lunes, 28 de mayo de 2012

El invierno de Paul Auster

El último libro del escritor norteamericano Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) es una profunda reflexión sobre el paso del tiempo. Un experimento ejecutado sobre uno mismo y aquí es donde surge la mayor complicación, pero también el mayor acierto. La siempre atractiva prosa del autor incrementa, debido a esa intimidad, exponencialmente su proximidad con un lector que se adentra en una vida conocida de manera tangencial a través de sus libros, pero ahora reflejada en un texto fascinante, lleno de dolor, pero también de ilusiones. 

Con sesenta y cuatro años ya cumplidos Paul Auster vuelve la mirada hacia atrás, componiendo desde esa perspectiva un libro absolutamente maravilloso, en el que, a su habitual manera de narrar, añade el poso de toda una vida en la que cada una de las descripciones de hechos y situaciones que ocurrieron en su pasado se presentan ahora ante nosotros a través de la lúcida mirada que habitualmente evidencia el escritor a lo largo de su obra. Un recorrido expiatorio, en el que emerge el dolor, el no saber responder a ciertas situaciones en las que te coloca la vida, las relaciones con la familia y las mujeres, los lugares donde se ha vivido, el paso del tiempo... y todo ello permite al autor ajustar muchas cuentas, la principal de ellas consigo mismo, y para proyectarse hacia el futuro, hacia ese invierno que va depositando ya sus primeras nieves, las experiencias que han ido forjando su personalidad y como no, gran parte de su relato literario.
No hay una sola página desaprovechable a lo largo del libro. En cada una de ellas Paul Auster se vacía por completo, y muestra una abrumadora sinceridad con la que enseguida empatiza el lector, tanto por lo que se cuenta, por cómo se cuenta. Y es que la maestría narrativa del americano se deja notar al establecer un fino hilado entre las etapas de su vida y los personajes en los que, como en un gran torrente de humanidad, se sumerge el escritor. Especialmente fascinante resulta el recorrido por diferentes geografías, no sólo físicas-establecidas a partir de las veintiuna viviendas en las que ha residido Paul Auster a lo largo de su vida- sino también las humanas. Entre ambas se coloca nuestro protagonista, muchas veces superado por los acontecimientos, incapaz de responder al pulso que la vida le planteaba; pero otras, en cambio, gozoso de lo que ésta le proponía. Y es que la vida, tanto la del autor como la de cualquiera de nosotros se compone de esa caprichosa mezcla de buenos momentos con pasajes trágicos. De esa unión es desde donde surge nuestro propio aprendizaje y el anclaje de nuestra personalidad con la realidad circundante. Una realidad que en el caso de Paul Auster, ha tenido mucho de nómada, lo vemos a través de esas viviendas, unas mejores, otras peores, unas en Estados Unidos otras en Francia (siendo estos pasajes muy ilustrativos sobre su concepción del país galo y por donde se destila un afilado humor); que van respondiendo a los progresos de la vida, tanto la profesional como de sus diferentes matrimonios. Dos relaciones antes de la actual, en las que el autor se muestra especialmente feliz al lado de la también escritora Siri Hustvedt, compañías con las que el autor se lame las muchas heridas que la vida le ha infligido. El dolor con la muerte del ser querido, en especial de su madre, las tensiones con la familia propia, ahora resarcida con la felicidad que le produce su familia política, y el paso del tiempo. Siempre el tiempo como el gran definidor de nuestra existencia, el cronómetro que nos hiere al ver como nuestro cuerpo se va modificando, como las respuestas a los estímulos no son las mismas que hace unos años. El cuerpo asumido como superficie de experimentación: el recuerdo de aquella herida infantil producida mientras jugabas al béisbol, varios ataques de pánico, un accidente de tráfico y ahora esa degradación de lo físico, la conciencia de que el cuerpo responde de manera distinta a la mente ante ese tránsito temporal.
Temas donde se muestra al escritor más complejo y circunspecto al querer evidenciar hitos esenciales en su vida, pero éstos tienen también su envés, la otra cara de la moneda. Pequeños sucesos que sirven de desagravio a la realidad, desengrasantes que como el sexo, los paseos, el sueño, las noches en vela, el justificado cabreo con un taxista francés, la rabia, el ser judío, la literatura... se van evidenciando como territorios fértiles para que el autor nos desborde con su prosa, con esa manera de escribir que semeja brotar de manera natural como un manantial del que fluyen las mejores radiografías de nuestra sociedad a la que a través de los libros de Paul Auster nos lleva aproximando desde hace décadas. Allí, donde tantas veces el azar ha sido el caprichoso desencadenante de las más singulares situaciones, donde lo aparentemente cotidiano y anodino que surge en nuestras vidas parece carecer de importancia, aunque posteriormente se revele como fundamental, es hacia donde nos acaba conduciendo siempre el escritor. Pues precisamente ahí es donde la propia vida de Paul Auster muestra todo su sentido, quizás como el cuento de 'el cazador cazado' el escritor se ve inmerso en una de esas espirales en las que tantas veces ha colocado a alguno de sus personajes de ficción. Ahora estamos ante un ser de carne y hueso, que sufre y padece, pero también que se ilusiona con las nuevas puertas que la vida va abriendo ante él. Puertas que se apresta ya a atravesar. El invierno de la vida parece comenzar y por la nieve recién caída comienzan a asomar unas huellas en la que se encierran infinidad de cuestiones. Pequeños secretos, muchos de los cuales parecían ya superados, olvidados dentro de esa selección natural que nuestra mente realiza para seleccionar lo positivo de lo negativo, lo que nos conviene de lo que no.
Llega el momento de seguir esos rastros, de volver sobre el camino andado y abrir ese complejo baúl donde solemos encerrar el pasado, en ocasiones bajo siete llaves. No ha debido ser fácil, pero sí que parece obligado dar ese paso para seguir caminando en la senda de una vida en la que la literatura se evidencia como el eje central, pero en la que son otras muchas cuestiones las que le conceden su auténtico sentido. Y esto, por muy famoso escritor que uno sea, es algo común al resto de los mortales.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/05/2012

domingo, 27 de mayo de 2012

Mmmmmh!

Acoge de nuevo la Sala-X de la Facultade de Belas Artes  una exposición colectiva de alumnos directamente implicados en lo que se cuece en su interior. Ocho artistas que, desde diferentes formatos, apelan a nuestros sentidos para que degustemos sus propuestas artísticas. Ocho placeres visuales con los que deleitarnos a partir de una serie de nombres llamados a protagonizar tiempos venideros en el devenir artístico. Hasta el 8 dejunio tenemos de plazo para recorrer este espacio y decidir si el menú aquí expuesto es o no de nuestro agrado.


A fuego lento Marta Bran, Antón Caamaño, Beatriz Lobo, Christian García Bello, Cristina Ramírez, Eme, Jesús de la Iglesia, Joseba Muruzábal con Mar Caldas como ‘chef-comisaria’ de la exposición, han ido cocinando este menú artístico con el que podemos degustar el talento que se contiene en este grupo de creadores, definidos por su juventud, y por su formación en este centro pontevedrés que no cesa de poner en la calle, y en perfecto funcionamiento, a artistas desde las más diversas disciplinas.
Pintura, dibujo, vídeo o escultura son las que aquí nos convocan para rastrear unos lenguajes plenamente actuales, que hablan de lo claro que estos jovenes tienen las cosas, pero también que nos evidencian su destreza para ejecutar una obra artística.
La pintura de Joseba Muruzábal, muestra a un excelente pintor, un dominador de la luz sobre el lienzo con un trabajo muy especial al convertir en protagonista de sus trabajos a sus amigos o a esos monumentales perros; Antón Caamaño propone varios ejercicios, desde un irónico peluche, hasta un gran agujero creado con una simple mancha o un montaje con globos; Beatriz Lobo, nos seduce con sus ‘Problemas tiernos’, unas composiciones llenas de inocencia pero también con una gran carga de profundidad; Marta Bran nos lleva al universo del hogar y a conseguir que los objetos cotidianos de nuestras vidas alcancen el rango de elemento artístico; Christian García coquetea con el minimalismo, al sugerir cómo un simple papel es capaz de generar toda una geografía, una poderosa cordillera creada desde un frágil papel; con la fragilidad también juega Cristina Ramírez, salpicando una pared con unas figuras tan sencillas como seductoras; Eme, es capaz de contener en su pintura un silencio que emana de una surrealista composición, capaz de crear una atmósfera, compagina esa obra con sus esculturas ‘biológicas’; y nos quedan las miradas, que al final es lo que te sueles llevar de cualquier exposición: miradas y sentimientos, ambos concentrados en la instalación que el vídeo de Jesús de la Iglesia propicia, un encierro entre dos personas que se miran y se sienten.
El gran valor de este tipo de exposiciones, en las que se agrupan a varios artistas, es el permitir analizar, no solo propuestas artísticas, sino algo más interesante, como es la confección de una generación artística que, tras lo aquí visto, tiene mucho que decir. Simbólicamente la Sala-X esa el paso final, el salto al vacío que antecede a la salida de los alumnos ya casi artistas; y desde esa metaforización del destino es desde la que podemos apreciar los frutos madurados en las aulas a través del contacto con sus profesores. El orgullo de la Facultad se visualiza mejor que en cualquier listado de notas en este tipo de iniciativas.
Ocho menús ante los que nos podemos deleitar saboreando sus propuestas, y dejándonos llevar por el talento que surge de la juventud y el arte. Ambos deberán seguir cociéndose lentamente, para seguir progresando, y convertirse así en un gran plato.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 27/05/2012
Fotografías Guille López.
Obras: Marta Bran y Eme.

sábado, 26 de mayo de 2012

Terciopelo


Me pide mi compañera Ana López que localice imágenes sobre la historia del Cine Victoria para el reportaje que en el Diario de hoy recuerda los diez años de su cierre. Tras la búsqueda no encuentro fotografías de interés, solo alguna de las jornadas previas a su clausura. Poca cosa. Paradójicamente, mientras regreso a mi puesto de trabajo tras llevar esas decepcionantes noticias, mi mente se satura de imágenes. Y entonces pienso que un cine, sobre todo aquellos cines de grandes cortinones, pantallas extensas y juventudes extraviadas, perviven en el tiempo, no por fotografías que no tendrían sentido ante la obligada oscuridad, sino por las imágenes que la memoria deposita en cada uno de nosotros. Ya sentado ante el ordenador, un pestañeo permite que se proyecte en mi mente una película en la que tomo un café en el Beirut, mientras, a través de su cristalera, veo como se comienza a formar una cola ante la taquilla. Tras retirar aquel ticket, similar a un billete de metro, escucho el tintineo de los futbolines de la sala de juegos al tiempo que un flash-back me recuerda el último partido allí jugado. Ya en la sala, su olor, nada agradable pero siempre reconfortante, junto al tacto del terciopelo de las butacas, me preparan para soñar. Como sueño hoy con mi colección de fotografías, mejor que cualquier recuerdo en papel.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/05/2012
Fotografía Miguel Vidal. 2002.

martes, 22 de mayo de 2012

Encerrados

50º Aniversario de 'El ángel exterminador'
En mayo de 1962 Luis Buñuel presentaba en el Festival de Cine de Cannes ‘El ángel exterminador’. La que sería la penúltima película de su estancia mexicana se erige como una de sus obras más singulares y personales, en la que el director aragonés recupera aquel surrealismo de sus inicios cinematográficos, ahora inscrito en una brillante idea.

«Número 1109 de la calle Providencia. Un grupo de personas a la salida de la ópera se dirigen a esa vivienda a disfrutar de una cena. A su término, se retiran al salón, y por una inexplicada razón, no pueden salir de su interior, debiendo pasar juntos varias jornadas. Este argumento, tan brillante como complejo de plasmar en una película, solo podía salir de la cabeza de Luis Buñuel. Lo que a buen seguro podría ser alguna de aquellas bromas del surrealismo que se fue incubando en los tiempos de la Residencia de Estudiantes, ahora, en el año 1962, tomaba cuerpo de guión cinematográfico en ‘El ángel exterminador’.
Nace así uno de los trabajos más personales de Luis Buñuel, con el que se presagiaba el cierre de su periplo mexicano, antes de trasladar su cine a Francia, dejándonos así una película tan singular como apocalíptica, poseedora de un magnetismo tal que algunos la colocan en la cima de su cine. Un cine, por otra parte, a la altura de los más brillantes directores de la historia, aquellos capaces de generar un universo propio, sustentado, en este caso, en muchas de sus obsesiones, y a la altura de nombres como los de John Ford o Alfred Hitchcock.
«Si desaparezco buscadme en cualquier parte menos allí», con esta frase, extraída del imprescindible libro ‘Mi último suspiro’ (una especie de colección de memorias comentadas por el propio director al que fue uno de sus grandes colaboradores, el escritor y guionista Jean Claude Carriere), Luis Buñuel se refería a su escaso interés por residir en América Latina, tras su periplo norteamericano y tras huir de España al estallar la Guerra Civil. Sin embargo la vida quiso que fuese en México donde desarrollase gran parte de su carrera y donde filmó varias de sus películas más interesantes: ‘Los olvidados’ (1950), ‘Él’ (1953), ‘Ensayo de un crimen’ (1955) o ‘Nazarín’ (1959), son algunas de las veinte películas, que de un total de treinta y dos, dirigiría en el país azteca y que culminarían en 1964 con ‘Simón del desierto’.
Luis Buñuel lamentó en varios comentarios no poder filmar este proyecto en algún escenario europeo, ya que la película a su parecer encajaba más en algún ambiente de París o Londres, con escenarios más lujosos y actores no tan ceñidos a la tipología mexicana. Pero lo cierto es que el resultado final se impone a ese tipo de cuestiones y el director genera una situación de extrema tensión que le permite dinamitar a una burguesía mezquina y llena de apariencias tras la que se esconde un mundo salvaje y de instintos no muy alejado de su otra gran película mexicana, ‘Los olvidados’, en la que retrataba las condiciones de vida de un grupo de muchachos marginales.
Para llegar hasta ese punto máximo de tensión Luis Buñuel echa mano de una idea que ya le rondaba la cabeza desde hace tiempo, y es que el director siempre se mantuvo fiel a las componentes del surrealismo, que habían dinamitado el cine a finales de los años veinte con ‘El perro andaluz’ (1929) y ‘La edad de oro’ (1930), en esa invocación de diferentes situaciones en las cuales no cabe una explicación racional. Además el mundo surreal no busca establecer símbolos que posean un significado que aclaren las cosas, sino que simplemente las plantea. Esta cuestión es la que muchos ignoran a la hora de aproximarse a la película, pretendiendo constantemente explicar la aparición de éste o aquel elemento, en base a alguna sesuda lectura, muchas de ellas sorprendentes por lo fantasioso de sus propuestas. Al director lo que menos le importa es explicar el porqué ese grupo de personas se ven atrapadas en una habitación, lo que le interesa es poner a esos seres, de refinadas formas y elegantes vestimentas contra las cuerdas de su propia esencia como clase social. Las horas pasan, el hambre, la suciedad, la enfermedad, se van depositando entre todos ellos generando un ambiente irrespirable, una enfermiza situación que termina por mostrar unas conductas radicalmente contrarias a las inicialmente pensadas. Cada personaje saca lo peor de su interior y lejos queda ya el instante inicial cuando vimos entrar a todas esas personas conversando gentilmente mientras se adentraban en una residencia de la que los miembros del servicio también se apuraron por huir, ¿y porqué? eso poco importa.
Una mano camina sola, un grupo de corderos corretea por la casa y un gran oso surge entre la desesperación de los encerrados... es la óptica de lo surreal, el complemento perfecto para la gran aportación narrativa de la película, como es la repetición de varias escenas filmadas desde diferentes puntos de vista: «Siempre me he sentido atraído, en la vida como en mis películas, por las cosas que se repiten. No sé por qué, no trato de explicarlo. En ‘El ángel exterminador’ hay, por lo menos, una decena repeticiones», comenta el director en ‘Mi último suspiro’. Esta cuestión llevó a desafortunadas interpretaciones de la película, e incluso muchas copias aparecen con errores de montaje al pensarse que se habían repetido tomas de manera errónea, cuando todo era parte de la propia intención del director.
Cuando Luis Buñuel llega a París en 1925, se deja arrastrar por el influjo del surrealismo. En aquel momento, y tras los postulados de André Bretón, este movimiento puso patas arriba gran parte del arte de ese tiempo, y si me apuran, del futuro. ‘Un perro andaluz’ dirigida en 1929 por Luis Buñuel se considera el gran testamento cinematográfico del surrealismo. Con un guión realizado entre Luis Buñuel y Salvador Dalí en la casa de este último en Figueras, ambos convinieron, según las palabras del propio director en «no aceptar idea ni imagen alguna que pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o cultural. Abrir todas las puertas a lo irracional. No admitir más que las imágenes que nos impresionaran, sin tratar de averiguar por qué». Esta frase se convierte en el sustento de ‘El ángel exterminador’, donde más que las imágenes, que también las hay, absolutamente fascinantes dentro de la imaginería del surrealismo, es esa atmósfera de unos seres encerrados sin una razón lógica y por la que tampoco nadie se pregunta, la que sustenta toda una película que deja otra gran sorpresa para el final.
En 1961 con ‘Viridiana’ había obtenido la Palma de Oro (para enojo de las autoridades franquistas, que permitieron su rodaje en España) y en 1962 Luis Buñuel obtendría el Premio de la Crítica, estando nominada a la Palma de Oro. Pocos directores españoles pueden competir con este palmarés, reflejo del que sin ninguna duda es el mejor director de la historia de nuestro cine. Con ‘El ángel exterminador’ tenemos buena prueba de ello, una obra maestra que cumple cincuenta años tan fresca, original y lúcida como el primer día.

Publicado en Diario de Pontevedra 21/05/2012

lunes, 21 de mayo de 2012

Beleza e palabra

‘Os ángulos da brasa’ é unha escolma da poesía de Manuel Álvarez Torneiro. Un percorrido íntimo da man do verso

Ambas, a beleza e a palabra, son o tándem inexpugnable para o lector, pero tamén, e como se cita nas tapas desta escolma de versos, “as mellores armas do poeta”. E o certo é que tras percorrer as tres estacións que compoñen este volumen, os tres aneis que como no Purgatorio de Dante ten que superar o lector, un decátase de que Manuel Álvarez Torneiro (A Coruña, 1932) fía o seu destino a esas dúas acompañantes que ao fin se amosan como una seña de identidade dunha abondosa poesía chea de referencias culturais de suxerentes metáforas pero, sobre todo, dun caloriño do que ao lector lle custa afastarse.
 ‘Os ángulos da brasa’ é o título desta escolma de poesía pero tamén é a construción dunha metáfora, dese tacto onde empeza a queimar o lume, onde espertamos do sono dunha vida moitas veces monótona e nos botamos de bruces sobre a creación, sobre a trama do pensamento. E aí dentro desa lapa é a onde nos bota o poeta dende unhas palabras polas que navega a beleza na súa barcarola, “Pero a beleza existe”, afirma nese poema. Abofé que existe, e na poesía galega ten o nome de Manuel Álvarez Torneiro. Cruzamos o primeiro anel: ‘Trama da vida’, onde a pintura ou a música son partes substanciais dese agromar de percepcións, dese bulir de sensacións que só a arte é quen de conceder a quen se achega a ela, pero a beleza tamén é a propia vida, o traballo dos mariñeiros, palabras, leccións que nunca serán as derradeiras, e silencios.
O segundo anel é o que nos leva ata o ‘Terreal e o sagrado’, algo que non é máis que o intento e a necesidade, pero tamén a tristeza: “De súpeto, a tristeza:/ a túa flor onte pensada/e hoxe neve”, un episodio de tránsito para chegar á derradeira etapa, a ese ‘Tapiz de cinsa’, onde a memoria aparece como o gran vertebrado da nosa existencia, unha existencia onde comezan a ser moitas as tormentas e a angustia o empeza a encher todo. É o tempo dos espellos, das engurras “E a exfoliación. E o frío”.
Toda unha viaxe pola vida feita poesía. Poucas compañeiras pode haber máis sinceras que as palabras da poesía, o sentimento do vivido expresado coa contundencia dunhas palabras que se van facendo area no interior do verso, desfacéndose entre as nosas mans como antes se desfixeron nas do poeta. Area dun reloxo que pouco a pouco se consume nunha secuencia imparable, peaxe da propia vida, pero tamén berce do que aquí queda escrito. E non é pouco xa que esta escolma de poemas que edita Faktoría K de libros dentro da nova colección de poesía ‘Tambo’ que acomete Kalandraka da man de Luís Rei, asoma como un dos poemarios máis intensos e arrebatadores que un se botou á cara en moito tempo. Non é sinxelo converter unha vida en poesía, facer lume cos troncos e as pólas que foron compoñendo o noso existir, queimar tanto para recibir tan pouco. Ben certo é que estamos ante un proceso de purificación persoal, unha expiación da alma que non todo ser humano está disposto a afrontar. É o tempo de arrastrar as cadeas, das lembranzas, benditas as boas, teimudas as malas, pero sobre todo das preguntas, moitas delas sen respostas : “Que sabes dos que poxan á gloria,/ das infinitas nadas,/ do primeiro da clase,/ dos ángulos da brasa,/ da estulticia dos blues/ que asasinaron a Mozart?
Manuel Álvarez Torneiro amósase mercede a esta viaxe como un dos nosos meirandes poetas, o construtor dunha obra chea de fondura e coherente dende o primeiro poema ata o derradeiro verso. Refrendada xa con diferentes galardóns, non hai dúbida de que o maior recoñecemento para o poeta é ver todas estas palabras xuntas, falando da beleza, pero tamén da tristeza. En definitiva, falando da vida, falando de nós mesmos.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 20/05/2012

Dos miradas en torno a un balón


Manuel Jabois y Marcos Abal firman sendos textos en torno al corazón futbolístico que late en su interior. Uno del Real Madrid; el otro, del Barcelona. Un duelo balompédico repleto de la memoria sentimental que se ha ido depositando tras las diferentes experiencias vividas alrededor de un balón y su relación con ambas franquicias. Desde la infancia hasta nuestros días ambos, se presentan como la mitológica figura de Sísifo, cargando a sus espaldas el mundo que supone para los aficionados al fútbol ese equipaje de sentimientos y vivencias.

  

Uno dice que le gustaría congelar la felicidad que le producían los goles de Hugo Sánchez y envasarlos para disfrutarlos cualquier día; el otro echa de menos los sudores de antes en las camisetas de los jugadores, “como si fuesen actores porno”. Manuel Jabois y Marcos Abal firman sendos libros en la colección Holligans Ilustrados que la editorial Libros del K.O. ha puesto en circulación revisando las memorias que, sobre diferentes equipos, se han ido sedimentando en la mente de varios personajes. Así, Enric González escribe sobre el Espanyol, Antonio Luque sobre el Betis y Julio Ruíz del Atlético de Madrid; mientras que nuestros dos paisanos, Manuel Jabois, nacido en Sanxenxo, y Marcos Abal, en Pontevedra, ambos de puerto de mar, se encargan de los dos grandes, de los portaviones del fútbol español, esto es, Real Madrid y Barcelona.
‘Grupo Salvaje’ es el título que Manuel Jabois dedica a bucear en sus recuerdos de infancia, que como en cualquier niño bien nacido, en gran parte giran en torno al fútbol. Él, sanxenxino de pro, que hasta una ‘Cebola de ouro’ cuelga de su currículum, construye su relato al amparo de la casa familiar donde abuelo y padre, amén de la educación de conocimientos, formaban en otros valores, y en este caso, por supuesto, ‘blancos valores’. Pero al pobre Manuel el destino quiso ponerlo de bruces ante un hecho racial dentro del madridismo, las ligas de Tenerife, no las ganadas, que sería lo normal, sino las perdidas. El grito exclamado ante el camarero de un pub varios años después de ¿A dónde carallo iba Buyo? emerge en el relato como la ballena blanca del texto y en el que se refunda al Manuel Jabois de brillante estilo y correajes merengues. Aquel sol canario, que cayó a plomo sobre las cabezas del madridismo, es para el Real Madrid algo similar a lo sucedido en Sevilla en la final de la Copa de Europa perdida por el Barcelona ante el Steaua de Bucarest, en una tanda de penalties de la que muchos años después también podemos exclamar: “¿Quién carallo entrenaba los penaltis en aquel equipo?”.
Y es que la rivalidad entre Real Madrid y Barcelona se escribe casi más que desde la alegría propia desde el fracaso contrario. Una fricción constante que alimenta de anécdotas ambos relatos que, además de bucear en lo propio de sus respectivos equipos, también lo hace en puntos claves de nuestro fútbol. Y así a Manuel Jabois se le aparece, como el dickensiano fantasma de las navidades pasadas, el Butragueño de Querétaro que nos dejó en duermevela todo un campeonato hasta que supimos que en España seguíamos sin saber lanzar penaltis como es debido (y aún hoy no sabemos, todo sea dicho), para seguir así rastreando de manera lúcida a toda aquella generación de la Quinta del Buitre e ir enganchando los recuerdos, más que los futbolísticos, los de la vida propia. En un Sanxenxo de vino y rosas, donde la felicidad se cargaba de besos robados y noches clandestinas. Cintas TDK, los gritos de Rosety y García. Siempre García. Es la construcción del relato mítico que deriva en lo que hoy somos, en una noche de fútbol ante la pantalla del Rúas donde el Real Madrid de hoy, es decir, el Real Madrid de Mourinho, camina implacable como en la película de Peckimpah hacia su autodestrucción. Y es que ante esa pantalla, además, se encontraba la respuesta a todo lo anteriormente vivido, encerrado en los ojos de un hombre donde esos fantasmas del cuento de Dickens, los del pasado, presente y futuro, cobraban todo su sentido.

 ‘Una insolencia’ es la otra cara de la moneda. El universo culé desde ese asidero infalible que es la infancia. Y hablar de infancia y de Pontevedra, también es hablar de Pasarón, y más que de su arquitectura (que daría para un volumen de feísmo arquitectónico), de su recuerdo. Del Pasarón de torretas encendidas mientras caía una fina lluvia sobre el barrizal, del marcador simultáneo, las hileras de hombres meando tras apurar una copa de Centenario en el descanso y del olor a puro. Ese ‘aroma nauseabundo’ de triste faria es el que todavía acecha a Marcos Abal cuando quiere refugiarse en su memoria. Y es el instante de esa memoria infantil vestida de blaugrana cuando surgen los Cruyff, piedra filosofal;  Maradona, ‘rizos negros y ojos de mal dormido’; Guardiola, Laudrup, Stoichkov y Romario, el Dream Team, una patria feliz, el anclaje con el hoy, superado el muro de Van Gaal y sujeto al enganche con Messi.
Como este Barça de hoy, Marcos Abal escribe con frases cortas. Un tiki-taka ya asociado al juego del Barcelona, una filosofía que repudia nuestro primer protagonista en algunas de sus páginas en las que se le traba el relato al justificar su discurso actual, de fútbol directo, de león agazapado, carrera en la sabana y zarpazo mortal. Cuesta creer esa desacralización de la belleza, cuesta ver como se escoge un camino lleno de piedras en vez del tacto del terciopelo. Pero el fútbol es así. Tan tópico como incomprensible, tan arrebatador como místico, tan extraño como paradójico. Manuel Jabois y Marcos Abal nos abren su pasado de casacas blancas y blaugranas para enseñarnos su corazón, pero sobre todo su memoria. Y es que en esa memoria, como en la de cada uno de nosotros, está la explicación de gran parte de lo que hoy somos.

"No tengas miedo, solo hazlo"

Todavía ligados a la Facultade de Belas Artes de Pontevedra, Alba Fandiño y Hugo Aldatz nos hacen partícipes de su obra. La primera con un exhuberante muestrario de posibilidades para generar una nueva expectativa que ponga en discusión el valor tradicional del soporte y el material artístico; y el segundo para ofrecernos unas sugerentes geografías convertidas en el territorio de acción de un ser humano abatido ante la naturaleza, desubicado ante la memoria y la palabra. Dos estados de confusión resueltos plásticamente de manera brillante. 
Dos pequeños cuadros nos reciben a la entrada de la galería About Art (Pasantería, 9). Dos obras en las que unidas podemos leer “No tengas miedo, solo hazlo”, la frase plasmada de forma tridimensional por Alba Fandiño, pero podía hacerse extensible a su compañero de exposición, Hugo Aldatz, y si me apuran a todo este florecer de artistas al que estamos asistiendo en las últimas fechas con dos proyectos planteados desde este mismo espacio: su exposición inaugural ‘Emergente’ donde se reunía un buen puñado de ellos y la exposición que todavía se mantiene abierta en el Pazo da Cultura ‘Xeración 80: os estados intencionais da muller’; o la recién inaugurada muestra ‘Mmmmh’ en la Sala X de la Facultade de Belas Artes. Todas responden al proceso grupal de visibilización de una nueva generación de artistas surgida del centro académico pontevedrés y que, vista la intensidad y valores de sus propuestas, hace augurar magníficos tiempos para nuestro ámbito creativo.
Alba Fandiño y Hugo Aldatz conviven con armonía dentro de esta muestra. La primera nos presenta todo un conjunto de obras realizadas con diferentes soportes y técnicas, girando constantemente sobre un doble argumento.
En primer lugar, el poner en duda el valor del soporte, es decir del material que sustenta la obra y que aquí se plantea a través de una sucesión de trabajos elaborados con materiales que a priori no tendrían este fin, es decir, que contradicen su propio origen y  a los que la artista concede una nueva función, y por lo tanto, un nuevo valor; y en segundo lugar, por una cuestión más de fondo, como es el valor argumental de lo que se quiere contar, esto es, en el caso de Alba Fandiño cierto juego con imágenes pasadas, con las narraciones orales, con el mundo de los cuentos o los ambientes infantiles. Así es como ambas vertientes colisionan y de ahí surge un arte lleno de frescura y que sorprende por su poderío visual.
Por su parte, Hugo Aldatz explora un territorio que él mismo ha sido capaz de construir. Desde el mundo de la escultura sus piezas se convierten en geografías por las que el ser humano intenta definir su propia existencia, empequeñecido por la propia naturaleza, tal y como sucede en la realidad, por mucho que nos empeñemos en llevarle la contraria. Pequeños troncos o incluso antiguos libros se erigen como el soporte de esa situación, de ese hombre solitario que parece verse abandonado. Absortos en su propia presencia. Nada de lo que sucede a su alrededor parece importarle. Es esa naturaleza, que inteligentemente ha sabido crear el artista, la que nos sorprende por el efecto y el reaprovechamiento para la estética artística que nos muestra. Cómo esos troncos pueden provocar la sensación de formar parte de la naturaleza. Algo similar sucede cuando el artista emplea un libro para generar en él un territorio donde la palabra y la memoria son el hilo conductor y el paisaje de ese nuevo territorio. Desde ambas perspectivas ambos trabajos funcionan en la definición del ser humano y, al igual que Alba Fandiño, se plantea un sentido lúdico de lo artístico con la confusión que en un primer momento plantean al espectador en relación a ese soporte, mucho más importante de lo que en un principio pueda parecer. Tanto las piezas de Alba Fandiño como las de Hugo Aldatz, son un ejercicio visual y conceptual que nos sitúa ante dos de las nuevas propuestas creativas del momento en Galicia. Girando en torno al hombre pero con la permanente duda sobre su situación actual, su relación con el mundo, y sobre todo, con unos escenarios de los que forma parte como elemento de una naturaleza puesta siempre en discusión y ante la que se desconoce la palabra miedo.




Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 20/05/2012
Fotografías Guille López



sábado, 19 de mayo de 2012

CITA


Saio da escuridade dos tempos que nos plantexa a visita ao CITA. Fóra dela a luz do día faime pensar no necesario que é que estes pequenos puntos de atención á nosa historia se manteñan en pé. Este recuncho, artellado no antigo foxo do Pazo Arcebispal, lévanos nunha viaxe á historia da cidade, ou o que é o mesmo, a unha viaxe cara nós mesmos. Un acerto polos seus creadores e unha honra para os seus mantedores. Agora que chega o verán serán moitos os forasteiros que fagan ese percorrido para coñecer como xurdiu esta cidade, e como honramos esa historia coa apertura deste centro que plantexa a historia e o turismo como fonte de recursos. Baixo por Arcebispo Malvar e a carón da ponte do Burgo láiome ao pensar o que se vai agochar case de xeito definitivo, un proxecto que permitiría que medrase de xeito exponencial ese orgullo de Pontevedra polas súas pedras, é dicir, pola súa alma. Ese Museo da Historia, afundido pola merda dunha crise que desbota cartos en axudar a bancos mal xestionados, non tivo sorte na data do seu nacemento. Con só unha ‘esmola’ dos poderosos se permitiría a Pontevedra ter un novo pasaporte cara o pasado, un tesouro que volveremos a soterrar á espera de que mellores tempos recoñezan o seu valor. O medo, o gran triunfador desta crise, volve a saír coa súa. Unha mágoa.


Publicado en Diario de Pontevedra 19/05/2012

lunes, 14 de mayo de 2012

El puño invisible

Tras haber recibido el Premio de Ensayo Isabel de Polanco, ‘El puño invisible’ emerge como una obra esencial a la hora de enfrentarse a los diferentes recorridos que el arte siguió durante el pasado siglo. Un golpe en la mesa de su autor, el colombiano Carlos Granés, que ha propiciado una nueva mirada desde el Dadaísmo hasta el Expresionismo abstracto americano, o desde el futurismo italiano hasta la Generación Beat. En definitiva, un trabajo admirable  para aproximarse a uno de los aspectos más fascinantes del siglo recién clausurado: su arte.

“La única forma de no ser un pesimista cultural es confiar en que así sea”. Esta frase pone el remate a las 465 páginas que componen este ensayo sobre el arte del siglo XX, pero también, y va implícito en esa radiografía, sobre la convulsa aparición de istmos, artistas y movimientos sociales que jalonaron el siglo pasado con alguno de los procesos más interesantes y vertiginosos en la historia del ser humano.
Una aportación decisiva y sobre todo llena de una frescura que va engarzando, a través de diferentes capítulos, tendencias artísticas más o menos efectivas con lo que sucede en diferentes puntos del planeta. Desde el Zurich del Cabaret Voltaire (cuna del Dadaísmo como trascendental punto de ignición de mucho de lo que acontecería con posterioridad) hasta el Nueva York de la Generación Beat, pasando por la República de Weimar de la Bauhaus hasta lo sucedido en ciudades latinoamericanas de las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, el movimiento hippy, el mayo del 68, los happenings, e incluso nuestro 15-M, pero sobre todo, rastreando los diferentes episodios revolucionarios que desde la creatividad plantearon los diferentes cambios culturales de nuestra sociedad.
Se configura así un completo recorrido que atiende a los engranajes que fueron insertando unos istmos en otros, comprobando como nada surge del vacío, aunque muchas veces ese vacío, al final, es la única conclusión efectiva de esas tendencias en una sociedad cada vez más dirigida al espectáculo y a la aniquilación de un ideario artístico efectivo. Aquellas propuestas de Marinetti o Tzara (o lo que es lo mismo, del Futurismo y el Dadaísmo) pretendían cambiar una existencia que se había dejado llevar por el vaivén de la ciudad y el progreso y, por qué no, una cierta pose burguesa que el arte, el nuevo arte, no podía tolerar.
Al tiempo que la ideología comunista sí que pretendía hacer saltar por los aires un sistema estructurado de la sociedad, el arte rivalizaba por modificar la propia vida. Las consecuencias de uno y otro irán salpicando todo el ensayo como ejes de lo revolucionario, para finalizar en la consumición de las propuestas políticas ante el capitalismo, mientras desde el arte el recorrido sí que ha sido más largo, aunque, como se citaba con anterioridad, no siempre con felices resultados.
Encaja así el relato de Carlos Granés con el recién publicado, también a modo de ensayo, de Mario Vargas Llosa ‘La civilización del espectáculo’ (el propio escritor peruano ha alabado públicamente el trabajo de Carlos Granés y la idoneidad y trascendencia de este relato), donde se comprueba y reflexiona sobre la banalización del arte y sobre todo del hecho cultural en sí. Muchas de esas conclusiones del Premio Nobel tienen su origen y su embrión en ‘El puño invisible’, donde también caben renovaciones musicales: de John Cage al rock; o literarias, como las propiciadas por la Generación Beat, y es quizás, en esta aproximación a este universo americano de las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta donde el libro alcanza su mejores momentos (también la época lo facilita) por el planteamiento interdisciplinar de los nombres que revolucionaron la América de aquel momento, y que luego derivaría a todo el mundo, con nombres tan apasionantes como Kerouac, Allen Gingsberg, William Burroughs, Neal Cassidy y Herbert Huncke, componentes de esa generación que como trasfondo tenía las numerosas consecuencias sociales y humanas de la II Guerra Mundial y la explosión económica de los Estados Unidos.
Décadas que no tienen explicación sin la figura fundacional de Marcel Duchamp, llegado de una Europa cuyas mentes estaban en fuga y acogido por un Nueva York que rápidamente se insertó en él como un paisaje del alma, siendo el ambiente propicio para sembrar la semilla que germinó. “En el ADN del arte contemporáneo están estas dos actitudes: la violencia y el humor, el grito anárquico y el susurro quietista, la insatisfacción y la aceptación, la provocación y la indiferencia, el gesto transgresor y el gesto cotidiano”, afirma Carlos Granés; y es que todo el libro se asienta sobre deslumbrantes frases, hallazgos literarios del autor que te obligan a detenerte durante unos instantes para volver sobre ellas, para reflexionar desde un trasfondo que hacia el exterior se refleja de una manera poco habitual para los que manejamos manuales artísticos, normalmente demasiado envarados.
Carlos Granés dota a este viaje apasionante de una agilidad que evidencia lo efervescente de un siglo tan plural como atrevido, tan vertiginoso como decadente, y que finalmente no ha sabido perpetuar la afrenta que desafió a la propia vida por aquellos pioneros acunados en las fascinantes ‘soirées’ del Cabaret Voltaire: “En aquel espacio el mundo no importaba, la guerra no importaba, el arte no importaba. Nada importaba. Se podía hacer y decir cualquier cosa, y mientras más caótica y disparatada, mejor”. En aquel ayer todavía existía una esperanza, en este hoy solo nos queda sujetarnos a la confianza de la primera línea.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/05/2012

domingo, 13 de mayo de 2012

'Siberia', condena interior

La primera novela de Juan Soto Ivars descubre a un talento literario que en un futuro no muy lejano dará que hablar.

Hay libros que te dejan aturdido, de los que tardas en reponerte varias jornadas, y aún así, durante bastante tiempo ese recorrido que has realizado de la mano y la mente de un escritor te sigue acompañando. Son relatos que te sujetan por la pechera, te levantan un par de centímetros del suelo y no te sueltan. Sí, ese es el milagro de la literatura. Hacía ya algún tiempo que una novela no me provocaba esa sensación, al mismo tiempo incómoda, pero llena de placer, quizás desde la lectura de ‘Tiempo de vida’ de Marcos Giralt Torrente, y antes con ‘Los girasoles ciegos’ de Alberto Méndez o con las obras de Ricardo Menéndez Salmón. Todas ellas novelas breves pero de una intensidad abrumadora, lo mismo me sucede con ‘Siberia’ escrita por Juan Soto Ivars.
En las tapas de este libro editado por El olivo azul se alude a la condición de primera novela del autor, lo cual, y tras la lectura de la misma, ensalza todavía más esa sensación de desconcierto anterior. Inmediatamente se va uno a ese paréntesis que se suele abrir y cerrar tras el nombre del autor y nos encontramos la fecha de nacimiento cifrada en 1985, es decir, recién superados los 25 años nos encontramos con un texto que suscita algo similar a lo experimentando con los escritores anteriormente citados. En definitiva, más que sorprender este presente de letras bien paridas, asusta lo que puede ser un futuro de letras eternas, de palabras ajustadas y de historias que formarán parte de nuestra literatura. Al tiempo.
Adentrarse en ‘Siberia’ supone intrincarse en un territorio de expiación personal, un singular recorrido a través de un escritor que no puede escribir y que comete una violación doble, contra una mujer y contra la literatura. A partir de aquí las geografías físicas, pero sobre todo la humana de ese escritor llamado Jonás que es arrastrado por la noche, lastimado por la literatura y por las relaciones con la familia y los demás seres que le rodean, se concentran en ese estado de permanente zozobra llamado Siberia, un destierro físico y mental del que se pretende huir a cualquier precio, incluso desde el continuo desprecio a sí mismo.
Literariamente Juan Soto Ivars ofrece todo un despliegue de aptitudes fundamentado en una narración donde no sobra nada, donde todo es magro y el hueso no existe. Cada frase, de una contundencia atroz, se va entrelazando con la siguiente, logrando así esa lectura extenuante que explica otra de esas sentencias que se destacan en las tapas del libro “Ivars es un narrador a calzón quitado”. Es decir, un escritor intenso, decidido a apostar fuertemente por este oficio y donde no se debe despreciar ni un centímetro de papel. Se logra así una escritura condensada, donde la reflexión sobre el propio oficio de escritor (insistiendo en el relato en la diferencia entre el escritor y el que escribe) es gran parte del andamiaje de la novela, y en la que a buen seguro hay mucho de la relación personal del autor con lo literario. Sirvámonos de una de esas frases: “el escritor solamente escucha sus propias palabras. Nunca se para a preguntar a alguien cuál es el camino correcto”. No cabe duda de que Juan Soto Ivars tiene muy claras esas palabras y lo que le exige a la literatura. Su obra, es decir esta primera novela, muestra esa exigencia máxima, y para ello no se descuida ni un solo detalle, fructificando así una novela en la que en sus 124 páginas transitamos por una existencia que nos cautiva y sobre todo nos hace reconocer el talento de este joven confiado en hacerse escritor y en el que a partir de la lectura de esta novela también nosotros confiamos. Adéntrense en ‘Siberia’ y estarán de acuerdo conmigo. Se lo aseguro.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 13/05/2012

sábado, 12 de mayo de 2012

Sobral


Ondas que se achegan paseniño ata a area. Escuma que durante uns segundos se converte no pouso salgado do mar. Ao mar cantaba o poeta e no mar acouga o seu espírito o pintor. Ruxerruxe no que afondar os pinceis, no que chafallar para artellar un cadro e abrir unha fiestra á natureza pero, sobre todo, abrila a un mesmo. Baixo un chapeu convértese no capitán do seu navío. Velas enchidas polo maxín e as cores estourando a babor ou estribor. Unha travesía de sesenta anos que aínda non quere atracar nun apracible porto. Son moitas as tormentas coas que bater, moitos os ceos cos que abraiarse e moitas ondas nas que abanearse para achegarse a ese cadro tantas veces soñado, que é o mesmo que dicir ese cadro que sempre está por facer. Cara o horizonte seguirá navegando Antón Sobral, cara esa liña que en cada un dos seus cadros divide o visible do invisible, o coñecido do descoñecido. Ata alí vaise achegando, deixando ás súas costas un rastro sentimental. Bitácora dunha memoria de arte e poesía, de lerias e proxectos, pero sobre todo, de actitudes, xestos, apoios e confianzas. Oh, capitán, meu capitán! Facede soar as campás, izade as bandeiras! De novo a escuma chega ata a praia. Á súa retirada, unhas pegadas pérdense ao longo da costa. Son as pegadas do pintor. As pegadas do Océano Sobral.

Publicado en Diario de Pontevedra 12/05/2012

lunes, 7 de mayo de 2012

Intenciones de mujer


Emergen con una fuerza inusitada. Una poderosa intención de contar y trasladar al exterior lo que su arte les obliga a representar. Son artistas formadas en la Facultade de Belas Artes de Pontevedra y son mujeres. Diez de ellas forman parte de la exposición que podemos visitar en el Pazo da Cultura de Pontevedra ‘‘Xeración 80. A natureza dos estados intencionais da muller’, donde se hace visible esa intención, ese querer conformar un discurso artístico desde diferentes lenguajes, desde diferentes formas de contar, pero sobre todo desde diferentes miradas llenas todas ellas de una extraordinaria lucidez. Nacidas en la década de los ochenta, desde su juventud y la formación adquirida en el centro pontevedrés, son el detonante necesario para conformarse como colectivo, como unión de esfuerzos que, de inteligente manera, han sabido agrupar en esta exposición las comisarias María Díaz y Araceli Torres. No hay más que recorrer las diferentes estaciones de paso propuestas por las artistas para saber de que hablamos, de una calidad y originalidad en las propuestas que además de albergar la esperanza de un prometedor futuro hacen de este presente un lugar para la reflexión. Y es que arte y reflexión, y más en estos tiempos, son términos complementarios y hasta necesarios entre sí.

Singularidad | Beatriz Saa, Alejandra Sampedro, Begoña Mumary, María Maquieira, Paulova, Alba Fandiño, Alicia Muñiz, Gema López, Anabel Gaudioso y Verónica Vicente, son las responsables de esa reflexión. Autoras que, desde unos lenguajes tan singulares entre sí como actuales, nos enfrentan a esa realidad con ojos de mujer. Benditos ojos que a diferencia de los masculinos aparecen cargados de una mayor conexión con la realidad, más sensibles y susceptibles de plantear presencias que un hombre jamás se atrevería a mostrar. Nos emocionan los personajes asustados de Gema López, nos acarician las poesías visuales de trazo y palabra de María Maquieira, nos consuelan los textos hechos figura de Beatriz Saa. Somos también noche gracias a Alicia Muñiz, y cómplices de la acidez de Paulova. Los guijarros reunidos por Alejandra Sampedro son reflexiones pegadas entre sí, regresamos a la infancia de la mano de Anabel Gaudioso, nos hacemos preguntas ante los rostros de Alba Fandiño, caminamos desde el anonimato con Verónica Vicente y Begoña Mumary hace de la distancia de observación la separación necesaria entre nosotros mismos.
Miradas en femenino que nos llevan a pensar en lo que somos, pero también en las posibilidades de esta generación en el futuro artístico.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 06/05/2012
Fotografías Guille López

domingo, 6 de mayo de 2012

Peajes


Demasiados peajes que soportar. Mariano Rajoy pisa el acelerador en la autovía de la desesperación para atropellar a un pueblo que ignoraba lo que le venía encima. Un pueblo al que nadie advirtió. Al que nadie dijo nada. El silencio era el programa, el silencio era la trampa. A buen seguro muchos de los votantes populares están también perplejos ante los latigazos que sufrimos de viernes en viernes. Si algo nunca se le perdonará a este Gobierno será el hacer de esos días, en los que el trabajador se mecía a la espera del descanso, una tortura. Se les teme como a un Lucifer sin tridente, pero con largas tijeras de podar. Y es que hay algo demoníaco en este hostigamiento a los trabajadores, en cocernos a fuego lento hasta un extremo incalificable. Las calderas del infierno exigen la máxima austeridad a todos los gobiernos y solo desde estas últimas semanas los sones de la Marsellesa, al igual que en ‘Casablanca’, parecen llegar para reivindicar el orgullo de la Europa trabajadora y liberarla de una angustia que empieza a discutirse. Desde la Galia se ilumina la necesidad de otra política, en la que la solución a la crisis no penda tanto de unos peajes encaminados, más a destruir conquistas sociales, que a la pretendida regeneración económica. Cuando ésta llegue, lo cobrado será demasiado alto, y las víctimas, ya irrecuperables.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/05/2012
Fotografía.Rafa Fariña

jueves, 3 de mayo de 2012

Vacío

Es la disculpa que nadie parece entender. Unos, perplejos por la renuncia a lo que todavía semeja un futuro de éxitos, y otros, como excusa para usar al entrenador culé como el muñeco de cachiporra al que apalear. Esta segunda situación es la última victoria de Guardiola, la que permite visibilizar, mejor que con el triunfo en cualquier competición, al Barcelona como el enemigo a batir, revirtiendo definitivamente la situación de este equipo durante el pre-cruyffismo, cuando se prestaba más atención al eterno rival que al equipo propio. Cronistas de Madrid, y alguno de provincias de grácil y fluido verbo, han dado una pirueta en el tiempo, para poner al Real Madrid de hoy en la piel de aquel Barcelona de Núñez, al cual tiende cada vez más el florentinismo. Más felices por las derrotas azulgranas que por las victorias propias, ganando una liga de cada cinco y con evasivos espectáculos en el banquillo (ahora con Mourinho y su Mini-yo), son algunos de los síntomas de ese salto cronológico que se acelera con la chanza y el desprecio a un entrenador del que hasta se discute su imagen de chico aplicado y buenos modales, que se permite el lujo de leer, y hasta de ver cine español, y además hacerlo público. Intolerable. El vacío que incita a Guardiola a marcharse engullirá, como un agujero negro, a tanta medianía incapaz de reconocer a una leyenda, no solo de títulos, también de actitudes.



Publicado en Diario de Pontevedra 02/05/2012