lunes, 30 de julio de 2012

Buscando la luz

CLÁSICOS PARA UN VERANO Los vaivenes políticos de los Estados Unidos en los setenta fueron terreno abonado para este tipo de películas a partir de una obra emblemática: ‘Todos los hombres del presidente’. Las investigaciones realizadas por los periodistas del ‘The Washington Post’, Carl Bernstein y Bob Woodward en torno al caso ‘Watergate’, causa final de la dimisión del presidente Richard Nixon, son el motivo de una película muy cercana en el tiempo a un hecho histórico trascendental.

El 9 de agosto de 1974 el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon anunciaba su dimisión del cargo. La que fue la primera dimisión de un presidente americano dejaba al país en un estado de shock. Dos años más tarde, un joven realizador, Alan J. Pakula, dirigía la adaptación del libro que los periodistas Carl Bernstein y Bod Woodward, habían publicado unos meses antes dando a conocer una serie de investigaciones que desembocaron en el conocido caso  ‘Watergate’. Un suceso todavía muy reciente en la historia de América, y que se encontraba muy presente en la vida pública estadounidense. Con la presencia de dos de las estrellas emergentes del momento, Dustin Hoffman tras ‘El graduado’ y ‘Cowboy de medianoche’ y Robert Redford tras éxitos como ‘Dos hombres y un destino’ y, solo un año antes, ‘El golpe’, el director crea un vigoroso y atractivo retrato de ese momento de la convulsa política de los Estados Unidos y que permite además ofrecer un espectáculo visual y narrativo mucho más rico de lo que puede parecer a priori.
La película nos va a presentar un soporte en formato thriller, género que comenzaba a aparecer con fuerza en estos momentos y del que muchos directores pertenecientes a esta nueva generación se convertirán en grandes representantes, para permitir así que el espectador se enganche a la historia.
Otra perspectiva de gran interés será la que retrate el trabajo en la prensa convirtiéndose ‘Todos los hombres del presidente’ en una película emblemática para conocer como el cine retrata a ese cuarto poder. Si antes su presencia  cinematográfica fue muy escasa, sí hay que destacar los trabajos de Billy Wilder, ‘El gran carnaval’ o, en ese mismo año, ‘Primera Plana’, donde la visión para nada complaciente del director con la prensa queda reflejada desde su amarga lucidez. En el título que nos ocupa el tratamiento muestra una gran fidelidad a la realidad, y a lo que debe ser el trabajo en los medios de comunicación, de ello se sirve Alan J. Pakula para hacer, sin duda alguna, la que es su mejor obra.
Uno de los muchos aspectos de interés de la cinta es esa relación con el mundo periodístico, quizás sea la película más realista sobre ese tema, y la que realiza una defensa a ultranza de la libertad de expresión, no solo como la gran arma del periodista, sino como una poderosa conciencia de lo que es la realidad de un país.
Las disputas entre los periodistas, Carl Bernstein, mucho más impulsivo; frente al reflexivo, Boodward; o su relación con el director del ‘The Washington Post’ marcan esas tensiones que siempre hay dentro de una redacción y más, cuando el tema que se investiga es tan delicado. También se deben destacar el papel de los secundarios, desde ese director hasta la ‘garganta profunda’, el conocido confidente de Boodward que le va ofreciendo las claves para llegar hasta el final.
Unas discusiones capaces de transmitir la verdad, y eso es muy difícil, cuando se habla de un asunto tan complejo que puede llegar a cansar al espectador por la cantidad de datos, nombres y relaciones, pero el director sabe mantener vive ese interés gracias a ese manejo de la película como si se tratase de un thriller. Esa naturalidad le concede a la película una suerte de carácter documental, ya que tanto los escenarios como la forma de filmar son tremendamente realistas y se juega en gran medida con la puesta en escena. Así, la redacción del periódico, el lugar donde se busca desentrañar la verdad y aclarar las cosas, es un lugar que siempre aparece iluminado de una manera muy poderosa, mientras, y en contraste, los planos que se ofrecen de la Casa Blanca, siempre muestran un lugar oscuro y casi siniestro.
No cabe duda de que el cine de los años setenta estaba muy implicado en la concienciación social, el arte como arma de reflexión. Alan J. Pakula destacó siempre por su compromiso y en esta película deja bien claro su interés por que el espectador se pregunte por la necesidad de la libertad de expresión como  parte esencial de la democracia y la importancia de que en ésta existan personas preocupadas por llegar hasta el final, incluso poniendo demasiadas cosas en juego. Compone así una película esencial para comprende el cine de los años setenta y también a esa sociedad norteamericana que aquí se muestra con una frialdad y verosimilitud que la hacen converger a la historia.
De las ocho nominaciones obtenidas en los Oscar, venció en cuatro de ellas, galardones que evidencian los puntos fuertes de la película: el guión adaptado, la dirección artística, el sonido y el actor Jason Robards, quien encarna al director del The Washington Post: la razonada búsqueda de una verdad amenazada por tanta oscuridad.


Próxima película. 'La guerra de las galaxias' (George Lucas, 1977)
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 29/07/2012

domingo, 29 de julio de 2012

Chándal

A nadie se le escapa la importancia del factor sorpresa en una competición deportiva. Es por ello que quizás no se ha sido del todo justo con la indumentaria que la delegación española vestirá en los Juegos Olímpicos, ya que si somos un poco inteligentes podemos labrar nuestro futuro de preseas haciendo de la necesidad virtud. Una vez en la cancha y camuflados bajo el inefable arabesco, los rivales identificarán esos ropajes con los de algún débil enemigo procedente de la más variopinta región caucásica. El relax rival será inminente, posibilitando la relajación de sus músculos y el consiguiente descenso de sus posibilidades de triunfo. Tras despojarse del polémico chándal el contrario comprobará, ¡oh, sorpresa! como la enseña española luce en el pecho de ese deportista que hace tan solo unos segundos semejaba una presa fácil. Erguirá entonces sus orejas y su musculatura se contraerá, situándose alerta ante la inesperada situación, pero de nuevo, y tras una rápida valoración del estado de la economía de nuestro país, volverá a confiarse, sabedor de que aquí no estamos para andar perdiendo el tiempo dedicándonos a correr, a nadar o a disparar flechas, será entonces cuando el deportista español aproveche la confusión reinante para imponerse a todas esas dudas y colgarse una medalla sobre ese chándal que nos conducirá a la gloria.


Publicado en Diario de Pontevedra, 28/07/2012

jueves, 26 de julio de 2012

Las cartas de William Faulkner

‘Cartas escogidas’ es una recopilación de un gran número de cartas que William Faulkner (New Albany, 1897-Byhalia, 1962) fue produciendo a lo largo de su vida. El Premio Nobel nunca pensó que estas cartas llegasen a verse publicadas, extremadamente celoso de su intimidad. El tiempo las ha puesto en circulación, algo que nos permite conocer más y mejor no solo al escritor, sino también a la persona y sus relaciones con su entorno. Estamos, por lo tanto, ante un itinerario por la vida del gran escritor americano a través de sus propias palabras.

Para alguien tan celoso de su intimidad la salida a la luz de esta selección de cartas supondría algo que va contra unos principios manifestados de manera enfática a lo largo de su vida. Un escritor que deseaba pasar a la historia únicamente por lo escrito y publicado. Basta citar el epitafio que consta en su tumba de Oxford, Mississippi: “Compuso libros y murió”. Escritura y muerte como los dos hechos relevantes de una de las existencias más brillantes del mundo de la literatura. Sus novelas son auténticos referentes, más que para los lectores, para toda una generación de escritores que se ha revelado en muchos casos a partir de los postulados faulknerianos, que en los años treinta y cuarenta hicieron estallar la concepción de la narrativa del momento. Su muerte, acaecida hace 50 años en un mes de julio de 1962, tiene en su conmemoración la reedición por Alfaguara de varios de sus títulos como 'Intrusos en el polvo’ y ‘La mansión' o la edición de este volumen de 'Cartas escogidas', donde junto a varias ya conocidas hay un gran número de ellas que abandonan por primera vez la oscuridad de un cajón del que el propio escritor siempre confió en que no salieran de allí. Pero el tiempo, los herederos y las presiones de las editoriales dejan muchas veces los deseos de los escritores en un limbo que pocos suelen respetar.

Son más de seiscientas páginas compuestas por breves textos en los que año tras año vamos rastreando las inquietudes y preocupaciones del escritor sureño. Desde su viaje de juventud a Europa, residiendo en París y visitando Italia y Londres, vivencias que fueron narradas de manera vibrante a su madre; su relación con los diferentes editores, con el mundo de Hollywood y sobre todo, sus preocupaciones económicas ante la publicación de sus escritos, componen una mirada tan rica como apasionada y diferente al universo Faulkner.

En 1925 William Faulkner llega a Europa y se instala en París. Las cartas que desde la capital francesa envía a su madre son una de las mejores radiografías de la vida en la capital francesa que se pueden hacer de aquel momento, cautivado por el carácter francés y sobre por su distancia con el mostrado por el pueblo americano. Estas cartas son auténticos ejercicios literarios, llenos de frescura e ilusión, como no podía ser menos para quien comenzaba a escribir enviando artículos sobre su estancia Europea. Su regreso a ese territorio en el que se instaló de manera física, Oxford, o a ese otro por él ideado, Yoknapatawpha, significaron una madurez relacionada con sus relaciones familiares y la necesidad casi agobiante a lo largo de toda su vida de afrontar los diferentes pagos que conlleva toda vida, sobre todo los tributos a Hacienda. Este aspecto, el económico, es el que más llama la atención a medida que se leen sus cartas, poniendo al lector en relación con esa visión del escritor que muchas veces se oculta por sus obras literarias o la consecución del éxito, y donde lo que hay detrás de sus libros es muy diferente a lo que uno puede pensar de grandes ingresos y vidas solucionadas. Y si esto sucede con quien escribió cuatro o cinco de las más importantes novelas del pasado siglo y Premio Nobel de Literatura en 1950, que es lo que puede suceder con aquellos autores a los que la varita del éxito ha ignorado.

Pero entre estas líneas también se pueden rescatar aspectos que permiten aclarar su labor como escritor, reflexiones, escasas eso sí, que muestran sus dudas sobre los caminos por los que va discurriendo sus libros, pero también evidencian el orgullo de saber que sus obras poseían una calidad por encima del resto de autores, o como el tiempo iba afectando a su capacidad de escribir, o detalles tan singulares como su interés porque ‘Ruido y furia’ apareciese impreso en diferentes colores en función de los diferentes marcos cronológicos en que se mueve la novela (algo que no pudo realizarse por el atraso de la edición). También hay momentos donde William Faulkner se abre más de lo que es habitual en sus manifestaciones publicas permitiéndonos ver no solo al escritor, sino también a la persona: “ya no hay fuego, ni fuerza ni pasión en las palabras y en las frases”, escribe el escritor en 1956 cuando ya venía notando un bajón en su ritmo y forma de escribir, así como a reconocer diferentes problemas de salud. Pero existen a lo largo del libro pasajes como los siguientes: “Pienso (a los cuarenta y seis) que he trabajado bastante en mi oficio, con orgullo pero sin vanidad, a mi juicio, con mucho ego, pero también con humildad para no dejar en esta nuestra inútil crónica ninguna señal superior a la que al parecer voy a dejar” o “El arte es más sencillo de lo que piensa la gente porque hay muy poco de que escribir. Todas las cosas conmovedoras son eternas en la historia del hombre y han sido escritas con anterioridad...”. Frases que no aparecen en sus libros porque pertenecen a la vida real, aquella de la que tanto huyó William Faulkner para alejarla del público: “Mi ambición, como individuo privado, es ser abolido y anulado de la historia, dejándola sin huella, nada de basura, salvo los libros impresos”.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/07/2012

miércoles, 25 de julio de 2012

Salvoconductos a la libertad

Airports’ es el título de la exposición que Santi Vega mantiene hasta el 22 de agosto en la Galería About-Art de Pontevedra. Una muestra en la que a través de la fotografía se abre todo un imaginario de espacios donde aviones y personas se citan a la hora de abrir y cerrar diferentes episodios de sus vidas. A nadie se le escapa la capacidad de fascinación que tienen los aeropuertos. Tránsitos de miles de personas procedentes de los puntos más variopintos del planeta. Llegadas y salidas que durante unos instantes se congelan y fragmentan. Se hacen arte.


Convierte Santi Vega el espacio expositivo de la galería About-Art en una especie de sala de espera como las que en los aeropuertos nos obligan a esperar, y en ocasiones a desesperar, mientras el avión deseado se coloca en disposición de aceptarnos. Allí sentados miramos a esas pantallas donde destinos, terminales y horarios de embarque definirán nuestro futuro más inmediato, al tiempo que nos fijamos en esos otros seres que, como nosotros, comparten ese espacio en una danza de razas e idiomas que siempre me ha parecido tremendamente sugerente. De vez en cuando dirigimos una mirada al exterior, hacia ese lugar en el que las líneas de esas pantallas de televisión se convierten en máquinas aladas, en pájaros a los que nos subiremos para cambiar de destino, para cambiar nuestra posición en el mundo.
Santi Vega no se muestra ajeno a todo lo que un aeropuerto puede sugerir, que, como hemos visto, no es poco. Más si se ve desde la óptica de un artista, y todavía más si esa óptica es la de un fotógrafo. Santi Vega convierte, por lo tanto, estes territorios paridos por la modernidad en espacios para radicar su arte, para convertirlos en el foco de su trabajo, y presentarnos así diferentes percepciones de lo allí visto e interiorizado.
Sus imágenes nos van a llevar a diferentes aeropuertos, pero todos son uno, a diferentes espacios, pero todos son el mismo, y a variadas personas, pero todas son también la misma. Porque las personas son solo sombras en eses ambientes de cristaleras y luces. Presencias antes de la ausencia. Fugaces tránsitos en unos lugares donde el tránsito es su razón de ser. Santi Vega fosiliza y fragmenta ese tránsito, lo convierte en una multiplicación de nuestras miradas que se extienden por esos amarillos, por esos rojos que inundan las escenas, llegando a convertirlas casi en irreales. Un valor pictórico que se alienta en sus obras mediante su disposición formal, unas imágenes en muchos casos con textura, en las que parece se ha intervenido aplicando colores, pero no es así. Si algo logra la fotografía muchas veces es confundirnos, jugar al engaño con el espectador y esa es parte de su fascinante magia.
Podemos entender cada imagen como la puerta de una historia, el salvoconducto, no para la libertad, como diría Ricks antes de que Ilsa subiese a aquel avión, sino para una aventura que anuncia cada una de estas imágenes y a las que Santi Vega ha sabido dar forma y disponerlas ante nosotros. Como esos dos jóvenes que calman dulcemente recostados su espera ante un monitor de televisión, nuestra presencia ante esas fotografías también calma muchas de nuestras inquietudes. Y hace de esos escenarios una forma de mirar hacia nosotros mismos.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 22/07/2012

martes, 24 de julio de 2012

Puro negro

CLÁSICOS PARA UN VERANO Imprescindible como modélico ejemplo de ‘cine negro’, uno de los grandes géneros del cine clásico que, en estos años, se vio recuperado con esta cinta donde un imponente guión de Robert Towner llena de sorpresas la dirección de Roman Polanski. Y es que si empezamos a encontrarnos nombres como éstes y los que les seguirán, estaremos de acuerdo que de aquí solo podía salir una gran película. ‘Chinatown’ lo es, una de las mejores, no solo de la década sino de la historia.

La nueva cinematografía de los setenta nunca dejó de mirar por el rabillo del ojo a aquel cine clásico que cimentara la industria de Hollywood. Los nuevos personajes que protagonizaban ahora el cine, muchos de ellos lo amaban de manera apasionada, y sabían aquello que ‘de bien nacidos es ser agradecidos’, por lo que no debe extrañar la puesta en marcha de un proyecto como el de ‘Chinatown’, arriesgada en cuanto al retorno de un género que parecía podía enturbiar las nuevas pretensiones del público, pero que se vio alentado por el éxito en taquilla dos años antes de ‘El Padrino’, también con ciertos ribetes de dicho género, pero que en ‘Chinatown’ se vuelven canónicos y nos retrotraen a títulos clásicos de Howard Hawks,  ‘El sueño eterno’ o John Houston y ‘El halcón maltés’.
El esquema se va a repetir en cuanto a una historia que cae en las manos de un desastrado detective privado, que sobrevive mal que bien con casos de poca monta, hasta que un día una mujer se cruza en su camino. Ese hombre ya no es Humphrey Bogart, ni ella es Lauren Bacall. Ahora son Jack Nicholson y Faye Dunaway los que irán generando la dinámica interna de la película, los que con sus encuentros irán alimentando una narración que desde lo particular irá derivando en la general, es decir, en mostrar un momento muy determinado de la historia de Los Angeles, ciudad en la que transcurre la acción y que el propio director definió así: “Se iba a mostrar de qué manera la codicia humana había configurado la historia y las fronteras de Los Angeles”. En no pocas ocasiones el cine negro permite, como pocos géneros, situar historias en contextos sociales e históricos muy concretos y abrir, mediante sus acciones internas, las puertas a toda una época.
Roman Polanski asumió ese reto, el de llevar de nuevo el cine negro a las pantallas de cine. Si algo le gustaba a este director, y todavía hoy lo sigue haciendo para bendición del cine, es su gran variedad de registros, de historias diferentes, de retos que no hacen que su cine permanezca estático si no que sea siempre un desafío. Lo pudimos comprobar con la que es su última película, la extraordinaria, ‘Un dios salvaje’.
Con ‘Chinatown’, Roman Polanski buscaba revalidar el éxito obtenido en 1968 con ‘La semilla del diablo’, y superar dos fiascos posteriores, por lo que este proyecto era muy importante para él y el relanzamiento posterior de su carrera. La película se convirtió en un éxito, no solo en Estados Unidos, también internacionalmente. Once candidaturas a los Oscar fueron el gran aval de la historia del detective Jake Gittes en Los Angeles de los años treinta  y en la que además del admirable guión, que finalmente logró el único Oscar obtenido por la película, destaca la visión aportada por el director. Roman Polanski sabía de lo pernicioso que podía ser el caer en el cliché repetitivo de los modismos empleados por el género en los años de esplendor, años treinta y cuarenta, y que aquello podía derivar en una caricatura. Su papel, entonces, sería el mirar a través de la cámara pero de una cámara de los años setenta. Y dentro de esa mirada emerge el color, su inclusión como gran elemento distanciador de aquellos años iba a ser muy importante, con un valor añadido, como es el de otorgarle a la cinta un gran verismo visual. Es decir, la película debía buscar transmitir una gran sensación de realismo (un elemento en el que el cine desde los años sesenta venía incidiendo de manera intensa). Dentro de ese realismo la película posee escenas muy intensas como lo puede ser el navajazo que el propio Roman Polanski, con papel en la película, propina a Jack Nicholson, y cuya nariz vendada es una de las imágenes por excelencia del cine negro. Esa nueva mirada es la que le concede a Chinatown el plus de modernidad necesario para convertirse en una obra maestra, una película que trasciende a su propio género y que se convierte en una de las películas más importantes de la historia. Con apariciones muy singulares como la ya citada del propio director, o ese guiño al género, con la participación actoral de John Huston es el trabajo de los actores otra de las piezas angulares de que una película alcance el cénit. Jack Nicholson y Faye Dunaway pocas veces han estado mejor, y sus interpretaciones aunque con sendas nominaciones a los Oscar no recibieron lo que sería un justo premio.
Confluyen por lo tanto los ingredientes que hacen que una película se convierta en eterna: una buena historia, un director brillante y el estado de gracia de los intérpretes. Entre todos ellos supieron componer una mirada lúcida a un pasado teñido de historias oscuras, mucho más complejas de lo que podía parecer al inicio del film, pero es que como en la vida, las cosas nunca son como parecen. Y esta película es pura vida.

Próxima semana: 'Todos los hombres del presidente' (Alan J. Pakula, 1976)
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/07/2012

lunes, 23 de julio de 2012

París en horas

No son pocas las ciudades que compiten entre sí para dejar claras sus virtudes. Otras parecen haber nacido para competir única y exclusivamente consigo mismas. Es el caso de París. Tras más de diez años de no haber puesto el pie en ella, solo con pasar unas pocas horas entre sus edificios, boulevares y habitantes se despiertan las ganas de atarse a la columna Vendôme y no moverse de ella durante años. Sirva este recorrido para recordar aquellas horas entre lo real y lo irreal.
Realizar un recorrido por París en solo unas pocas horas es una experiencia que cabría que calificar entre lo traumático y lo masoquista, más todavía si gran parte de ese viaje express se realiza a bordo de un autobús cuyo cristal permite ver pero no tocar, como cuando nos colocamos ante una pastelería y no podemos alcanzar ese gran pastel que parece estar pidiéndonos que le hinquemos el diente. Es uno de los peajes que hay que pagar (nunca mejor dicho) cuando se acepta realizar uno de estos viajes que las agencias te presentan para llegar a mil sitios en solo unas pocas horas. Aceptado el trato, aquel autobús rápidamente se situó a las riberas del Sena sabedor de que lo que de verdad merece la pena en París no está muy lejos de esa corriente de agua que bendice día tras día a la capital francesa. Unos superfluos cascos intentan explicarte aquello que no necesita explicación, tan solo estar con los ojos bien abiertos y sentir, sobre todo sentir, todo aquello que late y bien fuerte. Uno  de esos grandes latidos parte de la catedral de Notre Dame, es el primer gran referente parisino que nos encontramos, ante él grandes colas de turistas parecen ser engullidas por la triple arcada que permite el acceso al templo. Víctimas, la mayoría de ellas, de un turismo irracional que se agolpa ante edificios y monumentos con el fin de cubrir un cuaderno de ruta basado en el rápido click de una fotografía. Serán muchas las colas que nos iremos encontrando a lo largo de este tránsito. La siguiente, tras cambiar de ribera, la encontramos ante el Museo de Orsay, colas que desde el autobús parecen estar compuestas por los mismos personajes que encontramos en Notre Dame, una suerte de atrezzo que parece formar parte de la ciudad. Japoneses, un par de rubios sajones con sus sandalias y calcetines, y el inefable grupo de españoles gritándole a sus niños, son ya parte de ese casting. Todos ellos entrarán y recorrerán el arte parisino por excelencia, un impresionismo por el que irán saltando de cuadro en cuadro como si de un tablero de ajedrez se tratase. La verdad es que se echa de menos entrar, sabedor de lo que allí se esconde, pero aunque ya hace más de diez años que mis pasos recorrieron este Museo, es precisamente una de sus imágenes interiores las que más se ha repetido en mi imaginario parisino durante todo este tiempo anhelando el retorno. Y no hablo de un cuadro, sino de un color, de ese estremecedor azul de las noches de Van Gogh, que hace palidecer cualquier reproducción que uno se pueda encontrar en un manual de arte.
El recorrido continúa y ya se atisban las Tullerías, con su Arco del Carrusel, antes el dorado triángulo que culmina el obelisco de la Concordia, parece señalar la dirección a tomar, como no, hacia esos Campos Elíseos donde París se hace mítico y hasta místico. Los cinéfilos no hacemos más que situar a nuestros actores en sus escenas y vemos a Belmondo y a Jean Seberg cruzando entre los vehículos que colapsan esa arteria salpicada de grandes marcas comerciales en los bajos de sus edificios. Giramos alrededor del Arco del Triunfo y como en una perspectiva de 360º asistimos a esa ‘grandeur’ francesa ejemplificada en este monumento a sus mártires. Antes de retornar hacia la plaza de la Concordia una mirada larga y dirigida a ese universo de la modernidad que es La Défense, la culminación del urbanismo de grandes fugas que exhibe París.
Louvre |Llegamos al Louvre y a su imponente entorno. Se nos permite bajar del autobús y poner los pies en París. La arquitectura de la gran Francia del barroco impresiona, pero incluso más que por su propia magnificencia, por lo que no se ve, y que no veremos, pero que sabemos se aloja en su interior. Asomado a la pirámide de cristal que unifica el acceso a su interior vemos de nuevo colas, gente que deberá decidir si dirigir su pasos por las salas de arte antiguo o por las de pintura. Si dentro de ésta continuar por las salas de pintura francesa, o por las de pintura italiana, y así en una constante sucesión de decisiones que la falta de tiempo te obliga a tomar deshojando una margarita llena de espinas. Durante estos días son muchos los que deciden entrar para ver esa lucha de ‘Giocondas’ que el mundo del arte ha decidido poner en valor para continuar alimentando a esas filas. Seguimos esquivando japoneses hasta que por un subterráneo llegamos a la Rue Rivoli, venta de souvenirs y donde comienza a verse el día a día de los parisinos. Bistrots y Boulangeries compiten con las franquicias hamburgueseras y cafeteras, propiciando una curiosa mezcla. Es hora de regresar al autobús. De nuevo subimos por los Campos Elíseos y llegamos al Trocadero, allí una gran pantalla llora las frutraciones galas en la Eurocopa, mientras los españoles sonreímos olfateando lo que puede suceder y finalmente sucedió. El cielo se abre sobre nosotros y el gran símbolo parisino, ese que satura un masivo merchandising que te acosa en cuanto te asomas por cualquier lugar turístico, nos hace levantar la cabeza hasta el infinito y más allá. La Torre que ideara el arquitecto Eiffel para la Exposición Universal de 1889. 330 metros de metal símbolo de una época, de un progreso que hacía de París la cima de una Europa que luchaba por su modernidad, no solo desde el ámbito artístico, sino también desde el económico y social. A sus pies subimos a un barco que recorrerá el Sena. Uno de esos Bateaux-Mouches que en el cine hemos visto surcar tantas y tantas veces dicho río.
Sena |Todo cambio de perspectiva genera una nueva visión de la realidad, nada de lo que hemos visto antes se ve ahora igual ahora sobre el agua. Cierto es que estamos ante un París diferente, y en sus márgenes se abre otro mundo. Una curiosa dinámica de situaciones que va de jóvenes realizando una especie de botellón, hasta parejas de enamorados besándose apasionadamente o recién casados de origen asiático realizando su reportaje fotográfico de boda, quizás cumpliendo así su gran sueño, o la promesa realizada en algún viaje anterior a esta ciudad. De promesas se llenan también varios puentes de los que atravesamos y cuyas barandas se muestran repletas de unos candados que certifican un amor. Un amor en París. Bajo el agua, las llaves completan y cierran todo el simbolismo que una vez más se encierra en la capital francesa. La imagen de Santa Genoveva, patrona de París, flanquea nuestro paso y hace que miremos de nuevo hacia Notre Dame, a esa Ile de la Cité, donde una vez todo empezó y donde todo continúa. Navegamos unos metros y el barco gira para retornar por la margen contraria, una espectacular perspectiva del templo gótico deja otra postal en nuestra colección. La Samaritane, el Louvre, la gran ‘N’ napoleónica o el siempre espectacular y bello Puente de Alejandro III, que da acceso a los Inválidos y a esa cúpula dorada que te atrae hacia ella, son otros puntos que te acompañan mientras el barco echa amarras de nuevo junto a la Torre Eiffel. Otra Torre, la Torre Montparnasse, será la que cierre esta visita de horas. Desde allí arriba vemos los techos de París. Pero esa ya es otra película.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 22/07/2012


Número 5

Puede que a alguien este titular le suene a un perfume. A aquel Chanel con que Marilyn Monroe vestía su cuerpo desnudo para llorar en la noche amarga y solitaria. Pero no, la cosa no va de perfumes, aunque sí de cine, y es que el Estudio Número 5 de Cinecittà en Roma, aquel en el que en sus imponentes decorados se rodaron obras míticas del cine como Cleopatra, Ben Hur, La dolce vita, Amarcord,El padrino III o Gangs of New York, ha sido pasto de las llamas. El estudio más grande de Europa fue devorado por un fuego maligno empeñado en convertir en cenizas un lugar mágico forjado a través de historias y sueños. La verdadera patria del maestro Fellini ya es solo un lugar al que retornar una y otra vez a través de las miles de películas que en ella se filmaron. El fin de una era no puede reflejarse de manera más poderosa, abrasada por un tiempo en el que el celuloide es una reliquia avasallada por una estúpida y vacía modernidad. Otro fuego, éste de imprevisibles consecuencias, asola al cine en España, un incendio provocado por unos pirómanos que evalúan todo en función de un euro que no entiende ni de cultura ni de sentimientos. Con la subida del IVA en las entradas de los cines del 8 al 21 por ciento, nuestras salas se convertirán en un paisaje devastado. Lamentablemente uno más dentro de esta perversa espiral.

Publicado en Diario de Pontevedra 21/07/2012 

martes, 17 de julio de 2012

Un detective enredado


Es la última novela de Eduardo Mendoza, y en ella recupera a ese singular detective anónimo que, en esta ocasión, defenderá a Europa de un atentado

Un peluquero metido a detective en la Barcelona de la actual crisis es el punto de arranque de esta sátira que Eduardo Mendoza compone en la que es la cuarta novela escrita sobre este curioso detective. ‘El enredo de la bolsa y la vida’, no deja de ser un divertimento literario de un autor que gusta de salpicar su magnífica narrativa de este tipo de obras. Muchos le acusan de no hacer uso de su talento para escribir obras de mayores alturas literarias, pero él mismo reconoce cierto desaliento ante como son recibidas esas obras frente a esta otra literatura mucho más cercana al gran público: “Son más fáciles de escribir y dan más dinero. La última novela que escribí con intención y ambición fue ‘Mauricio o las elecciones primarias’ y está olvidada y marginada”, aseveró el autor en el transcurso de una entrevista concedida a El País durante la promoción de la novela.
En ‘El enredo de la bolsa y la vida’ plantea un juego entre cómico y surreal, donde un grupo de personajes, a cada cual más extraño, se embarcan en una historia llena de puntos absurdos, pero que en más de una ocasión descerrajan la sonrisa del lector. Y esto la verdad no es poco, sobre todo cuando se reviste del indiscutible talento del escritor barcelonés.
Este detective sin nombre, cuyo local de trabajo se encuentra junto a un bazar chino, se dedicará junto a sus compañeros de aventura a desbaratar un plan terrorista que busca acabar con la vida de Angela Merkel en una visita de la líder germana a Barcelona. Este esperpéntico planteamiento es la excusa perfecta para acercarse a esta época tan confusa que nos toca vivir, y en la que la sociedad española ha puesto de manifiesto muchas de sus carencias y males. Eduardo Mendoza no dudará entonces en sacarnos los colores, en situarnos en el centro de esa diana en la que hacer impactar sus afilados dardos para pinchar, sobre todo, en esa moralidad, o mejor dicho, amoralidad que esta crisis se ha empeñado en desnudar.
Desfile| Por sus páginas precisamente eso es lo que se mueve. Un delirante desfile que descubre al ser humano a merced de este periodo turbulento y caótico. El empeño de esa banda por lograr su objetivo es un cónclave por aunar esfuerzos por lograr alcanzar, desde sus vidas cotidianas y monótonas, un instante para sentirse orgullosos y realizados. Se va así configurando una relato policial, algo que al principio no se intuía, pero que a medida que el autor va enganchando y proponiendo situaciones aparece esa novela de género, aunque siempre desvirtuada por el carácter fabulador e histriónico que se palpa en cada una de sus páginas.
No cabe duda de que esa forma de mirar la realidad a través del cristal del humor va a permitir ofrecer nuevas perspectivas y aproximaciones imposibles si el relato se hubiese ceñido a un mundo lógico y real. Las historias que se ocultan detrás de cada uno de los personajes, e incluso sus nombres, absolutamente desternillantes, son los puntos de fuga de una historia planteada como la excusa perfecta para urdir una narración en la que se esconden muchas más cuestiones que las que pueden aparecer a primera vista. Y es que Eduardo Mendoza, pese a que nos quiera vender ciertos toques frívolos de su obra, son precisamente esos toques los que le permiten mostrar la realidad que nos toca vivir en base a una historia descabellada, pero que solo es la disculpa para mostrar cómo esta Europa en quiebra, no solo económica sino moral, plantea su supervivencia de manera tan atropellada como absurda, tan lacónica como incontrolable. Y en su interior, individuos como los retratados asisten aturdidos a los vaivenes de un continente que cada vez más añora su propia identidad.

Publicado en Diario de Pontevedra 15/07/2012

lunes, 16 de julio de 2012

Cuando la familia es todo

CLÁSICOS PARA UN VERANO En 1972 Francis Ford Coppola estrena la adaptación de la novela de Mario Puzo. Un producto en el que el propio Coppola no confiaba demasiado. Pero muchas veces las cosas son caprichosas y lo que empezó de manera dubitativa acabó convirtiéndose en una de las grandes referencias del universo cinematográfico. Una película ante la que los adjetivos se extinguirían y en la que  todo alcanza esa condición mítica que solo el cine es capaz de conceder a sus protagonistas.

Si en la película está prohibido el empleo a lo largo de toda la película de la palabra Mafia,  aquí no vamos a ser menos y así diremos que ‘El padrino’ es la historia de una familia. Una familia donde sus lazos se imponen a todo el resto de la acción. Un germen sagrado que debe ser protegido a toda costa y en el que sus miembros reaccionarán hasta donde sea necesario. Las grandes películas de la historia se conforman en base a sus secuencias, a sus diálogos, a una especie de fuerza endógena que las hace levitar sobre el resto para incrustarse en la sociedad de su momento y posteriormente trascender en el tiempo. En pocas películas nos podemos encontrar tantas secuencias o tantos diálogos tan firmes e impactantes como en la primera de las tres películas que componen esta saga que conforma la gran trilogía del cine contemporáneo.
El 15 de marzo de 1972 se estrenaba en Estados Unidos ‘El padrino’, pocas fechas antes de saltar el escándalo del Watergate que dejaba a la clase política americana a los pies de los caballos. Aparece entonces la cinta de Coppola en un momento muy concreto de la reciente historia americana, y dentro de ella no se hace más que apuntalar también a esa política incapaz de situarse al nivel del ciudadano para resolver sus problemas. Es así cuando emerge la familia como un microsistema que se autoabastece a sí mismo, al que se acude a pedir ayuda y soluciones, por muy radicales que éstas puedan llegar a ser. Una familia capaz incluso de autofagocitarse a sí misma dentro de su propia dinámica de funcionamiento.
Cuarenta años después ‘El padrino’ sigue siendo la película que mejor marca la transición entre dos periodos narrativos, entre el clasicismo del que no se aparta totalmente (partiendo de la premisa de ser una película de género) y del nuevo cine de los setenta, del cual su director fue uno de sus más activos integrantes. El director se adentraba así en un territorio intermedio que, por un lado le permitió que la película fuese un éxito en taquilla, la mejor de la historia del cine desde ‘Lo que el viento se llevó’, y por otro, su asunción como uno de los grandes directores del momento, y al que la industria acogió con los brazos abiertos al no ser sus postulados tan agresivos como lo fueron los de algunos compañeros de su generación.
Si una cuestión está clara en ‘El padrino’ es el ser una película de personajes. Tanto los principales (en los que Coppola se encaprichó pese a los consejos contrarios a la elección de Marlon Brando o Al Pacino) como los secundarios, están poseídos de una enorme fuerza y es el choque de esas fuerzas el que hace avanzar la dinámica interna de la película. Si lo de Marlon Brando como don Vito es algo inenarrable, sobre su interpretación han corrido ríos de tinta, en cuanto al magnetismo de su presencia, o como con una concisión de gestos y miradas se es capaz de construir un personaje que va a estar implícito más allá de su muerte. Como si Marlon Brando trabajase, no solo en relación a su presencia, sino también de cara a su ausencia. Es como uno de aquellos fantasmas shakesperianos que tras la muerte del personaje permanece como un personaje más. Entiendan que no es casual esta cita al drama shakesperiano, pero es que el ‘El padrino’, como en toda gran narración, permanecen y conviven muchos de los elementos configuradores de la gran tragedia clásica griega. Por que al fin y al cabo ‘El padrino’ es en sí una gran tragedia, no solo familiar, sino también social de esa América setentera en estado de convulsión casi permanente.
Y como gran elemento de la tragedia, el destino, y ese destino y la lucha contra él será el que se pegue a la piel de Michel Corleone, el sucesor del clan y no muy de acuerdo con los métodos de la familia. Pese a su lucha interior acabará aceptando su posición en ese entramado, su inexorable transición hacia el punto más alto de una pirámide de la que él será la cúspide de acción. Un destino sangriento que como el de la propia humanidad aquí se rastrea desde su propio origen, desde una niñez teñida por el calor siciliano y así hasta la América de la inmigración.
Estamos por lo tanto ante uno de los grandes frescos de la identidad americana, solo equiparable a los realizados por otro de los directores emergentes de la década Martin Scorsese. Ambos conocedores de la necesidad de mirar al pasado para entenderse a sí mismos y a la sociedad de nuestros días. Una sociedad en la que la violencia y la corrupción, como parte de la lucha por la consecución del poder, es una de sus grandes dinámicas de funcionamiento. Es ‘El padrino’ y su secuela el primer gran mirador que el cine compuso sobre esa América. Una mirada tan lúcida como apasionada y necesaria para entender la historia y el cine.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/07/2012

domingo, 15 de julio de 2012

Cena


Rodeaban la mesa llena de comida y bebida, riendo, gritando y aplaudiendo en una especie de orgía que completaba una película repleta de la negrura solanesca, ideal para radiografiar a una España despellejada por sí misma. Aquella cena que filmó Buñuel en Viridiana saltó en mi cerebro al ver a las huestes marianistas aplaudiendo y celebrando, como si estuvieran sentadas ante un banquete esperpéntico, sus medidas contra la crisis. Medidas que parecen olvidar volverán a caer sobre aquellos más desfavorecidos, acrecentando una presión económica que lo único que va a conseguir es reducir el consumo, y por lo tanto, ahogar todavía más a la economía hasta hacerla entrar en una larga recesión. Y si una mente de letras como la mía es capaz de llegar a esta conclusión, cuanto más lo harán las brillantes inteligencias económicas del gabinete gubernamental. Algo que abunda en la idea de hacer caer, sin ningún tipo de resquemor, la mayor carga de esta crisis en las clases más bajas e indefensas, frente a aquellos que más tienen y que más podrían aportar a la hora de salir de esta pesadilla. Se requería silencio y contrariedad, pero no, sentados ante el festín propuesto, despedazaban vidas e ilusiones, dolores entre carcajadas y muecas para aproximarse cada vez más a aquella repulsiva escena del genio aragonés.


Publicado en Diario de Pontevedra 14/07/2012

jueves, 12 de julio de 2012

En busca de la libertad

clásicos para un verano Pocas décadas han sido tan trascendentales en la configuración de la identidad de los Estados Unidos como la de los sesenta. Parecía como si el hombre americano se despertase de un sueño de felicidad y alegría procedente de su triunfo en la Segunda Guerra Mundial. Los años sesenta liberaron al individuo y esa necesidad de sentirse libre tuvo su reflejo en el cine. En pocas veces de manera tan rotunda como en Easy rider dirigida y protagonizada por Dennis Hopper. 
En 1963 es asesinado el presidente Kennedy, unos años después los Estados Unidos entran en guerra con Vietnam, en 1968 muere asesinado el activista contra el racismo Martin Luther King. Pero los años sesenta también fueron los de la eclosión del movimiento hippie, el amor libre y la proliferación del consumo de drogas. Estados Unidos se soltaba de su férreo corsé y rebelándose ante las acciones militares de su gobierno. Nace así toda una contracultura que tuvo su reflejo en el cine respondiendo a esa idea de que el arte es reflejo de su sociedad y pocas disciplinas artísticas son tan evidentes en ese terreno como lo es el cine.
Una nueva generación de directores propició un vuelco a ese cine evasivo propiciado por Hollywood, aquel de maravillosos guiones y monumentales estudios. Llevaron así sus historias y cámaras a la realidad americana. ‘El graduado’, ‘Cowboy de medianoche’, ‘Bonnie and Clide’, ‘En el calor de la noche’ o ‘Grupo Salvaje’, son títulos que emergían de esta nueva visión aportada por el cine. Desde cualquier género se abogaba por el hombre, su sentimiento de individualidad y la necesidad de libertad como aspiración para un cambio en la perspectiva global de la sociedad y sus consecuencias. En definitiva para mudar a una sociedad que caminaba hacia la desesperación.
Entre esos nombres emergentes el caso de Dennis Hopper es paradigmático del nuevo tiempo. Se lanza como director y actor con esta historia que por un lado sería su consagración, ya que este título quedaría ya establecido bajo ese epígrafe tan 'cool' de película de culto, y por otro, porque tras este éxito su vida iría rodando por una pendiente de autodestrucción que solo al final de su vida asistiría a una cierta recuperación con la participación en algunos títulos destacables y el reconocimiento de nombres tan importantes como el de Wim Wenders.
‘Easy rider’ va a retratar a toda esa generación que anhelaba conquistar esa sensación de libertad, un espíritu contracultural basado en la individualidad del ser humano y para ello, que mejor manera que huir de las aglomeraciones, lanzarse a la naturaleza, el único refugio todavía vírgen de nuestra sociedad, por el que cabalgar al encuentro de la descorazonadora realidad del país americano. Los encuentros de sus protagonistas, Dennis Hopper y Peter Fonda, montados como cowboys modernos sobre sus choppers, y sus  tropiezos con diferentes personajes son la radiografía de un tiempo. Un aire libertario en el que incide otra de las partes esenciales de la película, como es su banda sonora con títulos de los Byrds, The Band, Jimmy Hendrix, y como no, Steppenwolf con el inmortal ‘Born to be wild’, auténtico himno de toda una generación.
Para el imaginario cinematográfico han quedado ya esas cabalgadas por largas carreteras en los que a lomos de sus motos, y con el viento incidiendo en sus rostros, sus protagonistas se sienten verdaderamente personas, hombres libres poseedores de su propio destino. Por la propia disposición de lo que significa una road-movie serán los capítulos episódicos, es decir los encuentros con personajes de lo más disparatado, metáforas de la población norteamericana, y las que permiten visualizar ese choque entre lo que representan los dos cowboys y la sociedad en la que les ha tocado vivir, casi siempre agresiva hacia quienes pueden suponer un peligro para esa misma sociedad.
En esos capítulos aparecerán hippies pertenecientes a una comuna, prostitutas (completamente delirante el encuentro con varias de ellas en un cementerio bajo los efectos del LSD; sheriffs, predicadores, granjeros, actores... Cada uno de esos encuentros irá haciendo progresar a la película para ir desembocando en un final que deja poco, muy poco lugar para la esperanza. “La hemos jodido”, dice Peter Fonda ante lo que se ha convertido su país y será ese país el que acabe con ellos. Con los dos cowboys de los sesenta, camellos de poca monta que se partieron hacia el Mardi Gras de Nueva Orleans para cerrar un negocio de tráfico de drogas en una carrera hacia la libertad, en una carrera imposible que ellos mismo se sabían incapaces de lograr.
Remataban así los años sesenta, bajo esa sensación de descontento  general en una sociedad cada vez menos consciente del papel a desempeñar por el individuo y de las capacidades del ser humano dentro del colectivo. Este colectivo es el que fue oscureciendo cada vez las perspectivas de una generación que buscó vías de evasión en numerosos tipos de drogas, que tuvieron en esta época su punto de ignición. Ya nada volvió a ser igual en los Estados Unidos, la mirada de sus habitantes cambió para siempre y el cine, como un apéndice más, también se convirtió en diferente al abrir nuevas vías de experimentación.

Publicado en Revista Diario de Pontevedra 8/07/2012

martes, 10 de julio de 2012

Los grises de una noche

La noche de los tiempos’ acaba de ser premiada en Francia con el prestigioso premio Méditerranée Etranger todo un colofón a una extraordinaria novela. Leer esta novela supone abrir una de las páginas más complejas de nuestra historia. Pero también es abrir la puerta a las vidas que se vieron arrastradas por aquel torrente de desesperanza y mezquindad. Un complejo fresco creado para ensalzar al ser humano.

Llega el verano. Tiempo de largas tardes ociosas y en las que se puede optar por la lectura de obras a las que nuestras ocupaciones,  a lo largo del año, nos pueden hacer desistir de ciertas empresas. Al amparo de este galardón quizás sea ésta una buena ocasión para dejarse llevar por la historia de Ignacio Abel, un arquitecto que marcha de esa España que saltaba por los aires en 1936, reventada por sí misma,  y dejando atrás a su familia, el recuerdo de varias personas, un amor fugaz, pero sobre todo, el ambiente de una época compleja y desalentadora.
Editada en 2009 el reciente reconocimiento por parte de las letras francesas insufla un hálito de vida a una novela de largo, larguísimo recorrido por las descomunales pretensiones de su autor. Antonio Muñoz Molina, en las más de novecientas páginas de la obra, plantea uno de los frescos más poderosos de la amplia literatura que en nuestro país gira en torno a la Guerra Civil. Febril caldo de cultivo de narraciones muchas veces afectadas por el maniqueísmo a la hora de interpretar una historia en demasiadas ocasiones reducida a un enfrentamiento entre buenos y malos. Si algo logra el escritor es incidir en ese espacio donde sí se puede encontrar lo real, el intersticio desde donde asomarse a un enfrentamiento fratricida que asoló a un país de y cuyas consecuencias todavía hoy son bien visibles. Hablamos de ese espacio de grises, donde ni lo blanco es blanco, ni lo negro es negro, donde el lector debe vislumbrar la duda, es decir, el motor de una vida, y más aún en un periodo tan convulso como lo fue éste.
Y para ello se centra en una de esas vidas. Precisamente lo que le falta a nuestra literatura guerracivilista es el acercamiento a las individualidades, a relatos donde el devenir de un ser humano con sus virtudes y flaquezas, sus bondades y miserias, y como no, sus dudas, sirva de reflejo de una generación que se encontró absolutamente superada por los acontecimientos y donde las decisiones debían ser tomadas en segundos y en situaciones de presión extrema. Decisiones que además iban a ser la compañía irrenunciable que soportar a lo largo de toda una vida.

La dimensión de la novela es la que, lejos de ser un elemento pernicioso, permite a su autor crear la atmósfera necesaria y facilitar así la integración de las numerosas historias que van convergiendo como los afluentes de un gigantesco río en que se convierte la vida de Ignacio Abel. Historias y personajes, porque si algo pone de manifiesto la novela (aunque ya era algo más que sabido) es la capacidad de su autor por definir y plantear personajes. Todos y cada uno de los que por aquí pasan, algunos creados a tal efecto, y otros reales, como lo puedan ser Bergamín, Moreno Villa o Juan Negrín, no hacen más que redimensionar la posición del ser humano ante la situación de conflicto. Hablamos de personajes que se ven arrastrados por la situación, no solo de un país, sino de todo un continente como lo es la Europa de los años treinta. Inocencias perdidas que se ven derribadas por los vaivenes de la sociedad, por una historia empeñada en hacer fracasar la idea de progreso del ser humano. Y es que el ser humano es el gran protagonista de este tapiz que Antonio Muñoz Molina se empeñó en afrontar como el escritor comprometido que es. Y no me refiero a un compromiso con un ideario político insoslayable, sino un compromiso con el hombre, cincelado a base de matices que esculpen su personalidad y por extensión la de todo un país. El premio Méditerranée Etranger reconoce a aquellos libros editados en Francia procedentes de países que se asoman al Mediterráneo. Un premio entreculturas que en esta ocasión no ha podido ser más acertado.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 8/07/2012

lunes, 9 de julio de 2012

Las fotos de una foto

En el Pazo de Xelmírez tuvo lugar la foto, pero también otras muchas. La imagen del reencuentro entre el Códice Calixtino y sus 'cuidadores' bajo el patronato, no del Apóstol Santiago, sino de un presidente del Gobierno que dejó sus 'líos' europeos. Allí, abierto de par en par, el Códice refulgía con un esplendor sin parangón.
Con la Policía orillada hacia uno de los lados ante la presidencia, ésta hizo votos para que no se repitan situaciones como la que durante este año ha mantenido en vilo a una Galicia que, a raíz de este hechos, quizás preste más atención a su patrimonio. El Códice, pasó del poder civil al religioso. Mariano Rajoy lo trasladó a las manos de Julián Barrio, mientras el deán hacía acto de presencia, instante en el que un operario con los apropiados guantes, se aprestó a retirar el Códice y a ponerlo a salvo

Entre Dous. Publicado en Diario de Pontevedra 9/07/2012

Cartas


En un día como hoy de hace cincuenta años se sepultaba en Oxford, Mississippi, el cuerpo de William Faulkner. Esa tierra empapada de sudor y whisky se tragaba al escritor que encolerizó la literatura para florecimiento de una narrativa renovada de manera ya irreversible. Una de las publicaciones editadas para conmemorar dicha fecha y que, con la ayuda de las avispadas ‘cronopias’, pude rescatar entre dragones, zombies, laberintos, códices y demás libros evasivos que, de manera cada vez más agotadora, habitan las estanterías de las librerías, es una recopilación de cartas que William Faulkner redactó a lo largo de su vida. Si leer sus novelas es una experiencia apasionante (que apagaría de un suave soplido los pretenciosos fuegos de dragones y adláteres), no lo es menos enfrentarse a estas cartas que el propio autor nunca pensó, ni deseó, que hubiesen visto la luz. En ellas late el vigor de una obra de la que era orgullosamente consciente de su trascendencia. Si son emocionantes las cartas que desde Europa enviaba a su madre describiendo el mundo parisino, italiano o británico, más lo son sus peleas con editores o con Hollywood, así como la constante reivindicación de un salario por el que hasta el mejor escritor del siglo pasado tuvo que pelearse día tras día, ofreciéndonos así otra lección de vida. Otra lección de literatura.

Publicado en Diario de Pontevedra 7/07/2012

jueves, 5 de julio de 2012

"Señales"

Reconfortados por la aparición de uno de nuestros tesoros artísticos y culturales más emblemáticos. La tranquilidad llegó de manera plena cuando oímos al deán de la Catedral verificar, tanto el buen estado del Códice Calixtino, como su autenticidad, al conservar las  «señales» que él mismo había colocado al principio de cada uno de sus capítulos. Lo que no se ha confirmado dentro del esperpento general de este caso es si dichas «señales» se referían a signos hechos a lápiz, bolígrafo, a los socorridos post-it, o a cualquier otro sistema de estampación del gusto del deán, la persona que debía salvaguardar el buen estado y conservación del incunable. Desde mañana el Códice Calixtino volverá a estar en las manos de quien así lo ha tratado, y eso no sé que pensarán ustedes, pero a mí me deja muy intranquilo, sobre todo mientras siga habiendo un lápiz cerca de esa sotana.

Entre dous. Publicado en Diario de Pontevedra 5/07/2012

miércoles, 4 de julio de 2012

Fin de una época...comienzo de otra

CLÁSICOS PARA UN VERANO. Bajo su magnificencia y grandiosidad quedaron sepultados décadas del mejor cine que la humanidad haya visto nunca. 'Cleopatra' y todo lo que subyace alrededor a su alrededor supuso el final del Hollywood dorado, de un cine hecho para soñar, para trasladarnos a historias y mundos en los cuales ser dichosos. La década de los sesenta despertó de manera brutal a la sociedad norteamericana y el cine cambió ya para siempre. Sirva esta película de despedida de un tiempo feliz.

Pocas películas tienen tras de sí una historia tan singular como ‘Cleopatra’. Y es precisamente esa historia la que, por un lado, generó el apartado mítico de esa producción y, por otro, hizo de ella una especie de punto final de aquel cine de estudios que Hollywood había ideado como la gran industria de los sueños del ser humano.
El cine, desde ese momento, volvió su mirada hacia el hombre americano y sus problemas, hacia una sociedad que se convulsionaba ante las noticias procedentes de Vietnam, la presencia del hombre en la luna, la revolución sexual, el universo hippie o las luchas racistas.
Desde estos momentos toda una serie de nuevos directores, inmortalizados ya para siempre en el imprescindible libro de Peter Biskind ‘Moteros tranquilos, toros salvajes’, saltaron a la palestra para transformar tanto la forma de narrar como lo que allí se contaba.
Sirva esta revisión de ‘Cleopatra’ para cerrar una época y también para abrir otra, ya que a través de las grietas generadas por su ampulosidad se filtró la realidad de un país que se descubría a sí mismo alejándose de una pantalla de cine y mirando más hacia otra pantalla, en este caso de televisión.
Desde mediados de los años cincuenta la industria cinematográfica había entrado en un periodo de incertidumbre. La competencia de la televisión y las nuevas formas de entretenimiento de la sociedad norteamericana habían hecho que las salas perdiesen miles de espectadores. Hollywood optó por engrandecer la forma de ver el cine para distinguir su oferta de la pantalla televisiva. Ideó nuevas formas de proyección y  se dedicó a realizar enormes superproducciones que en una pantalla grande se mostraban sobrecogedoras. Es así como películas como Quo Vadis (1951) o Ben-Hur (1959) plantearon ese nuevo tiempo que podríamos definir como el canto del cisne del cine clásico.
Pero fue con ‘Cleopatra’, dirigida en 1963 por Joseph L. Mankiwicz, cuando este ‘ecosistema’ cinematográfico tocó techo. Encargada en primer lugar al director Ruben Mamoulian, desde el primer día de rodaje la película entró en una espiral de autodestrucción que arrastró hasta el final.
Toda la película giró desde el primer momento alrededor de la gran estrella, una Elizabeth Taylor que se convirtió en la primera actriz en cobrar un millón de dólares por su trabajo. Lo que resultó ser un comentario realizado por la actriz tras leer el leonino primer guión de la película -“Solo lo haría por un millón de dólares”- , finalmente se convirtió en el astronómico sueldo que pagó la Fox.
El rodaje iba a realizarse en Roma, pero la coincidencia con los Juegos Olímpicos motivó que se llevara a Londres. Se importaron palmeras de Hollywood y Oriente Próximo y en septiembre se inició el rodaje. Las brumas, las nieblas y las bajas temperaturas fueron complicándolo todo. El vaho que salía de las bocas de los actores no se compatibilizaba con lo que debía ser un rodaje a altas temperaturas. Elizabeth Taylor cayó enferma y en ese tiempo el director comenzó a darle vueltas al guión entrando en discusión con su estrella.
Mientras, una aseguradora ya le daba a la Fox 1,74 millones de dólares para que se abandonase la producción. Mamulian lo deja en enero de 1961 y desde la productora se echa mano de un prestigioso director, Joseph L. Mankiewicz, quien tenía una buena relación con Elizabeth Taylor tras el rodaje de ‘De repente el último verano’, además de tener experiencia en cine histórico, al haber dirigido ‘Julio César’. Solo puso una condición, él, que era un extraordinario guionista y que cuidaba ese apartado en toda su carrera, solicitaba el poder hacer los cambios que considerase en ese guión.
A estas alturas las pérdidas llegaban a los seis millones de dólares, pero el plan de rodaje ya estaba en marcha. Los interiores se rodarían en Londres y los exteriores en Egipto. Se buscaron nuevos actores a los inicialmente previstos, y así se llamó a Rex Harrison para interpretar a Julio César y a Richard Burton en el de Marco Antonio.
Elizabeth Taylor al borde de la muerte tras habérsele realizado una traqueotomía, los caprichos de Harrison y la historia de amor entre la estrella y Richard Burton no hicieron más que ir complicando una producción que crecía más en deudas que en minutos de filmación. Mankiewicz escribía el guión por las noches, mientras Burton y Taylor lo repasaban a su manera, y con el día se filmaba lo escrito. Ambos actores estaban casados y su relación supuso un escándalo confirmado por ambos ante la prensa.
La repetición de tomas con grandes multitudes o el atrezzo histórico convirtió a ‘Cleopatra’ en una locura que finalizó casi dos años después de su inicio. Hasta ‘Titanic', más de treinta años después, Hollywood no se había visto en otra. Era el fin del cine clásico.
(La próxima semana: Easy rider (1969).

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 1/07/2012

domingo, 1 de julio de 2012

Falso 9


Ha sido el gran debate nacional a lo largo de este mes, ya que lo de la prima de riesgo lo tiene el presidente controlado, solo nos quedaba centrarnos en el fútbol, paraíso eterno donde los éxitos colman de felicidad al noble pueblo español. Si en otras citas cuando éramos pobres nuestras cuitas se centraban en los rifirrafes de Clemente con la prensa, los errores de Salinas o Raúl sí, Raúl no; en esta ocasión, y ya acomodados como nuevos ricos, nuestro discurso ha progresado y no duda en entrar en el análisis táctico del once titular o abordar el trascendental tema de los días de descanso y los viajes entre partidos. Es lo que supone aspirar a grandes logros, sentirse favorito y no preocuparse por un mal partido. Es entonces cuando el españolito se lanza a debatir sobre la imperiosa necesidad de un delantero centro, como si el resto de los diez jugadores saltasen al campo con las piernas atadas. Llenos de razón ponemos a los pies de los caballos tanto al equipo, que ellos mismos vieron ser Campeón de Europa y del Mundo, como a su técnico, mientras éstos no hacen más que superar partidos y registros impensables hace unos pocos años. Además de ganar queremos cuadrar el círculo, deslumbrar a los rivales con nuestra estrellita en el pecho y acabar el partido entre abrazos y sonrisas. Y eso, señores, no lo consigue ni Italia.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/06/2012