viernes, 31 de agosto de 2012

Lágrimas en la lluvia

 
CLÁSICOS PARA UN VERANO En 1979 Ridley Scott dirigió Alien, una obra maestra del género que parecía iba a pasar mucho tiempo antes de ser superada. Pero solo tres años después, ese mismo director, se embarcó en otro proyecto de ciencia-ficción que desembocó en Blade Runner, una película que pese a ser maltratada en su momento, algo que no había sucedido con su antecesora, hoy en día es lo que se puede llamar una película de culto. De culto o no, lo cierto es que su lirismo y profundidad abundan en esa percepción.
 
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? No se piensen ustedes que he sufrido un cortocircuito en mi cerebro ante esa pregunta, pero es que ese es el título de la obra de Philip k. Dick que inspiró el guión de Blade Runner, la película que dirigió Ridley Scott y que, estrenada en 1982, supuso poner patas arriba el género de la ciencia-ficción, al componer una portentosa obra que bajo esa capa de cine de futuro provoca una agitada y hasta poética reflexión sobre el ser humano y la capacidad de evolución de una nueva especie que deberá convivir con el propio hombre que la ha creado. Son esos Replicantes que, confundidos con los seres humanos, empiezan a tener sentimientos, a mostrar una proximidad al ser humano que quizás sea su última forma de salvación.
La película nos lleva al año 2019, fecha ahora muy próxima, pero que hace treinta años parecía ser el marco idóneo para este proyecto futurista, allí, en un ambiente denso y hasta sórdido, muchas de las marcas comerciales siguen vigentes y brillan en los luminosos de los edificios. Llueve constantemente, quizás el cambio climático ya ha llegado, y unos artefactos voladores conviven con vehículos tradicionales. En ese paisaje asistimos a una persecución la de un policía, interpretado por Harrison Ford, que pertenece a un cuerpo especial de agentes llamados blade runner, cuya misión consiste en dar caza y ejecutar a unos Replicantes (Nexus-6) que, tras haber protagonizado una rebelión, tienen prohibida su presencia en la tierra. Todo esto se nos explica en unos rótulos que finalizan con un brutal “A esto no se le llamó ejecución. Se le llamó retiro”, un eufemismo cruel para un mundo muy diferente al nuestro, pero imaginado de una manera muy realista, sin excesos futuristas y que parece podría llegar a ser posible. Nada que ver con la frialdad visual de otras películas del género como 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick.
Esos cuatro replicantes llegados a la tierra, junto con otra replicante en proceso de experimentación, más evolucionada y que llega a enamorar al propio protagonista (la inquietantemente bella Sean Young), mostrarán a lo que puede llegar una especie ideada por el hombre. Tanto la rebelión frente a su creador, como la evolución de su forma de aproximarse al mundo les convierten en seres que en realidad se rebelan contra su propio destino (poseen una fecha de caducidad de cuatro años) y es por ello por lo que regresan a la tierra a buscar una salida a esa muerte segura. Bajo la película subyacen muchas componentes filosóficas que circundan esa angustia existencial que muestran los Replicantes ante la certidumbre de su fin, cada vez con más recuerdos, con más impresiones de una vida a la que renuncian a pertenecer. Impresiona la escena en la que el líder de los Replicantes (Rutger Hauer) visita al creador de todos ellos. Un enfrentamiento del Dios con el hijo de lúgubres consecuencias. Y es que Blade Runner está repleta de secuencias antológicas, de pulsos entre la vida casi agotada del ser humano y lo que puede ser una nueva realidad a través de esos androides, físicamente más fuertes, más veloces y preparados para desarrollar misiones que podrían ser muy peligrosas para el hombre. Secuencias como la de Harrison Ford analizando una fotografía para encontrar pistas sobre el rastro de esos replicantes, sus encuentros con esa nueva replicante que guarda en su interior una biografía sentimental y que está capacitada para amar y sufrir, los paseos por las variopintas calles de Los Ángeles y como no esa secuencia tan lírica como hermosa en la que se enfrentan el blade runner que interpreta Harrison Ford bajo el nombre de Deckard y el líder de los replicantes Roy Batty. Quizás sea el último salto evolutivo reflejado en la capacidad para mostrar compasión por el prójimo, salvando la vida en el último instante de su oponente para finalmente morir el mismo. El esclavo ideado por el hombre, capaz de sufrir, de vivir con miedo y que ahora siente compasión por un ser indefenso. “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais (…) pero todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”, pocos discursos son tan profundamente líricos en la historia del cine como el que protagoniza este no-humano, consciente de su fin, de que ha vivido y ha sentido una vida a la que debe renunciar por la acción de sus creadores.
Se cumplen en este año 2012 treinta años de aquel rodaje, treinta años en los que Blade Runner se ha impuesto a un estreno cargado de dudas y hasta desprecios hacia una película que aparecía cargada de demasiados mensajes profundos para que calaran en el gran público. La crítica tampoco fue demasiado benévola con ella, desde la presencia de Harrison Ford como protagonista hasta la música de Vangelis fueron objeto de comentarios negativos, pero el tiempo, como tantas veces, coloca las cosas en su sitio y hoy en día Blade Runner se muestra como lo que es, una extraordinaria introspección sobre el ser humano desde una visión futurista cargada de posibles realidades y que como toda gran obra llenan su atmósfera, su impresionante atmósfera que se palpa al otro lado de la pantalla, de inquietantes dudas y preguntas sobre lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 26/08/2012
Próxima entrega Sin perdón (Clint Eastwood, 1992)

miércoles, 29 de agosto de 2012

Salvaje De Niro

CLÁSICOS PARA UN VERANO Considerada como la mejor película de la historia sobre el mundo del deporte, Toro salvaje es muchos más. Toda una lección de un director que ya había firmado hasta ese año de 1980 películas como Malas calles, Taxi Driver o New York, New York, para convertirse en el mejor director de su generación y que todavía hoy en día sigue deslumbrándonos con su capacidad para contar historias. Aquí la historia es la de Jake  la Motta un boxeador que tocó la cima pero también descendió hasta el infierno.
 
 
El libro que el boxeador Jake Lamotta publicó bajo el título de ‘Raging bull: my story’, contando lo que fue su vida en este deporte, es el argumento del que parte Martin Scorsese para crear el guión de esta película, para el que solo necesitó dos semanas para su creación. Toro salvaje es mucho más que una película de deportes, es una película sobre el ser humano, sobre las actitudes de un hombre que condiciona todo su entorno en relación al desarrollo de su profesión y todo ello exhibido de una manera tan influyente que marcó como deberían ser este tipo de retratos a partir de ese momento.
Hablar de Jake Lamotta es hablar de Robert de Niro, de un personaje que marcó al actor y de un actor que puso cara al campeón del mundo del peso medio. Su transformación física, Robert de Niro llegó a engordar veintisiete kilos para encarnar al personaje, todavía hoy no deja de sorprendernos, lo que unido al trabajo interior del actor configuran uno de los mejores papeles que un actor haya interpretado nunca, de hecho, publicaciones como Premiere han designado su actuación como la quinta mejor de la historia. Y es que no habría Jake LaMotta sin Robert de Niro, y no solo por su actuación, sino por haber sido el actor el punto de ignición de esta película, ya que mientras se encontraba en Italia rodando el Padrino leyó la novela y enseguida comprendió que en esas páginas había una novela. ¿Quién la debería dirigir? Evidentemente Martin Scorsese, con quien ya había trabajado en varias ocasiones, destacando su colaboración en la mítica Taxi driver. Al director italoamericano no le convenció en un primer momento, pero la insistencia del actor le llevó a darle una nueva oportunidad al proyecto que vería desde otros puntos de vista en estos momentos de comienzo de los ochenta. Por un lado le permitiría mostrar ambientes de la comunidad italiana en el Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, ese barrio de Little Italy donde también hay un poso íntimo y familiar; y por otro, esa historia del boxeador que llega a la cima para después desplomarse permitía una cierta lectura autobiográfica, para un director que tras Taxi Driver había encajado un par de decepciones con dos películas como New York, New York y El último vals.
Con la película en marcha podemos establecer dos líneas de actuación dentro de la misma, el aspecto deportivo, en segundo plano tras el otro aspecto más destacado como es la vida fuera del ring del propio boxeador. En cuanto a lo deportivo, pese a ser el boxeo el gran eje de la película no son más de diez minutos los que se ruedan sobre el cuadrilátero. Eso sí, se hace de una manera magistral, como no se había hecho antes, en un género en el que el boxeo tiene una gran tradición histórica en el mundo de Hollywood. Martin Scorsese sabía que  sus combates no debían ser como los de los demás, con el fundido de diferentes puntos de vista de lo que sucede sobre la lona y la reacción del público, sino que debía aportar algo nuevo y así apuesta por una única cámara cerca de los púgiles que en ocasiones rueda en plano subjetivo y sin apenas vistas del público. El efecto está cargado de verismo y hasta plasticidad a lo que ayuda la filmación de la película en blanco y negro, que además atenúa los efectos de la pelea en el cuerpo de los boxeadores pero aun así se alcanza un sorprendente realismo.
Pero el gran combate de la película es el que se produce en la vida de Jake Lamotta, su relación con su mujer o con su hermano- un espectacular Joe Pesci que a punto estuvo de dejar el cine de no ser por la llegada de este papel- en las que aflora una violencia que traslada esas peleas del ring a la vida diaria. Sus celos enfermizos con la que es su esposa van creciendo a medida que su carrera como boxeador se empequeñece al igual que se fractura la relación con su hermano. Estallidos de una violencia que el director filma frente a su rostro, con una cámara fija, que parece atrapar al hombre en una especie de jaula. El boxeador se condena a una soledad en su vida personal como la que siente sobre la lona, lugar donde recibe golpes pero donde está en su hábitat, y donde esos golpes en ocasiones parecen dirigirse más a esa otra vida que a su rival pugilístico. La degradación moral del personaje, traerá consigo una degradación física, será ese Jake Lamotta gordo e irreconocible que debe entretener a los clientes de locales nocturnos en los años sesenta. El rey ha perdido su corona y es un juguete roto en manos de personajes mezquinos que desconocen quien es ese hombre que llegó a ser campeón del mundo de boxeo. Una decadencia reflejada en un cuerpo sacrificial como lo fue en tiempos gloriosos el cuerpo de un boxeador lleno de golpes y sangre, pero en aquella ocasión el sacrificio era por un sueño, y hoy el sacrificio es por la supervivencia.
Nominada a los Oscar en ocho categorías era favorita junto a otra extraordinaria película, El hombre elefante de David Lynch, pero la Academia ya comenzaba a mostrar su inquina a este director que hasta 2006 con Infiltrados no logró el reconocimiento a mejor director, premiando a la sorprendente Gente corriente del debutante en la dirección Robert Redford.
 
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 19/08/2012
Proxima entrada, Blade Runner (Ridley Scott)

lunes, 27 de agosto de 2012

La idolatraba más allá de toda medida

clásicos para un verano “Capítulo 1. Le encantaba Nueva York. La idolatraba más allá de toda medida...”. El escritor  Isaac Davis busca cómo empezar su nuevo libro, y mientras empieza a sonar Rhapsody in blue, descubrimos que Nueva York se va a convertir en la base de esta película. En el escenario y el protagonista en el que una serie de personajes asisten al discurrir de sus vidas comprendiendo, en cada secuencia, que su vida alejada de esta urbe carecería de todo sentido.
 
Pocas ciudades del mundo han recibido un canto tan glorioso como el que Woody Allen construye en Manhattan. A partir de los espectaculares planos iniciales acompañados por ‘Rhapsody in blue’, de George Gershwin, a lo largo de toda la película con Nueva York como escenario y hasta protagonista, la ciudad emerge como un itinerario vital al que el personaje principal, como alter ego del propio director, se agarra para no sentirse un náufrago.
Un hermoso canto a una ciudad en la que una serie de personas son analizadas por el microscopio de Woody Allen. Y es que el director neoyorkino emplea sus películas como el entomólogo su microscopio para analizar a los insectos objeto de su estudio. A través de su cine, Woody Allen analiza al ser humano a partir de una premisa fundamental de su conducta, su relación con los demás seres. Vivimos rodeados de miles, millones de personas, pero es con esas diez o doce personas con las que más convivimos, ya sean familia, amigos o parejas, con quienes se desarrollan nuestros lazos sociales.
Desde el cine más clásico de este director, que podría iniciarse dos años antes, en 1977, con Annie Hall, hasta películas tan recientes como Si la cosa funciona de 2010, es esa preocupación por reflejar la conducta del ser humano y su relación con sus semejantes el gran motor de su cine. En Manhattan, Woody Allen nos cuenta la historia de un escritor de guiones de televisión que, tras dos matrimonios fracasados, mantiene una relación con una joven estudiante de 17 años. Isaac Davis conocerá a otra mujer de la que se enamorará y todo ello con la vida de Nueva York como fondo. Un escenario que cobra vida a través de escenas en la calle, ante el puente de Brooklyn, caminando ante el Carlile o entrando en el Museo Guggenheim. Fragmentos de una ciudad que emergen para convertirse en el único refugio que le queda a ese ser humano inestable e inseguro, repleto de dudas y al que las circunstancias de la vida van manejando, en ocasiones, por encima de sus propios deseos.
Pero Woody Allen, además de un cineasta es un cómico, y sabe del valor de la risa o del humor como elementos que nos permiten respirar en ciertas ocasiones.
Es por ello que sus películas se llenan de gags, de momentos de humor que parten sobre todo de una inteligencia fruto de un gran interés y amor por la cultura, y el gag, en Woody Allen, surge del diálogo, del choque de ideas, de la relación a través de la palabra y como ésta se va haciendo cada vez más ácida. Hay quien acusa al cine de este director, sobre todo a partir de este momento, de ser demasiado profundo, de conducirte por unos terrenos demasiado elevados para el público en general. Pero Woody Allen, lo que hace es hablar de esa clase social que conoce, de una burguesía ilustrada vinculada a ambientes culturales, convirtiendo ese microcosmos en una representación de la generalidad. En muchos casos, esa disgresión sobre aspectos de la cultura le permite criticar e ironizar sobre ellos, planteando momentos de una gran lucidez a partir del análisis de nombres de la cultura.
Pero es Nueva York la ciudad que respira por todos los costados de esta brillante película. Tanto al inicio como en su final, las impresionantes panorámicas de la ciudad de los rascacielos conforman un apabullante mirador, que durante la película desciende hasta las calles o los diferentes locales por los que se mueven los protagonistas, hasta el punto de acuñar algunas imágenes totémicas de lo que representa esa ciudad, como la escena de Woody Allen y Diane Keaton contemplando el amanecer desde el East River.
Una ciudad en blanco y negro, pero una ciudad cargada de alma, de sentimiento, de vida. Latidos que se mueven al compás de sus habitantes, unos seres felices de vivir donde viven, y donde incluso en algún momento de la película evidencian lo que sería vivir fuera de esa ciudad como una pérdida de todo.
Manhattan supuso para Woody Allen su definitiva consolidación, no ya por esta película, sino por estar integrada en un ciclo con Annie Hall, Interiores o Recuerdos y a la espera de títulos en la década siguiente como La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus Hermanas, Días de radio o Septiembre. Y así hasta hoy en día con ese ritmo de producción ya conocido de una película por año con el que Woody Allen se ha convertido en un referente cinematográfico. Sobre todo por mantener todavía vigente un ritmo de calidad al que aún no llegan muchos de sus colegas. Disfrutar de la hora y media que dura esta cinta supone un soplo de aire fresco por cómo mantiene todavía plenamente vigente su propio espíritu, amoldándolo a la nueva realidad de nuestra sociedad, esa misma a la que tantas veces se ha asomado un genio del cine: Woody Allen.
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 12/08/2012
Próxima entrega. Toro Salvaje (M. Scorsese, 1980) 

martes, 21 de agosto de 2012

A lousa das patrias

A nova novela de Xesús constela, ‘15.724’ é unha importante achega á nosa literatura feita cunha valentía tan inusual como engaiolante para o lector.

Un país chantado no lombo dunha ave, un Libro dos Protocolos onde se establecen as leis dese país, un caudillo ao que o pobo rinde cego obedecemento e cunha prensa seguidista que marcará de preto as actitudes dos cidadáns. Así se vai edificando de xeito literario toda unha metáfora sobre moitas das realidades que acontecen nos nosos tempos.
Xesús Constela da un paso adiante na nosa narrativa con esta novela que atrapa a un lector indefenso ante a sucesión de acontecementos que suceden entre as súas páxinas. Unha vez que asimilamos a proposta, a dunha patria situada no lombo dunha ave, achegámonos a coñecer a realidade dunha historia dura e chea de aristas, moitas delas afiadas que fenden no corpo dos protagonistas sometidos ás leis dun país non tan alonxado dalgún dos que podemos ver aínda hoxe nalgúns paises deste mundo noso.
A historia dunha familia, centrada na relación entre dous irmáns, é a forza motriz desta novela disimulada como un libro de ciencia ficción que desemboca nunha confluencia de lecturas chea de virtuosismo polo escritor e de dúbidas para o lector. E é que Xesús Constela manexa de xeito audaz esa vertiente do fantástico e do real, dese mundo no que nos adentra o autor e do que chegamos a saber a súa realidade ao mesmo tempo que o protagonista nunhas páxinas finais abraiantes pola súa construción e que deixan ao libro no seu remate nun punto álxido. Ese punto que converte á lectura nalgo maravilloso e que te vai acompañar aínda durante varias xornadas nas que a túa mente aínda repousa nese lombo onde unha serie de seres vense sometidos por un sistema político que controla todos os seus actos, cunha prensa afín a ese réxime que vai pautando as conductas dos seus habitantes.
So cando a narración empurra ao home rebelde, que se enfronta ao sistema, tendo que fuxir cara o exterior é cando outra paisaxe se abre ante nós e cando descubrimos os alicerces dese país no que Samuel R. o irmán xemelgo de Gordo, debe loitar pola defensa do seu irmán ante unha grave acusación. Como avogado terá que loitar contra un sistema con escasas garantías na defensa do ser humano, da súa inocencia e coa aplicación da pena de morte como forma dunha xustiza da que é moi complicado evadirse, máis aínda cando son moitas as opinións que se verten contra o reo, buscando a condea e a satisfacción popular. Samuel convertirase nunha sorte de heroe, que debe compatibilizar o seu destino no conxunto da sociedade coa redención dentro do seu ámbito familiar. Os achádegos que cara o final do libro vai ir atopando o protagonista vanlle ir abrindo os ollos, ao mesmo tempo que a un lector xa identificando de cheo con ese home e as súas circunstancias. Unhas circunstancias das que non é libre posuidor Samuel, senón que se atopa a mercede das liñas perfiladas dende a xerarquía dese país no que nos seus límites vaise atopar a resposta a moitas das dúbidas que o escritor vai xenerando ao longo da narración.
E é que estamos ante un libro de límites, de ata onde pode chegar un goberno na dirección do seu país: ata onde as leis xogan a favor do cidadán, ata onde debe chegar a prensa ou cal debe ser a súa verdadeira función, e ata onde debe chegar un ser humano para defender a súa liberdade e integridade. Nese límite xoga Xesús Constela para argallar unha novela que ten como título un número. Un díxito que cando chegamos a el no libro, entendemos o porqué de moitas cousas, para poder seguir lendo unha narración tan xenerosa co lector como coa nosa literatura á que aporta unha novela de longas dimensións creativas.

Publicado en Diario de Pontevedra 18/08/2012

sábado, 18 de agosto de 2012

Bombines

Duelo de bombines. Músicas saliendo de la chistera de dos magos de la canción. Un enfrentamiento de sones y lenguas afiladas para evidenciar que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. Ellos se arrojaron a la cara las grandes sintonías de sus vidas en una lucha sin cuartel de casi tres horas. Un desfile que hace temblar las piernas y erizar el vello, y al final, reír como llora Chavela. Ni vencedores ni vencidos, porque a ver quien tiene el cuajo suficiente para decidir que Mediterráneo es mejor canción que Princesa o que Una canción para La Magdalena es superior a Aquellas pequeñas cosas. Juntas, y hasta revueltas, presentan una nueva cara que llena conciertos, alivia corazones y nos hace más felices. Oro puro en esta transición por el valle de lágrimas de una economía despelotada ante la verdad de estos dos pajarracos que se han inventado una gira como si fueran chavales de veinte años. Serrat y Sabina, Sabina y Serrat, hicieron clamor de la noche viguesa y hoy repetirán en A Coruña. Aún están a tiempo de subirse a ese trasatlántico que chocará contra el iceberg de sus emociones, un impacto brutal del que sin embargo saldrán indemnes, eso sí, cantarán y cantarán como si formaran parte de la cofradía del santo reproche para ir recorriendo el camino golpe a golpe, verso a verso.


Publicado en Diario de Pontevedra 18/08/2012

miércoles, 8 de agosto de 2012

En una galaxia muy lejana...

CLÁSICOS PARA UN VERANO Hay películas convertidas en eternas, más que por sus bondades artísticas, por lo que significan en un momento determinado de la historia del cine. La guerra de las galaxias es una de esas películas, gracias a saber  amalgamar bajo el formato de la ciencia-ficción componentes de otros géneros, como el western o el cine de aventuras, proyectándolos hacia un futuro en el que nuevos directores no han dejado de beber hasta hoy. Prepárense para un viaje interestelar.



Nunca unos títulos de crédito han sido tan famosos como los de esas palabras que se van fundiendo en el espacio bajo los espectaculares acordes de la música de John Williams. Todo huele a épica y al inicio de una aventura en la que el espectador se va a adentrar de manera irremisible. El episodio IV de La guerra de las galaxias, el primero en cuanto a su filmación, es una de esas películas que no puedes dejar de ver en cuanto te asomas a uno solo de sus fotogramas. George Lucas compuso así una de las factorías más lucrativas del mundo del cine, inaugurando un nuevo tiempo que trascendía a lo cinematográfico y abría nuevos campos en cuanto a la promoción, el marketing o la publicidad de un producto.
Es simplemente una simple historia de buenos contra malos en la que el director quería mostrar, en un principio dirigiéndose a un público infantil, las conductas positivas y negativas que mueven al ser humano. De esa aparente sencillez emana el gran éxito de La guerra de las galaxias y como a su alrededor se han ido conformando toda una serie de elementos que han sabido integrar una narrativa tradicional, asequible para el gran público, con una nueva mirada al cine de ciencia-ficción basada en su condición más espectacular y alejándose de otro tipo de connotaciones más científicas.
Y es que a lo largo de toda la saga su director ha sabido amalgamar elementos del cine de aventuras medievales, del western, de la películas de ciencia ficción, con numerosos anclajes en el imaginario colectivo de la sociedad.
La historia de unos rebeldes que, con escasos medios pero cargados de valor, luchan contra el Imperio del mal, un mundo blanco contra la negrura encarnada en uno de los grandes malvados de la historia del cine Darth Vader, enseguida te hace formar parte de ella. Héroes como el joven Luke Skywalker, cuya inocencia y un destino que le conducirán a ejercer de libertador marcarán sus pasos; o Han Solo, inmejorablemente interpretado por Harrison Ford, en uno más de esos papeles que a todos nos gustaría interpretar, en este caso como el guaperas fanfarrón, pero indispensable para poder llevar a cabo el fin del grupo. Porque estamos ante una película de grupo, en la que las individualidades sirven para sumar en beneficio de la comunidad. Hasta los robots, C3PO y R2D2, son dos ‘actores’ más, participando del éxito colectivo con momentos puntuales en los que se convierten en imprescindibles.
Junto a ello destaca la maravillosa capacidad imaginativa del director. Planetas, seres, artilugios, armas, atmósferas, naves, indumentarias... todo esto forma parte de una fantasía que muy pocos se atreven a llevar a una pantalla y que aquí asoman para irse multiplicando exponencialmente a medida que los años y los avances tecnológicos se van sucediendo en las siguientes películas de la saga. Y es que La guerra de las galaxias hay que entenderla como un proyecto en el tiempo, un conjunto de películas que pretenden explicar esa permanente lucha entre las fuerzas del bien y del mal. Una forma muy particular de poner en discusión elementos de nuestra propia sociedad y las diversas maneras de ejercer el poder o el control de los individuos parangonados en la pantalla a través de las seis películas que conforman la saga. Pero que tiene al individuo como gran protagonista, y como su papel dentro de la sociedad puede ser decisivo para toda ella, dependiendo en gran parte de las decisiones que opte tomar a lo largo de su existencia. Para ello George Lucas crea una ‘raza’ especial, esos caballeros Jedi armados con la fuerza, una fuerza que emana del bien y se enfrenta al mal, a aquellos que ponen en peligro la salud de la comunidad. Esa pureza interior es la que dota de un poder sobrenatural a esos seres que deben perpetuarse para mantener un equilibro de fuerzas que se puede romper en cuanto alguno de ellos se sienta atraído por el lado oscuro.
Con esta primera producción George Lucas creó un maravilloso relato, con unas consecuencias, a buen seguro, inimaginables ni tan siquiera para él mismo. Lo que empezó siendo una especie de entretenimiento mientras creaba una de las películas de culto de los setenta, ‘American graffiti’, se transformó en una de las películas más lucrativas de la historia del cine, llena de extraordinarios momentos de tensión y aventuras. Todo un espectáculo al que muchos se han adherido como incondicionales fans. Seguidores de una historia disfrazada de cine de ciencia-ficción, pero que, y sobre todo en sus tres primeras películas, conserva los aromas del cine clásico, pero proyectado hacia un futuro que George Lucas convirtió en presente gracias a su anticipación y a una imaginación enfrentada, incluso, a las fuerzas del mal.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 5/08/2012
Próxima semana, 'Manhattan' (Woody Allen, 1979)

martes, 7 de agosto de 2012

Todo lo da y todo lo quita


LA FICHA
Toros de la ganadería de Torrealta. Bien presentados y ofreciendo buen juego. El tercero, de nombre Ruiseñor, fue ovacionado en el arrastre.
Julián López ‘El Juli’. Estoconazo trasero (oreja);  y espadazo trasero (oreja).
Sebastián Castella. Media estocada fulminante (oreja); Estocada trasera (oreja).
Alejandro Talavante. Dos pinchazos y más de media estocada (ovación y salida a saludar); pinchazo hondo y descabello (ovación y salida a saludar).
 

Ecosistema de verdades reveladas como pocos, en el mundo del toreo alguna de ellas funciona como un axioma fundamental. Aquel diccionario fraseológico andante, conocido como Rafael El Gallo, al referirse a la espada dijo aquello de «todo lo da y todo lo quita», cimentando una esas verdades que muchos toreros se afanan en corroborar.
Pontevedra es plaza de público espadista donde los haya. ¡Ah! y musical, porque hay que ver la matraca que dan algunos con lo de música para aquí, música para allá; que parece que el espíritu del inolvidable Manuel Quiroga estuviese en muchos de los asistentes a la plaza de toros, obviando otra de aquellas verdades (en este caso  pronunciada por el poeta José Bergamín: «La música del toreo es el silencio») empeñándose en que la banda toque y toque, y cuando no es así, el propio director arranca con el pasodoble de turno, incapaces de entender que la música ya es el toreo y la posibilidad de oír la lucha del hombre con el animal.
Hablaba de espadas, de las que dan triunfos y quitan puertas grandes, de esas con las que el público es inmensamente feliz, con independencia de cómo esté colocada, olvidando lo que sucede durante la lidia y solo preocupándose de que la vida del toro remate de manera rauda. De ser así, flamear de pañuelos y ¡albricias! puerta grande; en caso contrario, una gran faena caerá en el olvido.
Ayer se ejemplificó ese amor por la espada de nuestro público (el de la música ya lo comenté, ¿verdad?) permitiendo que Alejandro Talavante se fuese con las manos vacías tras una brillante faena a un gran toro de Torrealta de nombre Ruiseñor. Entendido de manera inmediata, la variedad exhibida de muletazos por ambos pitones y la ligazón de cada una de las suertes hicieron que el público, exhultante, ovacionase de manera unánime cada una de esas series que, sobre todo las conducidas con la mano izquierda, alcanzaron una extrema profundidad, llevando al toro mecido en la muleta de pitón a rabo. Un espectáculo al que la suerte suprema mandó al purgatorio, a llorar las penas y a mentar de malas maneras a El Gallo y su iluminaria frase. El público no pidió la oreja, la que luego sí reclamó para su segunda faena, como expiación de una mala conciencia que les recordará cada pase del torero y una faena que se tardará en olvidar.
Julián López ‘El Juli’ demostró su posición en el actual escalafón, el mando en plaza que tiene este torero que ya ha sepultado a aquel jovencito que alegraba las tardes taurinas. Ahora su poderío es mayúsculo y cada vez torea mejor. Con su primero manejó bien el capote y logró magníficas tandas de naturales; a su segundo, un sobrero de Torrealta, que sustituyó a un toro dañado tras sufrir una aparatosa voltereta, le supo sacar una faena a un animal que parecía iba a consentir muy poco. Con ambos funcionó su ‘cañoncito’, hundiendo la espada, aunque ambas muy traseras. Y el francés Castella, todavía paladeando la gloria de la tarde noche de ayer, lograba sendas orejas merced a su acierto con la dichosa espada, aunque puestas de manera dispar, pero ayer quedó claro que, esto aquí, poco importa.

Publicado en Diario de Pontevedra 6/08/2012
Fotografía Rafa Fariña

lunes, 6 de agosto de 2012

Marilyn de día, Norma de noche

El 5 de agosto de 1962 una llamada telefónica realizada por el psicoanalista de Marilyn Monroe al jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles le anunciaba el fallecimiento del gran icono cinematográfico de los Estados Unidos. Se cerraba así la existencia de una mujer que desde su niñez nunca tuvo fácil su paso por una vida que la acariciaba durante el día para,  una vez llegada la noche, dejarla en solitario en manos de sus numerosos fantasmas y las peligrosas compañías del alcohol y los fármacos, generando un explosivo cóctel de vida y cine.

Bautizada como Norma Jean Baker fue siempre conocida como Marilyn Monroe, toda una metáfora de la anulación de su vida personal aplastada por su imagen en el mundo del cine y su papel dentro de la sociedad norteamericana. Marilyn Monroe encarna como pocos personajes a lo largo del siglo XX la representación de ese ser atormentado, bajo un acoso constante, siempre en el ojo de una sociedad que tanto la amaba que del apretón que finalmente la dejó sin respiración. Marilyn solo fue Norma Jean durante una amarga niñez y en las habitaciones de hotel en las que la oscuridad y el silencio penetraban en su alma para convertir a una diosa de día en un juguete roto durante la noche. Vestida únicamente con unas gotas de Chanel nº 5 en una de esas noches, en esta ocasión en su casa de Los Ángeles, la muerte hizo que su alma atormentada descansara en paz. Fue un 5 de agosto de 1962.
Su exuberante cuerpo fue su principal enemigo y ya desde muy joven su anatomía hizo que las miradas de muchos hombres se posasen sobre unas curvas que se convirtieron, tras sus iniciales apariciones en pantalla, en las más famosas de un Hollywood encantado de que esta muchacha alegre se convirtiese en una estrella. Era el relevo generacional a las actrices de los años treinta y cuarenta, una imagen fresca, poderosa y con un halo de modernidad, que reflejaba la irrupción de un nuevo tiempo, tanto en el cine con la llegada del color y nuevas formas de exhibición, como en la sociedad norteamericana, que comenzaba a restañar las heridas provocadas por la II Guerra Mundial.
Sus ceñidos vestidos comenzaron a aparecer en películas tan sobresalientes como ‘La jungla de asfalto’ (1949) de John Huston o ‘Eva al desnudo’ (1949) de Joseph L. Manckiewicz, en dos papeles sencillos, en los que además de una bella actriz comenzaban a intuirse sus posibilidades interpretativas. Lastrada por ese cuerpo y por arrobas de envidias, muchos fueron los que pusieron en duda el talento interpretativo de Marilyn Monroe. Visionar sin ningún tipo de prejuicio ‘Los caballeros las prefieren rubias’ (1953), ‘La tentación vive arriba’ (1955), ‘Bus Stop’ (1956), ‘Con faldas y a lo loco’ (1959) o ‘Vidas rebeldes’ (1960), debería ser más que suficiente para conceder a la actriz la condición de extraordinaria, lo cual no está exento de un complejo carácter, que en numerosas ocasiones provocó que los diferentes directores con los que llegó a trabajar perdiesen los papeles y criticasen su falta de profesionalidad durante los rodajes.
Sus coqueteos con los fármacos y el alcohol fueron haciendo cada vez más compleja la vida de Marilyn Monroe. El día no hacía más que proporcionarle interesadas compañías, amantes y personajes que querían medrar bajo la luz que irradiaba su presencia, pero que al ponerse el sol abandonaban a la actriz para irse sumiendo ésta cada vez más en un naufragio personal azotado por las dudas y la desconfianza en el ser humano. Marilyn no podía salir a la calle sin que cientos de cámaras siguiesen sus pasos, algo que se incrementó de manera determinante cuando comenzaron a escucharse rumores de su ‘affaire’ con el presidente Kennedy al que cantó aquel cumpleaños feliz el 29 de mayo de 1962 que hizo estremecerse al mundo, cuanto más para el primero de los americanos. Implicaciones de la propia Mafia o del FBI, no hicieron más que ir aumentando la presión de una caldera en la que no faltaba ya mucho para hacer saltar por los aires a Marilyn Monroe.
Cuando el que fuera su marido Arthur Miller escribió el guión para la que es una asombrosa película ‘Vidas rebeldes’, dirigida por John Huston, basó muchas de las experiencias que le suceden a la protagonista en sucesos de sus propias vidas, aquí enfrentada al simbólico Clark Gable. La película se convirtió en una dura prueba para la actriz, un rodaje en el desierto y el aumento de sus dependencias provocaron un crisis que la llevó a ser hospitalizada en un centro de Los Ángeles e incluso a hablar de su fallecimiento.
Tras reincorporarse al rodaje regresó separada de su marido y muy debilitada fisica y mentalmente. El hilo que unía al juguete de América con la vida era ya extremadamente fino, pero ante nos regaló una interpretación sublime de la que el propio Houston dijo “No tenía técnica de actuación. Era todo verdad, era solo ella”.
Esa soledad fue siempre su única compañía el lugar donde Marilyn era bombardeada por una infancia de abandonos y abusos sexuales, de numerosas compañías a lo largo de su vida. En ese momento Marilyn Monroe comprendía que era solo un entretenimiento para América, un cuerpo con una melena rubia que llenaba horas y horas de televisión y miles de páginas de prensa para que algunos se divirtieran o se hicieran ricos mientras ella gritaba en su interior ¿por qué? Todo era ya demasiado, angustiosamente excesivo, hasta que esa noche del 5 de agosto una llamada al jefe del departamento de policía de Los Ángeles le comunicaba el fallecimiento de la actriz Marilyn  Monroe. Comenzaban los rumores, ¿suicidio o asesinato?, pero todo eso ya poco importaba para una mujer que volvía a llamarse Norma Jean.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 5/08/2012
Fotografía de Richard Avedon

¡Oh, la,la!

LA FICHA
Toros de la ganadería de Alcurrucén. Muy justos de fuerza.
Juan José Padilla. Estocada desprendida (oreja), estocada ligeramente desprendida (oreja).
Sebastián Castella. Media estocada (oreja), gran estocada (dos orejas).
Miguel Ángel Perera. Dos pinchazos, estocada caída y descabello (silencio), dos pinchazos y estocada desprendida (silencio).
Primera corrida de toros de la Feria de A Peregrina celebrada en la Plaza de Pontevedra que registró casi tres cuartos de entrada. El festejo estuvo presidido por José Manuel López Sánchez que contó con el asesoramiento de Juan Ocampo como veterinario y Carlos Ares en el apartado artístico. La tarde comenzó con 10 minutos de retraso al intentar acondicionar el albero tras el agua caída al retirar los plásticos que lo protegían de la lluvia.


Subían por el Atlántico, por la senda que siguiera Teucro Valiente para fundar nuestra Pontevedra, los rumores, envueltos en la niebla, de la tarde colombina del viernes. El mano a mano de José Tomás y Morante de la Puebla, espectáculo que revolucionó Huelva y alrededores y del que las crónicas hablan y no paran. La espesa niebla y la lluvia cerraron la entrada de la ría y esos cantos de sirena apenas penetraban en el pétreo coso sanroqueño, asistiendo a un espectáculo que apenas transmitía emoción. Unos toros justos, muy justos de fuerza, a los que los toreros se afanaban en cuidar como a bebés para que cuando llegase el turno de la muleta ofreciesen algo de juego.
Así transcurrieron los cuatro primeros, un pase aquí y otro allá, y los tendidos asistían a un comienzo de feria sosote y apagado. Pero el toreo surge de un instante, de un momento en el que la niebla se diluye y todo se aclara. Céfiro espantó el aburrimiento, los cielos se abrieron y las sirenas trajeron su canto onubense para que escuchase un joven francés y así ponerse a torear como los ángeles.
Sebastián Castella cogió el capote y ¡oh,la,la!, realizó una honda tanda de quites a ese quinto toro de nombre ‘Cancionero’, las sirenas le hablaban al oído y le contaban lo que había hecho Morante unas horas antes para que el tiempo fuese arena corriendo entre sus dedos; después atornilló los pies en el centro del redondel e hizo de la quietud movimiento. El emblema tomasista revivido en la figura de un Castella que ligó dos tandas con la mano derecha que convirtieron en humear de palmas el escepticismo reinante sobre lo que iba a dar de sí la tarde. Profundas, ceñidas y con continuidad, alma de la conexión con el público, fueron las características de esas dos series que abocaban al diestro al éxito. De nuevo jugó con la verticalidad para pasarse al toro muy cerca y dejarlo en suerte. Como una exhalación hundió la espada para que ‘Cancionero’ cayese fulminado. No fue muy necesario el unánime revolotear de pañuelos para que el presidente concediese los dos apéndices.
Quedaba el último de la tarde,el segundo en el lote, a buen seguro el peor de la tarde, del debutante en esta plaza Miguel Ángel Perera. El toro no permitió mucho, tampoco el primero, pero el diestro, por las condiciones que de él sabemos, debía haberse fajado algo más con sus oponentes, y si el capote ni lo desdobló, con la muleta había que haber expuesto algo más. Esto, junto con la confirmación de su mala racha con la espada hicieron que saliese a pie.
Caso aparte es el de Padilla. ¡Un tío este Padilla! dejando el parche y lo que ello supone a un lado, el torero se mostró entregado a buscar el triunfo y enseguida conectó. Los toros no permitían demasiado, parándose y no facilitando ligar las tandas, pero su comienzo de faena del primero (apretado en tablas y un buen par de banderillas al violín), así como la faena basada en la mano izquierda a su segundo, le permitieron dar dos emocionantes vueltas al ruedo con abrazo de niña espontánea y bandera pirata para celebrar sendas orejas con las que acompañar a Castella por la puerta grande.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/07/2012
Fotografía: Rafa Fariña

Colores


Dorado el albero. Alamares alborozados juguetean sobre los trajes de luces de la terna de espadas. Colores de una tarde de toros iluminada por un azul lleno de mar proyectado desde el ojo abierto en la cúpula del coso de San Roque. Líneas blancas que marcan los terrenos, pañuelos de felicidad y gloria. El color butano es uno de los colores que alumbraron una tarde de toros en Pontevedra. Fue hace 85 años cuando hizo el paseíllo de su debut de naranja y negro, hasta que la salida de aquel «rayo ciego sin límite» le hizo dar un paso atrás, refugiarse en los chiqueros y cortarse la coleta. Todo sucedió aquí, en el lugar donde una ciudad se vuelve arte y el poeta hizo de la plaza verso. Su nombre, Rafael Alberti, marinero en tierra que en A Moureira fue ganado definitivamente para la literatura dejando de lado aquellas excentricidades tan propias de la modernidad de los jóvenes del 27, alentadas, muchas de ellas, por Ignacio Sánchez Mejías, quien aquella tarde lideraba una cuadrilla sin recuerdo en esta plaza. Memoria que colorea una historia forjada en el redondel del arte, entre redes de pescadores puestas al sol, canotiers que brindaban al aire y aromas salados que abrían a Pontevedra al resto del mundo. Hoy son otros los tonos de esa paleta, pero muchos de ellos, no lo tendríamos que olvidar, se crearon en tardes como aquella de 1927.

Publicado en Diario de Pontevedra 4/08/2012

miércoles, 1 de agosto de 2012

Cicatrices en el alma


Su última novela  ‘El día de mañana’ recibió el Premio de la Crítica en lengua castellana y hace unos meses se ha conocido la concesión del premio Giuseppe Acerbi a una obra anterior, ‘Dientes de leche’. Premios a parte, lo realmente cierto es que las novelas de Ignacio Martínez de Pisón crecen a medida que éstas van saliendo a la luz mediante una literatura siempre comprometida, en la que se recurre a la memoria como base de fortificación del ser humano, pero también entendida como el anclaje con multitud de heridas, esas que la vida deja en nuestra alma y de las que no nos podremos despegar en mucho tiempo, en el caso de poder hacerlo. En esta novela esas heridas son el sustrato de la narración, las arenas movedizas que se van tragando a una serie de personajes a los que la vida o el destino han ido colocando en el seno de una familia donde el pasado estará siempre presente.
Tres generaciones de una misma familia, los Cameroni, de ascendencia italiana, aunque asentados en Zaragoza tras la Guerra Civil, son las protagonistas. Pero no solo es una familia, sino que se describe a varias generaciones de la sociedad española del siglo pasado. Una crónica en la que el autor maneja con destreza la mezcla de realidad y ficción en un tiempo en blanco y negro, donde el relato familiar se extiende por aquella España del franquismo.
“Entonces no tenía ya el 600 sino un Simca, comprado de segunda mano con el sueldo de los primeros meses de trabajo en La Confianza. Se metió en el Simca y, antes de encender el contacto, se entretuvo tratando de despegar del salpicadero un San Cristóbal dejado por el anterior propietario. Era como un tic, lo hacía siempre que montaba en el coche, pero siempre con escasa convicción...”. Párrafos como éste son los que nos aproximan a esa capacidad para introducir en el relato esa vertiente realista que muestra un paisaje social ¿Cuántas familias en este país han vivido ese tránsito del 600 al Simca? o ¿quién no ha visto pelearse a su padre o ha sido uno mismo el que se ha peleado con ese santo o esas fotos de familia que se incrustaban en el salpicadero? Esta es una de las virtudes de la escritura de Ignacio Martínez de Pisón, escritor fortalecido desde la memoria de un país que tantas veces olvida, y la más de ellas no suele respetar. Es por ello que muchas de sus obras giran en torno a la Guerra Civil y a sus consecuencias. Unas consecuencias que, como vemos en ‘Dientes de leche’, presentan un largo recorrido a través de las diferentes generaciones que componen esta familia.
Un mundo de apariencias, de secretos que el paso del tiempo y el crecimiento humano y personal de sus componentes van descubriendo de manera dolorosa. Estos descubrimientos irán haciendo mudar las relaciones familiares entre unos miembros que, al tiempo que descubren su pasado, se descubren a sí mismos. Un viaje expiatorio en el que nos queda esa memoria que a veces se nos escapa entre las manos como un puñado de arena, permitiendo que el odio se imponga a cuestiones mucho más importantes y necesarias para el hombre. Así es como el libro remata de una forma portentosa, una emoción que justifica todo lo vivido anteriormente y donde sobre todo se comprende como la vida es una suma de momentos, unos mejores y otros peores. Sonrisas y lágrimas que fluyen con naturalidad, tanto en la realidad como en una novela de esas que se disfrutan de manera intensa. Sobre todo por que se palpa en ella ese fluir que muchas veces no se da en otras obras, pero Ignacio Martínez de Pisón esta dotado de esa bendición para que todo fluya y nada se detenga, para hacernos feliz mediante la escritura.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 29/07/2012