jueves, 28 de junio de 2012

Humanidade pictórica



Terras do Deza. Berce de pintores. Laxeiro ou Colmeiro son os notarios maiores daquela bisbarra, das súas xentes, das súas facianas compostas arredor dun ámbito rural no cal latexa gran parte do que significa esta terra galega. Dese berce tamén xurdiu Alfonso Sucasas, e dende esa terra fixo agromar unha produción artística senlleira no que debe ter toda arte de conexión coa súa realidade. A súa formación autodidacta achegouno de xeito inmediato ao que tiña ao seu carón: as tabernas, as escenas rurais, os grupos de paisanos, as mulleres. Temas que foron conformando unha linguaxe onde confluían modos expresionistas baseados na disimulación duns rostros substituídos por máscaras ou a amplitude das mans, pero tamén polas achegas de moitos outros pintores.
Percorrer a obra de Sucasas supón tamén adiviñar a tradución das linguaxes de nomes como Picasso ou Bacon e, como non, do referente para toda a súa xeración, por suposto, Laxeiro. Todo isto viña ademais a amosar o coñecemento que do eido pictórico tiña o artista. Alfonso Sucasas seguía o que acontecía no mundo artístico, sabendo distinguir o bo do malo.
Sucasas soubo amalgamar todos eses ingredientes e, o que é máis difícil, compoñer unha linguaxe singular onde esa pervivencia do carácter expresionista concedeulle ás súas obras unha fonda humanidade. E é que a humanidade é o outro gran alicerce da súa obra. Tanto nas grandes escenas, das que era un mestre (non hai máis que ver os seus entroidos), como nas que amosaban poucos personaxes, adivíñase unha fonda humanidade. Escenas cheas de ledicia ou tenrura, exaltacións da amizade ou espazos íntimos. En todos eles a pintura vai servir para a reivindicación da vida a través da figura do ser humano. Alfonso Sucasas, como pintor verdadeiro, dirixía sempre a súa mirada cara a ese punto, o de facer do home o motivo central da obra, sen fondos que nos distraesen, sen cores que nos abraiasen; para el, todo estaba contido na figura, nesa presenza que se erixía como un altofalante dunha forma de entender o mundo e tamén, a pintura.


Publicado en Diario de Pontevedra 28/06/2012

miércoles, 27 de junio de 2012

De ciudades y hombres

Son 84 imágenes las que resumen el legado fotográfico de Fred Stein y que se exhiben en el Café Moderno de Pontevedra. 84 imágenes que no tienen desperdicio y donde cada una de ellas se muestra como un legado de la mejor fotografía del pasado siglo. Fred Stein, pionero de la cámara portátil, y alemán de nacimiento, coincidió en París con otros dos fotógrafos míticos, Gerda Taro y Robert Capa, de allí pasó a los Estados Unidos y entre ambas latitudes compuso una trayectoria deslumbrante. Una exposición de esas que uno no se debe perder. 


París, Nueva York y el retrato son los tres ejes por los que transcurre la revisión que Novacaixagalicia realiza sobre Fred Stein (Dresden, Alemania, 1909- Nueva York, 1967). El día de su presentación se hablaba por parte de su comisario Diego Cascón de que era la muestra más importante del pintor realizada en España, así como que en Galicia era la primera ocasión en que se mostraba su trabajo. No hace falta entender mucho de fotografía, o recorrer gran parte de la exposición para reconocer las calidades de este nombre. Su blanco y negro centellea por las paredes de la sala de exposiciones del Café Moderno, al mismo tiempo que cada una de esas imágenes te retienen ante ellas sabedoras de su poder de fascinación con el espectador. Son una mirada hacia dos geografías, pero también hacia dos territorios sentimentales.
Escapando del fascismo Fred Stein llega a París y aquel magnetismo tan poderoso de la capital francesa de los años treinta será el que deje completamente fascinado al fotógrafo alemán. Su fotografía en estos momentos posee una fuerte carga lírica, algo que también era propio del cine. Recordemos el realismo poético enunciado por el historiador George Sadoul que en este instante se reflejaba en la obra de directores como Renoir, Rene Clair, Marcel Carné o Jean Vigo. Esa mirada melancólica hacia un país sumido en la desesperación del tiempo de entreguerras, con una fuerte crisis económica y social, es la que permitió a Fred Stein retratar a una Francia de personajes y espacios absolutamente poética. En ella comienza a realizar sus primeras fotografías con una cámara Leica, y se convierte en uno de los primeros fotógrafos en trabajar con una cámara portátil, lo que le transmite a su trabajo una gran ligereza e inmediatez.
Tras la declaración de guerra de Alemania a Francia, Fred Stein parte desde Marsella hacia Estados Unidos y más concretamente al otro gran foco cultural del momento en el mundo como era Nueva York. Allí se descubre otro universo, el de las grandes arquitecturas, el desarrollo económico, los neones, la vida urbana, las razas y el sentimiento patriótico. Todo ello se condensará en unas imágenes que, al igual que sucedía en las referidas a París, ofrecen unos estudiados encuadres, fragmentos de una realidad que el espectador debe completar. Así es como surge otra nueva identidad, otra capacidad de percepción de un espacio físico y social enaltecido por esa manera de trabajar basado en la instantaneidad del momento, sin preparar situaciones sino retratando un momento caracterizado por la libertad del individuo, una mirada esperanzadora hacia la sociedad en la que el ser humano se encuentra inmerso, que en la estancia francesa no se producía bajo la angustia emanada del periodo de entreguerras.
Una exposición que nos va a servir para descubrir a un extraordinario fotógrafo, quizás no muy conocido a excepción de sus retratos, pero que en la fotografía de esas dos urbes alcanza una cotas de excelencia máxima.

Rostros del siglo XX
Escritores, políticos, escultores, arquitectos, pintores, científicos... y así un largo etcétera de personajes sin los que la historia del siglo pasado no se entendería han pasado ante la cámara de Fred Stein. Muchos de ellos han precisamente pasado a la historia merced a ese retrato, es el caso de Albert Einstein, pero lo cierto es que es impactante sentarse en esa sala dedicada a los retratos y mirar fijamente a cada uno de estos seres. Chagall, Malraux, De Kooning, Fidel Castro, Updike, Wright, Calder, Brecht, Le Corbusier, Mann, Max Ernst o Miró son solo algunos de esos nombres, absolutamente fascinantes.
En cada uno de esos rostros Fred Stein va más allá y hace del retrato una composición personal, lo que puede parecer una sencilla pose, un instante pasajero, es capaz de condensar toda la personalidad del protagonista al cual sometía antes de realizar la fotografía a un estudio del personaje, preocupándose mucho por conocer que había detrás de aquella figura. Gustaba de conversar largamente con el retratado, de conocer su trabajo, interesándose por su labor profesional. Y todo eso es lo que se contiene en sus retratos fotográficos, para irse destilando a través de esas miradas convertidas en iconos del siglo XX. Para ello no necesitaba crear una atmósfera de luces adecuada, sino que gustaba de la luz natural y de muy poca preparación a la hora de tomar dicha imagen.
Bajo el subtítulo de ‘La pasión de lo cotidiano’, esta exposición permite comprobar como desde aquello que es habitual en nuestras vidas, escenas o miradas de los protagonistas que de ella participan, son susceptibles de formar parte de esa galería de imágenes, donde la pasión por el día a día, por reflejar las diferentes sociedades en las que desarrolló su vida este fotógrafo, son el centro de su trabajo.
Fotografías de calle que, como las de muy pocos creadores, sirven para contextualizar un siglo vertiginoso y en el que esas dos ciudades, París y Nueva York, se han convertido en los grandes escenarios de la vida contemporánea y los progresos del hombre. Desde esta revisión de las fotografías de Fred Stein su singularidad es más evidente, y al mismo tiempo, el reconocimiento de un fotógrafo lleno de aptitudes y cuyo trabajo es una delicia para el espectador y un orgullo para sus organizadores.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/06/2012
Fotografías Javier Cervera-Mercadillo

lunes, 25 de junio de 2012

El peso de lo liviano

La nueva obra de Luis García Montero no es un libro de poesía. ¿O sí? Lo cierto es que nos alejamos de la tradicional presencia métrica de los versos pero, en el fondo, la mirada del poeta es la que se impone a lo largo de una prosa suave e inteligente, capaz de convertir un objeto de uso diario en nuestros hogares en el protagonista de un pequeño relato cargado de sensaciones y sentimientos. En definitiva, ‘Una forma de resistencia’ ante el paso del tiempo, pero también ante una sociedad no siempre acogedora y casi siempre perversa con el ser humano.

Vivimos en un mundo de magnitudes que nos abruman. Cantidades ingentes de euros que se dedican al rescate de las entidades bancarias, millones de parados que lastran nuestra economía, cientos de muertos en Siria que nos deberían avergonzar como integrantes de ese eufemismo llamado ‘comunidad internacional’... y así podríamos continuar al mismo tiempo que nos iríamos sepultando bajo esa desorbitada presencia. Frente a todo ello, Luis García Montero opone la pluma. Es decir, lo liviano que existe a nuestro alrededor y que desde una mirada poética alcanza una nueva dimensión, al tiempo que emerge de su cotidiano aislamiento. O eso es lo que nos parece, porque si algo logra precisamente el autor es que tras la lectura de este libro editado por Alfaguara, ‘Una forma de resistencia’, miremos a nuestro alrededor de manera distinta a como lo venimos haciendo desde hace años. Ese despertador que aporreamos como preámbulo a un nuevo día; esa copa de cristal en la que se contienen tantas alegrías, pero también numerosas desilusiones; o ese billete de tren que guardamos casi sin querer y ahora es él el que quiere ser protagonista... y así tantos objetos, tantos elementos que nos acompañan de manera anónima durante nuestra vida.
Luis García Montero realiza un recorrido por sus pertenencias, por esos lugares muchas veces transitados desde su presencia, compartiendo momentos puntuales. Hechos concretos que desde el tacto o la mirada se recuperan como forma de resistencia ante la persistente tormenta que nos acecha de manera contumaz. El objeto es la excusa, el pretexto para abrir una caja de Pandora, en muchas ocasiones de una expiación personal a la que se presta el propio autor; pero en otros casos, para analizar diferentes caras de esta sociedad que nos toca vivir, llena de perversiones y de miserias ante las que esos utensilios se enfrentan desde su aparente sencillez, desde su endeblez física, pero que, como un caballero andante, se han visto reforzados por la presencia del ser humano y, sobre todo, por el hecho de ser parte de una vida, redimensionando así su existencia.
Con esa armadura cabalgan a lo largo de una prosa efectiva, como lo había sido cuando descubrimos al Luis García Montero prosista en el libro biográfico de su amigo inolvidable y poeta Ángel González, ‘Mañana no será lo que Dios quiera’. En él, aquella caricia sobre la ausencia tenía en un lenguaje cargado de tintes poéticos el aliado para aproximarse al poeta asturiano. Ahora, es esa forma de escribir de puño de hierro en guante de seda la que hace de cada uno de estos objetos las estaciones de paso de una vida. Andenes que recorrer para entender lo que es uno mismo, las manías, las maneras de actuar en el día a día, el recuerdo de las personas que han sido importantes, de las noches de whiskies, los sabores, los lazos familiares, la política, la calle, Granada, Almudena, los viajes, las ilusiones, las desilusiones, el orgullo, la esperanza, la rabia, la impotencia, la memoria. Derivadas que se accionan cuando el poeta fija su mirada en esos protagonistas silentes, en los notarios de lo vivido y, cuando lo hace, es cuando Luis García Montero nos abruma con unas frases que podrían grabarse en cualquier lapidario. Frases que suenan a eternidad, concisos análisis de una situación como la actual, a la que el poeta se enfrenta con esa arma que es la palabra; a ella se sujeta como última esperanza para superar esta zozobra mental y espiritual de un siglo recién estrenado pero lleno de calamidades.
Luis García Montero ha defendido siempre la poesía como “un ajuste de cuentas con la realidad”. En este libro los versos tienen forma de objeto, las rimas se convierten en compañías y los silencios se transforman en memoria. ‘Una forma de resistencia’ es un delicioso viaje por un hogar que podría ser el de cualquiera de nosotros, ya que cada lector también tendrá sus experiencias junto a sus acompañantes cotidianos, aunque tengamos siempre una tara, la capacidad de convertir esas sensaciones en palabras tan certeras como resistentes a un tiempo en el que tantas cuentas hay por ajustar.
Y el poeta las ajusta, vaya si las ajusta. Comprometido con su entorno, Luis García Montero no pasa de puntillas por este puñetero mundo, su posición es bien clara y su compromiso con unas ideas le han llevado a escribir de manera frecuente sobre cómo el ser humano es azotado por la tormenta y cómo la sociedad cada vez más le niega su posibilidad de desarrollo y, sobre todo, su felicidad. Ahora el medio es diferente, y son esos elementos los que claman sobre nuestra posición y los que provocan nuestra reflexión. El gran logro de este libro. Ni más ni menos que obligarnos a pensar.

Publicado en Diario de Pontevedra 24/06/2012

Puentes

Son como abrazos que una ciudad se da a sí misma. Achuchones que unen dos orillas al tiempo que se convierten en miradores de ese fluir de vida que es un río. Una ciudad con río es una ciudad especial, y son precisamente éstas algunas de las más hermosas del mundo. No dudo en comparar a Pontevedra con París, Roma o Londres, magnitudes diferentes, pero en el fondo, en su estructutura y lejos de debates sobre tamaños, hablamos de los mismo. Acabo de llegar de la capital francesa, de navegar por un Sena en cuyas orillas las parejas posan ante un fotógrafo en el día de su boda, grupos de jovenes se reúnen para hablar y beber al amparo de las gárgolas de Notre Dame, además de ser el marco para reconocer infinidad de escenarios cinematográficos. Esas márgenes se unen mediante numerosos puentes, establecidos cada pocos metros, en una sucesión que pretende insistir en la idea de conectividad en una ciudad llena de movimiento que busca facilitar el tránsito en ella. Unos son de piedra, varios de metal y en otros cuelgan cientos de candados enamorados. Los puentes son el notario que da fe de la vida urbana bajo ese contrato establecido con el río. Ya tenemos un puente más en nuestra ciudad, habrá quien hable de su inutilidad y de su escasa funcionalidad y yo me pregunto ¿alguien puede dudar de la utilidad de un abrazo?


Publicado en Diario de Pontevedra 23/06/2012

viernes, 22 de junio de 2012

La lírica del color

Hasta el 28 de junio en la Galería Sargadelos las obras de Tusi Sandoval se convierten en paisajes realizados con la piel como base de trabajo y unidos, no solo a través de unas costuras, sino también de memoria y plasticidad. Solo así se puede entender un resultado tan sugerente como el que aquí se exhibe.

Color. Esa es la gran apuesta de Tusi Sandoval en su nueva muestra en Pontevedra. Una exposición donde esta artista explora de manera decidida ese nuevo territorio que ya habíamos visto anteriormente en su obra, pero que en esta ocasión se erige en el gran protagonista. Su trabajo, realizado a partir de la inserción de diferentes pieles sobre el bastidor compone, y de nuevo volvemos a esa palabra, un territorio de experimentación. Muchos de esos cuadros parecen vistas aéreas de nuestra geografía, una explosión minifundista donde lo que puede parecer una ubicación casual de cada uno de esos fragmentos se convierte en una estudiada composición de formas y colores. De pequeñas estructuras que derivan en una mayor.
Pero de nuevo el color es el que nos hechiza, el que bajo el homenaje a Kandinsky, con varias piezas en la exposición que llevan su nombre, nos seduce con ese juego de abstracciones que remiten al pintor que abrió de par en par las ventanas de la abstracción. Una abstracción lírica, recordemos, con la que también Tusi Sandoval tiene muchas deudas, y la primera de ellas quizás la pague aquí y ahora, con esta reflexión sobre el pintor ruso.
A partir de esa abstracción nuestra protagonista va a ir sugiriendo diferentes formas, como las de una flor, un pájaro o un camarero, donde se logra una movilidad en el propio cuadro que contrasta con las otras piezas de la exposición y  parecen, quién sabe, intuir nuevos caminos de cara a un futuro donde todo sea menos abstracto, menos lírico.
Pero lo cierto es que a esa manera de trabajar tan singular de Tusi Sandoval le conviene mucho ese ámbito de la abstracción, ya que si por algo sus cuadros nos fascinan es por conseguir plantear territorios donde echar a volar nuestra imaginación, siendo nosotros mismos los que definamos de manera final su obra. Tanto en los pequeños tamaños, como en los de mayores dimensiones (hay dos o tres en esta muestra realmente espectaculares), Tusi Sandoval hace de este trabajo, casi de orfebrería, de años de un laboriosísimo proceso manejando diferentes tipos de pieles que deben ser tratadas convenientemente para luego ser convertidas casi en una pintura, una forma de expresión no solo única, sino con una gran capacidad de seducción. ‘Pieles’ atractivas en las que su presencia nos incita a tocar, a palpar esa sensación que solo esa superficie puede conseguir. Un tacto que además ha descubierto el color como adjetivo superlativo.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/06/2012
Fotografía Alba Sotelo

miércoles, 20 de junio de 2012

Íntimos latidos

Del 6 al 28 de junio la Sala de Exposiciones de la Xunta de Galicia en Pontevedra acoge la obra de Beatriz Ruibal y Belén Padrón. Dos caminos diferentes que se entrelazan para componer una mirada a su propia realidad. Por un  lado, la dolorosa pérdida de una madre por parte de Beatriz Ruibal, quien a través de la fotografía y el vídeo, nos estremece por la recreación de todo el entorno de la persona fallecida. Belén Padrón, por su parte, hace de su retorno a Galicia, tras años de trabajo en las Islas Canarias, la inspiración para su obra pictórica.

No se conocían entre sí, pero el azar quiso que formasen parte de un proyecto común, de una exposición planteada a partir de la conjunción de dos miradas y dos disciplinas artísticas. Fotografía y pintura convergen en esta ocasión para convertir a Beatriz Ruibal y a Belén Padrón en las protagonistas de un viaje hacia su propio interior. En dirección al descubrimiento de unas sensaciones que solo el arte es capaz de transformar en visibles, al poder transformar en algo bello y con la capacidad necesaria para emocionarnos, todos esos íntimos latidos que se registran en el interior de ambas creadoras.
Madre| Pocas palabras encierran en tan solo cinco letras tal cantidad de sensaciones. Sensaciones que ante la ausencia se desbocan de manera irrefrenable. Beatriz Ruibal ha sido golpeada por esa ausencia, y como artista ha sabido extraer de dicha experiencia una serie de conclusiones positivas, no solo para ella misma, sino, y como vemos tras recorrer esta exposición, para su propia trayectoria artística.
Al hacer de esa pérdida el objeto de su trabajo la artista da un paso al frente, una firme decisión la que toma de abrirnos su intimidad, de hacer de su compromiso con el arte el sostén que la lleva a recorrer de manera minuciosa una realidad que está a punto de evaporarse, de sucumbir en el tiempo y permanecer solo, pero afortunadamente, en la memoria. Citamos ya varios elementos esenciales a la hora de aproximarnos al trabajo de Beatriz Ruibal: tiempo, presencia, ausencia y memoria. Vectores de una disposición artística firmemente anclada en un discurso actual en el que imagen y palabra se van entrelazando. El sustento de la fotografía y la afirmación de unas letras que acompañan a todas ellas. Son palabras cosidas, creadas desde la acción a través de un hilo bordado para plasmar lo vivido y lo sentido.
Sus grandes murales, en los que se recogen los objetos de uso cotidiano: vajillas, joyas o los elementos del maquillaje (pocas piezas tan simbólicas e íntimas) son un firme rastro que simboliza esa ausencia. La persistencia de una memoria que emerge casi con fiereza a través de sendos vídeos, estremecedores por su contenido y por cómo se narra lo allí reflejado, permitiéndonos ser parte de todo aquello que fue, de todo aquello que siempre será.


Caminos de plata| Este es el título de la parte pictórica de la exposición. El recorrido que Belén Padrón realiza desde y hacia su interior. Un territorio lírico de expiación personal donde la idea de tránsito está muy presente. La exposición llega tras un momento de cambio, de agitación de paisajes tanto externos como internos. Un cambio de residencia deja atrás varios años de vida en Lanzarote, con su singular paisaje de cenizas y altas temperaturas, para regresar a las lluvias atlánticas y sus frescos paisajes. Un cambio que también es interior. Su pintura se vuelve más madura y serena, en el viaje se han quedado elementos superfluos, perversiones de la pintura dubitativa de los orígenes, ahora todo se vuelve más claro y directo. Nada falta y nada sobra.
Una reducción que permite el que estos paisajes condensen desde su geometría o su construcción espacial todo ese territorio de experiencias. Desde la nada del lienzo se busca un orden, una narrativa visual donde diferentes elementos se van ligando desde su mera enunciación. Hojas, lluvias, estrellas, hogares... todo confluye para registrar ese retorno, para hacernos partícipes de esa nueva memoria de la artista. Todo camino conduce a un aprendizaje, y el de Belén Padrón no va a ser diferente. La artista se ha redescubierto a sí misma y por tanto a su propia pintura, convertida en un diario de experiencias. Apuntes para situarse en una nueva realidad de la que durante estos días nos convierte en cómplices. Cuadros convertidos en ventanas para mirar a través de ellas a una mujer firme en sus conquistas pictóricas, que nos introduce en unos paisajes que, aunque nos parezcan fuertemente ligados a la naturaleza, no dejan de ser un paisaje interior. Un paisaje que refleja a la propia pintora, a la propia mujer.
Juntas, ‘Madre’ y ‘Caminos de plata’, son las dos caras de una moneda, dos versiones de una intimidad corporeizada desde lo artístico. El lugar donde todo es posible, donde todo es necesario.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 17/06/2012
Fotografía Alba Sotelo

martes, 12 de junio de 2012

El rastro de una existencia

Las ‘Recreaciones’ de Edmundo Paz son el motivo que llena la sala de exposiciones Rivas Briones de Vilagarcía de Arousa durante todo el mes de junio. Un recorrido por una manera de entender la pintura asociada a la recuperación de la memoria, de un pasado en el que fuimos pero ya no somos y al que se hace siempre necesario retornar como germen de experiencias. Todas esas señales, los senderos o las formas de interpretar el color son una especie de brújula por la que adivinar aquello que es importante para el artista, pero también para el ser humano.

Al igual que un niño juguetea con su dedo sobre la arena de la playa dejando en ella su estela, Edmundo Paz hace de su arte una experiencia íntima que muestra muchas conexiones con ese recorrido entre infantil y azaroso que provoca el pequeño en la playa. Un automatismo generado desde el subconsciente, fuente de inspiración de numerosos artistas, pero que, en el caso de nuestro protagonista, se evidencia como un pozo inagotable al que acudir para buscar formas y motivos, pero también presencias y ausencias, conformando de esta manera una obra marcada por la huella, por el vestigio, tanto de lo vivido como de lo sentido. Es decir, la existencia fijada a través de un rastro. En ese recorrido es en el que, como sucedía en el cuento infantil, el autor nos va a ir dejando una serie de pistas, balizas para caminar entre un bosque que aunque parezca denso no lo es, ya que una vez en su interior basta con apartar unas pocas ramas para descubrir un universo lleno de sencillez y de trazos esquemáticos, capaces de abonar un trabajo cada vez más sólido y consistente y al que el paso del tiempo, un ingrediente más de la obra, ciertamente sienta muy bien.

Decía el pintor Edward Munch que “Pinto de mi memoria las impresiones de mi infancia”. Edmundo Paz no busca tanto la memoria como la experiencia, la experiencia vital de aquello que le rodea, aunque, como buen pintor, tampoco desprecia los rescoldos que deja lo ya vivido y que se depositan, normalmente de forma fragmentaria, en la memoria. Un almacén que se abre para, en unión de aquello que se le presenta en el día a día, en el transcurso de un paseo o a través del contacto con las personas que le rodean, irse entremezclando en su mente para, posteriormente, ser volcados sobre la superficie de trabajo. Y es ahí, en ese territorio expiatorio, donde surge la verdadera geografía en la que Edmundo Paz se siente feliz, sedimentando capas y capas que, como esas experiencias en la vida de un hombre, se van depositando para configurar un planteamiento desde el que también sentirse pintor.

Desde el gran formato o el más pequeño, el artista se encuentra lo suficientemente cómodo para mostrarnos toda esa interpretación de la realidad, su realidad, incluyendo un aspecto muy interesante, el sentido lúdico de la pintura. Tanto en los montajes de menor tamaño, realizados a partir de la unión de diferentes tablillas que, como en un puzle, se encajan a través del azar, originando diferentes superficies y en las que lo que importa es tanto el conjunto global como esa capacidad que la obra de arte posee para su autoconstrucción; como en las superficies mayores, siempre hay algún aspecto relacionado con el juego y su importancia como desengrasante de una realidad en demasiadas ocasiones poco amistosa con el hombre.

Dentro de ese planteamiento lúdico del hecho artístico, el cómo vemos las cosas también es objeto de preocupación para Edmundo Paz. No me refiero a forzar el engaño en el espectador, pero de distraer su mirada, obligarle a observar de una manera especial. Gusta el artista de provocar efectos dentro de la propia pieza que obliguen a posicionarse ante ella de diferente manera, obteniendo así matices, y no dando nunca por rematada la contemplación de la obra de un simple vistazo. Esta distorsión óptica es capaz de sugerir el movimiento dentro del cuadro, huyendo de todo aquello que sea nítido, es decir, escapando de lo que a primera vista nos parezca evidente. Y es que el arte en buena medida debe propiciar siempre esa reflexión, la segunda y hasta tercera lectura, que posibilite la riqueza de planteamientos.
Esta opción es la que lleva a Edmundo Paz a ver la vida a través del arte, a plantear en cada elemento o desde cada circunstancia que la vida coloca ante él, sus posibilidades de interpretación. Nuestro protagonista no entiende lo que significa dar algo por cerrado, explorando territorios tan sugerentes como una bolsa de papel o una tabla de cocina. Elementos desprestigiados por el tránsito diario pero a los que el arte puede ofrecer una segunda oportunidad, y hasta de merecerlo así, un pasaporte para la eternidad. Así es como nuestro protagonista no se va a limitar a lo que sería la superficie de trabajo tradicional, el clásico lienzo, sino que el ánimo de exploración y la curiosidad son grandes argumentos para seguir progresando en lo artístico y propiciar así nuevas sensaciones. Y es que en su desarrollo creativo la sensación es fundamental, y para ello de nuevo tenemos que mirar hacia atrás, a la captura de un estado de ánimo en conexión con la infancia, no solo la del hombre, también la de la propia pintura. Retornemos a aquellas señales que el hombre primitivo dejó impresas sobre las paredes de sus cuevas: manos, flechas, símbolos, figuras y objetos esquemáticos… En definitiva, la conciencia de que regresar al imaginario primigenio, aquel del que todo surge y al que al final todo regresará, es la clave para adentrarse en una pintura llena de pureza, sin contaminaciones. Una pintura que satisfaga a una vida que busca lograr lo que Paul Klee ya había enunciado: “El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no siempre lo es”. Así es como Edmundo Paz hace de la visibilidad de sus experiencias la plasmación de aquello que no siempre está a la vista, de aquellos rastros que la vida va impregnando en nosotros mismos y, que, en el caso de este pintor, son los rastros de una existencia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/06/2012

lunes, 11 de junio de 2012

Os fillos de Pedro Feijoo

A saída á venda da novela ‘Os fillos do mar’ de Pedro Feijoo (1975), puxo patas arriba o mercado editorial galego, ao tempo que afirmou a escrita deste mozo como unha das sorpresas dás nosas letras. O autor sabe o que ten entre mans, unha novela feita para engaiolar ao lector, para atrapalo nunha historia de intriga e aventuras nunha paisaxe tan recoñecible como as rúas de Vigo ou as vistas das nosas rías. Ambos efectos xorden con tal intensidade que o lector non ten máis que tirar para adiante e acompañar aos protagonistas nas súas leas. 


Adoitase dicir que cada libro é un fillo para o seu escritor. Non dubido de que así sexa, pero do que estou ben seguro é de que Mariña e Simón Varela xa serán para sempre os fillos de Pedro Feijoo. A súa primera novela, ‘Os fillos do mar’, converteuse dende a súa publicación no feito máis relevante da nosa literatura nos últimos tempos, a partires dalgo tan complexo de ver nas nosas letras como poder catalogar un libro como un éxito de ventas.
As pouco máis de catrocentas páxinas que conforman esta novela -finalista dos Premios Xerais- son como unha arañeira na que de caer, na que de percorrer só unhas poucas liñas, un xa se atopa perdido. Apegado ata o final a un relato cheo de fíos polos que ir debullando unha historia chea de leas na que conflúen xeitos de narrar moi vencellados aos grandes éxitos da novela de aventuras, pero ensarillados nunhas claves históricas e de recuperación da nosa memoria. Nesa conxunción, así como no seu perfecto equilibrio, é no que se suxeita o entramado que artella Pedro Feijoo nesta novela arrebatadora dende o inicio ata o remate.
Moito se pode discutir da súa valía literaria, de se é un artefacto que xoga a liga dos best-sellers, de se a literatura debe ser outra cousa e non manexar resortes que buscan o artificio ante un lector pouco esixente. Sesudos pensadores temos para isto, para debater sobre o divino e o humano da estilística da narrativa de Pedro Feijoo. Un só pode falar do leído e do sentido á hora de coller este texto nas mans, das horas roubadas á noite para percorrer atropelado as intrigas que se van plantexando na novela. O outro debate, o das nosas mentes iluminadas, deixémolo para outros faladoiros, pero si que podo dicir unha cousa, e é que ogallá a nosa literatura tivera cada ano un libro como este, vendible e entretido sen renunciar a unha escrita máis que axeitada e lonxe, moi lonxe, de calquera menosprezo.
Moedas |Simón Varela é un arquitecto vigués sen moita sona, un nome máis, gravado nunha desas pracas de tantas que hai pasando desapercibidas nas entradas dos portais. Pero un día a sua vida vai cambiar, como nunha película de cine negro, cando unha chamada ao detective mudáo todo e pon a funcionar o argumento do filme. Vai ser entón cando o que semella unha sinxela obra nun xardín dunha vivenda de Canido vai abrir a porta a todo un relato que xoga coa aventura, a intriga ou o amor como anzol para, unha vez ben suxeitos, remexernos nunha historia acubillada na memoria e en diferentes capítulos da nosa historia.
Dende os tempos da batalla de Rande ata a Guerra Civil, coa emigración ou o nazismo como ingredientes desa tormenta perfecta desprégase unha acción que, ademais dos personaxes, ten outro elemento sobranceiro, que acada a consideración de personaxe, a paisaxe. Tanto a paisaxe urbana dun Vigo rastrexado como en poucas novelas, como a paisaxe mariña que amosan as nosas rías coa ría de Vigo e a Illa de Ons como escenarios, ademais de funcionar como un elemento identificador do lector coa trama. Abofé que ninguén dos que volvamos a poñer os pés en Ons veremos a illa cos mesmos ollos que antes de ler esta novela, e é que ese é o verdadeiro maxín da literatura, o ser quen de mudar a propia realidade, de bater nun con tal forza que a percepción do noso contorno mude xa de xeito irreversible.
A partires de dúas moediñas que se agochaban nunha caixiña de madeira, Simón verase inmerso nalgo que nunca creu que lle podía ocorrer, ser parte da trama dunha vida tan afastada da súa habitual monotonía. Un descrido que vai ver como a vida o escolle para ser un heroe, o mesmo que acontece cos protagonistas das películas de Hitchcock aos cales a vida, ou unha sinxela circunstancia, poñían nun plano impensable polo seu devir cotiá. Mariña tamén irá perdendo a inocencia con esta aventura, con esta lea na que a súa propia familia é quen de metela como derradeiro chanzo dun misterio que xa non pode permanecer agochado por máis tempo. Fronte a eles atopamos o mal, encarnado nunha serie de presenzas vencelladas ao nazismo ou ao narcotráfico, roles que están no outro lado da balanza das condutas humanas e contra os que os nosos protagonistas deberán loitar ata o derradeiro instante da novela, que xa te deixa sen folgos dende as primeiras páxinas, ata ese desenlace entre bateas no cal un mesmo parece vai saír despedido dunha lancha.
Mariña e Simón Varela, como tantos e tantos na nosa terra, son fillos do noso mar. Ese que temos tan preto e que ademais de servir de lugar de ocio tamén é alento inspirador para a creación. Perfecto Feijoo non necesitou ir moi lonxe para enmarcar o seu relato, sen excesivas pretensións. Sabedor de que ao noso arredor temos un relatorio suficiente para artellar unha boa historia. A historia dos ‘fillos de Pedro Feijoo’.




Publicado en Diario de Pontevedra 10/06/2012
Fotografía Alba Sotelo

sábado, 9 de junio de 2012

Paisajes

Rafael, Kirchner, Hopper. Juntos pero no revueltos nos aguardan en Madrid. Dicen que llega el verano y los diferentes espacios expositivos colocan durante estas semanas sus banderolas publicitarias como reclamo ante la llegada de visitantes. Tres épocas, tres miradas, tres maneras de pintar absolutamente fascinantes permitirán a los amantes de la pintura regocijarse con unas muestras en las que se aúna la calidad de sus participantes, el valor de la gran cultura y la capacidad del arte para atraer espectadores. Hoy, que parece que solo interesa vender cifras de asistencia, este tipo de exposiciones certificarán a su remate como la calidad de lo exhibido y la presencia de espectadores son perfectamente compatibles. El último Renacimiento encarnado en el pintor italiano, el expresionismo de una Europa convulsa a través del pincel alemán y la exultante singularidad del artista norteamericano, son algunos de los paisajes que podremos recorrer en las próximas semanas. Aquí, en Pontevedra, nuestros paisajes culturales son motos y uniformes militares, una pseudocultura planteada desde un Museo demasiado centrado en el lazo de su envoltorio mientras lo envuelto sólo servirá para batir récords de público, pero por encima de todo para confirmar este tiempo que Mario Vargas Llosa registra en ‘La civilización del espectáculo’, donde lo vacuo se impone a la cultura como gris reflejo de lo que somos, pero también como recuerdo de aquello que fuimos. Mientras, Madrid espera.

Publicado en Diario de Pontevedra 09/06/2012

lunes, 4 de junio de 2012

Maneras de mirar

El Patronato de Turismo Rías Baixas en el Palacete de las Mendoza acoge hasta el 15 de junio una muestra de recientes trabajos del artista Gonzalo Sellés. Una muestra que parte de un planteamiento común, que la llena de coherencia y la hace fuerte ante el espectador, como es el concepto de desviación a partir de un motivo dado, es decir, como a partir de un modelo se puede ir diversificando toda una serie de trabajos que van a responder a una misma idea, a una apuesta común, pero que siempre generará una obra artística diferente y singular.


Si de algo carecen las exposiciones actuales es de poseer la capacidad de sorprender al espectador de presentarle caminos en el arte, raramente transitados, efectos que nos hagan dudar y nos lleven a pensar que es lo que motiva al artista para seguir ese camino determinado y por él elegido.
Entrar en el mundo ideado por Gonzalo Sellés (Vigo, 1965) se aleja de esa práctica común, que suele mirar demasiado al mercado y al comprador, menospreciando algo que debería ser sagrado e inviolable, como es la vocación del artista y la defensa de su manera de entender su creación. Es por ello que ante esta exposición, poco publicitada, alejada del mundo mediático uno no puede dejar de aplaudir el valor del artista por agarrarse a su obra como tabla de salvación. Salvación del alma que del alimento otra habrá.
Colocarse ante uno de esos grandes lienzos, donde el negro se presenta como un abismo, un descenso a los infiernos, es todo un espectáculo. Un contraste con lo que está justo a su alrededor, toda una masa de tonos grisáceos, una vegetación que conforma uno de los planos de estas piezas que consiguen un curiosos efecto de captura del espectador. Una parte construye a otra del cuadro. Una forma genera la otra. Hay algo de engaño en su interior, que nos recuerda a aquel efecto de uno de esos artistas malditos que ha deparado la historia del arte, el italiano Arcimboldo, cuyas formas eran capaces de sugerir y representar otras figuras. Gonzalo Sellés parece buscar algo semejante, generando el desasosiego y la confusión en el espectador, pero también nos propone un tono más lúdico cuando esos mismos motivos vegetales se mimetizan en toda una serie de botellas, cuya diversificación no tendría fin. Todo un hallazgo para quien fía todo a la pintura y para ello sustenta esa perspectiva en lo que él denomina ‘Fuzzi’. Unas hermosas series que derivan una y otra vez desde un mismo motivo hacia una realidad singular. Lo que el mismo define así: “La lógica vaga ‘Fuzzi’ permite  desviaciones en varias direcciones, a partir de un valor dado. Así es como nos sorprende la interpretación que hace de la figura de una botella y como esa imagen genérica puede desembocar en infinitas repeticiones, evidenciando como, a partir de otra figura, de esos pétalos, se puede construir otra identidad, en este caso la de la botella.
Pero también esos ‘cielos estrellados’ tienen gran capacidad de seducción. Colores puros, rojos, negros o blancos componiéndose en un espectro visual que solo varía en función de los motivos a representar. Desde una pareja hasta más de una treintena de esa especie de estrellas vegetales. Acercarse al Palacete de las Mendoza y encontrarse con la obra de Gonzalo Sellés supone un descubrimiento, el de las posibilidades que tiene la apuesta por una idea y su posterior desarrollo; pero también, el aplaudir esa conquista personal de un territorio, como es el artístico, basado en la confianza en caminar por un sendero poco transitado, en el que el artista, no les quepa duda, se siente feliz. Una exposición de percepciones, sensaciones que juegan con nuestra visión, al tiempo que refuerzan la del propio creador.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 3/06/2012

domingo, 3 de junio de 2012

La mitología de Hawthorne

En el ‘Libro de maravillas para niñas y niños’ el autor americano revisa algunas de las narraciones que son el sustrato de nuestra literatura

El mito. Una de las grandes cajas de Pandora de la literatura universal. En ella se encierran gran parte de nuestros secretos, pero también esas verdades reveladas que han ido conformando siglos y siglos de narraciones que han pasado del sistema oral al de la escritura. En ese territorio del mito, son los relatos de la mitología griega los grandes aglutinadores de leyendas primitivas que confluyeron así para convertirse en eternas, al amparo de las relaciones entre los dioses y los hombres. Innumerables relatos que se revistieron de trascendencia al hacerse escritura y al ser el firme sustento de gran parte de lo que hoy somos.
El famoso escritor Nathaniel Hawthorne (1804-1864), una de las piedras angulares de la gran literatura norteamericana, reinterpreta seis de las más conocidas leyendas mitológicas, en una revisión que, acertadamente, la editorial Acantilado pone en nuestras manos para aproximarnos a una curiosa mezcla entre el sustrato mítico y la narrativa del autor americano, coétaneo de Melville y Poe, y en la que se reconoce ese ambiente general que adquiría la prosa de aquel momento del Romanticismo americano, donde se ingerían ciertos toques góticos y fantásticos.
Gran amante de la literatura, Nathaniel Hawthorne sabía de la importancia de este tipo de narraciones en todo el orbe literario, de ahí que no sea extraña la aproximación que hace a seis relatos: ‘La cabeza de la Gorgona’, ‘El toque de Oro’, ‘El paraíso de los niños’, ‘Las tres manzanas de oro’, ‘La jara milagrosa’ y ‘La Quimera’, donde se reescriben los mitos de Perseo y la Medusa, el rey Midas, la caja de Pandora, el viaje de Hércules al Jardín de las Hespérides, el amor de Baucis y Filemón y el encuentro entre Pegaso y Belerofonte. Relatos en los que no se detiene solo en lo literario, ya que, y quizás debido por entenderse como lecturas destinadas a niños, insiste en la condición moralizante de cada una de ellas, dejando bien evidentes las enseñanzas que se pueden extraer de la lectura pausada de cada uno de ellos. Y es que el autor, amén del brillante manejo de las palabras, también destaca por cómo nos presenta todas esas narraciones, insertas en una narración global que se destina a un grupo de niños que, como en el mundo antiguo, se sientan ante el narrador a escuchar sus relatos.
No cabe duda de que Nathaniel Hawthorne quiere rendir pleitesía a esa forma literaria que se pierde en la noche de los tiempos, donde de verdad nace la condición literaria, y es por ello que insiste en cada uno de los relatos en irlos anunciando con el comienzo de ese relato oral por medio del narrador. No falta el humor en toda la narración, incluso en el guiño final que el escritor se hace a sí mismo en una especie de epílogo final. Del mismo modo sabe de la importancia del humor como bisagra dentro de unos relatos en los que también confluyen momentos de tensión. De ahí ese inteligente empleo del humor, no solo en las propias leyendas, sino también cuando el narrador anuncia a los menores el relato que les va a contar. Así es como dentro de la naturaleza esas mitologías parecen hacer regresar al ser humano al principio, a ese origen donde se han ido estableciendo narraciones, pero también conductas, de ahí que en cada una de ellas se registre una gran carga de valores. La distinción entre el bien y el mal para el hombre.
Nathaniel Hawthorne hace así su propio homenaje a la literatura, sirviéndose de esa concepción mítica para producir sus propias leyendas. Narraciones que nos conducen a dos tiempos y a dos momentos, uno en esa Norteamérica, todavía en pañales, y otro, a una Grecia, donde el hecho de narrar es parte de sus esencia.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 3/06/2012

sábado, 2 de junio de 2012

Cash


Necesito cash», proclamó entre periodistas Tita Cervera en un lujoso restaurante madrileño. Frase, personaje y lugar, se han convertido ya en la máxima confirmación de que estamos tocando fondo en esto de la crisis, cuando hasta el Hola no sale al rescate de sus protagonistas. Un ERE rosa en el papel couché que obliga a la baronesa a tirar de fondo de armario y, como quien lleva el anillo de boda a valorar el oro de un amor todavía feliz, descolgar un ‘constable’ de las paredes salmón del Museo Thyssen para subastarlo en la tienda de empeños de la posmodernidad en que se ha convertido Christie’s. No menos de 50 millones de euros sacará Tita por este bucólico paisaje de la campiña británica con el que uno tiene cierta historia personal, ya que su reproducción, tras un viaje en tiempos universitarios, se fijó a una de las paredes de un pequeño piso compostelano con otra de las estrellas de la colección, el retrato de Giovanna Tuornabuoni. No pocas veces a través de mi imaginación me pasé horas y horas pisando esa hierba todavía húmeda, o contemplando el paso de unas nubes que, además de tormenta, presagiaban un nuevo tiempo para la pintura. Ahora ese original alentará otras imaginaciones, quizás menos saludables que las de un estudiante de historia del arte. Y todo por no llevar suelto, ni ella ni yo.


Publicado en Diario de Pontevedra 02/06/2012