de envolver ao lector neses dous ambientes. Por un lado o espazo da razón, ese sanatorio no que un doutor novo intenta coa protagonista unha nova terapia de achegamento que lle permita superar o rexeitamento que amosa cara os demáis e que a leva a pecharse ante uns folios nos que de xeito compulsivo escribe o seu nome unha e outra vez. Esa novedosa terapia enfróntase a todo un sistema establecido que parece afondar nesa dobre perspectiva sobre a mente humana que representan as teorías de Freud e Jung recentemente levadas ao cine por David Cronenberg en ‘Un metodo peligroso’. Fronte a ese ambiente case cartesiano atópase o lugar onde xorden as emocións humanas, unha Casa e o seu contorno no medio rural onde as tradicións e as supersticións van a tomar un papel decisivo no fluír dos acontecementos. Alí é onde se catalizan os sentimentos, onde se recupera o tempo pasado a través dun amor e onde nos afondamos nos xéneros do terror e do thriller, que de xeito brillante manexa o autor e o que é máis complexo, integra dentro do relato xeral dunha maneira moi efectiva para manter a nosa atención.
‘Aire negro’ é, polo tanto, unha especie de delta ata onde van chegando varios ríos que finalmente desembocan nun único mar, o da literatura, a boa literatura. A que te fai pasar un bo rato, a que te ensina moitas das motivacións que moven ao ser humano nesta sociedade e que se expresan dunha maneira moi suxerente ante o lector, ademáis de estar perfectamente integrado no espíritu desta terra, o que provoca que esteamos ante unha novela profundamente galega revestida dun traxe que ao principio non o semella e que ao mellor se achega máis a relatos de autores xa consagrados como Henry James, Conrad ou Lovecraft, aos que ben se ve admira o escritor e dos que se serve para facer aquelo que eles tamén facían baixo unha apariencia de misterio, que non é máis que facer unha viaxe ao interior do ser humano.


Publicado na Revista. Diario de Pontevedra 23/09/2012

lunes, 24 de septiembre de 2012

Punto de cruz en base terrícola


Ovnis sobrevolando unas escenas delirantes o la sensación de estar ante uno de aquellos cuadros que nuestras madres y abuelas colgaban en nuestros salones como exhibición de sus habilidades con el punto de cruz son las dos primeras impresiones que nos asaltan al entrar en la pontevedresa galería About Art en la calle Pasantería, para enfrentarnos a la obra de Paulova. Una singular forma de entender el hecho pictórico sustentado en una crítica demoledora a un tiempo pasado para lo que solo hacen falta dos armas: el humor y la pincelada.
 
¿Quién no tiene en mente ese gran cuadro que cuelga todavía de muchas paredes de nuestras casas y que ya es parte de la propia familia? Paisajes, animales, cuadros emblemáticos de la historia del arte... todos ellos fueron durante décadas carne de cañón para calmar las ansias creativas de nuestras progenitoras. Y es que el punto de cruz ha sido el gran entretenimiento del ama de casa en una sociedad gris y donde eran pocas las posibilidades de evasión de la mujer. Efectivamente nos referimos a aquel eufemismo conocido como ‘sus labores’.
Otra mujer, esta de nuestro tiempo, formada en la Facultade de Belas Artes, que responde al nombre de Paulova ha tenido la agudeza suficiente como para hacer de esa visión un motivo de reflexión para su pintura, sirviéndose de esa percepción caduca y reflejo de un tiempo con numerosas connotaciones para nuestra sociedad y para dotar de contenido a su discurso.
‘Un discurso que se define como ‘Labores marcianas’ donde ese tipo de escenas, sin ningún tipo de interés, aparecen aquí invadidas por unos elementos tan extraños como lo puedan ser un grupo de platillos volantes, ¿pero es qué acaso esos ovnis son diferentes a tener una pareja de flamencos en la pared de tu salón? Evidentemente no. Tenemos, por lo tanto, unas imágenes absolutamente desconcertantes, carentes de cualquier sentido en cuanto a lo meramente visual, pero que bajo esa simulación del punto de cruz a través de la pincelada, esconde una carga irónica  sin la que no se pueden entender todas estas estampas que podemos ver en la galería About Art. En esta ocasión Paulova extrae del cuadro esos elementos voladores y los sitúa fuera del marco para sugestionar al espectador realizando una especie de instalación que ahonda en el sentido lúdico de su pintura y su proyecto, convirtiéndose ese sentido en la pasarela necesaria para poder acercarse a la revisión de aquel tiempo y todo lo que hay detrás de algo tan trivial como lo pueda ser el punto de cruz. Este es el gran mérito de esta joven creadora haberse fijado en algo tan cotidiano, en un elemento incluso desprestigiado para encauzarlo hacia otra dirección, para desde el arte proponer una relectura de aquel tiempo desde la visión de la pintura de hoy en día, es decir, desde una mirada actual y comprometida con un discurso que no elude mirar hacia el pasado, sino que se vale de él para generar un nuevo debate desde la imagen. Y si eso responde a lo que se cuenta, el cómo se cuenta es el otro gran vértice de su trabajo, el realizar una pintura mimetizada en el punto de cruz que juega al despiste y a engañar a un espectador que, ante su visión, no duda en pensar que se encuentra ante una pieza como las que tantas veces, día tras día ha visto, como una condena, colgado de la pared principal de su salón.
A la vista de lo expuesto es muy interesante visitar este grupo de piezas realizado por una mujer a la que habrá que seguir muy de cerca para continuar conociendo sus lúdicas propuestas.
 
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 23/09/2012
Fotografía Guille López

domingo, 23 de septiembre de 2012

Napalm



La paga, los barcos y el alcalde, podía ser el título de una de las películas de Eric Rohmer, pero no es más que el titular de una semana aromatizada con la próxima cita electoral. Como sucedía con el olor a Napalm en Apocalypse Now, nuestra clase política comienza a excitarse y a poner las orejas en punta cuando olfatea la sangre convertida en votos. El alcalde de Pontevedra confirma el ingreso en las nóminas de los funcionarios municipales de un dinero que desde Madrid se ha obligado a no poner en circulación. Lores desobedece a Rajoy, pero obedece a su ciudad, tan necesitada de ‘cash’ a las puertas de la campaña de Navidad; frente a él, el PP local, uno antes del mediodía y otro después, tacha la acción de electoralismo, pese a que el cuerpo le pedía apoyar al alcalde, pero las siglas son las siglas. Feijóo se saca dos barcos del sombrero charro para tener ocupado al naval gallego mientras se ensobran los votos, miles de puestos de trabajo que los sindicatos ya han puesto en cuarentena, y finalmente, el alcalde de Ourense da con sus restos en el calabozo de Joaquín Costa. La policía, apostada en el Paraño, como en el Far West, capturó al forajido justo un mes antes de que Galicia se eche a votar. Me encanta el olor del napalm antes de las elecciones. ¿Lo hueles muchacho?


Publicado en Diario de Pontevedra 22/09/2012
Fotografía Rafa Fariña

lunes, 17 de septiembre de 2012

Él



Entre las ruinas clásicas de Nîmes José Tomás atornilló su figura a la arena en la que muchos hombres defendieron su vida ante aquellos generales de César premiados por sus gloriosas campañas con el eterno perfume de la lavanda. Estático el hombre, la historia se movía a su alrededor como si la palma de su mano acariciara el viento mediterráneo que siempre trae consigo un halo de leyenda. La figura enhebrada por el desafío mecía el paño para que los oponentes, hasta seis, jugueteasen como mascotas sometidas por el mandamiento supremo del protagonista de ayer, del torero que ha colocado una piedra más en la concepción de su mito. El anfiteatro de Nîmes fue el lugar elegido para otro de esos gestos que muchos critican por no ajustarse a la ortodoxia suprema del toreo, a no sé qué dictados de un escalafón esclerotizado en una fiesta cada vez más temerosa. En el patio de cuadrillas, apoyado en el opus quadratum sobre el que se eleva el sacrifical altar nimeño, José Tomás conceptualiza su toreo, tan eterno como prendido del pasado, y no por simples alfileres, sino por la firme conciencia de una profesión a la que se debe y a la que nunca osa defraudar. Un diálogo con la leyenda del toreo que nadie entiende como él, pero por encima de todo, que nadie transmite como él. Él. Hablar de José Tomás es hablar de él a través de un derroche de pases que, vistos en los diferentes videos que circulan por la red, nos colocan ante el mejor José Tomás, ante el que con cada pase logra que el toro desprenda los alamares con su embestida, con el que la tensión se trasmite en la conquista de un terreno imposible y siempre desde una figura que destila torería en cada gesto. Nîmes hito en la historia, parada y fonda de la leyenda que es él.


Publicado en Diario de Pontevedra 17/09/2012
Fotografía de YOAN VALAT

domingo, 16 de septiembre de 2012

Nimes


Hasta allí fueron llevados, como recompensa eterna, los mejores generales de César para disfrutar de las tierras perfumadas por aires de lavanda y mecidas por la brisa del mar de la Costa Azul. Un cruce de caminos con la historia y algunos de los mejores paisajes de la Galia. En ese cruce, se eleva el más bello mojón, el único templo romano conservado tal y como fue creado, La Maisón Carrée. A pocos metros, el otro gran tesoro clásico de la capital del Gard, el anfiteatro sobre cuya arena todavía parecen resonar las espadas de aquellos que luchaban por sobrevivir en un cruel espectáculo para mayor gloria de Roma. Piedras desvencijadas convertidas en reducto taurino, la gran sede de esa Francia aficionada a la fiesta que nos da sopas con hondas a los inventores de ese circo. Mañana, entre esas piedras y sobre esa arena, dejará su rastro otro mito cada vez más clásico, más épico, más José Tomás. Los alamares de su traje se volverán fulgor a media mañana para converger en la danza de arte y sangre desde la que el Mediterráneo honra a sus súbditos, al tiempo que los rayos procedentes del sol graban sobre el cuerpo del aficionado el recuerdo del día en que vieron a José Tomás medirse a seis toros en una jornada entre la leyenda y la historia de un universo llamado Nimes, en el que el pasado todavía es hoy, y donde el futuro recordará este hoy.

Publicado en Diario de Pontevedra 15/09/2012

sábado, 8 de septiembre de 2012

Garci

 
Entre las perversiones que uno tiene, y que se pueden airear, figura el que me gusten las películas de José Luis Garci, y además casi tanto como oírle hablar de cine. Lo digo para que conste en acta y para que esta España tan modernita me acomode en ese patio de butacas siniestro junto a aquellos que sufren náuseas mientras una cámara va dando saltos persiguiendo a los actores o cuando el director de turno convierte cada fotograma en parte de un convulso rito diabólico. José Luis Garci estrena su visión de un Sherlock Holmes encastrado en un Madrid entre decimonónico y castizo del siglo XIX que servirá, sobre todo, para que se sigan hundiendo en la palma de sus manos los clavos de quienes no soportan su cine y su figura. Tan alejado de modas como fiel al espíritu del cine más clásico, José Luis Garci ve la vida a través de la cámara como los directores de aquel universo que desde Hollywood iluminaron al mundo entero. Ajeno a cualquier moda y conocedor de que el único tiempo con sentido es el que se contiene en el interior de esa cámara, la idea de la narración es tan importante que en sus películas sucede algo inusual en el cine español y es que en ellas se cuenta una historia. Y claro, muchos se aburren, por aquello de la necesaria implicación del espectador ante lo que ocurre en una pantalla alejada del prolífico y exitoso cine de videoclip.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 8/09/2012

viernes, 7 de septiembre de 2012

Príncipes y princesas



TIENE ALGO DE CUENTO el partido de la Selección Española en Pasarón. No solo a la vista de los niños que alucinarán ante sus ídolos, sino por todo lo que arrastra la presencia de los internacionales en un escenario también de leyenda. A buen seguro la mayoría de los jugadores desconocerán lo que ese terreno significa, y a lo mejor han tenido que ser sus padres los que han desempolvado el álbum de recuerdos para buscar el estadio de Pasarón en su encrucijada sentimental y contarle así a sus hijos hasta donde han ido a dar balonazos y el por qué de venir a este recóndito recuncho de la península. Imprescindibles también habrán sido las sesiones de cuentacuentos del doctor Cota que habrá aleccionado a los de la ‘Roja’ con la épica de Cholo, Batalla, Neme, Calleja, Martín Esperanza y compañía, y les dirá cómo bramaba este campo cuando el Real Madrid hincaba sus hinojos en el lodo de la derrota. Y antes del colorín colorado habrá tiempo para presentarles a Héctor Rial, a Rulo y a la señora Lola. Todo un mundo que empezaba y terminaba donde dos tibias cruzadas marcaban el territorio del sufrimiento. El ‘Hai que Roelo’ entendido como una imborrable identidad.
Mitos que son ya príncipes destronados por un tiempo que ha ido ajando fotos y esparciendo cenizas sobre los céspedes y la memoria. Ahora, esta Selección triunfante, nos habla de los nuevos príncipes, príncipes felices mientras la princesa está triste en la almena de su lúgubre castillo, ¿Qué le pasa a la princesa? La realeza del fútbol cabalgará en Pasarón sobre sus corceles dejando un rastro de pétalos de rosa sobre el que mimar el balón. Y príncipes son precisamente lo que desde Asturias se ha decidido que sean dos de esas estrellas: Iker Casillas y Xavi Hernández a los que se les ha concedido el Príncipe de Asturias del Deporte gracias a la propuesta realizada por el Presidente de la FIFA Joseph Blatter, que por tener una idea tras catorce años en el cargo también se merecía algún tipo de galardón, aunque la ocurrencia sea tan peregrina como ésta que deja el deporte a un lado para premiar el buenrollismo, un baremo por el que también se le podría conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Xabi Alonso como fiel lector de los libros de Manuel Jabois.
Al campo saltarán tras pasar ante la foto en blanco y negro de aquellos que fueron nuestros príncipes, dibujando la metáfora de un nuevo fútbol y hasta de una nueva vida. Caballeros en la cruzada del reconocimiento de una sociedad que les jalea tanto por sus éxitos como por sus actitudes, acompañados por un resplandeciente Corazón de Léon, el gran maestro de ceremonias, un Vicente del Bosque que sí sabe donde pondrán hoy los pies, ajenos a los lamentos de la princesa que sigue llorando. ¿Qué le pasa a la princesa?


Publicado en Diario de Pontevedra 7/09/2012
Fotografía Rafa Fariña

domingo, 2 de septiembre de 2012

Violencia redentora

CLÁSICOS PARA UN VERANO A él se acude de manera episódica pero de él nunca se sale indemne. Directores, actores, productores, todos ellos saben que en el western se encuentra el germen de su identidad como nación, de los valores que configuraron al grupo y es por ello que muchos saben que deben acudir a él a mostrar sus respetos. Un hombre que mira al clasicismo desde el crepúsculo de la vida, como es Clint Eastwood, nos regaló en los inicios de los noventa uno de los más bellos ejercicios de reafirmación de ese pasado.
 

Es el género del western la salvaguarda histórica del cine. Del gran cine, del que se asienta en la épica, en la revisión del comportamiento del ser humano y hasta de la concepción lírica de la existencia que siempre debe estar presente en una pantalla. No ha sido muy agradecido el cine de los últimos tiempos con un género que durante muchas décadas ha creado algunas de sus mejores obras desde las praderas y los pueblos del antiguo Oeste americano. Solo un puñado de títulos, de la escasa producción vinculada a esa temática, merecen la gloria, pero cualquiera de ellos no se entendería sin la cumbre coronada por Clint Eastwood a lomos de su caballo interpretando a William Munny en un valle de venganza, odio y rehabilitación personal que nos conduce directamente a través del desfiladero del western más clásico para desembocar, como no, en John Ford y en directores crepusculares del género como Sergio Leone o Don Siegel. Esa cumbre tiene un título grabado en letras de oro en la siempre legendaria historia del western: Sin perdón.
Dos años antes la Academia de Hollywood había concedido siete Oscars a otro western, Bailando con Lobos, de Kevin Kostner, por las bondades de una película que planteaba en su interior la capacidad de convivencia del ser humano y el pésimo papel del hombre blanco con sus congéneres indios. Aquel hecho significó la recuperación de un género en el que se había sustentado gran parte de la fortuna de la montaña de la meca del cine, y fue algo así como que la industria lo aceptase como un igual frente a dramas, comedias, acción o suspense. Pero Clint Eastwood mudó radicalmente ese modelo y también fue premiado por la Academia con diez nominaciones y cuatro estatuillas, pero su apuesta cinematográfica era otra completamente distinta al focalizar la historia hacia un proceso de redención personal no tan lejano del paradigmático modelo fordiano encarnado en el Ethan Edwards de Centauros del desierto. Y es que las arrugas de los primeros planos que el propio Eastwood se filma a si mismo no son muy diferentes a las que mostraba el héroe solitario de John Ford al que la sociedad se empeña en apartar de su entorno. Poco importa que el lugar elegido sea un destino militar o una granja de cerdos, lo realmente cierto es que en esas arrugas se esconde un pasado, la patria insuperable del personaje del western, lugar donde hechos y actitudes definen un futuro en muchos casos de manera irremisible. Es ese punto de ignición que tendrá lugar en un simple instante cuando se activa todo ese pasado, cuando saltan por los aires los convencionalismos establecidos y que desde ese momento son solo un puñado de arena entre sus manos.
En ese ambiente sin domesticar será la violencia el catalizador de emociones, el espacio donde el presente y el pasado se miran frente a frente. En la violencia comienza todo y todo se acaba, por eso es la agresión a una prostituta que se ha reído del tamaño del pene de uno de sus clientes, lo que provoca que William Munny vuelva a cabalgar originando una acción que desembocará en esa monumental secuencia final donde el veterano pistolero ajusta cuentas en una noche de tormenta en un barucho decorado en su entrada con el cadáver de su mejor amigo. Amistad, pasado, falta de respeto se unen en el epílogo de una película que concentra en los planos de ese pistolero, que en un pasado fuera asesino de mujeres, niños y casi todo lo que camina o se arrastra. Una fuerza que ya parecía extinguida del género y que regresa para limpiar a ese pueblo de todo aquello que huela a podrido.
Hasta ese apocalíptico final, culminado con la figura del mismísimo diablo cabalgando a lomos de un caballo blanco amenazando a todo el pueblo entre un aguacero, hemos asistido a un recorrido expiatorio, en el que la recuperación de la dignidad es la manera de redención y como en la gran mayoría de los westerns ese proceso se realiza mediante un viaje, metáfora de una vida en la que el trayecto define a personajes e historias íntimas. En esta ocasión son tres los caracteres que se encuentran para llevar a cabo la misión encomendada, un joven que ha mitificado el hecho de matar y para el que el viaje supone el descubrimiento acompañado por los dos veteranos, el propio Clint Eastwood, y el que fuera su compañero de antiguas correrías interpretado por Morgan Freeman. Entre los dos pistoleros se reconoce el paso del tiempo y cada uno va relatando en que se ha convertido su vida, aceptando el fracaso de aquello en que pensaron un día llegarían a ser, y todo ello mediante la charla de dos viejos camaradas a lomos de sus monturas, sin galopadas, con una marcha pausada en relación a sus cansados cuerpos y con una serie de escenas también típicas dentro del modelo del género con largas conversaciones al abrigo de un fuego nocturno.
Hemos citado en este último párrafo el nombre de varios actores y es que Sin perdón tiene gran parte de su éxito en las interpretaciones realizadas por varios de los mejores actores de Hollywood, nombres como los de Richard Harris o Gene Hackman, unidos a los de Morgan Freeman y Clint Eastwood, nos sitúan ante cuatro modelos interpretativos de los más solventes de la historia de Hollywood que aquí confluyen en unas caracterizaciones imposibles de mejorar y que confieren sentido a todo lo que sucede en la película. Actores veteranos que parecen haber salido de ese mismo territorio polvoriento y violento del Oeste Americano, prototipos que están sumidos en un pasado ante al que ahora se enfrentan mediante su posición dentro del grupo, y como no, a través de una violencia necesaria para sobrevivir y para depurar la propia vida del Oeste.
Comienza y finaliza la película con un plano de un atardecer y un árbol decrépito y reseco sobre una pequeña loma. Un atardecer de un tiempo que se clausura, de un mundo donde ya cada vez quedan menos de aquellos que protagonizaron su propio destino, ese árbol continúa resistiendo cada jornada, como estos pistoleros con los que la sociedad se muestra siempre incómoda pero que ante una situación de crisis acude para solventar los problemas. Apostándose en el cruce de caminos entre el pasado y futuro es decir en el presente. En su presente.
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/09/2012

Huella


Nunca una huella significó tanto para un hombre y la humanidad como el tatuaje que Neil Armstrong dejó sobre la superficie lunar. La impresión de su pie, retransmitida a todo el mundo en plena Guerra Fría para mayor gloria yankee, ha ocupado, casualmente, durante estos días de agosto parte de mi tiempo con la lectura de ‘El viento de la luna’, novela en la que Antonio Muñoz Molina se sirve de ese hecho para acompañar el relato autobiográfico de su adolescencia. Una huella que metaforiza todas las huellas que deja una vida. Piensen lo importante que sería para toda la humanidad aquel alunizaje para que un adolescente entre olivos jienenses asistiese admirado a esa retransmisión en una de aquellas grises televisiones del franquismo. Esa huella se convirtió en más que un recuerdo histórico, siendo parte de una vida que necesita de estos hitos para aferrarse a una memoria que, en manos de un escritor, se pueden convertir en un vibrante rastro. Y es en esos rastros donde el autor ofrece lo mejor de sí, un compromiso con su oficio a partir de su propia existencia. Lo compruebo con la lectura, durante este decaído verano gallego, de las últimas obras publicadas de Paul Auster, William Faulkner o J. M. Coetzee: Diario de invierno, Cartas escogidas y Verano, junto a la del escritor español, para reconocer las huellas que ningún viento podrá borrar. Huellas, estas sí, con vocación de eternidad.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 1/09/2012